Monja y casada, vírgen y mártir

Part 26

Chapter 263,935 wordsPublic domain

En estos momentos por una de las calles desembocó en la plaza una soberbia cabalgata, á la cabeza de la cual iba el poderoso marqués del Valle, descendiente por línea recta del conquistador de México Don Hernando de Cortés.

El influjo de la familia del conquistador habia sido y era muy grande en toda la Nueva España, pero principalmente en la capital.

El marqués del Valle atravesó seguido de su comitiva, y habló al pueblo.

Los sediciosos se calmaron, se apagaron las puertas del palacio, y el marqués entró en el interior de él, dejando á su comitiva como de guardia en dichas puertas.

El virey y el marqués del Valle conferenciaron largo tiempo, y el del Valle consiguió por fin una órden del virey para que el Arzobispo volviese á México.

Con esta órden se creyó calmar al pueblo y sosegar el tumulto. El marqués envió una carroza y unos criados en busca del Arzobispo despachándole la órden para su regreso, y salió él mismo á su encuentro seguido de su comitiva.

La noticia de estas novedades circuló en el pueblo, pero ni un solo individuo se separó de la plaza, á pesar de que vieron atravesar al marqués del Valle, al marqués Montemayor, y al inquisidor mayor Don Juan Gutierrez Flores, que iban al encuentro del Arzobispo.

Los frailes de San Francisco quisieron ayudar al virey, y entraron en la plaza gritando:--«Paz,» y levantando como bandera un hábito de San Francisco.

Los clérigos se arrojaron sobre ellos, y los franciscanos volvieron á su convento llevándose sin embargo á una gran cantidad de indios que les seguian.

Todo el dia permaneció la gente en la plaza, y ya en la tarde parecia comenzar á calmarse, cuando se circuló la noticia de que la Audiencia habia mandado intimar prision al virey.

Por una de las ventanas de la casa de cabildo asomó Don Pedro de Vergara Gavina, é hizo seña de que queria hablar.

Todos quedaron en profundo silencio.

Don Pedro dijo al pueblo--que el virey estaba destituido por la Audiencia, que él habia sido nombrado Capitan general de la Nueva España, y con esa investidura ordenaba á todos que se reuniesen con sus armas en la Plaza principal de la ciudad.

Los que no tenian armas corrian inmediatamente por ellas, y los que las tenian, mostrándolas, alzaban una inmensa vocería, que se escuchó en todos los ángulos de la ciudad.

La campana mayor de la iglesia Catedral tocaba á rebato.

El virey contemplaba tristemente aquella escena, oculto tras una de las cortinas de las ventanas de palacio.

Una hora despues, el nuevo Capitan general Don Pedro de Vergara Gaviria, llevando en la mano el baston de general, se dirijia para el rumbo del convento de San Francisco á la cabeza, de una gran columna de hombres armados, que segun el decir de algunos cronistas de aquellos tiempos, ascendería en su número á doce mil.

A la cabeza de esa columna iban los hermanos de la tercera Orden de San Francisco, llevando en lo alto un Cristo cubierto con un velo negro, y gritando á grandes voces--«muera el hereje.»

Pero no toda la gente que estaba en la plaza siguió al nuevo Capitan general, mucha quedo allí, y apenas vieron desprenderse la columna, se lanzaron sobre palacio llevando el pendon de la ciudad y gritando.

--«Guerra, guerra, cierra, cierra, viva el rey, y muera el mal gobierno.»

Entonces comenzó verdaderamente el combate. Ardieron las puertas de palacio, el fuego se comunicó á la cárcel, los presos tomaron parte en la sedicion, y rompiendo sus prisiones se mezclaron con los asaltantes.

Entre los gritos del combate, se escuchaban las detonaciones de los arcabuces.

La multitud invadia ya á palacio.

El Ahuizote caminaba por delante matando á cuantos encontraba dentro.

El virey pensó entonces en su salvacion, y embozándose en una capa negra y seguido de Don Cesar, salia por una de las puertas en el momento en que el Ahuizote iba á entrar.

--Aquí está......... gritó el Ahuizote conociéndole.

--¡Silencio, miserable!--contestó Don Cesar atravesándole la garganta de una estocada.

El Ahuizote cayó en tierra, y espiró entre los piés de la multitud, que no se detuvo al verle allí.

El virey se confundió entre los grupos, y aprovechándose de la oscuridad de la noche atravesó la plaza y fué á tomar asilo al convento de San Francisco.....................

Teodoro condenado á muerte por el virey, y que debia haber sido ejecutado aquel mismo dia, salia libre entre los brazos de Martin que habia roto los cerrojos de su prision.

El palacio de los vireyes fué completamente saqueado, sin que el nuevo Capitán general hubiese hecho nada, ni procurado siquiera sofocar el incendio que habia consumido casi la mitad del edificio.

Desde una de las torres de la Catedral, Luisa y Don Melchor contemplaban alegremente los efectos de su venganza.

A las nueve de la noche, enmedio de los repiques y de multitud de cohetes que poblaban el aire, hacia solemnemente su entrada en México el Ilustrísimo Señor Arzobispo, Don Juan Pérez de la Cerna.

XIX.

Lo que pasó á dos personas que quizá baya olvidado el lector.

Como dicen vulgarmente, que cuidados mayores quitan menores, por seguir el hilo de nuestra historia hemos abandonado desde hace mucho tiempo á dos personas que no por su poca representacion dejan tambien, como dicen los modernos políticos, de haber contribuido con su «grano de arena.»

Tal vez el lector no recuerde ya á Felisa, la muchacha del convento de Santa Teresa, y al sacristan su novio, á quienes abandonamos en los momentos mismos en que la ronda se cansaba en su persecucion.

Les abandonamos en el momento del peligro, pero esto es en estos tiempos cosa muy comun.

Los dos fugitivos eran jóvenes, fuertes, y agitados por el miedo parecian tener alas en los piés como Mercurio: los corchetes que no tenian mucha prisa por dar con su humanidad en tierra, y que iban estorbados por las capas y las espadas y las varas, perdian ya las esperanzas de hacer la presa.

El sacristan y su adorada dieron vuelta por la calle del Arzobispado y llegaban ya cerca de la entrada de Santa Teresa, cuando de la plaza vieron venir otra ronda.

Los perseguidores comenzaron á gritar «atajen á esos» «atajen á esos» y el refuerzo se puso en movimiento.

Los fugitivos esquivaron el encuentro tomando por la calle cerrada de Santa Teresa, y llevando no muy de cerca á sus enemigos, lograron llegar á la puerta del templo por donde habian salido con Blanca hacia poco.

Felisa no podia ya correr, el cansancio y la fatiga, unidos con el terror, no la permitian dar un paso.

Por mas que su amante la instaba, la pobre muchacha no podia moverse.

El sacristan creia ya llegada su última hora cuando una idea luminosa cruzó por su cerebro, buscó en sus bolsillos y sacó precipitadamente una llave--era la de la iglesia.

En esos momentos abrió la puerta, y empujando para dentro del templo á Felisa se entró detras de ella y cerró cuidadosamente procurando no hacer ruido.

La ronda pasó por frente á la iglesia sin pensar siquiera que allí se habian refugiado los fujitivos.

El sacristan miraba por una hendidura de la madera, y Felisa habia caido de rodillas. Así trascurrió cosa de media hora.

--Se han ido ya--dijo muy bajo el sacristan--vámonos.

--No--contestó Felisa--Dios me ha hecho volver milagrosamente á su casa de donde habia yo huido, y no saldré ya de ella.

--Pero mi vida, por Dios, ¿y tanto trabajo para que salieras, y las llaves?

--Las llaves que por fortuna no he perdido, me servirán para volverme por donde vine, y si Dios permite que nada hayan observado las madres, me guardaré por siempre el secreto de lo que ha pasado en esta noche como si fuera un sueño. Dios haga muy feliz á Sor Blanca, ya que me hizo á mí tan dichosa de haber podido volver aquí sin que otra novedad me lo hubiera impedido. Adios, y ojalá que á tí te sirva esto de leccion como á mí.

Y Felisa con toda la resolucion de las pasiones fanáticas que en cada acontecimiento miran un aviso de la Providencia, no quiso detenerse y sacando un manojo de llaves, se entró al interior del convento, dejando al amante sumerjido en la meditacion mas profunda.

--¡Quizá sea mejor así!--dijo el sacristan, no hay mal que por bien no venga; aun es casi media noche, bueno será dormir ya que salimos con bien. Abrió uno de los confesonarios y se acomodó dentro. Media hora despues roncaba.

Felisa entró temblando al convento, felizmente para ella nadie habia notado aun su falta. Reinaba en el convento el mismo silencio.

Felisa se dirijió á la celda de Sor Blanca, y dejó en ella la caja de las alhajas que se habia traido, y luego cerró la puerta.

Nadie supo nunca que aquella muger habia pasado unas horas fuera del convento.

El sacristan siguió como siempre siendo muy del agrado de sus monjitas por su actividad y limpieza.

LIBRO CUARTO.

VÍRGEN Y MÁRTIR.

I.

En donde hacemos conocimiento con el inquisidor mayor, Don Juan Gutierrez Flores, y volvemos á ver á Doña Blanca.

Hemos llegado á la sala de Audiencia del Tribunal de la Fé.

Era un salon como de veinte varas de largo y ocho de ancho y magníficamente adornado, rodeado de columnas del órden compuesto; con ricas colgaduras de damasco encarnado. En el centro de una de las cabeceras, un gran dosel de terciopelo carmesí con franjas y borlas de oro; debajo de él y sobre una plataforma rodeada de una barandilla de ébano negro, y á la que se subia por una gradería, la mesa de los inquisidores y sus tres sillones de terciopelo carmesí, con borlas y franjas, y recamos de oro.

En el dosel bordadas las armas de la monarquía española, y apoyado en el globo de la corona con que remata el blason un Crucifijo, y en derredor el terrible lema de la inquisicion: _Exurge Domine, judica causam tuam._ A los lados de la cruz dos ángeles, uno con una oliva en la mano derecha, y una cinta en la izquierda que decia: _Nollo mortem impii, sed ut convertatur, et vivat_: en el otro lado el otro ángel con una espada en la mano derecha y en la izquierda una cinta con este mote: _Ad faciendams vindictam, in nationibus increpationis, in populis_.

Cerca del dosel habia una pequeña puertecilla llena de agujeros para que el denunciante y los testigos pudieran desde dentro ver al reo, sin ser vistos por él.

A la derecha del salon estaba la puerta que conducia á las prisiones, y un poco mas adelante, pero cerca de ella, en el mismo muro, otra puerta que tenia encima este rótulo: _mandan los señores inquisidores que ninguna persona entre en esta puerta para dentro, aunque sean oficiales de esta inquisicion, si no lo fuesen del secreto; pena de excomunion mayor_.

Don Juan Gutierrez Flores estaba sentado bajo el dosel, el escribano notario del Santo Oficio le daba cuenta con una multitud de causas.

--Denunciaciones--dijo el escribano--tomando uno de los procesos--contra Sor Blanca del Corazon de Jesus, monja profesa del convento de Santa Teresa de esta capital, por herejía y pacto con el demonio.

--¿Qué hay de nuevo en esa causa?--preguntó el inquisidor mayor.

--Los testigos y denunciantes hance citado para venir, y no se les ha podido encontrar á todos, porque el principal, que es el denunciante, hace encontrado muerto despues del asalto que se dió á palacio; pero su declaracion debe hacer grande fé porque ese hombre segun el entierro que se le mandó hacer por el Illmo. señor Arzobispo, tenia muy grandes merecimientos.

--¿Y hay, además, otros testigos?

--Una señora principal, aunque ésta tampoco ha podido ser hallada.

--Entonces podeis hacer que entre, ó que sea conducida á mi presencia la llamada Sor Blanca, para proceder á tomarle su declaracion.

El escribano puso el auto y la órden para la comparecencia de Sor Blanca, y agitó una campanilla de plata que habia sobre la mesa.

Un familiar se presentó, y el escribano le entregó la órden.

Trascurrió un cuarto de hora cuando se abrió la puerta de las prisiones, y Blanca conducida por dos carceleros, que tenian las caras cubiertas con sus capuchones, penetró en la sala de Audiencia.

Blanca estaba sumamente pálida, sus ojos brillantes y enrojecidos por el llanto, se fijaban espantados en la figura del inquisidor, y en el estraño adorno de la sala.

La jóven se adelantó vacilando, y casi sostenida por los carceleros, hasta llegar cerca del escribano.

Entonces los carceleros se retiraron y Doña Blanca tuvo que apoyarse contra la barandilla para no caer.

--Tomadle el juramento--dijo el inquisidor.

--¿Jurais á Dios y á su Madre Santísima--dijo solemnemente el escribano--y por la señal de la cruz, decir la verdad y todo cuanto se os preguntare, á cargo de este juramento?

--Sí juro--contestó Blanca, llevando á sus labios su mano derecha, con la que habia formado la señal de la cruz.

--Estais acusada y denunciada de herejía, y de tener pacto con el demonio--dijo el inquisidor.

--Señor--contestó Blanca, otras serán mis culpas por las que Dios tendrá que castigarme; pero ya tengo declarado que sobre esos capítulos en nada me remuerde mi conciencia.

--Sentaos, dijo el inquisidor.

Blanca se sentó en un banquillo sin respaldo, que estaba cerca de ella.

--¿Persistís en no confesar?--prosiguió el inquisidor--puede eso traeros fatales consecuencias.

--Dios dispondrá de mí, segun su voluntad; pero yo no soy culpable de esos delitos de que se me acusa.

--Vamos, inútil es con vos la dulzura y el convencimiento: si no teneis pacto con el diablo, ¿cómo habeis logrado salir del convento en donde estabais encerrada?

--Ya he dicho que con una depositada que tenia las llaves de todas las puertas.

--¿Insistís aún en vuestra falsedad? Porque ya se os ha dicho que segun las declaraciones de todo el convento, esa muger á quien haceis referencia, y que segun dijísteis se llama Felisa, no ha faltado del convento ni una sola noche, ni el sacristan de la iglesia ha dejado un solo dia de cumplir exactamente con su obligacion, y hance encontrado en vuestra celda las alhajas que dijísteis haberse llevado la Felisa; asi es que solo por artes diabólicas pudisteis haber salido del convento estando todas las puertas cerradas, y haber inventado esa fábula con que quisisteis engañar al Santo Tribunal de la Fé.

--Juro por Dios que nos escucha--contestó Blanca--que todo lo que he referido es lo que aconteció, y no mas; y aunque no podré esplicar cómo esa muger estaba dentro del convento y no ha faltado de allí ni una sola noche, me afirmo en que es ella quien de allí me ha sacado.

--Haced constar señor escribano--dijo el inquisidor--que esta muger se obstina en su negativa, en cuanto á tener pacto con el diablo.

El escribano estendió la declaracion.

--En cuanto al capítulo de herejía--dijo el inquisidor--declaradamente no podreis negarlo, porque habeis confesado haber contraido matrimonio con Don Cesar de Villaclara, habiendo hecho voto de castidad y de clausura, por lo que él y vos, asi como todas las personas que os ayudaron, estais declarados herejes y relapsos y dignos de las mayores penas con que nuestra Madre la Santa Iglesia, y el Santo Tribunal de la fé en nombre de Dios ofendido, castigan á los que tales estremos tocan.

--¡Ah señor!--dijo Blanca, temblando con la sola idea de que Don Cesar podia llegar á caer en manos de la inquisicion--haced conmigo lo que querais, condenadme al tormento, mandadme á la hoguera, destrozad mis carnes y mis nervios, reducid á cenizas mi cuerpo; pero por Dios, señor, por la religion de Cristo, por la memoria de vuestros padres, por el alma que teneis que salvar, no envolvais á Don Cesar en mi culpa ni en mi castigo. Él es inocente, os lo juro, es la verdad; miradme aquí pronta, dispuesta á sufrirlo todo, pero á él no, no, por Dios, os lo repito, es inocente, yo le he engañado, le he burlado, yo le oculté que era religiosa; le hice creer que era libre porque le amaba, por eso me he arrojado en este abismo. ¡Ah, señor inquisidor! ¿Vos no sabeis lo que es una pasion? Entonces no me juzgueis, porque no podeis comprenderme, yo soy aquí la culpable, pero él no, él no; os lo juro en nombre de Dios que nos oye.

--¿Confesais pues?--dijo con la misma indiferencia que antes el inquisidor y sin inmutarse ni afectarse con la creciente exaltacion de Blanca.

--¿Y qué quereis que confiese?

--Vuestra herejía al haber contraido tan sacrílego matrimonio, estando ligada á Dios por vínculos tan sagrados.

--¿Y cómo quereis que yo confiese semejante cosa? Yo he pronunciado esos votos de consagrarme á Dios en el claustro por fuerza, contra toda mi voluntad, y Dios no puede haberme aceptado ese sacrificio, porque Él estaba leyendo en mi pecho y en mi pensamiento; porque Él sabia que aquellas palabras, que al salir de mi boca quemaban mis labios, no eran la verdad, no eran lo que sentia el corazon: que yo le amaba sobre todas las cosas de la tierra, pero no estaba dispuesta, no era mi voluntad, no queria pertenecer al claustro. Si yo he abandonado el convento, era porque me sentia libre, porque como ya he declarado, el Pontífice disolvia los vínculos que me ligaron; por eso pude entregar mi mano á Don Cesar, por eso pude darle mi corazon, él es mi esposo verdadero ante Dios y ante los hombres, y aunque el mundo crea lo contrario, y aunque juzgue indisolubles los lazos que antes me ataban, yo sé, porque Dios me lo dice en mi conciencia, que Don Cesar es mi esposo, y que no he ofendido á la Divinidad con haberme unido á él.

Blanca había dicho todo esto como presa de una fiebre, como delirando.

--Inútil será proseguir esta diligencia--dijo el inquisidor, asentad, señor escribano, que esta muger ni reconoce sus crímenes, ni abjura de sus errores, é insiste en negar su confesion, y que en consecuencia se le sujete por su contumacia á la cuestión de tormento ordinario y extraordinario hasta obtener su confesion.

--¡Piedad señor!--esclamó Blanca, cayendo de rodillas--¡piedad!

La energia que habia sostenido á la muger amante, desapareció ante la idea del tormento.

Las relaciones de los dolorosos sufrimientos que servian al Santo Oficio, como el medio infalible para arrancar de la boca de sus víctimas una confesion, las mas veces falsa, circulaban por todas partes.

La palabra tormento no sonaba entonces como ahora, vaga

y sin despertar en el alma un verdadero sentimiento de terror: en aquella época el hombre mas enérgico y mas dispuesto á arrostrar la muerte, sentia helarse de espanto su corazon á la sola idea de verse en la cuestion del tormento; y muchos desgraciados se confesaron culpables de crímenes que jamás se habian cometido, prefiriendo morir en el garrote ó en la hoguera, á pasar por aquella sucesion de dolorosas y sangrientas pruebas.

Blanca sintió todo el horror de su situacion, y su energía la abandonó.

El escribano tocó la campanilla y volvieron á aparecer los dos carceleros.

--De órden del señor inquisidor esta muger á la sala del tormento.

--Por Dios, señor inquisidor, ¡piedad! yo diré--decia Blanca, queriéndose arrodillar á los piés del inquisidor--dejadme, dejadme rogarle--y hacia esfuerzos por desprenderse de los carceleros, ó por conmoverlos; pero aquellos hombres acostumbrados á ver esta clase de escenas, no se inmutaban siquiera.

Y tomando á Blanca entre los dos, á pesar de sus ruegos y de sus lágrimas, y de su desesperacion, la condujeron hasta la puertecilla que tenia encima escrita la prohibicion de entrada _para los que no fuesen del secreto_.

Abrieron violentamente, y metiendo por ella á Blanca volvieron á cerrarla despues.

El inquisidor y el escribano como si nada estuviera pasando allí, seguian tratando de otros negocios.

II.

Cuestion de Tormento.

Por un corredor sombrío y angosto fué conducida Sor Blanca por seis carceleros, hasta llegar á un aposento grande y cuadrado, que tenia de la bóveda suspendidos algunos mecheros que derramaban una rojiza é incierta claridad sobre las negras paredes sobre la estraña multitud de estraños objetos que habia allí, hacinados por todas partes, y sobre la figura sombría de dos hombres que estaban sentados silenciosamente en un banco. No seria posible describir con exactitud aquel antro de la crueldad humana.

Una atmósfera pesada, fria y húmeda se respiraba en aquella especie de caja formada de rocas, y de donde el mas agudo gemido de una víctima no podria ser escuchado.

Por todo el aposento se veian instrumentos horribles de tortura; ruedas, garruchas, sogas, tenazas, braseros, pero todo tan amenazador, tan sombrío, que se presentiria para todo lo que aquello servia aunque no se supiera.

Doña Blanca fué introducida al cuarto del tormento por sus guardas que la sentaron en un banco.

Los otros dos hombres que allí habia, no se movieron siquiera.

Así trascurrió una media hora, hasta que en el pasillo que conducia á la sala de Audiencia se oyeron pasos.

Los familiares se pusieron de pié y entraron á la sala del tormento el inquisidor y el escribano que llevaban consigo su respectivo tintero y la causa de Doña Blanca.

En el fondo de la sala habia un dosel rojo, con un Cristo debajo en una plataforma, un sitial para el inquisidor, y mas abajo la mesa y el sitial para el escribano, de tal manera, que el inquisidor, lo mismo que el escribano, tenian el rostro vuelto hácia á la víctima, quedando uno mas elevado que el otro.

Por la misma puerta que habia dado entrada al inquisidor, penetró despues en la sala el fraile que entonces hacia de confesor de los reos, que era, por decirlo así, como el jefe de los demas frailes ó clérigos que acompañaban al suplicio á todos los criminales, y cuya verdadera mision era atormentar moralmente, y aterrorizar á los desgraciados que caian en poder del Santo Oficio.

--Acercad á esa muger--dijo el inquisidor, cuando hubo tomado asiento.

Los familiares condujeron á Doña Blanca cerca del juez.

--Mira lo que vas á padecer--le gritaba el confesor que se llamaba Fray Diego--tus carnes se abrirán, tu sangre goteará y correrá, tus músculos se harán pedazos, y sentirás todos los tormentos del infierno en esta vida y en la otra; confiesa desgraciada.........

--Acercaos, y decid ¿continuais sosteniendo lo que habeis dicho, é insistiendo en vuestra negativa?--Preguntó el inquisidor.

--Señor, por Dios--contesto Blanca--no tengo otra cosa que decir.........

--Basta, comenzad--dijo el inquisidor.

Todos los familiares rodearon á Doña Blanca y el confesor se apartó un poco.

Doña Blanca no comprendia por donde iba á comenzar el tormento, pero temblaba de tal manera que se sostenia en pié, merced al apoyo de los carceleros.

Con una velocidad increible, y como acostumbrados á esa clase de operaciones, comenzaron entre todos á desnudar á Blanca: el pudor de la muger, la indignacion de la vírgen, el orgullo de la señora de alto rango, todo se sublevó en el corazon de Doña Blanca, cuando comprendió que se trataba de dejarla enteramente desnuda á presencia de tantas personas, y de profanarla de aquella manera.

--¡Oh!--esclamó--eso sí que no lo conseguireis nunca, desnudarme, monstruos; eso no, martirizadme, matadme, pero no me desnudeis ó ¡no! ¡no! ¡eso no! yo no quiero que me descubran, que me desnuden, ¡matadme mejor! ¡matadme!

Y la desgraciada hacia esfuerzos inútiles, porque casi sin dificultad iban cayendo una tras otras las piezas que componian su traje y á cada una de ellas el escribano repetia:

--_Se le amonesta que diga la verdad si no quiere verse en tan gran trabajo._

Solo quedaba la camisa á aquella pobre muger, y en entonces acudió á la súplica.

--Señor inquisidor, por Dios que me dejen siquiera esto, por Dios, señor, por su Madre Santísima, que no me desnuden enteramente señor, señor; es una vergüenza tan grande, ¡ay! que me la quitan, ¡ay! ¡ay! señor, señor, señor, por Dios, ¡ay!....

Y lanzó un agudo grito porque los carceleros habian arrancado el último cendal de su cuerpo y se encontraba enteramente desnuda en medio de tantos hombres.