Monja y casada, vírgen y mártir
Part 24
--¿Y cómo?--preguntó el Arzobispo.
--El subdelegado ha levantado las censuras, ha mandado cesar el toque de entredicho, y Su Ilustrísima ha mandado que en lo sucesivo no se dé ningún toque, ni aun el de oraciones; ¿es verdad?
--Sí--contestó el Arzobispo.
--Este silencio profundo de las campanas--continuó Gaviria, aterra y alarma mas á los fieles que el mismo toque de entredicho; si mañana Su Ilustrísima sale de su palacio aparentando ir en secreto, pero caminando en realidad de manera que todo el mundo le conozca, y se dirije á la Audiencia á pedir públicamente justicia sin separarse de la sala, hasta que la obtenga, cosa que no llegará nunca á suceder, el pueblo, la audiencia y el virey se verán precisados á dar un paso, y nuestros ajentes aprovecharán la oportunidad. ¿Parece bien á Su Ilustrísima?
--Perfectamente: lo haré mañana tal como lo decis.
--Y yo--agregó Luisa--respondo de que todo se hará como está prevenido.
Separáronse aquella noche, quedando todo dispuesto y arreglado para el escándalo que se esperaba al dia siguiente.
La noche estaba pavorosa, el profundo silencio de las campanas como habia dicho muy bien Don Pedro de Vergara Gaviria, producia efectos mas terribles en la ciudad que el clamoreo del entredicho, y así como antes la gente se precipitaba en las calles en busca del objeto que causaba la novedad, al cesar el tañido, todo el mundo se recojió en su casa y apenas se miraba una que otra persona que atravesaba temblando por la plaza principal.
Luisa caminaba á pié acompañada del Ahuizote.
--Mañana--decia Luisa--es necesario que estés dispuesto, y no vayamos á dar el golpe tan en vago, como la noche que trataron de aprehender á Doña Blanca.
--Por culpa mia no fué--contestó el Ahuizote--que yo como denunciante de la casa fuí entre los familiares y solo sentí no haber llevado una espada, porque puede que entonces no se hubiera resistido tanto el tal Don Cesar, que con aquellos pobres cuervos de familiares, se puso á sus anchas. Figuraos que muchos de ellos no han en su vida tentado mas arma que el rosario.
--Bien ¿pero ahora, qué hacemos?
--Ni el mismo Don Cesar sabe hasta ahora en donde está Doña Blanca, porque yo le he hecho seguir por todas partes, y por mas que ronda no encuentra absolutamente lo que busca.
--Si tu no abandonas el hilo, darás con el ovillo.
--Tan no lo abandono, que por ser Don Cesar el que me debe guiar en este laberinto, porque á él mandarale avisar mas tarde ó mas temprano su habitacion Doña Blanca, y de esta manera yo también la sabré, no os he vengado ya de él, que buenas oportunidades se me han presentado.
--Apruebo tu conducta, y sigue como hasta aquí.
Y los dos entraron á la casa de Luisa.
XV.
De donde se habia refugiado Doña Blanca y de lo que aconteció con Teodoro, la misma noche del 10 de Enero.
Teodoro al sentir que comenzaba el combate entre Don Cesar y los familiares, llegó hasta las tapias de la casa que daban al campo, y valido de su hercúlea fuerza, pasó primero á Blanca y luego á Servia, y huyó con ellas hacia el centro de la ciudad.
Blanca estaba tan débil que podia apenas caminar, y habia ratos en que Teodoro tenia que llevarla acuestas como un niño.
Tardaron por esto mucho para llegar hasta cerca de la alameda, porque Teodoro habia pensado llevar á Blanca á que se refugiase en su casa.
Caminaban así lentamente y sin llamar la atencion, porque en medio del gran tumulto que habia en las calles á consecuencia del toque de entredicho, las gentes no paraban la atencion unas en las otras.
Cerca del puente de San Francisco, Teodoro sintió que le tocaban un hombro, volvió el rostro y reconoció á Garatuza.
--Don Martin--le dijo deteniéndose.
Teodoro--contestó Martin--¿qué andais haciendo así, sin sombrero, á estas horas y con esas dos damas?
--Me ha pasado--contestó Teodoro, no queriendo decir la verdad--un lance desagradable con una cuadrilla de amigos del virey, que encontré por esas calles adonde salí por la novedad del entredicho: perdido mi sombrero me dirijia para mi casa, y esto es cuanto ha sucedido.
--Pues oidme--dijo Martin hablando muy bajo--seria prudente que no fueseis allá.
--¿Por qué?--preguntó Teodoro.
--La justicia--contestó Garatuza--ha allanado vuestra casa, os busca.
Teodoro quedó pensativo.
Si quereis seguir un consejo, esperemos un poco, ó vamos á dejar á estas damas, que será lo mejor, á mi casa y luego vendremos los dos solos á rondar por la vuestra á inquirir lo que ha sucedido.
--¿Y vivis lejos?
--No, muy cerca de aquí, y á un lado del monasterio de San Francisco.
--Vamos.
Teodoro refirió á Blanca y á Sérvia lo que le habia contado Garatuza, y todos se dirijieron á la casa de éste, adonde llegaron á pocos momentos.
En la casa de Garatuza no estaba mas que la muda María, todavía jóven; pero mas bella y mas graciosa que antes, y un niño, hijo de ella y de Martin, hermoso como un ángel y que podia tener unos cinco años.
¿Cómo habia vuelto á unirse María con Martin? La cosa es muy fácil de comprender.
Martin al salir de la casa de la Sarmiento, en donde estuvo oculto por la muerte del Oidor Quesada, estaba ya convencido de que él y el Oidor, y Doña Beatriz y María, habian sido víctimas de una infernal comedia preparada por la Sarmiento: buscó á María y cuando esta salió en libertad, por no habérsele podido probar culpabilidad alguna en la muerte de Don Fernando la volvió á llevar á su lado, y la trató en lo de adelante con mas cariño que antes.
Teodoro y Garatuza permanecieron como media hora en la casa de éste, y luego dejando allí á Sérvia y á Blanca se dirijieron á ver lo que habia pasado con la justicia en la casa de Teodoro.
Desde una esquina ocultos en la sombra estuvieron observando, y cuando ellos llegaron allí, el alcalde, la ronda, el virey y Don Cesar habian salido, y solo quedaban dentro el comisario y los alguaciles del santo oficio que á poco rato salieron de la casa y pasaron casi rosándose con Teodoro y con Garatuza.
El comisario decia á uno de los familiares:
--Si roban la casa por haber quedado abierta, culpa será de los del virey............
Y no pudo escucharse mas, porque se alejaban.
--Esta no es la justicia ordinaria--dijo Teodoro.
--Nó--contestó Martin.--La inquisicion que tambien ha tomado parte, segun parece, vamos á ver.
--Nó, esperemos un poco mas.
Y despues de estar en acecho cerca de una hora, y mirando que nadie se movia, se decidieron uno en pos de otro á entrar á la casa....................
Por mas que Teodoro procuró buscar á Don Cesar no le fué posible encontrarle.
Teodoro no podia salir libremente á la calle, por temor de ser conocido y aprehendido.
Don Cesar en aquellos dias de alarma, no podia separarse del virey, la amistad le obligaba á no abandonarle ni un momento. Allí supo que el virey habia encargado la prision de Teodoro, del cual ademas de lo muy conocido que era en México, se dieron á los alcaldes señas muy especiales. Teodoro era reputado como el gefe de toda la gente de color, adicto y comprometido en la causa del Arzobispo y muy á propósito para causar una sedicion.
Una de las noches en que el virey salia á rondar y que era precisamente la del 10 de Enero, Teodoro salió tambien en busca de Don Cesar.
La casualidad ó la desgracia hizo que el virey descubriese á Teodoro en una de las calles, y que á pocos pasos encontrase una ronda.
El virey no hubiera descendido hasta prender personalmente á un hombre, pero era muy natural que viéndole tan cerca, y teniendo á mano á la ronda, hubiera dado la órden para prenderle, y así sucedió; y Teodoro que iba completamente desprevenido se encontró á pocos momentos rodeado de alguaciles, y conducido á las cárceles de palacio.
Garatuza y todas las mugeres de la casa, pasaron la noche mas inquieta esperando á Teodoro.
Martin salió varias veces con objeto de averiguar su paradero, y lució por fin la mañana sin que nada hubiera podido saber.
En esa misma mañana Don Cesar supo en el palacio que en la noche anterior, habia sido conducido á las cárceles el pobre Teodoro, y que el virey estaba dispuesto á hacer con aquel hombre uno de los ejemplares que acostumbraba, mandándole ahorcar en medio de la plaza.
Don Cesar conocia el carácter inflexible del marqués de Gelves, y no concebia ni la mas remota esperanza de salvarle, porque todo el mundo le señalaba como al hombre mas peligroso entre los negros y la gente de color, y en aquellos tiempos una sublevacion de la gente de color ó de los indios hacia estremecer á todo el inundo.
--¿No cree V. E.--dijo Don Cesar al virey afectando la mayor naturalidad--que el preso de anoche pueda hacer algunas revelaciones importantes?
--Lo dudo--contestó el virey--pocas veces se consigue saber nada en los juicios.
--Pero quizá el temor de la muerte.
--No lo creais, porque todos convienen en que este preso es hombre de una resolucion indomable, y de una energía verdaderamente salvaje.
--Quizá con buen modo podria sacársele algo.
--¿Pero quién vá á probarlo?
--Yo, si V. E. me lo permite.
--¿Y por qué no? ¿Teneis alguna esperanza?
--Sí tengo, que le conocí, siendo yo muy jóven y puede muy bien suceder que alcance yo algo de él.
--Bien, id á probar, y aquí tenis una órden.
Y el virey con su misma mano puso su sello en un papel, y escribió con su puño y letra la órden para que se permitiese á Don Cesar hablar con Teodoro que estaba rigurosamente incomunicado.
Don Cesar guardó la órden bajo de su ropilla, y se dirijió á la cárcel en busca de Teodoro........................
Don Pedro de Mejía y Don Alonso de Rivera, conversaban en la casa del primero en la misma noche en que acontecia la prision de Teodoro.
--En verdad--decia Don Pedro--que mi situacion no puede ser mas espantosa y no me queda mas recurso que realizar aquí todos mis intereses, aunque sea con gran pérdida, y marcharme á España.
--No calculo yo que sea la cosa tan urgente, y tan mala, como la quereis suponer.
--Sí Don Alonso, el edicto de los inquisidores contra mi hermana Doña Blanca por su fuga del convento, y por su matrimonio, me deshonran, y esas voces esparcidas por todas partes y que me hacen aparecer como causa de la miseria pública por mi codicia, me han causado tal número de enemistades que ya lo veis, no me atrevo ni á salir á la calle, sin contar con que el virey sabiendo lo que se dice de mí, y que á él se le culpa tambien de protejerme, con su genial franqueza me ha ordenado, que no vuelva á poner los piés en palacio. En todo esto descubro las manos de mis enemigos, de Luisa, de esa muger infernal á quien es preciso castigar, de una manera terrible.
--¿Y ha llegado á veros Don Cárlos de Arellano, á quien enviasteis á llamar?
--Sí, y el me ha propuesto un medio de venganza, que aun cuando á mí no me parece tan terrible, como yo deseara, sin embargo, él me asegura que lo será.
--¿Y cuál es?
--Permitidme, que no os le diga, prometiéndoos solamente que asistireis á la ejecucion.
--Y hablando de otra cosa, ¿sospechais quién pueda ser el hombre que se atrevió á casarse con Doña Blanca?
--No, pero para mayor deshonra nuestra, creo que será algun villano, quizá un mulato de esos que no tienen temor ni á Dios, ni al diablo.
--Pues mirad lo que son las cosas, que yo héme fijado sin saber por qué, en Don Cesar de Villaclara.
--Si fuera así, necesitariase castigar á Don Cesar terriblemente; pero mas me figuro, que mas os habeis fijado en eso á causa del rencorcillo que le guardais, por aquella estocada de marras.
--De ninguna manera, que al volver de su destierro, nos hemos encontrado y apesar de que ni él ni yo hemos olvidado el lance, os juro que hablamos como si nunca de antes nos hubiesemos conocido.
--¿De manera, que le perdonais aquella mala pasada?
--Tanto así no podre aseguraros, que me la pagará tan luego como pueda, pero lo que sí os respondo es, que en nada me ha preocupado aquel recuerdo para sospechar que él es el marido de vuestra hermana, quizá muy pronto llegue á averiguarlo, y entonces vereis como el corazon no me ha engañado: entretanto no os descuideis vos con las asechanzas de Luisa, que ciertamente es el mas poderoso de vuestros enemigos.
--Perded cuidado, que muy pronto la vereis castigada.
XVI.
Lo que aconteció en México al Arzobispo Don Juan Perez de la Cerna el Juéves 11 de Enero de 1624.
La cárcel pública en aquellos tiempos estaba en el mismo palacio de los vireyes y ocupando una gran parte del edificio.
El de Gelves, ardiente perseguidor de los salteadores, ladrones, rufianes y demas canalla, que abundaban entonces en toda la Nueva España, tenia encerrados en las cárceles, á multitud de hombres y de mugeres.
Don Cesar atravesó aquella muchedumbre de gente, que estaba como hacinada sin órden y sin cuidado alguno, en inmundos patios, ó en hediondos calabozos, llegó hasta el pequeño separo, en que Teodoro se encontraba preso.
La pesada puertecilla se abrió, y Don Cesar descubrió á Teodoro, sentado en uno de los rincones, y con esa mirada torva y hozca, que tienen todos los que han permanecido encerrados en un lugar oscuro, cuando les hiere la luz por primera vez.
Teodoro deslumbrado por la repentina claridad no reconoció á Don Cesar hasta que este le habló, y la puerta volvió á cerrarse: entonces Don Cesar era el que no podia ver á Teodoro, y este habituado á la oscuridad, le distinguia perfectamente.
--¿Pero qué ha sido esto Teodoro? Preguntó Don Cesar.
--El demonio, que se empeña en perseguirme: anoche saliendo á buscaros, he encontrado con el virey á quien conocí, pero de quien ya no pude huir; me hechó encima la ronda y me trajeron aquí.
--¿Y Blanca?--Preguntó Don Cesar.
Libre y segura en la casa de Martin, ese á quien le dicen Garatuza, cerca del monasterio de San Francisco; podeis ir á verla, y arreglar vuestras cosas, porque segun tengo entendido y vos comprendereis conociendo el carácter del virey y como andan las cosas de la tierra, yo no saldré de aquí sino para la horca.
--¿Quién sabe? No debeis perder la esperanza.
--Si de Dios no viene el remedio, lo que es del virey, no lo espero que tan me cuelgan como ser hoy de dia. Hacedme el favor de avisar la suerte que he corrido á mi muger, que está con Doña Blanca y no la abandoneis: en cuanto á mí, perded todo cuidado que lo mismo me dá morir en la horca, que de un tabardillo.
--Quizá una revelacion vuestra, pudiera salvaros.
--Ni soy yo el que ha de cantar, ni el virey el que ha de atemorizarme con su justicia; dejad eso y ocupaos de Doña Blanca y del favor que os he pedido.
En estos momentos habia cesado repentinamente el espantoso rumor que habia siempre en los patios de la prision: los presos habian quedado en un silencio profundo, y por el lado del despacho de la Audiencia, se percibia un ruido inmenso, como el de diez mil voces que se levantasen juntas, como de una multitud de gentes que caminasen hablando, disputando, gritando.
--Alguna cosa estraña debe pasar--dijo Teodoro--porque hay un silencio en la prision, como no le hay ni á la media noche.
--Y á lo lejos--agregó Don Cesar--se escucha un rumor como si hubiera en el palacio un gran tumulto.
--Alguna cosa grave pasa en el palacio, en este momento.
--Voy á informarme--dijo Don Cesar saliendo precipitadamente--volveré á veros que tengo una órden amplísima del virey.
Todos los presos estaban en los patios y en los corredores en el mayor silencio, apiñados y procurando escuchar, el rumor de las calles que parecia acercarse mas y mas á cada momento.
El patio, la escalera y la sala de la Audiencia presentaban el espectáculo mas estraño.
El Arzobispo en una silla de manos se habia hecho conducir á la Audiencia, y aunque no llevaba por delante la cruz, tal era el acompañamiento que le seguia, y tal el escándalo con que marchaba, que cuando en la silla llegó á la puerta de la sala de la Audiencia, un inmenso y alborotado concurso invadia ya los patios, las escaleras y los corredores de palacio. Hombres y mugeres de todas clases; beatos, clérigos y seculares todos mezclados, confundidos, irritados, hablaban y gritaban sin que nada pudiera entenderse.
Dos personas iban á los lados de la silla del Arzobispo hablando con él, animándole y exaltándole, el uno era nuestro conocido Martin Garatuza que vestia una sotana y una turca, como gente de iglesia, y la otra una muger enlutada y cuidadosamente cubierta con un velo negro. Era Luisa que no abandonaba al prelado en aquellos momentos.
Estaban en Audiencia pública los oidores Don Paz de Vallecillos, Don Juan de Ibarra y Don Diego de Avendaño, los tres al presentarse el Arzobispo en la sala, seguido de aquel numeroso concurso, se levantaron de sus asientos y bajaron de los estrados adelantándose á recibir al Arzobispo.
--¿Qué manda su Señoría Ilustrísima?--preguntó cortesmente el oidor Vallecillos.
--Justicia pido--respondió á grandes voces el Arzobispo--justicia pido, y espero obtener de S. M. el rey mi Señor y de vos que sois sus representantes, y hasta obtenerla cumplida no me moveré ni me separaré de aquí, aunque entendiese que me costaba la vida y que vos me mandabais hacer pedazos; aquí están mis peticiones, recibidlas y proveereis en justicia.
Los gritos de ¡viva el Arzobispo! y ¡justicia! atronaban el palacio: los tres oidores estaban confundidos; aquello era una verdadera sedicion.
--Señor--dijo Don Diego de Avendaño--ni la Audiencia ha negado jamas la justicia, á quién la tiene, ni es esta la manera en que debiais pedirla, ni seria honroso para la Audiencia recibir así vuestras peticiones, retírese Su Ilustrísima, y ocurra como debe, con la seguridad de que nadie le negará la justicia.
--No me retiraré--contestó á gritos el Arzobispo sentándose en uno de los sillones que habia en la Audiencia--y antes me hareis pedazos que consigais el que yo me retire, sin que hayais provisto mis peticiones.
Otro nuevo aplauso de la muchedumbre, cubrió las últimas palabras del Arzobispo.
Los oidores mandaron consultar con el virey.
El de Gelves les contestó que entrasen á tratar con él del negocio, y el Arzobispo quedó dueño de la sala de Audiencia con la multitud que le acompañaba.
--Fieles que me acompañais en estas persecusiones y tribulacion de nuestra santa madre iglesia, os cito por testigos ante Dios y S. M. el rey, de que las peticiones que he traido, no me son admitidas por la Audiencia, y las deposito bajo el dosel y en la mesa de sus acuerdos.--Y levantándose majestuosamente atravesó el salon, y en medio de los gritos y de los aplausos, depositó bajo el dosel y en la mesa, las peticiones que traia.
La puerta que comunicaba con el aposento del despacho del virey se abrió en este momento, y el secretario apareció notificando al Arzobispo, por ruego y encargo de la Audiencia, que se retirase porque se proveeria en justicia, y para esto no era alli necesaria su presencia.
--Justicia pido, y no me retiraré de aquí hasta que no se me haga cumplida.
El secretario se retiró y el Arzobispo volvió á su sillon.
--Valor, Ilustrísimo Sr.--dijo Luisa por lo bajo al Arzobispo--que las cosas marchan perfectamente, y todos los vuestros están aquí para defenderos.
--No temais--contestó el Arzobispo--que no me faltará.
El secretario volvió á presentarse á notificar al Arzobispo la pena de cuatro mil ducados si no se retiraba, y no obtuvo mas que la misma contestacion.
El tumulto crecia, y las cosas que entre las gentes se decian, anunciaban que la tempestad estaba pronta á estallar.
El secretario volvió á aparecer con el tercer auto de la Audiencia, en que se declaraba que el Arzobispo habia incurrido en la pena de los cuatro mil ducados, y que cumpliese con retirarse «so pena de las temporalidades y de ser habido por estraño á los reinos de Su Majestad, y que seria sacado luego de ellos por inobediente á sus reales mandatos.
El Arzobispo, sin moverse de su silla, contestó lo que á los anteriores, y poco despues el cuarto auto de la Audiencia le hizo saber que el virey quedaba encargado de ejecutar las anteriores prevenciones, si él insistia en no retirarse del salon.
Entonces el Arzobispo comenzó á vacilar y hacia como un impulso para levantarse de su asiento, cuando Luisa, como su ángel malo, se acercó á él.
--¿Vacilaria Su Señoría Ilustrísima?--le dijo--¿en estos momentos supremos, y cuando la suerte de estos reinos está pendiente de sus labios? Vuelva el rostro Su Ilustrísima y contemple el inmenso número de amigos que le rodean, y está dispuesto á defenderle:
El Arzobispo contestó entonces con la misma insistencia que antes; pero en esta vez la multitud no aplaudió y quedaron todos en un pavoroso silencio.
Era la una de la tarde. La puerta del despacho del virey volvió á abrirse, pero no fué el secretario el que apareció en esta vez sino el Alcalde de la Audiencia y el Alguacil mayor de ella, seguidos de unos cuantos alabarderos.
El Arzobispo, á pesar de su audacia, palideció espantosamente.
El Alcalde y el Alguacil mayor pálidos tambien, pero serenos, se acercaron á él.
--En nombre de la justicia de Su Majestad--dijo el Alcalde, dése preso Su Ilustrísima, y síganos.
Todo el mundo estaba helado de espanto: el silencio era tan completo, que podia escucharse el vuelo de un insecto.
El Arzobispo se levantó y el Alguacil le tomó de la mano.
Luisa quiso acercarse, pero uno de los alabarderos que habian rodeado inmediatamente al Arzobispo, la rechazó bruscamente.
El Alcalde y el Alguacil mayor conducian al Arzobispo en medio de la muchedumbre, que se abria, silenciosa y espantada, para dejarles paso.
En el patio estaba dispuesta una carroza, se hizo montar en ella al Arzobispo, subieron tambien algunos de sus guardas, y sin que se dejase escuchar un grito ni una amenaza, salió el coche á la Plaza Principal y tomó el camino del Santuario de Guadalupe.
Dentro del palacio todo el mundo habia visto en silencio la prision del Arzobispo, porque al través de los muros á cada uno le parecia tener fijas en sí las chispeantes miradas del marqués de Gelves, pero ya en la calle los llantos, las quejas y las maldiciones seguian por todas partes al prisionero y á sus guardas.
Detras de la carroza en que iban el Arzobispo, el alcalde Don Lorenzo de Terrones, el alguacil mayor Martin Ruiz de Zavala, y el secretario de la Audiencia Cristóbal Osorio, seguian á caballo el sargento mayor Don Antonio de Ocampo y algunos alguaciles.
Aquella misma tarde el Arzobispo Don Juan Perez de la Cerna, desde el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, declaraba solemnemente excomulgados al virey, á los oidores, y á los ministros que le sacaron de la ciudad: les mandaba fijar en las tablillas y publicar el entredicho.
La tempestad del dia pareció calmarse durante la noche, los partidarios del Arzobispo parecieron desalentarse ó calmarse, y ya cerca de las diez Don Cesar creyó oportuno salir en busca de la casa en que Teodoro le habia dicho que podia encontrar á Doña Blanca.
Las calles estaban desiertas y silenciosas.
Don Cesar salió de palacio y se dirigió rumbo al monasterio de San Francisco.
Al llegar á la esquina de la calle en que vivia el oidor Vergara Gaviria, y que la mayor parte del pueblo conocia con el nombre de calle de Vergara, Don Cesar se encontró con un hombre que venia embozado, y como sucede en esos casos, los dos tuvieron que detenerse.
El embozado se inclinó cortesmente y dejó pasar por delante á Don Cesar, y éste preocupado con sus pensamientos, siguió adelante sin parar la atencion en él, pero el embozado se puso en el momento y cautelosamente en seguimiento de Don Cesar.
Asi atravesaron frente al monasterio de San Francisco, sin advertir el de adelante que alguien le seguia, y sin perder el de atras ni un paso en la distancia que llevaba del otro en su persecucion.
Don Cesar no tardó en encontrar la casa de Teodoro, no habia por allí entonces esa multitud de habitaciones que ahora se miran.
Las tapias del convento ocupaban gran parte de la manzana, y comenzaban á levantarse apenas algunas casas por las cercanias.