Monja y casada, vírgen y mártir
Part 23
La toma del dicho se hizo en la casa de Teodoro por notarios ignorantes, que á no ser tan torpes, lo hubieran parecido con las dádivas de Don Cesar, y todo quedó dispuesto para la celebracion del matrimonio, fijada para el dia siguiente de la traslacion de Blanca á la casa que tomó y mandó comprar Don Cesar por el rumbo de la calle de Ixtapalapa y que ya conocen nuestros lectores.
Se preparó todo en aquella casa, se tomaron criados y esclavos para el servicio de Doña Carolina, y la noche que los vecinos vieron por primera vez luz en el interior, Don Cesar y Teodoro condujeron á Blanca y la instalaron en su nueva habitacion.
Blanca estaba verdaderamente loca por el placer y no pensaba en nada, en nada mas, sino en que iba á ser ya del hombre á quien amaba tanto.
Teodoro y Don Cesar acompañaron á Blanca hasta el amanecer, y á esa hora como hemos visto se retiraron.............
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El Arzobispo debia haber arreglado las cosas á su modo con el inquisidor, porque al dia siguiente en todos los templos á la hora de la misa mayor, se leia un edicto de la Inquisicion.
Perdónennos nuestros lectores si á riesgo de fastidiarlos les insertamos un edicto del Santo Oficio, para que tengan una idea exacta de cómo eran éstos, y las curiosas prescripciones que contenian.
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«_NOS LOS INQUISIDORES APOSTOLICOS, CONTRA la Herética pravedad y Apostasía, en esta Ciudad de México, Estados y Provincias de la Nueva España, Goatemala, Nicaragua, Filipinas y su Distrito y cercanía, &c. Por Authoridad Apostólica._
«Hacemos saber á Vos los Vicarios, Curas, Capellanes y Sacristanes de las Iglesias de todas las Ciudades, Villas y Lugares de este dicho nuestro distrito; y especialmente á los de esta Ciudad, y á cada uno, y qualquier de vos, que esta nuestra Carta dada á pedimento del Señor Promotor Fiscal de este Santo Officio, que sea ley dada y publicada en esta dicha Iglesia.
«Son exortadas y amonestadas todas, y qualesquier personas de qualquier estado, grado, condicion y preeminencia que fuessen, que uviessen visto, ú oido decir, que alguna, ó algunas personas, vivos, presentes, ausentes ó difuntos uviessen prestado auxilio, ocultado, protegido, ó en qualquier manera ayudado é dado amparo á la llamada Doña Blanca de Mejía en el siglo, ó Sor Blanca del Corazon de Jesus, profesa en el convento de Santa Teresa de la Orden de Carmelitas descalzas, de donde con gran escándalo y perturbacion ha uido, y viviendo en relajada vida, pretende contraer ó ha contraido ya sacrílego matrimonio, así como algo de lo relativo á la dicha Sor Blanca, su pretendido esposo y demas que le acompañen á él y á ella.
«Y les mandamos en virtud de Santa obediencia, y so pena de Excomunion, _Trina Canónica monitione præmissa_, que dentro de seis dias primeros siguientes, despues que la dicha nuestra Carta sea leyda, y publicada, los quales les damos é assignamos, por tres plazos y terminos peremptorios, vengan y parescan ante Nos, personalmente en la Sala de nuestra Audiencia, á decir y manifestar lo que supiessen uviessen hecho, visto hazer, ó oido decir cerca de las cosas, en esta nuestra Carta dichas y declaradas, y otras qualesquiera que fuessen contra nuestra Santa Fee Catholica, ó contra el recto y libre exercicio del Santo Officio.
«E filo que Dios nueftro Señor, no quiera ni permita, por los feis dias figuientes, las dichas perfonas, q’ affi han hecho, ó dicho, faben û oyeron decir, quien haya hecho, ô dicho alguna cofa, ó cofas de las contenidas en la dicha nueftra Carta primera, ú otras cofas contra nueftra fanta Fee Catholica, ô contra el recto, y libre exercicio del Santo Officio de la Inquificion, ô de fus Ministros perfiftiendo en fu contumacia, y rebelion, y no lo vinieren á decir, y manifeftar ante Nos por la prefente los defcomulgamos, anathematizamos, maldecimos, y apartamos del gremio, ê union de la Santa Madre Iglefia Catholica, participacion, y comunion de los Fieles, y Catholicos Chriftianos, como á miembros pofeydos del demonio. Y mandamos á los Vicarios, Curas, Capellanes, y Sacriftanes, y á otras qualefquier perfonas Eclefiasfticas Seglares, y Religiofos, q’ los ayan, y tengan á todos los fufodichos (q’ affi fueren rebeldes, y contumaces) por tales publicos defcomulgados, maldecidos, y anatematizados, y vengan fobre ellos, y á cada uno de ellos, la ira, y maldicion de Dios todo poderofo, y de la Gloriofa Virgen Santa MARIA fu Madre, y de los Bienaventurados Apoftoles S. Pedro, y S. Pablo, y de todos los Santos del Cielo. Y vengan fobre ellos todas las plagas de Egypto, y las maldiciones q’ vinieron fobre el Rey Pharaon, y fus gentes porque no obedecieron, y cumplieron los Mandamientos divinales; y fobre aquellas cinco Ciudades de Sodoma, y Gomorra, y fobre Datán, y Abirón, que vivos los tragó la tierra, por el pecado de la inobediencia, que contra Dios nueftro Señor cometieron; y fean malditos en fu comer, y beber, y en fu velar, y domir; en fu levantar, y andar; en fu vivir y morir; y fiempre eftén endurecidos en fu pecado: el diablo efté á fu mano derecha; quando fueren en juizio fiempre fean condenados; fus dias fean pocos, y malos; fus bienes, y hazienda fean trafpaffados en los eftraños; sus hijos fean huerfanos, y fiempre eftén en neceffidad; y fean lanzados de fus cafas, y moradas, las quales fean abrafadas, todo el mundo las aborrezca; no hallen quien halla piedad de ellos, ni de fus cofas fu maldad efté fiempre en memoria delante del Acatamiento divinal, y maldito fea el pan, y el vino, la carne, y el pefcado, y todo lo que comieren, y bebieren, y las veftiduras q’ viftieren, y la cama en que durmieren, y fean malditos con todas las maldiciones del Viejo, y Nuevo Teftamento; malditos fean con Lucifer, y Judas, y con todos los demonios del Infierno, los quales fean fus feñores, y fu compañia. Amen.
Y mandamos, que entre tanto q’ eftas nueftras cenfuras fe leen, y publican, los Clerigos hagan tener dos Cyrios de cera encendidos, cubierta la Cruz con velo negro en feñal de luto que la Santa Madre Iglefia mueftra con los tales malditos, y defcomulgados, encubridores, y favorecedores de Hereges. Y acabadas de leer las cenfuras, mandamos â los dichos Curas, Clerigos, y Sacriftanes, y â cada uno de ellos, que maten los dichos Cyrios ardiendo, en el agua bendita, diciendo: Affi como mueren eftos Cyrios en efta agua, mueran fus animas, de los tales rebeldes, y contumaces, y fean fepultadas en los Infiernos; y hagan repicar, y tañer las campanas; y luego canten en tono el Pfalmo que comienza: _Deus laudem meam ne tacueris._ Y el Refponfo que dice: _Revelabunt cœli iniquitatem Iudæ_. Y no cefeys de lo affi hazer, y cumplir hafta que los tales rebeldes vengan á obediencia de la Santa Madre Iglefia, y digan, y declaren lo que faben, han vifto, y oîdo decir, como dicho es, y fean abfueltos de las dichas cenfuras, en que affi han incurrido. En teftimonio de lo qual mandamos dar, y dimos la prefente firmada de nueftros nombres, y fellada con el fello de efte Santo Officio, y refrendada del Secretario infracfcripto.
XIII.
De cómo Doña Blanca se casó y de lo que sucedió entonces.
El clérigo oidor que habia notificado la excomunion al secretario Osorio, en la Audiencia, habia sido como indicamos, remitido á Veracruz para embarcarse para España.
En vano le reclamó el Arzobispo, y en vano amenazó á la Audiencia; la parte de esta que era fiel al virey permaneció inflexible, y el prelado determinó dar un grande escándalo para precipitar definitivamente las cosas.
La ciudad estaba en grandísima alarma. El Arzobispo exijia que en las tablillas de las puertas de las iglesias estuviesen los nombres de los que él habia excomulgado, á pesar de que era pasado el tiempo que debian permanecer allí, y que además estaban ya absueltos por los jueces á quienes habian ocurrido; pero el Arzobispo se empeñaba en que allí subsistiesen, y los comisionados por la justicia para quitarlas luchaban en cada templo para conseguirlo.
Cerraban los curas y los vicarios las puertas de las iglesias, é intervino entonces «el brazo secular» y se hacian abrir por fuerza, y esto con escándalo tan grande, que ya nadie atendia á sus negocios ni á sus naturales ocupaciones, sino que andaban todos por todas partes inquiriendo noticias y tomando partido.
Así duraron las cosas todo el dia, que lo pasó Don Cesar al lado del de Gelves, atendiendo solo á las disposiciones que se dictaban para evitar un tumulto, y prevenir sus resultados en caso de que lo hubiese.
A las oraciones de la noche Don Cesar, Teodoro, su muger, y un anciano sacerdote llegaron á la casa en que vivia Doña Blanca.
La dispensa obtenida por Don Cesar, contenia, como era natural que él lo hubiera procurado, la autorizacion á un sacerdote particular y que no era el cura de su parroquia, para celebrar el matrimonio de Don Cesar de Villaclara y de Doña Carolina Sandoval, como se llamó Blanca.
La jóven esperaba ya con impaciencia, estaba vestida de blanco, y su belleza resaltaba mas con aquel traje vaporoso sin adornos y sin alhajas.
En la sala de la casa debia celebrarse la boda, y el sacerdote se revistió en una de las piezas inmediatas. Teodoro y Sérvia eran los padrinos.
Blanca, trémula y confusa, pronunció sus nuevos votos y la bendicion del anciano sacerdote vagó sobre aquellas dos hermosas cabezas.
Blanca era por fin la esposa de Don Cesar de Villaclara.
Eran las ocho de la noche, y repentinamente se escuchó á lo léjos el clamor triste de las campanas de la catedral, y luego el de todas las iglesias de la ciudad, que se elevaba en el silencio de la noche como un presagio sombriamente siniestro.
--¡Jesus nos ampare!--Esclamó el anciano religioso cayendo de rodillas.
--¿Pues qué es eso señor?--preguntó Blanca mas pálida que un cadáver.
--La maldicion de Dios sobre esta ciudad desgraciada--contestó el religioso.--Tocan entredicho.
--¡Entredicho!--Repitieron todos espantados.
--¡Jesus nos valga!--dijo Blanca desmayándose.
El anciano salió precipitadamente de la casa y los demas rodearon á Blanca desmayada.
Las campanas seguian, tocaban pavorosamente á entredicho, y el tumulto en las calles era espantoso, todos salian á la calle atraidos por la novedad y la noticia de que la ciudad estaba en entredicho, circulaba por todas partes helando de espanto á aquellos corazones religiosos y tímidos.
--Dios mio--decia Blanca volviendo en sí--yo soy quizá la causa de tanta desgracia. ¡Dios mio, perdóname!
Tres golpes sonaron en la puerta de la calle y todos se miraron entre sí como espantados. Blanca se refugió en los brazos de Don Cesar.
Un criado abrió la puerta y un comisario del Santo Oficio se presentó en la estancia seguido de sus familiares.
--¿Quién es aquí--dijo severamente el comisario--Doña Blanca de Mejía?
Todos callaron espantados.
--¿Doña Blanca de Mejía?--volvió á decir el comisario.
El mismo silencio.
--Por última vez y en nombre del Santo Tribunal de la Fé, preséntese Doña Blanca de Mejía, si no quiere que pare en su mayor perjuicio.
Doña Blanca dió un paso adelante, el comisario se aproximó para prenderla; pero en este momento Don Cesar se arrojó entre los dos.
--No la tocareis--dijo resueltamente.
--Prended á esa muger--dijo el comisario del Santo Oficio.
D. Cesar tiró de la espada y los familiares se lanzaron sobre él.
--Pensad á lo que os esponeis resistiendo á la Inquisicion--gritó el comisario.
--Aunque me cueste la vida--contestó Don Cesar--sálvala, dijo á Teodoro.
El negro tomó entre sus robustos brazos á Blanca que habia vuelto á desmayarse, y se entró á los aposentos interiores seguido de Sérvia.
Los familiares quisieron ir tras él, pero Don Cesar cubrió la puerta con su cuerpo y espada en mano, y comenzó una lucha desigual pero terrible.
Los gritos de ¡favor á la Inquisicion! ¡favor al Santo Oficio! se escuchaban en la calle entre el pavoroso clamoreo de las campanas que continuaban tocando á entredicho.
Los lacayos habian huido, y en el combate las bujías habian caido y se habia incendiado una de las colgaduras del aposento en que Don Cesar se resistia tan valientemente.
En un momento el fuego se apoderó del aposento, y los dependientes del Santo Tribunal que no querian tener la suerte de sus víctimas, huyeron por un lado y Don Cesar por otro.
Las llamas lo invadian todo con una rapidez asombrosa; Villaclara recorrió toda la casa buscando á Teodoro y á Blanca, pero toda estaba desierta.
Salvó entonces una de las tápias y echó á caminar con rumbo á palacio.
La noche estaba sombría; las campanas seguian tocando, las calles y las plazas llenas de gente.
Don Cesar volvió el rostro y miró una inmensa columna de fuego que se levantaba; unas viejas que pasaron á su lado decian:
--Seguramente no quisieron salir los brujos y la Inquisicion los ha quemado con todo y casa.
Don Cesar se dirigió inmediatamente para la casa de Teodoro, para donde además de la distancia tenia que atravesar por multitud de grupos que invadian las calles y las plazas, haciéndole mas dificultoso el camino. Don Cesar creia que Teodoro conduciendo á Blanca se habria dirigido como era natural suponerlo, para la casa de la calle de San Hipólito. Caminó mucho tiempo y al llegar á la esquina del tianguis de San Hipólito, encontró á uno de los negros que mas frecuentaban la casa de Teodoro y que reconociendo á Don Cesar ó creyendo reconocerle entre la oscuridad de la noche á la luz de algunas antorchas y faroles que traian algunos de los muchos que andaban en la calle, se dirigió hácia él.
--Señor--le dijo.
--¿Qué se ofrece?--preguntó Don Cesar deteniéndose.
--¿Vais á la casa de Teodoro?
--¿Por qué me lo preguntas?
--Es porque acaba de ser ocupada por una multitud de gente que todo lo embarga y todo lo registra.
--¡La Inquisicion!--esclamó Don Cesar preocupado.
--No señor, son gentes de justicia que han llegado en nombre del virey.
--¿Y Teodoro?
--Nada sé, sino que tienen presos á cuantos han sido encontrados en la casa y aun están allí.
Desprendióse violentamente Don Cesar de aquel hombre y se dirigió á la casa de Teodoro; si no era el Santo Oficio y sí gentes del virey, Don Cesar nada tenia que temer y podria salvar á Blanca y á Teodoro en el caso de que estuviesen allí.
Pensando en esto y apretando el paso, en un momento se encontró en la casa.
En efecto, numerosas rondas dirigidas por un alcalde ocupaban el edificio, y en nombre del virey practicaban el mas escrupuloso registro.
El alcalde conocia á Don Cesar, le dió razon de cómo habia venido allí de órden de S. E. porque varias denuncias habian corroborado la idea que ya S. E. tenia de antemano, de que se trataba allí de una conspiracion de las gentes de color indispuestas con el virey por las enérgicas disposiciones que contra ellas habia dictado.
Teodoro no estaba allí, algunos criados que tenia presos la ronda, nada sabian de él, ni de su muger, ni por supuesto de Doña Blanca.
Mil conjeturas ocurrieron á Don Cesar, y se disponia ya á marcharse para continuar en sus pesquisas, cuando en aquellos momentos otro comisario del Santo Oficio se presentó en la casa seguido de gran número de familiares y en busca tambien de Doña Blanca de Mejía.
El alcalde pretendia que la casa ocupada en nombre del virey y de la justicia de S. M. el Rey de España, no podia ser atropellada.
El comisario insistia por su parte, y Don Cesar miraba con cierto placer aquel conflicto que le daba ocasion de vengarse del Santo Oficio, acuchillando con un pretesto legal á sus familiares.
Como es de suponerse, Don Cesar animaba la cuestion, y ya todos enardecidos habian echado mano á los estoques preparándose á acometer al grito tan necesario en todas aquellas circunstancias de «favor al rey» «favor á la Inquisicion» y «ténganse á la justicia» y «ténganse al Santo Oficio,» cuando repentinamente todas las espadas se bajaron, todas las lenguas enmudecieron y se descubrieron todas las cabezas.
El marqués de Gelves apareció en medio de aquel improvisado palenque.
A pesar de los gritos de sedicion, á pesar del desprecio con que aparentaban tratarle sus enemigos, el marqués de Gelves era la arrogante figura ante la cual se inclinaban las frentes mas altivas de los grandes señores de Nueva España, y el Arzobispo mismo no se atrevia en su presencia ni á arrugar siquiera el entrecejo.
Vestia el virey en aquella noche mas bien un traje de combate que de Corte.
Bajo su negro ferreruelo se percibia el brillo de la coraza y de la gola y la ancha tasa de la empuñadura de su espada, que no era indudablemente la que llevaba de ordinario en su bordado talabarte.
Cubria su cabeza una especie de capacete de acero, y sus calzas de cuero y sus brillantes espuelas de oro, indicaban que estaba dispuesto á montar á caballo en el momento que lo creyese necesario. El virey tenia el continente altivo del antiguo batallador.
--¿Qué pasa aquí?--preguntó el virey.
Nadie se atrevió á contestarle.
--Ea, responded, señor Alcalde.
El Alcalde se adelantó temblando.
--Señor--dijo--por órden de V. E. hemos venido á registrar esta casa, y á poner en prision á sus moradores.
--¿Y por eso causais este escándalo?
--Señor--contestó el Alcalde--los ministros del Santo Oficio han despues venido y querídose apoderar de la casa con desprecio de la justicia de Su Majestad y de las órdenes de V. E.
--¿Habeis encontrado algo?
--Nada, señor, no hemos encontrado mas que algunos sirvientes que ignoran el paradero de sus señores.
--Entonces retiraos, y dejad que el Santo Oficio cumpla con sus deberes, y cuidad que en lo de adelante llegueis á provocar semejantes escándalos.
El Alcalde, humilde y cabizbajo, se retiraba seguido de los alguaciles; pero al llegar á la puerta se volvió preguntando al virey.
--¿Y los criados?
--Si vos los aprehendisteis--contestó el virey--llevadlos, que son los prisioneros de quien los toma.
Ni una palabra se atrevió á decir el comisario del Santo Oficio.
A la salida de los alguaciles el virey descubrió á Don Cesar, que habia permanecido oculto tras ellos en uno de los ángulos de la habitacion.
--¿Vos tambien aquí, Don Cesar?--dijo el virey.
--Sí, señor, contestó Don Cesar--advertí el tumulto en esta casa y me llegué á ella, atraido por la curiosidad.
--Hacedme favor de acompañarme.
El virey salió embozándose en su ferreruelo y se encaminó á palacio acompañado de Don Cesar, que rabiaba por separarse de él para volver á emprender su peregrinacion en busca de Blanca.
El comisario y los familiares convencidos de que no encontrarian á la persona que buscaban, porque la casa estaba enteramente desierta, tornaron á dar cuenta de su comision sin meterse en mas averiguaciones, porque la única mision que llevaban allí era procurar la aprehension de Doña Blanca.
La casa de Teodoro quedó enteramente sola y abierta.
Dos horas despues un hombre se deslizaba cautelosamente entre las tinieblas hasta llegar á la casa, y á poco llegó tambien otro que le seguia.
--Señor Martin--dijo el primero que habia llegado--á no haber sido por la fortuna que tuve de encontraros, estoy seguro que en este momento me tendria el virey en las cárceles de palacio.
--Sí, Teodoro--contestó el otro, que como podrá suponerse era Garatuza--desde las ocho de la noche tenia yo la noticia de que debia venir aquí la justicia, y casi estoy seguro de quién es el que nos ha denunciado.
--¿Y de quién sospechais?--preguntó Teodoro.
--De un caballero muy principal que he visto rondar por estas calles algunas noches; grande amigo del virey, y que se llama Don Cesar de Villaclara.
--Os engañais Don Martin--replicó Teodoro--mas seguro estoy yo de ese Don Cesar, que de mí mismo.
--Lo mismo da; ya veremos mas adelante: por ahora lo que importa es que no volvais á presentaros por esta casa, y que permanezcais oculto por algunos dias, que supongo que serán muy pocos, porque esta tragedia poco ha de tardar en desenlazarse: cerrad vuestras puertas y retirémonos, que así lo aconseja la prudencia.
Teodoro cerró cuidadosamente todas las puertas de la casa, y acompañado de Martin, se perdió entre la muchedumbre, que aun no se retiraba de las calles.
Las campanas de todas las iglesias, no habian cesado en su pavoroso clamoreo.
XIV.
De lo que combinaron el Corregidor Don Melchor Perez de Varais y el Arzobispo Don Juan Perez de la Cerna.
El Arzobispo de México usaba de las armas de la Iglesia contra sus enemigos, excomulgando á los jueces, y á los guardas de su protegido el Corregidor de México Don Melchor Perez de Varais, objeto ó mas bien dicho pretesto de todas aquellas grandes discuciones; pero sus enemigos, encontraron tambien en la misma Iglesia, armas que volver contra el pecho del Arzobispo, tornando golpe por golpe, censura por censura, y anatema contra anatema.
El Papa Gregorio XIII, por Bula especial, habia nombrado para casos semejantes, en los que alguno se sintiese agraviado por la autoridad del Arzobispo, Juez Apostólico delegado al Obispo de la Puebla de los Angeles.
A él acudieron los quejosos.
El Arzobispo se reveló contra su autoridad, y el Delegado confirió por delegacion todo su poder á un religioso de Santo Domingo.
El Sub-delegado Apostólico se armó de energia y escudado con su nombramiento, y seguido por los religiosos de su Orden, y apoyado por el virey, y por la Audiencia y por sus partidarios, comenzó á luchar contra el Arzobispo.
Las censuras se cruzaban de un púlpito al otro, y cada iglesia se convertia en un palanque en que desde lo alto de la cátedra del Evangelio, se anatematisaban los contendientes, se alzaban ó se imponian excomuniones á los jueces, y se predicaban doctrinas en pró y en contra de la potestad de las jurisdicciones, de lo cierto y falso de las proposiciones que cada parte defendia.
Los fieles estaban aterrados y cada uno seguia el bando á que le inclinaban sus pasiones, mas bien que los razonamientos, que sin comprender escuchaba en los púlpitos.
El Arzobispo predicó su entredicho en la Misa Mayor despues del Evangelio, haciendo salir una procesion con muchos clérigos revestidos, llevando una cruz alta, cubierta con un velo negro, y, al decir de un cronista de aquellos tiempos, «haciendo otras ceremonias nunca vistas,» destilando en el corazon de todos _un horror inquieto, lleno de confusion y desconsuelo, provocándolos con esto, á una general indignacion contra quienes les daban á entender eran causa de ello_.
El toque de entredicho continuaba todos los dias y todas las noches, y el Arzobispo á pesar de su desavenencia con los religiosos de Santo Domingo, insistia todas las noches en sus visitas á Don Melchor, retraido en aquel mismo convento.
Luisa con su disfraz de mancebo no faltaba jamas allí.
La noche del miércoles 10 de Enero estaban reunidos, en el aposento que ocupaba Don Melchor, éste, el Arzobispo, el Oidor Don Pedro de Vergara Gaviria y Luisa, que por la costumbre de acudir allí, y por su decision en la causa, se la atendia en todas las deliberaciones.
Los dias se pasan--decía Don Pedro de Vergara,--sin que hállamos hasta ahora logrado encontrar oportuna coyuntura para levantar al pueblo.
--Coyuntura no ha faltado--decia Su Ilustrísima--que mas favorable nunca pudo haberse presentado; pero, ó vuestros agentes no cumplen, ó este pueblo necesita como Santo Tomas, ver para creer.
--Perdóneme V. S. Ilustrísima--contestó Luisa interrumpiendo al Arzobispo--que nuestros ajentes han cumplido lealmente, porque yo, que en todos los grupos me he mezclado, y que estoy al tanto de todas sus operaciones, asegurar puedo á Su Ilustrísima que todo está dispuesto, y que se espera solo una señal para comenzar el tumulto.
--Con demasiada prudencia camina el de Gelves--dijo Don Melchor--y si Su Señoría Ilustrísima no le compromete á dar un paso que le desconcierte, pasos llevamos de seguirnos entendiendo perpetuamente con jueces y con notarios.
--Tal es mi opinion--agregó Don Pedro de Vergara Gaviria--y si su Ilustrísima quisiera, en momentos estamos de poder llegar al fin.