Monja y casada, vírgen y mártir
Part 22
«Es el caso que entonces por razones que alguna vez os diré, tuve de contraer matrimonio con Luisa, la viuda de Don Manuel de la Sosa ignorando que habia estado en vuestra casa de donde se fugó, y que era una esclava antigua de un Don José de Abalabide. Súpelo despues de la boda y la arrojé de mi casa.
«Hoy ha vuelto esta muger pasando por esposa legítima del correjidor de México Don Melchor Perez de Varais, enemigo encarnizado del virey y uno de los mas ardientes trastornadores de la pública paz.
«Os ruego que vengais para ayudarme á confundir á esa muger que es el ajente mas poderoso y mas activo del Correjidor.
«Dios os guarde por muchos años, como se lo pide vuestro amigo y servidor
«DON PEDRO DE MEJÍA.»
Chema habia escuchado esta carta con un interes y una escitacion creciente, su semblante se habia puesto encendido, sus ojos brillaban y su respiracion era desigual y fatigosa.
--¿Qué pensais?--dijo Don Cárlos--A la verdad que para castigar á esa muger basta su marido, que si buena y juiciosa le hubiera salido á Don Pedro, nada me hubiera tocado á mí, como ahora que es mala é inquieta me viene á querer perturbar.
--Os engañais--dijo Chema con una voz ronca--es preciso que vayais, ó mejor dicho, que vayamos para confundir á esa víbora, yo os acompañaré.
--¡Vos! ¿la conoceis acaso?
--Ojala no la hubiera conocido, ella ha sido la causa de todas mis desgracias, porque yo soy Don José de Abalabide.
--¡Vos Don José de Abalabide! el rico comerciante que desapareció una noche arrebatado por el Santo Oficio, y de quien se cuentan tantos padecimientos?
--El mismo, Don Cárlos, el mismo, y en el camino os instruiré de todo y os convenceré de que es un deber nuestro castigar á esa muger. Disponed, os ruego, vuestro viaje, y salgamos mañana mismo de esta casa.
--Saldremos--dijo Don Cárlos.
A la siguiente mañana una pesada carroza de camino se dirigia á la capital de la Nueva España. Ocho poderosas mulas tiraban de ella, y en el interior se veian á Don Cárlos de Arellano y á Don José de Abalabide que hablaban con mucho calor; era que el viejo referia su historia.
A las dos de la tarde los viajeros habian llegado á México y se alojaban en una casa que Don Cárlos habia conservado amueblada y dispuesta en la ciudad, porque solia antiguamente pasar allí algunas temporadas.
Don José fué bajado de la carroza en los brazos de los lacayos.
En aquellos momentos la ciudad estaba en alarma, grupos de gentes de todas clases cruzaban por las calles, bulliciosos los unos, graves y taciturnos los otros; allí se preparaba algo: eran aquellos para el menos inteligente presagios de una tempestad.
Don Cárlos se dirigió inmediatamente á palacio para averiguar qué era aquello, y encontró allí la misma confusion que en las calles; pero allí ya comprendió todo.
Don Melchor Perez de Varais retraido en el convento de Santo Domingo, no pretendia hacer fuga como decian sus enemigos, pero sí auxiliado del Arzobispo que lo visitaba diaria y secretamente, atizaba el fuego de la sedicion y provocaba un alzamiento. Sus jueces como hemos visto, mandaron ponerle guardias en el convento.
Don Melchor se quejó de esto al Arzobispo diciendo, que se violaba la inmunidad del asilo, y el prelado que no esperaba sino una oportunidad para dar un escándalo, miró esta como venida del cielo.
Con el juicio de censuras se dió principio á este escándalo, y el Arzobispo por medio de su Provisor procedió contra los guardias y contra los jueces hasta declararlos excomulgados.
El Provisor comprendia y secundaba perfectamente las ideas del Arzobispo, y las notificaciones á los excomulgados se hacian con el mayor escándalo posible á todas horas, sin distinguir las del dia de las de la noche.
El clerigo que hacia de notario iba de una á otra casa y de uno á otro tribunal, y atravesando las calles seguido de un concurso numerosísimo ocasionando por toda la ciudad alarma y tumulto.
La Audiencia absolvió á los excomulgados, y el Arzobispo entonces se volvió contra la Audiencia.
Don Cárlos de Arellano llegó á palacio á la sazon que entraba tambien á él un clérigo notario del Arzobispo, que seguido de una multitud inmensa entre la cual se veian muchos clérigos, iba á notificar al secretario de dicha Audiencia la entrega de los autos de este ruidosísimo negocio.
El virey estaba en la Audiencia con los oidores, y el notario del arzobispado llegó con su acompañamiento hasta la puerta de dicha audiencia, en donde habia quedado esperando tambien Don Cárlos.
--¿Qué ruido es ese?--Preguntó adentro el virey.
--Señor--contestó pálido el oficial mayor--El notario del provisorato me notifica que se entreguen los autos sobre absolucion de las censuras de los jueces y guardias de Don Melchor Perez de Varais, bajo pena de escomunion y publicacion en las tablillas de las iglesias.
--Vive Dios, y perdonadme señores mi violencia--dijo el virey--que mucha es la audacia y desacato de ese notario.--Decid señor oficial mayor, á ese notario, que aguarde hasta que termine la audiencia.
El oficial mayor salió inmediatamente á llevar el recado de S. E.
Apenas el notario oyó el recado, cuando sin respeto de ninguna clase, y atropellando al oficial mayor, se dirijió á la puerta de la audiencia. Los alguaciles trataron de impedirselo y entonces allí mismo se trabó la lucha.
Como por encanto salieron á lucir multitud de armas, que llevaban ocultas los clerigos que acompañaban al notario, y comenzaron á caer heridos algunos de los dos bandos.
Don Cárlos tiró de su espada, y se puso del lado de la justicia.
En medio de aquel tumulto, un jóven elegantemente vestido con un sombrero hundido hasta el entrecejo y adornado con hermosas plumas blancas, animaba y exaltaba á los partidarios del arzobispo y con el estoque en la mano, procuraba herir al oficial mayor.
Arellano se arrojó sobre este jóven en el momento en que un movimiento de la multitud hacia caer su sombrero, dejando complemente descubierta su cabeza. Dos esclamaciones se escucharon en aquel acto, la una era de Don Cárlos de Arellano que gritó.
--¡Luisa!
La otra partió de la boca de Don Cesar, que llegaba al lugar del escándalo, y que tambien la reconoció.
En este instante se abrió la puerta de la audiencia, y la figura severa del marqués de Gelves, apareció calmando la tempestad.
Los alborotadores huyeron espantados, y solo quedaron allí Don Cesar, Arellano, y los alguaciles, unos buenos y otros heridos.
Don Cárlos levantó el sombrero que Luisa habia abandonado en su fuga.
El virey con los brazos cruzados contempló á la turba que huia, y luego con una calma inconcebible en su carácter violento y altivo, dijo á Don Cesar y á Don Cárlos de Arellano.
--Pasad Señores.
Los dos caballeros siguiendo al marqués, entraron á la sala de la audiencia.
Los Oidores estaban pálidos, pero serenos; la Audiencia se habia dado por terminada y se hablaba ya en confianza.
--Admírome señor--dijo Don Cesar--como S. E. ha podido contener su natural fogoso ante semejantes desacatos.
--Creed Don Cesar, que he necesitado hacer un grande esfuerzo, porque los gobernantes muchas veces tenemos necesidad de disimular nuestros naturales instintos é inclinaciones.
--Tiene V. E. mucha razon--dijo Don Cesar.
--Pero ya la justicia tendrá su lugar alguna vez, que ahora conozco que solo de precipitarme se trata, para dar motivo á culparme de cualquier desgracia, y no lo conseguirán.
--Quizá no ignore V. E.--dijo Don Cárlos de Arellano, la cabeza y el brazo que dirigen estos disturbios.
--¿Y quién los desconoce? solo vos Don Cárlos que venis tan pocas veces á México, y os pasais la vida encerrado en vuestra casa de la Estrella, y sin embargo, ved como os favorece la fortuna, acabais de llegar y ya teneis en vuestras manos un trofeo.
--Es verdad, E. S.--contestó Arellano, levantando por lo alto el sombrero de Luisa que llevaba en la mano--este trofeo tiene la doble recomendacion de pertenecer á una dama.
--¿A una dama?
--Que venia entre la multitud vestida de hombre, y que se daba tambien su modo de acuchillar á los alguaciles.
--¿Y quién era, esa mi hermosa enemiga?
--Hermosa verdaderamente, y que segun entiendo, es la que pasa por esposa de Don Melchor Perez de Varais.
--He oido hablar de ella, ¿pero por qué decis que pasa por su esposa, acaso no lo es realmente?
--Ni puede serlo; bien pronto conocerá V. E. lo que es esa muger por las pruebas que tendré el honor de presentarle. Entre tanto, permítame V. E. que no le diga mas.
--Como gusteis.
Don Cesar no dió para nada á entender que conocia á Luisa y el virey y los Oidores siguieron comentando á su manera los acontecimientos que habian tenido lugar..............
* * * * *
Aquella misma noche el Arzobispo entraba al aposento que ocupaba en Santo Domingo Don Melchor Perez de Varais.
Luisa con su traje de hombre acompañaba á Don Melchor. El prelado debia ya conocer quién era, porque la saludó como á señora.
Luisa besó respetuosamente el pastoral del Arzobispo.
--En esta tarde--dijo Don Melchor--creí que el marqués hubiera hecho una de las suyas acuchillando al pueblo, lo que hubiera precipitado ventajosamente para nosotros el lance.
--Así debió de suceder--contestó el Arzobispo--y no comprendo qué pudo detenerle.
--Mi esposa que estuvo presente, me ha contado que el virey no hizo siquiera impulso de arrojarse á la pelea.
--¿Será cobarde?--dijo el prelado.
--No lo piense V. S. I., pero está muy prevenido.
--¿Conque vos anduvísteis, señora--dijo el Arzobispo--en medio del peligro?
--Cuando se trata de la causa de Dios y de la Iglesia--contestó hipócritamente Luisa--la criatura mas débil es fuerte.
--Sois digna imitadora--dijo el Arzobispo--de Judit, de Estér y de Dévora.
--Señor Ilustrísimo.........--esclamó Luisa fingiendo ruborizarse.
--Y no crea Su Ilustrísima--agregó Don Melchor con cierto orgullo--no cesa de trabajar; esta noche me ha dado parte de que se ha encontrado á un antiguo criado suyo de gran influencia entre el pueblo, y muy útil, á quien llaman por mal nombre el Ahuizote.
--¡El Ahuizote! ¡el Ahuizote!--yo recuerdo ese nombre.
--Tal vez le haya conocido en otro tiempo Su Señoría.
--Puede, ¿con que es muy útil?
--Para todo.
--Pues va ya á necesitarse pronto porque el virey me exige que le envie al notario que en esta tarde fué á notificar al secretario de la Audiencia.
--¿Y qué hará Su Señoría Ilustrísima?
--¿Qué puedo hacer? entregarle, pero esto dará el motivo que se necesita para poner el entredicho y excomulgar al virey.
--¡Excomulgarlo!--esclamaron á un tiempo Luisa y Don Melchor.
--Sí, ya vereis que naturalmente van para allá las cosas y muy pronto.
--Y nosotros entre tanto ¿qué haremos?
--Seguir excitando y preparando al pueblo para la hora del combate.
--Estamos dispuestos--dijo Don Melchor--¿nos avisará Su Ilustrísima?
--Sí, si es posible; si no hay tiempo, las campanas que toquen el entredicho serán la señal.
Pocos momentos despues Luisa se despidió, en la puerta por donde ocultamente entraba y donde la aguardaba ya el Ahuizote. Luisa subió en su carroza y el Ahuizote trepó á la saga.
XI.
Cómo los celos hacen adivinar á las mugeres.
--Recuerdas--dijo Luisa al Ahuizote al llegar á la casa--¿á aquel Don Cesar de Villaclara?
--¿Y cómo olvidarlo si tan malos dias nos hizo pasar? pero creo que lo enviaron á Manila y no ha vuelto á parecer.
--Te engañas, porque hoy le he visto en el palacio.
--Puede, pero al fin que ya no nos importa.
--Sí, sí nos importa, ha jugado ese hombre conmigo y me ha despreciado por Doña Blanca.
--Pero ahora de nada le servirá eso, porque á esa Doña Blanca, segun me dijeron, la metió monja su hermano Don Pedro.
--Es verdad, pero se ha fugado del convento.
--¡Calle! y qué picarona--dijo sonriéndose el Ahuizote--pero ahora se juntarán los dos, y el Santo Oficio dará cuenta final de esos amores.
--Eso es lo que pienso, y lo que trato de evitar.
--¿Qué? ¿Que los quemen? ¿Pues no los aborreciais tanto?
--No, lo que no quiero es que se vean, que se amen, que sean felices, y estoy segura de que así está sucediendo porque el corazon me lo avisa. Don Cesar es el único hombre á quien verdaderamente he amado, y no será de esa muger aunque me cueste el dolor de verle entre las llamas. Oyeme, es preciso que mañana mismo averigües en dónde vive Don Cesar, que pongas personas que lo vijilen, que vean adonde vá, con quien habla, todo lo que hace en el dia y en la noche, porque estoy segura de que visita á Doña Blanca, que la ama, y ¡hay de ellos! yo me sabré vengar.
--¿Pero si eso no es mas que una suposicion vuestra?
--No, estoy segura de que así sucede. Ya oyes lo que te he prevenido, y sabes que pago bien.
--Sereis obedecida de la misma manera.
--Mañana en la noche tendremos razon exata, ¿es verdad?
--Muy pronto es.
--No importa, lo quiero.
--Está bien.
--Por ahora puedes retirarte, pero ya lo sabes, no tienes mas comision que esa.
--Está muy bien.
--No te me presentas hasta traer las noticias que te pido, pero mañana en la noche estás aquí.
Y sin esperar respuesta, Luisa se entró en su habitacion.
El dia siguiente se pasó con grande alarma en la ciudad, y circuló en la noche la noticia de que el virey tenia ya preso al clérigo que habia ido á notificar la excomunion, á Osorio el secretario de la audiencia, y que privado dicho clérigo de sus temporalidades, iba á ser remitido á San Juan de Ulua para ser embarcado para España.
El arzobispo estaba furioso y sus partidarios llenaban de pasquines las puertas de los templos y hasta las de Palacio.
Todo el mundo esperaba un conflicto por momentos, porque todos conocian el caracter impetuoso y enérgico del marqués de Gelves, y el genio altivo é indomable del arzobispo Don Juan Perez de la Cerna.
México entero estaba conmovido se había hecho correr el rumor de que el virey que habia obligado á todos á traer sus semillas á la alhóndiga para abastecer al pueblo, se habia puesto de acuerdo con Don Pedro de Mejía, para monopolizar el maíz y venderlo á precios escesivos, y que la causa de los disgustos del virey con el arzobispo, era que este habia tomado la defensa de los pobres, amenazando á Mejía y al de Gelves con la excomunion si no abarataban los granos.
Esto se referia públicamente en los mercados, y por consecuencia crecian á la par, el prestigio del arzobispo y el odio al virey y á sus amigos.
Las cosas estaban ya en sazon, para hacer un tumulto, pero el de Gelves apesar de su caracter arrebatado, y de las provocaciones del prelado, caminaba con mucha prudencia.
Luisa esperó toda la tarde que llegara el Ahuizote porque conocia su diligencia y su actividad, y aunque la cita era por la noche creia que el hombre se anticiparía.
En la tarde el Ahuizote no pareció, pero á la oracion de la noche estaba ya en la casa de Luisa con el semblante del que viene satisfecho.
--¿Averiguaste?--le dijo Luisa luego que le vió.
--Todo.
--¿Y qué hay?
--Lo mismo que vos pensabais. Don Cesar ha encontrado á Doña Blanca, y se han entendido, de manera que vuestro corazon no os engañó.
--Pues entonces, no hay mas sino denunciarles al Santo Oficio....................................
--No me parece prudente, porque aun esos amores no pasan de conversaciones por la reja de Doña Blanca, despues porque está ella en la casa de Teodoro el esclavo que fué de Doña Beatriz.
--Tanto mejor. Teodoro es mi enemigo y puedo perderle tambien, entregando á los amantes á la Inquisicion.
--Entonces no sabeis que Teodoro es uno de los partidarios mas importantes del señor arzobispo, porque cuenta con toda la gente de color, de la que es el gefe; de manera que si se hiciese lo que vos pensais, en primer lugar le quitabais un grande apoyo al arzobispo y en segundo lugar tendria que defender á los amantes defendiendo á Teodoro, y vos tendrias que habéroslas con un enemigo muy poderoso.
--Tienes razon, pero ¿qué debo hacer?
--Mirad, que conque tengais un poco de paciencia todo se arregla. Don Cesar ha preparado una casita, para llevarse allí á Doña Blanca, y entonces es tiempo de caerles, que serán envueltos en el proceso del Santo Oficio, mientras que hoy solo Blanca seria condenada.
--¿Y cuando pensará Don Cesar mudar á Doña Blanca?
--Creo que esta misma noche.
--¿Luego ya mañana?..................
--Ya mañana podeis hacer la denuncia.
--¿A donde está la casa?
Eso sí no he podido saber, y tal vez mas tarde me lo dirán, porque estas noticias las tengo de un criado de Don Cesar, íntimo amigo mio, á vos nada os importa saber la casa dad la denuncia, que los familiares sabrán husmear y no haya cuidado que pierdan la pieza.
--Bueno, tú sin embargo, prosigue en tus averiguaciones.
Luisa pensó ya, que habia llegado el momento de su venganza, y el Arzobispo le pareció un buen medio. Su Ilustrísima deseaba y aprobaba todo lo que era no solo contra el virey, sino contra sus amigos: él ayudaria á perseguir á la hermana de Don Pedro de Mejía, y á Don Cesar de Villaclara, los dos favoritos del de Gelves.
A las once de la noche, los amigos de Don Melchor Perez de Varais y su Luisa, estaban con él, en Santo Domingo, combinando sus planes de revolucion.
--Si su Señoría Ilustrísima quisiera, dijo Luisa al Arzobispo--manera tengo yo de quitar al virey, á uno ó dos de sus principales amigos.
--Por fuerza tengo de querer--contestó el prelado--que mas perjudican sus amigos que él mismo. ¿Y de quiénes tratais?
--De Don Cesar de Villaclara, y de Don Pedro de Mejía.
--¡Pollos son de cuenta!--esclamó el Arzobispo--¿Y cómo pensáis que nos deshagamos de ellos?
--Muy fácilmente: pero siendo caso de conciencia, espero que su Ilustrísima me escuche como en sigilo de Sacramento.
--Bien entonces mañana..................
--Urgente es la medida.
--En ese caso..................
--Si su Señoría gusta--dijo Don Melchor--puede pasar al inmediato aposento, que está enteramente solo.
--Me parece--contestó el Arzobispo, dirijiéndose al otro aposento seguido de Luisa.
El prelado se colocó en un sitial, y Luisa tomó asiento á su lado.
--Comenzad--dijo gravemente el Arzobispo.
--Pues sabrá S. S. I., que Don Pedro de Mejía tiene ó mas bien tenia una hermana en el convento de Santa Teresa, llamádose Blanca.
--Sí, eso es, Sor Blanca la que se fugó dias pasados; ya caigo.
--Aun hay mas, Sor Blanca tenia antes de entrar al convento amores con Don Cesar de Villaclara.
--¡Hum!--hizo el prelado, que comenzaba á maliciar de lo que se trataba.
--Sor Blanca fugada del convento, ha encontrado á Don Cesar y han vuelto á entablar sus relaciones, y él la tiene ya viviendo como su muger.
--¿Pero adonde?
--Eso es lo que le toca averiguar á la justicia.
--Mañana mismo dictaré mis órdenes.........
--Permitame su Ilustrísima, que le diga que todo eso vendria mejor de la inquisicion y no tendria el carácter de persecucion de partido.
--En efecto, y la cosa tanto mas llana es, cuanto que el inquisidor mayor es grande amigo mio, y conseguiré que mañana mismo se publiquen los edictos contra la hermana de Mejía y contra el tal Don Cesar.
--¿Parece bien á su Ilustrísima?
--Perfectamente, mañana se publicarán los edictos, ó á mas tardar pasado mañana.
--Y si algo sé yo de nuevo, avisaré á su Ilustrísima.
El Arzobispo y Luisa salieron del aposento á cual mas alegre.
--Lo dicho Sr. Don Melchor--dijo el prelado--vuestra esposa es una de las mugeres fuertes de la Biblia, y el de Gelves caerá como los filisteos, atacado por todos lados.
--Lo que desearia que fuese muy pronto--contestó Don Melchor--que me enfado ya de estar aquí prisionero.
--Muy pronto caerán al sonido de las trompetas las murallas de la soberbia Jericó.
--Dios lo permita.
--Amen.
La reunión se disolvió. Luisa se fué á soñar con su venganza, y el Arzobispo á preparar con el inquisidor mayor la persecucion de Doña Blanca.
XII.
Como era un edicto del Santo Oficio.
Por la calle de Ixtapalapa, y fuera ya de la traza en los suburbios de la Ciudad habia una pequeña y aislada casa, en la que nadie habitaba hacía ya mucho tiempo, de manera que aquella casa se iba destruyendo rápidamente.
Una mañana los vecinos advirtieron gran cantidad de trabajadores, que casi en un solo dia, la pusieron en estado de servir. Durante la noche, se observaron criados y esclavos, que alumbrados por hachones traian muebles, que á lo que con aquella escasa luz podia mirarse, eran de mucho lujo.
A la mañana siguiente, todo movimiento habia cesado, y nadie entraba ni salia á la casa.
Dicen algunos que el animal mas curioso de la creacion es la muger.--Yo opino que el vecino es mas curioso que la muger--y los vecinos de aquellos rumbos observaron: (lo que prueba que estaban en acecho) que á las diez de la noche del siguiente dia, se iluminó la casa por dentro.
La curiosidad creció y comenzaron á formarse mil comentarios, y á fastidiarse porque trascurrian dos horas y no se veia mas que la luz.
A las doce y media se oyó á lo lejos el ruido de una carroza que se aproximaba, y que vino á pararse frente á la puerta de la casa.
Quién salió de aquella carroza nadie lo supo, pero ella permaneció allí hasta que comenzó á salir la luz, y entonces se retiró. Como habia modo ya de percibir quién la ocupaba, todos se empeñaron en descubrirlo creyendo encontrar, lo menos al diablo, pero solo pudieron alcanzar á ver una mano negra que se apoyaba en una de las portezuelas.
La curiosidad del caritativo vecindario, no satisfecha, se contentó con decir:
--Estas son cosas del enemigo malo: Dios nos saque con bien--y luego santiguarse.
Vamos nosotros á retroceder un poco, para que el lector sepa lo que contenia aquel misterio.
Don Cesar, como habia dicho muy bien el Ahuizote á Luisa, tenia ya dispuesta su casa y debia trasladar á ella á Blanca. Teodoro instruido por esta, era su auxiliar y su protector.
Pero á una muger como Blanca le hubiera sido imposible ser la querida de un hombre, y aunque á trueque de un sacrificio, ella queria santificar si esto era posible, su union con Don Cesar de Villaclara.
Doña Blanca creia que su deshonra y su castigo seria menor si al descubrirse todo se publicaba que teniendo voto de castidad habia contraido matrimonio, que si se hubiera referido en público pura y sencillamente que era la manceba de Don Cesar de Villaclara. El orgullo de su sangre y sus ideas religiosas se sublevaban contra esta idea y pensaba que el Sacramento del Matrimonio atenuaba su falta.
Por otra parte con el Breve del Pontífice que autorizaba al Arzobispo para relajar sus vínculos, se creia enteramente libre, y tanto en aquello habia llegado á pensar, que no tenia ni el menor remordimiento de que alguna vez pudieran llegar á decir de ella que era _Monja y Casada_.
Los argumentos que favorecen nuestros planes toman tales visos de certidumbre y se visten por la conciencia de tales apariencias de verdad y de justicia, que llegan á parecernos sólidos y esactos, y el hombre que se empeña en convencerse á sí mismo de que una cosa es buena, llega mas tarde ó mas temprano á conseguirlo.
La mejor prueba de esto es el suicidio.
No hay quizá una cosa que repugne tanto á la naturaleza como la idea del «no ser.»
La muerte vista de cerca y á la luz del dia, aterra aun á los mas fuertes, y sin embargo, séres débiles y almas tímidas llegan á persuadirse á sí mismas, de que el suicidio, la muerte, el no ser, son medios para dejar de padecer, y se quitan la existencia esos mismos séres, que en otro caso temblarian ante el menor peligro.
Don Cesar comprendió lo que pasaba en el alma de Blanca y se persuadió también. No hay argumento sin fuerza cuando viene de boca de una persona á quien se ama con pasion.
Don Cesar comenzó á dar los pasos necesarios, y dando á Blanca un nombre y una parentela supuestas y valiéndose de su influjo y de su dinero, logró sacar una dispensa de «publicatas ó amonestaciones» y el permiso para casarse en el domicilio de su futura Doña Carolina de Sandoval, que fué el nombre con que se presentó Blanca.