Monja y casada, vírgen y mártir
Part 21
--A tí no te lo ocultaré porque eres bueno y tienes el corazon grande, y tú sí no me venderás: soy Doña Blanca de Mejía.
Y Blanca se apartó el velo.
--¡Doña Blanca! ¡Doña Blanca! la ahijada de mi ama ¡pobrecita! La otra víctima de Don Pedro y de Don Alonso. ¿Pero habeis huido del convento.........?
--Sí, Teodoro, y no tengo un asilo.........
--Cómo que no; ¿pues habeis creido que yo vivo en las plazas? mi casita tengo, y para allá nos vamos en este momento.........
--Pero me persiguen, quizá te comprometas por mí.
--¿Comprometerme? No os encontrarán en mi casa, y además, ¿qué me importa, no estais en la desgracia? vaya, niña, venid, venid.
--¿Y la Inquisicion.........?
--No tengo yo miedo á nada en el mundo. Vámonos.
Y Teodoro se atrevió á tomar á Blanca de una mano para levantarla del asiento.
Blanca comenzó á seguir á Teodoro y muy pronto llegaron á la casa de éste, que era cerca de San Hipólito.
La muger de Teodoro le miraba llegar á la casa con una tapada.
--¿Qué será esto?--pensaba la negrita.
--Sérvia--le dijo su marido--esta señora es mas que si fuera nuestra ama, es casi la sombra de Doña Beatriz, y viene á vivir con nosotros, cuidala y quiérela mucho: que nadie sepa que está aquí.
Sor Blanca entró en la casa de Teodoro, recibida como una persona de la familia que volviera de un largo viaje, inmediatamente le destinaron una bonita habitacion que tenia para la calle una hermosa ventana.
Sor Blanca tenia sueño y debilidad; en toda la noche no habia dormido, y apenas habia comido los panecillos que sacó de la casa de Cleofas.........
El marqués de Gelves comprendia, presentia que se tramaba contra él una terrible conspiracion, y conocia quienes eran los directores, pero ignoraba en lo absoluto sus elementos, sus recursos y quienes eran sus agentes.
En las noches salia por las calles á rondar la ciudad, y á seguir aquella pista, que desgraciadamente perdia á los primeros pasos.
La noche en que lo hemos visto desprenderse de Don Pedro y de Don Alonso en el palacio, y salirse á la calle, era sin duda alguna, la noche de uno de los dias mas agitados de su gobierno: por todas partes habia recibido denuncias y anónimos, y la parte de la audiencia que no estaba de acuerdo con los revoltosos, habia estado á darle aviso de que se observaba en la ciudad algo que indicaba una próxima tempestad.
El de Gelves anduvo en las calles: al principio de la noche no encontró nada que llamase su atencion; iba ya á retirarse, cuando alcanzó á ver por la calle de San Hipólito unos hombres que salian furtivamente de una casa, y que se iban como recatando. El virey creyó que habia encontrado un rastro, se ocultó á cierta distancia y advirtió que á poco, otros hombres salian de la misma casa, pasaron cerca de él y pudo notar que eran negros libertos.
Observó el marqués luz en una de las ventanas de aquella casa y pensó acercarse para ver si algo lograba descubrir desde allí que aclarase sus sospechas.
El pequeño postiguillo de una de las ventanas estaba abierto, y aunque era alto, el marqués subió por la reja y miró para adentro.
Dos mugeres hablaban sentadas en dos sitiales frente una de otra. Una de ellas tenia la espalda vuelta á la ventana pero por la forma de la cabeza, y por la figura del peinado se conocia que era una negra, la otra cuyo rostro podia ver perfectamente el virey, porque lo bañaba completamente la luz de las bujias, era una de hermosura maravillosa.
El virey no era un jóven, y sin embargo se sintió arrebatado, enamorado por aquella belleza, y no pudo apartarse de su observatorio, ni desprender sus ojos de aquella muger cuyos movimientos todos eran tan encantadores.
Un negro, alto y robusto, vestido con elegancia y sencillez entró en el aposento y la muger que tenia vueltas las espaldas á la ventana se levantó.
El de Gelves no se habia engañado, era una negrita.
Hablaron entre sí los tres y la negrita se dirijió á la ventana, el marqués se alejó para no ser descubierto y á poco el postigo se cerró.
El virey permaneció allí pensativo y preocupado hasta que la luz del alba y los cantos de los gallos, le anunciaron que era necesario retirarse.
Habia encontrado en aquella noche dos cosas, que no se apartaban de su imaginacion, y que no podremos decir cual le afectaba mas: una conspiracion de negros y la casa adonde se tramaba esta, la muger mas hermosa que habia visto en la Nueva España.
El marqués de Gelves era hombre que no se quedaba nunca á la mitad de un camino, pensaba averiguar quien era aquella muger, y saber lo que se trataba en las reuniones de los negros; pero comprendió que debia comenzar por la muger por que si comenzaba por el asunto de los negros, podia desaparecer ella, en caso de que no lograse prenderles á todos, y que la familia que ocupaba la casa se espantase.
El hombre de las confianzas del virey era un jóven acaudalado de México, que habia vuelto de Filipinas muy rico, despues de un destierro que se le impuso á causa de un duelo, por el antecesor del marqués de Gelves. Este joven, en quien sin duda conocerán nuestros lectores á Don Cesar de Villaclara, se habia hecho el amigo de confianza del virey por su talento, su audacia y su carácter franco y amable.
Jamas faltaba á la hora del almuerzo en Palacio, porque el marqués de Gelves no podia pasarse sin él, y aquella era para el virey la hora de verdadero descanso y en que olvidaba los negocios del gobierno y de la política y se entregaba á sus alegres conversaciones familiares.
El dia á que nos vamos refiriendo, Don Cesar encontró al virey, triste y pensativo.
Concluyó el almuerzo, sin que hubiera pasado aquella nube, y entonces el virey condujo á Don Cesar á un aposento interior y se encerró con él.
IX.
Lo que hablaron el virey y Don Cesar de Villaclara, y lo que aconteció despues.
--Tengo que haceros una confidencia, Don Cesar--dijo el virey--que á no tener de vos tanta confianza, no os abriera mi pecho tan francamente.
--Puede V. E. depositar en mí su secreto, que solo en un sepulcro pudiera estar mejor guardado.
--Lo sé, y por eso os le fio: oíd.
--Hable V. E., que es para mí mucha honra.
--Don Cesar, anoche he salido á rondar como sabeis que tengo de costumbre en algunas noches, y en la calle que está derecho de San Hipólito he visto una muger, Don Cesar, cuya imágen poco tiempo presente ante mis ojos, no se borrará, ni se ha borrado un instante de mi mente.
--¿Tan bella es?
--Tan bella como un ángel, luz despiden sus brillantes ojos, perlas son sus dientes, coral sus labios, rizos de negra seda juegan sobre sus espaldas y sobre sus hombros, que envidiara la hembra mas hermosa de Castilla.
--Pero ¿quién es tan peregrina belleza?
--Pluguiese al cielo, que alcanzado hubiera la dicha de saber su nombre; esa muger no debe tener nombre sino entre los ángeles: muchos años han cruzado ya sobre mi frente, y la nieve de la edad blanquea mi cabeza ya sin que el fuego de los arcabuces haya podido derretirla, pero ni nunca tal garrida belleza he visto, ni nunca impresion tan estraña se ha apoderado de mí; este es el favor que os exijo; este es el servicio que espero de vuestra amistad, saber el nombre, la clase y el estado siquiera de esa dama.
--Señor, procuraré ayudar á V. E., pero ¿á dónde vive?
--No podré deciros mas, sino que la he visto en una ventana que está cerca de San Hipólito, de donde ví tambien salir varios negros, y en donde creo habita un negro alto y fornido con traza de rico.
--¡Ah! entonces ya sé adonde es.
--¿A dónde?
--En la casa de Teodoro, el negro liberto de la difunta Doña Beatriz de Rivera--yo respondo á V. E. que sabrá quién es esa dama.
--Me hareis un distinguido favor; me hareis, que mas os puedo decir, me hareis feliz. ¿Cuándo creeis saber algo?
--Mañana mismo lo sabré ya todo.
--Bien, id Don Cesar, y Dios os guie en vuestras investigaciones.
Aquella misma tarde rondaba ya Don Cesar por el frente de la casa de Teodoro.
Pero las ventanas permanecieron obstinadamente cerradas, llegó la noche y sucedió lo mismo.
--Volveré á la media noche--pensó Don Cesar, y se retiró.
Sor Blanca no salia á sus rejas durante el dia por temor de ser vista y conocida; sin embargo, al través de algunas hendiduras de las puertas miraba la calle.
Don Cesar pasaba en la tarde y Blanca alcanzó á verle. Don Cesar estaba algo variado, pero habia sido la única ilusion y el único amor de Blanca, y le reconoció; habia pensado tanto en él que no era posible que le hubiera olvidado.
Blanca se sintió desfallecer al mirarle, y luego se apoderó de ella un desaliento horrible: tal vez Don Cesar la habia olvidado, estaba ya unido, amaba á otra, y aun cuando no fuese así, ¿no habia entre ellos ya el abismo inmenso de sus votos monásticos, que el Arzobispo aun no habia relajado?
Don Cesar volvió á pasar y Blanca advirtió que miraba para la casa y que se detenia enfrente, y luego aquellos paseos se repitieron, y no habia duda: Don Cesar rondaba aquella habitacion. ¿La buscaria á ella? ¿Sabria que allí estaba?
En una de las veces Don Cesar pasó junto á la ventana, y se detuvo buscando un modo de ver para adentro.
Blanca le veia, no estaban divididos mas que por la reja y por la puerta, tenia el rostro de aquel hombre á una distancia tan corta, que podia haber escuchado un suspiro, sintió un vértigo, quiso abrir y presentarse, pero en aquel momento D. Cesar convencido sin duda de que nada conseguia, se retiró.
Toda la tarde penó Blanca en lucha con su deseo, por fin llegó la noche y no vió ya á Don Cesar.
Don Cesar salió á cosa de las once á proseguir sus investigaciones; no solamente su amistad con el virey, sino su amor propio y su curiosidad estaban interesados en descubrir á la dama misteriosa.
La noche no estaba completamente oscura, y al llegar cerca de la casa de Teodoro creyó notar un bulto.
Como acostumbrado á esta clase de aventuras, se dirijió al bulto para reconocer si era un hombre y alejarle de allí, aun cuando tuviese que andar para ello á estocadas.
Por su parte el hombre que estaba frente á la casa, se puso en guardia al ver acercarse á Villaclara.
--¿Quién va?--preguntó el hombre.
--¿Su Excelencia aquí?--contestó Villaclara descubriéndose.
--Callad, Don Cesar, que no seria prudente que nadie me conociera--dijo el virey.
--¿Ha descubierto algo esta noche V. E.?
--Nada, á pesar de que se descubre luz, las ventanas han permanecido cerradas; ¿y vos habeis alcanzado algo?
--Nada tampoco, toda la tarde he permanecido por aquí.
--¿Y qué pensabais hacer ahora?
--Venia á continuar mis rondas hasta descubrir algo.
--Bien, entonces quedaos, que yo tengo que hacer en palacio.
--Como lo mande V. E.
--Quedaos, adios, y mañana os espero.
El virey se embozó y echó á caminar, perdiéndose á poco entre las sombras densas de los árboles de la Alameda.
La noche se pasó tambien, y á la hora del almuerzo contaba Don Cesar al virey que se habia perdido el tiempo.
--Pero supongo que no desmayareis--dijo el marqués de Gelves.
--Imposible, contestaba Don Cesar, yo cumpliré á V. E. lo prometido, y sabremos quién es esa dama.
En la tarde Blanca esperaba, y Don Cesar no tardó en venir y comenzar sus paseos.
Blanca luchó algo, pero al fin no pudo resistir, y abriendo su ventana se mostró á la vista del joven.
--Es un ángel, es una diosa, es algo que no pertenece al mundo sino al cielo--esclamó Don Cesar--y este rostro no me es desconocido, lo he visto, vive en mis recuerdos: ¡me mira! ¡me sonrie! ¡Dios mio, alúmbrame! ¡alúmbrame! ¿Quién es esta muger?
Don Cesar entre el torbellino del mundo habia perdido la imágen de Blanca, que como un recuerdo volvia á levantarse delante de él.
Si Blanca hubiera comprendido que Don Cesar no la recordaba, su corazon hubiera sangrado de dolor porque la pobre jóven soñaba con su candor de niña, que como ella amaba así era amada.
Un grupo de jente venia por la calle y Blanca cerró precipitadamente su ventana, y en vano esperó el jóven toda la tarde que no volvió ya á abrirse.
Llegó la noche y se retiró sin poder olvidar á la dama, y sin recordar tampoco en dónde la habia visto.
--Dios mio--decia--¿quién es esta muger tan bella y que me mira de una manera para mí tan estraña?
El virey en cuanto pudo desprenderse de sus negocios en la noche, volvió á la calle de San Hipólito.
Serian las diez y la calle estaba desierta, y el de Gelves creyó observar la primera vez que pasó, que la ventana de su bella desconocida estaba abierta y el aposento oscuro.
Volvió á pasar y se confirmó en su observacion, y se detuvo entonces en frente de la reja: oyó ruido en el interior, los pasos de una persona que se acercaba á la ventana, y luego una voz hechicera que decia:
--¿Sois vos?
--Yo soy--contestó el de Gelves comprendiendo que en todo caso decia una verdad.
--Os he visto rondar mi casa, y vos debeis comprender que vuestro amor y vuestras pretensiones son imposibles.
--¡Imposibles! ¿Por qué?
--Porque Dios ha puesto entre nosotros una inmensa barrera, que una muger cristiana no puede salvar; idos, y si me habeis amado, si me ameis aún, no trateis de perder una alma que en gran riesgo está ya por desgracia.
--Señora......
--Os lo ruego, olvidadme, que harto sabeis que no puedo ser vuestra. Adios.
Y la ventana se cerró con violencia antes que el marqués hubiera podido articular una palabra.
--¡Dios mio, Dios mio!--decia Doña Blanca sollozando en el interior de su aposento--acepta mi sacrificio en descargo de mis grandes culpas; tú ves, mi Dios, qué inmenso esfuerzo me ha costado despedirle para siempre; pero que no vuelva, que no vuelva, Dios mio, porque entonces, sí, no me sentiria con resolucion para tanto.
El marqués se quedó un momento reflexionando, y luego casi en alta voz pensó:
--Tiene razon esta dama; á mi edad, un hombre casado como yo, porque ella debe saberlo, y conocer á la vireina como casi toda la ciudad....... tiene razon, aún es tiempo de cortar esta pasion que, quizá mas tarde, me hubiera avergonzado.... pero yo la iba queriendo demasiado......... no, no volveré mas; mucho tengo en que ocuparme para andar á mis años en rondas y en amoríos.........
El marqués seguia caminando, y vió á un embozado que se acercaba.
--Debe de ser Don Cesar.
En efecto era él, que venia á seguir por su parte la comensada empresa.
--Don Cesar--dijo el virey aproximándose.
--Señor--contestó Don Cesar.
--¿A dónde vais?
--A la calle de San Hipólito.
--No es necesario ya, acompañadme á palacio y os referiré lo que me ha pasado con esa dama misteriosa.
--¿La ha visto V. E?
--Aun mas que eso: la he hablado.
--¿Hablado?
--Sí, venid, y os contaré.
Don Cesar se sintió contrariado, pero tuvo necesidad de acompañar al virey y escuchar toda la relacion de su boca, y comprendió que la dama habia hablado al marqués creyendo que era él, y sintió renacer sus esperanzas.
--¿Es decir que V. E. prescinde de la empresa completamente?
--Sí, Don Cesar, esa dama me ha recordado lo que yo nunca debiera haber perdido de vista.
Don Cesar guardó silencio, pero se alegró en su interior y juró ser él quien continuara persiguiendo á la jóven.
Aquella noche comprendió ya que era infructuoso su paseo, y se retiró.
Pero á la siguiente tarde pasó y volvió á pasar, hasta que volvió á abrirse la ventana y Blanca volvió á presentarse.
Ella lo habia dicho: si él volvia, quizá no podia resistir.
Don Cesar procuró aprovechar la ocasion, y pasando junto á la ventana dejó caer, por decirlo así, estas palabras:
--Hasta la noche.
--Sí--dijo Blanca encendida de rubor y cerrando, y luego agregó en su interior.
--¿Cómo será posible no amarle? ¡Oh, Dios mio! tú me abandonas á mis propias fuerzas, y yo me siento débil para luchar con este amor.
--¿Quién será esta dama, que cada vez que la miro me parece que estoy mas seguro de haberla conocido? ¿Lo habré soñado quizá? Esta noche saldré de esta penosa duda, y si S. E. ocupó anoche mi lugar, es justo que yo me aproveche de la conversacion que él habia comenzado: pagar es corresponder.
Cuando Don Cesar volvió en la noche, Doña Blanca esperaba ya.
Aquella imaginacion ardiente, aquella naturaleza vigorosa y pura, aquel corazon vírgen y amante, no habian podido resistir el encanto de un primer amor. Blanca estaba apasionada de Don Cesar, porque era el único hombre que la habia manifestado su amor, y porque ella habia soñado en ese amor como en un imposible durante los largos años de su encierro en el cláustro.
Blanca estaba resuelta á todo; pero temerosa con la escena que le habia pasado con Cleofas, queria declarárselo todo á Don Cesar para saber si él tambien arrostraba por todo.
Don Cesar se iba acercando; sus pasos resonaban en el silencio de la calle, y Blanca le adivinaba, vacilante y conmovida, apoyándose en las rejas de su ventana.
El jóven llegó, y como es natural que se apoyase en la misma reja, su mano tocó por casualidad la mano de Blanca, que se estremeció con aquel contacto, pero que no se retiró.
Don Cesar lo advirtió, y contó ya segura su conquista.
Hay cosas que parecen insignificantes, pero que entre personas que se aman equivalen á una declaracion, ó á una correspondencia: una mirada fija, ó á escusas; una mano que se detiene ó que oprime mas de lo comun á otra; dos brazos que se tocan y no se separan; cualquiera cosa es para los amantes una declaracion mas larga que un libro, mas clara que la luz del medio dia.
--Señora--dijo cortesmente Don Cesar--perdonadme si por desgracia he tardado mas de lo que quisiera.
--No, Don Cesar, siempre llegareis á tiempo.
--¿Conoceis mi nombre?--dijo Don Cesar asombrado.
--¿Acaso no conoceis vos tambien el mio?
--¿Creeis que si vuestro corazon no me olvida, el mio pudiera haberos olvidado?
Don Cesar naufragaba en un mar de conjeturas: ¿quién era aquella muger que así le hablaba? ¿Qué iba á hacer, si, como era natural, se prolongaba la conversacion sin que él pudiera recordar su nombre? Era preciso esquivar aquel escollo.
--Señora--dijo Don Cesar para dar otro jiro á la conversacion, y recordando lo que le habia contado el virey--¿Por qué me habeis rechazado tan cruelmente anoche?
--Don Cesar, porque hay entre nosotros un abismo que puede arrastrarnos á infinitos males, y no quiero esponeros por mi causa.
--¿Y creeis señora, que tema yo algo, tratándose de vos? ¿creeis que sacrificio alguno me parezca grande por obtener un amor como el vuestro?
--Es que quizá hasta la salvacion eterna de vuestra alma puede peligrar.
--Habladme señora, decidme que peligros son esos, ya ansio por arrostrarlos, para probaros cuanto os adoro.
--Don Cesar, sabeis que mi hermano Don Pedro de Mejía me hizo entrar en un convento, y profesar por fuerza, soy monja, vínculos de acero me átan al claustro, y si yo los he roto y he escapado de allí huyendo de una vida que no puedo soportar, buscando aire y libertad, y esponiéndome á todas las calamidades que esto podria atraer sobre mi cabeza, no quiero por mas que os ame envolveros en mi desgracia, y comprar mi dicha á costa de vuestra felicidad.
--Doña Blanca--dijo Don Cesar, que la habia reconocido, Doña Blanca ¿eso decis? ¿Eso podeis pensar de mí? Yo os amo, vuestra imágen me siguió á mi destierro y me acompañó siempre al traves de los mares, si vuestro hermano os condujo al convento, si allí pronunciasteis esos votos que vuestro corazon rechazaba, Dios no puede haber recibido esos votos, no Blanca, vuestro corazon era mio, nada mas que mío y Dios no puede haber querido que dos de sus criaturas fuesen desgraciadas, por un sacrificio que su misma bondad desaprueba y rechaza.
--¡Oh Don Cesar! cuanto bien me haceis; seguid, seguid, decidme que me amais, que no os espanta mi situacion.
--¿Espantarme? Alma de mi alma, espantarme? ¿y por qué? Os amo con toda la pasion de mi alma, y si los hombres nos persiguieran, si tubiera yo que sufrir los mas horribles tormentos, los aceptaría contento, feliz, porque era por vos, por vuestro amor; Dios no se ofenderá porque en vos le amo á Él, porque nunca pudo su grandeza exigir que se ahogase el amor en el corazon de sus criaturas que Él formó destinadas para el amor. ¡Oh Blanca! os adoro, pero decidme, ¿vos me amais?
--Don Cesar todo el amor de mi vida, toda la pasion de que soy capaz, todo es para vos, desde que os ví en Jesus María, no se aparta vuestro recuerdo de mí, os amo, y si es necesario ser desgraciada, morir en la hoguera por vuestro amor, moriré contenta y feliz. Oidme, ayer aun tenia temores, aun guardaba remordimientos, porque iba á atropellar con mis deberes, pero hoy ya nó, haced de mí lo que querais, no soy mas que vuestra, enteramente vuestra.
Y Blanca en su exaltacion acercó su rostro á la reja, y los labios de Don Cesar recibieron su primer beso de amor.
--Blanca--dijo Don Cesar--es preciso que salgais de aquí. ¿Estais resuelta á todo?
--A todo.
--Pues bien, el virey os ha visto aquí, pueden buscaros, voy á procurar una casa, en donde vivireis oculta, y en donde sereis para mí, y nada mas para mí. ¿Os agradaría?
--Sí, Don Cesar: vuestro amor, y despues venga lo que Dios quiera.
La conversacion se prolongó por mucho tiempo entre dulcísimos requiebros y alegres planes para el porvenir, y entre frases de amor y besos de pasion.
El alba comenzaba ya á despuntar cuando Don Cesar se apartaba de la reja llevando la felicidad en el corazon, y dejando á Blanca en medio de un paraiso encantado.
Todo estuvo entre ellos convenido; Blanca se iria á la casa que debia tomar Don Cesar á ocultar su nombre y su pasion.
Entre amantes se arreglan en una hora cosas mas difísiles y atrevidas, que en los congresos y en las asambleas en un año.
X.
De lo que pasó con Don Cárlos de Arellano, y cómo volvió él á ver á Luisa.
Don Cárlos de Arellano, á quien hemos dejado en el momento en que un criado que venia á caballo preguntaba por él, recibió con ese criado dos cartas de México.
La una era del virey, y la otra de Don Pedro de Mejía.
Con el virey cultivaba corta amistad á pesar de ser uno de sus grandes partidarios, y con Don Pedro de Mejía, á resultas de todo lo acontecido con Luisa, no tenia relaciones de ninguna especie.
Don Cárlos se admiró de recibir aquellas dos cartas, y sobre todo, la de Mejía: en ambas lo solicitaban para que fuese á la capital.
Arellano antes de resolverse quiso consultar con Chema, que era su maestro, y á quien habia llegado á tener en alta estimacion.
--Don José, Don José--dijo Arellano despertando al viejo, que habia quedado durmiendo.
--¿Que hay?
--Dos cartas que tengo aquí de México, sobre las que quisiera saber vuestra opinion.
--¿Y qué dicen?
--Me invitan á ir para allá, y ambas por razones bien distintas; oíd, la una es del virey.
Don Cárlos leyó la primera carta.
«Para el mejor servicio de Su Majestad (Q. D. G.) deseara que viniéseis á México á tener vista conmigo, para tratar de algunos negocios importantes del reino, y de la provincia de que sois Alcalde Mayor; esto es de la mayor urgencia.
Dios os guarde muchos años.
EL MARQUÉS DE GELVES.»
--¿Y bien?--preguntó Don José--¿qué habeis pensado hacer?
--Queria consultaros, si supuesto el estado en que se hallan las cosas, debiera yo de ir.
--Creo que seria una imprudencia, cuando no una locura, el iros á meter así en el fuego, estando aquí tan libre. «El que busca el peligro en él perece.»
--Teneis razon, no iré.
--¿Y la otra carta?
--Es un negocio particular que tengo ya casi olvidado, y que no seria por sí solo capaz de obligarme á emprender un viaje. Escuchad, es de un caballero rico de la ciudad llamado Don Pedro de Mejía.
«Señor Don Cárlos de Arellano.
«Muy respetado amigo y señor. Hace ya algunos años que dejé de cultivar vuestra amistad por motivos que espero hayais echado en olvido, pero que son los mismos que ahora me obligan á dirijiros ésta.