Monja y casada, vírgen y mártir
Part 20
--Señora--dijo--pero si no tengo mas amparo que Don Melchor, vuestro esposo. Mi hermano Don Pedro de Mejía se opone á que yo salga de aquí; es poderoso, tiene gran influencia con el virey, y si él llegara á saber que el Arzobispo tiene facultades de Su Santidad y que vuestro esposo me ha protegido, seguramente echaria por tierra todos nuestros planes, apoyándose en su valimiento. Esta es, señora, la razon de porque no puedo ocurrir á nadie, y porque temo tanto la publicidad.
--Y teneis razon: ¿qué haremos?
--Es para mí, señora, una sentencia de vida ó de muerte. De cualquier modo, yo saldré de el convento.
--Pronunció estas palabras Sor Blanca con tanta exaltacion y demostrando tan terrible fuerza de voluntad, que Luisa misma se admiró, y comprendiendo que la monja tenia ya tomada de tal manera su resolucion, que arrostraria por todo antes que permanecer en el convento.
--Haced lo que mejor os parezca, Sor Blanca--dijo--pero en todo caso os ruego que conteis conmigo.
Luisa se volvió á su casa, y Sor Blanca profundamente preocupada se dirijió á su celda.
--Es necesario--esclamó--es necesario salir de aquí, sí, saldré, y si al fin el Arzobispo relaja estos vínculos que yo por mi voluntad no he formado, mejor, si no, viviré ignorada, desconocida, pero libre, yo no tengo ya obligacion de estar aquí, el Pontífice ha dicho que si los votos me fueron arrancados por la fuerza y contra mi voluntad, sea yo libre, y nadie mejor que yo sabe cuánto esfuerzo me ha costado tomar el velo. La condicion del Papa está cumplida, y yo soy libre aunque mil obstáculos se pongan por los hombres: el derecho de salir de aquí me lo da Su Santidad, el verificarlo corre de mi cuenta, y será. Veamos qué tales están mis preparativos.
Sor Blanca cerró por dentro la puerta de su celda, abrió una alacena que estaba embutida en una de las paredes y corrió la última tabla.
Una especie de caja oculta apareció, y Sor Blanca comenzó á sacar de allí algunos objetos.
Todo aquello, el secreto, la caja, la tabla con que se cerraba, lo que allí se contenia, todo era obra de la misma Sor Blanca, fruto de su perseverancia y de su firme resolucion de escapar del convento.
Sor Blanca tomó de entre los objetos que habia sacado del secreto, un espejo. Lo puso encima de su reclinatorio y colocó en frente de él dos bujías de cera.
Se arrodilló enfrente del espejo y comenzó á quitarse la toca. Una maravillosa trasformacion pareció entonces verificarse. De debajo de la toca de la religiosa una negra y rizada cabellera desprendió sus brillantes anillos de ébano, y vino á formar como una cascada que corria por los blancos y torneados hombros de Blanca, por sus espaldas y por su cuello. Aquella no era ya una monja, era una deidad. Mucho tiempo hacia que con un cuidado y una paciencia admirables, Sor Blanca dejaba crecer y cuidaba su hermosa cabellera: era como la esperanza cierta que alimentaba del dia de su libertad.
Sor Blanca se despojó despues de los sayales y se vistió un soberbio traje de brocado blanco; cubrió sus manos y su cuello de soberbias alhajas; oprimió sus delicados piés en unos borceguies de tafilete rojo bordado de oro, y sus cabellos en una redecilla de seda y oro, y luego como una niña comenzó á pasearse gravemente por su celda, procurando mirarse en su pequeño espejo.
Si las otras monjas hubieran logrado verla al través de una cerradura, sin duda que hubieran dicho que un arcángel visitaba por las noches la celda de Sor Blanca.
--Verdaderamente soy hermosa--decia la pobre mirándose en su espejo--¡ay! ¡qué papel tan brillante podria yo hacer en el mundo! ¡Ha de ser tan bello tener un hombre que nos ame, que siempre se esté mirando en nuestros ojos! ¡qué grato será oir en su boca palabras dulces, amorosas, así como dice en el cantar de los cantares, «amada mia!» Jamas he tenido quien me diga «amada mia.» Si este santo deseo es pecado, ¿por qué Dios permite que no se aparte de mí? Además, yo soy libre, el Papa lo manda, y el Papa representa á Jesucristo sobre la tierra. Qué gusto dará oir las once por ejemplo, á esa hora viene el que nos ama, Dios mio, y lo que deberá sentirse al verle llegar: en las noches las músicas, las serenatas, nuestro galan rondando embozado frente á nuestras ventanas, esperando una flor, un suspiro, una palabra. Con qué placer se le dirá, «yo os amo!» ¡Ah! yo quiero amar á alguno que me ame, aunque sea un esclavo, aunque sea un mendigo, pero no puedo vivir sin amor; aquí mi corazon me quema, me abraza, se me figura que me apasiono de cualquiera que veo dos ó tres veces en el templo, y quisiera hablarle y que me hablara, y cuando deja de venir estoy triste, y luego amo á otro y me sucede lo mismo; y esos hermosos ángeles que están en los cuadros del claustro me parece que me miran algunas veces con aficion, que se animan, y paso delante de ellos muchas veces para verles porque de repente me parece que viven. Uno de los cuadros que representa á Gabriel, lo bajaron de la pared y lo pusieron en el suelo, y en mi delirio creí que era providencial, milagroso, que él mismo se habia bajado para estar mas cerca de mí, y entonces pasé á su lado, nadie me observaba, me acerqué al cuadro y puse mi boca en los lábios del Arcángel y le besé: yo no comprendo lo que sentí, me pareció que tambien él me habia besado y me puse encendida, y tuve miedo de pasar por allí otra vez, entre tanto me figuré que un jóven que venia á la iglesia veia al coro y me veia á mí, creo que le amé y olvidé á mi Arcángel, pero el jóven no volvió mas. Dios mio, yo necesito salir de aquí porque siento necesidad de amar y de ser amada, es fuerza, y saldré.
Sor Blanca comenzó á quitarse el traje y sus galas, y á guardar todo en el cofrecito en que las tenia ocultas, cuando se oyeron en la puerta cuatro golpecitos seguidos, pero aplicados con suma precaucion. Sor Blanca ocultó apresuradamente todos los objetos, se cubrió con sus tocas y abrió.
--Buenas noches, madrecita--dijo entrando una muger como de treinta años, que por su traje parecia una criada.
--Buenas noches, Felisa--dijo Sor Blanca, volviendo á cerrar por dentro la celda--¿qué te pasa?
--Madrecita, que todo está preparado ya, y esta misma noche nos podemos salir del convento.
--Pero ¿cómo? ¿de qué manera?
--Oígame su reverencia: ya su reverencia sabrá como yo soy hija del tio Nicolás; que el tio Nicolás es cochero del Sr. Arzobispo, que en el Arzobispado vivia yo con mi señor padre, y viniendo dias me pretendió uno de los señores colegiales que venian á ver á su Ilustrísima, creo que decia mi señor padre que para que los _desaminaran_, y como yo tuve que decirle que sí, y mi señor padre cayó en la cuenta, dispuso su merced meterme aquí de criada, porque me cojió en mi baul letras del colegial; y cierto y verdad que nos queriamos, pero no pasó de allí. Pues ha de estar su reverencia para saber que me encajó aquí mi señor padre, como su reverencia recordará, hace mas de cuatro años, y ni mas razon de mi colegial, hasta que hace cosa de ocho dias que supo su reverencia que habia sacristan primero nuevo y cátese su reverencia que voy viendo al sacristan nuevo, ¡y que ni mas ni menos que mi colegial! me conoció, me hizo señas, nos hablamos cuando me mandaban las madrecitas á llevar algunas cosas á la Iglesia, y él me dijo:--por qué no te sales y nos vamos, al cabo no eres monja.--y me convenció, y le dije yo que otra criada tambien queria salirse conmigo--no será monja--me preguntó--porque eso es de riesgo--no, le dije--es criada--bueno--me contestó--que salga; pero con la condicion que llegando á la calle, cada uno por su lado, y nosotros no pararnos hasta las Chiapas, en donde tengo unos tios.--Ya tenemos todas las llaves desde aquí hasta la calle, y en desta mañana me dijo--que esta misma noche á las doce nos esperaba en la Iglesia--conque alístese su reverencia.
--Tengo miedo.
--Tiene miedo, y hace mas de un año que no hace mas que platicarme de salirse de aquí y contarme lo bonito del mundo, ¡vaya esa era buena, que yo me saliera, y se quedara su reverencia! Pues si se desperdicia esta ocasion, no hay otra.
--Dices bien--dijo derrepente Blanca--van á ser las doce, ¿dónde están las llaves?
--Aquí las traigo.
--¿Las conoces y las has probado?
--No tenga vd. cuidado.
--Toma, llévame esta cajita, déjame vestir.
Sor Blanca entregó á Felisa la caja de sus alhajas, y en un instante se vistió una saya y una toca negra de viuda, se cubrió con un velo, y ocultó en el secreto de la alacena lo que no pudo llevar.
--Vamos--dijo Sor Blanca.
Felisa caminaba por delante, llevando una linterna y la cajita de las alhajas de la monja, que la seguia temblando.
A cada momento se detenian espantadas y ocultaban la luz. El ruido del viento que movia un cuadro ó una puerta, que arrastraba una hoja ó un papel, les parecia el eco de unos pasos que las seguian; aplicaban el oido á las cerraduras de las celdas, y nada, todo estaba tranquilo.
Atravesaban con precaucion los claustros, abrian y volvian á cerrar con cuidado las puertas, y así llegaron hasta la Iglesia.
Santa Teresa no era aun ese templo suntuoso que hoy vemos, era una capilla grande, pero bastante humilde.
Las dos mugeres avanzaron en la nave, y de repente un bulto se encaminó hácia ellas.
Sor Blanca estuvo á punto de gritar, pero Felisa le tapó la boca.
--Es él, no tengais miedo.
--Felisa, Felisa--dijo el hombre que se acercaba.
--Yo soy--contestó la criada.
--¿Vienen las dos?
--Sí.
--Pues vámonos, dejen el farol.
El sacristan tomó de la mano á Felisa, y esta á Sor Blanca, y así, casi entre las tinieblas avanzaron hasta la puerta del templo, el sacristán abrió, y Sor Blanca se encontró en la calle, y sintió el aire de la libertad en su rostro, alzóse el velo para respirar mejor, y lanzó un suspiro que ella misma no sabia si era de pena ó de contento.
Mil pensamientos confusos luchaban en su cerebro, ¿seria este paso el principio de su felicidad ó de su desgracia? ¿habia hecho bien ó mal? Habia momentos en que se arrepentia y momentos en que se sentia mas animada.
Caminaron los tres unidos hasta llegar á la esquina de la calle del Hospicio de San Nicolás, llamada de las Atarazanas.
--Aquí cada uno por su lado--dijo el amante de Felisa.
--Adios--decia la muchacha á Sor Blanca, cuando el sacristan esclamó:
--¡Una ronda, huyamos!
Y echó á huir seguido de su novia, que sin pensarlo siquiera, se llevaba las alhajas de la monja.
Sor Blanca se quedó parada un momento, y luego le faltaron las fuerzas, y se sentó en una puerta.
La ronda oyó el ruido que hacian en la fuga Felisa y su amante, y echó á correr tras ellos, gritándoles: «ténganse á la justicia,» y pasando cerca de Sor Blanca sin mirarla siquiera.
Sor Blanca permaneció allí mucho tiempo, y luego se levantó y tiritando de frio y temblando de miedo, comenzó á caminar procurando alejarse del centro de la ciudad.
La mañana comenzó á aclarar y la primera persona que vió Blanca, fué un muchachito pobre que caminaba descalzo, y envuelto en una pequeña manta.
--Oye, niño--le dijo Blanca--¿á dónde vas?
--A comprar el desayuno para mi padre.
--Díme: ¿qué no conoces ninguna casa por aquí, de señoras solas y que me pudieran recibir?
--Sí--dijo el niño con una viveza encantadora--¿quieres que te lleve en casa de Doña Cleofitas?
--¿Quién es Doña Cleofitas?--preguntó Sor Blanca.
--Una señora pobrecita, muy fea, que vive solita, aquí adelante.
--¿Me recibirá?
--Cómo no; vamos, que no quiero que me regañe mi padre.
Sor Blanca siguió al niño, y llegaron á una accesoria pobre, pero que estaba ya abierta, á pesar de ser tan temprano.
Una muger muy vieja, y con el aire de limosnera barria el interior.
--Esta es--dijo el muchacho, y ya me voy, y sin esperar mas, echó á correr.
--¿Qué se os ofrece?--preguntó la muger á Sor Blanca.
--Que me ampareis, que me deis un asilo en vuestra casa; un rincon......
--Soy muy pobre--contestó la vieja.
--Mas pobre soy yo, que no tengo ni donde guarecerme del sol, ni de la noche.
--Pero.........
--Por Dios, no me arrojeis así, os lo pido por vuestra salvacion.
--Vaya, entrad, que Dios os envía aquí, y Él sabe lo que hace.
VII.
En que se ve lo que trataba el marqués de Gelves con sus amigos, y otras cosas que verá el lector.
En una de las estancias del palacio vireinal, ricamente amueblada, el audaz marqués de Gelves hacia su despacho con su secretario, y le hacian compañía Don Alonso de Rivera y Don Pedro de Mejía.
En un gran sitial, y debajo de un gran dosel de damasco encarnado, en cuyo centro recamados de oro y plata se ostentaban los blasones de la monarquía española, y enfrente de una mesa cubierta de espedientes, libros y pergaminos, el virey dictaba sus autos y sus acuerdos.
Del otro lado de la mesa su secretario escribia, y al lado de él estaban Don Pedro y Don Alonso.
El marqués de Gelves hablaba el lenguaje violento y apasionado, propio de los hombres de su carácter, y mas en aquellos momentos en que la audacia de los oidores, amigos del Arzobispo, le habia hecho exaltarse.
--Necesario será probarles--decia el marqués de Gelves, que en toda la Nueva España no deben imperar sino la voluntad de nuestro augusto soberano y las leyes; si quieren romperlas, sea en buena hora, que eso no me arredrará, ¡vive Dios! que á correjir las costumbres y á cortar los abusos me ha enviado Su Magestad, y no será ese puñado de villanos, por mas que porten la mitra ó la golilla la que me haga faltar á mis deberes: ¿no es verdad, Don Pedro?
--Cierto, Exmo. Sr. Pero es necesario que V. E. una á la energía y justificacion, las precauciones necesarias para un caso estremo, porque segun he sabido no estarán satisfechos hasta provocar una sedicion y un gran tumulto.
--¿Lo creeis así?
--De creerlo tengo, cuando sus ajentes dia y noche caminan y trabajan; y lo que mas prueba su audacia, es el lance en que Don Melchor Perez de Varais ha hecho armas contra la justicia del rey nuestro señor, que muchos años goce, atropellando por todos respetos hasta tomar asilo en Santo Domingo.
Villano ha sido el comportamiento, qué poco valor muestra, y pocas señales de tener noble sangre, quien arremete con espada en mano contra pobres corchetes y alguaciles; que si armas llevaban serian unas malas espadas, ó unas varas de justicia.
--Y lo que notan algunos--dijo Don Alonso--es que la justicia pudo ver en los corredores de la casa de Don Melchor, cuando él escapaba, al Oidor licenciado Don Pedro Vergara Gaviria.
--Tambien es el tal Oidor--dijo el virey--uno de los mas ardientes conspiradores desde que le hice prender por sus desacatos; que nombrado por mi asesor quiso ser el virey, y su Majestad (que Dios guarde muchos años) tuvo por tan justa mi determinacion, que le condenó á pagar una multa de dos mil ducados, pero á fé de Marqués de Gelves que no jugarán mucho tiempo conmigo: ¿Qué leis, señor Secretario?
--«El acusador del Alcalde de Metepec, Don Melchor Perez de Varais, ha presentado queja á los jueces del negocio, diciendo: que desde el convento en que está retraido el dicho Alcalde, prepara su fuga y viaje á España por haber sabido que se le ha sentenciado á pagar sesenta mil ducados, y ofrecen prueba.»
--¿Y dice lo que hayan proveido los jueces?
--Hanse mandado poner guardias en el Convento para evitar la fuga del reo.
--Y no se irá: ¿qué horas teneis?
--Van á ser las siete--dijo el Secretario.
--Bien, dejad por ahora el despacho, que quisiera salir esta noche, y venid temprano mañana.
El Secretario hizo una reverencia y salió.
Don Pedro y Don Alonso se despidieron tambien y se retiraron.
Al salir Don Pedro, en uno de los aposentos del mismo palacio, recibió un pliego que comenzó á leer, y lanzó un grito de furor.
--¿Qué es eso?--preguntó Don Alonso.
--Mirad, esto es inaudito, Doña Blanca se ha fugado del convento.
--¡Fugado! ¡pero cómo!
--¿Qué voy á saber? Nada me dicen porque tambien lo ignoran en el convento, pero yo lo averiguaré; pondré cuanto pueda de mi parte, moveré medio mundo, á la justicia, á la Inquisicion.
--Don Pedro, no digais eso, con eso no se juega: ¿sabeis lo que seria de Doña Blanca si la Inquisicion llegara á tomar cartas en el asunto?
--Y qué me importa lo que suceda: esa muger me ha burlado, me ha deshonrado; mi nombre va á ser el objeto de todas las conversaciones. Apenas se ha logrado despues de tantos años desvanecer el escándalo que provocó aquella Luisa, y ahora esto viene á despertar todos esos recuerdos. ¡Maldita sea mi suerte!
--Reportaos, Don Pedro, reportaos, y cuidemos de buscar á Doña Blanca que no debe de estar muy lejos.
--¡Oh! si yo llegara á encontrarla la mataria.........
--Y hariais muy mal; dejad ese furor y vamos á vuestra casa á meditar lo que en este caso debe de hacerse: ved que hay quien nos observe y nuestros enemigos se reirian de nosotros.
--Teneis razon, vamos, pero no me abandoneis porque necesito de un amigo; esta noticia me ha afectado mas de lo que os podeis figurar.
--Vamos.
Y los dos se encaminaron á la casa de Don Pedro.........
Habia cerrado la noche y estaba oscura y pavorosa.
Pocas jentes andaban por las calles, nada habia que pudiera aun hacer desconfiar de que la tranquilidad pública se altérase, pero los pueblos y las ciudades se alarman como por instinto, como por una especie de espíritu profético, y pocas veces dejan de tener razon.
México estaba en esas noches triste y sus calles casi desiertas.
Por una de las puertas de palacio salió un hombre embozado en una capa oscura, con el sombrero calado hasta el entrecejo y enteramente solo.
Caminaba resuelto por las calles con el aire de un hombre que á nada teme, pero con la precaucion del que quiere observarlo todo.
Al mirarle venir los muy pocos transeuntes que de casualidad encontraba, se hacian á un lado para dejarle pasar, respetando aquel continente marcial y la larga espada que se descubria bajo su capa cuando atravesaba frente á la luz que salia de una tienda, ó de la lámpara de alguna imágen de esas que tan comunes eran en las calles.
Algunos alcanzaban á verle brillar algo en el rostro, eran unos anteojos, y entonces decian entre sí:
--¡El virey!
El marqués de Gelves como todos los gobernantes de genio y de corazon, gustaba de salir solo por las noches á rondar la ciudad y estudiar por sí mismo las necesidades del pueblo, sin encastillarse dentro de los muros de su palacio.
El marqués aborrecia á los fuertes que humillaban á los débiles, á los ricos que oprimian á los pobres y á los sábios que esplotaban (aunque entonces no se usaba la palabra) á los ignorantes.
VIII.
En donde se verá lo que pasó á Sor Blanca, y lo que aconteció al marqués de Gelves en su ronda nocturna.
Sor Blanca entró en la casita de la vieja, y en aquellos momentos no sabia que hacer ni que decir; estaba en una situacion verdaderamente embarazosa. El dia iba aclarando y la vieja comenzaba á disponer su pobre desayuno.
Era el primer tormento de Blanca: todo lo que ella tenia de valor sobre la tierra, que eran las joyas que habia sacado de su casa y ocultado en el convento, se las habia llevado la criada Felisa, al ponerse en fuga con su amante. Sor Blanca no tenia nada absolutamente que ofrecer á la pobre anciana que la habia dado hospitalidad.
Sor Blanca se sentó en un banquillo, y no teniendo que hacer se puso á rezar y á llorar.
La vieja la dejaba sin decirle ni una palabra, y continuaba preparando su desayuno. Cuando todo estuvo dispuesto se acercó á Blanca, y le dijo con dulzura.
--Venid á desayunaros, hija mia.
Sor Blanca alzó los ojos y lloró de gratitud: aquella muger miserable y llena de harapos la habia llamado su hija, esto era para ella el colmo de la felicidad.
La rica heredera de la casa de Mejía, la hermana del orgulloso Don Pedro, esa jóven que era en el mundo la esposa mas codiciada, y en el claustro la monja mas aristocrática y mas respetable, sentia un placer desconocido cuando una infeliz limosnera la llamaba «hija mia.»
--Venid--volvió á decirle la anciana--estoy segura de que anoche nada habreis comido, ¿quereis que os traiga vuestro desayuno aquí? Voy porque estareis tal vez muy fatigada--y la pobre acompañando la accion á las palabras, llevó en unos humildes trastos un limpio desayuno.
Blanca sollozaba de ternura.
--¡Ay hija mia! ahora estoy muy pobre, pero no siempre he sido lo mismo, en otros tiempos nada faltaba en mi casita, como que hoy me mantengo, y no os espanteis, de pedir limosna por las calles, y antes tenia yo muy buenos protectores, como mi señora Doña Beatriz de Rivera (que en paz descanse) mi señora Doña Blanca de Mejía.
--¡Doña Blanca de Mejía! ¿pues quién sois vos?
--A mí me han conocido siempre por la beata Cleofas.
--¡Cleofas!--gritó Sor Blanca, dejando caer el pozuelo en que se desayunaba.
--¿Qué es esto niña? ¿qué os dá? ¿os desmayais? Dios mio, Dios mio, ¿qué haré?
--No Cleofas, no os espanteis, nada me sucede, pero miradme bien, miradme, yo soy la desgraciada, yo soy Doña Blanca de Mejía.
--¡Doña Blanca! ¡Sor Blanca!--dijo Cleofas espantándose á su vez,--¿vos? ¿pero como? ¿No habiais profesado? ¿no erais ya monja?
--Sí, pero he huido de esa vida que no me era posible soportar......
--¿Entonces habeis quebrantado la clausura? ¡estais escomulgada! ¡lo estoy yo tambien por daros asilo! ¡por ocultaros! ¡Dios de los cristianos! _Miserere mei._
--Calmaos, calmaos.
--¡Calmarme, y estoy escomulgada por vuestra causa! no, yo necesito dar parte de esto al Comisario del Santo Oficio, para descargo de mi conciencia!
--¿Pero vos quereis perderme, cuando he sido siempre tan buena para vos?--dijo con angustia Sor Blanca.
--Como vos quereis perder mi alma, nó; primero mi salvacion, primero mi salvacion, primero mi salvacion.
Y Cleofas repetia esto casi maquinalmente, y tomaba su manton.
--Por Dios--decia Sor Blanca, procurando impedirle que saliera.
--Primero mi salvacion, primero mi salvacion,--repetia la vieja, y salió apresuradamente á la calle.
Sor Blanca la miró alejarse: era para ella un momento de angustia: quedarse allí seria entregarse en las manos del Santo Oficio; era necesario huir, ¿pero adónde? A nadie conocia y tal vez en cualquiera otra parte la denunciarian. Blanca, sin embargo, no vaciló, tomó otra vez su velo, se cubrió con él, tomó de encima de la mesa algunos panes, porque no sabia si llegaria á encontrar algo que comer en el dia, y salió resueltamente de la casa comenzando á caminar lo mas aprisa que le era posible; y hacia bien, porque una hora despues llegaron los familiares del Santo Oficio conducidos por la beata y registraron todo el barrio.
Era cerca del medio dia y Blanca no habia dejado de andar, sin saber por dónde, pero ella seguia adelante, estaba cansada y tenia hambre, se comió dos de los panecillos y bebió agua en una fuente, pero no tenia dónde descansar, porque con el traje que llevaba se hubiera hecho sumamente notable sentándose en una puerta.
Entonces se acordó de la Alameda.
No sabia por qué rumbo estaria, pero buscó con la vista, y á su izquierda divisó un grupo de árboles, comenzó á caminar en aquella direccion y á poco reconoció que no se habia engañado.
La Alameda estaba desierta. Sor Blanca se sentó á la sombra de un árbol y se alzó el velo para respirar con mas libertad. Los recuerdos de su convento se unieron con las penas que la esperaban, y la jóven comparó, y sin vacilar miró el porvenir dulce, comparándolo con los sufrimientos que habia tenido en el claustro.
Oyó por una de las calles de árboles que estaban cerca de ella, los pasos de un hombre, se cubrió precipitadamente y esperó. Era un negro de los muchos que habia en México, que se acercaba, y que segun la direccion que traia debia pasar á su lado.
Al mirarle de cerca, Sor Blanca se estremeció y sin poderse contener esclamó:
--¡Teodoro!
El negro se volvió con viveza y se acercó á ella.
--¿Quién sois, señora?
--Teodoro--dijo Blanca--¿has olvidado ya á Doña Beatriz de Rivera?
--¿Seriais acaso?--dijo Teodoro temblando, como si la misma Doña Beatriz se le hubiera aparecido.