Monja y casada, vírgen y mártir

Part 19

Chapter 193,916 wordsPublic domain

En los patios dos ó tres viejos criados se ven entrar algunas veces, y han desaparecido ya los escuderos, los palafreneros y los esclavos que como un enjambre de avejas entraban y salian todo el dia en las cuadras y en las habitaciones interiores.

Referirémos brevemente la causa de aquella variacion.

El dia siguiente al de la fuga de Luisa con el jardinero Presentacion, Don Cárlos de Arellano comenzó á buscarla por todas partes, encontró la horadacion en las tapias del jardin, faltaba el jardinero, y Arellano supo que le habian visto ir una vez á la casa del brujo Ñor Chema.

Quizá Chema podria dar una luz sobre aquella desaparicion. Arellano ni creia bien á bien en los nahuales ni les tenia miedo; en fin estaba colérico, y no reparaba en lo que el vulgo podia decir al mirarle entrar en la casa de un hechicero.

Don Cárlos se dirigió sin temor ni vacilacion á la casa del nahual, y al llegar ya muy cerca le descubrió sentado á la puerta con los pies al sol, y leyendo un grueso libro forrado en pergamino.

La presencia de aquel hombre de quien se contaban tantas consejas, y la soledad en que se encontraba, no dejaron de preocupar al alcalde mayor, pero ya habia emprendido aquello y era fuerza llevarlo adelante. Don Cárlos era tenaz en sus empresas, aun en las mas insignificantes.

--Buenas tardes--dijo Don Cárlos al viejo.

--Que así se las dé Dios al caballerito--contestó el viejo.

--Vos á lo que parece no me conoceis.

--Solo ahora, y para serviros.

--Soy Don Cárlos de Arellano, alcalde mayor de esta ciudad de Xochimilco.

--Por muchos años--dijo el anciano levantándose y saludando.

--Sentaos, que vengo solo á preguntaros de un negocio que me interesa.

--Mande su señoría.

--El vulgo dice que sois hechicero.

--Sabe muy bien su señoría que el vulgo es vulgo, y siempre se engaña.

--Sin embargo--dijo Don Cárlos tratando de lucir su erudicion--_Vox populi, vox Dei._

--Es cierto, señor alcalde; pero el vulgo no es el pueblo: el vulgo no es mas que el vulgo.

--Bien, dejemos eso, tengan ó no razon, lo que es cierto es que á consultaros vienen cuando traen alguna empresa entre manos.

--Y crea su señoría que se van lo mismo que han venido.

--Lo que no quita que vos conozcais sus intentos.

--Cierto es eso.

--¿Hace poco os ha venido á ver un natural y á consultaros sobre un proyecto de fuga con una dama principal?

--No, en verdad, que el último que vino trajo por objeto solicitar un remedio para ser querido de las mugeres.

--¿Y se lo dísteis?

--Eso equivaldria á ejercer yo la mágia. Preguntóme si el chupamirto serviria para su objeto, y quitémele de encima diciéndole que hiciera lo que quisiese.

--¿Y creeis que lo usaria y que le serviria de algo?

--En cuanto á que ha de haber usado del pajarito lo creo indudable, que el mozo parecia decidido.

--¿Y en cuanto al provecho que de ello le resultaria?

--¿Pregutaisme eso como el señor alcalde?

--No, sino como caballero particular.

--Pues entonces contestaré á su señoría, que si bien es cierto que virtudes raras y maravillosas tiene el chupamirto como otras muchas aves, y esto por la naturaleza, preciso es el auxilio de la ciencia cabalística para que esas virtudes y propiedades se desarrollen.

--¿Conoceis vos esa ciencia?--preguntó con curiosidad Don Cárlos, y olvidando en presencia de lo maravilloso que creia descubrir la causa de su visita al viejo.

Ñor Chema vaciló, y por fin no contestó nada.

--Respondedme con franqueza--dijo Don Cárlos--que no soy yo capaz de denunciaros, y por el contrario, tanto empeño he tenido desde niño en conocerla y estudiarla, que á ser vos adepto, labrariais á mi lado vuestra suerte.

--Conozco esa ciencia: la desgracia de haber estado preso muchos años en las cárceles secretas del Santo Oficio me ha dado la fortuna de poseer libros y manuscritos preciosos: un desgraciado que murió en las mismas cárceles me confió el secreto del lugar en que él habia ocultado sus libros, llegué á verme libre, y de opulento que entré á la Inquisicion salí miserable y viejo, y desconocido; fuí á buscar aquella herencia de la desgracia, la encontré, y hace algunos años que paso mi vida estudiando las ciencias ocultas, aunque no las practico, y vivo con el poco dinero que encontré junto con los libros.

--¿Y creeis vos en los secretos y en las maravillas de la ciencia cabalística, y de la mágia y de la alquimia?

--¿Y cómo no creer en lo que han palpado los hombres, en lo que ha sido ya el fruto de largos siglos de esperiencia y de inmensos tesoros consumidos, para arrancar un secreto á lo desconocido, para tener la gran _clavícula_ de Salomon que hace obedecer á los espíritus malignos? ¿Habrán escrito y meditado en vano Alberto de Saninguen, llamado Alberto Magno, y Raymundo Lulio? ¿Ignorais las inmensas riquezas atesoradas, merced á esta ciencia por Nicolás? ¿Los discípulos de Paracelso no han esparcido y predicado en el Occidente estas ideas y estas luces? ¡Oh! la trasmutacion de los metales, en virtud de la alquimia, el descubrimiento de los tesoros ocultos por medio de la ciencia cabalística, la adivinacion del porvenir por la nigromancia, por la astrología, por quiromancia, por la catoptronomancia, por la theurgía y por otros mil medios, es una cosa indudable para los que, como yo, han logrado conocer libros tan sabios como el «Dragon Rojo.» El sabio doctor Joaquin Tancke ha propuesto ya á las universidades establecer cátedras para comentar y esplicar públicamente las obras de Cebes y Raymundo Lulio. ¿Tanceby, Kirkeby y Ragy no recibieron del rey Enrique VI de Inglaterra en 1440, permiso para fabricar el oro y el elíxir de larga vida? ¿No se concedió lo mismo en 1444 á Juan Cobler y á Tomás Fraffard y á Tomás Asheton, y despues á Roberto Bolton y á Juan Metsle agregando en la concesion _que era porque ellos habian encontrado el modo de cambiar indistintamente todos los metales en oro_? ¿Y así queréis que dude de la ciencia? Poco hace hemos sabido que el gran Rodolfo II educado en la Córte de Su Magestad D. Felipe II, y elevado despues á emperador de Alemania, se ha desprendido de los negocios públicos para dedicarse á las ciencias ocultas encerrado en su castillo de Praga, con sus maestros Tycho Brahe y Kepler, el doctor Dee que le abrió el mundo de los espíritus, Miguel Mayer, Martin Ruland y Tadeo de Hayec, que dieron á su sabio emperador el renombre del Hermoso de Alemania, ¿y queréis que aun dude? No: la ciencia es cierta, existe, y en mis preciosos libros y manuscritos puede beberse como en una fuente purísima, como la he bebido yo por tantos años.

El viejo habia hablado como inspirado, y Don Cárlos lo habia escuchado con religioso silencio.

--¿Quereis venir á vivir á mi casa y conmigo?--le dijo Arellano--nada os faltará y estudiaremos.

--A pesar de que nada me dicen contra vos ni la ciencia ni el corazon, dejadme pensarlo y mañana os resolveré.

--Bien, mañana en la noche vendré, y entrareis á mi casa sin que nadie os vea, y todo estará ya dispuesto.

--Hasta mañana.

--Hasta mañana.

Don Cárlos se retiró tan preocupado, que en toda la noche no pensó ya en Luisa; dueño de los secretos de la alquimia las reinas buscarian su amor. Aquella noche soñó que tornaba en oro el Popocatepetl y el Iztaccihuatl.

Tres dias despues el viejo Chema desapareció, y su casa se quedó abandonada: unos dijeron que _el maligno_ se lo habia llevado una noche, porque habia espirado el plazo del pacto que con él tenia; otros, que la tierra se lo habia tragado por castigo de Dios, y otros que el Santo Oficio lo habia arrebatado secretamente para remover el escándalo: la verdad era que se habia trasladado á la casa de Don Cárlos de Arellano.

Desde aquel dia se observó un cambio notable en la casa de Don Cárlos, y en la vida de éste; apenas salia á la calle, no montaba ya á caballo, y en las horas mas avanzadas de la noche se observaba luz por las ventanas de su habitacion.

Es que Don Cárlos se habia entregado con furor al estudio de la mágia, y sin embargo, el vulgo decia «que Dios le habia tocado el corazon, y que se habia metido á santa vida,» y cuando veian la luz en las noches las viejas esclamaban: «Estará resando, Dios le haga un santo.»

Todo esto habia acontecido en la casa de la Estrella durante el tiempo que hemos dejado de ver á Don Cárlos.

En el momento en que volvemos á encontrarle, su habitacion presenta un cuadro curioso.

Arellano sentado en un sitial delante de una gran mesa cargada de libros, de frascos y de retortas, escribia en un gran pergamino, y á su lado y como dormitando en otro gran sitial, estaba el viejo Chema con todas las señales de la decrepitud marcadas en su rostro, en su cuerpo, en sus movimientos y hasta en su voz.

Don Cárlos acabó de escribir, dejó la pluma, y levantando el pergamino para poder leerlo mejor y acercándolo á una bujía--dijo:

--Don José.

--Em--contestó el viejo como despertando.

--He terminado ya.

--¿Qué cosa?

--Las fórmulas para llamar á los espíritus consignadas en los antiguos códices de la ciencia.

--¿Haber?

--¿Quereis que os las lea?

--Sí, será bueno.

Don Cárlos comenzó su lectura.

Nuestros lectores perdonarán que les copiemos aquí algunas de las antiguas fórmulas que servian para entrar en contratos con el diablo, porque además de ser documentos curiosos, prueban hasta dónde llegaba la ignorancia y la preocupacion en aquellos tiempos.

Ante todo, no podemos resistir al deseo de dar á conocer las grandes potestades infernales y ministros de Lucifer que reconocian los mágicos y los hechiceros, y eran segun ellos:

Lusifuge Rosocale, dueño y dispensador de riquezas y tesoros.

Satanachia, poderoso para someter y disponer de todas las mugeres de la tierra.

Agaliarept, poseedor de todos los secretos y misterios.

Flourety, capaz de construir ó arrazar cualquier cosa, durante una noche.

--Sayatanás, con el poder de trasportar y volver invisible á un hombre, y con las llaves de todas las cerraduras. Y Nevivos, sabio en todas las ciencias naturales.

A toda esta córte ocurrian en aquellos tiempos los hechiceros y encantadores, y pagaban estas imaginarias amistades, muriendo en una hoguera y en medio de los tormentos mas espantosos.

Don Cárlos comenzó á leer:

--«LLAMAMIENTO á LUCIFER. Emperador Lucifer príncipe y amo de los espíritus rebeldes, yo te ruego que abandones tu morada en cualquier parte del mundo que esté para venir á hablarme: te mando y conjuro de parte del Dios vivo, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que vengas sin causar ningun mal olor, y me respondas en alta é inteligible voz artículo por artículo, cuanto yo te preguntare; y de no hacerlo así, serás obligado por el poder del grande Adonay, Eloim, Ariel, Jehova, Tagla, Mathon, y todos los otros espíritus superiores á tí, y que te castigarán.»

«_Venite, venite._»

--¿Qué os parece?--dijo Don Cárlos acabando de leer.

--Muy bien; pero no es ese el pacto sacado de la gran clavícula del sabio rey Salomon.

--No, que aquí le tengo aparte.

--Leedmele.

--Arellano tomó otro pergamino y comenzó á leer.

--«Emperador Lucifer, amo de todos los espíritus rebeldes, yo te ruego que me seas favorable en el llamamiento que hago á tu gran ministro Lucifuge Rosocale, con quien deseo hacer pacto, y te ruego príncipe Belzebú que me protejas en mi empresa, ¡oh conde Astarot! séme propicio, y haz que en esta noche el gran Lucifuge se me aparezca en forma humana sin ningun mal olor, y me conceda por medio del pacto que le ofrezco todas las riquezas que necesito.»

«Gran Lucifuge, abandona te ruego tu morada en cualquier parte adonde esté, si no yo te obligaré por la fuerza del Dios vivo, de su querido Hijo y del Espíritu Santo; obedece pronto, ó serás atormentado por la fuerza de las poderosas palabras de la gran clavícula de Salomon de la cual se servia él para obligar á los espíritus rebeldes á recibir sus órdenes.»

«Aparece inmediatamente, ó yo voy á atormentarte con la fuerza poderosa de estas palabras de la clavícula: _Agion tetagran vaycheon stimulamaton y espures retra grammatan oryaram iriau esytian, existian eryana anera brassim mayna mesria sater Emanuel Sabaot, Adouay, te adora et invoca._»

--Perfectamente dijo Chema, y volvió á entrar en su estado de somnolencia.

Don Cárlos se puso á estudiar sus invocaciones.

Ni una sílaba hemos querido borrar de las fórmulas, ni de la intrincada clavícula de Salomon, para dar una completa idea de los conjuros y de los pactos.

Arellano permaneció mucho tiempo entregado á sus estudios, cuando unos golpes terribles aplicados en el zaguan de la casa, le hicieron volver á la vida real.

Se abrió la puerta y Arellano oyó en las baldosas del patio el ruido de un caballo herrado y la voz de un hombre que preguntaba:

--¿Aún no dormirá su señoría, Don Cárlos de Arellano?

V.

La compañía del Bachiller Martin Garatuza comienza á tomar cartas en los negocios políticos.

Martin salió de la casa del Arzobispo y se dirijió á la de nuestro viejo conocido Teodoro.

Teodoro libre por la voluntad de Doña Beatriz y rico con el dinero de Don José de Abalabide, vivia cerca de la traza, pero fuera de ella, por el rumbo de San Hipólito, que era donde desde el principio comenzaron á fundarse algunas casas de campo.

Teodoro vivia completamente tranquilo y tenia ya dos hijos; nada habia interrumpido por mucho tiempo su quietud y le consideraban todos los negros libres como su protector y su jefe; allí ocurrian en cualquiera desgracia y estaban seguros de ser socorridos.

Pero la jente negra que habia libre en la Nueva España era muy inquieta y daba constantemente grandes escándalos, teniendo en alarma las ciudades, y por eso el marqués de Gelves dictó severas providencias contra ellos; desde entonces su disgusto fué cada dia en aumento, y todos ocurrian con sus quejas á Teodoro. Martin que sabia esto, comprendió que la conquista del antiguo esclavo de Doña Beatriz era el primero y mas importante de los trabajos que tenia que emprender para conseguir aquella sublevacion que anhelaban el Arzobispo y la Audiencia.

Cuando Garatuza llegó á la casa, Teodoro en el jardin seguido de sus hijitos regaba y componia unas plantas, su muger cosiendo bajo un emparrado les miraba con un placer indecible de cuando en cuando.

Era el cuadro de la felicidad doméstica.

--¡Ola! Don Martin--dijo alegremente Teodoro saliéndole al encuentro y estrechando su mano--¿qué fortuna es veros por acá?

--No tanta, que mi ausencia antes y mi presencia ahora son motivadas por causas harto desagradables.

--¿Pero qué os ha acaecido?

--A mí precisamente, nada; pero los negocios del reino van tan mal.........

--¿Y creeis que seamos nosotros bastante poderosos á impedir que así sigan?

--¿Y por qué no?

--Somos muy débiles y muy pequeños.

--Nadie es débil ni pequeño cuando tiene el corazón grande y la resolucion firme.

--¿Y qué se ganaria con tener eso?

--Friolera, figuraos en el caso presente, con unos cuantos hombres como vos, yo me comprometeria á hacer que se variase el jiro de los negocios, y aun mas si cuento con vos, me comprometo á hacerlo.

--¿Y cómo hariais aun cuando contáseis conmigo?

--Escuchadme. Los negocios públicos van mal, y todos están disgustados: ¿es cierto?

--Verdad.

--Su Magestad, Felipe IV, pudiera cambiar la suerte de estos reinos con solo cambiarnos de virey: ¿es verdad?

--Cabalmente.

--Pero él no quiere y se empeña en sostener aquí al de Gelves, que Dios confunda.

--Y como nosotros nada podemos contra la voluntad del monarca, resulta que no tenemos mas remedio que sufrir.

--Os engañáis, todo el mundo dice lo mismo, y sin embargo, nada es menos cierto.

--¿Pues cuál es el remedio?

--Obliguemos á Su Magestad á cambiar de virey.

--¿Y cómo?

--Muy sencillamente, promoviendo una sublevacion por cualquiera motivo, todo el mundo nos seguirá y todos estarán con nosotros, desde la Audiencia y el Arzobispo hasta la jente mas pobre y mas infeliz.

--¿Y si no nos ayudasen personas de alta categoría?

--Si vos os comprometiérais yo os lo aseguraria.

--Si me lo asegurarais yo me comprometiera.

--Pero esto es un círculo vicioso en que no hacemos sino perder el tiempo: mirad, ¿no tendriais inconveniente en ayudarme con todo vuestro influjo entre la gente de color, para una sublevacion contra el de Gelves?

--No, si hubiera personas de respeto mezcladas en el negocio.

--Las hay; vengo de hablar con el señor Arzobispo y con la Audiencia, y ellos mismos me han invitado.

--¿Es verdad, eso?

--Por mi fé de cristiano.

--Entonces contad conmigo: ¿cuál es el plan?

--Preparar á la jente y á los amigos: el Arzobispo y la Audiencia darán el pretesto ó el motivo, principiará el alboroto y adelante; las cosas seguirán solas.

--Me parece muy bien pensado, contad con que os ayudaré.

--Y yo os pondré al corriente de lo que ocurra; entre tanto no hay que dormirse porque tal van los acontecimientos, que el lance puede ser mañana mismo.

--Estaré listo, descuidad.

Martin se retiró contentísimo, y Teodoro en vez de seguir en su trabajo se puso su sombrero y salió tambien á la calle.

Martin empleó el restó de la tarde en visitar á sus principales compañeros de aventuras y que estaban como en receso á causa de las terribles persecuciones del virey á toda la jente perdida: todos ellos acogieron con entusiasmo la idea de un motin, y cada uno de ellos se convirtió en ajente. La rebelion fermentaba sordamente y no se necesitaba mas que la chispa que encendiera aquel combustible.

Don Melchor Perez de Varais volvió á su casa, y Luisa le esperaba ya con impaciencia.

--¿Hablásteis al Arzobispo del negocio de Sor Blanca?

--La verdad es alma mia, que se me olvidó.

--Pasos llevais de no sacar jamás á esa desgraciada de la cárcel.

--Negocios tan graves tuvimos que tratar que tiempo nos ha faltado, y sin embargo, hay para vos una buena noticia.

--¿Cuál es?

--Sabeis que entre el virey y la Audiencia y el Arzobispo, median grandes y profundos disgustos; que el Arzobispo y la Audiencia tratan de recrudecer para dar motivo con ello á un tumulto.

--¿Y bien?

--Que uno de los pretestos será el de hacer creer al pueblo, que Don Pedro de Mejía ha monopolizado las semillas para ganar á costa de la miseria de la clase pobre: naturalmente la primera víctima será si hay un motin, Don Pedro de Mejía, y para hacer todo esto mas visible, ya al salir del Arzobispado me ha dicho su Ilustrísima, que se procurará medio de excomulgar á Don Pedro fijando su nombre en las iglesias.

--Muy bien.

--Como sabeis, el virey me persigue por la denuncia que se hizo de mí, imputándome que vendia la justicia en la provincia de Metepec, y luego por esa causa que ha mandado formar para probarle á la Audiencia que no puedo ser Corregidor de México y alcalde mayor de Metepec.

--Temóme, Don Melchor, que si antes de que estalle el motin sois aprisionado, ni se hará nada y vos las pagareis todas.

--Decidido estoy á todo antes que á dejarme prender.

En este momento se presentó el licenciado Vergara, pálido y fatigado.

--Don Melchor--dijo entrando sin saludar á nadie--acaba de proveerse auto en vuestra causa para que seais arraigado y asegurado.

--¿Cómo?--esclamó Don Melchor demudado.

--Tan cierto es que dentro de un momento estarán aquí para notificaros.

--¿Qué haremos?--dijo Don Melchor.

--Ante todo--contestó él licenciado--importa que no os prendan, porque todo seria perdido.

--Huiré.

--Ya no es tiempo--esclamó el licenciado Vergara--mirad á la justicia que viene.

--Don Melchor--dijo Luisa--oidme; armaos, que se arme tambien la servidumbre, entrad en una carroza é idos á refugiar al convento de Santo Domingo que es el mas cercano.

--Bien pensado, bien pensado--dijo vivamente Vergara, pero que sea pronto, he visto allá abajo de la puerta una carroza.

--Voy por mis armas--dijo Don Melchor, y salió por un lado mientras por el otro desapareció Luisa.

Pocos momentos despues Don Melchor con la espada desnuda en una mano y un broquel en la otra y seguido de varios lacayos armados, se precipitó por la escalera que estaba, así como el patio y la calle, invadida por jente de justicia.

Lo menos que esperaban el escribano y los alguaciles era este ataque rudo, de manera que la confusion fué espantosa.

--¡Favor al rey! ¡Favor á la justicia!--gritaba el escribano tratando de animar á su jente.

--¡Favor al rey! ¡Ténganse á la justicia!--gritaban los alguaciles, procurando resistir y detener á Don Melchor.

--¡Atrás la canalla!--decia furioso Don Melchor--¡muera el hereje!

Así llamaban ya al virey por su choque con el Arzobispo.

Los alguaciles retrocedian y Don Melchor llegó así hasta la portezuela de la carroza. El cochero prevenido de antemano, estaba ya listo para marchar; un lacayo abrió el coche y Perez entró á él con tres criados mientras los demás acuchillaban á los alguaciles.

La carroza partió á todo el trote de los caballos, atropellando á cuantos encontró, porque una gran multitud habia llenado la calle atraida por el escándalo.

Don Melchor sin soltar la espada saltó á tierra y se entró apellidando «asilo» al convento de Santo Domingo.

La justicia habia seguido tras de la carroza, pero solo consiguió ver la entrada de Perez al convento.

Inmediatamente se ocurrió á dar parte al virey, sin procurar mas que llevarse á los alguaciles que habian quedado mal parados en el combate.

Dos personas habian presenciado todo desde los corredores de la casa: el Oidor Vergara y Luisa.

--Señora--dijo el Oidor--no os espanteis, que quizá esto será principio de grandes hechos y remedio del reino.

--Señor Oidor--contestó Luisa con una sonrisa burlona--creo que mas susto tiene su señoría que yo: lo que importa es aprovechar esto para llevar adelante vuestros planes.

--Es verdad, pero ahora es necesaria mucha precaucion para hablar al Corregidor, y estando en Santo Domingo creo que para vos será casi imposible: ¿quereis que le envie algun recado de parte vuestra?

--Os lo agradezco, pero mas desearia ver que tomabais con empeño la causa general del reino, que la de mi marido.

--Voy á dar parte de todo á su señoría Ilustrísima, y veremos lo que se dispone. Estoy á vuestros piés, señora.

--Que Dios lleve al señor Oidor.

El licenciado Vergara se dirijió al Arzobispado, y Luisa quedó pensativa.

--Pobre Sor Blanca, esto viene muy mal para su negocio; mañana le avisaré. En cuanto á Don Melchor, si solo los hombres pueden entrar al convento, no creo que me sea muy dificil parecer hombre....... ya veremos, no será la primera vez.

VI.

Como Luisa dió unas malas noticias á Sor Blanca, y lo que ésta determinó hacer.

A la mañana siguiente Luisa se presentó en el convento de Santa Teresa para hablar con Sor Blanca, y despues de algunas dificultades lo consiguió.

--Sor Blanca--le dijo Luisa--tengo que comunicaros una mala noticia.

Sor Blanca palideció horriblemente. Aquella jóven estaba de tal manera afectada, que todo lo que tuviera relacion con el negocio de su libertad, le hacia un efecto estraordinario.

--¿Y qué noticia es esa?--preguntó, pudiendo hablar apenas.

--Ayer mi esposo Don Melchor Perez de Varais, huyendo de la venganza del virey que le persigue por ser amigo del Arzobispo, ha tenido que tomar asilo en el convento de Santo Domingo.

--¿Y entonces?

--Entonces vos, pobre jóven, quedais por culpa del virey sin protector y sin amparo.

--¿Pero el señor Arzobispo nada hará?

--Oídme, Sor Blanca, no quiero engañaros: es preciso que procureis personas que hablen al Arzobispo, á fin de que pronto despache vuestro asunto: van corridos ya siete meses del término dentro del cual puede relajar vuestros votos: en estas turbulencias con el virey es muy fácil que os olvide, y en ese caso ya os podeis suponer lo que será de vos.

Sor Blanca con la cabeza inclinada lloraba.