Monja y casada, vírgen y mártir
Part 18
--Ah señora, vos no podeis ni aun comprender lo que se siente cuando se miran estos muros, que no se han de franquear nunca, cuando se considera que el sepulcro se ha cerrado ya sobre nosotras que hemos muerto estando vivas, que no tenemos de comun mas que el aire y la luz con ese mundo del que se nos aleja, del que se nos priva, pero que por eso mismo nos parece mas bello y mas encantador. Ah, señora, ¡la libertad! ¿sabeis vos, lo que es la libertad? no, no podeis comprenderla porque siempre la habeis gozado; no podeis vos alcanzar cuánta es la dulzura de esa palabra, porque vos, señora, cuando quereis ver el cielo, y los pájaros, y los árboles, y el rio, y la pradera, y las lagunas, las veis, y á los vuestros y al mundo en fin, y yo estoy lejos, lejos de todo eso, condenada á no ver sino estas sombrías paredes, sintiendo el rumor de las gentes que pasan del otro lado de nuestras tapias, oyendo algunas veces ecos de músicas lejanas que me parecen armonías escapadas del cielo, adivino las pasiones entre los que miro venir al templo, sorprendo en mis libros de devocion frases de amor, que yo no quiero dirijir solo á Dios. Ah, señora, yo procuro disipar estos pensamientos, ahogar en la religion estos mundanos impulsos de mi corazon, pero me es imposible, no puedo, no; ni mis lágrimas apiadan al cielo, ni encuentro en mi alma la resolucion necesaria para vivir así. El llanto ha hecho surcos en mis mejillas, y mirad, señora, á pesar de nuestras reglas os voy á mostrar las huellas que el dolor y la desesperacion imprimen en mi rostro, porque vos y vuestro esposo sois las únicas personas que se interesan por mí sobre la tierra.
Sor Blanca levantó convulsivamente su velo, y Don Melchor y su esposa quedaron asombrados de su belleza.
Sor Blanca no era ya la niña tímida que hemos conocido en la casa de Don Pedro, era una jóven perfectamente desarrollada, el dolor y el llanto habian borrado los colores encendidos de su rostro, pero su palidez, el brillo casi febril de sus ojos y la sombra dulcemente azulada que rodeaba sus párpados, aumentaba el interes y la belleza de su fisonomía.
Don Melchor no habia soñado nunca que pudiera haber una muger tan hermosa y tan interesante.
Doña Isabel, á pesar de su sexo, encontró á Sor Blanca como un ángel.
--En verdad--dijo Doña Isabel--que se conoce que habeis llorado mucho en vuestra vida.
--Y tanto, señora, y tanto, que si el llanto fuera una redencion ante Dios, yo estaria ya libre en el mundo: Dios os libre, señora, de soñar siquiera una noche que estais en el convento contra vuestra voluntad, porque os ahogariais, es preferible ser emparedada.
--No digais eso--dijo Doña Isabel palideciendo.
--Sí, lo diré; porque entonces lo que llega es la muerte, lenta, pero llega, dos dias, tres, cuatro, ¡ay! ¿y qué son cuatro dias comparados con esta eternidad de sufrimientos, sin esperanza, sin esperanza; y un dia, y un mes, y un año, y otro, y lo mismo, y vivir en un sepulcro, sin esperanzas, sin ilusiones, sin amor, ¡sin amor! ha de ser muy hermoso el amor ¿es verdad?--dijo Sor Blanca como fuera de sí, tomando una mano á Doña Isabel--contadme por Dios, señora, ha de ser muy bello, amar, y ser amada, tener padres, ó hermanos, ó hijos, ó esposo, ó álguien que nos ame, ¡ay! yo nunca he tenido quien me ame mas que mi madrina Doña Beatriz, y esa murió tan pronto.
--¿Murió Doña Beatriz?--preguntó con interes Doña Isabel.
--¿La conocísteis? qué buena era; murió tres años despues de profesar, era tan desgraciada como yo, aunque no tanto, porque al fin consiguió su familia del Sr. Arzobispo que no se enterrara dentro del convento, y logró salir aunque fuera despues de muerta.
Aquel arranque probaba el grado de desesperacion en que vivia Sor Blanca; Doña Isabel miró á su esposo, y éste sacudió la cabeza murmurando entre dientes.
--¡Pobrecita!
--Sor Blanca--dijo Doña Isabel--confiad en nosotros que saldreis.
--¡Ah! solo de pensarlo creo que voy á volverme loca. ¡Salir, salir de aquí! aunque tenga yo que vivir de esclava, de limosnera, tullida en una cama, pero quiero ser libre.
--Y lo sereis--dijo Don Melchor levantándose--os dejamos, porque comprendo que hablaros mas seria exaltar mas vuestra alma: adios Sor Blanca, confiad en nosotros.
--Que Dios os bendiga, señores--dijo Sor Blanca, y se retiró al interior del convento halagando por la primera vez la esperanza de libertad por el influjo de Don Melchor, ó la firme resolucion de hacerse libre por cualquier medio.
El Corregidor y su esposa subieron en su coche y se dirijieron á su casa.
--Don Melchor--dijo Doña Isabel--¿habeis comprendido cómo no solamente me cumplís vuestra palabra sino que haceis una accion meritoria librando á esa jóven del cautiverio en que gime?
--Lo conozco--contestó Don Melchor--no me arrepiento de haberos complacido.
--Tanto mas--agregó Doña Isabel sonriendo--cuanto que el dia que esa jóven esté libre de sus votos, creo yo, y debeis creerlo vos, que puede reclamar la mitad de la fabulosa fortuna de su hermano; ella es hermosísima. ¿No es verdad?
--Sí, tal.
--Y entonces era fácil que el mundo creyera que habiais enviudado y podriais casaros con ella.
--Pero.
--No andemos con hipocresías, Don Melchor, vos sabeis bien que yo no os amo, y yo conozco que no habeis tenido por mí mas que un capricho que se ha prolongado merced á nuestro pacto y á nuestro aislamiento en vuestra residencia de Metepec.
--Luisa, os engañais.
--No, ni me engaño ni vos os engañais tampoco, echada de mi casa por mi marido el miserable de Don Pedro de Mejía, la noticia del escándalo, os avivó el deseo de conocerme, y me requerísteis de amores; yo, tanto por vengarme de Don Pedro como por huir de Don Cárlos de Arellano, consentí en seguiros á Metepec y pasar allí por vuestra esposa con el nombre de Doña Isabel de Santiestevan, con la condicion de que me ayudariais á vengarme, y mientras yo meditaba esa venganza y esperaba el momento de realizarla, he querido _jugar_ á muger honrada y de bien, y lo habeis visto, ninguna esposa de hacendado ó de encomendero, ha podido por mas beata y rígida que haya sido, poner mancha en mi conducta: nadie iba con mas puntualidad á la iglesia á confesarse y á misa que yo, ni marido alguno ha sido mas mimado y acariciado que vos.
--Es cierto, y por lo mismo soy feliz, os amo cada dia mas, y no quisiera por nada deshacer estos vínculos.
--Don Melchor, yo os estoy agradecida y os quiero, aunque no os amo con ilusion, pero mi venganza comienza ya á realizarse. Doña Blanca va á quedar libre de sus votos y el anhelo de que esto se realice cuanto antes, me ha dado valor de venir á México á riesgo de ser conocida y de que llegue á noticia de Don Pedro que aun vivo, cuando por muerta me ha tenido, y si él llegara á averiguar que aun existo, no pararia hasta hacerme desaparecer de la tierra. Oidme, Don Melchor, y sed justo y racional: he sido vuestra tanto tiempo y tan sin limitacion, que por vos, á quien no amaba, he hecho lo que por nadie, ni por mi mismo marido Don Manuel de la Sosa, he sido económica, retirada y hasta beata, he consentido en vívir en un pueblo tan triste como Metepec, pero ya no puedo sufrir esto por mas tiempo, ya no puedo representar este papel que no es el mio; aun soy, si no jóven, hermosa y de buena edad, necesito gozar porque mis instintos y mi naturaleza me lo exigen, y los placeres son mi elemento como el aire que aliento: os he sacrificado seis años, dejadme gozar la hermosura y la juventud que me quedan, dejadme apurar ya el cáliz del mundo, cuando está para mí tan próxima la edad de los desengaños, del olvido, del desprecio.
--Pero ¿qué pretendeis hacer?
--Consumada mi venganza, libre y rica Doña Blanca, arruinado ó muerto Don Pedro de Mejía, entonces nos separaremos, Don Melchor, y yo me lanzaré para sumergir en los placeres los últimos resplandores de mi juventud, aun cuando despues me aguarde la miseria y la muerte en los malos jergones de un hospital.
--¡Jesus!--dijo espantado Don Melchor.
--Sí, vos sois rico, podeis encontrar una esposa noble y virtuosa y rica como Doña Blanca, si quereis, ó comprar tantas cuantas veces se os antoje mugeres ardientes y voluptuosas de mi raza, que á vuestro sabor podreis arrojar de vuestro hogar sin escrúpulo y sin remordimiento.
Don Melchor Perez de Varais habia quedado pensativo.
--Vaya--continuó Luisa--aun no teneis por qué apuraros, aun falta algun tiempo para esa separacion, aun tengo que arrastrar yo mas dias de los que quisiera, las negras ropas de la hipocresía; pero tengamos los dos paciencia y resignacion mientras llega el instante.
--Teneis razon, tengamos paciencia.
Luisa hizo una graciosa caricia á Don Melchor, y se entró para el interior de la casa.
--Es raro--decia el Corregidor--una muger que conozco su mala índole, y sus costumbres y sus instintos depravados, y que la amo tanto: aberraciones del corazon humano......... ¿Qué se ha de hacer? Vamos á visitar al Arzobispo, que es necesario trabajar para que este demonio encarnado del conde de Gelves, no acabe con nosotros y con su Ilustrísima.
III.
Como se conspiraba en el palacio del señor Arzobispo de México, en fines del año de 1623.
Don Melchor Perez de Varais entró al Arzobispado, y se encaminó á la cámara en que celebraba sus consejos el prelado.
El Arzobispo Don Juan Perez de la Cerna estaba allí en compañía de otras dos personas, y todas hablaban con tanto calor, que se conocia que de cosas harto graves é importantes se trataba.
Recibieron todos al Corregidor con muestras de grande cordialidad y aprecio, y continuaron su interrumpida conversacion.
--Decia el señor Oidor Lic. Don Pedro de Vergara y Gaviria--dijo el Arzobispo al Corregidor--que nada es posible adelantar con la vuelta de los galeones de Castilla, por cuanto Su Magestad está completamente decidido por el marqués de Gelves.
--Por eso proponia--dijo el licenciado Vergara--mi compañero el señor doctor Galdos de Valencia, que era ya preciso consentir en que el pueblo obrase libremente, para obligar á la Córte de España á enviar un Visitador y mudar la residencia del marqués de Gelves.
--No me parece mala esa idea, tanto mas, que sobran personas que quieran tomar parte en cualquier tumulto contra el virey--dijo Don Melchor.
--Creo--agregó el doctor Galdos--que contamos con tales elementos, que nunca ocasion alguna puede haberse presentado mas propicia: en primer lugar, el apoyo de su señoría Ilustrísima, que es ya mas que bastante por su sagrado carácter y por el cariño que todos los fieles le profesan.
El Arzobispo hizo una caravana.
--Despues--continuó el Doctor--todas las clases de la colonia están heridas por el marqués de Gelves en lo mas sensible, y todas con ánimo y voluntad firme de vengarse: el comercio con esa prohibicion de los tratos y regateos que ha inventado, le aborrece de muerte, porque mas de cien familias ricas están quedando por eso en la miseria.
--Si--dijo el licenciado Vergara--mas el pueblo entiende que en esto le resulta un favor.
--En poco os parais--contestó el doctor Galdos--¿teneis mas que hacerle entender al pueblo, que estos regateos los prohibe y persigue para dejar como único abastecedor y obligado á su amigo Don Pedro de Mejía?
--¡Qué brillante idea!--dijo Don Melchor, pensando que esto iba á facilitar los proyectos de Luisa--es una idea soberbia, porque aun me duelen las doce mil cargas de maíz que me hizo llevar á la Alhóndiga, y la causa que con tanto empeño me sigue.........
--Tambien hablaremos de vuestra causa--dijo el Arzobispo--que buen pretesto nos dará, según va ella para mas de cuatro cosas.
--Continuaré si me lo permitís--dijo el doctor Galdos--pues además de los resgatadores, contamos con todos los portugueses y estrangeros, que son muchos, á quienes el virey ha apartado de los asientos de minas, y que estarán dispuestos para todo contra él.
--Pero estos--objetó el Arzobispo--como estrangeros, será mal mirada por el rey nuestro señor su intervencion en los negocios de las colonias.
--No tema por eso su Ilustrísima--contestó el licenciado Vergara, que habia comprendido la idea del Doctor--porque esos no serán los que por delante se presenten, sino que en caso de confusion ó tumulto, servirán de auxiliares sin mostrarse ni ser conocidos, ni invitados tampoco.
--Así es en verdad--continuó el Doctor, y no necesitaremos de ellos mas que, como dice el señor Oidor, de auxiliares: contamos, además, con los negros y gente de color, que siendo libres les ha obligado á que se registren y paguen tributo, y no vivan de por sí sino en el servicio.
--En efecto--dijo Don Melchor--por mi fé que sois señor Doctor, hombre de muy grande ingenio.
El Doctor hizo á su vez una reverencia, y continuó:
--Cuéntase tambien en esta empresa, con gran cantidad de indios naturales del país ofendidos por el esceso del donativo que el virey les exije, para enviar á España y congraciarse con su Magestad; y aunque es cierto que ellos con gran contento lo darian por las artes que para ello emplea el marqués de Gelves, pero si su Ilustrísima desaprobase todo lo practicado en una de sus pláticas ú homilías, todos esos naturales serian aliados nuestros.
--Y lo haré--dijo el Arzobispo que habia estado oyendo al doctor Galdos, sin perder una sílaba--lo haré, y de manera que los indios comprendan que de nuestro lado, y no de el del virey, están sus intereses.
--Muy fácil es para el prestigio y el talento de su Ilustrísima--dijo el licenciado Vergara.
El Arzobispo inclinó la cabeza como dando las gracias.
--La gente toda de la curia, tanto civil como eclesiástica--continuó el doctor Galdos--se moverá y debe ser la que todo lo inicie, porque además de las ofensas que tiene recibidas, obedece, y con justa razon, las inspiraciones de la lumbrera de nuestro foro, del señor Oidor licenciado Don Pedro de Vergara Gaviria.
En esta vez al licenciado le tocó hacer una reverencia.
--Y finalmente--dijo Galdos--no sé si lo que voy á decir merecerá la aprobacion de su Ilustrísima y de los demas señores; pero si no la merece, fácil nos será suprimir esta parte.
--Hablad, señor Doctor--le dijo el Arzobispo.
--Pues, señor, como gente aparejada para la pelea, en el caso de que hasta allá llegásemos, que Dios no lo permita, podremos echar mano de tantos hombres perseguidos por las partidas del virey con pretesto de que son ladrones y bandoleros; es cierto que entre ellos no todos son gente muy de bien, pero no pueden encontrarse tan fácilmente hombres perfectos: de muchos de estos perseguidos, tengo noticia de que para huir del virey se han repartido en los montes y héchose hermitaños, con lo que viven con su cruz y su rosario en una cueva. ¿Conque si no os parecieren mal?.........
--Que han de parecer--dijo Don Melchor.--Siempre cosa sabida es, que los soldados y demas gente de guerra son viciosos, y poco dados á los devotos ejercicios, que los que por la virtud dan, retíranse á los monasterios, ó buscan el servir á Dios en los altares.
--Y mas agregaré--dijo el Arzobispo--que esto siendo para el servicio de Dios y de su Religion, y para la guarda de estos reinos de Su Magestad que de otra manera serian perdidos, no es obstáculo que así en las santas cruzadas fueron torios los que habian recibido las aguas del bautismo á la reconquista de los Santos Lugares de Jerusalém, sin que se esceptuaran los pecadores, y quizá camino será éste de salvacion para muchas almas perdidas ó dormidas en la culpa.
--¿Y cuántos hombres calculais en todo eso que nos habeis enumerado?--dijo Don Pedro de Vergara al Doctor Galdos.
--Por no parecer exajerado no os diré mas, sino que fácilmente podria segun mis averiguaciones, tenerse un cuerpo como de quince á veinte mil hombres.
--¡Tanto así!--dijo espantado el Arzobispo.
--Y mas, si la necesidad apurase.
--Eso está muy bueno--dijo el licenciado Vergara--pero vamos ahora á meditar cómo se han esos elementos de aprovechar.
--En primer lugar, es necesario que el virey sea el que dé lugar al escándalo y al tumulto, y nunca que nosotros ni el pueblo de por sí lo provoquemos--dijo el Arzobispo.
--Así debe ser en efecto--agregó el licenciado Vergara--pero sin embargo, antes que el motivo ó el pretesto lleguen, es preciso tenerlo todo preparado, porque no vaya á suceder que se pierda sin poder utilizarse un momento oportuno.
--Muy bien pensado--dijo el Arzobispo--y como si Dios protejiese nuestros intentos, ha venido hoy á visitarme y está ahí fuera en mi biblioteca esperándome un mozo Bachiller que fué mi familiar, y que abandonó la carrera de las letras y la de la Iglesia, que se llama Martin de Villavicencio Salazar, el cual mozo me es muy adicto y tiene grande influjo y relaciones con toda la jente perdida y de accion de la ciudad, y por ese medio mucho podremos conseguir.
--¿Pero será de valor, de confianza y de actividad?
--A faltarle alguna de esas condiciones ni le propusiera ni yo le admitiera tampoco; bástame deciros que fué mi brazo derecho en el célebre negocio que tuve con Don Alonso de Rivera en la posesion de las casas que son ahora convento de Santa Teresa.
--Cuyo negocio costó la vida del buen Don Fernando de Quesada que santa gloria haya--dijo el Doctor.
--Como que á mí--agregó el Arzobispo--nadie me quita de la cabeza que esa muerte grava las conciencias de los dos grandes amigos del marqués de Gelves, Don Pedro de Mejía y Don Alonso de Rivera.
--Seguro estoy yo de ello y jurarlo pudiera--esclamó Don Melchor--que por ignorados caminos he venido en descubrir la verdad: ya otro dia hablaré de esto.
--Como que de castigar tenemos ese delito--dijo el licenciado Vergara.
--¿Os parece que haga entrar á Martin?--preguntó el prelado.
Los otros tres se vieron entre sí, como consultándose mútuamente, y el Arzobispo agregó:
--Yo os respondo de él.
--Entonces que entre y le hablaremos--dijo el licenciado Vergara.
Su Ilustrísima sonó una campanilla de oro que tenia sobre la mesa, y un familiar entró.
--Que pase á esta sala el caballero que me espera en la biblioteca--dijo el prelado.
El familiar salió otra vez.
--Podeis, señores--continuó diciendo el Arzobispo--fiaros enteramente de este hombre aunque le veais tan mozo, que yo os respondo de él como de mí mismo, en discrecion, en valor y en actividad.
En este momento se presentó en la puerta Martin de Villavicencio.
Martin no era ya un jóven como le hemos visto al principio de nuestra historia; su barba tupida y negra y las profundas arrugas de su entrecejo, al mismo tiempo que su aire resuelto, le daban ya el carácter de un hombre formal.
Vestia un traje de terciopelo negro con acuchillados de raso y con sombrero y medias calzas del mismo color, podia quien le viese haberle tomado por un marqués ó por un correjidor. Saludó con desembarazo, y á una indicacion del Arzobispo se sentó en un sitial cerca de Don Melchor Perez de Varais.
--Martin--le dijo el prelado--te he mandado introducir en esta sala, porque sé que puedo contar con tu adhesion y tu valor lo mismo que en otros tiempos cuando eras el consentido de nuestro difunto amigo, que en paz descanse, Don Fernando de Quesada.
Martin palideció lijeramente y contestó:
--Su Señoría sabe que una vez le he prometido que podia contar conmigo á vida ó á muerte, y estoy dispuesto siempre á cumplir mi palabra.
--Bien, sé que eres un buen amigo y un escelente caballero para cumplir tus promesas; se trata ahora de que nos ayudes en un negocio que nos preocupa en estos momentos. ¿Querrás ayudarnos?
--Sí señor.
--¿Cualesquiera que sea el riesgo á que te espongas?
--Sí señor.
--Señores, lo oís, éste es el jóven tal cual yo os le pinté, ningun riesgo le detiene ni ningun peligro le aterra. Martin, tú ves la situacion en que está el reino, que no puede ser peor, vivimos sobre un volcan que debe estallar de un dia á otro, ó que nosotros debemos hacer reventar para bien de las almas, porque de otra manera no se pondrá remedio en esto por Su Magestad, cuya augusta mirada no alcanza hasta estas tierras.
El Arzobispo quedóse mirando á Martin que le escuchaba atento con los ojos bajos y sin pestañar, y continuó:
--Es preciso prevenir los ánimos y disponerlos para todo acontecimiento, y que puedan valernos en un lance desgraciado los amigos todos del rey y de la religion. ¿Que te parece?
--Es decir--preguntó con cierta brusquedad Martin--¿que quiere su Ilustrísima que yo y mis amigos nos encarguemos de preparar un tumulto, un motin contra el virey?
--Eso es--dijo el Arzobispo, cuyo carácter impetuoso le hacia huir de ambajes y rodeos--eso es, que tú te encargues de prepararlo todo, para que cuando llegue el momento una sola chispa baste á encender la hoguera.
--¿Y cuál será el pretesto?--preguntó Garatuza.
--El pretesto nosotros le buscaremos y te daremos aviso oportuno si hay tiempo, y si no, tú lo comprenderás y arrojarás el fuego.
--En nada de eso veo dificultad--dijo Garatuza.
--Por ahora--dijo el Doctor Galdos--es preciso que os pongais de acuerdo con vuestros amigos, para propalar entre el vulgo el rumor de que el Sr. Arzobispo trata de excomulgar al virey, porque este proteje á su favorito Don Pedro de Mejía, para que este abarque y compre todo el maiz de la plaza, impidiendo que haya otros resgatadores, con el objeto de subir luego los precios, teniendo con esto, ambos á dos, una riquísima ganancia á costa de la miseria de los pobres, y luego fomentar la murmuracion y el descontento, preparando la alarma y predisponiendo los ánimos al combate.
--Todo haré, como disponen sus señorías--dijo Martin--y todo tendrá un buen verificativo; pero permítanme sus señorías una simple pregunta: ¿qué voy ganando yo y qué puedo ofrecer á mis amigos?
--En cuanto á vos--contestó sin vacilar el Doctor Galdos--tendréis ó una cantidad gruesa en dinero, ó un empleo en las oficinas reales.
--Acepto mejor la cantidad.
--Diez mil pesos, si lograis levantar al pueblo.
--¿Y en cuánto á mis amigos?
--Saldrán ganando el no ser perseguidos en lo de adelante como lo son hoy, y además tendrán por ganancia lo que pudieren ganar en el conflicto.
--Comprendo--dijo Garatuza--¿y en cuanto á los que tienen prision, sentencia ó causa pendiente por el virey?
--Todos ellos serán libres, y las causas quemadas.
--Conforme: ¿á quién debo dar cuenta de lo que ocurra y pedirle órdenes?
--A mí--dijo el licenciado Vergara--que sabeis que vivo en la calle á que el vulgo le da mi nombre.
--Muy bien--dijo Martin--¿ahora podré retirarme?
--Sí, Martin--contestó el Arzobispo.
Garatuza besó el pastoral de Don Juan Perez de la Cerna; hizo una reverencia á los oidores y al Corregidor, y se retiró.
--¿Qué os ha parecido mi recomendado?--dijo alegremente el Arzobispo.
--Buenísimo--contestaron los otros.
--Ahora, pronto vendrá el pretesto--esclamó gravemente el doctor Galdos de Valencia.
IV.
En que el lector volverá á ver algunos antiguos conocidos; y tendrá que conocer algo de los antiguos mágicos.
Hemos llegado otra vez á la casa de la Estrella, en Xochimilco, á donde aún vive nuestro antiguo conocido Don Cárlos de Arellano; pero no le volvemos á ver jóven, disipado, elegante; ahora los ocho años que han pasado sobre su cabeza le han dado ya el aspecto, no de un hombre de la edad viril, sino casi la apariencia de un viejo.
Don Cárlos no tiene aquel bigote fino y atusado; larga y espesa su barba cae sobre su pecho, blanqueada como el escaso pelo de su cabeza por la nieve de los años, y profundas arrugas surcan su frente.
La casa de la Estrella se resiente de esta variacion; los jardines están incultos, la malesa los ha convertido en una especie de bosque, los salones están abandonados, los murciélagos, las palomas, y las golondrinas hacen allí sus nidos, y por las rotas y desencajadas puertas entran la lluvia y el viento, cubriéndose de musgo los pisos.