Monja y casada, vírgen y mártir
Part 17
--Entonces diré á Don Pedro vuestro empeño, y tendré la dicha de volver á veros: pensad en lo que os dije.
Don Alonso salió, y Blanca fué á arrodillarse en su reclinatorio, delante de una imágen de la Vírgen.
Don Pedro no pudo ver á su hermana hasta en la noche. Doña Blanca, como siempre, le recibió temblando.
--Habeisme mandado llamar, Doña Blanca--dijo D. Pedro.
--Queria hablaros: esta vida que llevo no me es posible soportarla ya por mas tiempo, y tanto mas, ahora que sé que vais á casaros.
--Ya os he dicho, Doña Blanca, que está en vuestras manos el salir de esa situacion tan pronto como querais, y todo depende de que os resolvais á tomar el hábito é ir á hacerle compañía á vuestra madrina Doña Beatriz de Rivera, hoy Sor Beatriz de Santiago, al nuevo convento de carmelitas descalzas.
--Pero Don Pedro, si yo no me siento con vocacion para profesar.
--Eh, boberas y tonterías, vuestra madrina se sentia menos abocada á la vida religiosa, puesto que se iba á casar, y que todas las desgracias acontecieron segun cuenta el vulgo, porque además del Oidor su novio, tenia un querido á quien visitaba ella á media noche.
--¡Don Pedro!--dijo indignada Doña Blanca--no toqueis la honra de mi madrina que es una santa.
--Será, y en buen lugar está hoy para irse al cielo, pero veis cómo sin tener vocacion de monja, sino mas de casada, ha tomado el velo.
--Pero no me siento con valor.........
--Desengañaos: por última vez, si no os decidís á tomar el velo, no saldreis de aquí sino muerta, y no habrá poder humano que os saque de mis manos ni os lisonjeis con los amores del Don Cesar de Villaclara que ha pasado ya aguas de mar, que está en Manila, y que hasta dentro de ocho años no vendrá, para cuyo tiempo estareis vos ó muerta ó en el claustro; con que supuesto que no hay esperanzas, decidios y entrad al noviciado con vuestra madrina.
Doña Blanca quedó pensativa: Don Pedro la contemplaba en silencio.
--Está bien--dijo la jóven de repente--mañana mismo entraré de novicia al convento de Santa Teresa.
--¿Mañana mismo?
--Sí, mañana, disponedlo todo, vos lo quereis, vos me obligais, se hará: pero Dios os tomará estrecha cuenta si mi alma se pierde por culpa vuestra.
Don Pedro se puso á reir.
--No tengais cuidado, Doña Blanca, que nada se perderá, ni menos vuestra alma, entrad al convento, que allí cuando mas tendreis el riesgo de las tentaciones que con agua bendita os serán quitadas, que tan seguro estoy de que allí no se perderá vuestra alma, que dispuesto estoy á responder de ella á Dios.
--Bien, mañana mismo seré novicia.
--Cuánto me alegro, y os felicito por ello.
Don Pedro salió radiante de gozo, y Doña Blanca se puso á gemir.
Don Alonso de Rivera al ver á Don Pedro tan contento tuvo miedo; aquella alegría era de mal agüero para Blanca, y por consecuencia para él.
--Os veo muy satisfecho--le dijo.
--Sí, Don Alonso, por fin hemos triunfado.
--¿Cómo?
--Doña Blanca entrará mañana de novicia á hacer compañía á Sor Beatriz de Santiago.
--¡Es posible!--dijo Don Alonso palideciendo.
--La verdad pura.
--Entonces, ¿me permitireis que entre á felicitarla?
--No, Don Alonso, vale mas que no, ella parece que hace un gran sacrificio, y cualquier cosa seria para ella una burla, dejadla llorar sola, vale mas.
XIV.
Lo que pasó en las bodas de Luisa y de lo que le aconteció á la Sarmiento.
A la mañana siguiente Sor Beatriz recibia en el convento de Santa Teresa, á su ahijada Doña Blanca de Mejía, que entraba de novicia.
Doña Blanca deshecha en lágrimas contaba sus desgracias á Sor Beatriz que procuraba consolarla, pero que comprendia que en realidad solo el tiempo podia curar aquel pobre corazon.
Al mismo tiempo se celebraban las bodas de Luisa con Don Pedro, no se habian hecho grandes preparativos ni se habia convidado mucha gente, pero la casa de Mejía estaba sin embargo muy concurrida.
Eran aquellos dias las fiestas del Carnaval, y hombres y mugeres andaban en las calles con máscaras y antifaces haciendo lujosas y elegantes comparsas.
En aquellos tiempos el lujo en los vestidos, en los carruajes y en las casas era tal, que á decir de los historiadores y viajeros que concurrieron á México en aquella época, no habia ciudad que no pudiera envidiar en esto á la naciente capital de la Nueva España; una inmensa cantidad de carrozas invadia las calles y los paseos en los dias de fiesta, y con tanta magnificencia que los caballos tenian las herraduras de plata, y en sus guarniciones se usaba el oro, la plata y hasta las piedras mas preciosas.
La clase baja del pueblo vestia con tanto lujo, que un artesano no se distinguia en un dia de fiesta de uno de los oficiales reales ó de un hidalgo rico.
Las fiestas del Carnaval eran libres y espléndidas, y en los dias en que pasa nuestra historia, si bien no habia bailes públicos, las calles, y los paseos y las casas particulares, estaban alegres y animadas.
La noticia del casamiento de la bella Luisa y de Don Pedro se esparció en la ciudad, y en la noche varias damas de todas clases comenzaron á llegar á la casa á felicitar á los nuevos esposos.
Don Pedro aparentaba una alegría que estaba muy lejos de sentir, y recibia á todos con muestras de cariño y de delicadeza, sentado al lado de Luisa que brillaba como un sol, cubierta de diamantes.
A la media noche se oyó un gran rumor en los patios y se precipitó por las escaleras arriba una comparsa de estudiantes, con sus panderos y sus guitarras, y con todos sus medios de hacer ruido y meter bulla.
Bailaban, cantaban, se entraban por todas las piezas riendo y enamorando á todas las criadas, y chanseando con todos los hombres y alborotándolo todo.
Uno de los estudiantes de elevada talla, se entró hasta una de las últimas piezas.
La Sarmiento dormitaba en un sitial porque habia querido concurrir tambien á la boda de Luisa; en el gran desórden que reinaba en la casa de Mejía en aquella noche, ninguno cuidaba sino de sí mismo, y la bruja cansada, se retiró á descansar un momento.
El estudiante la vió y comenzó á acercársele por detrás con precaucion, volviendo á todos lados la cara para ver si estaba solo. Nadie lo observaba.
Llegó hasta el lado de la Sarmiento que seguia durmiendo tranquilamente.
El estudiante tapó con su mano derecha herméticamente la boca y las narices de la bruja, y con la izquierda le sujetó la cabeza para que no pudiera moverse.
La bruja quiso levantarse y abrió los ojos espantados, sentia que le faltaba la vida, metió con angustia sus manos para apartar la del estudiante que la ahogaba, pero era imposible, aquellas manos y aquellos brazos parecian de acero.
La bruja se retorcia haciendo esfuerzos inauditos para desprenderse, sus ojos querian salirse de sus órbitas. La bruja se moria.
El estudiante acercó su boca al oido de la Sarmiento.
--Bruja infernal, tú mataste á mi amo Don Fernando y has hecho la desgracia de mi ama Doña Beatriz, me quisiste matar y yo te castigo.
Poco á poco fueron cesando la resistencia y los esfuerzos de la bruja hasta que se quedó inmóbil. Todavía Teodoro conservó su mano sobre la boca de la Sarmiento, hasta que al fin la retiró. La bruja habia muerto, y el cadáver quedó en el sitial como si estuviera durmiendo.
Teodoro salió y se mezcló entre la turba de los bailadores.
Uno de los otros estudiantes se acercó á él, y le dijo muy quedo.
--¿Ya nos vamos?
--Ya--contestó Teodoro.
El estudiante que le habia hablado dió un silbido con un pito de oro que colgaba de su cuello y luego toda la estudiantina se rodeó de él y se organizó como una tropa á cuya cabeza iba el que habia silbado.
Así se dirigieron hasta el estrado principal en que estaba Don Pedro con su esposa, rodeado de las principales damas y caballeros de la reunion.
Los estudiantes se colocaron frente á los nuevos esposos, tocando y cantando alegres endechas. Todo el mundo reia y palmoteaba.
De repente pitos y panderos y cantos cesaron como por encanto, y el estudiante que hacia de jefe se dirigió cortesmente á Don Pedro para dirigirle, á lo que parecia, una arenga.
Como todo lo gracioso se esperaba de aquella comparsa, aun de los otros salones llegó gente para escuchar.
El aposento estaba lleno. Todos los estudiantes tenian la mano derecha metida en la abertura del pecho de su ropilla.
--«Señor Don Pedro de Mejía, muy señor nuestro»--dijo el estudiante haciendo una ridícula caravana que hizo reir á todo el mundo--«Esta estudiantil comparsa que con mano firme dirijo y guio, me comisiona para felicitaros por la eleccion de una esposa que llamarse puede, bella entre las bellas, y se huelga de ver elevada á vuestro tálamo á la hermosísima Luisa esclava de Don José de Abalabide, que confiscada por el Santo Oficio con todos los bienes de su amo, huyó á pasar como muger de Don Manuel de la Sosa á quien envenenó; á la preciosa querida de Don Cárlos de Arellano, de cuyo lecho ha huido para venir á daros su mano; á la compañera de la bruja Sarmiento por muchos años.»
--Por muchos años--repitió la comparsa.
La concurrencia estaba atónita y nadie se atrevia á hablar. Don Pedro hizo un impulso para lanzarse sobre el estudiante, pero en aquel momento todos ellos sacaron de dentro de sus ropillas un puñal, y aquella falanje de cuarenta hombres, todos decididos, atravesó poco á poco en medio de la concurrencia, llevando todos en la mano el puñal desnudo.
El que cubria la retaguardia era Teodoro.
El que habia hablado era Martin. Nadie les habia conocido.
Luisa habia quedado desmayada de rabia y de vergüenza en el estrado.
La comparsa de los estudiantes, seguida al principio por algunos curiosos, se perdió por fin en las calles oscuras y tortuosas de los barrios fuera de la traza.
Don Pedro de Mejía hubiera dado cualquier dinero por enmudecer las cien lenguas que salieron por todas partes á predicar el acontecimiento de la casa; pero era mas fácil aprisionar el viento, y guardar en sus cofres un rayo de la luz del sol, que cortar el escándalo.
La concurrencia fué desapareciendo poco á poco, y como por encanto, y á poco tiempo, no quedaban en los salones mas que Luisa sentada en un sitial con la cara oculta entre sus manos, y Don Pedro paseándose en el mismo aposento con aire triste y meditabundo.
Las bujías alumbraban aún con todo su esplendor los desiertos salones, y los lacayos y los esclavos temerosos no se atrevian á apagar aquellas luces, por temor de que estallase la tempestad que presentian. Nadie ignoraba lo que acababa allí de acontecer, y por eso remaba en la casa el mas profundo silencio; nadie osaba decir una palabra ni atrevesar siquiera por un salon; parecia como que el dueño de aquella casa habia muerto repentinamente, y se hacia el duelo á su honor, á su reputacion y á su felicidad.
Don Pedro comprendia que iba á ser en lo de adelante el ludibrio de la ciudad, y á verse espuesto á la vergüenza de que le reclamara el Santo Oficio á su esposa, como esclava fugitiva.
Luisa conocia que su secreto estaba ya á la merced del vulgo: temblaba al considerar que la Inquisicion la arrebataria del lugar á que habia llegado, á fuerza de constancia y de trabajo, y sentia contra Teodoro un odio tan grande, que no es para descrito.
Por otra parte, no era ya la muger ni la viuda del débil Don Manuel de la Sosa; pertenecia al terrible Don Pedro de Mejía, y su enojo la espantaba. Una vez dado el escándalo, ¿qué podia contener á su marido? Nada.
Don Pedro sombrío, seguia paseándose, y Luisa permanecia con la cabeza reclinada en sus manos; sus collares, sus pendientes y sus tembeleques de brillantes, formaban como una cascada de luz entre sus negros cabellos, y sobre su bellísimo y torneado cuello.
De repente Luisa se paró, sin hacer el menor ruido, y se arrojó á los piés de Don Pedro esclamando:
--¡Perdon!
Don Pedro se detuvo, la miró con los ojos encendidos y como despidiendo llamas de furor, hizo intencion de hablar, llevó la mano al puño de oro guarnecido de piedras preciosas de su espadin, y luego sacudiendo la cabeza siguió con sus meditabundos paseos, procurando evitar el contacto con Luisa, que se habia quedado arrodillada en el mismo lugar.
--¡Perdon, esposo mio!--volvió á esclamar aquella muger á poco rato, abrazando una de las piernas de su marido.
--¿Vuestro esposo?--rugió, por decirlo así, Don Pedro--que el cielo me contenga, porque al oiros decir esa palabra, con ánimo me siento de atravesaros con mi estoque el corazon.
--¡Perdonadme! ¡Perdonadme!
--Soltad, señora, soltad, que me ahoga la indignacion.
--No, no, perdonadme.
--¡Suéltame esclava vil! Sal de esta casa.........
--¡Don Pedro, por Dios!
--Suéltame.........
--¡Por Dios!--repetia Luisa arrastrándose de rodillas por el pavimento y siguiendo á Don Pedro que hacia esfuerzos terribles para deshacerse de ella.
--¡No me sueltas! Pues bien, morirás, que harto escándalo somos ya los dos en esta tierra.
Don Pedro tiró de su espadin, pero Luisa le asió la mano, y comenzaron entre los dos una lucha horrorosa. Mejía habia perdido ya enteramente la cabeza con el furor, y la excitacion que le causaba la resistencia de aquella muger.
--¡Piedad! ah! piedad! Don Pedro, no me mateis, no por Dios, me iré, me iré.
--No, no; ya no quiero que te vayas, ya no, quiero que mueras, y morirás.
El espadin salió por fin de la vaina, y Luisa lanzó un grito de angustia al verlo brillar á la luz de las bujías; en aquel momento una multitud de lacayos y esclavos invadió el salon gritando:
--Señor, señor.
--¿Qué hay?--dijo Don Pedro reportándose, y procurando impedir que los criados viesen el estoque desnudo--¿por qué entrais todos aquí sin mi permiso?
--Señor--dijo uno de los lacayos--hemos encontrado en uno de los aposentos interiores á una muger muerta.
--¡Cómo!--esclamó Don Pedro--¿quién es ella?
--Una anciana.
--¡Ah! la maldicion de Dios ha venido á mi casa con esta muger--dijo Don Pedro, y luego dirigiéndose á su mayordomo agregó--Tirol, á esa señora la echas en este momento á la calle, ¿lo oyes? en este momento, porque si no, no seré capaz de contenerme y la mataré.
--¡Señor!--dijo el mayordomo.
--Obedece--esclamó fieramente Don Pedro.
Luisa se levantó y comenzó á seguir humilde y resignada á Tirol, pensando que no tenia mas recurso que la casa de la Sarmiento.
En el instante en que salia oyó á un lacayo decir á Don Pedro.
--Aquí está la muerta.
Luisa volvió la cara y reconoció el cadáver de la bruja.
--¡Jesus, Hijo de David!--esclamó vacilando y apoyándose en el hombro de Tirol.
--Vamos pronto, señora--dijo con altivez el mayordomo, retirándose un poco para que Luisa no se apoyase en él.
Llegaron al zaguan de la calle que abrió el mismo Tirol. Luisa se detuvo un momento, pero el mayordomo la empujó hasta afuera con tal violencia, que fué tropezando hasta la mitad de la calle.
Desde allí se descubrian los balcones de la que estaba dispuesta recámara nupcial, profusamente iluminada.
Luisa estaba sola en medio de la noche, en una calle desierta, y vestida de baile y cubierta de joyas.
Entonces le volvió su antigua resolucion, miró á los balcones por última vez y echó á andar esclamando con una voz ronca.
--Yo me vengaré.........
A los dos dias de este acontecimiento tomaba solemnemente el hábito de novicia en el convento de Santa Teresa, Doña Blanca de Mejía.
LIBRO TERCERO.
MONJA Y CASADA
I.
De lo que habia acontecido en la Nueva España desde el dia que dejamos esta historia hasta el dia en que volvemos á tomarla.
Estamos en el año de 1623.
El virey Don Diego Fernandez de Córdoba habia pasado á gobernar el Perú, cosa que en aquellos tiempos se tenia como ascenso en la carrera pública, por lo mas pingüe de aquel vireinato en que se gozaban treinta mil ducados de sueldo, es decir, diez y seis mil quinientos pesos, y la Nueva España era un vireinato de veinte mil, que hacen diez mil quinientos.
Felipe III habia enviado al marqués de Guadalcazar al Perú, á pesar de las muchas acusaciones de sus enemigos, y habia dejado para que gobernase la Nueva España con arreglo á la ley, á la real Audiencia.
Felipe IV que heredó la corona de España por muerte de su padre Felipe III, desde el 21 de Marzo de 1621, envió á México como décimo quinto virey al Exmo. Sr. Don Diego Carrillo de Mendoza y Pimentel, marqués de Gelves y Conde de Priego, hijo segundo de la casa de los marqueses de Tabira, del Consejo de Guerra de S. M., que con el renombre de valeroso Capitan y rectísimo Gobernador, habia en los últimos años regido en Aragon.
Como el marqués de Gelves tiene que hacer un papel importante en el resto de nuestra historia, nos detendremos un poco para contemplar esa figura, que sin duda es la mas notable entre los vireyes de la Nueva España despues de la del célebre conde de Revillagigedo.
El marqués de Gelves, inteligente, impetuoso, rígido, escrupulosamente justiciero, valiente y acostumbrado desde su juventud á la severidad de la disciplina militar, llegó á Nueva España con órden espresa del rey para reformar las costumbres y reparar los daños que la negligencia de sus antecesores habia causado en el reino.
En aquellos momentos la situacion de Nueva España era verdaderamente triste.
Los pobres, oprimidos, no encontraban amparo ni justicia; el monopolio de los ricos, encarecia de tal manera los efectos de primera necesidad, que las gentes se morian de hambre.
La justicia se administraba al mejor postor como una mercancía; los caminos y las ciudades estaban llenas de ladrones, salteadores y bandoleros, cuya audacia llegaba hasta el hecho de haber sido robados diez y ocho mil pesos de las cajas reales, horadándose las paredes y fracturándose las cerraduras.
Los ricos fuera del alcance de la ley y de la autoridad, se constituian en señores feudales con derechos de vida y haciendas, asombrando al reino con su soberbia y disolucion.
Por las noches nadie podia ya salir de su casa, porque cuadrillas de hombres armados andaban por las calles robando á todo el mundo, é insultando á todos, sin perdonar al mismo Arzobispo de México que lo era aún Don Juan Perez de la Cerna.
El marqués de Gelves, con una voluntad firme y con una resolucion indomable, comenzó á poner en todo el remedio.
Los monopolios de las semillas y de los demás efectos de primera necesidad cesaron, bajando así los precios y comenzando á remediarse las necesidades de los pobres, que habian llegado á un estremo increible, por esos que se llamaban «regatones» que eran compradores y revendedores, entre los cuales se contaba el mismo Arzobispo, que tenia en su casa una carnicería que le hizo quitar el virey.
La justicia comenzó á administrarse á todo el mundo, y comenzaron á verse castigados ricos, y nobles, caballeros y jueces, alcaldes y abogados, por las faltas en su administracion.
El Arzobispo, los Oidores y los Ministros de la Audiencia, perdieron su antigua soberbia y poderío, y por último las cuadrillas que salian por todas partes en persecucion de los delincuentes, ladrones y salteadores, habian logrado aprehender y castigar á muchos, dejando limpios los caminos y devolviendo la tranquilidad á los pacíficos vecinos de las aldeas y de las ciudades.
El marqués de Gelves era por tanto el blanco de los odios de los ricos, de los nobles, del Arzobispo y de sus partidarios y de la gente perdida.
II.
Don Melchor Perez de Varais.
En la portería del convento de Santa Teresa, un caballero y una señora esperaban con impaciencia el momento en que se pudiera hablar á las religiosas.
Debian ser personas las dos de mucha distincion, porque ademas de ir ambos ricamente vestidos, el caballero ostentaba insignias de nobleza, y era saludado con profundo respeto por cuantos al pasar acertaban á verle.
Muestras daban ya de impaciencia aquellas personas, cuando al traves del torno se escuchó una voz que decia:
--Señor Corregidor.
--Madre--contestó el que esperaba.
--Dice vuestra señoría que trae órden de su Ilustrísima para hablar á solas con Sor Blanca.
--Sí que digo, y aquí está la órden.
--¿Podeis mostrárnosla?
--Aunque desconfianza es esa que ofenderme pudiera, por ser vos como sois, esposas de Cristo y retiradas del mundo, no se os puede tener á mal; tomad la órden del Señor Arzobispo.
El Corregidor puso un pliego en el torno, que jiró, y la monja que estaba en el interior tomó el pliego.
--Que sea permitido--dijo la monja en voz alta--al Señor Alcalde Mayor de la provincia de Metepec y Corregidor de esta ciudad de México, el Caballero de la Orden de Santiago, Don Melchor Perez de Varais, hablar á solas con Sor Blanca del Corazon de Jesus.
--Exactamente--dijo Don Melchor.
--Pero aquí agrega Su Ilustrísima, que debe acompañar al Señor Corregidor en esta visita, la señora su esposa Doña Isabel de Santiestevan, para que no cause escándalo al público ni á la Comunidad, el que una religiosa hable á solas con un mundano.
--Y aquí estoy, Madrecita--dijo la señora, que habia permanecido en silencio--yo soy Doña Isabel de Santiestevan, esposa de Don Melchor Perez de Varais.
--Entonces, hacedme la gracia de esperar un poco, que voy á que os abran un lugar á donde podais hablar con Sor Blanca.
--Muy bien--dijo el Corregidor.
--Verdaderamente, estoy ansiosa de arreglar el negocio de esa pobre criatura--dijo Doña Isabel á su marido.
--¿Conoceisla?
--No, pero me interesa sin haberla visto nunca.
--Pobrecita; la fortuna es que casi todo le ha salido á pedir de boca.
En este momento se abrió una de las puertas que estaban inmediatas al lugar en que hablaban Don Melchor y su muger, y una monja les hizo seña de que pasaran. Entraron ambos, y la monja se retiró.
Poco despues apareció Sor Blanca.
Aunque iba completamente cubierta habia algo en su modo de andar, en su talle, en todo, que indicaba, que denunciaba por decirlo así, que era una muger tan hermosa como desgraciada.
Los dos esposos se levantaron con respeto al verla entrar.
--¿Conque sois vos?--dijo la monja, con un acento dulcísimo--¿mi noble protector Don Melchor Perez de Varais?
--Sor Blanca, nada me teneis que agradecer, porque vuestras desgracias os hacen acreedora á todo género de consideraciones, y ademas porque mi esposa Doña Isabel es quien por vos ha tomado particular empeño desde que leyó la primera de vuestras epístolas.
--Sí, Sor Blanca--dijo Doña Isabel--la relacion que haciais de vuestras penas á mi esposo, buscando su proteccion me interesaron de tal manera, que desde entonces no he cesado de trabajar hasta que ya lo veis, estamos á punto de conseguirlo todo.
--¡Dios lo permita para la salvacion de mi alma!--esclamó Sor Blanca.
--Ahora--agregó Doña Isabel--mi esposo, que es grande amigo del señor Arzobispo, ha conseguido una órden para que podamos hablaros á solas, con el objeto de que digais á mi marido cuánto mas os parezca necesario para que el señor Arzobispo resuelva.
--Ya sabeis, Sor Blanca--dijo Don Melchor--que nuestras cartas á Roma han producido muy buen efecto, y Su Santidad ha enviado un Breve al señor Arzobispo de México, facultándole para que dentro de un año pueda relajar y anular vuestros votos.
--Lo sé, y os viviré, Don Melchor, eternamente reconocida: de edad de diez y seis años he tomado el velo impulsada por la tirana voluntad de mi hermano Don Pedro de Mejía, que tan gran empeño mostraba por verme profesa. Sin vocacion para esta santa vida, mi existencia aquí es el tormento mas agudo y mas continuado que verse pueda; ni pienso mas que en mi libertad, ni anhelo mas que en dejar estos respetables hábitos, que pesan para mí como si fueran de bronce. Siete años he pasado tras estos muros; siete años de lágrimas y casi de desesperacion: Dios me ha deparado á un hombre á quien me atreví á escribir porque sabia el favor que gozaba con el señor Arzobispo; este hombre habeis sido vos, señor Don Melchor, y mi corazon no me engañó y me habeis protejido, y me sacareis de aquí, porque si yo perdiera esa esperanza no sé adónde me podria conducir mi desesperacion.
--¿Tan exaltada estais así, Sor Blanca?--dijo Doña Isabel.