Monja y casada, vírgen y mártir

Part 16

Chapter 163,923 wordsPublic domain

--Pues bien--continuó Luisa--eso no importa, pues esa muger tenia los secretos de muchos y ricos señores de aquella ciudad: una vez supo ella que una dama muy protectora suya, estaba en un muy grande trabajo, porque un sugeto se negaba á cumplirla, una palabra que la habia empeñado, y como él era poderoso y fuerte, y la dama débil y desvalida, creía él que podria burlarla con solo querer. La hechicera fué á la casa de la dama, y la dijo--Buena señora, sé lo que os pasa, y no os apeneis, que vos me habeis hecho beneficios, y yo me precio de agradecida, tomad este amuleto, y con él lograreis dominar la voluntad, no solo de vuestro rebelde amigo, sino de un compañero suyo tan identificado con él en suerte, que lo que á uno quepa, en virtud de este amuleto, cabrá tambien al otro.

--¿Y qué amuleto fué ese?--preguntó Mejía, procurando disimular su turbacion.

--El velo de una novicia, teñido con la sangre de un Oidor, que debia haber sido su esposo.

Don Alonso y Don Pedro quedaron sombríos.

Teodoro se estremeció en su escondite, y Luisa con una terrible sangre fria, continuó.

--Pues la hechicera esplicó á la dama como aquel velo, tinto con aquella sangre, se habia comprado con dinero que los dos enemigos de la dama habian prodigado, y le esplicó todas las circunstancias que habian mediado para conseguirlo. Ahora que tal vez comprendereis la moral de mi cuento, comenzaremos á tratar de nuestro negocio.

--Está bien--dijo Don Pedro tratando de sobreponerse á su malestar--¿cuánto exijis por devolverme mi palabra de casamiento?

--¡Exijir! yo nada pido por ella, ni mi intencion ha sido nunca la de venderla. Don Pedro, desde anoche he creido inútil esta conferencia, porque no exijo mas sino que me contesteis si estais dispuesto á cumplir vuestra palabra ó no, y yo no saldré de esta pregunta.

--Señora--dijo Don Alonso.

--Caballero, os suplico que á mí nada me digais; aconsejad á vuestro amigo, en el concepto de que si se niega iremos ante los tribunales, y podré referiros delante del alcalde, ó de la misma Audiencia, el cuento de la Sarmiento con todos sus pormenores: ¿lo entendeis?

Luisa calló y los tres quedaron en silencio: de repente Don Pedro, con una mal fingida alegría, esclamó:

--¡Luisa mía! habeis vencido; vuestro será mi nombre, como mia será vuestra hermosura: dama de tal ingenio y tal belleza, digna es de un monarca.

--Gracias á Dios--dijo hipócritamente Don Alonso.

--Al fin Don Pedro ¿reconoceis vuestra injusticia conmigo?

--Sí, Luisa mia, sí, venid á mis brazos, y séllese nuestro eterno amor.

Don Pedro estrechó entre sus brazos á Luisa dulcemente.

--Esposa mia, ¿en dónde está esa promesa? que ahora mas que nunca me alegro de haber firmado, porque va á hacer mi felicidad.

--Aquí está esposo mio, aquí--dijo Luisa sacando de su seno un pergamino--ingrato, que habeis hecho padecer tanto á mi corazon.

--Me arrepiento, me arrepiento de todo eso--dijo Don Pedro verdaderamente contento, por tener en su mano el pergamino objeto de tantas ansias--y en prueba de ello, mirad cómo voy á destruir esta escritura para que veais que este matrimonio no mas que á mi amor lo debeis.

--Lástima--decia candorosamente Luisa, mirando arder con gran dificultad el pergamino en una bujía--lástima, ya se consumió todo, ¿y cuándo será la boda?

--Ya veremos, ya veremos--contestó Mejía menos amoroso que antes.

--Es que yo quiero que sea muy pronto--insistió Luisa.

--No puede ser, tengo mil negocios que arreglar antes, y no podrá ser la boda hasta dentro de un año.

--¿Un año? no, imposible, no me espero.

--Entonces no esperéis, haced lo que os plazca.

--Lo que me place es que sea en este mes, ó de lo contrario me presentaré.

--Presentaos--dijo sonriéndose Mejía--y llevad á la Audiencia esas cenizas, no dejarán de haceros caso.

--¿Conque para eso quisísteis la escritura?

--¿Os figurais que soy un niño, que habia de tenerla en mis manos y habia de dejar que volviera á las vuestras, conociéndoos?

--¿Os figurais, vos, Don Pedro--dijo sonriéndose Luisa, que yo soy acaso una niña, que conociéndoos á mi vez, os hubiera entregado la escritura?

--¿Qué decís?

--Lo que habeis oído, Don Pedro; ese pergamino que os he dado, y que vos tan traidoramente habeis entregado al fuego, no era vuestra promesa de matrimonio.

--¿Qué era, pues?

--Un pergamino cualquiera que traje a prevencion, porque suponia ya esta jugada de parte vuestra.

--Pero eso es una traicion.

--¿Y cómo llamais á la vuestra?

--No, eso no puede ser cierto, el pergamino quemado era mi promesa, y quereis espantarme, porque no os queda ya otro recurso.

--¿No lo creeis? Pues mirad vuestra promesa--dijo Luisa retirándose y mostrando á Don Pedro el documento original, mirad.

--Luisa, habeis cometido una imprudencia enseñándome ese pergamino que necesito quitaros, y que viva ó muerta os tengo de arrancar, porque lo que es hoy, lo he jurado, que no saldreis de aquí con él, y vive Dios que hombre es Don Pedro de Mejía para cumplir lo que una vez ofrece.

--Probad á quitármele--dijo Luisa.

Don Pedro y Don Alonso hicieron intencion de lanzarse sobre Luisa, pero ésta dió un paso atrás y sacó de su seno un puñalito agudo y brillante.

--Si os atreveis á acercaros, sois muertos.

--Luisa, entregad ese documento--dijo Don Alonso--ó nos obligareis á usar de la fuerza.

--¿Creeis que tendré miedo á los asesinos de Don Fernando de Quesada?

--Luisa--dijo Don Pedro.

--Teodoro--gritó Don Alonso.

--Entrad--dijo Luisa al mismo tiempo, dirigiéndose á la puerta.

Don Pedro y Don Alonso retrocedieron espantados, al ver entrar por la puerta de la antesala á tres hombres con puñales.

Luisa á su turno cobró valor y se dirigió sobre ellos.

--Don Pedro--dijo Luisa--ya veis que mal os ha..........

La palabra de Luisa se heló en sus labios. Teodoro mudo y sombrío con los brazos cruzados les contemplaba.

Luisa se quedó enteramente turbada; muerto Don Manuel de la Sosa, Teodoro era el único hombre que la conocia sobre la tierra.

Don Alonso observó el efecto que la presencia de su esclavo obraba en Luísa, y sin meterse á averiguar la causa, quiso aprovecharse de él.

--Teodoro--le dijo--has que salgan esos hombres, y conduce á esta señora allá dentro.

--Señor--contestó Teodoro--no seré yo el que sobre esta dama ponga mi mano, á pesar de que mas que vosotros tenia yo el derecho de hacerlo.

Habia pronunciado Teodoro estas palabras con tanta dignidad, que Don Alonso le miró espantado, sin creer casi que él hubiera sido.

--Es decir--le preguntó--que te revelas contra la voluntad de tu amo.

--Aquí, señor, ya no hay ni amo, ni esclavo, sois un caballero y mi señor; pero yo soy libre por escritura otorgada por mi señora Doña Beatriz de Rivera, ante el escribano Félix de Matoso Salavarría.

--Pero entonces ¿por qué no te has separado de mi servidumbre?

--Esperaba solo lo que he alcanzado á conseguir hoy.

--¿Y qué has conseguido?

--Saber quiénes son los culpables de la muerte de Don Fernando de Quesada, y de la desgracia de mi ama Doña Beatriz.

--¿Con que tú me traicionabas?

--No señor, servia yo á mi bienhechora.

Don Pedro y Don Alonso se miraron entre sí.

--Luisa--dijo Teodoro--podeis retiraros si os parece mejor.

--Señor Don Pedro--esclamó Luisa--mañana enviaré á pediros por escrito vuestra resolucion acerca de nuestro enlace, y vos me dareis por escrito la que os pareciere mejor--y salió seguida de los que le acompañaban.

El lacayo preso en la silla de manos, dejó su lugar á la dama, y no se atrevió ni á reclamar su librea.

Cuando la comitiva llegó á la casa de la Sarmiento, habia una persona de mas. Era Teodoro que habia seguido á Luisa hasta las habitaciones de la bruja.

XII.

De lo que Luisa y Teodoro trataron y de lo que éste hizo después.

La comitiva se detuvo en la puerta de la casa de la bruja. El Ahuizote pagó algo á los que le habian acompañado, y se retiraron llevándose la silla. Luisa y el Ahuizote entraron seguidos de Teodoro, á quien no habian visto hasta aquel momento, porque los habia seguido cautelosamente.

El Ahuizote le miró con estrañeza, pero Luisa le reconoció al punto.

--¿Por qué me seguís, qué pretendeis de mí?--le preguntó.

--Quiero hablar con vos á solas--dijo Teodoro.

--Entrad.

La Sarmiento que esperaba, se retiró al interior de la casa con el Ahuizote para dejar en completa libertad á Luisa y á Teodoro.

--Ya estamos solos--dijo ella--¿qué quereis?

--Quiero que me digais, cuanto habeis alcanzado á saber acerca de la muerte de Don Fernando de Quesada.

--Os lo diré.

--¿Quién le mató?

--El Bachiller Martin de Villavicencio Salazar.

--¡El Bachiller! ¡su amigo, su protegido!--esclamó Teodoro espantado--¡imposible! Martin hubiera dado su vida por el Oidor.

--Así es en efecto; pero ese Bachiller ha muerto á Don Fernando, ciego por los celos, y sin conocerle; habia sido una escena preparada para que diese este resultado.

--¿Podeis referirme todo eso?

--Sí, que puedo, oid.

Y Luisa contó á Teodoro cuanto sabia, y cuanto habia inferido de la muerte del Oidor, por las relaciones de la Sarmiento y del Ahuizote.

El negro la escuchó con profunda atencion hasta que concluyó de hablar.

--¿Conque es decir--preguntó entonces--que vos no creeis que fué culpable ese Bachiller?

--De ninguna manera.

--¿Y vos le conoceis?

--Ayer le he visto aquí, que aquí está oculto, huyendo de la justicia.

--¿Podríais conseguir que hablase conmigo?

--Fácil será, si quereis bajar al subterráneo en donde está oculto.

--Bajaré si me conducís.

--Entonces esperadme.

Luisa dejó un momento solo á Teodoro, habló con la Sarmiento y volvió trayendo la bruja un candil encendido.

--Seguid á esta señora, y os guiará hasta donde podais hablar con el Bachiller.

--¿Es la señora Sarmiento?

--La misma--contestó la bruja.

--Por muchos años--dijo Teodoro, mirándola como si quisiera grabar profundamente en su memoria aquella fisonomía.

Bajaron por el caracol que conocemos, y la vieja se dirigió á la puerta de la bóveda en que estaba Martin.

--Señor Bachiller, señor Bachiller.

--¿Qué se ofrece?--dijo desde adentro Martin.

--Levántese su merced y mire que aquí le traigo una visita, que mucho empeño ha tenido de verle.

Martin se levantó apresurado, y al mirar al negro favorito de Doña Beatriz casi dió un grito.

Teodoro quedó en silencio hasta que la Sarmiento se retiró.

--Teodoro--dijo Martin--¿venis á echarme en cara mi conducta? ¿A matarme, acaso, de órden de vuestra ama?

--No, señor Bachiller, no; yo no tengo ya ama: desde que Doña Beatriz ha tomado el velo, no seria capaz de pretender una venganza: vengo á veros, á consolaros, á sacaros de este sepulcro, en donde estais ya casi desconocido.

Y era verdad: Martin no era ya el joven rubicundo, ni el garboso Bachiller de otros tiempos: la oscuridad, el aire húmedo y mal sano del subterráneo, y sus padecimientos morales, le habian cambiado enteramente.

No habia envejecido, pero estaba pálido, su cabello y su barba habian crecido en desórden, y sus ropas estaban hechas pedazos; el pobre de Martin daba lástima.

A la Sarmiento no le convenia que saliese aún por desvanecer las últimas sospechas, y Martin se secaba en aquel antro de tristeza, de fastidio, de falta de aire, de luz, de libertad.

--Quiero sacaros de aquí--continuó Teodoro--llevaros conmigo para que me ayudeis á perseguir y á castigar á los asesinos de Don Fernando.

--Pero Teodoro, si el asesino soy yo, yo el culpable.

--Vos no, Don Martin, vos no habeis sido, sino el instrumento ciego é inocente de esa maldad: hay una trama infernal que yo revelaré, porque yo lo sé todo.

--Una trama, ¿y cuál?

--Paciencia y prudencia por ahora; solo puedo deciros que ni vuestra María era infiel, ni el Oidor iba á visitarla, ni nada de todo aquello; que fué una comedia preparada para que diese el resultado que dió, y en caso de ser descubierta, vos resultarais el único culpable, y vuestros zelos dieran bastante causa al asesinato y no se buscaran otros motivos que pudieran comprometer á alguien.

--¿Conque María es inocente?

--Inocente, os lo aseguro.

--Cuánto os agradezco esta noticia--decia Martin casi llorando, y abrazando el cuello de Teodoro.

--Ahora, salid de aquí y vámonos.

--¿Pero la justicia?.........

--Nadie ha pensado en atribuiros la muerte de Don Fernando: yo mismo que queria saber con tanto empeño quién le habia dado el golpe, no pude hasta esta noche averiguarlo; con que así nada temais y seguidme.

El Bachiller tomó su capa, su sombrero y el candil que le servia para alumbrarse en su escondite, y echó á andar conduciendo á Teodoro.

Llegaron hasta la trampa que cerraba la bóveda del subterráneo, Martin empujó, estaba cerrada, llamó y nadie contestó; hizo esfuerzos, y la puerta no cedia.

--Nos han encerrado--dijo á Teodoro.

--¿Será casualidad?

Un fuerte olor de azufre que se iba haciendo mas denso á cada momento, comenzó á percibirse en el subterráneo.

--Aquí hay alguna nueva maldad--dijo Teodoro.

--¿Pero contra mí y contra vos? ¿Quién?.........

--Luisa--dijo tranquilamente Teodoro.

--Es verdad, ¿esa muger os ha visto? ¿Sabe que estais aquí?

--Sí.

--Entonces ella ha preparado todo esto, quieren dejaros morir aquí, y á mí con vos tambien.

El humo del azufre era insoportable.

--¿Y este humo?--preguntó Teodoro.

--Es sin duda para apresurar nuestra muerte.

Martin que estaba mas débil, comenzaba ya á sentirse desvanecido, á toser mucho, y apenas alcanzaba respiracion................

* * * * *

--Están ya conversando los dos--decia la Sarmiento á Luisa, despues de haber dejado á Teodoro con Martin en el subterráneo.

--Pues seria bueno que nunca mas salieran de ahí, ninguno de los dos.

--¿Por qué?

--¡Cómo! ¿Olvidais que el Bachiller puede de un dia al otro averiguar lo que aconteció con el Oidor, y tornarse en vuestro enemigo, y haceros él solo mas perjuicio que todos los familiares de la Inquisicion, si es que no le acompañen ellos entonces para perjudicaros tambien?

--Pero eso está largo.

--No tanto, que el negro que sabe tambien graves secretos mios, trae el objeto de hacer causa común con el Bachiller, para perseguir á los que prepararon la muerte de Don Fernando; y ese negro sabe mas cosas de las que vos podeis suponeros: os lo aseguro, y en cuanto hablen los dos dejan todo mas delgado que un pelo, y témome que si vos acabais en la hoguera, yo corro peligro de no salir muy bien librada.

--Entonces ¿para qué me habeis hecho juntarlos?

--Porque juntos es mas fácil saber qué hacemos con los dos.

--Os comprendo, ¿pero qué podemos dos mugeres? ¿Será necesario llamar al Ahuizote?

--No, mirad, ¿tiene llave la entrada del subterráneo?

--Sí, y muy fuerte.

--¿Y tiene otra salida?

--No.

--Pues en primer lugar cerrad la boca del subterráneo.

La Sarmiento cerró con llave la entrada.

--Ya está dijo.

--Bien, ahora como les falta aire y que comer, ellos acabarán sin que tengamos porque apurarnos.

--Pero eso será cosa de tres ó cuatro días, y en ese tiempo necesito yo entrar ahí.

--Podemos precipitar el lance, si gustais.

--¿Cómo?

--¿Hay alguna ventana ó claraboya, que dé para esos subterráneos?

--Sí, hay una, pero muy pequeña.

--No importa, enseñádmela.

La bruja llevó á Luisa á la recámara, y debajo de la cama en que ella dormia levantó una pequeña losa que descubrió un agujero que comunicaba con el subterráneo.

--¿Teneis unas pajuelas de azufre?

--Sí.

--Traedme cuantas tengáis.

La Sarmiento trajo dos ó tres gruesos paquetes de pajuelas de azufre.

Luisa comenzó á dividirlos en azecillos, y luego encendiéndolos en el candil los fué arrojando unos en pos de otros por el agujero, hasta que cayó el último y tapó con la losa: todos ardieron y formaban en el fondo un montoncillo que producia nubes especísimas de humo.

--¡Ah! entiendo--dijo la Sarmiento--como hacemos con las casas enratonadas. ¿Pero mis animales que también están allá abajo?

--Esos ya se murieron--contestó sonriéndose Luisa--pero al fin que dinero sobrará despues para todo, y que mas vale que mueran esas zabandijas que no que vayamos á dar nosotras al Santo Oficio.

En ese momento se escucharon los golpes que daba Martin en la entrada del subterráneo.

--A otra puerta señores--dijo Luisa riéndose--lo que es por esa no saldreis ni con los pies por delante, porque yo supongo, señora Sarmiento, que les daremos honrosa sepultura en las mismas bóvedas.

--Por supuesto.

--Entonces pueden morir en paz.........

El Bachiller se sentia espirar.

--Estamos perdidos--dijo á Teodoro.

--Veremos--contestó el negro, y pasando delante de Martin comenzó á examinar la trampa.

El humo hacia llorar.

Teodoro examinó la fortaleza de la cerradura, y luego con mucha calma bajó al subterráneo y tomó una viga que allí habia y volvió á subir con ella.

Luisa y la Sarmiento no habian contado con la fuerza titánica de Teodoro.

El negro tomó con sus dos manos la vigueta, y balanceándola dos veces para darle impulso, la levantó violentamente para abrir la puerta que estaba sobre su cabeza: á los tres golpes la puerta saltó hecha pedazos, y Martin y Teodoro salieron del subterráneo.

Las dos mugeres los veian espantadas desde un rincon.

Sin decirles nada, sin inclinarles siquiera la cabeza, Teodoro y Martin atravesaron delante de ellas, y salieron á la calles.

XIII.

De como Luisa fué la muger de Don Pedro de Mejía, y de lo que Doña Blanca determinó hacer por esta causa.

El lacayo de Luisa, es decir, el Ahuizote, acudió á buscar la respuesta que debia de dar Don Pedro de Mejía, y recibió un pliego que le llevó inmediatamente.

Luisa abrió la carta y la leyó.

--Estaba yo segura de esto--dijo con desden, y dobló la carta, que nosotros leeremos tambien, y que así decia:

«Luisa, en esta vida de acechanzas no es posible que vivamos, ni vos ni yo: helo pensado bien: hoy mismo correré todas las diligencias y en la semana que entra serás mi esposa. No mas desconfianza. Vuestro hasta la muerte:

PEDRO DE MEJIA.»

¿Qué habia obligado á Don Pedro á tomar esta resolución? Es muy fácil inferirlo. Comprendió que Luisa tenia armas poderosísimas para causar un escándalo y entre ellas era la principal, la promesa de matrimonio estendida á los tres días de la muerte repentina casi de Don Manuel de la Sosa. El mundo que tantos comentarios habia hecho de aquella muerte, no dejaria caritativamente de atribuirla á Don Pedro, sabiendo lo de la promesa, como ya le atribuian también la de Don Fernando de Quesada.

Una vez casado con Luisa, aquella arma desapareceria, y aunque aquel matrimonio era una especie de desafio á muerte entre los dos, sin embargo estaban ya ambos de tal manera empeñados en aquella lucha, que no podian cejar ni retroceder.

Don Pedro había conferenciado largamente con Don Alonso sobre lo que mejor se podria hacer, y Don Alonso apoyó la idea de la boda.

Allí tambien habia en juego otro interes. Don Alonso no desistia de su proyecto de enlazarse con Doña Blanca, y de hacer desaparecer á Mejía para que ella y él, como su marido, quedasen enteramente dueños de la inmensa fortuna de los Mejías.

El matrimonio de Luisa venia en auxilio de su empresa.

Luisa, por la misma razón que Don Alonso deseaba deshacerse de Don Pedro, desearia deshacerse ella de Doña Blanca, y ésta perseguida y hostigada por la muger de su hermano, buscaria un amparo, y entonces era la sazon de ofrecerla su mano.

Luego Luisa tendria por matrimonio un combate eterno con Don Pedro, y si Don Alonso la ayudaba algo, la pérdida de Mejía era indudable.

En los intereses de Don Alonso estaba pues, facilitar la boda de Don Pedro con Luisa, y hacer comprender á aquel que despues del matrimonio, seria muy fácil pretestar un viaje á cualquiera parte, y en ese viaje la muerte podria sorprender á la confiada esposa.

Convenido, pues, todo, no tardó en verificarse el matrimonio, que si no fué secreto, sí se cuidó de que se hiciera lo menos público que fuera posible.

Desde el dia que Luisa recibió la carta que contenia el consentimiento de Don Pedro para la boda, dejó la casa de la Sarmiento y volvió á ocupar su antigua habitacion, en la que habia muerto Don Manuel de la Sosa; avisó á sus amistades que estaba ya de vuelta, y les contó que habia pasado en el campo todo el tiempo de su ausencia, y á donde se habia retirado, para poder, sin testigos, dar rienda suelta á su dolor.

Lo acontecido con Don Cárlos de Arellano era tan secreto, que si ella ó él no lo descubrian, nadie mas podia hacerlo, y era seguro que ninguno de los dos cometeria esta indiscrecion.

Era ya la víspera del dia en que Don Pedro debia tomar estado, y á pesar de que Doña Blanca permanecia encerrada, creyó necesario darle noticia del casamiento por instigaciones de Don Alonso, y para evitarse una escena desagradable, el mismo Don Alonso se comprometió á llevar la noticia á Doña Blanca.

La jóven bordaba una palia, sentada enfrente de una alta ventana que daba á los patios interiores; estaba pálida y consumida, sus ojos indicaban que continuamente lloraba.

Oyó el ruido de la puerta, volvió la vista y reconoció á Don Alonso.

--Doña Blanca--dijo él--¿si me dais vuestro permiso?

--Pasad, Sr. Don Alonso, que sereis bien recibido.

--Gracias, y perdonadme que á interrumpiros me atreva en vuestras ocupaciones.

--No tengo que perdonaros, que muy al contrario, la presencia de alguna persona en este aposento me es muy grata: siempre estoy tan solitaria.

--En efecto, Doña Blanca, vuestra vida debe ser muy triste, que jamás poneis un pié en la calle, ni os visita persona alguna; no comprendo cómo Don Pedro puede llegar con vos á tanto rigor.

--Oh, no creais que mi hermano sea el que me tiene en esta reclusion; no, por el contrario, él siempre procurando que yo salga, que visite, que me distraiga.

Doña Blanca mentia por salvar la reputacion de Don Pedro, pero sentia que su garganta se anudaba y que el llanto iba quizá á venderla.

--No, Doña Blanca, no me engañeis, yo estoy en los secretos de vuestra familia, y sé cuán desgraciada sois, y cuán digna de mejor suerte.

Blanca se puso á llorar.

--Vuestra situacion es ahora muy triste, pero la verdad es que me temo mucho que en lo de adelante se ponga peor.

--Peor, ¿y por qué?

--Porque Don Pedro vá á casarse, y me encarga que os lo anuncie.

--¡Vá á casarse! ¿y con quién?

--Con una muger cualquiera, con una mulata, con una aventurera, sin reputacion y sin ninguna clase de virtudes, hermosa y pecadora como una Magdalena antes de arrepentirse.

--¡Jesus! ¿pero cómo mi hermano?.........

--Eso seria muy largo de contaros, pero lo que sí os diré que la entrada de esa dama en esta casa, será la señal de una nueva vida de disipacion y de escándalos, que os vereis obligada á seguir, ó que sereis la víctima de la esposa de Don Pedro.

--¡Ave María Purísima! ¿tan mala es esa señora?

--Tan mala, que su primer marido ha muerto envenenado por su mano, y que durante la vida de ese desgraciado, ella mantenia ilícitas relaciones públicamente con varios caballeros de esta ciudad.

--¿Pero mi hermano ignorará todo esto?

--Lo sabe, Doña Blanca, lo sabe todo, y á pesar de esto, ni él mismo es capaz de impedir que este enlace se lleve á efecto.

--Sea por el amor de Dios.

--Pero vos, Doña Blanca, ¿cómo vais á vivir así, en medio de este infierno?

--¿Y qué quereis que yo haga?

--¿Cómo? separaros de aquí.

--¿Pero á dónde y cómo me iré?

--Casaos.

Doña Blanca se sonrió tristemente.

--Sois hermosa, noble, discreta--continuó Don Alonso con exaltacion creciente--sois rica, no puede faltaros un hombre que os ame, que se interese por vuestra suerte, que sea digno de vos, que os haga tan feliz como mereceis.........

--Don Alonso, yo no puedo ya ser feliz sobre la tierra.

--¿Por qué no? Señora, pensad en el matrimonio.

--Pensaré, os lo prometo; pero hacedme la gracia de decir á mi hermano D. Pedro, que deseo hablar á solas con él.

--Por Dios, que no vayais á decirle nada de cuanto os tengo dicho.

--No temais, haced cuenta, Don Alonso, que lo habeis dicho en un sepulcro.