Monja y casada, vírgen y mártir

Part 15

Chapter 153,866 wordsPublic domain

Garatuza se hizo un poco atrás y sacó su daga para lanzarse sobre el Ahuizote; pero en el momento de alzar el brazo sintió que se lo tomaban como entre dos tenazas de hierro, volvió el rostro, y era el sordo-mudo Anselmo que durante la disputa habia venido acercándose á una señal de la Sarmiento.

El Ahuizote le tomó los pies y la bruja la cabeza, y en un instante el Bachiller quedó completamente sujeto y con una mordaza.

--Bachiller--le dijo la Sarmiento--tenemos que mirar por nosotros mismos, estais loco, os perdeis y nos vais á perder á todos; ya os entrará la calma y entonces agradecereis todo esto que por vos hacemos--y luego agregó dirigiéndose al Ahuizote y haciendo una seña al sordo--Al subterráneo.

Anselmo y el Ahuizote se acercaron al Bachiller y le tomaron entre los dos, la vieja con un farol guiaba y descendieron así la escalera del subterráneo, solo que esta vez, no siguieron de frente como habia visto siempre Martin, sino que tomaron á la izquierda, y la bruja abrió una puerta sumamente gruesa y pesada, y penetró á otra bóveda en la que habia algunas camas y jergones en desorden.

La Sarmiento puso en el suelo la luz, arregló uno de aquellos lechos, y allí colocaron á Martin sus conductores.

La bruja le quitó la mordaza que lo fatigaba, dejó la luz en el suelo y salió seguida del Ahuizote.

El sordo-mudo se sentó sobre un cajon al lado de Martin y á poco comenzó á dormitar.........

El Bachiller á pesar de sus ligaduras y de su desesperacion, llegó á dormirse, y durmió mucho, pero á él le pareció un instante, porque al abrir los ojos el mismo candil ardia puesto en el suelo y Anselmo dormitaba en el mismo lugar, y sin embargo, habian pasado seis horas.

Martin estaba completamente calmado y comprendió que le habia ido mejor con la agarrotada que le habian dado la bruja y el Ahuizote, que si se hubiera ido á denunciar voluntariamente, y casi, casi, comenzó á agradecérselos. Pero ya se sentia muy incómodo y deseaba que llegara la Sarmiento.

Como aunque hubiera gritado mucho no habria logrado hacerse oir de Anselmo, determinó esperar con paciencia hasta que él le viese, para poder hacerle aunque fuese con la cabeza una seña.

Anselmo no se hizo esperar, volvió la vista, miró que Martin se movia, y se levantó inmediatamente y salió.

El Bachiller quedó pensando qué iria á hacer el mudo.

A poco la puerta volvió á abrirse y se presentó la Sarmiento.

--Buenos dias, señor Bachiller--le dijo--¿qué tal os sentís?

--Bien, pero me incomodan mucho, me lastiman estas ligaduras.

--Os libraré de ellas si estáis ya mas calmado y no pensais en la locura de iros á denunciar.

--De ninguna manera, que con un corto rato que he dormido, estoy completamente variado.

--¡Eh, si habeis roncado como seis horas! ¿y llamáis á eso corto rato?--esclamó la vieja comenzando á desatar á Martin.

--Seis horas--decia Martin, estendiendo los brazos con deleite, ¿pues qué horas serán?

--Son como las siete de la mañana.

--¿Y tan oscuro?

--¿Olvidais que este es un subterráneo?

--Es cierto, y ¿podré salir de aquí?

--No, no me pareceria prudente hasta no saber lo que se dice en la ciudad respecto á lo pasado anoche, y entonces ya podreis libremente pasearos si la razón es buena, y largaros si es mala.

--Me parece muy bien, ¿sabeis que tengo hambre?

--Anselmo os traerá pronto el desayuno.

--Pero no vayais á mezclarle algunos de vuestros infernales menjurges.

--Si yo tuviera malas intenciones contra vos, ¿quién me impedia haberos _despachado_ anoche, que os tenia entre mis manos como un corderito, y que nadie os habia visto entrar? no seais desconfiado, ni insulteis de esa manera á los buenos amigos.

Martin se desayunó con grande apetito.

En la tarde llegó el Ahuizote, contando la prision de la criada de María, sin decir nada de esta, y refiriendo las activas pesquisas de la justicia, y se acordó entre los tres que Martin seguiria escondido hasta ver el resultado que tenian aquellas indagaciones.

Así se pasaron muchos días, sin atreverse el Bachiller á salir á la calle, y viviendo en la casa de la Sarmiento.

Una madrugada oyó la bruja golpes repetidos en la puerta, y el corazón le dió como ella decía, una vuelta; levantóse precipitadamente, y acudió á abrir.

--Buenos dias--dijo entrándose bruscamente un joven, casi un niño, hermoso y elegantemente vestido.

--Dios os guarde, niño--contestó la bruja prendada de la gallardía y belleza del mancebo, que sin ceremonia tomaba asiento en uno de los sitiales.

--Señora Sarmiento--dijo el adolescente, bajándose el embozo y acercando á su rostro el candil encendido que tenia la bruja.

--Solo para serviros--dijo mas y mas admirada la Sarmiento.

--Miradme bien: ¿qué me advertís?

--Mas os miro, y no os conozco, y solo veo--dijo con cierta salamería la bruja--un niño como un ángel.

--Poned mas cuidado--¿qué notais?

--¡Ah! ¡las orejas agujeradas!

--¿Entónces?

--¡Una dama!

El muchacho hizo una señal afirmativa con la cabeza. La bruja reflexionó, mirándole con suma atencion, como si quisiera tener un recuerdo de aquella fisonomía á fuerza de mirarla.

--¡Ah!--volvió á esclamar.

--¿Qué?

--Ya caigo--dijo acercándose y hablando muy bajo--La señora Doña Luisa.

--La misma--dijo Luisa.

--¿Pero á esta hora? ¿en ese traje?

--Las circunstancias lo exigian así, por ahora, necesito en primer lugar que me deis posada esta noche y mañana durante todo el dia.

--Pero si.........

--No hay disculpa, que siempre te he pagado muy bien: en segundo lugar, que para mañana en la noche me tengas preparadas saya y tocas negras de viuda, y en tercer lugar, que mañana en la noche esté aquí el Ahuizote: ¿lo entiendes?

--Sí, Doña Luisa.

--Pagaré como de costumbre; comenzaremos por lo primero: ¿á dónde me acuesto, que estoy sumamente cansada?

--Pues si os place, en mi mismo aposento, y en la cama que era de María.

--¿Qué le sucedió á esa muchacha?

--Se huyó de aquí sin saberse con quién.

--Muy bien hizo.

--La trataba yo como cuerpo de rey.

--Pero no querria estar en casa, á donde tan de continuo visita el diablo; vamos, despachad.

La bruja condujo á Luisa á su aposento y le mostró la cama que habia sido de María.

Luisa se tendió en ella sin desnudarse, y poco después su respiración dulce y tranquila indicaba que dormia.

Durante todo el dia siguiente el Bachiller, advertido por la Sarmiento, no salió de su escondite.

Luisa llamó en la tarde á la bruja.

--Señora Sarmiento--la dijo--quisiera contar contigo para un negocio que traigo entre manos.

--Decidme cuál.

--Soy viuda como tú sabes.

--Y demasiado.

--Bien, no te pregunto mas; quiero casarme por segunda vez, y he elegido á Don Pedro de Mejía para mi esposo.

--Soberbio casamiento, ¿pero él querrá?

--Le obligarémos, pero fuerza es que tú me ayudes, y que por supuesto cuentes con una magnífica recompensa.

--Haré de mi parte cuanto pueda.

Oyeme, tengo en mi poder una promesa formal de matrimonio, firmada por Don Pedro.

--Oh, entonces sobra.

--No sobra, porque tengo que combatir con que Don Pedro está enamorado de Doña Beatriz de Rivera, y que tal vez quiera meter pleito para anular esa obligación y como es hombre tan rico, ¿quién sabe?

--Desechad esos temores porque Doña Beatriz de Rivera se ha metido á monja desde la muerte del Oidor Don Fernando de Quesada.

--¡Muerto el Oidor! ¡Monja Beatriz!

--Estráñame que no sepais nada, cuando tanto ruido han hecho esos acontecimientos en la ciudad.

--Desde la muerte de Sosa no he salido para nada de una quinta, cerca de aquí.

--Entonces ignorareis también que Don Cesar de Villaclara, para quien me pedisteis un elíxir, ha sido desterrado á Filipinas por haber dado una terrible estocada á Don Alonso de Rivera.

--También lo ignoraba--dijo Luisa--sintiendo calmarse sus zelos por Doña Blanca con la ausencia de Villaclara.

--Pues todo eso ha pasado, de manera que ya Doña Beatriz no es obstáculo para vos en cuanto á que Don Pedro intente un pleito; no lo hará si le amenazais con revelar la parte que tuvo en preparar el asesinato del Oidor Quesada.

--¿Y qué parte fue esa?

--Os lo voy á referir para que os sirva de una arma, segura yo de que nunca de esto hablareis á la justicia, por la parte que en ello me pudiera tocar, y porque una vez presa yo por vuestra causa, me veria en la necesidad de dar mi declaracion en todo lo relativo á la muerte de vuestro marido Don Manuel de la Sosa.

--No temas, y háblame con franqueza.

La bruja entonces refirió á Luisa todo lo relativo á la muerte del Oidor, sin ocultarle ni aun lo que el lector no sabe, que al otro dia de la muerte de Don Fernando recibió una fuerte suma.

X.

En que se verá cuán cierto es aquello de que “nunca la prudencia es miedo.”

Doña Blanca de Mejía vivia verdaderamente en un duro cautiverio, y sin embargo su persona era objeto de profundas cavilaciones, por parte de su hermano Don Pedro para obligarla á tomar el velo; por parte de Don Alonso para obtener su amor y su mano, y en el fondo, ni el uno la aborrecia de corazon, ni el otro la amaba; el interes movia tan solo á aquellos dos hombres. Blanca sufria resignada como un ángel todas aquellas persecuciones sin quejarse siquiera porque la única persona á quien podia abrir su corazon era su madrina Doña Beatriz, y ésta habia entrado al convento.

Doña Blanca se consumia sola con su infortunio, como se marchita con los rayos del sol una flor en una playa arenosa.

Don Pedro solo contra ella se ensañaba, porque era el único obstáculo que encontraba á su paso; pero para Don Alonso el obstáculo principal era Don Pedro, y aunque mintiéndole amistad no pensaba sino en hacerle desaparecer para dirijirse con mas franqueza á Doña Blanca.

La noche siguiente á los acontecimientos que referimos en el capítulo anterior, á las ocho y media Don Alonso llegaba á la casa de Don Pedro, seguido de Teodoro que llevaba un farol para alumbrar el camino á su señor.

Doña Beatriz antes de profesar dió á Teodoro carta de libertad pero el negro juró á su señora averiguar todo lo relativo á la muerte del Oidor, y con su natural sagacidad comprendió que aquel golpe habia salido de Don Pedro y Don Alonso, y conoció tambien que ganando la confianza de su amo muy pronto se haria dueño de aquel secreto: en su interior habia jurado vengar á Doña Beatriz y á Don Fernando, y Teodoro era hombre que sabia cumplir sus juramentos.

Don Alonso entró á los aposentos de Don Pedro, y Teodoro apagó su farol y se sentó en el corredor en la puerta de la antesala, no tenia ni con quién platicar, porque como era de noche no habia allí mas visita que Don Alonso, no habia tampoco ni lacayos ni esclavos esperando con faroles á sus amos.

Comenzaba ya á dormirse cuando oyó pasos por la escalera y apareció una dama encubierta con un escudero por detrás.

Aquella debia ser alguna aventurera.

Al llegar cerca de Teodoro, que procuraba ocultar su rostro y que se fingió dormido, la dama dijo á su rodrigón.

--Debe de estar aquí álguien de visita, porque miro un esclavo aguardando con un farol.

Teodoro sintió helarse su sangre, aquella voz era demasiado conocida para él, era Luisa; ¿Luisa en la casa de Don Pedro de Mejía?

--Si quereis que pregunte á este esclavo--contestó el Ahuizote, que era el que acompañaba á Luisa.

--Es inútil, me haré anunciar, y hablaré á solas con Don Pedro de Mejía.

Luisa entró, y el Ahuizote comenzó á pasearse por el corredor mirando las plantas y los tibores de china, y el reverbero formado de pedacitos de vidrio con mechero de aceite, que alumbraba la escalera, hasta que cansado se sentó.

Teodoro se sentia devorado por la curiosidad; cualquiera cosa hubiera dado por saber á qué venia Luisa, pero le era imposible.

Esperaba ver salir muy pronto á Don Alonso, pero no fué así; ni Luisa ni Don Alonso salian, era una conferencia sin duda muy larga.

Nosotros mas felices que Teodoro vamos á ver lo que pasaba en el interior de la casa de Don Pedro.

Luisa se dirigió á un lacayo y le dijo.

--Hacedme la gracia de decir á vuestro amo, que una dama desea hablarle á solas.

El lacayo pensó prudente pasar inmediatamente el recado.

--¡Una dama!--dijo Don Pedro admirado.

--Sí señor--contestó el lacayo--cubierta y enlutada.

--Me retiro para dejaros en la mas completa libertad--dijo Don Alonso.

--Oh, de ninguna manera, que otra sala hay donde pueda hablar yo con esa señora, y como me figuro que no será asunto muy largo....

--Entonces os esperaré.

--Que pase esa dama--dijo Don Pedro al lacayo--á la sala encarnada.

El lacayo hizo una reverencia, salió y condujo á Luisa á una sala cuyos muebles estaban tapizados de damasco de seda encarnada.

Luisa quedó allí sola, pero á pocos momentos se presentó Don Pedro.

Luisa inclinó graciosamente la cabeza, levantándose un poco del sitial para saludar á Don Pedro.

--Señora--le dijo galantemente Mejía porque el talle de aquella muger y sus manos eran hechiceras, y al través del tupido punto de su velo se adivinaba el brillo de sus ojos--permitidme que antes de preguntaros en qué tendré la dicha de seros útil, me felicite por la fortuna de veer en esta casa, dama que debe ser tan principal como bella.

--Don Pedro--dijo Luisa levantándose el velo--¿me conoceis?

--¡Luisa!--esclamó Mejía sorprendido.

--Sí, Luisa, á quien sin duda habiais olvidado ya.

--¿Olvidado? no, pero vuestra desaparicion.

--Segura ya de vuestro amor, quise huir de la imprudente solicitud de tantos que llamándose amigos, no van á la casa de una viuda jóven y hermosa, sino con la esperanza de tener parte en la herencia del difunto.

--Bien, ¿pero sin avisarme? sin decirme siquiera adios?

--Para hacer una accion que es buena no es preciso avisar; deciros adios, ¿y para qué, cuando tan poca pena tomásteis por mi ausencia? si hubiérais querido, pronto me hubiérais encontrado.

--¿Pero en qué puedo ahora seros útil--dijo Mejía queriendo cortar aquella conversacion, y saber definitivamente cuáles eran las intenciones de Luisa?

--Vengo nada mas á preguntaros, ¿para cuándo habeis fijado el dia de nuestra boda?

--¿De nuestra boda?--preguntó Mejía haciendo un gesto de disgusto--¿aun insistís en eso?

--¿Que si aun insisto? pues qué olvidais que tengo una formal promesa vuestra?

--¿Y si yo me resistiera á llevarla á efecto?

--No creo que lo hiciérais.

--Por qué, ¿no estoy en mi derecho?

--En ese caso yo me presentaria pidiendo justicia, y os obligarian á casaros.

--O no, que mi obligacion no puede subsistir cuando habeis desaparecido por tanto tiempo, sin saber yo á dónde habeis ido.

--Probaria yo que he estado en un convento.

--Bien, veremos quién obtiene la palma; os advierto, señora, que haré uso de todo mi influjo.

--Admito el desafio, y os advierto á mi vez tambien, que será entonces necesario que la Audiencia y el Santo Oficio sepan vuestras relaciones con la bruja Sarmiento, y vuestro participio en el negocio de la muerte de Don Fernando de Quesada.

--¿Qué decís?--esclamó espantado Mejía.

--Nada, os indicaba lo que pudiera descubrirse en el caso de que tengamos que llegar hasta la justicia.

--¿Pero vos cómo sabeis?

--Yo sé mas de lo que podeis vos suponeros, y lo probaré.

--¡Luisa!

--Me retiro--dijo Luisa levantándose de su asiento.

--Esperad, esperad un momento, hablaremos.

--Decid, que es ya tarde.

--¿No habria una manera de que quedásemos en paz?

--Sí la hay, y muy fácil.

--¿Y cuál es? decidla.

--Casaos conmigo.

--¡Pero Luisa!

--No retrocedo.

--¿Habeis traido el documento que os otorgué?

--No, pero si quereis volver á verle convendreis en que no os deja arbitrio, está puesto por un escribano.

--¿Quereis que aplacemos para mañana la conversacion?

--Sí.

--Pero no en esta casa.

--¿Pues en dónde?

--En la calle de la Celada, en la casa de Don Alonso de Rivera á las ocho de la noche, ¿ó preferís que yo vaya á veros?

--No, iré á la casa de Don Alonso.

--¿Y llevareis el documento?

--Le llevaré.

--Estamos conformes.

--Adios--dijo Luisa levantándose y tendiendo la mano á Don Pedro--adios, esposo mio.

--Todavía no, todavía no--contestó Don Pedro con galantería, besando la mano de Luisa.

--Pero ya casi es seguro, hasta mañana.

Luisa se envolvió con su velo, y acompañada de Don Pedro atravesó en silencio, pero magestuosa como una deidad, aquellas antesalas hasta llegar á la escalera. Don Pedro le dió la mano para bajar y la dejó hasta la puerta de la calle. Habia en él mas amabilidad que la que era de esperarse.

Luisa salió á la calle seguida del Ahuizote, y Don Pedro volvió á subir en busca de Don Alonso.

Teodoro observaba todo sin moverse.

--Don Pedro--dijo Rivera, al verle entrar.--Estais demudado.

--¡Ay amigo mio! es que puedo deciros que casi he visto al diablo.

--¿Cómo?

--Luisa acaba de llegar á reclamarme el cumplimiento de mi promesa de matrimonio.

--¿Supongo que os habreis negado redondamente?

--No, porque esa muger es un enemigo terrible, y tiene armas poderosas.

--¿Y habeis cejado por temor?

--No Don Alonso, por prudencia. Oíd lo que ha pasado con ella.........

* * * * *

--Por mi fé que la cosa está mas séria de lo que yo creia, dijo Don Alonso despues de escuchar la relacion de Don Pedro--y lo peor del caso es, que segun se ve, esa muger sabe cuanto ha pasado y nos puede envolver á los dos en la misma ruina.

--Así es en efecto--dijo Don Pedro--por eso es que ahora mas que nunca debemos disponernos á combatirla.

--Quizá no haya, mas medio que condescender con ella, y despues mirar como nos libramos de su presencia.

--Eso será para el último caso, mientras probaremos á vencerla, mañana la he citado para vuestra, casa y me ha prometido llevar el documento: si pudiéramos disponer las cosas de manera que nos apoderásemos de su persona, le quitariamos ese documento y luego.........

--Pero, ¿suponeis que ella no sospecha ya que se trata de tenderle una celada?

--No, nada sospecha, os lo aseguro.

--Entonces prepararé las cosas de manera que si hubiese necesidad del rigor.........

--Eso es, eso es.........

--¿A qué hora es la cita?

--A las ocho de la noche.

--Os esperaré.

* * * * *

* * * * *

Luisa seguida siempre del Ahuizote llegó á la casa de la bruja.

--¿Qué tal?--dijo la Sarmiento al verles entrar.

--Así, así--contestó con indiferencia Luisa--me ha citado Don Pedro para mañana en la noche, y espero que allí se arreglará todo.

--¿Para dónde os citó?

--Para la calle de la Celada, á las ocho, y me encargó que no deje de llevar el documento.

--¿Y cumplireis?

--Cumpliré, aunque la cita en la calle de la Celada tiene traza de ser una verdadera celada, pero tomaré mis precauciones.

--Y hareis perfectamente.

--Sí, que en todo caso no es miedo la prudencia, y nunca cuando se trata con personas de esta clase.--Ahuizote te espero mañana á las oraciones, y cuida de buscar tres ó cuatro compañeros de confianza, y bien armados que vengan también contigo: puedes retirarte.

El Ahuizote saludó y se retiró.

--Ahora nosotras á descansar--dijo Luisa.

--A descansar--replicó la Sarmiento--que mañana será otro dia.

XI.

Como en donde menos se piensa.....

Don Pedro y Don Alonso esperaban con impaciencia la hora de la cita con Luisa, en la casa de la calle de la Celada.

Todo estaba dispuesto por ellos de la manera mas á propósito para apoderarse de aquella muger, si la ocasion se presentaba favorable para hacerla desaparecer.

Don Alonso no queria tener mas auxiliar en la empresa que á Teodoro, á quien no conocia sino por su lealtad con Doña Beatriz, y su discrecion.

Teodoro tenia ya en toda forma su carta de libertad, otorgada por Doña Beatriz; pero ni habia querido mostrarla, ni hacer uso de ella, como hemos visto, con el solo objeto de seguir la pista á los que habian causado la muerte del Oidor, y la desgracia de Doña Beatriz.

Sonaron las ocho de la noche en un inmenso reloj que habia en la sala en que Don Pedro y Don Alonso esperaban, y los dos dirijieron instintivamente la vista á la puerta por donde debia aparecer Luisa.

Teodoro habia recibido órden de ocultarse en el alféizar de una ventana, cubierto por el cortinaje, y de no aparecer hasta que fuese llamado.

Era llegado el momento, y una silla de manos penetró en la casa de Don Alonso conducida por dos robustos mocetones, y escoltada por otros dos que llevaban luces para alumbrar el camino.

Los hombres con la silla llegaron hasta la antesala, y allí la colocaron cuidadosamente en el suelo: uno de los escuderos, que era el Ahuizote, abrió la portezuela y Luisa enlutada como en el dia anterior salió de la silla.

Un lacayo esperaba ya en la antesala para anunciar á su amo la esperada visita: el lacayo era un hombre de toda confianza para Don Alonso, que habia tenido cuidado de alejar á todos los demas criados, para que nada advirtiesen de lo que allí podia tener lugar.

--Anunciad á unos señores, que deben estar adentro--dijo Luisa al lacayo--que aquí está la dama á quien aguardan.

El lacayo hizo una reverencia y entró.

--Es un hombre solo--dijo Luisa precipitadamente al Ahuizote--nadie mas hay por aquí.

--Todo va bien, saldrá como lo habeis dispuesto.

El lacayo volvió.

--Señora--dijo á Luisa--podeis pasar--y abriendo la puerta se inclinó respetuosamente, dejando pasar á la dama.

--Decid á mis criados que se retiren al pié de la escalera, á esperar que se les llame--dijo Luisa al entrar; pero de manera que esta órden fuese escuchada por los que estaban esperándola, y por los que la habian traido y estaban en la antesala.

--Muy bien señora--contestó el lacayo cerrando la puerta por donde habia entrado Luisa.

El hombre se volvia á dar á los conductores la órden de la señora, cuando repentinamente todos ellos, sacando los puñales que traian ocultos, se lanzaron sobre él y le rodearon.

--Si das un solo grito, eres muerto--dijo el Ahuizote.

--Pero, señores--contestó el lacayo temblando.

--Nada te haremos--agregó el Ahuizote--pero obedece, y en primer lugar desnúdate de la librea; pero inmediatamente.

El lacayo sin replicar se desnudó.

--Ahora entra en esta silla.

El hombre obedeció, y la silla fué colocada en un rincon.

--Si haces el menor ruido mueres en el acto--dijo el Ahuizote--ahora tú vístete esta librea--agregó dirijiéndose á uno de los que lo acompañaban.--Con ella podrás esplorar sin temor de que por el traje vayas á infundir sospechas.

Aquel otro hombre se vistió la librea, y en un momento quedó trasformado.

--Ahora mira en los cuartos de aquí cerca si hay álguien.

El hombre salió con precaucion y volvió diciendo:

--Nadie.

--Bueno--dijo el Ahuizote--á cualquiera que venga, tú lo despedirás como lacayo del señor Don Alonso: ahora á nuestros puestos.

Y todos se agruparon en la puerta á escuchar lo que pasaba adentro.

--¿Habeis traido con vos la escritura? decia dulcemente Don Pedro.

--Sí que la traje; pero antes prudente seria que hablásemos--contestó Luisa--que al fin solos podemos considerarnos, porque Don Alonso está tan interesado como vos en el asunto.

--¿Por qué decís eso? preguntó Don Alonso.

--Para esplicarlo, ¿me permitireis contaros una historia, que será corta pero interesante?

--Hablad, señora--dijo Don Alonso--que en todas partes la belleza y el talento tienen derecho mas de mandar que de pedir.

--Verdaderamente sois muy galan, pero escuchadme.

--Habia en una ciudad una hechicera que se llamaba, como vos querais llamarla, supongamos la Sarmiento, y me ocurre este nombre porque he oido mentar mucho en México á una que lleva este nombre: ¿vosotros la conoceis?

--No, no--dijo mostrando indeferencia Don Alonso.

Don Pedro no se atrevió á contestar.