Monja y casada, vírgen y mártir
Part 14
--Pues desde mañana haremos comenzar las pesquisas.
El coche habia llegado á la casa de Don Alonso, y los dos se apearon, y subiendo pausadamente las escaleras, entraron á las habitaciones, tristes y sombrías, desde que faltaba de allí Doña Beatriz.
Amaneció el 1º de Marzo de 1616, y el mismo numeroso y lucido concurso que el dia anterior, invadió las naves del templo de Jesus María.
El Arzobispo Don Juan Perez de la Cerna llamó á las fundadoras del nuevo convento, y para hacer su traslacion rompió sus antiguos votos de clausura en Jesus María.
Era un espectáculo curioso y tierno, ver la salida de aquellas dos religiosas, que habian vivido tantos años bajo el techo de aquel santo asilo y al lado de sus hermanas, dejar todo eso para siempre, y arrojarse á la nueva empresa con toda la fé de los apóstoles.
Todos los ojos brillaban con el llanto y todos los corazones latian de emocion.
Sor Inés de la Cruz y Sor Encarnacion, vestidas ya con el modesto sayal de las carmelitas, fueron rodeadas por aquella deslumbradora concurrencia, y salieron á montar en las carrozas con sus madrinas, las hijas de la vireina, como arrebatadas en una nube de oro y de seda, de tisú y de plumas, de joyas y de flores.
Era la humildad y la pobreza, llegando al cielo entre un coro de arcángeles.
Sor Inés rezaba, y sin embargo al pasar por frente á Doña Beatriz se detuvo.
--Doña Beatriz--dijo con su acento inspirado--vos habeis sido el medio que su Divina Majestad eligió para llevar adelante sus misteriosos fines; pero Dios ha querido heriros con la tribulacion y el dolor, para que encontreis el consuelo en donde mismo lo habeis sembrado vos: el Señor os ha visitado.
Doña Beatriz se inclinó y lloró.
La comitiva siguió adelante, y todos subieron en las carrozas, que siguiendo la del palacio, llegaron á la iglesia Catedral.
No era entonces la Catedral la misma que hoy es: aquella, comenzada á formar en tiempo de Hernan Cortés, no contentó con toda su magnificencia el alma grande del sombrío Felipe II, y queriendo para la primera ciudad de Nueva España un templo digno de la opulencia de la colonia y del poder de la metrópoli, despachó cédula á la real Audiencia y al virey Don Luis de Velasco I, para que se construyese la Catedral que hoy existe.
Entonces, es decir, en los dias á que se refiere nuestra historia, las sagradas ceremonias tenian lugar en el antiguo templo que estaba cerca del moderno, y que fué derribado para que su recinto sirviera de atrio.
Las fundadoras del convento de Santa Teresa llegaron á la Catedral, conducidas por una inmensa muchedumbre, y allí el Arzobispo vestido de pontifical, celebró el sacrificio de la misa.
Tratóse luego de la advocacion que debia darse al nuevo convento, y en una soberbia urna de plata ricamente cincelada, se depositaron cédulas con los nombres que debian entrar en este sorteo de devocion.
Un niño bello y rubio como un ángel, llevado de la mano por el Arzobispo, sacó una de las cédulas--«Señor San José»--dijo el prelado leyéndola, y volvió á introducirla adentro.
Dos capellanes de coro movieron violentamente el ánfora, y por dos veces se repitió la operacion y por dos veces resultó Señor San José.
Decididamente la suerte se habia puesto de acuerdo con el esposo de María, ó la suerte en ese dia trabajaba de órden suprema.
Entonces las fundadoras acompañadas de toda la concurrencia, y cubiertas con sus grandes velos negros, se dirigieron en solemne procesion á su nuevo convento, cuya iglesia estaba en la misma manzana que hoy, pero en la esquina que mira para la calle del Hospicio de San Nicolás.
La vireina, sus hijas y Doña Beatriz, entraron á los claustros con las fundadoras, y allí el Arzobispo mandó á Sor Inés y á Sor Encarnacion que levantaran sus velos para dar gracias á la vireina y su familia por haberlas acompañado.
La vireina se despidió, y se preparaba ya á salir, cuando repentinamente Doña Beatriz se arrojó llorando á sus piés.
--¿Qué es esto Doña Beatriz?--preguntó Doña María de Riederes--¿qué repentino mal os acomete?
--Señora, no me alzaré de aquí hasta no conseguir el permiso y la proteccion de V. E. para tomar el hábito de novicia en este convento.
--Bien, Doña Beatriz, pero eso no es cosa de resolverse de repente, pensad, meditadlo, no os precipiteis.
--No señora, por Dios y por sus santos, por la vida de su Excelencia el señor virey, no me negueis esta gracia en que vais á darme mas que la vida, la salvacion de mi alma y la calma de mis últimos años.
--Pero Doña Beatriz, reflexionad.
--Nada puedo reflexionar ya que no haya pensado desde antes--decia Beatriz abrazando las rodillas de Doña María y besando sus manos--no, no me arranqueis ya, señora, de esta santa morada, á la que Dios me destina y á la que hace tiempo me siento llamada.
--Doña Beatriz--dijo solemnemente la vireina--considerad que el dolor de la muerte de Don Fernando os ciega hasta haceros confundir la vocacion con la desesperacion.
--Señora, si no encuentro amparo ni consuelo sino en el claustro y con Dios, ¿por qué me lo quereis cerrar, señora, sin tener compasion de mí?
--Dentro de pocos años el tiempo habrá curado el dolor, y quizá os arrepentireis de vuestra imprudente profesion.
--Dentro de pocos años el sepulcro se habrá cerrado sobre mí, y partir quiero de la vida muriendo esposa de Cristo.
--Señora, dijo el Arzobispo terciando en el diálogo--permítame Vuesencia que le diga, que seria ya cargo de conciencia impedir mas á esta dama que se consagre á Dios.
--Sea como querais.
Doña Beatriz, radiante de gozo besó las manos de la vireina y del Arzobispo, y se arrojó llorando en los brazos de las hijas del virey.
Como si ya todo estuviera preparado, trajeron en el momento un hábito de novicia que el Arzobispo vistió á Doña Beatriz.
Sor Inés de la Cruz estaba encantada con la milagrosa vocacion de la primera novicia de su convento.
El virey y su familia salieron tristemente del templo, y en la ciudad corrió inmediatamente la nueva de que habia tomado el velo como la primera novicia del convento de Santa Teresa, la hermosa dama Doña Beatriz de Rivera, bajo la advocacion de Sor Beatriz de Santiago.
VIII.
En donde se prueba que tanto valian los polvos de una bruja, como el chupamirto de un nahual.
Don Cárlos de Arellano habia llevádose á Luisa á su casa de Xochimilco, que se conocia allí con el nombre de la Estrella.
Al salir ya de la capital Arellano quitó á Luisa el pañuelo que le impedia hablar, y las ligaduras de las manos y de los piés, pero durante el tiempo que habia durado aquel forzado silencio, Luisa había tenido tiempo de reflexionar maduramente su situacion.
Estaba á merced de Don Cárlos y por fuerza nada conseguiria; la palabra empeñada por Mejía para hacerla su esposa, le habia sido arrancada mas bien por compromiso, que admitida por un ofrecimiento espontáneo, y él quizá se alegraria de la desaparicion de una muger con quien le ligaba ese vínculo.
Por parte, pues, de Don Pedro, no podia tener esperanza tampoco de auxilio, era preciso usar de la astucia, fingirse mas que resignada, contenta con su nueva posesion, y ganar la confianza de Arellano para huir el dia menos esperado y escapar de su poder.
Con esta resolucion al sentirse libre, en vez de reconvenciones frases de cariño, y graciosas chanzas fueron las que dirigió á Don Cárlos, que quedó encantado de aquella amabilidad inesperada.
La casa de la Estrella era un hermoso edificio, pero enteramente aislado y rodeado de altísimas y fuertes paredes, y coronado de almenas y de baluartes pequeños.
Durante el primer siglo de la dominacion española en la Nueva España, los conquistadores temerosos siempre de una sublevacion, daban á todos sus edificios, principalmente á los que se fabricaban fuera de México, todo el carácter de una fortaleza coronada de almenas, y disponiendo sus ventanas mas bien de una manera á propósito para hacer fuego desde ellas que para iluminar el interior. De aquí, ese aspecto de castillos feudales que tienen la mayor parte de las antiguas iglesias.
Luisa comprendió que la libertad de que gozaba dentro de la casa de la Estrella, era no mas dentro de la casa, porque le hubiera sido imposible realmente salir de allí, pero no se desanimó.
Don Cárlos era cada dia mas sumiso, mas solícito y mas cariñoso, y sin embargo, no daba esperanzas de permitir la salida de Luisa, estaba realmente cautiva.
El jardinero de la casa era un indígena jóven, inteligente, robusto, que se llamaba Presentacion, él salia y entraba á la casa, se quedaba algunas noches fuera de ella, y los domingos generalmente no se aparecia para nada. Era sobre todo, el sirviente de confianza de Don Cárlos. Hacerse de aquel hombre hubiera sido la salvacion de Luisa, ¿pero cómo? apenas la hablaba, y en cuanto á comprar su fidelidad era casi imposible, porque Presentacion tenia todo lo que necesitaba y se distinguia entre todos los sirvientes por su lujo.
Un calzon corto de escudero ajustado á la rodilla, con dos mancuernillas de oro, sin calzas, pero con unos zapatos de grandes alas bordados de seda de colores, una camisa de lana finísima, y un ancho sombrero color de canela; este era el traje de Presentacion en los dias ordinarios, porque en los de gala tambien se ponia jubon y calzas, y cuanto mas usaban los ricos de los alrededores.
Luisa observó un dia que mientras ella cortaba unas flores, el jardinero la contemplaba arrobado, dejó entonces olvidada una rosa, y á poco él vino y la levantó con respeto y la besó.
--Bueno--pensó Luisa--este hombre me sacará de aquí, ya es mio.
Y como al descuido, dirijió á Presentacion una mirada que hizo ruborizarse hasta la punta de los cabellos al pobre muchacho.
En todo aquel dia Presentacion no hizo nada bueno; se puso á regar y se quedó tan pensativo, que el agua inundó los sembrados, porque no se acordó de cortarla, y equivocó todo lo que tenia que hacer, y por fin en la tarde se salió de la casa sin concluir su tarea diaria.
En un pequeño jacal vivia un viejo que parecia pertenecer á la raza española pura, pero estaba tan miserable y tan abyecto, que nadie trataba con él: era cojo, no porque le faltara ninguna de las dos piernas, sino porque las tenia torcidas y débiles; las gentes del país le llamaban _El Ñor Chema_, y se decia por allí que el _Ñor Chema_ era nahual.
Los nahuales son los compañeros de las brujas que saben hechizar, que se convierten por las noches en perros, en guajolotes, en lobos, &c., que como las brujas, atraviesan por los campos volando en las noches oscuras convertidos en globos de fuego, y dejando escuchar ruidosas y alegres carcajadas, y que luego se introducen á las casas y chupan la sangre de los niños.
Estos son los nahuales y las brujas en las leyendas y en las tradiciones del campo, que no han llegado á desaparecer completamente á pesar de los adelantos de la civilizacion.
El Ñor Chema estaba declarado nahual, y en esto no habia remedio, que una declaracion así era bastante para que la cosa se tuviera en aquellos tiempos como artículo de fé.
Rasgos maravillosos se contaban de él; quien, le habia visto entrar al cementerio en figura de un gato (reconociéndole sin duda por su buena educacion), quien atravesar una noche en los aires por encima del tejado de la casa, llevando entre sus brazos á un niño que lloraba, y quien le habia oido esclamar, como se contaba entonces que decian las brujas:--«Sin Dios y sin Santa María»--y convertido en el instante en un globo de fuego rojo, escapar por la ventana, riéndose sin duda de su misma habilidad.
Lo cierto es que aquel hombre no tenia relaciones en el pueblo, todos le miraban con terror, los chicos huian de él, y por las noches nadie pasaba á cien varas siquiera de su casa sin hacer la señal de la cruz.
Pero Ñor Chema de nadie hacia caso, y vivia con tanta tranquilidad, como si el mundo no se ocupara de él, y como si no hubiera en el mundo un tribunal que se llamaba la Inquisicion.
Es verdad que llegó á tanto la fama de Ñor Chema, que una vez se alarmó el Santo Oficio, y llegó á su jacal un comisario con dos alguaciles; todo el pueblo se alborotó porque creyeron que habria una novedad, y se pusieron todos en observacion; pero el comisario entró á la casa de Ñor Chema y se estuvo allí un largo rato, saliendo despues y retirándose sin meterse mas con el nahual.
La gente al principio se escandalizó de esto, pero al fin se calmaron los ánimos, porque los mas _sabiondos_ del pueblo dijeron--que el Ñor Chema sin duda ejercia _la mágica blanca y no la negra_, y tal vez con privilegio del Santo Oficio.
Una tarde Presentacion se encaminó al jacal de Chema y llegó hasta la puerta; vaciló entonces, pero el viejo le habia visto, le habló, y le fué ya preciso entrar.
--Buenas tardes, Ñor Chema.
--¿Qué andas buscando por aquí?
--La verdad, Ñor Chema, yo venia á veros.
--¿A verme? ¿Y para qué querias verme?
--Pues la verdad--decia Presentacion rascando con una uña la pared y sin despegar la vista de allí--porque estoy enamorado.
--Y bien, ¿qué tengo yo que ver con eso?
--Que quiero que me deis un chupamirto--y Presentacion seguia rascando la pared.
--¿Pero es posible, hijo mio, que tú tambien creas que yo tengo algo de brujo?
--Yo no sé: lo que sé es, que si quereis podeis darme un chupamirto, que ningun trabajo os costará, y yo no dejaré de recompensaros.
--Ya te digo que no tengo ningun animal de esos, que tú lo puedes tomar en el campo á la hora que quieras.........
--Pero, ¿será lo mismo el que lo coja yo?
--Sí, anda.
--Entonces está bien: ¿conque es lo mismo?
--Sí, exactamente.
Al dia siguiente habia matado uno de los lindos chuparosas que volaban por el jardin, y lo habia envuelto cuidadosamente en una bolsa de lienzo y lo traia en la cintura, porque en aquellos tiempos el cadáver de ese pajarito era, segun la opinion general, un remedio eficaz para ser querido de todas las mugeres bonitas.
Y parece que la casualidad se empeñaba en probar que aquello era cierto. Presentacion cada dia iba ganando mas en el afecto de Luisa, segun las muestras de cariño que ella le prodigaba, y que él no podia atribuir á otra cosa mas que á la benéfica influencia del chupamirto.
Presentacion estaba mas adelantado cada dia, y por fin se atrevió una vez á hablar á Luisa. Luisa no deseaba otra cosa, y sin sentirlo, el pobre indígena quedó completamente prisionero de la astuta mulata.
Luisa no pensaba sino en escapar del lado de Arellano, pero llevándose la promesa de matrimonio de Mejía que Arellano tenia encerrada en una de sus cajas.
Para lograr esto era necesario astucia y perseverancia, y Luisa, como todas las personas de resoluciones firmes, contaba con la perseverancia.
Don Cárlos habia hecho trasportar á la casa de la Estrella, todos los muebles y el equipaje de Luisa, y ella en uno de sus baules logró encontrar algunos restos de los polvos de la Sarmiento. Entonces sí se consideró libre.
--Presentacion--dijo un dia al jardinero--¿y si yo me quisiera salir contigo, tendrias valor para llevarme?
--¿Por qué no?--dijo Presentacion temblando de placer--cuando querais, pero es necesario preparar caballos.........
--No, mejor es un coche, que mi deseo es entrar á México.
--¿Pues para cuándo lo disponeis?
--Para pasado mañana en la noche.
--Bueno.
--Mira, me asomaré por aquella ventana á las oraciones, si pasas y me das las buenas noches, es señal de que no has podido arreglar nada, si por el contrario no me hablas, es señal de que todo está preparado y entonces á media noche me esperas en este lugar.
--Muy bien.
--¡Ah! ¿podrás proporcionarme un traje de hombre? Aquí tienes dinero para todo.
--Le haré traer de México.
--Silencio, y hasta pasado mañana; el traje aquí tambien á la media noche.
Llegaron las oraciones de la noche del dia fijado por Luisa, y Presentacion comenzó á rondar por el jardin frente á la ventana hasta que la vió aparecer: se acercó mucho á ella y pasó por allí silenciosamente; todo estaba listo.
Luisa estaba á las once de la noche en el jardin: entre los rosales divisó un bulto y se dirijió á él; era Presentacion que temblaba como un niño.
--¡Cobarde! ¿Por qué tiemblas?--dijo Luisa que estaba enteramente serena.--¿Trajiste la ropa?
--Sí señora.
--Dámela y espérame aquí mientras voy á vestirme.
Luisa tomó la ropa que le traia Presentacion, y se dirijió otra vez á su aposento con tanta tranquilidad, como si solo tratara de pasearse en el jardin.
Don Cárlos dormia, pero su sueño era pesado y sus cabellos estaban pegados á su frente por un sudor viscoso; era el mismo sueño de Don Manuel de la Sosa.
Luisa sin tomarse el trabajo de mirarle siquiera, comenzó á vestirse el traje de hombre, y no debia ser la primera vez que vestia de aquella manera, porque no se mostró embarazada en el uso y colocacion de sus prendas, y muy pronto quedó convertida en un precioso adolescente.
Sacó de un armario algun dinero y ocultó bajo la ropilla un puñal pequeño y primorosamente trabajado, se caló un sombrero y se embozó perfectamente en una capa oscura; y con un garbo que le hubiera envidiado cualquiera de los guapos de la ciudad, volvió á incorporarse con Presentacion.
--Vamos--dijo imperiosamente Luisa.
--Vamos señora--contestó humildemente Presentacion--pero no podemos salir por la puerta.
--¿Por donde entonces?
--Por un agujero que he practicado en las tapias que dan á la espalda de la casa.
--Bien está--guíame.
En el fondo de la huerta y pegado á una tapia habia un inmenso monton de yerbas.
Presentacion las apartó y apareció en el muro una gran entrada, por donde pasó Luisa siguiendo al jardinero.
Se encontraban entonces en el campo.
Presentacion habia llegado á soñar que tenia amores con aquella muger; se habia comprometido y espuesto á todo por ella, y se encontraba en aquel momento en que creia que la sacaba de la casa del alcalde mayor, Don Cárlos de Arellano, para que fuese enteramente suya con que no se atrevia á tocarla una mano, ni aun á dirijirle una palabra de amor, y ella mandaba como señora, y él obedecia humilde como un esclavo.
Cerca de allí esperaba un carruaje con cuatro mulas. Presentacion abrió la portezuela, y Luisa en el acto de montar llevó la mano á la bolsa de los gregüescos, sacó un pergamino y aunque no podia ver la escritura por la oscuridad de la noche, no quiso sin duda mas que satisfacerse de que no lo habia perdido, porque volvió á guardarle diciendo con cierta especie de tranquilidad:
--Aquí está.
El carruaje comenzó á caminar. Los cocheros debian sin duda saber el término del viaje, porque sin recibir órden ninguna tomaron el camino de México.
Luisa iba silenciosa y meditabunda en uno de los rincones de aquel amplio carruaje, y Presentacion á su lado procurando, si no verla, adivinarla en la completa oscuridad que allí reinaba.
Así caminaron como una hora; pero el pensamiento y la imaginacion del jardinero debian ir en gran actividad, porque muy poco á poco fue acercándose á Luisa hasta que tomó una de sus manos: ella le dejaba hacer como si estuviera durmiendo, ó lo consintiera. Presentacion oprimió suavemente aquella mano y la fue llevando paulatinamente á su boca, y puso en ella sus labios una y muchas veces: Luisa no se movia.
Presentacion cobró ánimo, se acercó mas y echó su brazo izquierdo al cuello de Luisa, mientras con su mano derecha estrechaba la de ésta; pero aun no bien habia ejecutado esta accion cuando aquella mano se desprendió violentamente, desapareció de la del jardinero, y éste la volvió á sentir devuelta, pero ya en su rostro y menos pasiva que antes.
Presentacion dió un salto y volvió á su rincon.
Antes de amanecer entraba el carruaje por las calles de México.
--Que se detengan aquí--dijo Luisa.
Presentacion mandó á los cocheros detenerse.
Luisa y él bajaron del coche.
--Págales y que se vayan--dijo Luisa dándole una bolsa con dinero.--Contó Presentacion una cantidad y la entregó á uno de los cocheros que volvió á montar en la mula, y á poco el coche desapareció de las calles.
Luisa y su compañero se habian quedado solos.
Luisa se embozó en su capa y echó á andar por unas callejuelas sombrías y tortuosas; de repente se detuvo cerca de una esquina.
--Presentacion--dijo al jardinero--en este lugar espérame un momento, á la vuelta debe vivir una mi conocida, que creo que nos consentirá de huéspedes mientras encontramos casa; aquí te estás sin moverte, y cuando oigas un silbido es señal de que todo está arreglado: ¿lo oyes?
Presentacion no tenia voluntad ante aquella muger y se contentó con decir--sí señora.
Luisa torció la esquina, y Presentacion se apoyó contra la pared..........................
Algunas personas que pasaron por allí á las dos de la mañana pudieron ver á Presentacion que esperaba aún.
IX.
Otra vez con la Sarmiento.
El Bachiller Martin de Villavicencio, alias Garatuza, no pensó despues de la muerte del Oidor, y cuando el Ahuizote le arrancó del lugar del acontecimiento, sino en buscar un paraje seguro en donde escapar de las garras de los alguaciles y corchetes, en caso de que algo se llegase á descubrir, y ni á él ni al Ahuizote les ocurrió lugar mas á propósito, que las cuevas de la Sarmiento, y para la casa de esta se dirigieron.
Verdaderamente el Bachiller ni sospechas tenia de quién habia sido el hombre muerto por su mano; el Ahuizote no habia recibido de la Sarmiento mas que instrucciones para llevar allí á Martin, y él tampoco podia sacarle de dudas.
Cuando llegaron los dos á la casa de la bruja, esta tambien acababa de llegar, tambien ella habia ido á presenciar la escena, y por eso Martin escuchó su carcajada en el momento en que vió abrirse la casa de María.
--¿Qué andáis haciendo?--preguntó la bruja haciéndose de las nuevas.
--Señora Sarmiento--contestó Martin--acabo de matar á un hombre por justos motivos, y témome mucho que la justicia dé sobre mí, si algo sospecha, y vengo á pediros asilo.
--Lo tendréis, que ya esperaba yo que por eso vendriais de un día al otro.
--¿Luego vos sabiais ya algo de María?
--Nada.
--¿Entonces?
--Sencillamente, porque en estos dias se han cumplido los cinco meses que os anuncié que pasarian, para que un amigo vuestro muriese asesinado por mano de un su amigo, ¿recordáis?
--¿Es decir que el hombre que yo he muerto?
--Es el Oidor Don Fernando de Quesada.
--¡Maldita sea mi suerte!--esclamó Martin, dándose una palmada en la frente, y quedándose luego en una especie de estupor, que por largo tiempo respetaron la bruja y el Ahuizote.
--Voy á denunciarme yo mismo--dijo de repente Martin, dirigiéndose á la puerta.
--Si yo te lo consiento--contestó el Ahuizote apoyándose de espaldas en la puerta cerrada, y tomando á Martin de los brazos.
--Quiere decir--preguntó Martin con una calma espantosa--que despues de que tú me has señalado la víctima para herir, me impides vengarme de mí mismo por crimen tan atroz.
--Yo no sabia de quién se trataba.
--Sí, tú lo sabias lo mismo que la Sarmiento que me ha dicho á quien yo maté, cuando aun yo mismo lo ignoraba.
--Pero tú estás cierto de que ese hombre ha estado en la casa de tu querida en altas horas de la noche, y yo no te llevé sino á desengañarte de lo que tú me negabas.
--Ahuizote--dijo Martin con la misma calma que antes--¿me dejas salir ó no?
--Martin--dijo la bruja--¿queréis que os dejemos salir, cuando estamos ciertos de que vuestra denuncia nos conduce á mí á la hoguera y al Ahuizote á la horca?
--No soy yo capaz de denunciar á nadie, y menos á vosotros, á quienes estoy unido por los juramentos de la _Compañía negra_: voy á declararme culpable yo solo; á que me juzguen y me castiguen á mí solo, porque no puedo ya soportar la vida, tras lo que ha pasado.
--Pero eso es un suicidio, una locura que nosotros no podemos consentir de ninguna manera.
--Por última vez, ¿me dejan el paso libre?
--No, no, y no--dijo en esta vez con resolucion el Ahuizote.