Monja y casada, vírgen y mártir
Part 13
La muger se levantó al ver á Doña Beatriz.
--En qué puedo serviros--le dijo ésta, tomando un asiento á su lado.
--Señora, vengo para hablar con vos de un asunto, que temo va á desagradaros.
--¿A desagradarme?--dijo inquieta Doña Beatriz.
--Sí, por desgracia.
--Hablad, pues.
--¿Estamos enteramente solas?
--Enteramente.
--Pues entonces dignaos escucharme. Segun he sabido por algunos de mis deudos de casaros tratais con Don Fernando de Quesada, Oidor de la Real Audiencia.
--Es verdad, pero no alcanzo á qué pueda conducir.........
--Perdonadme que no os lo diga por mera impertinencia, sino por ser eso lo principal que á mi negocio concierne. Habeis de saber, señora, como yo soy viuda de Don Bernal de Soto Mayor y Trueba, y soy para serviros, Doña Catarina de Pizarro de Soto Mayor y Trueba, una vuestra servidora.
La vieja hizo una reverencia.
--Gracias--contestó Doña Beatriz inclinándose.
--Pues, como os decia: soy viuda de Don Bernal de Soto Mayor y Trueba, regidor perpetuo del cabildo de esta ciudad. A la muerte de mi difunto quedé con una niña, que es ya moza de diez y siete años y que se llama María, y tan rica en dones de perfecta hermosura, como desgraciada en su vida, por haberle negado la Providencia el uso de la palabra y del oido. Por mis negras desdichas, mi hija fué vista por el Oidor Don Fernando de Quesada que gustó de ella, y se encaprichó por hacerla suya, lo que ha conseguido, sin ser bastante á impedírselo ni mi llanto ni mis amenazas................
Un rayo que hubiera caido á los piés de Doña Beatriz, no hubiera hecho en ella mayor efecto.
--Y como se valió--continuó diciendo la vieja--para conseguir sus malos efectos del engaño de dar palabra de casamiento á mi María.........
--Basta, señora, no me digais mas; nada quiero saber.
--Es fuerza que lo sepais, porque tal vez mi hija, ó yo, no nos resignemos á ver casarse á Don Fernando, y pudiéramos poner algun impedimento, y quién sabe.........
Doña Beatriz no podia ya contenerse: los zelos, el despecho, su amor propio humillado, todo se conjuraba para trocar aquella paloma en una leona.
--Pero todo eso que me contais, ¿es cierto?--preguntó con un acento ronco y trémulo.
--Tanto lo es, que si vos podeis conseguirme que se abra esta noche vuestra habitacion, ó podeis salir en esta misma noche, vereis á mi pobre hija.
Doña Beatriz reflexionó.
--Saldré mejor: ¿á dónde debo ir?
--Esta noche á las doce, al tianguis de San Hipólito; yo tendré una persona de confianza allí para que os guíe: podeis llevar cuanto acompañamiento os plazca, si desconfiais.
--Esperadme en esta noche, y hacedme ya el favor de retiraos: necesito estar sola.
--Me voy, pero os suplico que nada digais al Oidor, por Dios; sobre todo, no le descubrais mi nombre ni que os vine á ver, seria capaz......... de no sé qué......... y yo le tengo miedo.
--Id sin cuidado.
La vieja que no era otra sino la Sarmiento, como habrán conocido nuestros lectores, salió, y Doña Beatriz se encerró á llorar y gritar á solas como una loca.
Martin anduvo en todo el dia pensativo, sobre si le diria ó no á Don Fernando cuanto habia descubierto por la bruja: algunas veces le parecia una mala accion dar al Oidor tan funesta noticia; otras creía de conciencia el hacerlo, atendiendo al riesgo que corria su vida; en fin, por la tarde se decidió y entró resueltamente á la casa de Don Fernando.
El Oidor sentado frente á una mesa, registraba con atencion un grueso _in folium_ forrado en pergamino; y tan embebido estaba en su lectura, que no oyó los pasos del Bachiller hasta que no estaba ya muy cerca.
--Oh, amigo Don Martin--dijo cerrando el libro--tanto bueno por esta casa.
--Dispénseme usía si le he interrumpido y molestado.
--En manera alguna: tome asiento el señor Bachiller, que me alegrará su compañía.
Martin se sentó, y á pesar de la agudeza de su ingenio, no sabia por dónde comenzar: tosió varias veces, se compuso otras tantas el alza-cuello que nada tenia de mal puesto, y al fin se decidió á hablar, pero, como sucede en casos semejantes, comenzando, despues de pensar mucho, por una torpeza.
--Permítame usía que me tome tal libertad--dijo.--¿Está usía decidido á enlazarse con mi señora Doña Beatriz?
--Estraño tanto más esa pregunta de vuestra parte--contestó el Oidor--cuanto que vos, como ninguno, conoce los pormenores del asunto; y francamente no sé á qué viene todo esto.
--¡Adiós!--pensó Martin--me hundí, por querer hacerlo todo muy bien; pero, ¿qué remedio? adentro--y luego dijo en voz alta:
--Pues......... quiero decir......... si no temiera......... en fin.........
--Hablad; ¿qué teneis esta tarde? nunca os he visto así; hablad, os lo suplico.
--Pues bien y claro es, que yo no quisiera que usía se casara con Doña Beatriz porque he sabido cosas terribles.
--La solté--dijo entre sí Martin.
--¿Cosas terribles?--preguntó espantado el Oidor.--¿Y qué cosas? Decid, no me alarmeis, por Dios.
--Pues señor: que Doña Beatriz engaña á usía y ama á otro.
--¡Las pruebas! ¡las pruebas!--dijo el Oidor, arrojándose como un tigre sobre Martin.
--Señor, por Dios, mirad que yo no tengo mas que ver en ello, que el dar una noticia á su señoría.
--Pero esa noticia destroza la honra de una dama: decidme, ¿quién os lo ha dicho? ó de lo contrario, caro os podrá costar....
En este momento llamaron á la puerta.
--¿Quién va?--dijo con enfado Don Fernando.
--Esta carta para su señoría.
--Bien, vete.
El Oidor abrió la carta, era un anónimo que decia:
«Si el Oidor Don Fernando de Quesada aprecia en algo su honra, que esta noche á las doce vaya á palacio, y verá cómo se la guarda su futura esposa.»
Don Fernando se puso densamente pálido.
--Mirad, señor Bachiller, mirad--díjole mostrándole la carta.
El Bachiller la leyó.
--¿Y qué piensa hacer su señoría?
--Irémos á palacio á las doce, es preciso apurar el caliz.
Y se arrojó sobre un sillon, llorando como un niño.
VI.
En donde se acaba de probar que los zelos son malos consejeros.
A las doce de la noche Doña Beatriz llegaba á la casa de la Sarmiento, y á la misma hora Don Fernando se presentaba en palacio acompañado del Bachiller.
Se dirigió á las habitaciones de la vireina, y con poco trabajo supo por medio de las camareras que Doña Beatriz habia salido.
Nada mas quiso saber y volvió á su casa sombrío como una noche de tempestad. Martin no le quiso abandonar y permaneció á su lado procurando calmarle, hasta muy avanzada la mañana, en que el Oidor, fatigado, se durmió sentado en un sitial.
En ese intermedio habia pasado una escena semejante en la casa de la Sarmiento.
La bruja habia hecho ir á su casa, á esa hora en que sabia que Martin acompañaba al Oidor, á la muda María lujosamente vestida, y procuró dar á la casa todo el aspecto de una casa pobre; pero cristiana y decente.
Doña Beatriz seguida de Teodoro y de dos esclavos mas, llegó á la puerta, conducida por el Ahuizote, cómplice ciego en todas las maldades de la bruja.
--Señora--dijo levantándose la Sarmiento, al ver á Doña Beatriz--pasad á esta vuestra humilde casa, conoced á mi María.
Doña Beatriz al contemplar la belleza de María, sintió un agudo dolor en el corazon.
María se paró y tendió con un aire encantador, la mano á Doña Beatriz que lanzó un grito.
Habia reconocido en los dedos de la muda una sortija, que ella habia regalado al Oidor: esta era para ella la prueba mas terrible.
Nada mas quiso saber, nada mas quiso averiguar, todo le pareció entonces cierto, y despidiéndose violentamente, se volvió á palacio, pocos momentos despues que el Oidor habia salido de allí.
La Sarmiento recogió la sortija que tenia la muchacha y que era la misma que ella le habia pedido al Bachiller, y condujo en compañía del Ahuizote á María á su casa del Factor, de la que solo la habia hecho salir para hacerla inocente cómplice de aquella infernal trama.
A la mañana siguiente la primera persona que llegó á la casa de la Sarmiento, fué el Bachiller: acababa de dejar al Oidor.
--Buenos dias, señora.
--Dios os guarde, señor Bachiller, ¿tan temprano por acá?
--Vengo por la sortija que os dí anoche.
--Cómo, ¿no quereis que se haga el conjuro?
--Mirad, en primer lugar, que solo por no daros un disgusto, iba yo á presenciar el tal conjuro, que saldria tan cierto como lo que me dijísteis, que Doña Beatriz correspondia el amor de Don Fernando.
--Y le correspondia.
--Pero le engañaba.
--Bien, por eso os agregué que nunca poseeria él á la muger que amaba.
--Para todo teneis una salida; dadme el anillo, que ahora ya todo se descubrió: es fácil que el Oidor rompa su promesa y busque el anillo.
--Tomad la sortija y decidme, ¿por qué creeis que romperá la promesa?
--Ay, es nada, porque Doña Beatriz le es infiel, y mientras él piensa en ella, la dama sale á media noche á la calle.
--Vaya, pues son escrúpulos, porque conozco yo otros á quienes pasa lo mismo, y creo que no lo malician--dijo sonriéndose la bruja.
Los zelos volvieron á encenderse en el corazon de Martin, mas terribles con lo que habia presenciado.
--Supongo que eso no lo direis por mí, que un ángel es María.
La bruja volvió á soltar la carcajada que tanto habia irritado á Martin la noche anterior, y él por no poderse contener salió sin despedida de la casa de la Sarmiento.
--Ahora sí, ya está en sazon la cosa--dijo--bueno será avisar á Don Pedro de Mejía, despertaré al Ahuizote que duerme y le encargaré su papel.
--Hombre--dijo entrando á la cocina, en donde el Ahuizote roncaba sobre un mal jergon--levántate, que tengo que hablarte.
--¿Qué me quereis?--dijo el Ahuizote levantándose.
--Oyeme bien, ¿qué dieras tú por saber á dónde esta María y quién se la robó?
--Cuanto tengo--dijo el Ahuizote.
--¿Y por vengarte de él?
--Mi vida.
--Bueno, yo te voy á dar el medio de vengarte sin esponer uno solo de tus cabellos, y además, serás el poseedor de María, ¿te conviene?
--Mandadme.
--Solo que es necesario que hagas ni mas ni menos cuanto te voy á decir, ¿lo entiendes? sin apartarte de todo ello un solo punto.
--Lo haré.
--Bien, acompáñame á la casa de Don Pedro de Mejía, y te diré en el camino.
Aquella tarde el Ahuizote encontró á Martin en la calle.
--Garatuza--le dijo--¿á dónde vas?
--A la casa de Don Fernando.
--Siempre tú con esos gachupines que te han de pagar mal; ven, echaremos un trago de pulque y hablaremos, que tengo mucho que contarte.
--No es posible, el Oidor tiene una afliccion y necesito acompañarle.
--¿Y el dia que tú la tengas te acompañará él?
--Calculo que sí.
--No lo pienses: vamos, vente conmigo que te importa.
--Imposible--dijo Martin separándose.
--Bien, Garatuza, vete; si se rien de tí las gentes, recuerda que yo he tratado de impedirlo.
--¿Cómo? ¿qué quieres decir?--dijo volviendo precipitadamente Martin y recordando las indirectas de la bruja.
--Si no quieres saberlo, si te empeñas en ignorarlo.
--No me empeño, pero no creia que era cosa grave.
--Lo es.
--Dímela.
--Pues vamos andando, ante todo quiero que me confieses que me hiciste una mala accion.
--¿Cuál?
--Sabias que estaba yo enamorado de María y te la llevaste.
--Hombre, yo ignoraba..........
--No mientas, al fin ya pasó y te la perdono, si tú me hubieras hablado con franqueza, te habria dicho que hacias mal en llevártela, porque la conocia yo mejor que tú; pero ya lo hiciste y ahora adelante con la cruz.
--Entonces cree lo que quieras.
--Yo no soy rencoroso, y te lo voy á probar, pero prométeme que no harás escándalo, y me oirás con paciencia y seguirás mis consejos.
--Si me parecen buenos............ pero dime, ¿de qué se trata?
--Pues bien, se trata de que no seas niño, de que no te dejes engañar.
--¿Engañar, de quién?
--De María.
--¡De María!--esclamó pálido Martin.
--De María: óyeme, yo he tenido amores con esa muchacha, y que diga la Sarmiento lo que quiera, me correspondió, me dejó por tí, bueno, le pareciste mas jóven, mas galante, mas rico, no importa, pero otro le puede á su tiempo parecer mejor que tú.
El Bachiller se habia detenido y escuchaba con la cabeza inclinada, al Ahuizote que continuaba diciendo.
--Te voy á confesar, como zeloso yo, y despues de haber averiguado en dónde tenias á la muchacha, vine á rondar una noche por tu casa, seguro de que tú no estabas porque te habia yo dejado en el Arzobispado, me detuve frente á la puerta de la casa, la noche estaba oscura, y observé que un hombre llegaba, llamaba, y entraba; aquel hombre no eras tú, quise cerciorarme y permanecí así en atalaya, hasta que pasado algun tiempo el hombre volvió á salir: casi estaba seguro de que tú no eras, pero quise estar aun mas, le seguí, y al pasar por delante del farol del Cristo que hay en las casas de Don Leonel de Cervantes, me cercioré de que verdaderamente no eras tú; volví algunas noches, y observé que cuando tú no ibas él entraba siempre á casa de María.
La rabia se apoderó del corazon de Garatuza, pero no estalló, su furor reconcentrado era aun mas espantoso.
--¿Y dices?--preguntó con una voz cavernosa--¿qué aún va ese hombre á la casa de María?
--Y tan seguro estoy, que si quieres avisa á María que esta noche no vas, y nos ponemos á vigilar la casa y lo veras con tus propios ojos.
--¿Me acompañarás?
--Te acompañaré.
--Vamos á avisar á María que no voy á verla en esta noche.
--Vamos, y ya no nos separaremos.
La Sarmiento no descansaba, y ya hemos visto las lecciones que dió al Ahuizote y lo bien que él desempeñaba su papel.
* * * * *
* * * * *
Fuese luego á visitar á la muda y le dió á entender, que un amigo de Martin, que tenia un negocio con él, vendria á las once á esperarle para hablarle en secreto, y ordenó á la criada que cuidaba la casa, que un caballero llamaria á las once con cuatro golpes, que no tardase en abrirle.
Don Fernando de Quesada que no habia tenido ánimo para salir en todo el dia de su casa, recibió en la tarde otro anónimo con la misma forma de letra que el anterior, y que decia:
«El oculto amigo de Don Fernando de Quesada le avisa que si quiere mejores datos sobre la infidelidad de Doña Beatriz, ocurra, _(si no tiene miedo)_ esta noche, á las once en punto, á una casa baja en la calle del Factor, y que tiene por señas una puerta alta y angosta con dos ventanas de cada lado. Cuatro golpes en la puerta para llamar, no hay por qué desconfiar.»
El Oidor leyó y reeleyó esta carta mil veces; estaba concebida con tan infernal astucia, que hasta el amor propio del Oidor se ponia en juego con aquella frase subrayada, _«si no tiene miedo.»_
--¿Deberia ir? Cualquiera desengaño era preferible á la situacion en que se encontraba, era preciso, era indispensable salir de aquella angustia.
--Iré, iré--dijo resueltamente--aun cuando me costara la vida, aun cuando no fuera sino para presenciar mi desgracia, y humillar á la ingrata.
A las once el Oidor salió de su casa embozado en una gran capa, y se dirigió á la calle del Factor.
La noche estaba oscura y pavorosa, pero el alma de aquel hombre estaba mas negra; con facilidad encontró la casa que buscaba y dió cuatro golpes en el zaguan, que se abrió inmediatamente.
--¿Lo ves?--dijo el Ahuizote á Martin desde la acera de enfrente, en donde se habian puesto en acecho.
--¡Infame!--contestó Martin, queriendo lanzarse á su casa.
--Calma--dijo el Ahuizote--tiempo hay para todo; espera que salga, ahora alborotarias la vecindad, no te abririan y él podria huir sin que tú lo conocieras siquiera.
Martin se contuvo y se puso á observar: su respiracion era agitada, su corazon latia de una manera espantosa, y sus oidos zumbaban, y enmedio del vértigo que se habia apoderado de él, le parecia oír de cuando en cuando la burlona carcajada de la Sarmiento, que en aquellos momentos comprendia cuanto tenia de cruel y de sangrienta.
Así pasó una hora mortal para Martin.
El Oidor habia entrado y encontrádose con María, á la que nada pudo entender, y á la que no pudo tampoco hacer comprender el objeto de su visita.
Don Fernando esperó una hora, al cabo de la cual creyendo que la persona que le debia dar la luz que buscaba no vendria, pensó en retirarse y esperar nuevo aviso, y se despidió silenciosamente de María.
La puerta de la calle se abrió destacándose en su claro la figura del Oidor.
Martin desnudó su daga y oyó en este momento muy cerca la burlona carcajada de la bruja.
Esta vez el Ahuizote no le detuvo.
Martin vió cruzar ante sus ojos una nube de sangre, y se lanzó sobre el Oidor, y antes que éste hubiera tenido tiempo siquiera de bajarse el embozo, la daga del Bachiller habia atravesado su corazon.
Don Fernando lanzó un gemido y cayó muerto; la criada cerró espantada la puerta, y el Bachiller sombrío se quedó de pié al lado del cadáver.
--Vámonos--dijo el Ahuizote--tomándole de un brazo; vámonos, ponte en salvo; has matado á un hombre y no sabemos ni quién será.
Y esa muger--dijo con ronco acento Martin--¿se queda sin castigo?
--Mas tarde será: por ahora salvémonos.
Y casi arrastrando se llevó á Martin y se perdieron entre las sombras. La mañana siguiente Doña Beatriz estraordinariamente pálida, conversaba con Doña María la vireina y con sus hijas.
--Pálida estais--decia la vireina--¿qué teneis?
--Puedo asegurar á V. E. que yo misma no lo sé, he pasado tan mala noche.
En este momento se oyeron las campanas de algunas iglesias que tocaban á muerto.
--Tocan á muerto--dijo devotamente la vireina.--¿Quién será? Pobre: _Requiem æternam dona eis, Domine._
--_Et lux perpetua luceat eis_--contestaron las señoras.
Una camarera entró y la vireina le dirijió la palabra.
--¿Por quién doblan?
--Señora, contestó la camarera--un caballero acaba de dar la noticia de que es, porque en la calle del Factor, en la casa en que vivia una muchacha muda se ha encontrado hoy atravesado de una puñalada el cadáver del Oidor Don Fernando de Quesada.
--¡Jesus me favorezca!--esclamó Doña Beatriz, desplomándose en un sillon desmayada.
--¡Imprudente!--dijo á la camarera la vireina, apresurándose á socorrer á Doña Beatriz.
VII.
De cómo se hicieron las ceremonias para la fundacion del convento de Santa Teresa.
SE practicaron activísimas diligencias para averiguar el autor de la muerte de Don Fernando, y nada pudo sacarse en limpio: la pobre María y la criada fueron puestas en estrecha prision, pero tampoco pudo obtenerse de ellas una confesion que diese alguna luz en el proceso.
Entre tanto las obras del convento de Santa Teresa seguian con increible presteza, y todo estaba ya preparado cuando llegó el Breve de Su Santidad para la fundacion del convento, incorporándole en la Orden de Carmelitas descalzas de la nueva reforma, concediéndole todas las gracias y privilegios que á los conventos de España, y nombrando por fundadoras á Sor Inés de la Cruz y á Sor María de la Encarnacion.
Se determinó la traslacion de las fundadoras á su convento para el 1º de Marzo, y se comenzaron á hacer espléndidos preparativos.
Doña Beatriz, en silencio y triste, continuaba tambien preparando sus galas para acompañar á la vireina, como su dama, en el dia de la ceremonia.
Llegó el dia último de Febrero del año de 1616.
El templo de Jesus María estaba profusamente iluminado, los altares cubiertos de plata, y en ricos sillones recamados de oro, y en bancas cubiertas de terciopelo carmesí, con flecos y borlas de oro, se sentaba una escogida y noble concurrencia.
El Virey, el Arzobispo, el Obispo de Michoacan, que estaba en México, la real Audiencia y los tribunales, el Cabildo eclesiástico, y el de la ciudad, y un sin número de damas y caballeros de las primeras y mas ricas familias de la ciudad.
Se iba á verificar la ceremonia del cambio de hábito de las dos monjas fundadoras.
El Arzobispo y el Virey ocupaban los dos asientos inmediatos á los dos lados de la reja del coro bajo.
Se hizo la bendicion de los nuevos hábitos, y despues entonó el Arzobispo las vísperas, que se cantaron con toda solemnidad.
Las dos fundadoras se presentaron entonces en la reja acompañadas de las hijas de la vireina, que habian entrado á servirlas de madrinas y se arrodillaron. Se leyó el Breve de Su Santidad, y el Arzobispo, despues de una corta y elegante plática, recibió de ellas los nuevos votos de la religion de Santa Teresa; y entonces las madrinas, desnudándolas de los antiguos hábitos, las vistieron los nuevos que en dos fuentes de plata tenian Fr. Nicolás de San Alberto, y Fr. Rodrigo de San Bernardo, carmelitas descalzos del convento de México.
Durante toda la ceremonia Doña Beatriz lloraba sin levantar la cabeza, y Don Pedro de Mejía y Don Alonso de Rivera la observaban desde lejos.
Terminada la ceremonia que hemos procurado pintar con la misma sencillez que refieren los antiguos escritores, (por no faltar á la verdad histórica) comenzaron á salir del templo y á dispersarse por todas partes los fieles que habian asistido á la solemnidad.
Doña Beatriz subió en uno de los carruajes de palacio, y Don Pedro y Don Alonso en una rica estufa, que les llevó á la casa de la calle de la Celada.
--Profundamente triste está Dª Beatriz--dijo Don Pedro.
--Es natural, que el golpe que ha recibido no es para menos, pero descuidad, que el tiempo la consolará y de pensar tiene en otro hombre á quien dar su mano: que no vive bien en la sociedad una dama sin la sombra de un marido.
--¿Y creeis que alguna vez pudiera llegar á aceptarme por esposo?
--No lo dificulto, removido el obstáculo del Oidor que tanto perjuicio nos ha causado, y que gracias á vos no ha podido ver su triunfo.
--Gracias á mí, no, Don Alonso, sino gracias á la Sarmiento, que se ha manejado de manera tal, que no tenemos aun en nuestra conciencia el peso de la muerte de Don Fernando.
--¡Bendito sea Dios! ¿Y no sabreis decirme, que se ha hecho del tunante Bachiller, Martin de Villavicencio?
--En verdad que no me será fácil daros una razon exacta: que desapareció de México la misma noche de la muerte del Oidor, y nadie de él mas ha vuelto á saber.
--Es una desaparicion milagrosa, y á propósito de desapariciones: ¿y aquella vuestra famosa viuda?
--¿Cuál?
--Luisa, la muger que fué de Don Manuel de la Sosa.
--Con gran cuidado me tiene su pérdida, y el no haber sabido mas de ella.
--¿Tanto así la amábais?
--No es precisamente por amor por lo que me preocupa, sino por otra cosa que ocultaros no debo, tanto porque entre nosotros no debe ya de haber secretos, cuanto porque en esto necesito de vuestra ayuda y consejo.
--¿Qué es, pues?
--Mirad: yo tenia, como sabeis, amorosas relaciones con Luisa desde hacia ya muchos meses, cuando su marido murió: entónces me exijió Luisa para continuar en ellas, que le firmase formal promesa de matrimonio.
--A lo que vos por supuesto os negasteis.
--Por el pronto negueme; pero la violencia del deseo de saber un secreto importante, que á precio de aquella firma me ofreció Luisa, me obligó á condescender, y dí por escrito la promesa.
--Malo estuvo ese paso; ¿pero el secreto valia lo que el sacrificio?
--Sí, que era nada menos que la noticia de los amores de Doña Blanca mi hermana con Don Cesar de Villaclara, que iban á decirme la mitad de mi caudal.
--Afortunadamente para vos, á resultas de la herida que me infirió Don Cesar, el virey lo ha desterrado á Filipinas por ocho años.
--Y yo he puesto en clausura tal á Doña Blanca, dentro de mi casa, que á no ser para el convento ó para el Campo Santo, no saldrá nunca.
--Pero volvamos á Luisa: ¿qué hicísteis luego?
--Al otro dia volví á buscarla, pero ya no estaba en su casa: todos los criados habian sido despedidos y las habitaciones estaban cerradas, y una familia que cuidaba de ellas no tenia conocimiento de lo que habia pasado con Luisa, porque ese mismo dia la habian llamado para que se encargase de la casa.
--Entonces podéis estar tranquilo.
--Os engañais, Don Alonso, porque no conoceis vos á esa muger; se ha ocultado sin duda para asegurar mas el golpe; la temo y por eso estoy preocupado.
--En ese caso, si os parece, busquémosla.
--Seria lo mas prudente.