Monja y casada, vírgen y mártir

Part 12

Chapter 124,062 wordsPublic domain

Brilló la hoja de la daga, se oyó un golpe seco, y la vieja lanzó un gemido y cayó al lado de Don Alonso, que se incorporó y volvió á hundir su daga en aquel cuerpo dos veces.

Luego, como agotado su espíritu con aquel esfuerzo, se dejó caer en tierra, gritando:

--¡Socorro, socorro, confesion!

Cleofas estaba inmóbil en un charco de sangre.

III.

De cómo las brujas solian tener razon.

En una estancia pobre pero decentemente amueblada, y alumbrada por dos bujías de cera, un hombre y una muger jóvenes ambos, y ambos hermosos, se miraban amorosamente y de cuando en cuando unian con ardor sus labios, pero en medio del mayor silencio.

El hombre vestia ropilla, gregüescos y capa corta de terciopelo envinado y calzas de seda blancas; la jóven estaba lujosamente ataviada.

Tenia una especie de justillo sin mangas de rica tela de holanda blanca con jaldetas y ajustado con un ancho cinturon de oro, una saya de seda azul recamada con randas de oro, con mangas perdidas que llegaban casi hasta la orla de la basquiña.

Sus negros y hermosos cabellos estaban sujetos por una escofieta de infinitas y graciosas labores, encima de la cual tenia una redecilla de seda del color del vestido, atada con una cinta de oro que cruzaba por encima de su frente, y en la que bordada de seda encarnada se leía «amor me da la vida.»

Sus pequeños piés estaban aprisionados en unos altos zapatitos de tafilete, con las zuelas guarnecidas por fuera con una delicada varilla de plata.

En su cuello ostentaba ricos collares de perlas, y en sus hermosos brazos pulseras de oro, anchas, lisas y perfectamente bruñidas.

Aquella jóven era María, la muda de la casa de la Sarmiento, y el hombre el Bachiller Don Martin de Villavicencio, nuestro antiguo conocido.

Cinco meses habian pasado desde los acontecimientos que referimos en el capítulo anterior, y nosotros no podemos asegurar si María se enamoró de Martin por los hechizos de la Sarmiento, ó lo que es mas seguro, porque era él un buen mozo.

Lo indudable era, que la jóven se habia tomado todo el elíxir que la bruja dió á Martin, pero todo junto y no en gotas: contaremos á nuestras lectoras el lance para que ellas calculen si el tal elíxir tendria alguna parte en el amor de la muda, porque entonces cosa seria de ponerse á llorar por la pérdida de la receta, si el cronista de esta verdadera historia no la hubiera conservado en su poder.

Martin comenzó á frecuentar la casa de la Sarmiento á pesar de su mala nota, y procurando estar siempre cerca de María, se esforzaba por comprender sus señas y darse él por su parte á entender.

María desde el principio le miró con cariño, y no huia de él como del Ahuizote. Martin sostenia perfectamente su papel de hombre valiente, aun en los momentos en que la muchacha sentada á su lado comenzaba á sacar de sus jaulas sapos, culebras é iguanas para darles el alimento y hacerles algunas caricias. Cuando alguno de estos animales se atrevia á subirse por las manos ó las piernas del Bachiller, éste se estremecia á su pesar; pero entonces María con una esquisita delicadeza tomaba aquel animal con sus blandas manecitas, como si hubiera tomado un canario ó un gorrion, y lo volvia á su jaula.

Sin embargo, á pesar de todo, Martin no habia llegado á declararse porque aun no estaba perfectamente seguro de la seña que debia hacer en ese caso, y temia ser ó demasiado corto, ó demasiado esplícito, y determinó esperar.

No habia tenido oportunidad de probar el elíxir.

Una mañana llegó á la casa de la Sarmiento en los momentos en que María estaba sola, y se preparaba á desayunarse.

Martin se sentó á su lado, pero de repente alguna cosa tuvo que hacer María fuera y se paró. Martin creyó que era la oportunidad, sacó la redoma y virtió dos gotas en el agua que debia tomar la jóven.

Pocos instantes despues entró María, y sin mostrar alteracion alguna en su rostro se dirijió á Martin, que la dejaba hacer admirado de aquello, y le sacó de la bolsa de los gregüescos la redomita del elíxir, la destapó, virtió dentro del vaso su contenido hasta la última gota, y luego con una sonrisa encantadora arrojó lejos el frasco vacío y apuró el vaso de agua.

Martin la miraba espantado. María dejó el vaso sobre la mesa, sonriendo siempre, y echando sus brazos al cuello de Martin, besó su boca.

El Bachiller lo comprendió todo.

María tomando el elíxir le probaba la charlataneria de la bruja, admitia las gotas que el Bachiller habia vertido como una declaracion, y correspondia ese amor con todo el ardor de su alma.

Ocho dias despues la jóven desapareció de la casa de la Sarmiento, y quizá solo la bruja comprendió la causa pero á nadie dijo nada. El sordo mudo hizo á la Sarmiento una seña que ésta contestó con otra, y no volvió allí á darse otro indicio de que habia pasado tal acontecimiento.

Martin pasando aun la plaza de servidor del Arzobispo, tenia á la muda en una casa que para ella habia tomado y la trataba perfectamente. El amor no necesita de la palabra, aquellos dos jóvenes se entendian perfectamente, y cada dia el Bachiller se sentia mas enamorado de María.

Para poder comprender los acontecimientos que van á tener lugar es necesario poner al corriente á nuestros lectores de lo que habia ocurrido en los cinco meses que hace que dejamos á nuestros personajes.

Los vecinos de la casa de la Plaza de las Escuelas atraidos por los gritos que habian escuchado en el cuarto de la madre Cleofas, entraron á ver lo que allí pasaba, y encontraron á Don Alonso de Rivera atravesado de una estocada y á la beata con cuatro puñaladas, los dos desmayados en un lago de sangre.

Nadie se atrevió á intervenir y la justicia con todo su aparato, vino en auxilio de los vecinos, y los dos heridos fueron levantados.

A Don Alonso como caballero tan principal, se le condujo á su casa, y en cuanto á la beata como era pobre, fué á dar á uno de los hospitales que tenia entonces ya la ciudad de México.

La noticia circuló con la velocidad de la luz, y los menos maldicientes atribuyeron aquello á Don Fernando de Quesada, de quien se sabia la enemiga que tenia con Don Alonso, ya por el ruidoso asunto de la fundacion del convento, ya por oponerse Rivera al casamiento de Doña Beatriz con el Oidor.

Por una coincidencia notable, tan pronto como estuvo Don Alonso en disposicion de declarar, se le interrogó por la justicia, y él se obstinó en ocultar, dando con esto mayor pábulo á los comentarios del vulgo.

La beata no estaba capaz de declarar, porque aunque dando esperanzas de vida, quedaba en un estado tal de insensates, que nada se podia sacar de ella.

La justicia se calló, y todo se pasó ya sin nuevas averiguaciones.

Don Fernando y Doña Beatriz determinaron suspender todas las diligencias de su enlace, hasta el completo restablecimiento de Don Alonso.

Pero Don Alonso, como todos los hombres que tienen un enemigo, lo culpan de todo mal que les acontece, porque encuentran cierto placer en fomentar su encono, y justificar ante su conciencia la causa de su odio: culpaba á Don Fernando de todas sus desgracias, y no meditaba mas que en su venganza.

La única visita que tenia era Don Pedro, el menos á propósito para calmar sus pasiones.

--Don Pedro--le decia una tarde el herido--no parece sino que Dios nos ha dejado de su mano, segun la lluvia de males que ha caido sobre nosotros.

--En efecto, que mas comprometida no puede ser nuestra situacion, aunque creo que hay cosas que podrán tener eficaz remedio.

--Véngueme yo de Don Fernando y lo demás se remediará muy fácilmente.

--¿Creereis, Don Alonso, que yo he llegado á persuadirme de que es él la causa de nuestros infortunios?

--Os lo he dicho, y me alegro de que hayais llegado á convenceros.

--Es necesario que deje de existir.

--Tal creo, pero la violencia de su muerte en estos momentos, á nadie seria atribuida mas que á nosotros, porque clara es ya nuestra enemistad con él.

--¿Entonces qué pensais?

--Ante todo es necesario impedir su boda con Doña Beatriz.

--¿Pero cómo, si veis que está ya depositada en palacio, aunque en clase de dama de la vireina?

--Robémonosla.

--Robárnosla.

--Si, un rapto que aun en el caso de ser descubierto, poco importaria, siendo como sois su hermano.

--Teneis razon, ¿y cómo haremos?

--Dejad eso á mi cargo, que solo necesito de vuestro consentimiento.

--Os le doy.

--Entonces desde este momento comienzo á trabajar, y ya vereis.

Y Don Pedro se separó de Rivera para comenzar á poner en planta su proyecto.

En esa noche la Sarmiento oyó llamar á su puerta, y Don Pedro se presentó á ella.

--Señora, buenas noches--dijo Don Pedro.

--Así se las dé Dios á su señoría--contestó la vieja.

--¿Os acordais de mí?

--Su señoría es mi amo Don Pedro de Mejía que.........

--Bien, vengo á proponeros un negocio.

--Mande su señoría.

--Podéis ganar en él mucho dinero.

--Dígame su señoría.

--Se trata de robarse una dama.........

--Yo no entiendo en esas cosas.........

--Ea, callad, se trata de robarse una dama que está depositada en palacio para casarse.

--Ya, Doña Beatriz de Rivera.........

--La misma, ¿quién os lo dijo?

--Nadie, yo lo adivino.

--Bien, ojala tan astuta seais para lo que voy á confiaros; se trata de robarse á Doña Beatriz.

--¿Para vos?

--No, para su hermano mismo.

--Es decir, quiere mi señor Don Alonso impedir á todo trance la boda.

--Cabalmente, y como Doña Beatriz no sale de palacio, es fuerza que vos entreis allí y la hagais salir con algun engaño.

--Empresa dificil me encargais.

--Pagaré bien.

--Probaré á encontrar un arbitrio, volvod dentro de cuatro dias.

--Está bien, y pensad en que esto puede haceros rica.

--Descuidad.

Don Pedro salió, y la bruja se puso á meditar; á las diez de la noche tomó un manto de lana negro, hizo una seña al sordo-mudo para que la siguiese, y cerrando su casa se puso en marcha con direccion á las calles del Factor.

El sordo-mudo llevaba un farolillo y seguia á la bruja, y así llegaron hasta una casa que habia en la calle del Factor, á la que llamó la vieja con mucha prudencia.

La puerta se abrió y la Sarmiento penetró en la sala en que hemos visto á Martin y á María al comenzar este capítulo.

Los dos jóvenes estaban como les hemos descrito, sentados amorosamente el uno al lado del otro.

La entrada de la Sarmiento fué para ambos una sorpresa. María se quedó sentada, pero Martin se paró precipitadamente como para defenderla.

Era la primera vez que la bruja penetraba allí.

--Sosegaos, hijos mios--dijo la bruja--que no vengo á causaros ningun mal, por el contrario, á veros, señor Bachiller, que puesto que os dí el elíxir con la única condicion de que no me abandonarais á María, y la habeis cumplido, nada os puede alarmar de mi parte.

--Teneis razon, que mal hice en alarmarme al veros, ¿qué teneis qué mandarme?

--Hacedme favor de oir dos palabras á solas.

--Pasad por acá--dijo el Bachiller indicándole la puerta de otra habitacion.

La Sarmiento y el Bachiller pasaron en tanto que los dos mudos emprendian una acalorada conversacion.

--¿Aun estimais tanto á vuestro amigo el Oidor Quesada? preguntó la bruja.

--Como siempre, que cada dia mas obligado le estoy á sus favores.

--¿Y él está siempre enamorado de Doña Beatriz de Rivera?

--Mas que nunca.

--Pues bien, de eso tengo que hablar con vos: ¿viene acá algunas veces?

--Nunca, no sabe que tengo aquí á María.

--¿Pero supongo que vos le vereis?

--Todos los dias.

--Entonces observad bien su conducta y vigilad por su vida, porque mas amenazada está ahora que nunca: Doña Beatriz le es infiel.

--Imposible.

--Sois un niño y no conoceis á las mugeres: Doña Beatriz le es ya infiel, yo os lo probaré mas adelante; por eso hay que cuidar mas á Don Fernando: el hombre que galantea á Doña Beatriz, y que es correspondido, mira al Oidor como un obstáculo del que es preciso deshacerse, para libertar á Doña Beatriz de la palabra empeñada: ¿comprendeis esto?

--Sí; pero es imposible que Doña Beatriz.........

--¿Quereis convenceros mañana?

--Sí.

--Bien: á las once os espero en mi casa, y mirad si podeis llevarme alguna prenda del Oidor, como una sortija, una cadena, para hacer un conjuro y os diré mil cosas; sobre todo, si es prenda que haya pertenecido tambien á ella.

--Iré y llevaré la prenda: ¿quién es el rival de Don Fernando?

--¿Guardareis el secreto, y nada direis al Oidor hasta que yo os lo permita?

--Sí.

--Pues se llama Don Pedro de Mejía.

--¡Jesus!

--No hay que espantarse, que peores cosas hemos visto: «Dádivas ablandan peñas,» y sobre todo--agregó la vieja con aire de burla--es un tonto el que cree en la fidelidad de la muger.

--¿Qué quereis decir?

--Nada, ya lo sabreis mas tarde.

La bruja salió, se cubrió con su manton y se dirijió á su casa.

Martin quedó pensativo, preocupado y diciendo á cada momento.

--Con esto de Doña Beatriz tiene razón la Sarmiento: «es un tonto el que cree en la fidelidad de las mugeres:» tiene razon. ¿Pero á qué me lo diria á mí? ¿Acaso María?......... ¡Jesus, qué horor, ni pensarlo! Pero en fin, la bruja tiene razon.

IV.

En que se ve que la Sarmiento sabia lo que entre manos traia.

Al dia siguiente Don Pedro de Mejía recibió un recado de la Sarmiento, suplicándole que en esa noche no faltase á su casa á las oraciones; y en efecto, al cerrar la noche Mejía llegó á la casa de la bruja.

--Habéisme enviado á llamar--dijo Mejía.

--Sí--contestó la bruja--porque para cumplir con lo que su señoría me ha encargado, fuerza será que su señoría me ayude.

--¿Qué es lo que quereis de mí?

--Sencilla cosa: que esta noche á las once esteis aquí y me consulteis el modo de deshaceros de Don Fernando, bajo el supuesto de que Doña Beatriz os ha correspondido vuestro amor.

--Pero eso no es cierto.

--Lo conozco, por desgracia vuestra; pero supuesto que tratais de robar á Doña Beatriz, y por consiguiente de deshaceros de los dos, no supongo que os pareis en tan poco, como en representar una comedia.

--Lo que puede producirme grandes compromisos.

--Si teneis fe en mí, dejadme hacer y nada temais.

--Quiere decir que debo consultaros el modo de deshacerme del Oidor, supuesto que Doña Beatriz no tiene mas impedimento para ser mia que su compromiso con Don Fernando.

--Exactamente; pero sin dar á entender que hemos hablado nada de este negocio.

--Ya se deja entender.

--Entonces retiraos, y venid á las once.

Mejía se alejó, y la vieja se quedó en espera de Martin, á quien habia citado para aquella noche.

A las diez se presentó el Bachiller.

--Creí que no veniaís--dijo la vieja.

--¿Falto yo acaso á mi palabra nunca?--contestó Garatuza.

--¿Me habeis traido lo que os encargué?

--Sí, precisamente es una sortija que Don Fernando recibió de Doña Beatriz.

--¿Él os la dió?

--No, yo logré estraerla sin que él lo conociera, al fin pronto volveré á ponerla en su lugar.

--Dadme acá.

--Tomádla, y no vayais á perderla.

La Sarmiento tomó la sortija y la guardó en su seno.

--Ahora--dijo--lo primero que me queda que hacer, es probaros que Doña Beatriz ama á otro, que engaña al Oidor, y que este es ya un obstáculo, una carga para ella y para su nuevo amante; que tratan de deshacerse de él como de Don Manuel de la Sosa, ¿os acordais? bien, venid y poneos en asecho como lo habeis hecho otra vez, pero cuidad de no ir á cometer alguna imprudencia.

--No.

La Sarmiento bajó con Martin al subterráneo, y le colocó en donde mismo le habia ocultado para escuchar la consulta de Luisa.

A las once en punto Don Pedro de Mejía embozado en una ancha capa negra, llamaba á la puerta de la casa de la Sarmiento.

Condújole la bruja al subterráneo y lo hizo sentar en un sillon de manera que nada perdiese Martin de la conversacion que iba á tener lugar allí.

--¿Con qué podria su señoría--dijo la Sarmiento--decirme á qué debo tan alto honor?

--Trátase--contestó Don Pedro--de que me deis algo para deshacerme de un hombre.

--¿Enemigo de usía?

--Así es en efecto, pero mas que enemigo, es un estorbo para mi felicidad.

--Puede hablar usía con confianza y con franqueza, pues en estos casos es necesaria.

--Bien, os diré toda con sus nombres y señales.

Podian oirse en estos momentos los latidos del corazon de Martin.

--Es el caso--dijo Don Pedro--que amo y soy correspondido de una hermosa y principal señora que se llama Doña Beatriz de Rivera.

--¿Qué no es libre?--preguntó hipócritamente la bruja.

--Sí, y no, porque no es casada, pero tiene contraido compromiso de dar su mano á un hombre á quien no ama, y es el Oidor Don Fernando de Quesada, el cual ha llegado al estremo de llevar depositada á mi señora Doña Beatriz á la casa de la vireina.

--Pues si no ama al hombre á quien prometió su mano, ¿por qué se la prometió?

--¿Es preciso decíroslo?

--Sí.

--Entonces os diré que se la prometió.......... por..........--Mejía no encontraba qué decir, porque no venia preparado para esta respuesta, pero de repente se sintió como iluminado y agregó--se la prometió por hacerle su aliado en cierto negocio de la fundacion de un convento, en que Doña Beatriz tenia un capricho de esos que solo las mugeres suelen tener.

--¿Pero ella no le ama ya?

--Bah, nunca le ha amado.

--¿Y á usía?

--Como á su vida.

--¿Y quereis ambos.........?

--Apartar el obstáculo á cualquier precio.

--¿Estais decididos?

--A todo.

--Bien, tome usía estos polvos, compre á un criado de la casa de Don Fernando que los haga tomar á su amo, y estareis libre de él.

--¿De veras?--dijo con alegría Don Pedro, que se habia poseido de su papel hasta olvidar que todo era una comedia preparada por la bruja.

--Como estar aquí usía.

Mejía recibió los polvos de la bruja, y salió del subterráneo alumbrado por ella.

Al llegar á la puerta de la calle la Sarmiento, dijo á Don Pedro.

--Tirad esos, y no hagais uso de ellos.

--Es decir.........

--Es decir que me habeis prometido dejarme obrar.........

--Pero.........

--Tened un poco de paciencia, tirad los polvos y guardad el mas profundo silencio, de cuanto aquí ha pasado.

--Bien, ¿pero hasta cuándo?

--Cuatro dias os puse de plazo, y vá uno.

La Sarmiento cerró la puerta, y volvió á buscar al Bachiller.

Martin estaba horriblemente pálido.

--¿Qué direis ahora? preguntó sonriéndose la bruja.

--Digo que sois una muger infame.

--¿Porque os he descubierto este secreto?

--No, sino porque habeis dado un veneno para Don Fernando, que es mi amigo.

--Si es ese vuestro cuidado, podeis estar tranquilo, que soy mejor amiga vuestra que lo que parece: los polvos que le he dado á Don Pedro no harán mas daño al amigo vuestro, si á tomarlos llega, que á vos que no los probareis: son polvos de pan.

--¿Es verdad eso?

--Ya lo vereis, y supongo que ya tendreis completa seguridad en cuanto os diga, con lo que habeis oido y presenciado en esta noche.

--¡No me hableis de eso!

--Por el contrario, de ello tengo que hablaros: ¿qué pensais de Doña Beatriz?

--Pienso que todo eso es increible.

--¿Persistís aún en vuestra duda?

--No; pero os aseguro que hay para volverse loco un hombre: ella que me hablaba de él con tanta pasion.........

--Porque sabia que vos íbais á referírselo á él.

--Pero ella lo salvó de la muerte una noche.........

--Es verdad; pero debe haber sido por no perder el aliado en el negocio de la fundacion del convento: ¿á que no le salva hoy?

--Quizá sean calumnias de Don Pedro.

--Y ¿á qué venia habérmelas dicho á mí, cuando se creia solo conmigo, y podia simple y sencillamente haberme pedido un tósigo para libertarse de un enemigo?

--Teneis razon--dijo Martin pensativo--¿quién lo creyera de Doña Beatriz?

--¿Quién? cualquiera que no tuviera como vos, ideas tan absurdas respecto de las mugeres.

--¿Realmente creeis que no debe fiarse de ninguna muger?--preguntó Martin.

--Si he de contestar la verdad, de ninguna.

--¿Ni de María?--dijo apasionadamente el Bachiller.

La Sarmiento en vez de contestar lanzó una burlona carcajada.

--¿Qué quereis decir con eso?--esclamó Martin con furor, tomando con violencia una de las manos de la bruja.

--Vamos--dijo con enfado la bruja--veo que abusais de mi amistad. Bastante hago por vos, cuidad vos un poco mas de María, si quereis que no se rian de vos, y dejadme.

--Pero.........

--Harto os he dicho, dejadme.

Martin hizo ademan de salirse.

--Oidme, Bachiller--dijo la Sarmiento--no digais al Oidor nada de Don Pedro de Mejía, porque seria precipitar las cosas: yo os pondré al tanto de todo lo que ocurra, para aprovechar una ocasion.

--Muy bien: ¿y cuándo vuelvo?

--Mañana á la oracion.

--¿Nada puedo decir al Oidor?

--Si quereis, indicadle que Doña Beatriz le engaña, para que él procure averiguar; pero ni le hableis de Don Pedro, ni le digais de donde hubísteis la noticia: una imprudencia puede costaros á vos y á ellos muy caro.

--Decís bien, hasta mañana.

--Felices noches.

Y Martin se retiró pensativo por lo que habia oido decir á Don Pedro, y con el veneno de los zelos en el corazon, por lo que le habia dado á entender la Sarmiento.

Martin estaba apasionado, era susceptible; creia haber encontrado una joya en María, y la menor sospecha le volvia feroz; era capaz de haber matado en aquel momento á cualquier hombre que le hubieran indicado como rival suyo, y á medida que se alejaba mas de la casa de la Sarmiento, oía mas clara la burlona carcajada de la bruja, y el furor hervia en su pecho.

Cuando llegó á la casa de la calle del Factor, María le esperaba risueña; pero Martin estaba sombrío, y la pobre criatura se puso triste.

V.

De cómo los zelos son malos consejeros.

Gobernaba á la sazon y en los dias en que pasan los acontecimientos que vamos refiriendo, el Escmo. Sr. Don Diego Fernandez de Córdoba, Marqués de Guadalcazar, VIII virey de Nueva España que tomó posesion del gobierno en 18 de Octubre de 1612, que fundó la ciudad de Lerma, dándole ese nombre en honor del duque de Lerma, privado de Felipe III. La Villa de Córdoba con el apellido de su familia, y que dió su título al Mineral de Guadalcazar, en la entonces provincia de San Luis Potosí.

El marqués de Guadalcazar llegó á México, trayendo consigo á su esposa Doña María de Riederes y á sus hijas, dos de las cuales eran ya unas hermosas damas.

Desde la llegada á México de la vireina, tuvo empeño particular, como hemos visto, en llevarse á palacio á Doña Beatriz y hacerla su dama; pero tantas atenciones le dispensaba la familia del Marqués, y tanto cariño la tenia, que á pesar de ser ya considerada como dama de Doña María de Riederes, no llegó á vivir en el palacio, hasta que por motivo del disenso de Don Alonso de Rivera al matrimonio de su hermana, fué esta á quedar depositada en palacio, en las habitaciones de la vireina.

Doña Beatriz tenia allí una habitacion independiente, y vivia como en su propia casa, pudiendo recibir á sus visitas con entera libertad, y sin embargo, se pasaba los dias al lado de las hijas de la vireina.

Preparábanse en palacio con grande alboroto las damas, porque se esperaba una suntuosa solemnidad el dia en que las fundadoras entrasen al nuevo convento de Santa Teresa.

La obra iba muy adelantada; de un dia á otro debia llegar el Breve de su Santidad, único requisito que faltaba, y las monjas fundadoras que debian ser Sor Inés y Sor Encarnacion, á quienes ya conocen nuestros lectores, habian convidado por sus madrinas á las dos hijas de la vireina.

No se hablaba mas que de esto en palacio, ni se ocupaban de otra cosa allí las gentes, á pesar de que el gobernador de Durango, Don Gaspar Alvear, habia escrito al virey dándole noticias de que comenzaba un alzamiento de los indios tepehuanes: porque en todas las córtes se olvida y desprecia el peligro y la desgracia, con tal que estén lejanos, sin pensar mas que en los goces que están cerca.

Doña Beatriz y las hijas del virey hablaban de la festividad en uno de los salones de palacio, cuando una camarera entró á dar parte á Doña Beatriz que una muger anciana y enlutada deseaba hablar con ella un momento.

Beatriz creyó que seria algun recado del Oidor, y pidiendo permiso á Doña María, llegó hasta donde la esperaba la enlutada, á quien no pudo conocer.