Monja y casada, vírgen y mártir
Part 11
La pasion la cegó, y acercándose á Don Cesar le dijo con un acento trémulo por la ira, procurando no ser oida por los fieles que estaban entrando al templo:
--Mal caballero sois, Don Cesar.
Don Cesar se volvió espantado para mirar quién le dirijía aquel insulto, y vió á Luisa encendida por el furor, y mas hermosa que nunca.
--¿Por qué señora?--preguntó mas admirado al ver que clase de persona era la que le insultaba.
--¿Cumplis así los juramentos que me hicisteis anoche?
--¡Anoche! ¿Juramentos á vos, señora?
--Sí, anoche, en las rejas de mi casa.
--No comprendo.
--Lugar es este en que no podemos esplicarnos; salid:
--Pero, señora.
--Os lo ruega una dama..........
--Pues salgamos.
Y Don Cesar salió de la iglesia siguiendo á Luisa, con no poco escándalo de los fieles que lo advirtieron, y que conocian á la dama.
--Afectais aún no comprenderme--dijo Luisa cuando estuvieron en la calle.
--Por mi fé de caballero que no os comprendo, señora.
--¡Ah, Don Cesar! Mal hace una dama en fiar su honra á persona que no conoce.
--Señora, me insultais sin yo merecerlo.
--¿No lo mereceis? Y os miro requiriendo de amores á una dama, cuando anoche en mi reja me habeis jurado amor y fidelidad.
--¿Yo?
--Sí, y lo negais mal caballero, precisando á una señora como yo, á recordaros favores que en mala hora se os han concedido, ¿no me habeis dicho anoche que no érais sino mio? ¿No os he puesto en el dedo esa sortija que me jurásteis no apartar de vos nunca? ¿No habeis puesto vuestros labios en mi mano?
--¿Conque érais vos?--preguntó espantado Don Cesar.
--Era ella--dijo detrás de Don Cesar una voz--era ella, ella que yo mismo os he conducido.
Don Cesar volvióse á ver quién le hablaba, y reconoció al Ahuizote: Entonces comenzó á comprender.
--Señora, anoche he creido hablar con esa dama á quien ahora ofrecia el agua en el momento en que vos entrábais al templo.
--¿Conque es decir que no me amais? ¿Qué he sido un juguete para vos? ¿Un chasco? ¿Conque á quien vos amais es á esa Doña Blanca? Decidme, ¿á ella es á quién amais?
Don Cesar estuvo silencioso.
--Pero yo me vengaré, me vengaré de vos, y de ella; ¡ah! no sabeis lo que habeis hecho, no lo comprendeís todavía: me vengaré, me vengaré de ella, de ella y de vos, que os habeis burlado de mí.
Don Cesar era al fin jóven, y Luisa por demas hermosa, y á él no le hubiera pesado que los amores hubieran seguido adelante.
--Pero, señora--se atrevió á decir--si vos me amais, si tan bella sois, qué impide que siga yo amandoos, que al fin con esa dama aun no tengo nada, y vos podeis perdonarme lo que por mi culpa no ha sido.
--¡Perdonaros, seguiros amando! nunca, ya no os amo: haced cuenta Don Cesar que no me habeis conocido.
Y diciendo esto se separó de Don Cesar y se entró en su carruaje que la esperaba á poca distancia.
La beata Cleofas que, como de costumbre, estaba en el atrio de la iglesia habia escuchado la despedida de Luisa, y como ella conocia á Don Cesar y le estaba agradecida por su limosna, se interesaba ya por él.
--¡Pobre jóven!--pensaba Cleofas--qué triste se ha quedado con el enojo de su amada; pero en fin, ella se contentará que así son las mugeres; y si no se contenta, mejor, porque es un escándalo á Dios que una señora casada, como Doña Luisa, ande en galanteos.
Don Cesar se habia quedado pensativo y sin saber qué hacer, y permaneció así inmóbil como un cuarto de hora: le parecia todo un sueño, creia sériamente que estaba hechizado.
La cita con Luisa la comprendia perfectamente; pero la turbacion y el rubor de Blanca, y aquel «sí» tan dulce, tan espresivo, esto era lo que él por mas que hacia no podia llegar á entender.
Doña Blanca advirtió como otras varias personas, que Don Cesar despues de hablar con Luisa, habia salido con ella del templo; pero aunque sintió su salida, no malició que se trataba de amores.
La misa terminó; Don Cesar no volvia, y Blanca salió de la iglesia.
La primera persona con quien se encontró fué con la beata, y se dirijió á hablarla.
--Le he visto--le dijo.
--¿A quién?--preguntó la beata.
--Cómo á quién, á él.
--¿A él? Si no ha venido.
--Sí, que ha venido, y me ha hablado.
--No lo creais.
--Miradle, allí está--dijo Blanca, señalando á Don Cesar.
--No le veo--contestó la beata, creyendo que trataba de Don Alonso de Rivera.
--Allí está parado, miradle, ahora vuelve el rostro.
--Estais equivocada: ese es Don Cesar de Villaclara.
--¿Pues no es el que os dió para mí el billete ayer?--preguntó espantada Blanca.
--Ni pensarlo, que fué Don Alonso de Rivera; este es Don Cesar de Villaclara, el amante de Doña Luisa, con quien acabo de oirle departir de amores en este momento.
--¡Jesus me ampare!--esclamó Doña Blanca, poniéndose pálida y vacilando.
--¡Ave María Purísima!--dijo la beata, sosteniéndola, esta niña se pone mala--Doña Mencia, Doña Mencia.
La dueña llegó corriendo, los curiosos rodearon á Blanca, que comenzó á volver en sí.
--¿Qué ha sido eso, qué ha sido eso?--decia la beata.
--Nada, nada, contestó Blanca, reventando por llorar.
--Cómo nada, y estais pálida como un difunto.
--Ha sido un desmayo, pero ya pasó, vamos Doña Mencia que me siento muy débil.
La beata y la dueña sosteniendo á Blanca la llevaron hasta su carroza, y la ayudaban á subir cuando llegó Don Cesar.
--¿Me permitireis que os ayude á subir?--dijo.
--Caballero--contestó Blanca con indignacion--no sé con qué derecho os atreveis.........
--Señora, yo creia--murmuró Don Cesar.
--Hacedme la gracia de retiraros.
Don Cesar se retiró, y el carruaje partió lijero.
El jóven tenia aún esperanza de ver asomarse por la portezuela el rostro de Blanca, pero nada.
--¿Qué tiene esa señora?--preguntó á la beata.
--Lo ignoro--contestó Cleofas.
--¿La conoceis vos?
--Y bien.
--Decidme, ¿pudiera yo hablar con vos á solas?
--¿De qué negocio?
--De uno que pudiera conveniros.
--Esta tarde á las cuatro, en la casa del Santo Entierro, en la plaza de las Escuelas.
--¿Cómo os llamais?
--Cleofas, humilde sierva de nuestro Padre San Francisco.
--Iré, pero esperadme.
--Id, y me vereis.
--Hasta la tarde.
--Que Dios os guié.
II.
Donde el “diablo tira de la manta.”
Seis dias después de los acontecimientos que referimos en el capítulo anterior, en el comercio circulaba la noticia de que Don Manuel de la Sosa habia muerto de una manera estraña, y cada uno comentó la cosa á su manera, y la honra de su viuda andaba en lenguas, buenas ó malas, y todos acudian á la casa del difunto á dar el pésame á Luisa, que los recibia con muestras de profundo pesar, cubierta con negras tocas, en un lujoso aposento colgado de negro.
De los primeros en acudir allí, fué como era de suponerse, Don Pedro de Mejía. Don Pedro amaba á Luisa y al saber que estaba viuda pensó en lo que ella tantas veces le habia dicho, y creyó que á partir desde aquel momento Luisa seria enteramente suya; pero Luisa no pensaba sino en Don Cesar, y el amor y el orgullo ofendido de aquella muger, la hacian no pensar sino en su venganza.
--Luisa--le dijo Don Pedro--ya sois libre.
--Y bien--contestó.
--Que ya nada se opone á que seais mia, no mas que mia.
--Don Pedro, aun el alma de Don Manuel vaga y pena tal vez por estos lugares.
--Pero ¿no me dijísteis mil veces que me amabais, que solo esperabais ser libre?
--Sí, pero.........
--¿Pero qué, Luisa?
--¿Me amais, Don Pedro?
--Mas que á mi vida.
--¿Estais dispuesto á hacer por mí cuanto yo os diga?
--Cuanto querais.
--Pues bien, casaos conmigo, soy libre y vos tambien.
Todo podia esperar Don Pedro, menos eso. La reputacion que Luisa tenia en la ciudad no le habia impedido amarla, pero hacerla su muger era ya otra cosa, y vaciló.
--¿Casarnos, y para qué? ¿nos hemos de amar mas por eso? ¿hemos acaso de ser mas felices así?
--Pues de otra manera, nada alcanzareis de mí.
--Luisa, por Dios, no seais exigente.
--Lo quiero.
--Pero tan pronto.
--Si he de ser vuestra esposa, necesito por vos y por mí que sea pronto.
--Seria un escándalo.
--Mas lo será que sepan que soy vuestra querida, acabando de morir mi esposo; además, entonces vuestros intereses serán los mios, y por vos y por mí, os lo repito, conviene que el matrimonio se verifique inmediatamente que pasen los primeros dias de luto, de esto depende la salvacion de la mayor parte de vuestra fortuna.
--¿De mi fortuna? ¿qué quereis decir?
--Quiero deciros que he descubierto un secreto que os vale la mitad de vuestra fortuna, y que solo os diré el dia en que me deis formal promesa de casamiento.
--¿Y qué secreto es ese?
--Hacedme la promesa y os lo digo.
--Pero.........
--Mirad que os digo la verdad de Dios, dadme formal promesa de casamiento y os doy el secreto, y si me decís que no os importa la mitad de vuestro caudal, conforme estoy en que se rompa.
Don Pedro comenzaba á alarmarse sériamente; su gran vicio era la avaricia, y la pérdida de la mitad de su caudal era para él negocio muy grave.
Pensó en engañar á Luisa para arrancarle aquel secreto, estaban solos, ¿qué prueba tendria ella despues de aquella conversacion?
--Sí--dijo resueltamente--os doy mi palabra de casarme con vos tan pronto como pasen los primeros dias del luto de vuestro esposo.
--Entonces--dijo solemnemente Luisa--firmad aquí.
Y sacó de su seno un pergamino en el que constaba una formal promesa de matrimonio, á la que no faltaba mas requisito que la firma de Don Pedro.
--Eso no--dijo Don Pedro, retrocediendo como si hubiera visto un escorpion.
--Lo que quiere decir, que quereis engañarme, ¿es verdad?
--Lo qué quiere decir, que basta mi palabra, y desconfiais de ella.
--Bien, no firmeis: entonces Don Pedro de Mejía, os quedareis sin la muger que puede haceros tan feliz con su amor, y sin la mayor parte de vuestro caudal, ¿lo dudais? os doy tres meses de plazo, entonces vereis que Luisa tenia razon, y entonces, ¡ay de vos, que no habrá remedio!
--Firmaré--dijo Don Pedro espantado.
--Firmad--contestó Luisa, estendiendo el pergamino, al pié del cual Don Pedro puso su nombre con mano trémula.
--Ahora el secreto--dijo limpiándose el sudor que brotaba de la raiz de sus cabellos--El secreto.
--Oidlo--dijo Luisa doblando el pergamino y guardándolo en su seno, el dia que vuestra hermana se case, tendreis que entregarle la mitad de vuestro caudal, ¿es verdad?
--Sí, es cierto.
--Pues bien, vuestra hermana Doña Blanca, tiene un amante.
--Mentira--dijo Don Pedro, levantándose como impulsado por un resorte.
--Poco galante sois con vuestra esposa; pero os lo perdono por la situacion en que os pone la noticia.
--¿Pero quién es ese amante, ¿cómo lo sabeis?
--Lo sé, porque los he sorprendido en una conversacion amorosa, porque he procurado averiguarlo todo, porque á pesar de la resistencia que oponeis para ser mí marido, yo velo por vos y por vuestros intereses, para probaros cuánto ganais uniéndoos conmigo.
--Pero su nombre, señora, el nombre de ese hombre.
--Se llama, Don Cesar de Villaclara.
--¡Don Cesar! ¡Don Cesar! ¡ah! lo conozco, infame, pero no logrará lo que desea.
--Don Cesar, sí, protegido por vuestra dama, por la madrina de Doña Blanca, por Doña Beatriz de Rivera; he ahí, cómo mira por vos la que queriais hacer vuestra esposa, abandonándome á mí.
--¿Por Doña Beatriz?
--Sí, por Doña Beatriz, y para que mas os agrade, de acuerdo con vuestro afortunado rival el Oidor Don Fernando de Quesada.
--Pero esto es inícuo, Luisa, ¿y cómo sabeis todo eso?
--Y aun mas, os diré que debe andar en esto, cierta beata llamada Cleofas.
--Es cierto, es cierto, la he visto en casa estos últimos dias con mucha frecuencia.
--Lo veis.
--¿Pero en dónde habeis averiguado.........?
--Eso se lo diré á mi marido; por ahora creo que confesareis que os he hecho un servicio tal, que á no ser por él, hubiérais sufrido un golpe terrible, ¿os arrepentís de haber firmado?
--Nunca, Luisa, nunca, me habeis salvado, y sois digna de ser mi esposa.
Don Pedro tomó su sombrero y salió casi sin despedirse; la infernal comedia inventada por Luisa, tenia todo el carácter de la verdad, y el hombre habia sentido el golpe en el corazon.
Luisa se quedó sola, y sacó entonces el pergamino, lo volvió á leer, y dijo con una sonrisa de orgullo:
--Ahora sí soy rica.
Luisa salió de aquella estancia, y pocos momentos despues una de las puertas se abrió suavemente y asomó la cabeza de un hombre que paseó su mirada inquieta por todas partes.
La estancia estaba desierta y el hombre aquel penetró con confianza en ella; era Don Cárlos de Arellano: su fisonomía estaba descompuesta y pálida, oprimia convulsivamente con su mano izquierda el puño de su espada, y maltrataba con la derecha el sombrero que se habia quitado al penetrar allí.
Se detuvo en la mitad de aquella sala, con la cabeza inclinada y como meditando, y luego alzó su frente sacudiendo con cólera su cabellera.
--Con que es decir, Luisa, que me engañas, con que es decir que ese amor de tantos años, y esos juramentos de tantos dias los olvidas por el vil interes del dinero; vive Dios Luisa, que te engañas tú, si crees poder convertirme en el torpe juguete de tus pasiones: me has dicho que eres mia para siempre, y mia serás mal que te pese; lo veremos.
Y como armado de una violenta resolucion, se dirijió á una de las pantallas que en el salon aquel habia, apartó la negra gaza que la envolvia, y se puso tranquilamente á componerse los pliegues del fino encaje de su gola, y de las mangas de su ropilla.
--En esta operacion le encontró Luisa.--Muy bien le dijo con una ternura encantadora--muy bien, los galanes tan apuestos como Don Cárlos de Arellano deben cuidar de su persona en cualquiera parte.
--Luisa mia--contestó Arellano imitando perfectamente el tono de Luisa--cuando hay que presentarse ante una dama como vos, ningun cuidado, ni ningun esmero son por demás; que ante la deidad los adoradores deben llegar lo mejor que les sea posible.
--Adulador--dijo Luisa enlazando sus brazos al cuello de Arellano, y colgándose en él con negligencia.
Arellano inclinó la cabeza y besó los ojos de Luisa.
--Os encuentro preocupado, Don Cárlos.
--Ilusion vuestra, que en verdad, jamás he estado mas tranquilo.
--¿De veras?
--Os lo aseguro.
--Pues entrad, hacedme compañía, es tan triste estar sola.
--Luisa, volveré si me lo permitis, que en estos momentos necesito ir al palacio.
--Haced lo que os plazca mejor, ¿pero me dais vuestra palabra de volver pronto?
--Es mi mayor anhelo.
--Entonces os doy licencia de salir, pero antes tomad--y estampó un beso en los labios de Arellano.
Don Cárlos tiene algo--dijo cuando quedó sola--algo grave y que trata de ocultarme; veremos si lo descubro.
Y saliendo violentamente dió órden á un lacayo de seguir á Arellano hasta donde fuese, y volver con una exacta razon.
El lacayo volvió diciendo que Arellano habia entrado á su casa, y no mas.
Él habia dicho á Luisa que iba á palacio, y esto no era cierto, las sospechas de aquella muger comenzaban á tomar cuerpo: ¿tendria él otros amores?
Luisa estuvo inquieta toda la tarde, tenia ya comprometida su boda con Mejía, y sin embargo una falta de Arellano la preocupaba: era que aquella muger amaba, sin ser correspondida á Don Cesar, y necesitaba ahogar su pena con la disipacion.
En la noche Arellano llegó mas alegre que nunca y mas amable con Luisa, y conversó con ella sobre cosas indiferentes, pero festivas, hasta que la aguja de su reloj marcó las once.
--Hora es de retirarse--dijo.
--Esperad algo mas; estamos tan contentos.
--¿Sois feliz á mi lado, Luisa?
--Muchísimo.
--¿Y quisiérais no separaros de mí?
--Seria mi mayor ventura.
--Casaos conmigo.
--Que ocurrencia--dijo riéndose Luisa--¿y para qué? ¿No soy vuestra? ¿No os amo? ¿No me amais vos?
--Es decir que no pensais casaros otra vez.
--Nunca: ¿perder mi libertad?
--¿Con nadie?
--Cuando no quiero con vos, suponed si estaré dispuesta á unirme con otro.
--¿Ni con Don Pedro de Mejía?
--¡Vah! ¿Con Don Pedro de Mejía?--contestó Luisa, procurando mostrarse completamente indiferente--¿con ese ogro?
--Pero ¿por qué no quereis concederme vuestra mano?
--¿Para qué? vuelvo á preguntaros.
--Es que los hombres que como yo amamos, quieren tener todas las seguridades.........
--Pues buscad otras que no sean el matrimonio; le tengo una aversion.........
--Bien; os comprendo, yo buscaré otro medio de estar mas seguro de vuestro amor, y os respondo que ya lo he encontrado.
--¿Cuál es?
--Miradlo--dijo Arellano, llevando á sus labios un pequeño silbato de oro que pendia de su cuello.
--¿Y qué es eso?
--Vereis que efecto tan rápido, y qué medio tan seguro.
El silbato produjo un sonido agudísimo, é inmediatamente una de las puertas del aposento se abrió, penetrando por allí violentamente cuatro hombres que se arrojaron sobre Luisa, y antes que ella hubiera podido dar siquiera un grito, sus manos y sus piés estaban ligados con bandas de seda, y en su boca habian colocado un pañuelo como una mordaza.
Don Cárlos se acercó á ella, y abriendo el justillo de su trage sacó de allí el pergamino en que constaba la palabra de casamiento empeñada por Don Pedro de Mejía.
--Luisa, mirad que he encontrado el medio, que aunque es algo violento me lo perdonareis, porque las circunstancias me han obligado, ya lo veis--dijo mostrando el pergamino--era necesario ganar con ventaja á este Creso; de lo contrario estaba yo derrotado: vamos, señores, la silla.
Dos de los hombres salieron, y volvieron á entrar conduciendo una lujosa silla de manos, con cortinillas de seda que impedian ver el interior de ella.
Luisa, incapaz de moverse ni de gritar, fué colocada adentro.
--Alumbrad, y vámonos--dijo Arellano.
Dos hombres alzaron la silla, y otros dos tomaron sus dos faroles que habian dejado á prevencion en la puerta, y la comitiva se puso en marcha seguida de Don Cárlos.
Los lacayos y los porteros estaban acostumbrados á ver salir en las altas horas de la noche á su señora, acompañada de hombres casi siempre desconocidos para ellos, y abrieron el zaguan sin decir nada y sin estrañeza tampoco.
--La señora no volverá en la noche, dijo Arellano á los lacayos que estaban en el portal de la casa--cerrad todas las puertas y apagad las luces.
Y luego, embosándose en su capa echó á andar tras la silla de manos en que llevaban á Luisa.
A poca distancia de la casa habia esperando un carruaje con seis mulas. Los que conducian la silla se detuvieron. Luisa fué trasportada al carruaje, Arellano subió con ella y el carruaje echó á andar por el camino que conducia á Xochimilco.......
Don Pedro salió furioso de la casa de Luisa; nada le importaba la obligacion que habia firmado; porque él se creia bastante poderoso para no cumplirla, pero lo que allí habia descubierto era para él de suma importancia.
Blanca tenia un amante, es decir, un enemigo de Don Pedro, y era necesario impedir á toda costa aquella union.
Don Fernando y Doña Beatriz protegian aquellos amores, la muger en quien él habia pensado para darle su nombre, y el hombre que le arrebataba aquella muger.
Rugia en el corazon de Don Pedro una tempestad, y en aquel momento comprendió su aislamiento: á pesar de su colosal fortuna advirtió entonces que todo se lo habia dado la riqueza menos un amigo.
Don Alonso era quizá el que mas merecia este nombre entre sus conocidos, y á él pensó D. Pedro dirigirse en aquellos instantes en que tenia tanto que combatir y tanto que vencer.
En los momentos en que se acercaba á la casa de la calle de la Celada advirtió que en frente del zaguan habia una carroza de palacio.
--¿Será--pensó--el virey en la casa de Don Alonso?
Se fué acercando, y vió descender la escalera á Doña Beatriz seguida de una persona que parecia un alcalde de casa y corte, y de una de las doncellas de la casa. Don Pedro se detuvo, y delante de él, inclinándole apenas altivamente la cabeza, pasó Doña Beatriz acompañada del alcalde y de la doncella, y subió á la carroza que partió luego.
Don Pedro subió con rapidez las escaleras y se encontró con Don Alonso pálido y demudado.
--Don Pedro--dijo Don Alonso--el cielo sin duda os envía.
--¿Qué hay, pues?
--Doña Beatriz, á despecho mio, y de vos que me habeis pedido su mano, se empeña en casarse con Don Fernando de Quesada.
--¿Es decir que ahora va?.........
--En depósito á la casa de la vireina.
--¿Y vos qué haceis?
--Yo os juro que el matrimonio no se efectuará, aunque se empeñara el Arzobispo, y la Audiencia, y toda la jente de golilla de Nueva España.
--Os ha burlado Don Fernando por segunda vez.
--Pero os juro que le costará caro, ¿me ayudareis?
--Tanto mas, cuanto que necesito yo de vuestra ayuda para un caso igual.
--¿Cómo?--dijo Don Alonso inquieto.
--He descubierto que Doña Blanca mi hermana tiene un amante.
--¡Un amante!--esclamó Don Alonso, temiendo que se tratara de él.
--Un amante, sí, que se entiende con ella por medio de la beata Cleofas, ya sabeis, la que os vendió en el negocio de la fundacion.
--Don Alonso creyó que todo se habia descubierto, y palideció espantosamente. Mejía era un hombre cuya enemistad podia temerse.
--Pero ¿cómo sabeis?
--Vuestra hermana Doña Beatriz protejia estos amores, así como el Oidor.
Pero ¿quién es el amante?
--Vos sin duda lo conoceis.
--¿Yo? preguntó Don Alonso, resuelto ya á todo supuesto que todo estaba descubierto.
--Sí, Don Cesar de Villaclara.
--¿Qué me decís?
--Lo que habeis oido: Don Cesar es el amante de Blanca. Luisa les ha sorprendido en una conversacion amorosa.
--Esto es increible--pensaba Don Alonso--Beata de los infiernos, por segunda vez me la pegas; pero yo me vengaré de tí.
--Y bien, ¿qué pensais?--dijo Mejía.
--Que dos hombres deben á toda costa desaparecer de la tierra, Don Cesar de Villaclara y Don Fernando de Quesada: se interesa en ello nuestro honor y nuestra felicidad.
--Soy de vuestra opinion; pero debe ser pronto.
--Sí, pronto, y será.
--Yo comienzo por impedir á Blanca toda comunicacion con las personas de fuera.
--Muy bien; ¿y si ella muriera ó profesara?
--Yo soy el único heredero; el testamento de mi padre dispone que nos heredemos mútuamente.
--Bien, entonces es necesario trabajar mucho; yo voy en busca de la beata Cleofas para averiguar algo.
--Y yo á mi casa á encerrar á Doña Blanca.
Y cuando salieron á la calle, cada uno tomó su rumbo.
--Beata infame--murmuraba con cólera Don Alonso--venderme así otra vez, pero aun tiene remedio todo, yo conozco á Don Cesar, él debe morir para que no haya obstáculo á mi boda con Doña Blanca, y despues el caudal es tan crecido, que es lástima que se divida; siendo mi esposa Doña Blanca será muy bueno que muera Don Pedro, y así se habrá hecho verdaderamente un buen negocio.
Don Alonso tocó en la puerta de la casa de Cleofas, y encontró á Don Cesar hablando con la beata.
Don Alonso tiró del estoque, y Don Cesar tomando su sombrero, desenvainó su espada, la vieja dando un chillido se precipitó entre los dos.
D. Alonso era valiente, y además aquel hombre era el primer obstáculo para la realizacion de sus grandes planes: en un momento así no le hubiera sido posible contenerse; la sangre subió á su rostro, y se arrojó sobre Don Cesar.
Un momento despues Don Alonso caía atravesado de una estocada, gritando:
--Confesion, confesion.
--Huid, D. Cesar--dijo la beata--huid, aun es tiempo, salid de la ciudad; mirad que habeis muerto á D. Alonso de Rivera.
El jóven sin esperar mas salió de la casa.
--Cleofas, Cleofas--dijo el herido.
--Señorito--dijo Cleofas.
--Mira, acércate antes que pidas auxilio, óyeme un secreto por si muriere.
--Decid.
--Arrodíllate aquí, acércate.
La beata se arrodilló.
--Me voy á morir--dijo Don Alonso--porque me siento muy mal herido, tú tienes la culpa, por segunda vez me has burlado.
--Señorito--dijo la beata queriendo levantarse.
--Quieta ahí--dijo el herido sujetándola del cuello con la mano izquierda, mientras con la derecha sacaba la daga.
--Cleofas, yo voy á morir, pero tú no quedarás sin castigo.