Monja y casada, vírgen y mártir

Part 10

Chapter 104,115 wordsPublic domain

--Sí ¿pero esa opinion de que os sirve?

--De mucho, que la dama sois vos.

--¿Yo!.........

--Sí, vos hija mia, ¿de que os espantais? ¿no sois jóven y hermosa?

--¡Madre Cleofas!

--Hija mia, no os enojeis, que no os digo un pecado, yo se y sabe Dios que sus fines son lícitos y honestos, que es un caballero principal, y que os quiere de veras, ¡pobrecito! si lo vierais beberse sus lágrimas, triste, pálido, que no come, que no duerme, pensando en vos, y luego tan apuesto, tan garboso, tan buena presencia; ¡ay hija mia! creedme por Dios que nos oye, que parece que nació para ser vuestro esposo.

--Pero si yo no pienso en eso--dijo Blanca temblando y emocionada como si hubiera visto un espectro.

--Vos no pensais, pero él sí, y á fé que si no alcanzara de vos una esperanza, se moriria; sí, se moriria, que yo lo he visto, con estos ojos que se ha de comer la tierra, quedarse así como estático, pensado en vos y diciendo vuestro nombre, ¡criatura del Señor! quiere enviaros una esquela.

--¡Ay! no! Jesús! no, madre Cleofas, no, que ni lo conozco, ni pienso en él, ni está bien en una doncella recatada recibir recados y esquelas de amor.

En este momento entraron á servir el chocolate.

Doña Mencia no volvió á separarse ya de Blanca, y á la oracion se despidió Cleofas sin haber podido hablar mas con ella.

--Doña Mencia--dijo Doña Blanca cuando salió la beata.

--¿Señora?

--Si vuelve la Madre Cleofas, no la consintais entrar hasta mi aposento.

--¿Os ha disgustado?

--No, la pobre, pero hace unas visitas tan largas y quita tanto el tiempo..........

--Avisaré á los criados.

--Sí, pero que no le vayan á faltar en nada: ¿lo oís?

--Sí señora.

Y Doña Mencia salió á dar la órden.

--¿Quien podrá ser ese jóven?--pensaba Blanca.

Y sin querer quedó profundamente preocupada; sentia ya su corazon la necesidad de amar, y era la primera vez que sabia que ella inspiraba amor.

Luisa habia tenido razon en lo que habia dicho á Don Pedro de Mejía. El corazon jóven necesita amar.

XX.

Don Cesar de Villaclara.

Un jóven como de veinticinco años, pero que representaba indudablemente menos edad, ricamente vestido y seguido de dos escuderos, montado en un soberbio caballo negro de raza andaluza, enjaezado con una silla de corte y con arreos adornados de hebillas y botones de oro, atravesaba por una de las calles de la Alameda.

Al llegar á la puerta de San Hipólito un hombre que venia á pié se dirijió á él cortesmente y con el sombrero en la mano. El jóven detuvo su caballo.

--¿Sois por ventura,--dijo el de á pié--Don Cesar de Villaclara?

--El mismo--contestó el jóven.

--Entonces quisiera deciros algo en secreto.

--¿A dónde iremos para que me hableis?

--Aquí, que no es asunto largo; mandad solo alejar á vuestros lacayos.

Don Cesar hizo una seña á los lacayos, y se retiraron.

--Podeis hablar.

--Pues oídme.--Don Cesar se inclinó sobre el arzon hasta estar cerca del hombre que le hablaba.

--Una dama principal, jóven, hermosa y rica, tiene por vos un gran amor, que ella no me ha autorizado para deciros, pero que yo os lo declaro porque creo en esto daros placer.

--¿Y quién es?

--No me exijais tanto; id mañana á Jesus María á la misa de diez, podeis allí adivinarla.

--¿Pero entre tantas?

--No son muchas las que hay tan bellas y tan principales; además, su amor os la denunciará, poned gran cuidado y mañana en la tarde venid si quereis, que en este mismo lugar os espero á las cinco: puedo seros muy útil, porque tengo entrada libre en su casa.

--Pero.........

--Nada mas os puedo decir: id con Dios.

--¿Cómo os llamais? Al menos.........

--Mañana si encontrais á la dama, y os place, lo sabreis.

Y el hombre dejando á Don Cesar admirado, se internó en el bosquecillo que formaban los árboles de la Alameda.

Seguiremos á este hombre, que no es ni mas ni menos, que el Ahuizote, hasta la casa de Don Manuel de la Sosa.

Luisa leía y Don Manuel dormia profundamente.

--Buenas tardes--dijo el Ahuizote.

--¿Ah, eres tú?--contestó Luisa dejando el libro.

--Sí señora, y tengo una cosa que deciros.

--Ven, pues, por aca, que aunque Don Manuel duerme, pudiera despertar é interrumpirnos.

--Es negocio breve--dijo el Ahuizote, siguiendo á Luisa á otra estancia--acabo de hablar á Don Cesar.

--¿A Don Cesar?--dijo Luisa poniéndose encendida.--¿Le hablaste? ¿Qué le dijiste? ¿Qué te dijo? ¿Cómo estuvo eso?

--En el paseo iba á caballo, yo venia, y pensé para mí esta es la ocasion, y lo detuve--¿sois Don Cesar?--le pregunté--sí--me contestó--pues una dama tiene amor por vos; id á buscarla mañana en misa de diez á Jesus María: al verla la conocereis, y os espero en la tarde aquí á las cinco--muy bien, me dijo--y nos separamos.

--Pero supongo que ni le dijiste mi nombre, ni que ibas de mi parte.

--¿Por quién me habeis tomado? Pruebas y bien claras teneis de mi discrecion.

--Es verdad.

--Bueno, ya yo dí el primer paso: ahora vos ved como os aprovechais: id mañana á Jesus María lo mas hermosa que podais, y que él os vea; yo me encargo de lo que siga.

--Eres muy hábil--contestó Luisa--y te debo una gala, toma--y desprendió de su cuello una gruesa cadena de oro, que el Ahuizote sin la menor ceremonia se plantó.

Luisa estaba emocionada en aquel momento porque habia llegado para ella el tiempo de amar, y amaba con toda la fuerza de su alma á Don Cesar, con quien no habia logrado, hasta entonces, tener relaciones de ninguna clase.

En toda la noche Luisa no pensó sino en la cita del dia siguiente, y apenas durmió.

En otra parte tambien una muger velaba: era Doña Blanca que preocupada con la hipócrita relacion de la beata, no podia alejar de su imaginacion al hombre que Cleofas le habia delineado, pero al que ella le daba el colorido mas poético y la figura mas romancesca.

En honor de la verdad, ni el nombre de Don Alonso de Rivera cruzó por la mente de Doña Blanca: ella conocia á Don Alonso, y era en él en quien menos hubiera pensado la jóven para fijar su amor.

Al dia siguiente muy temprano, Don Pedro de Mejía entró á los aposentos de Doña Blanca.

--Perdonadme, Doña Blanca, que tan temprano os incomode--dijo Don Pedro con una amabilidad inusitada en él.

Blanca lo estrañó, pero tuvo mucho gusto con aquel cambio que estaba tan lejos de esperar.

--Podeis mandar--contestó--que bien sabeis que me place obedeceros.

--Pues escuchadme. Dias hace que ando pensando cuán mal hice, ayudando á Don Alonso de Rivera en los obstáculos que puso á la fundacion del nuevo convento.

--Gracias á Dios que pensais así.

--Y esto á pesar de que yo veia el particular empeño que en esa fundacion tenia vuestra madrina, mi señora Doña Beatriz, con quien sabeis que tengo designio de casarme, ¿os agradaria?

--Sí, hermano mio.

--Pues bien, hablaremos de eso mas adelante; por ahora os acabaré de decir á lo que mi visita viene.

--Decid, que os escucho.

--He pensado, pues tan clara ha sido la voluntad del Señor, para que se lleve á efecto la fundacion del convento de Santa Teresa, que para descargo de mi conciencia necesito hacer algo por mi parte, en auxilio de tan santo fin.

--Muy cambiado os miro.

--Así es en efecto, y no creo sino que Dios con su infinita misericordia ha tocado mi corazon; pero necesito que vos seais mi intercesora, quiero hacer una donacion en reales al nuevo monasterio.

--Cuánto placer me dais en eso, y cuánto recibirá mi madrina.

--Pero es necesario que esta donacion seais vos la que la presenteis.

--¿Y por qué no vos?

--Porque despues de lo ocurrido, no me pareceria digno hacerlo con el Arzobispo ni con el Oidor, y seria mas prudente y mejor que lo hiciérais vos en mi nombre, á la madre Sor Inés de la Cruz, que es, ó al menos se considera hasta hoy, como la fundadora: además, que no me conviene por la amistad que me une con Don Alonso, y por el deseo natural de que no se oponga á mis proyectos de enlace con Doña Beatriz, que él se entere de que yo protejo al convento de Santa Teresa. ¿Quereis, pues, ayudarme?

--Con mucho placer.

--Entonces, tomad, aquí está una escritura de dos mil pesos, y entregadla en mi nombre á Sor Inés de la Cruz, encargándole la reserva.

--Haré cuanto me decís, y hoy mismo, y en esta misma mañana voy á vestirme y á llamar á las dueñas que me acompañen.

--Y yo voy á mandar que enganchen una carroza.

Doña Blanca, alegre por la conversacion de su hermano, entró á vestirse para ir al convento, y Mejía contento por el giro que tomaban las cosas, salió á dar órden de que dispusiesen una carroza.

A las diez de la mañana llegaba á la puerta de la iglesia de Jesus María Don César de Villaclara, en busca de su hermosa desconocida. Luisa se habia adelantado, y estaba ya dentro del templo.

Don Cesar se detuvo en la puerta mirando curiosamente á todas las damas que entraban, pero ninguna se turbaba, ni le parecia capaz de merecer los elogios del hombre de la Alameda: por fin, se decidió á penetrar en el templo, pero en los momentos de entrar, oyó el ruido de una carroza. Quizá será ella--pensó y se detuvo--pero para no llamar la atencion se volvió buscando á alguien para fingir negocio, y junto á sí observó á una beata de hábito de San Francisco, que era nada menos que la Cleofas.

La carroza se acercaba.

--Madre--dijo Don Cesar--perdonadme que os detenga, pero si no lo tomais á mal os preguntaré si podré yo sin ofenderos, ofreceros una limosna que cada mes me he impuesto por devocion dar.

--La humildad que debo imitar de mi Padre San Francisco, me obligaria á aceptar vuestra limosna.

--Entonces tomadla--dijo Don Cesar--dando á la señora Cleofas un puñado de monedas.

--Dios y mi Padre San Francisco os premiarán; ¿cómo os llamais?

En este momento habia llegado la carroza y bajaba de ella Doña Blanca radiante de hermosura. Don Cesar la vió y su corazon se agitó con violencia: ¿seria la muger que esperaba? esto hubiera sido su mayor felicidad; fijó sus ojos ardientes en Blanca, y dijo con marcada intencion y en voz alta:

--Me llamo Don Cesar de Villaclara.

Doña Blanca miró á Don Cesar hablando con Cleofas, y pensó inmediatamente que aquel era el hombre que la amaba.

Don Cesar correspondia al ideal que Blanca se habia formado escuchando á la beata.

Habia pronunciado su nombre con marcada intencion, y además, le habia simpatizado á primera vista. Luego era él.

Lógica de enamorados.

Con estas reflexiones, Blanca se turbó, se puso encendida y pisó la orla de su vestido al entrar al templo.

Nada de esto se escapó á la penetracion de Don Cesar; dejó á la beata, entró al templo detrás de Blanca, y se colocó de manera que pudiese verla.

Durante la misa Blanca levantó dos ó tres veces los ojos, y Don Cesar la miraba siempre: la jóven no pudo entender ese dia las oraciones de su devocionario. Estaba enamorada.

Luisa vió entrar á Don Cesar y tosió y se movió, y procuró llamar su atencion; él la miró, pero como buscaba un lugar para ver á Blanca, se perdió entre la muchedumbre que llenaba el templo.

Al terminarse la misa los tres se volvieron á ver.

Luisa no se retiró completamente satisfecha.

Doña Blanca subió á su carroza, profundamente preocupada.

Don Cesar, contento, orgulloso, satisfecho, tomó el camino de su casa, anhelando la llegada de la tarde para hablar con el hombre de la Alameda.

Doña Blanca llegó á su aposento, y aunque habia dado órden de que no dejaran entrar á la beata, preguntó por tres veces si no habia venido, y cada vez que la decian que no, sentia una sensacion estraña de disgusto y de satisfaccion, que no sabia cómo esplicarse ella misma.

Cuando dieron las cinco de la tarde, el Ahuizote, que habia estado en espera de Don Cesar, lo vió aparecer caballero sobre un arrogante alazan, y buscando inquieto por todas partes.

--Aquí estoy--le dijo presentándosele.

--Os buscaba con impaciencia.

--¿Vísteis á la dama?

--Sí, que la ví, y mi corazon ha quedado prisionero, es tan hermosa, que daria mi vida por besar siquiera la orla de su vestido.

--Pronto os encendeis, ¿pero no la habreis equivocado?

--¿Puede esa muger confundirse con otra? ¿puede equivocarse mi corazon? no, ella era, yo lo siento, lo adivino, apenas me vió se puso encendida como las amapolas de nuestros lagos, se turbó visiblemente, y durante la misa me miró varias veces á pesar de la gente y el respeto del lugar. ¡Oh! decidme su nombre, decídmelo, por Dios, cuanto querais pedidme, pero ayudadme á conseguir su amor.

--Os diré solo que se llama Luisa.

--Luisa, oh, qué nombre tan dulce, Luisa, Luisa mia, ¿y su condicion?

--No, hasta que ella no me lo permita, no os lo diré.

--¿Pero cómo volveré á verla, cuándo?

--Ella os ama, es lo que debe consolaros, le diré que vos la amáis, y quizá muy pronto os lleve adonde verla podais en vuestros brazos.

--Me hareis el mas feliz de los mortales: decidla que la amo, que la adoro, que desde el punto feliz en que la he visto, no puedo ser mas que para ella.

--Mañana venid á este mismo lugar.

--¿De veras? ¿y cómo os llamáis?

--Juan Correa--dijo el Ahuizote.

--Pues bien; Correa, guardad este recuerdo de mi gratitud--Y Don Cesar desprendió de sus dedos un rica tumbaga.

--Gracias--dijo el Ahuizote--no lo hacia yo por tanto.

--Pues hasta mañana á esta hora, aquí.

--Aquí.

Y Don Cesar, como todo hombre que va á caballo y recibe una buena noticia, sintió la necesidad de andar aprisa, y comenzó á galopar.

--Yo no entiendo bien esto, decia el Ahuizote, Doña Luisa me cuenta que el galan apenas le hizo caso, y él viene tan entusiasmado como nunca me lo hubiera yo figurado, es sin duda, que como las mugeres enamoradas son tan exigentes, ella queria que él hubiera hecho mil locuras; lo cierto de todo esto es, que ella me ha regalado una cadena y él una tumbaga, y apenas comenzamos.................

* * * * *

Doña Blanca siguió muy preocupada en la tarde, y cerca de las oraciones oyó en la pieza anterior á la suya, un ligero altercado.

--¿Qué hay?--preguntó.

--La beata--contestó Doña Mencia--empeñada en entrar.

--Dejadla que pase--dijo Blanca, poniéndose encendida.

--Santas y buenas tardes--dijo Cleofas entrando.

--Así se las dé Dios--contestó Doña Mencia.

--Siéntese vd. madre--agregó Blanca.

Cleofas se sentó y comenzó á platicar de cosas indiferentes, pero la dueña no se salia, y Doña Blanca tenia miedo de quedarse sola con la beata.

Por fin, la beata arresgó una indirecta.

--Hoy ví al enfermo de que os hablé ayer.

Entonces Blanca se puso pálida, y se agachó para ocultar su turbacion.

--¿Y qué dice?--preguntó tímidamente.

--Cada dia peor.

--Pobrecito.

--¿Quién es?--preguntó Doña Mencia.

--Un viejecito ciego--contestó Doña Blanca.

La beata pensó--esto va muy bien--y luego agregó recio--¿Hija mia, no os dá lástima?

--Y tanto que ya deseo que sane.

--Se lo diré así.

--No, ¿para qué?

--Siempre es un consuelo.

--Entonces, si creeis que es un consuelo, decídselo.

--Qué contento se va á poner.

--Pero no dejeis de venir á darme razon de cómo se encuentra.

--No faltaré.

La beata, impaciente por referir sus adelantos á Don Alonso, se despidió pronto, y Doña Blanca quedó como arrepentida de lo que habia dicho, pero el recuerdo del jóven que habia visto con la señora Cleofas y que era para ella su amante, le volvia el valor.

--Pronto cambiásteis, Señora, de resolucion con la beata--dijo Doña Mencia.

--Es que toda la noche pensé en el pobre enfermo de que me habló ayer, y tanto me condolió su situacion, como me cayó en gracia la caridad de la señora Cleofas.

--Es una muger muy virtuosa, ¡quién cómo ella!--esclamó hipócritamente Doña Mencia.

XXI.

De cómo la beata y el Ahuizote, Luisa y Doña Blanca, y Don Cesar y Don Alonso, se estaban todos engañando.

Luisa creia apenas lo que el Ahuizote le contaba de Don Cesar, y á pesar de todo, no le era posible convencerse del amor del jóven. Sin embargo, la violencia de sus pasiones la precipitaba, y aquella misma noche encargó al Ahuizote que citara para la siguiente á D. Cesar.

Por supuesto que á las cinco de la tarde Don Cesar estuvo puntual en la Alameda, y lleno de placer escuchó que la muger á quien amaba queria en esa noche hablarle por una de las ventanas bajas de su casa.

La hora de la cita era las once de la noche, y Don Cesar, conducido por el Ahuizote, llegó hasta la espalda de la casa de Don Manuel de la Sosa.

La calle estaba desierta y sombría.

--¿Veis aquella ventana?--preguntó el Ahuizote á Don Cesar.

--Sí.

--Pues id y llamad, ella os aguarda.

Don Cesar llegó á la ventana, llamó suavemente, y á poco se abrió con gran precaucion.

--¿Sois vos Don Cesar?--dijo Luisa con una voz dulcísima.

--¿Quién si no yo podria ser, ángel mio? yo que tan alto favor alcanzo de vuestra hermosura.

--¡Ay!

--¿Qué teneis?

--Tengo miedo: ¡si alguien nos sorprendiese!

La oscuridad de la noche no permitia á Don Cesar salir de su error: apenas distinguia el rostro de Luisa, que era en verdad muy hermosa, y se embriagaba con el eco de su voz melodiosa y con el dulce perfume de su aliento.

Si hubiera brillado en aquel momento una luz, quizá Don Cesar no se hubiera sentido triste por el cambio.

Si hubiera podido contemplar el alma de aquella muger, se hubiera horrorizado de su engaño.

--Don Cesar ¿es cierto que me amais?

--¿Que si os amo, señora? ¿eso me preguntais? Preguntadle al sol si alumbra, preguntad á los rios si corren, preguntad á las aves si vuelan y trinan ¡Oh Luisa! os amo, como si todo el vigor de mi corazon y toda la fuerza de mi espíritu se hubieran reconcentrado en esta sola pasion: desde que os ví, señora, mi misma alma me abrasa, mi mismo corazon me ahoga. Luisa, Luisa, quisiera hacer salir de mí el espíritu que me anima, para confundirlo eternamente con el vuestro.

--¡Ah! Don Cesar, qué feliz me haceis con vuestras palabras, y qué feliz soy en amaros, porque yo os amo, como quizá vos no alcanceis ni á comprender: mi corazon es de fuego, y quisiera morir en este momento que soy tan dichosa, antes que cruce el tiempo sobre esas palabras, que á fuerza de hacerme gozar, destrozan mi cerebro. ¡Ah, Don Cesar, solo Dios puede comprender lo intenso del placer que gozo en estos momentos!

--¡Alma de mi alma, tanto es mi amor, que este momento lo trocara por una eternidad de penas!

--Don Cesar, dadme vuestra mano--dijo Luisa--trémula de placer y de emocion.

Don Cesar tendió su mano dentro de la reja.

--Guardad esto--dijo Luisa, poniéndole en un dedo una riquísima sortija de brillantes--y esto--agregó, dando un apasionado beso en aquella mano.

--¡Luisa!--dijo Don Cesar, dando á su vez un beso en la mano de la jóven--esta sortija no se apartará jamas de mí.

--Ahora, idos Don Cesar, idos, que es ya mucho gozar; idos, que yo os prometo que muy pronto nos volveremos á ver.

--¿Cuándo?

--Mañana á las diez en Jesus María: hasta mañana.

--Adios, ángel mio, adios.

Don Cesar se incorporó con el Ahuizote que le esperaba.

--¿Qué tal?

--Soy el hombre mas feliz de la tierra--contestó Don Cesar, y á vos lo debo todo.

--Váya me alegro, y que no lo olvideis.

Luisa, pálida de placer, volvió á su alcoba: Don Manuel dormia profundamente.

--¡Qué feliz soy, qué feliz!--decia--cuánto me ama, y cuánto le amo yo: tan hermoso, tan valiente, tan apasionado, y yo que pedí á la Sarmiento el elíxir, ¡qué tonta! para nada lo necesito, y voy á romper la redomita.

Luisa sacó de un armario dos pequeños frascos.

--Este es--dijo--y abriendo una vidriera lo arrojó á la calle.--Ahora llegó el caso de usar la otra receta de la bruja con este hombre--y agregó, mirando con un profundo desprecio á Don Manuel que dormia--«doblar la dósis de los polvos y romper esta otra redoma»--la dósis la tomará este hombre mañana, y la redoma se romperá esta noche.

El segundo frasco fué arrojado tambien á la calle.

--Ahora sí--dijo Luisa, metiéndose en su cama--si la Sarmiento no me engaña en esta vez, como no me ha engañado nunca, ya puedo considerarme viuda, porque éste es ya un cadáver....

Doña Blanca estaba completamente entregada á las ilusiones de su primer amor en medio de su soledad y de su aislamiento: la imágen de Don César, de quien se creia amada, flotaba á su lado como un ángel; ella lo habia poetizado tanto, y tanto habia pensado en él, que ya no podia sino ocuparse de él.

La beata volvió al dia siguiente por la mañana, y aunque habló de cosas indiferentes, deslizó en las faldas de la doncella un papel cuidadosamente doblado.

Doña Blanca no pudo resistir, amaba y no podia luchar contra su corazon: tomó el papel y se levantó para disimular su emocion: era la primera carta de amor que recibia en su vida.

Se encerró un momento en su cámara y vaciló para abrir aquella esquela; pero el amor triunfó: estaba concebida así:

«Señora: ¿Conque no os soy indiferente? Me volveis la vida: quisiera de rodillas mostraros mi pasion y mi gratitud. Quizá no sea yo digno de osar á tanto, pero esta pasion me enloquece y me atrevo, señora, á preguntaros: ¿me amais? Temblando espera vuestra respuesta el mas humilde de vuestros apasionados.»

Don Alonso que veia aquello como negocio, no habia querido poner su firma hasta no estar seguro de la correspondencia de Doña Blanca, por temor de que ella mostrase la carta á su hermano Don Pedro, estando para ese caso decidido á negarlo todo.

Doña Blanca, temblando se acercó á la mesa, y con mano insegura puso al pié de la carta que habia recibido:

«Sí, yo tambien os amo.»

Volvió á doblarla, procuró serenarse y salió adonde la esperaba la beata.

En un momento en que Doña Mencia estaba distraida, Blanca entregó la esquela y la beata se retiró.

Don Alonso la esperaba. Cleofas no habia leido lo que escribió la dama, y creyó que le devolvia la carta.

--Mal estamos--le dijo--me volvió vuestra carta.

--Sin leerla.

--Eso sí no lo sé.

--Dádmela para romperla--dijo Don Alonso--mas valia no haberme dado tan risueñas esperanzas.

--No fué culpa mia, que os dije la verdad.

Don Alonso tomó la carta para romperla, y la dividió por la mitad, iba á seguir haciéndola pedazos, cuando notó las letras de Blanca, leyó, y dió un grito de placer.

--¿Qué hay?--dijo la beata.

--¿Qué ha de haber? que me ama, mirad, y yo que iba á romper esta carta, vamos, soy feliz, este negocio que creia tan dificil es hecho, hecho; y ahora sí ya no tengo para qué volver á pensar en la fundacion del convento de Santa Teresa.

LIBRO SEGUNDO.

LAS DOS PROFESIONES.

I.

De cómo dentro de un templo, y junto á la pileta de la agua bendita puede un hombre sentirse hechizado.

DON Cesar llegó al templo de Jesus María antes de las diez, y se colocó cerca de la entrada, seguro de que todas las damas llegarian allí á tomar agua bendita.

En efecto, á pocos momentos Blanca entró á la iglesia.

Comenzaba á tener grande amistad con Sor Inés de la Cruz, porque el plan que Luisa habia indicado á Don Pedro de Mejía, era tan sabio, que no podia menos de surtir sus efectos; solo que Luisa no habia contado con el amor de Blanca por Don Cesar.

Cuando un hombre ó una muger han encontrado por casualidad aunque sea, á una persona por quien conciban una pasion violenta en alguna calle ó en algun lugar público, propenden siempre á volver á ese lugar, porque piensan encontrar allí al objeto de su amor.

Esto era lo que pasaba á Doña Blanca, y por eso volvia al templo de Jesus María, á pesar de que no tenia allí cita con Don Cesar. Al verle palideció y se turbó: estaba ella segura de que la beata le habria llevado ya la respuesta á la carta que suponia haber recibido de él.

Don Cesar por su parte creía que la dama con quien habia hablado la noche anterior era Blanca.

Los dos creían haberse entendido, y en realidad no habia mediado entre ambos mas que el amor adivinado.

Don Cesar ofreció á Blanca el agua bendita en la punta de sus dedos, y le dijo muy bajo:

--¿Me amais?

--Sí--contestó Blanca con una voz apenas perceptible; pero que sin embargo, fué oida lo mismo que la pregunta por otra persona que entraba al templo en aquel momento; por Luisa.

Luisa sintió el fuego de los celos, se soñaba tan feliz, habia llegado tan llena de ilusiones, que aquel desengaño era para ella terrible.