Monja y casada, vírgen y mártir

Part 1

Chapter 14,019 wordsPublic domain

MONJA Y CASADA,

VÍRGEN Y MÁRTIR.

HISTORIA

DE LOS TIEMPOS DE LA INQUISICION,

POR EL GENERAL

Vicente Riva Palacio.

PUBLICADA POR MANUEL C. DE VILLEGAS.

MÉXICO.

IMPRENTA DE “LA CONSTITUCION SOCIAL”

_4ª. calle de la Providencia núm. 6._

1868.

Esta obra es propiedad del editor, quien perseguirá ante la ley al que la reimprima sin su permiso.

_Sr. D. Manuel C. de Villegas._

_S. C. Julio 8 de 1868._

_Mi querido editor y amigo:_

_Remito á V. el original de la novela_ «MONJA Y CASADA» _Dios lo saque á V. con bien._

_He procurado estudiar y escribir con conciencia._

_Los personajes y los episodios son históricos, y he logrado encontrar preciosos datos en la gran obscuridad que envuelve la historia de las costumbres de la época á que se refiere._

_Le doy las gracias por su galantería al haber colocado mi retrato en la novela «Calvario y Tabor.»_

_Sabe V. que lo quiere bien su amigo--Vicente._

LIBRO PRIMERO.

El Convento de Santa Teresa la Antigua.

I.

De lo que pasaba en la muy noble y leal ciudad de México, en la noche del 3 de Julio del año del Señor de 1615.

Hace dos siglos y medio, México no era ni la sombra de lo que habia sido en los tiempos de Moctezuma, ni de lo que debia ser en los dichosos años que alcanzamos.

Las calles estaban desiertas, y muchas de ellas convertidas en canales; los edificios públicos eran pocos y pobres, y apenas empezaban á proyectarse esos inmensos conventos de frailes y de monjas, que la mano de la Reforma ha convertido ya en habitaciones particulares.

Se vivia entonces muy diferentemente de como hoy se vive. A las ocho de la noche, casi nadie andaba ya por las calles, y solo de vez en cuando se percibía el farolillo de un alcalde que iba de ronda, ó la luz con que un escudero ó un rodrigon alumbraban el camino de un oidor, de un intendente, ó de una dama que volvia de alguna visita. Los perros vagabundos se apoderaban de las calles desde la oracion de la noche, y atacaban como unas fieras á los transeuntes.

Los truanes y los ladrones tenian carta franca para pasear por la ciudad; la policía de seguridad estaba solo en las armas de los vecinos.

Era la media noche del 3 de Julio de 1615. Una menuda lluvia se desprendia sobre la ciudad, y producia un rumor ténue y acompasado; no se veia en todas las calles ni una luz, las puertas y las ventanas estaban cerradas, y parecia no vivir ninguno de los treinta y siete mil habitantes que componian entonces la poblacion.

De repente, en el silencio de la noche, se oyó el ruido de un gran cerrojo, y poco despues la puerta principal del palacio del arzobispo, se abrió dando paso á una extraña comitiva.

Era una especie de procesion fantástica de sombras negras precedidas por un hombre embozado en una larga capa, con un ancho sombrero negro, sin plumas ni toquillas, y que llevaba en la mano izquierda un farol, y en la derecha un nudoso baston.

Seguíale una especie de cleriguillo, envuelto en un balandran negro, y con un sombrero semejante al de su conductor, y luego cuatro hombres que cargaban voluminosos envoltorios de indecisas formas.

Apenas salió el último de los cargadores, la puerta del palacio volvió á cerrarse, y de uno de los balcones se escuchó una voz que decia:

--¡Martin, Martin!

La comitiva se detuvo.

--Mucho cuidado; y sobre todo, mucho sigilo.

--Descuide su señoría ilustrísima, contestó el hombre del balandran; y luego, dirijiéndose á los demás, les dijo con tono imperativo: ¡Adelante!

Todos se pusieron en camino, llevando siempre de guía al del farol.

Llegaron hasta la esquina de la calle que hoy se llama cerrada de Santa Teresa, y allí siguieron por toda la calle, torcieron luego por la otra, que tambien lleva el nombre de Santa Teresa, y con direccion á la del Hospicio, que se llamaba entonces de las Atarazanas, y se detuvieron á pocos pasos frente á una casa de gran apariencia, á juzgar por el tamaño de la puerta.

El hombre del balandran dió tres golpes, pero tan lijeros, que parecia imposible que nadie los hubiera escuchado, y sin embargo, un momento despues, una voz de muger preguntó desde adentro:

--¿Quién va?

--Nuestra Madre Santa Teresa, contestó el del balandran.

--¿Qué quiere?

--Su casa.

Se oyó el ruido de la llave que entraba en la cerradura, y luego que volteaba rechinando sobre el enmohecido pasador, sonaron las trancas de madera, y gimiendo los goznes, se abrió toda la gran puerta de par en par, y la comitiva penetró en el portal de la casa á la luz del farol del guía, y de un candil de barro que tenia en la mano la muger que habia abierto.

Era una beata como de cincuenta años, vestia un hábito de San Francisco, de lana burda, y tenia cubierta la cabeza con una especie de toca de estameña negra.

Las palabras cambiadas al traves de la puerta, debian ser algunas señas convenidas, porque la beata dejó pasar á todos sin hacer pregunta alguna, y sin manifestar la menor admiracion, y luego cerró cuidadosamente el zaguan.

El hombre del farol penetró en la casa seguido de los cargadores, y el del balandran quedó esperando á que pasaran, para hablar con la beata.

--Señora Cleofas, ¿nadie ha sentido nada?

--No; que todo el mundo duerme tranquilamente, hace mas de cuatro horas.

--Muy bien, su Ilustrísima desea que nadie sepa nada y ya se sabe, cuando su Ilustrísima lo dispone, es necesario cumplir.

--Vaya usarcé sin cuidado, señor Bachiller.

--Oigame vuesa merced, Señora Cleofas, que si dentro de un rato vienen á llamar con la misma contraseña que yo he traido, no se detenga en abrir, que debe ser sin duda su Señoria el señor Quesada, Oidor de esta Real Audiencia.

--Descuide usarcé, que no haré esperar al señor Oidor.

El Bachiller, como le habia llamado la beata, se ajustó al cuerpo su balandran y se dirijió al interior de la casa.

Aunque la noche es oscura y lluviosa nosotros no necesitamos de luz para ver, y procuraremos hacer una descripcion del edificio.

Era un inmenso patio enlosado, y entre las mal ajustadas losas, brotaba la yerba en grande abundancia; en el medio habia una gran fuente de azulejos, en derredor de la cual se veian como veinte piedras colocadas de manera que servian de lavadero de ropa á los vecinos, y de las ventanas y de grandes clavos asegurados en las paredes, se tendian mecates elevados del suelo por morillos delgados y sueltos, y que servian para secar al sol la ropa que se lavaba en aquellas piedras.

Debia haber allí un gran vecindario segun el número de puertas, de ventanas, y de escaleras que se descubrian por todas partes. Pero todo el mundo dormia profundamente, porque no se escuchaba rumor de ninguna especie, y solo en el fondo, al traves de las hendiduras de una puerta, se veia una luz dentro de una habitacion.

Hácia allí se dirijió el Bachiller, y llegó, no sin haber tropezado muchas veces con los mecates que servian de tendedero.

Empujó sin ceremonia la puerta y entró en la habitacion.

El hombre del farol y sus compañeros se ocupaban afanosamente en poner un altar en el fondo de una gran sala.

El altar se levantaba como por encanto: sotabanco y gradas estaban ya en su lugar, y cubiertos con un riquísimo brocado. La imágen de Santa Teresa ocupaba el centro de la grada alta, y candeleros y blandones, y ramilletes de plata y oro, cubrian las demás.

--De prisa camina la obra, señor Justo.

--Sí señor Bachiller--contestó el que habia traido el farol, y que era un hombre como de sesenta años, pero robusto y fuerte.--Hace mas de cuarenta y cinco años que soy sacristan, y no será la práctica la que me falte, ya verá su merced.

--Antes de amanecer estará ya aquí su Ilustrísima el Señor Arzobispo, y es necesario que no falte nada.

El sacristan sin contestar, siguió trabajando; y el Bachiller se arrebujó en el sitial que estaba destinado para el Arzobispo, y se puso á meditar.

Habia trascurrido así como media hora, cuando la puerta se abrió repentinamente, y un nuevo personaje se presentó en el salon.

El recien venido era un hombre en la fuerza de la edad viril; su rostro enjuto tenia las señales de una vejez próxima, apresurada no por el vicio, sino por el estudio y la vigilia; un bigote negro y con las puntas levantadas, y una piocha larga y en figura de una coma, daban á su rostro un aire resuelto.

Vestia una ropilla negra de terciopelo con gregüescos y calzas del mismo color, un sombrero negro al estilo de Felipe II, y ferreruelo tambien negro, completaban su equipo, sin que le faltara una larga espada de ancha taza, y una daga de gancho, pendientes de un talabarte negro ceñido con una brillante hebilla de oro.

El Bachiller se levantó precipitadamente y se dirijió á su encuentro.

El recien venido sacudió su sombrero y su ferreruelo, empapados con la lluvia de la noche.

--Dios os guarde--dijo.

--Señor Oidor, contestó el Bachiller, supongo que no habrán hecho esperar á su señoría, porque yo advertí......

--No, señor Bachiller; la pobre beata velaba, como buena cristiana. ¿Y qué tal se adelanta? dijo el Oidor dirijiéndose al altar, y haciendo al llegar una pequeña genuflexion.

--Admirablemente: creo que dentro de una hora, todo estará dispuesto.

--Muy bien; el golpe está perfectamente combinado, y D. Alonso de Rivera tendrá que mesarse mañana las barbas. ¿Nádie ha observado nada?

--No señor.

El Oidor sacó de la abertura del pecho de su ropilla un enorme reloj de plata que traia pendiente del cuello por una gruesa cadena de oro.

--Es la una--dijo--me voy: y embozándose en su ferreruelo se dirijió á la puerta sin despedirse de nadie, pero haciendo con los ojos una ligera seña al Bachiller.

Tomó este su sombrero, y como haciendo cumplidos, acompañó al Oidor y salieron ambos al patio, cuidando de cerrar la puerta.

Ni el sacristan ni sus acompañantes pusieron atencion en lo que pasaba, y continuaron componiendo su altar.

II.

Donde se ve quién era el Bachiller, y lo que pasó con el Oidor.

--Pardiez, señor Bachiller--dijo el Oidor cuando estuvieron en el patio,--que me habeis hecho venir con una noche, que mas está para dormir que para andarse en aventuras; ¿tanto urge lo que me teneis que decir?

--A no ser la urgencia tanta, cuidárame muy bien de haber molestado á vuestra señoría; pero á tanto llega la precision, que si una hora más tarda su señoría, hubiera corrido riesgo de llegar tarde.

--Me alarmais, en verdad.

--Creo que no hay gran peligro, sino el de no complacer á la dama de vuestro pensamiento.

--¿Qué hay, pues?

--Que en esta noche, y como á bocas de las oraciones, recibí una esquela de mi señora Doña Beatriz, que es fuerza lea vuestra señoría.

--Dádmela.

--Aquí está--dijo el Bachiller, entregando al Oidor un billete pequeño, y cuidadosamente doblado y perfumado.

--Por el aroma le conociera, aunque no viese las letras--dijo el Oidor besándole:--¿pero á donde podré imponerme?

--En el cuarto de la beata que tiene luz, y que está abierto cerca del zaguan.

Los dos se dirigieron á la puerta de la calle.

Al ruido de sus pasos, de una pequeña puerta salió la beata con su candil en la mano.

--Tendreis á bien, le dijo el Oidor, prestarme vuestro candil y permitirme que pase yo solo un momento á vuestro cuarto á leer una carta.

--Con mucho gusto--contestó la beata, entregándole el candil.

La beata y el Bachiller quedaron á la puerta, y el Oidor entró al cuarto.

Encima de una mesa, que tenia por todo adorno un Cristo y una calavera, colocó el Oidor el candil y se quitó el sombrero respetuosamente.

Desdobló la carta y leyó.

«Al Bachiller D. Martin de Villavicencio y Salazar.»

«Avisad á Quesada que es indispensable que me vea esta madrugada á las dos. Dios os guarde.--_Beatriz._»

El Oidor besó la esquela, la dobló cuidadosamente, y metiéndola en la bolsa de sus gregüescos, tomó el candil y el sombrero y salió.

La beata recibió el candil y se dirigió á abrir.

--Mil gracias,--dijo el Oidor saliendo seguido del Bachiller.

--A Dios sean dadas--contestó la beata cerrando.

--¿Qué me dice su señoría?

--Nada, sino que es preciso que me vaya yo sin perder tiempo á ver á Beatriz.

--¿Quiere su señoría que le acompañe?

El Oidor se volvió como diciendo: ¿de qué podrá servirme éste?--El Bachiller lo comprendió.

--Mire su señoría--dijo--aunque parezco gente de iglesia, y por tal me ha conocido siempre, no lo soy, que aunque Bachiller no tengo mas órdenes que la de prima tonsura, que casi, casi solo el barbero nos la confiere y no imprime carácter; conozco el manejo de las armas como un soldado, y puede vuestra señoría ocuparme sin el menor escrúpulo, que no será este negocio en el que tenga que ver el Santo Oficio.

--Pero si yo os llevara en mi compañía tendríais que ir mano sobre mano, porque no os veo llevar arma de ninguna especie.

--Descuide su señoría, que no me faltará, sobre todo, si como supongo vamos á la casa de mi señora Doña Beatriz en la calle de la Celada.

--Así es en efecto.

--Pues iremos, porque yo hasta las cuatro no tengo que venir para acompañar al señor Arzobispo.

--Pues andando, que el tiempo avanza.

Quesada y Martin comenzaron á caminar lo mas aprisa que les permitia la oscuridad de la noche, y el pésimo estado de las calles, llenas de lodo, de charcos de agua, y de cerros que se formaban en las esquinas con la basura que arrojaban allí los vecinos de las casas cercanas.

Así llegaron hasta las tiendas que habia, en donde despues se levantó el Parian, y que ocupaban una parte de la Plaza Mayor.

--Me permite su señoría un momento,--dijo Martin.

El Oidor se detuvo, y Martin se dirigió á una de las tiendas y llamó fuertemente.

--¿Quién va?--dijo desde adentro un hombre.

--Yo--contestó Martin--abre Zambo.

--¿Quién es yo?

--Yo, Garatuza, ábreme pronto.

A pocos momentos se abrió la puerta.

--Enciende luz--dijo Martin.

Se oyó el choque de un eslabon contra la piedra, se vieron las chispas blancas del pedernal, y luego la roja lumbre de la yesca, y luego la azulada luz de una pajuela de azufre, y por último, el claro resplandor de una bujía de cera.

Un Zambo, cabezon y feo como un condenado, la tenia en la mano.

--¿Hay una espada?--preguntó Martin.

--Aquí están tres, las demas salieron porque andan de aventura los muchachos.

--Dame una pronto.

El Zambo dió á Martin una espada y una daga pendientes de un talabarte de cuero colorado muy viejo, con hebilla de fierro.

Martin se ciñó el talabarte, y volvió al lado del Oidor.

--Estoy á las órdenes de su señoría,--le dijo con una sonrisa maliciosa, y entre abriendo su balandran para mostrar sus armas.

Pero la noche era oscura, y el Oidor no pudo ver ni la sonrisa ni las armas, y preguntó:

--¿Ya armado?

--Ya.

--Por mi fé, señor Bachiller, que voy descubriendo en vos una alhaja; vámonos.

--Su señoría me favorece demasiado,--contestó hipócritamente Martin--no soy mas que un hombre precavido.

Habia cesado la lluvia, el negro toldo de nubes que cubria el cielo comenzaba como á despedazarse, y en medio de su oscuro fondo empezaba á adivinarse la luna anunciada por líneas luminosas é irregulares en la pesada masa que flotaba en el aire.

La calle de la Celada es la que ahora se llama de Zuleta, y debió el nombre de Celada á un ardid de guerra que, durante el sitio de México por Hernan Cortés, hizo caer prisioneros en manos de los vasallos de Guatimotzin, á seis españoles en esa misma calle, que era un ancho canal en los dias de la conquista.

El Oidor y Martin tenian para llegar á la calle de la Celada, que atravesar la acequia que pasaba por frente á las casas del Ayuntamiento, y corria por las calles que ahora se llaman del Coliseo, hasta la gran acequia que circundaba la ciudad.

Por la márgen derecha de la acequia siguieron hasta llegar á un puente que existia en la calle del Espíritu Santo, y allí franquearon el obstáculo.

La noche iba aclarando, y los dos hombres, aunque con precaucion, caminaban de prisa y sin hablarse.

Habia en la calle de la Celada una grande y magnífica habitacion, que indicaba la opulencia y el poder de sus dueños, y hácia aquella casa se dirigió sin vacilar el Oidor seguido de Martin.

Cruzó sin pararse frente á la entrada principal, y continuó alejándose de ella hasta detenerse en una puertecilla que en un elevado muro habia, y que á juzgar por lo que alcanzaba á verse desde la calle y desde las azoteas vecinas, correspondia á un jardin ó á un corralon.

Quesada arañó literalmente aquella puerta dos veces; en el interior se oyó tambien como si alguien arañase, y Quesada dió entonces un golpecito.

La puerta se abrió como por encanto, sin hacer ruido ninguno.

--¿Me esperáis aquí, ó preferís entrar?--preguntó el Oidor á Martin.

--En todo caso--contestó el Bachiller--prefiero estar afuera, porque si su señoría tardase podria yo irme á ver al señor Arzobispo.

--Bien, no tardaré.

La puerta volvio á cerrarse y Martin quedó solo en la calle apoyado en el dintel.

Un negro muy alto y muy fornido habia abierto al Oidor, y le guiaba en el interior de la casa; pero el Oidor parecia no necesitar aquel guía, segun la tranquilidad con que caminaba.

Atravesaron un gran patio desierto, subieron una pequeña y angosta escalera, al fin de la cual habia un estrecho corredor.

El negro iba descalzo y el Oidor procurando ahogar el eco de sus pisadas, andando sobre la punta de los piés.

Pasaron algunas habitaciones desiertas tambien, y el negro llamó á una puerta entornada.

--Adentro--dijo una voz tan dulce, como el gemido de una brisa.

El negro empujó suavemente la puerta, se hizo á un lado dejando pasar respetuosamente al Oidor, y volvió á cerrar, quedando por fuera como de centinela.

--Loado sea Dios--esclamó al ver á Quesada una dama que leía un libro, sentada en un sitial cerca de una mesa.

--Doña Beatriz--esclamó Quesada, arrojándose á los piés de la dama, antes que ésta hubiera tenido lugar de levantarse.

* * * * *

Martin permaneció cerca de un cuarto de hora sin moverse: estaba como confundido en el hueco de la puerta, y en la sombra del muro.

Enfrente habia una casa baja con ventanas irregularmente colocadas.

Martin creyó oir ruido dentro de aquella casa; y en efecto á poco se abrió la puerta, y tres hombres embozados hasta los ojos salieron de allí acompañados hasta la salida por una vieja que llevaba una vela, y por tres ó cuatro muchachas que se despedian de ellos, con una ternura demasiado espresiva.

La luz que se desprendia de la puerta iluminó á Martin, y la vieja le alcanzó á ver.

--¡Un hombre!--esclamó.

--¿En donde?--preguntó uno de los embozados.

--Enfrente, espiando,--dijo la vieja:--¡será el diablo!

Las muchachas lanzaron un grito, y la luz se apagó.

--Cierren--dijo una voz de hombre--nosotros iremos á reconocer.

La puerta se cerró, los embozados que venian de una pieza iluminada vacilaron deslumbrados; pero Martin acostumbrado á la especie de penumbra que reinaba en la calle, se quitó precipitadamente el balandran, se lo envolvió en el brazo derecho como una adarga, y tiró de la espada.

Martin conocia muy bien México para saber qué clase de mugeres vivian en aquella casa, y los parroquianos que la frecuentaban, que eran siempre camorristas, pendencieros y hombres de mala conducta, comprendió que el lance era indispensable.

Los embozados rodearon á Martin con los estoques en las manos; pero el Bachiller era hombre que lo entendia en esto del manejo de las armas. Cubierta su espalda por el muro, y procurando no separarse de allí, el Bachiller tenia á sus enemigos á raya, y su espada como una víbora flexible y ligera, y sus movimientos rápidos pero estudiados abatian los estoques de sus contrarios, aprovechando los momentos para tirarles algunas puntas, y mas de una vez creyó Martin sentir que algo mas que el aire detenia su espada.

Pero aquello no podia prolongarse hasta el amanecer. Martin sentia el cansancio, y sus adversarios lo comprendian, porque multiplicaban sus ataques: fatigado, jadeante, se contentaba ya con defenderse sin atacar.

Entonces quiso hacer un gran esfuerzo y buscar su salvacion en la fuga, apretó la espada y se arrojó en medio de la calle lanzando un chillido agudo y semejante al que lanzan las lechuzas en lo alto de las torres durante la noche.

Como por efecto de un conjuro, los tres embozados retrocedieron inclinando las espadas, y contestando con otro grito semejante. Martin se acercó á uno de ellos.

--¡Mariguana!--esclamó Martin.

--¡Garatuza!--esclamó el otro.

Y todos se agruparon en derredor del Bachiller.

III.

Doña Beatriz de Rivera.

La estancia en que habia penetrado el Oidor, estaba escasamente iluminada por dos bujías de cera, colocadas en candeleros de plata, sobre una grande y pesada mesa de madera pintada de negro, con grandes relieves y adornos dorados; en derredor de la estancia habia enormes sitiales semejantes en su adorno y construccion á la mesa, con respaldos y asientos forrados de rico damasco, color de naranja, y sobre una de las puertas se advertia un baldoquin del mismo color con una pequeña imágen de Santa Teresa.

Doña Beatriz era una dama como de veintitres años, alta, pálida, con dos ojos negros y brillantes que resaltaban en la blancura mate de su rostro, su pelo negro estaba contenido por una toquilla blanca y sin adorno.

Doña Beatriz vestia un traje negro de terciopelo con el corpiño ajustado, y con unas anchas mangas que desprendiéndose casi desde el hombro dejaban ver sus hermosísimos brazos torneados y mórvidos, y sus manos pequeñas y perfectamente contorneadas deslumbraban por la gran cantidad de anillos de brillantes que tenia en los dedos.

Podia adorarse aquella muger, como el ideal de la belleza de aquellos tiempos. El Oidor permanecia de rodillas delante de Beatriz teniendo entre sus manos una de las manos de la jóven, y contemplando su rostro apasionadamente.

--Alzad D. Fernando--dijo Beatriz, procurando levantarle suavemente--alzad, que por mas que me plazca miraros así, mas quiero veros á mi lado.

--Doña Beatriz, pluguiera á Dios, que pudiese yo pasar mi vida, contemplandoos de esta manera, os amo tanto.

--¿Me amais? ¿y no os amo yo tambien? ¿No sois vos el dueño de mi vida y de mi alma? Ah, D. Fernando, por vos atropello todos los respetos, y mirad, á esta hora de la noche no solo os permito llegar hasta aquí, sino que os llamo. ¿Quereis aun mas?

D. Fernando, besó delirante la mano de Beatriz, y se levantó.

--Aquí, aquí,--le dijo la jóven, indicando un sitial que estaba cerca del suyo,--aquí tomad asiento porque el dia avanza y tengo un negocio de que hablaros.

D. Fernando acercó un poco mas el sitial, y se sentó volviendo á tomar entre la suya la blanca y tibia mano de Beatriz.

--Hablad, hablad Señora, os escucho y os miro ¿qué mas puedo anhelar en el mundo?

--Oidme D. Fernando: ¿conoceis á D. Pedro de Mejía, el hermano de Blanca, de mi ahijada de confirmacion?

--Le conozco, Doña Beatriz.

--¿Y qué pensais de él?

--Es un hombre fabulosamente rico, aunque con el peligro de que su hermana al cumplir veinte años, ó al casarse, le quite la mitad del capital, segun la disposicion de su padre al morir, pero ademas de eso, D. Pedro es el hombre mas orgulloso, mas déspota y mas codicioso que ha llegado de España.

--Pues bien, esta tarde ha estado D. Pedro de Mejía con mi hermano D. Alonso de Rivera, y le ha pedido solemnemente mi mano.

--¡Qué todo el poder de Dios me valga!--exclamó D. Fernando levantándose pálido de furor.

--Sosegaos D. Fernando que bien sabeis que os amo y antes consentiria en tomar el velo, que ser esposa de otro hombre que no fueseis vos.

--Oh gracias Doña Beatriz, gracias--esclamó D. Fernando, llevando á sus lábios la mano de la jóven--gracias, solo por vos he temblado, por lo demás, nada me importa que todos se opongan, soy fuerte y poderoso, y os llevaré al altar mal que les pese.