Misericordia

Chapter 7

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«No poder mí con ella. _B'rracha_ siempre. Es un dolor... un dolor. Yo estar ella migo por lástima...».

Al ver que las dos mujeres, después de atizarse un par de _tintas_, miraban burlonas al ciego y a Benina, esta tuvo miedo y quiso retirarse.

«_Dir_ tú no, _Amri_. Quedar migo--le dijo el ciego cogiéndola de un brazo.

--Temo que armen bronca estas indinas... Acá vienen ya».

Aproximáronse las tales, y pudo la Benina ver y examinar a su gusto el rostro de Pedra, de una hermosura desapacible y que despedía. Morena, de facciones tan regulares como pronunciadas, magníficos ojos negros, cejas que al juntarse culebreaban, boca sucia y bien rasgueada, que no parecía hecha para sonreír, cuerpo derecho y esbeltísimo en su flaqueza y desaliño, la compañera de Almudena era una figura trágica, y como tal impresionó a Benina, aunque esta no expresaba su juicio sino pensando que le daría miedo encontrarse con tal persona, de noche, en lugar solitario.

De la Diega no podía determinarse si era joven o entre-vieja. Por la estatura parecía una niña; por la cara escuálida y el cuello rugoso, todo pliegues, una anciana decrépita; por los ojos, un animalejo vivaracho. Su flaqueza era tan extremada, que Benina no pudo menos de comentarla mentalmente con una frase andaluza que usar solía su señora: «Esta es de las que sacan espinas con los codos».

Pedra se sentó, dando los buenos días, y la otra quedose en pie, sin alzar del suelo más que la cabeza de Almudena, en cuyos hombros dio fuertes palmetazos.

«_Tati_ quieta--le dijo este enarbolando el palo.

--Cuidado con él, que es malo y traicionero...--indicó la otra.

--_Jai_... ¿verdad que eres malo y pegar _tú mí_?

--Yo _ero beno_; tú mala, _b'rracha_.

--No lo digas, que se escandalizará la señora anciana.

--Anciana no ser ella.

--¿Tú qué sabes, si no la ves?

--Decente ella.

--Sí que lo será, sin agraviar. Pero a ti te gustan las viejas.

--Ea, yo me voy, señora, que lo pasen bien--dijo Benina, azoradísima, levantándose.

--Quédese, quédese... ¡Si es _groma_!».

La Diega la instó también a quedarse, añadiendo que habían comprado un décimo de la Lotería, y ofreciéndole participación.

«Yo no juego--replicó Benina--: no tengo cuartos.

--Yo sí--dijo el marroquí--: dar vos una _pieseta_.

--Y la señora, ¿por qué no juega?

--Mañana sale. Seremos ricas, ricachonas en _efetivo_--dijo la Diega--. Yo, si me la saco, San Antonio me oiga, volveré a establecerme en la calle de la Sierpe. Allí te conocí, Almudena. ¿Te acuerdas?

--No _mi cuerda_, no...

--Vos conocisteis en Mediodía Chica, por la casa de atrás.

--A este le llamaban Muley Abbas.

--Y a ti _Cuarto e kilo_, por lo chica que eres.

--Poner motes es cosa fea. ¿Verdad, Almudenita? Las personas decentes se llaman por el santo bautismo, con sus nombres de cristiano. Y esta señora, ¿qué gracia tiene?

--Yo me llamo Benina.

--¿Es usted de Toledo, por casualidad?

--No, señora: soy... dos leguas de Guadalajara.

--Yo de Cebolla, en tierra de Talavera... y dime una cosa: ¿por qué esta gorrinaza de Pedrilla te llama a ti _Jai_? ¿Cuál es tu nombre en tu religión y en tu tierra cochina, con perdón?

--Llamarle _mi Jai_ porque ser morito él--dijo la trágica remedando su habla.

--Nombre mío _Mordejai_--declaró el ciego--, y ser yo nacido en un _puebro mu bunito_ que llamar allá Ullah de Bergel, _terra_ de Sus... ¡oh! _terra_ divina, _bunita_... _mochas arbolas_, _aceita mocha_, _miela_, _frores_, _támaras_, _mocha güena_».

El recuerdo del país natal le infundió un candoroso entusiasmo, y allí fue el pintarlo y describirlo con hipérboles graciosas, y un colorido poético que con gran entretenimiento y gozo saborearon las tres mujeres. Incitado por ellas, contó algunos pasajes de su vida, toda llena de estupendos casos, peligrosas empresas y fantásticas aventuras. Refirió primero cómo se había fugado del hogar paterno, de edad de quince años, lanzándose a correr mundo, sin que en todo el tiempo transcurrido desde aquel suceso, tuviese noticia alguna de su patria y familia. Mandole su padre a casa de un mercader amigo suyo con este recado: «Dile a Rubén Toledano que te dé doscientos duros que necesito hoy». El tal debía de ser al modo de banquero, y entre ambos señores reinaba sin duda patriarcal confianza; porque el encargo se hizo efectivo sin ninguna dificultad, cogiendo Mordejai los doscientos pesos en cuatro pesados cartuchos de moneda española. Pero en vez de ir con ellos a la casa paterna, tomó el caminito de Fez, ávido de ver mundo, de trabajar por su cuenta, y de ganar mucho dinero para el autor de sus días, no los doscientos duros, sino dos mil o cientos de miles. Comprando dos borricos, se puso a portear mercaderías y pasajeros entre Fez y Mequínez, con buenas ganancias. Pero un día de mucho calor, ¡castigo de Dios! pasó junto a un río y le entraron ganas de darse un baño. En el agua flotaban dos caballos muertos, cosa mala. Al salir del baño le dolían los ojos: a los tres días era ciego.

Como aún tenía dinero, pudo algún tiempo vivir sin implorar la caridad pública, con la tristeza inherente al no ver, y la no menos honda producida por el brusco paso de la vida activa a la sedentaria. El muchacho ágil y fuerte se hizo de la noche a la mañana hombre enclenque y achacoso, y sus ambiciones de comerciante y sus entusiasmos de viajero quedaron reducidos a un continuo meditar sobre lo inseguro de los bienes terrenos, y la infalible justicia con que Dios Nuestro Padre y Juez sienta la mano al pecador. No se atrevía el pobre ciego a pedirle que le devolviese la vista, pues esto no se lo había de conceder. Era castigo, y el Señor no _se vuelve atrás_ cuando pega de firme. Pedíale que le diera dinero abundante para poder vivir con desahogo, y una _muquier_ que le amara; mas nada de esto le fue concedido al pobre Mordejai, que cada día tenía menos dineros, pues estos iban saliendo, sin que entraran otros por ninguna parte, y de _muquieres_ nada. Las que se acercaban a él fingiéndole cariño, no iban a su covacha más que a robarle. Un día estaba el hombre muy molesto por no poder cazar una pulga que atrozmente le picaba, burlándose de él con audacia insolente, cuando... no es broma... se le aparecieron dos ángeles.

XIV

«¿Pero tú ves algo, Almudena?--le preguntó _Cuarto e kilo_.

--_Ver mí burtos ellos_».

Explicó que distinguía las masas de obscuridad en medio de la luz: esto por lo tocante a las cosas del mundo de acá. Pero en lo de los mundos misteriosos que se extienden encima y debajo, delante y detrás, fuera y dentro del nuestro, sus ojos veían claro, cuando veían, _mismo como vosotras ver migo_. Bueno: pues se le aparecieron dos ángeles, y como no era cosa de aparecérsele para no decir nada, dijéronle que venían de parte del Rey de _baixo terra_ con una embajada para él. El señor _Samdai_ tenía que hablarle, para lo cual era preciso que se fuese mi hombre al Matadero por la noche, que estuviese allí quemando _ilcienso_, y rezando en medio de los despojos de reses y charcos de sangre, hasta las doce en punto, hora invariable de la entrevista. No hay que añadir que los ángeles se marcharon con viento fresco en cuanto dieron conocimiento de su mensaje a Mordejai, y este cogió sus trebejos de sahumar, la pipa, la ración de _cáñamo_ en un papel, y se fue caminito del Matadero: el largo plantón que le esperaba, se le haría menos aburrido fumando.

Allí se estuvo, sentado en cuclillas, aspirando los vahos olorosos del sahumerio, y fumando pipa tras pipa, hasta que llegó la hora, y lo primerito que vio fue un par de perros, más grandes que _el cameio_, _brancos_, con ojos de fuego. Él, Mordejai, _mocha medo_, un _medo_ que le quitaba el respirar. Vino después un _arregimiento_ de jinetes con mucho cantorio, galas _mochas_; luego empezó a caer lluvia espesísima de arena y piedras, tanto, tanto, que se vio enterrado hasta el pescuezo... y no respiraba. Cada vez más _medo_... Por encima de toda aquella escoria pasó velocísimo otro escuadrón de jinetes, dando al viento los blancos alquiceles, y sin cesar disparando tiros. Siguió un diluvio de culebras y _alcranes_, que caían silbando y enroscándose. El pobre ciego se moría de _medo_, sintiéndose envuelto en la horrorosa nube de inmundos animales... Pero luego vinieron hombres y mujeres a pie, en pausada procesión, todos con blancas vestiduras, llevando en la mano canastillas y bateas de oro, y pisando sobre flores, pues en rosas y azucenas se habían convertido mágicamente las serpientes y alacranes, y en olorosas ramas de menta y laurel todo aquel material llovido de arena cálida y puntiagudos guijarros.

Para no cansar, apareció por fin el Rey, hermoso, con humana y divina hermosura, barba larga y negra, aretes en las orejas, corona de oro que parecía tener por pedrería el sol, la luna y las estrellas. Verde era su traje, que por lo fino debía de ser obra de unas arañas muy pulidas que en los profundos senos de la tierra tejen con hebras de fuego. El séquito de _Samdai_ era tan vistoso y brillante que deslumbraba. Como le preguntara la Petra si no venía también Su Majestad la Reina, quedose un momento parado el narrador, recordando, y al fin dio cuenta de que _vido_ también a la señora del Rey, pero con la cara muy tapada, como la luna entre nubes, y por esta razón Mordejai no pudo distinguirla bien. La Soberana vestía de amarillo, de un color así como nuestros pensamientos cuando estamos entre alegres y tristes. Expresaba esto el ciego con dificultad, supliendo las torpezas de su lenguaje con el juego fisonómico de la convicción, y los mohines y gestos elocuentes.

Total: que a una orden del Rey le fueron poniendo delante todas aquellas bateas y canastos de oro que traían las mujeres de blanco vestidas. ¿Qué era? _Pieldras_ de diversas clases, _mochas_, _mochas_, que pronto formaron montones que no cabrían en ninguna casa: _rubiles_ como garbanzos, perlas del tamaño de huevos de paloma, _tudas_, _tudas_ grandes, _diamanta fina_ en tal cantidad, que había para llenar de ellos sacos _mochas_, y con los sacos un carro de mudanzas; esmeraldas como nueces y _trompacios_ como _poño mío_...

Oían esto las tres mujeres embobadas, mudas, fijos los ojos en la cara del ciego, entreabiertas las bocas. Al comienzo de la relación, no se hallaban dispuestas a creer, y acabaron creyendo, por estímulo de sus almas, ávidas de cosas gratas y placenteras, como compensación de la miseria bochornosa en que vivían. Almudena ponía toda su alma en su voz, y con la lengua hablaban todos los pliegues movibles de su cara, y hasta los pelos de su barba negra. Todo era signos, jeroglífico descifrable, oriental escritura que los oyentes entendían sin saber por qué. El fin de la espléndida visión fue que el Rey le dijo al bueno de Mordejai que de las dos cosas que deseaba, riquezas y mujer, no podía darle más que una; que optase entre las pedrerías de gran valor que delante miraba, y con las cuales gozaría de una fortuna superior a la de todos los soberanos de la tierra, y una mujer buena, bella y laboriosa, joya sin duda tan rara que no se podía encontrar sino revolviendo toda la tierra. Mordejai no vaciló un momento en la elección, y dijo a Su Majestad de _baixo terra_, que para nada quería tanta pedrería _por fanegas_, si no le daban _muquier_... «Querer mi ella... gustar mí _muquier_, y sin _muquier_ migo, no querer _pieldras_ finas, ni _diniero_ ni _naida_».

Señalole entonces el Rey una hembra que bien envuelta en un manto que la tapaba toda, el rostro inclusive, iba por el camino, y le dijo que aquella era _la suya_, y que la siguiese hasta cogerla o más bien cazarla, pues a paso muy ligero iba la condenada. Y dicho esto por el Rey, se dignó Su Majestad desaparecerse, y con él se fueron todos los de su comitiva, y los _arregimientos_ y las señoras de blanco, y _tudo_, _tudo_, no quedando más que un olor penetrante del _ilcienso_, y los ladridos de los dos perrazos que se iban perdiendo en las lontananzas de la noche fría, cual si despavoridos huyeran hacia los montes. Tres meses estuvo enfermo Mordejai después de este singular suceso, y no comía más que agua y harina de cebada sin sal. Quedose tan flaco que se contaba al tacto todos los huesos, sin que se le escapara uno en la cuenta. Por fin, arrastrándose como pudo, emprendió su camino por toda la grandeza del mundo en busca de la mujer que, según dicho del divino _Samdai_, era suya.

«Y no la encontraste hasta _tantismos_ años de correr, y se llamaba Nicolasa--dijo la Petra, queriendo ayudar al biógrafo de sí mismo.

--¿Tú qué saber? No ser Nicolasa.

--Entonces será _la señora_--apuntó la Diega, señalando no sin cierta impertinencia a la pobre Benina, que no chistaba.

--¿Yo?... ¡Jesús me valga! Yo no soy ninguna tarascona que anda por los caminos».

Contó Almudena que desde Fez había ido a la Argelia; que vivió de limosna en Tlemcén primero, después en Constantina y Orán; que en este punto se embarcó para Marsella, y recorrió toda Francia, Lyon, Dijon, París, que es _mu_ grande, con tantos _olivares_ y buenos pisos de calle, todo como la palma de la mano. Después de subirse hasta un pueblo que le llaman _Lila_, volviose a Marsella y a Cette, donde se embarcó para Valencia.

«Y en Valencia encontraste a la Nicolasa, con quien veniste por _badajes_, que vos daban los _aiuntamientos_, con dos _riales de tapa_--dijo la Petra--, y de Madrid vos fuisteis a los _Portugales_, y tres años te duró el contento, camastrón, hasta que la _golfa_ se te fue con otro.

--Tú no saber.

--Que cuente la historia de Nicolasa y cómo a él le cogieron en Madrid para llevarle a San Bernardino, y ella fue al _espital_; y estando él una noche durmiendo, se le aparecieron dos mujeres del otro mundo, verbigracia, _ánimas_, para decirle que la Nicolasa _hablaba_ en el _espital_ con uno que le iban a dar de alta...

--No ser eso, no ser eso: cállate tú.

--Otro día nos lo contará--indicó Benina, que, aunque gustaba de oír aquellos entretenidos relatos, no quería detenerse más, recordando sus apremiantes quehaceres.

--Espérese, señora: ¿qué prisa tiene?--le dijo la Diega--. ¿A dónde irá usted que más valga?

--Otro día contar más--indicó el ciego sonriendo--. Mí ver mundo _mocha_.

--Estás cansadito, Jai. Convídanos a un medio para que se te remoje la lengua, que la tienes más seca que suela de zapato.

--Yo no convidar mí ellas, _b'rrachonas_. No tener _diniero migo_.

--Por eso no quede--dijo la Diega, rumbosa.

--Yo no bebo--declaró la Benina--, y además tengo prisa, y con permiso de la compañía me voy.

--Quedar ti rato más. Dar once _reloja_.

--Dejarla--manifestó con benevolencia la Petra--, por si tiene que ir a ganarlo; que nosotras ya lo hemos ganado».

Interrogadas por Almudena, refirieron que habiendo cogido la Diega unos dineros que le debían dos mozas de la calle de la Chopa, se habían lanzado al comercio, pues una y otra tenían suma disposición y travesura para el compra y vende. La Petra no se sentía mujer honrada y cabal sino cuando se dedicaba al tráfico, aunque fuese en cosas menudas, como palillos, mondarajas de tea, y _torraé_. La otra era un águila para pañuelos y puntillas. Con el dinero aquel, venido a sus manos por milagro, compraron género en una casa de saldos, y en la mañana de aquel día pusieron sus bazares junto a la Fuentecilla de la Arganzuela, teniendo la suerte de colocar muchas carreras de botones, varas muchas de puntilla y dos chalecos de bayona. Otro día _sacarían_ loza, _imágenes_, y caballos de cartón de los que daban, _a partir ganancias_, en la fábrica de la calle del Carnero. Largamente hablaron ambas de su negocio, y se alababan recíprocamente, porque si _Cuarto e kilo_ era de lo que no hay para la adquisición de género _por gruesas_, a la otra nadie aventajaba en salero y malicia para la venta al menudeo. Otra señal de que había venido al mundo para ser o _comercianta_ o nada, era que los cuartos ganados en la compra-venta se le pegaban al bolsillo, despertando en ella vagos anhelos de ahorro, mientras que los que por otros medios iban a sus flacas manos, se le escapaban por entre los dedos antes de que cerrar pudiera el puño para guardarlos.

Oyó Benina muy atenta estas explicaciones, que tuvieron la virtud de infundirle cierta simpatía hacia la borracha, porque también ella, Benina, se sentía _negocianta_; también acarició su alma alguna vez la ilusión del compra-vende. ¡Ah! si, en vez de dedicarse al servicio, trabajando como una negra, hubiera tomado _una puerta de calle_, otro gallo le cantara. Pero ya su vejez y la indisoluble sociedad moral con Doña Paca la imposibilitaban para el comercio.

Insistió la buena mujer en abandonar la grata tertulia, y cuando se levantó para despedirse cayósele el lápiz que le había dado D. Carlos, y al intentar recogerlo del suelo, cayósele también la agenda.

«Pues no lleva usted ahí pocas cosas--dijo la Petra, cogiendo el libro y hojeándolo rápidamente, con mohines de lectora, aunque más bien deletreaba que leía--. ¿Esto qué es? Un libro para llevar cuentas. ¡Cómo me gusta! _Marzo_, dice aquí, y luego _Pe...setas_, y luego _céntimos_. Es _mu_ bonito apuntar aquí todo lo que sale y entra. Yo escribo tal cual; pero en los números me atasco, porque los ochos se me enredan en los dedos, y cuando sumo no me acuerdo nunca de lo que _se lleva_.

--Ese libro--dijo Benina, que al punto vislumbró un negocio--, me lo dio un pariente de mi señora, para que lleváramos por apuntación el gasto; pero no sabemos. Ya no está la Magdalena para estos tafetanes, como dijo el otro... Y ahora pienso, señoras, que a ustedes, que comercian, les conviene este libro. Ea, lo vendo, si me lo pagan bien.

--¿Cuánto?

--Por ser para ustedes, dos reales.

--Es mucho--dijo _Cuarto e kilo_, mirando las hojas del libro, que continuaba en manos de su compañera--. Y ¿para qué lo queremos nosotras, si nos estorba lo negro?

--Toma--indicó Petra, acometida de una risa infantil al repasar, con el dedo mojado en saliva, las hojas--. Se marca con rayitas: tantas cantidades, tantas rayas, y así es más claro... Se da un real, ea.

--¿Pero no ven que está nuevo? Su valor, aquí, lo dice: «dos pesetas».

Regatearon. Almudena conciliaba los intereses de una y otra parte, y por fin quedó cerrado el trato en cuarenta céntimos, con lápiz y todo. Salió del café la Benina, gozosa, pensando que no había perdido el tiempo, pues si resultaban fantásticas las _pieldras_ preciosas que en montones Mordejai pusiera ante su vista, positivas y de buena ley eran las cuatro perras, como cuatro soles, que había ganado vendiendo el inútil regalo del monomaníaco Trujillo.

XV

El largo descanso en el café le permitió recorrer _como una exhalación_ la distancia entre el Rastro y la calle de la Cabeza, donde vivía la señorita Obdulia, a quien deseaba visitar y socorrer antes de irse a casa, pues era indudable que a la niña correspondía la mitad, perra más o menos, de uno de los duros de D. Carlos. A las doce menos cuarto entraba en el portal, que por lo siniestro y húmedo parecía la puerta de una cárcel. En lo bajo había un establecimiento de _burras de leche_, con borriquitas pintadas en la muestra, y dentro vivían, sin aire ni luz, las pacíficas nodrizas de tísicos, encanijados y catarrosos. En la portería daban asilo a un conocido de Benina, el ciego Pulido, que era también punto fijo en San Sebastián. Con él y con el burrero charló un rato antes de subir, y ambos le dieron dos noticias muy malas: que iba a subir el pan y que había bajado mucho la Bolsa, señal lo primero de que no llovía, y lo segundo de que estaba al caer una revolución gorda, todo porque los _artistas_ pedían _las ocho horas_ y los _amos_ no querían darlas. Anunció el burrero con profética gravedad que pronto se quitaría todo el dinero metálico y no quedaría más que papel, hasta para las pesetas, y que echarían nuevas contribuciones, _inclusive_, por rascarse y por darse de quién a quién los buenos días. Con estas malas impresiones subió Benina la escalera, tan descansada como lóbrega, con los peldaños en panza, las paredes desconchadas, sin que faltaran los letreros de carbón o lápiz garabateados junto a las puertas de cuarterones, por cuyo quicio inferior asomaba el pedazo de estera, ni los faroles sucios que de día semejaban urnas de santos. En el primer piso, bajando del cielo, con vecindad de gatos y vistas magníficas a las tejas y buhardillones, vivía la señorita Obdulia; su casa, por la anchura de las habitaciones destartaladas y frías, hubiera parecido convento, a no ser por la poca elevación de los techos, que casi se cogían con la mano. Esteras y alfombras allí eran tan desconocidas, como en el Congo las levitas y chisteras; sólo en lo que llamaban gabinete había un pedazo de fieltro raído, rameado de azul y rojo, como de dos varas en cuadro. Los muebles de baratillo declaraban con sus chapas rotas, sus patas inválidas, sus posturas claudicantes, el desastre de sus infinitas peregrinaciones en los carros de mudanza.

La misma Obdulia abrió la puerta a Benina, diciéndole que la había sentido subir, y al punto se vio la buena mujer como asaltada de una pareja de gatos muy bonitos, que mayando la miraban, el rabo tieso, frotando su lomo contra ella. «Los pobres animalitos--dijo la _niña_ con más lástima de ellos que de sí misma--, no se han desayunado todavía».

Vestía la hija de Doña Paca una bata de franela color rosa, de corte elegante, ya descompuesta por el mucho uso, las delanteras manchadas de chocolate y grasa, algún siete en las mangas, la falda arrastrada, revelándose en todo, como prenda adquirida de lance, que a su dueña le venía un poco ancha, por _aquello de que la difunta era mayor_. De todos modos, tal vestimenta se avenía mal con la pobreza de la esposa de Luquitas.

«¿No ha venido anoche tu marido?--le dijo Benina, sofocada de la penosa ascensión.

--No, hija, ni falta que me hace. Déjale en su café, y en sus casas de perdición, con las _socias_ que le han sorbido el seso.

--¿No te han traído nada de casa de tus suegros?

--Hoy no toca. Ya sabes que lo dejaron en un día sí y otro no. No ha venido más que Juana Rosa a peinarme, y con ella se fue mi Andrea. Van a comer juntas en casa de su tía.

--De modo que estás como los camaleones. No te apures, que Dios aprieta, pero no ahoga, y aquí estoy yo para que no ayunes más de la cuenta, que el cielo bien ganado te lo tienes ya... Siento una tosecilla... ¿Ha venido ese caballero?

--Sí: ahí está desde las diez. Con las cosas bonitas que cuenta me entretiene, y casi no me acuerdo de que no hay en casa más que dos onzas de chocolate, media docena de dátiles, y algunos mendrugos de pan... Si has de traerme algo, sea lo primero para estos pobres gatos aburridos, que desde el amanecer no me dejan vivir. Parece que me hablan, y dicen: «Pero ¿qué es de nuestra buena Nina, que no viene con nuestra cordillita?».

--En seguida traeré para remediaros a todos--dijo la anciana--. Pero antes quiero saludar a ese caballero rancio, que es tan fino y atento con las señoras».

Entró en el llamado gabinete, y el señor de Ponte y Delgado se deshizo con ella en afectuosos cumplidos de buena sociedad. «Siempre echándola a usted de menos, Benina... y muy desconsolado cuando _brilla usted por su ausencia_.

--¡Que brillo por mi ausencia!... ¿Pero qué disparates está usted diciendo, Sr. de Ponte? O es que no entendemos nosotras, las mujeres de pueblo, esos términos tan _fisnos_... Ea, quédense con Dios. Yo vuelvo pronto, que tengo que dar de almorzar a la niña y a los señores gatos. Y aunque el Sr. D. Frasquito no quiera, ha de hacer aquí penitencia. Le convido yo... no, le convida la señorita.

--¡Oh, cuánto honor!... Lo agradezco infinito. Yo pensaba retirarme.

--Sí, ya sabemos que siempre está usted convidado en casas de la grandeza. Pero como es tan bueno, se _dizna_ sentarse a la mesa de los pobres.

--Consideración que tanto le agradecemos--dijo Obdulia--. Ya sé que para el Sr. de Ponte es un sacrificio aceptar estas pobrezas...

--¡Por Dios, Obdulia!...