Mis contemporaneos; 1 Vicente Blasco Ibáñez
Part 6
Fuera de duda está que, tanto como los lances de amor, interesan á las multitudes los empeños de fuerza y bizarría. Si los primeros son golosos, los segundos también ejercen sobre nuestra curiosidad un poder de atracción enorme; y apuradillos nos encontraríamos todos si hubiésemos de responder con estricta sinceridad si solicita más nuestra atención el grupo apacible, silencioso, de dos novios que se besan, ó el choque brutal de dos hombres que se matan.
Como siempre, en este caso el Amor y la Muerte se disputan y reparten, acaso en proporciones iguales, el dominio de la humana emoción. Todo ello realmente depende, más que del fenómeno en sí, de la idiosincrasia sentimental ó belicosa del espectador: hay temperamentos para quienes el beso es lo único bello y trascendental que alumbra el sol; y otros, en cambio, de temple aventurero, que sueñan con ser protagonistas de hazañosas empresas. De todos modos es innegable que las más de las veces las muecas de la muerte ejercen sugestión eficacísima sobre nuestro organismo, y ello explica el número inmenso de devotos que tienen «la crónica negra» de los periódicos, los toros, los domadores de fieras, las luchas y, en general, todos los ejercicios donde la muchedumbre olfatea un peligro.
En el teatro, sea drama ó comedia lo que los actores representen, son pocos los hombres que se rinden al interés de la fábula escénica hasta el extremo de olvidarse de la mujer á quien acompañan: la idea de aparecer galantes les preocupa, y á cada momento, con un contacto de codos ó una frase trivial, procurarán demostrarla que piensan en ella; y la dama les mirará de soslayo y sonreirá engreída, sintiéndose triunfante. Este imperio de la hembra se amortigua en la plaza de toros, y más aún en los circos, donde dos atletas van á luchar. La perspectiva del combate, la visión de la muerte, los esfuerzos y las fintas mañosas del torneo, acelerando la marcha del corazón, calientan la sangre de los espectadores y provocan en todos los cuerpos una trepidación subconsciente de cólera. Un légamo de instintos ancestrales se revuelve en nosotros: los ojos chispean, los puños se crispan, algo bárbaro endurece la expresión de los labios. En tales momentos prescindimos de la mujer á quien poco antes sonreíamos; no la vemos y, si nos llama, no la oímos. Las peripecias de la lucha nos obsesionan: sentimos la necesidad de gritar, de reñir, de precipitarnos, sin saber por qué, sobre el espectador más cercano...
Y lo que ocurre en los circos y en los tendidos de las plazas de toros, sucede en la vida, ante las mil muecas de la humana farándula. Hay autores para quienes el mundo es una alcoba, un jardín versallesco, un capricho de Watteau, un susurro constante de madrigales y de faldas; y otros, por el contrario, que al asomarse á la realidad sólo ven su gran gesto trágico, su desesperación, sus miserias, sus injusticias y el inmenso clamoreo de rabia y de dolor que arranca á la humanidad el trabajo de vivir. Y estos escritores, por las razones arriba apuntadas, se olvidan de la hembra; los incidentes de la formidable hecatombe social les tiraniza, y heridos por la crueldad ominosa con que los fuertes, á mansalva, patean sobre los vencidos, su indignación estalla con tempestuosidades proféticas.
Vicente Blasco Ibáñez pertenece á este grupo: al par que un verdadero artista es un luchador, una voluntad, un temperamento de acción, que no sabe permanecer cruzado de brazos ante la universal pelea. De aquí la importancia capitalísima, absorbente, que en sus libros tienen los «conquistadores». Citar sus novelas equivale á contar los tipos de esa raza perseverante y esforzada á que el autor sirve de tronco. El modesto luchador aragonés don Eugenio García, de _Arroz y tartana_, aparece más ó menos desfigurado, pero guardando siempre los rasgos capitales de su fisonomía moral, en el _Retor_ de _Flor de Mayo_, en el heroico Batiste de _La barraca_, en Toni de _Cañas y barro_, en el asombroso Sánchez Morueta de _El intruso_, en la figura de Pablo Dupont de _La bodega_, en el genial pintor Mariano Renovales de _La maja desnuda_... por no citar otros.
Refiriéndose á Sánchez Morueta, dice el autor de _El intruso_:
«Había amado y había sufrido como todos los que batallan por un ideal. Sabía lo que era forcejear á zarpazos con la Suerte, para hacerla suya y fecundarla con ardorosa violación. _Había llegado_ como los políticos célebres ó los grandes artistas, que empiezan su carrera desde abajo, conociendo la miseria y bordeando continuamente el peligro.»
Esta es, en compendiosos y expresivos renglones, la historia misma del novelista, y también el gran gesto vertical y triunfante que uno tras otro, y cada cual dentro de su esfera, van repitiendo los protagonistas de sus libros: son gentes que nacen en la pelea y en ella se consumen, sin fatiga ni desmayos; luchadores para quienes la vida, según la frase profunda de Nietzsche, «no es más que un medio para hacer triunfar una voluntad».
El combate epopéyico que los protagonistas de las obras de Blasco Ibáñez se ven obligados á sostener con la tierra y con los hombres, forma una especie de «fondo» negro inmenso, de tragedia inacabable y cruenta; la vida es lucha, es dolor; los días se suceden y los años pasan y los hombros más robustos se encorvan bajo el peso de la edad, y el cruel torneo no concluye. No hay cuartel ni puerto de refugio para los justadores: el tiempo apaga el coraje en sus espíritus y el trabajo blandea sus músculos; uno por uno, la Vida devuelve cuantos golpes recibe; de noche, de día, siempre se halla propicia á combatir; no se cansa, no ceja; es un formidable enemigo que ni duerme siestas ni enarbola jamás la bandera blanca.
Blasco Ibáñez, con su habilidad maravillosa para levantar multitudes y su arte balzaciano de explicar el origen de las familias ha compuesto en sus libros una especie de caravana enorme, de humanidad en marcha lanzada á la conquista del amor, del dinero y de la justicia.
A ratos y como para descanso y solaz de su propio espíritu, el autor interpola algunas páginas ligeras, aderezadas por un discreto buen humor. Tales, el tipo del _Sangonera_, muriendo de un hartazgo en medio de la consideración, un tanto burlona, de sus convecinos; el del trapero _Zaratustra_, tan aficionado al vino Valdepeñas como á la filosofía; las conversaciones de Isidro Maltrana con el marqués de Jiménez, quien le pide á aquél un libro de política con muchas citas al pie de cada página... y otras de la misma laya, en las que la sonrisa va siempre acibarada por unas livianas gotas de ironía...
Pero estos son «momentos» de inapresable duración, fulgureos brevísimos, rápidos como un guiñar de ojos; y apenas se desvanecen cuando la noche, la horrible noche sin luna ni amanecer, del universal sufrimiento, vuelve á cerrarse. Y el combate milenario se reanuda, extendiéndose de polo á polo como un estremecimiento telúrico. Se pelea sobre el mar en _Flor de Mayo_, sobre el surco en _La barraca_ y en _La bodega_, y bajo tierra, en las negruras de la mina, en _El intruso_. Y cual si la lucha ciclópea contra el planeta no bastase á consumir todos los alientos de la humana actividad, los hombres pelean entre sí: por el amor en _Entre naranjos_, por la gloria en _La maja desnuda_, por el progreso en _La catedral_, contra los fantasmas irreductibles del pasado en _Los muertos mandan_. Y todas estas historias de quemantes zozobras, ambiciones y pesadumbres, componen un grito gigante, un treno infinito que llena el espacio y parece disputarle al tiempo el imperio de su eternidad.
A esto debe atribuirse la inclinación de Vicente Blasco Ibáñez á los desenlaces trágicos. Unicamente los idílicos amores de Margalida y de Jaime Febrer en _Los muertos mandan_, terminan de un modo alegre, francamente confortador; los demás asuntos se desanudan tristemente: cuando en ellos no hay sangre, como acontece en _Entre naranjos_ ó en _La maja desnuda_, hay un inenarrable dolor, un desgarro supremo.
¿Por qué? ¿Acaso Blasco Ibáñez no es optimista?... Sí; el novelista es un hombre que tiene la alegría de sus victorias, el orgullo sano de su fuerza. Pero, por lo mismo que luchó mucho, conoce el ímprobo trabajo que cuesta vencer la gravedad de los obstáculos, la longitud y asperezas del camino que conduce al bien; camino ingrato, á lo largo del cual millares de almas sucumben de tristeza. Y entonces el conquistador se olvida generosamente de sí mismo para compadecer á la legión infinita de los débiles, que no pueden subir. Sí, la vida, cuando se la vence, es hembra fácil y sumisa; sin duda, la felicidad, la justicia, están aquí, al alcance de nuestras manos, pero hay que ir por ellas y merecerlas por un milagro de voluntad. ¡Y están tan lejos y tan altas, y el combate es tan duro!...
VI
Una anécdota curiosa.--El libro "Argentina y sus grandezas".--Proyectos.
He vuelto á ver á Vicente Blasco Ibáñez en su hotelito de la calle de Salas: deseaba ratificar mis impresiones, recoger algunos datos relativos á su vida y á su obra...
El despacho del maestro es grande y de forma irregular, con dos ventanas abiertas sobre el jardín, ante un grupo de árboles. Al fondo hay varios estantes cargados de libros; unos retratos de Maupassant, de Zola, de Balzac y de Tolstoy, parecen presidir la estancia; los cuatro están juntos, y existe entre sus frentes pensativas, atormentadas por el esfuerzo mental, una rara y dolorosa armonía. Adornan las paredes muchos objetos antiguos y varios apuntes primorosos de Joaquín Sorolla. Todo ocupa su sitio; las figulinas, los tapices y los muebles aparecen colocados, sin duda, donde deben estar, y, sin embargo, yo siento á mi alrededor algo extraño, un latido caliente y febril de impaciencia, como si la alfombra y los cuadros y los sillones y los viejos bargueños que decoran la habitación, participasen, en virtud de inexplicables magnetismos, del recio y prolongado alboroto espiritual del escritor.
Sentado enfrente de mí, una pierna sobre otra, la cabeza apoyada cómodamente contra el respaldo del sillón. Vicente Blasco Ibáñez fuma y mira al espacio. A intervalos entorna los párpados, y tienen sus actitudes y el descuido afectuoso de su conversación, el dulce cansancio, el bienestar depurado y recóndito, del hombre que acaba de realizar un grave esfuerzo y está satisfecho de su obra. Al porvenir, cuando es risueño, lo miramos mejor así, con los ojos cerrados.
Todo calla á nuestro alrededor; la brisa cuchichea festiva en la alegría verde y fresca del jardín arbolado; un hilo de sol pinta en la penumbra del despacho una línea recta, vibrante y ardorosa como un florete de oro.
Vuelvo á sentir aquella vaga emoción de bienestar de que hablé al principio: los que peleamos mucho con la vida y conocemos por experiencia las virtudes higiénicas de la lucha y del esfuerzo, amamos la sociedad de estos hombres que Mauricio Barrés llamó «profesores de energía», y lo son realmente; no ya porque saben aplicar á sus empresas arranques maravillosos de vigor, sino porque de ellos parece desprenderse algo físico, una especie de efluvio magnético, que sugestiona á los caídos y les alegra, mejora y enardece.
Yo pienso:
«Este hombre ha llegado...»
Y «ha llegado», en efecto, al prestigio artístico y á una comodidad material muy vecina de la riqueza, como debe llegarse, en la plenitud de la edad viril, cuando el pecho es aún hoguera de entusiasmos y el mundo nos parece todavía un hadado jardín; cuando en cada camino hay un misterio y una gota de dulce locura en cada boca de mujer.
El dinero, los amoríos, las satisfacciones de la ambición triunfadora, regalos y paramentos deben ser de la juventud, como los fueron de la niñez los juguetes y los teatritos de fantoches. Darle á un viejo la gloria--uno de los adornos más bellos de la vida, el más bello quizá--es como ofrecerle á un mozo de treinta años una muñeca que cierre los ojos... Lo que haga éste con su regalo, hará aquél con el suyo: mirarlo tristemente y pensar:
«¿Por qué tardaste tanto en llegar á mí?...»
Pero Blasco Ibáñez logró el triunfo mucho antes de asomarse á la vejez, cuando podía disfrutar de él largamente, merced excelentísima reservada, en verdad, á muy pocos; pues de tal modo la lucha por la vida quebranta y entristece á los hombres, que unos quedan derrotados, y los que se coronan triunfadores, salen tan molidos y extenuados del encuentro, que ni alientos les quedan para gozar de su victoria.
Le hablo á Blasco Ibáñez de sus libros y me sorprende hallarle menos enterado de ellos que yo. Le cito nombres, tipos, recompongo escenas, y el novelista se encoge de hombros...
--No me acuerdo--dice.
Su memoria conserva, sí, las grandes líneas generales de sus obras, pero ha olvidado los detalles.
--Yo--añade--soy un hombre á quien sólo le interesa el presente, y acaso más que el presente el porvenir; el pasado no me importa; lo desdeño, lo olvido. Esto, evidentemente, me ayuda á vivir, á defender mi buen humor... Muchos dicen que soy bueno. No lo crea usted; yo no soy bueno... ni malo... soy un impulsivo terrible que, al pronto, bajo el primer latigazo de la impresión, me ciego y voy por donde el huracán de mis nervios quiere llevarme: pero luego, nada; ni odio, ni rencor; nada... Basta que por mi alma pase un sueño para que todo cuanto hay en ella se borre.
Prosigue hablando llanamente, con un desaliño familiar y afectuoso que, por contraste, me recuerda á los muchos escritores franceses que he conocido: tan preocupados de todo lo formal, tan esclavos de los detalles, tan escénicos... Blasco Ibáñez atribuye su inclinación á olvidar, no á la generosidad de su carácter, sino á su fortaleza.
--Unicamente los débiles--añade--se acuerdan, á través de los años, del daño que recibieron, porque ese recuerdo que conservan de lo que han sufrido, disimula siempre un poco de temor.
Hay una pausa; el maestro sonríe.
--¡Si yo le dijese á usted--exclama--que el más grave de los desafíos que he tenido lo afronté por bondad!
--¿Por bondad?...--repito.
--Sí; por bondad de carácter... ¡no acierto á explicarme!... Pero es eso; por bondad; porque no batiéndome, mi rival iba á quedar en una situación difícil...
El lance me interesa; es de una originalidad extraordinaria.
Hace ocho ó nueve años, á la salida del Congreso y con motivo de una manifestación republicana que acababa de celebrarse, tuvo Blasco Ibáñez un serio altercado con un oficial de policía. Por ser militar su enemigo y considerarse ofendidos en su persona todos los oficiales del cuerpo, sus padrinos dispusieron el desafío en condiciones de gravedad nunca vistas; á saber: colocando á los combatientes á veinte pasos uno de otro, y dándoles para apuntar y hacer fuego un espacio de treinta segundos. El lance, preparado así, equivalía á un suicidio. El presidente del Congreso se opuso tenazmente á que un diputado se batiese por palabras pronunciadas en el Parlamento, y hasta llegó á amenazarle con expulsarle de la Cámara... Fundándose en lo extraordinario y terrible del lance, sus padrinos se negaron á representarle.
«Eso es un disparate--decían--; no debe usted batirse...»
Realmente, tenían razón...
--Pero--me dice Blasco explicándome su actitud de espíritu en aquella ocasión novelesca--si yo rehusaba el lance, mi rival quedaba en una situación difícil ante sus compañeros y acaso perdiese su carrera; y yo no quería perjudicarle, no sentía hacia él la más leve animadversión...
Meditando en esto el novelista llegó á convencerse de que lo mejor era dejar las cosas según estaban, y sin más vacilaciones fué al terreno, llevando, á falta de padrinos, dos testigos. Una vez allí, esperó á que el oficial disparase, y recibió un balazo en el mismo sitio del hígado; golpe que hubiese sido mortal á no haberse aplastado milagrosamente la bala sobre una hebilla de un pequeño cinturón. El choque fué tan rudo que le quitó el aliento y le hizo vacilar; afortunadamente la bala rebotó y la herida convirtióse en contusión. Con esto se dió por terminado el desafío, y mientras el ilustre doctor San Martín curaba al novelista, asegurándole que, en aquel momento, acababa de nacer, uno de los padrinos del oficial, precisamente el que había exigido todas las bárbaras condiciones de aquel lance, y que, por cierto, un año después murió en un manicomio, acudió á felicitarle:
«--¡Muy bien, muy bien!...--exclamó estrechándole la mano--; celebro que esto haya terminado así, pues le advierto que soy un admirador de usted y que he leído todas sus novelas. Me gustan mucho, ¡mucho!...»
A lo que Blasco Ibáñez repuso sencillamente:
«--Pues ha estado usted á punto de acabar con la fábrica.»
La contestación tiene verdadero «humor». El maestro concluye su anécdota con esta paradoja:
--Y vea usted cómo es posible que un hombre ande á tiros con otro por no perjudicarle...
La conversación cambia de rumbo. Pregunto:
--Me han dicho que es usted abogado...
--Es cierto.
--¿No ha ejercido usted nunca su carrera?...
--Sí, cuando muchacho... recién salido de la Universidad. Pero es una profesión que no me gusta: es árida, detallista... Tengo ganas de escribir una novela con tipos y escenas de esa vida de los tribunales de justicia que, por fortuna ó desgracia, conozco muy bien.
--¿Cuándo?...
--¡Oh, no sé!... Me falta tiempo.
Adivino que su pensamiento anda muy lejos de lo que hablamos, y no me equivoco. Son otros los planes que en aquellos momentos embeben el ambicioso espíritu del novelista.
Vicente Blasco Ibáñez me enseña los últimos pliegos de su obra _Argentina y sus grandezas_, que publicará en breve; obra interesantísima, monumental, de historiador y de poeta. Formará un volumen magnífico, digno ciertamente de la gloriosa República á quien va dedicado, con más de mil páginas y más de tres mil grabados, láminas en color, planos, etc., y cuya edición no costará menos de treinta mil duros.
Es imposible reproducir aquí las impresiones tan hondas, tan complejas, tan refinadamente poéticas, que produce la reposada lectura de este libro amenísimo, delicioso, imponente como una selva americana. Su autor lo compuso trabajando en él doce y catorce horas diarias, durante cinco meses: fué un esfuerzo inverosímil que, sólo una complexión privilegiada como la suya, hubiese resistido.
Ningún artista mejor dispuesto, por razones de temperamento, que Vicente Blasco Ibáñez para sentir y fijar en páginas de prosa fuerte y matizada los esplendores polícromos de la tierra argentina. Hay en este libro sonoridades wagnerianas, lontananzas enormes sintetizadas en una frase de afortunada exactitud y pujante relieve, visiones proféticas de caudalosa ilusión, como ventanales magníficos abiertos sobre el porvenir; y, al mismo tiempo, una emoción de historia, de humanidad, que, á través de los siglos, se renueva y camina.
La figura de los primeros conquistadores, tipos legendarios, superhombres más excelsos que los cantados por Homero y Tirteo, arrebatan la imaginación volcánica del novelista; sus extraordinarias facultades de pintor tocan á rebato, y las maravillas de la epopeya inmortal relucen bajo su pluma como lingotes de oro heridos por el sol. Aquellos guerreros, con sus rostros cobrizos, sus barbazas intonsas y sus ojos duros acostumbrados á mirar á la muerte, recorren las pampas americanas como una legión de ensueño; hostilizados por los indígenas, acosados por el hambre, tostados por la sed, combatidos por las fieras, é infatigables, sin embargo, bajo la grave pesadumbre de sus armaduras de hierro. Nada atajaba su avanzar temerario: ni el cansancio de las largas jornadas, ni las asechanzas constantes del enemigo, ni el calor, el horrible calor de las planicies yermas, compactas, como de bronce. Diríase que su marcha era algo fatal, preestablecido, irrevocable, que había de cumplirse.
El autor, entretanto, haciendo, más que uso, pródigo alarde y derroche de su asombrosa capacidad de restaurador de paisajes, evoca los grandiosos horizontes argentinos, su vegetación ubérrima que produce árboles cuyos troncos cuatro hombres, cogidos de las manos, no podrían abarcar; su fauna multicolor y extraña, sus boas enroscadas, dormidas al sol, semejantes á peñascos enormes caídos en la uniformidad de la llanura; sus legiones de caimanes amodorrados en las orillas cenagosas de los lagos; sus cordilleras altísimas, sobre cuya crestería, cubierta de nieves perpetuas, las alas del condor solitario pintan una sombra errante; sus noches mágicas, embellecidas por la canción de las cataratas argentinas, las más caudalosas del mundo...
Habla luego de Buenos Aires; describe las grandezas industriales y mercantiles de la Argentina actual, las excelencias de sus puertos, sus vías férreas, de año en año más numerosas; su inagotable riqueza agrícola... y su facundia descriptiva relampaguea hasta conseguir darnos una visión neta, terminante, de tan vasto escenario. En los meses que ha permanecido allí, el novelista, enardecido por una curiosidad insaciable, lo ha preguntado todo, lo ha recorrido todo, sin omitir gasto ni ahorrarse fatiga.
--Dificulto--me dice--que haya muchos argentinos que conozcan su país mejor que yo...
Y añade:
--Ha habido ocasiones en que he realizado viajes de cinco y seis días á caballo por ver un salto de agua.
Hablando de aquellos hermosos países, entusiastas y prósperos, regados por las savias hidalgas del viejo y noble solar castellano, la inspiración meridional del maestro se exalta. Sus ojos relucen. La Argentina, con sus llanuras feraces donde pastan rebaños que forman horizonte, sus montañas y sus ríos inmensos, poderosos como mares, le ha producido una especie de deslumbramiento: todo allí es joven, grande, magnífico, con magnificencia epopéyica, superior á toda hipérbole.
La actividad infatigable del novelista se aplica ahora á estudiar cuestiones de electricidad y de agricultura; le preocupan las bombas elevadoras, los saltos de agua, los nuevos aparatos de riego... Su imaginación ardorosa acaricia la visión de algo titánico, muy bello y muy útil.
--Allá en Patagonia--prosigue--, en la confluencia de los ríos Neuquem y Limay, espero adquirir pronto unas leguas de tierra. El clima es inmejorable, la vegetación ubérrima, desbordante... Allí fundaré una colonia española que se llamará «Cervantes». Será una villa interesante: ¡oh, tengo vastos proyectos!... Antes de levantar ninguna casa, el primer monumento que pienso erigir en medio de aquella naturaleza virgen, donde todavía, hace treinta años, había indios salvajes, es una estatua del autor del _Quijote_, hecha por Benlliure...
Blasco Ibáñez, como Alonso de Ercilla, es un conquistador poeta. Sus designios entusiasman; es un hombre que sabe infundir á la vida la intensidad imaginativa de las novelas.
Como si todo esto fuese poco, también me habla de los libros que tiene en preparación, de un «ciclo» en cinco volúmenes dedicados á la conquista de América, la más egregia de cuantas empresas realizó la raza hispana, y que piensa escribir allá, en «su villa de Cervantes», mientras á su alrededor zumbe la agitación calenturienta y alegre de la flamante colonia. El tomo primero se titulará _El tesoro del Gran Kan_, ó tal vez _La cuna_, y será un á guisa de «prólogo» en donde aparece Cristóbal Colón, tipo complejo, verdaderamente novelesco, de sordidez, grandiosidad y misticismo. En el segundo volumen, sin título aún, hablará de los hazañosos Alonso de Ojeda y Vasco Núñez de Balboa. En el tercero, de la conquista de Méjico por Hernán Cortés. El cuarto lo dedicará al vencedor del Perú, Francisco Pizarro, y llevará por título _El oro y la muerte_. Y en el quinto, en fin, cantará las altas empresas del fundador de Buenos Aires, don Juan de Garay...