Miau

Part 8

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Luisa era toda sensibilidad, afecto y mimo; un ser desequilibrado, incapaz de apreciar con sentido real las cosas de la vida. Vibraban en ella el dolor y la alegría con morbosa intensidad. Tenía á Víctor por el más cabal de los hombres, se extasiaba en su guapeza y era completamente ciega para ver las jorobas de su carácter. Los seres y las acciones eran como hechuras de su propia imaginación, y de aquí su fama de escaso mundo y discernimiento. Fue padrino del bodorrio el cacique, y su regalo sacarle á Víctor una credencial de ocho mil, lo que agradecieron mucho D. Ramón y su mujer, pues una vez incorporado Cadalso á la familia, no había más remedio que empujarle y hacer de él un hombre. Á poco estalló la Revolución, y Villaamil, por deber aquel destino á un íntimo de González Brabo, quedó cesante. Víctor tuvo aldabas y atrapó un ascenso en Madrid. Toda la familia se vino por acá, y entonces empezaron de nuevo las escaseces, porque Pura había tenido siempre el arte de no ahorrar un céntimo, y una gracia especial para que la paga de primero de mes hallase la bolsa más limpia que una patena.

Volviendo á Luisa, sépase que, comido el pan de la boda, seguía embelesada con su marido, y que éste no era un modelo. La infeliz niña vivía en ascuas, agrandando cavilosamente los motivos de su pena; le vigilaba sin descanso, temerosa de que él partiese en dos su cariño ó se lo llevase todo entero fuera de casa. Entonces empezaron las desavenencias entre suegros y yerno, enconadas por enojosas cuestiones de interés. Luisa pasaba las horas devorada por ansias y sobresaltos sin fin, espiando á su marido, siguiéndole y contándole los pasos de noche. Y el truhán, con aquella labia que Dios le dió, sabía desarmarla con una palabrita de miel. Bastaba una sonrisa suya para que la esposa se creyese feliz, y un monosílabo adusto para que se tuviera por inconsolable. En Marzo del 69 vino al mundo Luisito, quedando la madre tan desmejorada y endeble, que desde entonces pudieron, los que constantemente la veían, augurar su cercano fin. El niño nació raquítico, expresión viva de las ansias y aniquilamiento de su madre. Pusiéronle ama, sin ninguna esperanza de que viviera, y estuvo todo el primer año si se va ó no se va. Y por cierto que trajo suerte á la familia, pues á los seis días de nacido, dieron al abuelo un destino con ascenso, en Madrid, y de este modo pudo doña Pura bandearse en aquel golfo de trampas, imprevisión y despilfarro. Víctor se enmendó algo. Cuando ya su mujer no tenía remedio, mostróse con ella cariñoso y solícito. Padecía la infeliz accesos de angustiosa tristeza ó de alegría febril, cuyo término era siempre un ataque de hemoptisis. En el último período de su enfermedad, el cariño á su marido se le recrudeció en términos que parecía haber perdido la razón, y cuando él no estaba presente, llamábale á gritos. Por una de esas perversiones del sentimiento que no se explican sin un desorden cerebral, su hijo llegó á serle indiferente; trataba á sus padres y á su hermana con esquiva sequedad. Toda la atención de su alma era para el ingrato, para él todos sus acentos de amor, y sus ojos habían eliminado cuantas hermosuras existen en el mundo moral y físico, quedándose tan sólo con las que su exaltada pasión fantaseaba en él.

Villaamil, que conocía la incorrecta vida de su yerno fuera de casa, empezó á tomarle aborrecimiento; Pura, más conciliadora, dejábase engatusar por las traidoras palabras de Cadalso, y á condición de que éste tratara con piedad y buenos modos á la pobre enferma, se daba por satisfecha y perdonaba lo demás. Por fin, la demencia, que no otro nombre merece, de la infortunada Luisa tuvo fatal término en una noche de San Juan. Murió llorando de gratitud porque su marido la besaba ardientemente y le decía palabras amorosas. Aquella mañana había sufrido un ataque de perturbación mental más fuerte que los anteriores, y se arrojó del lecho pidiendo un cuchillo para matar á Luis. Juraba que no era hijo suyo, y que Víctor le había traído á la casa en una cesta, debajo de la capa. Fué aquel día de acerbo dolor para toda la familia, singularmente para el buen Villaamil que, sin ruidoso duelo exterior, mudo y con los ojos casi secos, se desquició y desplomó interiormente, quedándose como ruina lamentable, sin esperanza, sin ilusión ninguna de la vida; y desde entonces se le secó el cuerpo hasta momificarse, y fué tomando su cara aquel aspecto de ferocidad famélica que le asemejaba á un tigre anciano é inútil.

La necesidad de un sueldo que permitiese economías, le lanzó á colocarse en Ultramar. Fué con un regular destino, de los que proporcionan buenas obvenciones, y regresó á los dos años con algunos ahorros, que se deshicieron pronto como granos de sal en la mar sin fondo de la administración de doña Pura. Emprendió segundo viaje con mejor empleo; pero tuvo no sé qué cuestiones con el Intendente, y volvió para acá en los aciagos días de los cantonales. El Gobierno presidido por Serrano después del 3 de Enero del 74 le mandó á Filipinas, donde se las prometía muy felices; pero una cruel disentería le obligó á embarcarse para España sin ahorros, y con el propósito firme de desempeñar la portería de un Ministerio antes que pasar otra vez el charco. No le fué difícil volver á Hacienda, y vivió tres años tranquilo, con poco sueldo, siendo respetado por la Restauración, hasta que en hora fatídica le atizaron un _cese_ como una casa. Y el tremendo anatema cayó sobre él cuando sólo le faltaban dos meses para jubilarse con los cuatro quintos del sueldo regulador, que era el de Jefe de Administración de tercera. Acudió al Ministro, llamó á distintas puertas; todas las intercesiones fueron solicitadas sin éxito. Poco á poco sucedió á la molesta escasez la indigencia descarnada y aterradora; los recursos se concluían, y se agotaron también los medios extraordinarios y arbitristas de sostener á la familia.

Llegó por último la etapa dolorosísima para un hombre delicado como Villaamil, de tener que llamar á la puerta de la amistad implorando socorro ó anticipo. Había él prestado en mejor tiempo servicios de tal naturaleza á algunos que se los agradecieron y á otros que no. ¿Por qué no había de apelar al mismo sistema? Sobre todo, no podía discutirse si estas postulaciones eran ó no decorosas. El que se quema no se pone á considerar si es conveniente ó no sacudir los dedos. El decoro era ya nombre vano, como la inscripción impresa en la etiqueta de una botella vacía. Poco á poco se gasta la vergüenza, como se gasta el diente de una lima, y las mejillas pierden la costumbre de colorearse. El desgraciado cesante llegó á adquirir maestría terrible en el arte de escribir cartas invocando á la amistad. Las redactaba con amplificaciones patéticas, y en un estilo que parecía oficial, algo parecido á los preámbulos de las leyes en que se anuncia al país aumento de contribución, verbigracia: «Es muy sensible para el Gobierno tener que pedir nuevos sacrificios al contribuyente...» Tal era el patrón, aunque el texto fuera otro.

XIV

Para completar las noticias biográficas de Víctor, importa añadir que tenía una hermana llamada Quintina, esposa de un tal Ildefonso Cabrera, empleado en el ferrocarril del Norte, buenas personas ambos, aunque algo extravagantes. Faltándoles hijos, Quintina deseaba que su hermano le encomendase la crianza de Luis, y quizás lo habría conseguido sin las desavenencias graves que surgieron entre Víctor y su hermano político, por cuestiones relacionadas con la mezquina herencia de los hermanos Cadalso. Tratábase de una casa ruinosa y sin techo en el peor arrabal de Vélez-Málaga, y sobre si el tal edificio correspondía á Quintina ó á Víctor, hubo ruidosísimas querellas. La cosa era clara, según Cabrera, y para probar su diafanidad, no inferior á la del agua, puso el asunto en manos de la curia, la cual, en poco tiempo, formó sobre él un mediano monte de papel sellado. Todo para demostrar que Víctor era un pillo, que se había adjudicado indebidamente la valiosa finca, vendiéndola y guardándose su importe. El otro lo echaba á broma, diciendo que el producto de su fraude no le había alcanzado para un par de botas. Á lo que respondía Ildefonso que no era por el huevo, sino por el fuero; que no le incomodaba la pérdida material, sino la frescura de su cuñado; y por esta y otras razones le llegó á cobrar odio tan profundo, que Quintina temblaba por Víctor cuando éste iba á la casa. Cabrera tenía el genio tan atropellado, que un día por poco descarga sobre Víctor los seis tiros de su revólver. La hermana de Cadalso deseaba que el pleito se transigiera y concluyesen aquellas enojosas cuestiones; y cuando su hermano fué á verla, á los pocos días de llegar de Valencia (aprovechando la ocasión en que la fiera de Ildefonso recorría el trozo de línea de que era inspector), le propuso esto: «Mira, si me das á tu Luis, yo te prometo desarmar á mi marido, que desea tanto como yo tener al niño en casa». Trato inaceptable para Víctor, que aunque hombre de entrañas duras, no osaba arrancar al chiquillo del poder y amparo de sus abuelos. Quintina, firme en su pretensión, argumentaba: «¿Pero no ves que esa gente te lo va á criar muy mal? Lo de menos serían los resabios que ha de adquirir; pero es que le hacen pasar hambres al ángel de Dios. Ellas no saben cuidar criaturas ni en su vida las han visto más gordas. No saben más que suponer y pintar la mona; ni se ocupan más que de si tal artista cantó ó no cantó como Dios manda, y su casa parece un herradero».

Aunque se trataban las _Miaus_ y Quintina, no se podían ver ni en pintura, porque la de Cadalso, que era una buena mujer (con lo cual dicho se está que no se parecía á su hermano), tenía el defecto de ser excesivamente curiosa, refistolera, entrometida, olfateadora. Al visitar á las Villaamil, no entraba en la sala, sino que se iba de rondón al comedor, y más de una vez hubo de colarse en la cocina y destapar los pucheros para ver lo que en ellos se guisaba. Á Milagros, con esto, se la llevaban los demonios. Todo lo preguntaba Quintina, todo lo quería averiguar y en todo meter sus ávidas narices. Daba consejos que no le pedían, inspeccionaba la costura de Abelarda, hacía preguntas capciosas, y en medio de su cháchara impertinente, se dejaba caer con alguna reticencia burlona, como quien no dice nada.

Á Cadalsito le quería con pasión. Nunca se iba de casa sin verle, y siempre le llevaba algún regalillo, juguete ó prenda de vestir. Á veces, se plantaba en la escuela y mareaba al maestro preguntándole por los adelantos del rapaz, á quien solía decir: «No estudies, corazón, que lo que quieren es secarte los sesitos. No hagas caso; tiempo tienes de echar talento. Ahora come, come mucho, engorda y juega, corre y diviértete todo lo que te pida el cuerpo». En cierta ocasión, observando á las _Miaus_ bastante tronadas, les propuso que le dieran el chico; pero doña Pura se indignó tanto de la propuesta, que Quintina no hubo de plantearla más sino en broma. Al bajar de la visita, echaba siempre una parrafada con los memorialistas á fin de sonsacarles mil menudencias sobre los del cuarto segundo; si pagaban ó no la casa, si debían mucho en la tienda (aunque este conocimiento lo solía beber en más limpias fuentes), si volvían tarde del teatro, si la _sosa_ se casaba al fin con el _gilí_ de Ponce, si había entrado el zapatero con calzado nuevo... En fin, que era una moscona insufrible, un fiscal pegajoso y un espía siempre alerta.

Eran sus costumbres absolutamente distintas de las de sus víctimas. No frecuentaba el teatro, vivía con orden admirable, y su casa de la calle de los Reyes era lo que se dice una tacita de plata. Físicamente, valía Quintina menos que su hermano, que se llevó toda la guapeza de la familia; era graciosa, mas no bella; bizcaba de un ojo, y la boca pecaba de grande y deslucida, aunque la adornase perfecta dentadura. Vivía el matrimonio Cabrera pacíficamente y con desahogo, pues además del sueldo de inspector, disfrutaba Ildefonso las ganancias de un tráfico hasta cierto punto clandestino, que consistía en traer de Francia objetos para el culto y venderlos en Madrid á los curas de los pueblos vecinos y aun al clero de la Corte. Todo ello era género barato, de cargazón, producto de la industria moderna que no pierde ripio, y sabe explotar la penuria de la Iglesia en los difíciles tiempos actuales. Cabrera tenía sus socios en Hendaya y entendíase con ellos, llevándoles telas, cornucopias, plata de ley, algún cuadro y otras antiguallas substraídas á las fábricas de los templos de Castilla, un día opulentos y hoy pobrísimos. El toque de este comercio estaba, según indicaciones maliciosas, en que al ir y venir pasaban las mercancías la frontera francas de derechos; pero esto no se ha comprobado. De ordinario, la quincalla eclesiástica que Cabrera introducía (objetos de latón dorado, todo falso, frágil, pobre y de mal gusto) era tan barata en los centros de producción y se vendía tan bien aquí, que soportaba sin dificultad el sobreprecio arancelario. En otras épocas, cuando empezaba este negocio, solía Quintina introducirse en la sacristía de cualquier parroquia con un bulto bajo el mantón, como quien va á pasar matute, y susurrar al oído del ecónomo: «¿Quieren ustedes ver un cáliz que da la hora? Y se pasmarán los señores del precio. La mitad que el género Meneses...» Pero en breve la señora renunció al papel de chalana, y recibió en su casa á los clérigos de Madrid y pueblos inmediatos. Últimamente importaba Cabrera enormes partidas de estampitas para premios ó primera comunión, grandes cromos de los dos Sagrados Corazones, y por fin, agrandando y extendiendo el negocio, trajo surtidos de imágenes vulgarísimas, los San Josés por gruesas, los niños Jesús y las Dolorosas á granel y en variados tamaños, todo al estilo devoto francés, muy relamido y charolado, doraditas las telas á la bizantina, y las caras con chapas de rosicler, como si en el cielo se usara ponerse colorete. No sé si consistía en el trato familiar con las cosas santas ó en una disposición de carácter el que Quintina fuera radicalmente escéptica. Lo cierto es que cumplía yendo á misa de Pascuas á Ramos y rezando un poco, por añeja rutina, al acostarse. Y nada de hociqueos con sacerdotes, como no fuera para encajarles el _artículo_ ó sonsacarles alguna casulla vieja de brocado, hecha un puro jirón.

Cadalsito iba de tiempo en tiempo á casa de la de Cabrera y se embelesaba contemplando las estampas. Cierto día vió un Padre Eterno, de luenga y blanca barba, en la mano un mundo azul, imagen que le impresionó mucho. ¿Se derivaba de esto el fenómeno extrañísimo de sus visiones? Nadie lo sabe; nadie quizás lo sabrá nunca. Pero, á lo mejor, prohibióle su abuela volver á la casa aquella repleta de santos, diciéndole: «Quintina es una picarona que te nos quiere robar para venderte á los franceses». Cadalsito cogió miedo, y no volvió á parecer por la calle de los Reyes.

Tampoco Villaamil tragaba á Ildefonso, que era atrozmente sincero en la emisión de sus opiniones, desconsiderado y á veces groserote. En otro tiempo iban á la misma tertulia de café; pero desde que Cabrera dijo que el planteamiento del _income tax_ en España era un desatino, y que tal cosa no se le ocurría á nadie que tuviera sesos, Villaamil le tomó ojeriza. Se encontraban... saludo al canto, y hasta otra. Doña Pura reservaba para Cabrera motivos de odio más graves que aquel criterio despiadado sobre el _income tax_. En jamás de los jamases les había obsequiado aquel _tío_ con billetes á mitad de precio para una excursioncita veraniega. Víctor hablaba perrerías de su cuñado, vengándose de los malos ratos que el otro le hacía pasar con exhortos, notificaciones y comparecencias. Para Víctor era de rúbrica que Cabrera burlaba el rigor de la Aduana en sus traídas de material eclesiástico y exportaciones de guiñapos artísticos. Y no sólo robaba al Estado, sino á la empresa, porque en los comienzos del negocio confiaba sus paquetes á los conductores, y después, cuando aquéllos se trocaron en voluminosas cajas y no quiso exponerse á un réspice de los jefes, facturaba, sí, pero aplicando á sus mercancías de lujo la tarifa de _envases de retorno_ ó maderas de construcción. En sus declaraciones de Aduanas había cosas muy chuscas. «¿Cómo creen ustedes que declaró una caja llena de San Josés?--decía Víctor.--Pues la declaró _piedras de chispa_». Como él hacía favores á los vistas, éstos le pasaban aquellos manifiestos incongruentes; y los incensarios de bronce, ¿qué eran?... _ferretería ordinaria_; ¿y los ternos de tela barata?... _paraguas sin armar y corsés en bruto_.

XV

En los días subsiguientes, Pura saldó algunas cuentas de las que más la agobiaban; trajo á casa diversas prendas de ropa de las más indispensables, y en la mesa restableció el trato de los días felices. La _pudorosa Ofelia_ se pasaba las horas muertas en la cocina, pues insensiblemente iba tomando afición al arte de Vatel, tan distinto ¡María Santísima! del de Rossini, y sentía verdadero goce espiritual en perfeccionarse en él, lanzándose á inventar ó componer algún plato. Cuando había provisiones, ó, si se quiere, asunto artístico, la inspiración se encendía en ella, y trabajaba con ahinco, entonando á media voz por añeja costumbre y con afinación perfecta, algún tiernísimo fragmento, como el _moriamo insieme, ah! sí, moriamo_...

Todas las noches que las _Miaus_ no iban á la ópera, la sala llenábase de gente. _Aliquando_, la espléndida doña Pura obsequiaba á los actores con dulces y pastas, lo que hacía creer á la tertulia que Villaamil estaba ya colocado ó al menos con un pie dentro de la oficina. La combinación, sin embargo, no acababa de salir, porque el Ministro, harto de recomendaciones y compromisos, no se resolvía á darle la última mano. Crecía, pues, en la familia la incertidumbre y Villaamil hundíase más y más en su estudiado pesimismo, llegando al extremo de decir: «Antes veremos salir el sol por Occidente que á mí entrar en la oficina».

Desde el segundo día de su llegada, Víctor no se recataba de nadie. Entraba y salía con libertad; pasaba á la sala á las horas de tertulia, pero sin echar raíces en ella, porque tal sociedad le era atrozmente antipática. Desarmada Pura por la generosidad de su hijo político, se compadeció de verle dormir en el duro sofá del comedor, y por fin convinieron las tres _Miaus_ en ponerle en la habitación de Abelarda, previa la traslación de ésta á la de su tía Milagros, que era la de Luisito. La _pudorosa Ofelia_ se fué á dormir á la alcoba de su hermana, en angostísimo catre. Á D. Ramón no le supieron bien estos arreglos, porque lo que él desearía era ver salir á su yerno á cajas destempladas. En la Dirección de Contribuciones, su amigo Pantoja le había dicho que Víctor pretendía el ascenso, y que tenía un expediente cuya resolución podía serlo funesta si algún padrino no arrimaba el hombro. Era cosa de la Administración de Consumos, ó irregularidades descubiertas en la cuenta corriente que Cadalso llevaba con los pueblos de la provincia. Parecía que en la relación de apremios no figuraban algunos pueblos de los más alcanzados, y se creía que Cadalso obraba en connivencia con los alcaldes morosos. También dijeron á Villaamil que el reparto de consumos, propuesto en el último semestre por Víctor, estaba hecho de tal modo que _saltaba á la vista_ el chanchullo y que el jefe no había querido aprobarlo.

De estas cosas no habló Villaamil ni una palabra con su yerno. En la mesa, el primero estaba siempre taciturno y Cadalso muy decidor, sin conseguir interesar vivamente en lo que decía á ninguno de la familia. Con Abelarda echaba largos parlamentos, si por acaso se encontraban solos ó en el acto interesante de acostar á Luis. Gustaba el padre de observar el desarrollo del niño y vigilar su endeble salud, y una de las cosas en que principalmente ponía cuidado era en que le abrigaran bien por las noches y en vestirle con decencia. Mandó que se le hiciera ropa, lo compró una capita muy mona y traje completo azul con medias del mismo color. Cadalsito, que era algo presumido, no podía menos de agradecer á su papá que le pusiera tan majo. Pero en lo tocante a ropa nueva, nada es comparable al lujo que desplegó en su persona el mismo Víctor al poco tiempo de llegar á Madrid. Cada día traíale el sastre una prenda flamante, y no era ciertamente su sastre como el de Villaamil, un _artista_ de poco más ó menos, casi de portal, sino de los más afamados de Madrid. ¡Y que no lucía poco la gallarda figura de Víctor con aquel vestir correcto y airoso, no exento de severidad, que es el punto y filo de la verdadera elegancia, sin cortes ni colores llamativos! Abelarda le observaba con disimulo, solapadamente, admirando y reconociendo en él al mismo hombre excepcional que algunos años antes le sorbió el seso á su desgraciada hermana, y sentía en su alma depósito inmenso de indulgencia hacia el joven tan vivamente denigrado por toda la familia. Aquel depósito parecía pequeño mientras no se veía de él sino la mal explorada superficie; pero luego, cavando, cavando, se veía que era inagotable, quizás infinito, como grande y riquísima cantera. ¡Y qué vetas purpúreas se encontraban en la masa; qué ráfagas brillantes; algo como venas henchidas de sangre ó como el material de las piedras preciosas derretido y consolidado por los siglos en el seno de la tierra! La indulgencia se le subía del corazón al pensamiento en esta forma: «No, no puede ser tan malo como dicen. Es que no le comprenden, no le comprenden».

La idea de no ser comprendido la había expresado Víctor muchas veces, no sólo en aquella temporada, sino en otra más antigua, dos años antes, cuando pasó algunos meses con la familia. ¿Cómo habían de comprender las pobres cursis á un ser de esfera ó casta superior á la de ellas por la figura, los modales, las ideas, las aspiraciones y hasta por los defectos? Abelarda retrocedía con la imaginación á los tiempos pasados, y estudiando sus sentimientos con respecto á Víctor, se reconocía poseedora de ellos aun en vida de la pobre Luisa. Cuando todos en la casa hablaban pestes de él, Abelarda consolaba á su hermana con especiosas defensas del pérfido ó volviendo por pasiva sus faltas. «No tiene Víctor la culpa de que todas las mujeres le quieran», solía decir.

Muerta su hermana, Abelarda siguió admirando en silencio al viudo. Cierto que había dado disgustos y jaquecas sin fin á la difunta; pero ello consistía en la fatalidad de su buena figura. Sin saber cómo, á veces por delicadeza, se veía cogido en lazos amorosos ó en trampas que le tendían las picaras mujeres. Pero tenía buen fondo; con la edad sentaría un poco la cabeza, y sólo necesitaba una mujer de corazón y de temple que le sujetase, combinando el cariño con la severidad. La desdichada Luisa no servía para el caso. ¿Cómo había de practicar este difícil régimen una mujer que por cualquier motivo fútil se echaba á llorar; una mujer que en cierta ocasión cayó con un síncope porque su marido, al entrar en casa, traía el lazo de la corbata hecho de manera muy distinta de como ella se lo hiciera al salir?

En los días de este relato, costábale á la insignificante gran esfuerzo el disimular la turbación que su cuñado producía en ella al dirigirle la palabra. Á veces un gozo íntimo y bullicioso, con inflexiones de travesura, le retozaba en el corazón, como insectillo parásito que anidase en él y tuviera crías; á veces era una pena gravativa que la agobiaba. En toda ocasión sus respuestas eran vacilantes, desentonadas, sin gracia ninguna.

--¿Pero es de veras que te casas con ese pájaro frito de Ponce?--le dijo él una noche, cuando apostaba al pequeño.--Buena boda, hija. ¡Qué envidia te tendrán tus amigas! No á todas les cae esa breva.

--Déjame á mí... tonto, mala persona.