Part 7
»¡Y ese estúpido Jefe, ese animal, ese bandido que en Pontevedra se merendó la suscripción para los náufragos y en Cáceres dejó en cueros á las viudas de los mineros muertos; ese que sería capaz de tragarse la Necrópolis con todos sus difuntos, quiere formarme expediente! Pero la comprobación es muy difícil, tunante, y si me pinchas, te denunciaré, te sacaré los trapitos á la calle, con datos, con fechas, con números. Yo tengo buenos amigos, y manos blancas que me defiendan... Eso es lo que tú no me perdonas... Te come la envidia. Y por eso te revuelves contra mí ahora, tomador, que no sirviendo para afanar relojes, te metiste á empleado».
Y al cabo de un cuarto de hora, cuando parecía que había encontrado el sueño, soltó de improviso la risa, diciendo: «No me pueden probar nada. Pero aunque me lo probaran...» Por fin se durmió, y tuvo una pesadilla, semejante á otras que en los casos de agitación moral turbaban su descanso. Soñó que iba por una galería muy larga, inacabable, con paredes de espejos, que hasta lo infinito repetían su gallarda persona. Iba por aquel inmenso callejón persiguiendo á una mujer, á una dama elegante, la cual corría agitando con el rápido mover de sus pies la falda de crujiente seda. Cadalso le veía los tacones de las botas, que eran... ¡cascarones de huevo! Quién podía ser la dama, lo ignoraba; era la misma con quien soñara otra noche, y al seguirla, se decía que todo aquello era sueño, asombrándose de correr tras un fantasma, pero corriendo siempre. Por fin ponía la mano en olla, la dama se paraba y se volvía, diciéndole con voz muy ronca: «¿Por qué te empeñas en quitarme esta cómoda que llevo aquí?» En efecto, la dama llevaba en la mano una cómoda ¡de tamaño natural!, y la llevaba tan desahogadamente como si fuera un portamonedas. Entonces Víctor despertaba sintiendo sobre sí un peso tal que no podía moverse, y un terror supersticioso que no sabía relacionar ni con la cómoda, ni con la dama, ni con los espejos. Todo ello era estúpido y sin ningún sentido.
Despierto, tenían más miga los sueños de Cadalso, porque toda la vida se la llevaba pensando en riquezas que no tenía, en honores y poder que deseaba, en mujeres hermosas, cuyas seducciones no le eran desconocidas, en damas elegantes y de alta alcurnia que con ardentísima curiosidad anhelaba tratar y poseer, y esta aspiración á los supremos goces de la vida le traía siempre intranquilo, vigilante y en acecho. Devorado por el ansia de introducirse en las clases superiores de la sociedad, creía tener ya en las manos un cabo y el primer nudo de la cuerda por donde otros menos audaces habían logrado subir. ¿Cuál era este nudo? Ved aquí un secreto que por nada del mundo revelaría Cadalso á sus vulgarísimos y apocados parientes los de Villaamil.
XII
Apareciósele muy temprano _la figura arrancada á un cuadro de Fra Angélico_, por otro nombre doña Pura, quien le acometió con el arma cortante de su displicencia, agravada por la mala noche que un dolorcillo de muelas le hizo pasar. «Ea, despejarme el comedor. Ve á lavarte á mi cuarto, que tenemos precisión de barrer aquí. Lárgate pronto si no quieres que te llenemos de polvo». Apoyaba esta admonición, de una manera más persuasiva, la segunda _Miau_, que se presentó escoba en mano.
--No se enfade usted, mamá. (Á doña Pura le cargaba mucho que su yerno la llamase _mamá_.) Desde que está usted hecha una potentada, no se la puede aguantar. ¡Qué manera de tratar á este infeliz!
--Eso es, búrlate... Es lo que te faltaba para acabar de conquistarnos. ¡Y que tienes el don de la oportunidad! Siempre te descuelgas por aquí cuando estamos con el agua al cuello.
--¿Y si dijera que precisamente he venido creyendo ser muy oportuno? Á ver... ¿qué respondería usted á esto? Porque no conviene despreciar á nadie, querida mamá, y se dan casos de que el huésped molesto nos resulte Providencia de la noche á la mañana.
--Buena Providencia nos dé Dios (siguiéndole hacia el cuarto donde Víctor pensaba lavarse). ¿Qué quieres decir? ¿que vas á apretar la cuerda que nos ahorca?
--Tanto como está usted chillando ahí (con zalamería), y todavía soy hombre para convidarla á usted á palcos por asiento.
--Ninguna falta nos hacen tus palcos... ¡Ni qué has de convidar tú, si siempre te he conocido más arrancado que el Gobierno!
--Mamá, mamá, por Dios, no rebaje usted tanto mi dignidad. Y sobre todo, el que yo sea pobre no es motivo para que se dude de mi buen corazón.
--Déjame en paz. Ahí te quedas. Despacha pronto.
--Prefiero ver delante de mí el puñal del asesino á ver malas caras. (Deteniéndola por un brazo.) Un momento. ¿Quiere usted que pague mi hospedaje?
Sacó su cartera en el mismo instante, y á doña Pura se le encandilaron los ojos viendo que abultaba y que el bulto lo hacía un grueso manojo de billetes de Banco.
--No quiero ser gravoso (dándole un billete de 100 pesetas). Tome usted, querida mamá, y no juzgue mis intenciones por la insuficiencia de mis medios.
--Pues no creas... (echando la zarpa al billete como si éste fuera un ratón), no creas que voy á llevar mi delicadeza hasta lo increíble, rechazando con indignación tu dinero, á estilo de teatro. No estamos ahora para escrúpulos ni para indignaciones cursis. Lo tomo, sí, lo tomo, y voy á pagar con él una deuda sagrada, y además, nos viene bien para...
--¿Para qué?
--Déjame á mí. ¿Quién no tiene sus secretillos?
--Y un hijo, un hijo cariñoso, ¿no merece ser depositario de esos secretos? Gracias por la confianza que merezco. Yo creí que me apreciaban más. Querida mamá, aunque usted no me considere de la familia, yo no puedo desprenderme de ella. Mándeme usted que no los quiera, y no obedeceré... En otra parte puedo entrar con indiferencia, poro en esta casa no; y cuando en ella noto síntomas de estrechez, aunque usted me lo prohiba, me tengo que afligir... (poniéndole cariñosamente la mano en el hombro). Simpática suegra, no me gusta que papá ande sin capa.
--¡Pobrecito!... y ¡qué le hemos de hacer!... Su situación viene siendo muy triste hace tiempo. La cesantía va estirando más de lo que creíamos. Sólo Dios y nosotras sabemos las amarguras que en esta casa se pasan.
--Menos mal si el remedio viene, aunque sea de la persona á quien no se estima (dándole otro billete de igual cantidad, que doña Pura se apresura á recoger).
--Gracias... No es que no te estimemos; es que tú...
--He sido malo, lo confieso (patéticamente); reconocerlo es señal de que ya no lo soy tanto. Tengo mis defectos como cada _quisque_; pero no soy empedernido, no está mi corazón cerrado á la sensibilidad, ni mi entendimiento á la experiencia. Yo seré todo lo malo que usted quiera; pero, en medio de mi perversidad, tengo una manía, vea usted... no tolero que esta familia, á quien tanto debo, pase necesidades. Me da por ahí... llámelo usted debilidad ó como quiera (dándole un tercer billete con gallardía generosa, sin mirar la mano que lo daba). Mientras yo gane un real, no consiento que el padre de mi pobre Luisa vista indecorosamente, ni que mi hijo ande desabrigado.
--Gracias, Víctor, gracias (entre conmovida y recelosa).
--No tiene usted por qué darme las gracias. No hay mérito ninguno en cumplir un deber sagrado. Se me ocurre que podría usted tomar hasta dos mil reales, porque no serán una ni dos las cosas que se han ido á Peñaranda.
--Rico estás... (con escama de si serían falsos los billetes).
--Rico, no... Ahorrillos. En Valencia se gasta poco. Se encuentra uno con economías sin notarlo. Y repito que si usted me habla de agradecimiento, me incomodo. Yo soy así. ¡He variado tanto! Nadie sabe la pena que siento al recordar los malos ratos que he dado á ustedes, y sobre todo á mi pobre Luisa (con emoción falsa ó verdadera, pero tan bien expresada, que á doña Pura se le humedecieron los ojos). ¡Pobre alma mía! ¡Que no pueda yo reparar los agravios que aquella santa recibió de mí! ¡Que no pueda yo resucitarla para que vea mi corazón mudado, aunque luego nos muriéramos los dos! (Dando un gran suspiro.) Cuando la muerte se interpone entro la culpa y el arrepentimiento, no tiene uno ni el amargo consuelo de pedir perdón á quien ha ofendido.
--¡Cómo ha de ser! No pienses ahora en cosas tristes. ¿Quieres otra toalla? Aguarda. Y si necesitas agua caliente, te la traeré volando.
--No; nada de molestarse por mí. Pronto despacho, y en seguida iré á traer mi equipaje.
--Pues si se te ocurre algo, llamas... La campanilla no hay quien la haga sonar. Te asomas á la puerta y me das una voz.
Aquel hombre, que sabía desplegar tan variados recursos de palabra y de ingenio cuando se proponía mortificar á alguien, ya con feroz sarcasmo, ya hiriendo con delicada crueldad las fibras más irritables del corazón, entendía maravillosamente el arte de agradar, cuando entraba en sus miras. Á doña Pura no la cogían de nuevas las demostraciones insinuantes de su yerno; pero esta vez, sea porque fuesen acompañadas de la donación en metálico, sea porque Víctor extremara sus zalamerías, la pobre señora le tuvo por moralmente reformado ó en camino de ello siquiera. Corridas algunas horas, no pudo la _Miau_ ocultar á su cónyuge que tenía dinero, pues el disimular las riquezas era cosa enteramente incompatible con el carácter y los hábitos de doña Pura. Interrogóla Villaamil sobre la procedencia de aquellos que modestamente llamaba _recursos_, y ella confesó que se los había dado Víctor, por lo cual se puso D. Ramón muy sobresaltado, y empezó á mover la mandíbula con saña, soltando de su feroz boca algunos vocablos que asustarían á quien no le conociera.
--¡Pero qué simple eres!... Si no me ha dado más que una miseria. ¿Pues qué querías tú, que le mantenga yo el pico? Bonitos estamos para eso. Le he acusado las cuarenta... clarito, clarito. Si se empeña en estar aquí, que contribuya á los gastos de la casa. ¡Bah! ¡qué cosas dices! Que ha defraudado al Tesoro. Falta probarlo... serán cavilaciones tuyas. ¡Vaya usted á saber! Y en último caso, ¿es eso motivo para que viva á costa nuestra?
Villaamil calló. Tiempo hacía que estaba resignado á que su señora llevase los pantalones. Era ya achaque antiguo que cuando Pura alzaba el gallo, bajase él la cabeza fiando al silencio la armonía matrimonial. Recomendáronle, cuando se casó, este sistema, que cuadraba admirablemente á su condición bondadosa y pacífica. Por la tarde volvió doña Pura á la carga, diciéndole: «Con este poco de barro hemos de tapar algunos agujeros. Ve pensando en hacerte ropa. Es imposible que consiga nada el que se presenta en los Ministerios hecho un mendigo, los tacones torcidos, el sombrero del año del hambre, y el gabán con grasa y flecos. Desengáñate: á los que van así nadie les hace caso, y lo más á que pueden aspirar es á una plaza en San Bernardino. Y como ahora te han de colocar, también necesitas ropa para presentarte en la oficina.
--Mujer, no me marees... No sabes el daño que me haces con esa confianza de que no participo; al contrario, yo nada espero.
--Pues sea lo que sea; si te colocan, porque sí, y si no, porque no, necesitas ropa. El traje es casi casi la persona, y si no te presentas como Dios manda, te mirarán con desprecio, y eres hombre perdido. Hoy mismo llamo al sastre para que te haga un gabán. Y el gabán nuevo pide sombrero, y el sombrero botas.
Villaamil se asustó de tanto lujo; pero cuando Pura adoptaba el énfasis gubernamental, no había medio de contradecirla. Ni se le ocultaba lo bien fundado de aquellas razones, y el valor social y político de las prendas de vestir; y harto sabía que los pretendientes bien trajeados llevan ya ganada la mitad de la partida. Vino, pues, el sastre llamado con urgencia, y Villaamil se dejó tomar las medidas, taciturno y fosco, como si más que de gabán fuesen medidas de mortaja.
Con la entrada del sastre, tuvieron Paca y su marido comidilla para todo el resto del día y parte de la noche.--¿No sabes, Mendizábal? Ha entrado también un sombrero nuevo. Desde que estamos en esta casa, y va para quince años, no he visto entrar más chisteras nuevas que la de hoy y la que estrenó D. Basilio Andrés de la Caña, el que vivió en el tercero, á los pocos días de venir Alfonso. ¿Será que va á haber revolución?
--No me extrañaría--dijo Mendizábal,--porque ese Cánovas ha perdido los papeles. El periódico dice que hay crisis.
--Debe de haberla, y será que van á subir los de D. Ramón. Tú, ¿quiénes son los del señor Villaamil?
--Los del Sr. Villaamil son las ánimas benditas... (echándose á reir). ¿Conque cobertera nueva y ropa maja? Pues mira, mujer, en vista de ese lujo... asiático, voy á subir ahorita mismo con los recibos atrasados, por si pagan todo ó parte de lo que deben. Á esta gente es menester acecharla, para cogerla en el momento económico, ¿me entiendes?, en el ínterin, como quien dice, de tener dinero, que es ni visto ni oído.
Miraba el memorialista á su perro, el cual parecía decirle con su expresiva geta: «Arriba, mi amo, y no se descuide, que ahora tienen guita. Vengo de allí y están como unas pascuas. Por más señas, que han traído un salchichón italiano, gordo como mi cabeza, y que huele á gloria divina».
Subió, pues, Mendizábal, precedido del can. Casi siempre, cuando el portero se aparecía con aquellos fatídicos papeles en la mano, Villaamil temblaba sintiendo herida su dignidad en lo más vivo, y á doña Pura se le ponía la boca amarga, los labios descoloridos y el corazón rebosando congoja y despecho. Ambos, cada cual en la forma propia de su temperamento, alegaban razones mil para convencer á Mendizábal de lo bueno que sería esperar al mes siguiente. Por dicha suya, el hombre _gorilla_, aquel monstruo cuyas enormes manos tocarían el suelo á poco que la cintura se doblase; aquel tipo de transición zoológica en cuyo cráneo parecían verse demostradas las audaces hipótesis de Darwin, no ejercía con malos modos los poderes conferidos por el casero. Era, en suma, Mendizábal, con su fealdad digna de la vitrina de cualquier museo antropológico, hombre benévolo, indulgente, compasivo, que se hacía cargo de las cosas. Sentía lástima de la familia y verdadero afecto hacia Villaamil. No apremiaba sino en términos comedidos y amistosos, y al rendir cuentas al casero echaba por aquella boca horrenda, rascándose la oreja corta y chata, frases de intercesión misericordiosa en pro del inquilino atrasado _por mor_ de la cesantía. Y gracias á esto, el propietario, que no era de los más déspotas, aguardaba con triste y filosófica resignación.
Cuando Villaamil y doña Pura no estaban en disposición de pagar, añadían á sus excusas algún oficioso párrafo con el memorialista, lisonjeándole y cayéndose del lado de sus aficiones. Decíale Villaamil: «¡Pero cuánto ha visto usted en este mundo, amigo Mendizábal, y qué de cosas habrá presenciado tan trágicas, tan interesantes, tan...!» Y el _gorilla_, abarquillando los recibos, contestaba: «La historia de España no se ha escrito todavía, amigo D. Ramón. Si yo plumeara mis memorias, vería usted...» Doña Pura extremaba aún más la adulación: «El mundo anda perdido. Mendizábal está en lo cierto: mientras haya libertad de cultos y eso que llaman el racionalismo...!» Total, que el portero se guardaba los recibos, y á la señora se le alegraban las pajarillas. Ya teníamos otro mes de respiro.
Pero aquel día en que, por merced de la Providencia, les era dado pagar dos meses de los tres vencidos, ambos esposos rectificaron con cierta arrogancia aquel criterio de asentimiento. Villaamil habló con discreta autoridad de los ideales modernos, y doña Para, al verle embolsar los billetes, dijo: «Pero venga acá, Mendizábal, ¿para que tiene esas ideas? ¿Y usted cree de buena fe que va á venir aquí D. Carlos con la Inquisición y todas esas barbaridades? Vamos, que es preciso estar (apuntando á la sien) de la jícara para creer eso...»
Mendizábal les contestó con frases truncadas, mal aprendidas del periódico que solía leer, y se alejó refunfuñando. Contraste increíble: se iba de mal humor siempre que llevaba dinero.
XIII
Antes de proseguir, evoquemos la doliente imagen de Luisa Villaamil, muerta aunque no olvidada, en los días de esta humana crónica. Pero retrocediendo algunos años, la cogeremos viva. Vámonos, pues, al 68, que marca el mayor trastorno político de España en el siglo presente, y señaló además graves sucesos en los azarosos anales de la familia Villaamil.
Contaba Luisa cuatro años más que su hermana Abelarda, y era algo menos insignificante que ella. Ninguna de las dos se podía llamar bonita; pero la mayor tenía en su mirada algo de _ángel_, un poco más de gracia, la boca más fresca, el cuello y hombros más llenos, y por fin, la aventajaba ligeramente en la voz, acento y manera de expresarse. Las escasas seducciones de entrambas no las realzaba una selecta educación. Se habían instruído en tres ó cuatro provincias distintas, cambiando de colegio á cada triquitraque, y sus conocimientos, aun en lo elemental, eran imperfectísimos. Luisa llegó á saber un francés macarrónico que apenas le consentía interpretar, sobando mucho el Diccionario, la primer página del _Telémaco_, y Abelarda llegó a farfullar dos ó tres polcas, martirizando las teclas del piano. De cuatro niñas y un varón, frutos del vientre de doña Pura, sólo se lograron aquellas dos; las demás crías perecieron á poco de nacer. Á principios de 1868, desempeñaba Villaamil el cargo de Jefe Económico en una capital de provincia de tercera clase, ciudad arqueológica, de corto y no muy brillante vecindario, famosa por su catedral, y por la abundante cosecha de desportillados pucheros é informes pedruscos romanos que al primer azadonazo salían del terruño. En aquel _pueblo de pesca_ pasó la familia de Villaamil la temporada triunfal de su vida, porque allí doña Pura y su hermana daban el tono á las costumbres elegantes y hacían lucidísimo papel, figurando en primera línea en el escalafón social. Cayó entonces en la oficina de Villaamil un empleadillo joven y guapo, de la clase de aspirantes con cinco mil reales, engendro reciente del caciquismo. Cómo fué á parar allí Víctor Cadalso, es cosa que no nos importa saber. Era andaluz, había estudiado parte de la carrera en Granada, se vino á Madrid sin blanca, y aquí, después de mil alternativas, encontró un padrinazgo de momio, que lo lanzó de un manotazo á la vida burocrática, como se puede lanzar una pelota. Á poco de entrar en las oficinas de aquella provincia, hízose muy de notar, y como tenía atractivos personales, lenguaje vivo y gracioso, buenas trazas para vestirse y desenvueltos modales, no tardó en obtener la simpatía y agasajo de la familia del jefe, en cuya sala (no hay manera de decir _salones_), bastante concurrida los domingos y fiestas de guardar, fué desde la primera noche astro refulgente. Nadie le igualaba en el donaire, generalmente equívoco, de la conversación, en improvisar pasatiempos ingeniosos, en dar sesiones de magnetismo, prestidigitación ó nigromancia casera. Recitaba versos imitando á los actores más célebres, bailaba bien, contaba todos los cuentos de Manolito Gázquez, y sabía, como nadie, entretener á las señoras y embobar á las niñas. Era el _lión_ de la ciudad, el número uno de los chicos elegantes, espejo de todos en finura, garbo y ropa. La alta sociedad se reunía alternativamente en la casa de Villaamil, en la del Brigadier gobernador militar, cuya esposa era una jamona de muchas campanillas, en la de cierto personaje, que era el cacique, agente electoral y déspota de la comarca; pero la casa en que había más refinamientos sociales era la de Villaamil, y las señoras de Villaamil las más encumbradas y vanagloriosas. La esposa del cacique tenía hijas casaderas, la Brigadiera no las tenía de ninguna edad, el Gobernador era célibe; de modo que las del Jefe Económico, las _cacicas_, la Gobernadora militar y la Alcaldesa, boticaria por añadidura, componían todo el mujerío distinguido de la localidad. Eran las dueñas del cotarro elegante, las que recibían incienso de aquella espiritada juventud masculina, con _chaquet_ y hongo, las que asombraban al pueblo presentándose en los Toros (dos veces al año) con mantilla blanca, las que pedían para los pobres en la catedral el Jueves Santo, las que visitaban al Obispo, las que daban el tono y recibían constantemente el homenaje tácito de la imitación. En aquellos tiempos le quedaban aún á Milagros algunos vestigios de su hermosa voz, mucha afinación y todo el compás. Todavía, haciéndose muy de rogar, casi casi á la fuerza, se acercaba al piano, y soltando las rebañaduras de su arte, les largaba allí un par de cavatinas que hacían furor. Los palmoteos se oían desde la cercana plaza de la Constitución, y las alabanzas duraban toda la noche, amenizando el baile y los juegos de prendas.
Ornamento de esta sociedad fué, desde que en ella se introdujo, Víctor Cadalso, artista social digno de teatro mejor, y no con las facultades marchitas como las de Milagros, sino en la plenitud de su poder y lozanía. Por esto sucedió lo que debía suceder, que Luisa se prendó del aspirante repentina y locamente, desde la primera noche que se vieron, con ese amor explosivo en que los corazones parece que están llenos de pólvora cuando los traspasa la inflamada flecha. Esto suele ocurrir en las clases populares y en las sociedades primitivas, y pasa también alguna vez en el seno del vulgo infatuado y sin malicia, cuando cae en él, como rayo enviado del cielo, un ser revestido de apariencias de superioridad. La pasión súbita de Luisa Villaamil fué tan semejante á la de Julieta, que al día siguiente de hablarle por primera vez, no habría vacilado en huir con Víctor de la casa paterna, si él se lo hubiera propuesto. Siguieron al flechazo unos amoríos furibundos. Luisa perdió el sueño y el apetito. Había carteo dos ó tres veces al día y telégrafos á todas horas. Por la noche espiaban la coyuntura de verse á solas, aunque fuese breves momentos. La enamorada chica contaba sus tristezas y sus alegrones á la luna, á las estrellas, al gato, al jilguero, á Dios y á la Virgen. Hallábase dispuesta, si la ley de su amor se lo exigía, á cualquier género de heroicidad, al martirio. Doña Pura no tardó en contrariar aquellos amores, porque soñaba con el ayudante del Brigadier para yerno; y Villaamil, que empezó á columbrar en el carácter de Víctor algo que no le agradaba, hubo de gestionar con el cacique para que le trasladasen á otra provincia. Los amantes, guiados por la perspicacia defensiva que el amor, como todo gran sentimiento, lleva en sí, olfatearon el peligro, y ante el enemigo se juraron fidelidad eterna, resolviendo ser dos en uno, y antes morir que separarse, con todo lo demás que en estos apretados lances se acostumbra. El delirio les extraviaba, y la oposición les precipitó á estrechar de tal modo sus lazos, que nadie fuera poderoso á desatarlos. En resolución, que el amor se salió con la suya, como suele. Trinaron los señores de Villaamil; pero, pensándolo bien, ¿qué remedio quedaba más que arreglar aquel desavío como se pudiese?