Part 5
Luisito llegó cuando sus abuelos discutían acaloradamente si debían abrigar ó no esperanza, y dió cuenta de la puntual entrega de todas las cartas. Tenía hambre, frío, y le dolía un poco la cabeza. Al regreso de la excursión se había sentado en el pórtico de las Alarconas; pero no le _dió aquéllo_, ni la visión tuvo á bien presentarse en ninguna forma. _Canelo_ no se apartaba de doña Pura, siguiéndola del despacho á la cocina, y de ésta al comedor, y cuando llamaron á comer al dueño de la casa, como éste tardara un poco en salir, fué el entendido perro á buscarle y con meneos de cola le decía: «Si usted no tiene gana, dígalo; pero no nos tenga tanto tiempo espera que te espera».
Comieron con regular apetito y bastante buen humor, y de sobremesa Villaamil se fumó, saboreándolo mucho, un habano que el señor de Pez le había dado aquella tarde. Era muy grande, y al tomarlo, el cesante dijo á su amigo que lo guardaría para después. Aquel cigarro le recordaba sus tiempos prósperos. ¿Sería tal vez anuncio de que los tales tiempos volverían? Dijérase que el buen Villaamil leía en las espirales de humo azul su buena ventura, porque se quedaba alelado mirándolas subir en graciosas curvas hacia el techo del comedor, nublando vagamente la lámpara.
Por la noche tuvieron gente (Ruiz, Guillén, Ponce, los de Cuevas, Pantoja y su familia, de quien se hablará después), y se formalizó el proyecto iniciado el mes anterior, de representar una piececita, pues algunos amigos de la casa tenían aptitudes no comunes para el teatro, sobre todo en el género cómico. Federico Ruiz se encargó de escoger la pieza, de distribuir los papeles y dirigir los ensayos. Se convino en que Abelarda haría uno de los principales personajes, y Ponce otro; pero éste, reconociendo con laudable modestia que no tenía maldita gracia y que haría llorar al público en los papeles más jocosos, reservó para sí la parte de _padre_, si en la comedia le hubiera.
Cansado de tales majaderías, D. Ramón huyó de la sala buscando en el interior obscuro de la casa las tinieblas que convenían á su pesimismo. Maquinalmente entró en el cuarto de Milagros, donde ésta desnudaba á Luis para acostarle. El pobre niño había hecho tentativas para estudiar, que fueron completamente inútiles. Le dolía la cabeza, y sentía como el presagio y el temor de la visión, pues ésta, al par que le daba mucho gusto, causábale cierta ansiedad. Se fué á acostar con la idea de que le entraría la desazón y de que iba á ver cosas muy extrañas. Cuando su abuelo entró, ya estaba metido en la cama, y su tía le hacía rezar las oraciones de costumbre: _Con Dios me acuesto, con Dios me levanto_, etc... que él recitaba de carretilla. Con brusca interrupción se volvió hacia Villaamil para decirle: «Abuelito, ¿verdad que el Ministro te recibió muy bien?»
--Sí, hijo mío--replicó el anciano, estupefacto de esta salida y del tono con que fué dicha.--¿Y tú por dónde lo sabes?
--¿Yo?... yo lo sé.
Miraba Cadalsito á su abuelo con una expresión tan extraña, que el pobre señor no sabía qué pensar. Parecióle expresión de Niño-Dios, la cual no es otra cosa que la seriedad del hombre armonizada con la gracia de la niñez.
--Yo lo sé... lo sé--repitió Luis sin sonreir, clavando en su abuelo una mirada que le dejó inmóvil.--Y el Ministro te quiere mucho... porque le escribieron...
--¿Quién le escribió?--dijo con ansiedad el cesante, dando un paso hacia el lecho, los ojos llenos de claridad.
--Le escribieron de ti--afirmó Cadalsito sintiendo que el miedo le invadía y no le dejaba continuar. En el mismo instante pensó Villaamil que todo aquello era una tontería, y dando media vuelta se llevó la mano á la cabeza, y dijo: «¡Pero qué cosas tiene este chiquillo!...»
IX
¡Cosa rara! nada le pasó á Cadalsito aquella noche, ni sintió ni vió cosa alguna, pues á poco acostarse hubo de caer en sueño profundísimo. Al día siguiente costó trabajo levantarle. Sentíase quebrantado, y como si hubiese andado largo trecho por sitio desconocido y lejano, que no podía recordar. Fue á la escuela, y no se supo la lección. Encontrábase tan torpe aquel día, que el maestro le hizo burla y ajó su dignidad ante los demás chicos. Pocas veces se había visto en la escuela carrera en pelo como la que aguantó Cadalsito al ser confinado al último puesto de la clase en señal de ignorancia y desaplicación. Á las once, cuando se pusieron á escribir, Cadalso tenía junto á sí al famoso _Posturitas_, chiquillo travieso y graciosísimo, flexible como una lombriz, y tan inquieto, que donde él estuviese no podía haber paz. Llamábase Paquito Ramos y Guillén, y sus padres eran los dueños de la casa de préstamos de la calle del Acuerdo. Aquel Guillén, cojo y empleado, que hemos visto en casa de Villaamil celebrando con copiosas libaciones de moscatel la próxima colocación de su amigo, era tío materno de _Posturitas_, el cual debía este apodo á la viveza ratonil de sus movimientos, á la gracia con que remedaba las actitudes y gestos de los _clowns_ y dislocados del Circo. Todo se le volvía hacer garatusas, sacar la lengua, volver del revés los párpados; y como pudiera, metía el dedo en el tintero para pintarse rayas negras en la cara.
Aquella mañana, cuando el maestro no le veía, _Posturitas_ abría la carpeta, y él y su amigo Cadalso hundían la pelona en ella para ver las cosas diversas que encerraba. Lo más notable era una colección de sortijas, en las cuales brillaban el oro y los rubíes. No se vaya á creer que eran de metal, sino de papel, anillos de esos con que los fabricantes adornan los puros medianos para hacerlos pasar por buenos. Aquel tesoro había venido á manos de Paquito Ramos mediante un cambalache. Perteneció la colección á otro chico llamado Polidura, cuyo padre, mozo de café ó restaurant, solía recoger los aros de cigarro que los fumadores dejaban caer al suelo, y obsequiar con ellos á su hijo á falta de mejores juguetes. Había llegado á reunir Polidura más de cincuenta sortijas de diversos calibres. En unas decía _Flor fina_, en otras _Selectos de Julián Álvarez_. Cansado al fin de la colección, se la cambió á _Posturas_ por un trompo en buen uso, mediante contrato solemne ante testigos. Cadalso regaló al nuevo propietario el anillo de la tagarnina dada por el señor de Pez á Villaamil, y que éste se fumó majestuosamente después de la comida.
La travesura de _Posturitas_, fielmente reproducida por el bueno de Cadalso, consistía en llenarse ambos los dedos de aquellas sorprendentes joyas, y cuando el maestro no les veía, alzar la mano y mostrarla á los otros granujas con dos ó tres anillos en cada dedo. Si el maestro venía, se los quitaban á toda prisa, y a escribir como si tal cosa. Pero en una vuelta brusca, sorprendió el dómine á Cadalsito con la mano en alto, distrayendo á toda la clase. Verle, y ponerse hecho un león, fué todo uno. Pronto se descubrió que el principal delincuente era el maligno _Posturitas_, que tenía en su carpeta un depósito de aros de papel; y en un santiamén el maestro, después que arrancó de los dedos las pedrerías de que estaban cuajados, agarró todo el depósito y lo deshizo, terminando con una mano de coscorrones aplicados á una y otra cabeza. Ramos rompió á llorar, diciendo: «Yo no he sido... _Miau_ tiene la culpa». Y _Miau_, no menos lastimado de esta calumnia que del mote, clamó con severa dignidad: «Él es el que los tenía. Yo no traje más que uno...» «Mentira...» «El mentiroso es él».
--_Miau_ es un hipócrita--dijo el maestro, y Cadalso no supo contener su aflicción oyendo en boca de D. Celedonio el injurioso apodo. Soltó el llanto sin consuelo, y toda la clase coreaba sus gemidos, repitiendo _Miau_, hasta que el maestro ¡pim, pam! repartió una zurribanda general, recorriendo espaldas y mofletes, como el fiero cómitre entre las filas de galeotes, vapulando á todos sin misericordia.
--Se lo voy á decir á mi abuelo--exclamó Cadalso con un arranque de dignidad,--y no vengo más á esta escuela.
--Silencio... silencio todos--gritó el verdugo, amenazándoles con una regla, que tenía los ángulos como filos de cuchillo.--Sin vergüenzas, á escribir; y al que me chiste le abro la cabeza.
Al salir, Cadalso seguía indignado contra su amigo _Posturitas_. Éste, que era procaz, de una frescura y audacia sin límites, dió un empujón á Luis, diciéndole: «Tú tienes la culpa, tonto... panoli... cara de gato. Si te cojo por mi cuenta...»
Cadalso se revolvió iracundo, acometido de nerviosa rabia, que le puso pálido y con los ojos relumbrones. «¿Sabes lo que te digo? Que no tiés que ponerme motes, ¡contro!, mal criado... ordinario... cualisquiera».
--_¡Miau!_--mayó el otro con desprecio, sacando media cuarta de lengua y crispando los dedos.--Ole... _Miau..._ morrongo... fu, fu, fu...
Por primera vez en su vida percibió Luis que las circunstancias le hacían valiente. Ciego de ira se lanzó sobre su contrario, y lo mismo se lanzaría si éste fuese un hombre. Chillido de salvaje alegría infantil resonó en toda la banda, y viendo el desusado embestir de Cadalso, muchos le gritaron: «Éntrale, éntrale...» _Miau_ peleándose con _Posturas_ era espectáculo nuevo, de trágicas y nunca sentidas emociones, algo como ver la liebre revolviéndose contra el hurón, ó la perdiz emprendiéndola á picotazos con el perro. Y fué muy hermosa la actitud insolente de _Posturitas_, al recibir el primer achuchón, espatarrándose para aplomarse mejor, soltando libros y pizarra para tener los brazos libres... Al mismo tiempo rezongaba con orgullo insano: «Verás, verás... ¡recontro!... me caso con la biblia...»
Trabóse una de esas luchas homéricas, primitivas y cuerpo á cuerpo, más interesantes por la ausencia de toda arma, y que consisten en encepar brazos con brazos y empujar, empujar, sacudiendo topetadas con la cabeza, á lo carneril, esforzándose cada cual en derribar á su contrario. Si pujante estaba _Posturas_, no lo parecía menos Cadalso. Murillito, Polidura y los demás, miraban y aplaudían, danzando en torno con feroz entusiasmo de pueblo pagano, sediento de sangre. Pero acertó á salir de la casa en aquel punto y ocasión la hija del maestro, señorita algo hombruna, y les separó de un par de manotadas, diciendo: «Sin vergüenzas, á casa, ó llamo á la pareja para que os lleve á la prevención». Ambos tenían la cara como lumbre, respiraban como fuelles, y echaban por aquellas bocas injurias tabernarias, sobre todo Paco Ramos, que era consumado hablista en el idioma de los carreteros.
--Vamos, _hombres_--decía Murillito, el hijo del sacristán de Monserrat, en la actitud más conciliadora;--no es para tanto... vaya... Quítate tú... Miá que te... verás. Sacabaron las quistiones.
Mostrábase el mediador decidido á arrearle un buen lapo á cualquiera de los dos que intentase reanudar la contienda. Un policía que por allí andaba les dispersó, y se alejaron chillando y saltando, algunos haciéndose lenguas del arranque de Cadalsito. Éste tomó silencioso el camino de su casa. Su ira se calmaba lentamente, aunque por nada del mundo le perdonaba á _Posturas_ el apodo, y sentía en su alma los primeros rebullicios de la vanidad heroica, la conciencia de su capacidad para la vida, ó sea de su aptitud para ofender al prójimo, ya probada en la tienta de aquel día.
Aquella tarde no había escuela, por ser jueves. Luisito se fué á su casa, y durante el almuerzo, ninguna persona de la familia reparó en lo sofocado que estaba. Bajó luego á pasar un ratito en compañía de sus amigos los memorialistas, que sin duda le tenían guardada alguna friolera. «Parece que arriba andamos muy divertidos--le dijo Paca.--Oye, ¿han colocado ya á tu abuelo? Porque debe de ser ya lo menos ministro ó tan siquiera embajador. ¡Vaya con la cesta de compra que trajeron ayer! Y botellas de moscatel como quien no dice nada. ¡Anda, anda, qué rumbo! Estamos como queremos. Así no hay quien haga bajar á _Canelo_ de tu casa...»
Luis dijo que todavía no habían colocado á su abuelo; pero que era cosa _de entre hoy y mañana_. El día estaba hermosísimo, y Paca propuso á su amiguito ir á tomar el sol en la explanada del Conde-Duque, á dos pasos de la calle de Quiñones. Púsose la enorme memorialista su mantón, mientras Luisito subía á pedir permiso, y echaron á andar. Eran las tres, y el vasto terraplén comprendido entre el paseo de Areneros y el cuartel de Guardias estaba inundado de sol, y muy concurrido de vecinos que iban allí á desentumecerse. Gran parte de este terreno se veía entonces, y se ve hoy, ocupado por sillares, baldosas, adoquines, restos ó preparativos de obras municipales, y entre la cantería, las vecinas suelen poner colgaderos para secar ropa lavada. La parte libre de obstáculos la emplea la tropa para los ejercicios de instrucción, y aquella tarde vió Cadalsito á los reclutas de Caballería aprendiendo á marchar, dirigidos por un oficial que, sable al puño y dando gritos, les enseñaba á medir el paso. Entretúvose el pequeñuelo en contemplar las evoluciones, y oía la cadencia con que los soldados pisaban unísonamente, diciendo: _una, dos, tres, cuatro_. Era un mugido que se confundía con la vibración del suelo al ser golpeado á compás, cual inmenso tambor batido por un gigante. Entre la sociedad que allí se congregaba á gozar del sol, discurrían vendedores de cacahuet y avellanas, pregonándolos con un grito dejoso. Paca le compró á Cadalso algunas de estas golosinas, y se sentó en una piedra á chismorrear con varias comadres amigas suyas. El chiquillo corrió detrás de la tropa, evolucionando con ella; fué y vino durante una hora en aquella militar diversión, marcando también el _uno, dos, tres, cuatro_, hasta que, sintiendo fatiga, se sentó en un rimero de baldosas. Entonces se le fué un poco la cabeza; vió que la mole pesada del cuartel se corría de derecha á izquierda, y que en la misma dirección iba el palacio de Liria, sepultado entre el ramaje de su jardín, cuyos árboles parecen estirarse para respirar mejor fuera de la tumba inmensa en que están plantados. Empezóle á Cadalsito la consabida desazón; se le iba el conocimiento de las cosas presentes, se mareaba, se desvanecía, le entraba el misterioso sobresalto, que era en realidad pavor de lo desconocido; y apoyando la frente en una enorme piedra que próxima tenía, se durmió como un ángel. Desde el primer instante, la visión de las Alarconas se le presentó clara, palpable, como un ser vivo, sentado frente á él, sin que pudiese decir dónde. El fantástico cuadro no tenía fondo ni lontananza. Lo constituía la excelsa figura sola. Era el mismo personaje de luenga y blanca barba, vestido de indefinibles ropas, la mano izquierda escondida entre los pliegues del manto, la derecha fuera, mano de persona que se dispone á hablar. Pero lo más sorprendente fué que antes de pronunciar la primer palabra, el Señor alargó hacia él la diestra, y entonces se fijó en ella Cadalsito y vió que tenía los dedos cuajados de aquellas mismas sortijas que formaban la rica colección de _Posturas_. Sólo que en los dedos soberanos, que habían fabricado el mundo en siete días, los anillos relumbraban cual si fueran de oro y piedras preciosas. Cadalsito estaba absorto, y el Padre le dijo: «Mira, Luis, lo que os quitó el maestro. Ve aquí los bonitos anillos. Los recogí del suelo, y los compuse al instante sin ningún trabajo. El maestro es un bruto, y ya le enseñaré yo á no daros coscorrones tan fuertes. Y por lo que hace á _Posturitas_, te diré que es un pillo, aunque sin mala intención. Está mal educado. Los niños decentes no ponen motes. Tuviste razón en enfadarte, y te portaste bien. Veo que eres un valiente y que sabes volver por tu honor».
Luis quedó muy satisfecho de oirse llamar valiente por persona de tanta autoridad. El respeto que sentía no le permitió dar las gracias; pero algo iba á decir, cuando el Señor, moviendo con insinuación de castigo la mano aquella cuajada de sortijas, le dijo severamente: «Pero, hijo mío, si por ese lado estoy contento de ti, por otro me veo en el caso de reprenderte. Hoy no te has sabido la lección. Ni por casualidad acertaste una sola vez. Bien claro se vió que no habías abierto un libro en todo el santo día... (Luisín, acongojadísimo, mueve los labios queriendo disculparse.) Ya, ya sé lo que me vas á decir. Estuviste hasta muy tarde repartiendo cartas; volviste á casa de noche. Pero luego pudiste leer algo; no me vengas con enredos. Y esta mañana, ¿por qué no echaste un vistazo á la lección de Geografía? ¡Cuidado con los desatinos que has dicho hoy! ¿De dónde sacas tú que Francia está limitada al Norte por el Danubio y que el Po pasa por Pau? ¡Vaya unas barbaridades! ¿Te parece á ti que he hecho yo el mundo para que tú y otros mocosos como tú me lo estéis deshaciendo á cada paso?»
Enmudeció la augusta persona, quedándose con los ojos fijos en Cadalso, al cual un color se le iba y otro se le venía, y estaba silencioso, agobiado, sin poder mirar ni dejar de mirar á su interlocutor.
«Es preciso que te hagas cargo de las cosas--añadió por fin el Padre, accionando con la mano cuajada de sortijas.--¿Cómo quieres que yo coloque á tu abuelo si tú no estudias? Ya ves cuán abatido está el pobre señor, esperando como pan bendito su credencial. Se le puede ahogar con un cabello. Pues tú tienes la culpa, porque si estudiaras...»
Al oir esto, la congoja de Cadalsito fué tan grande, que creyó le apretaban la garganta con una soga y le estaban dando garrote. Quiso exhalar un suspiro y no pudo.
«Tú no eres tonto y comprenderás esto--agregó Dios.--Ponte tú en mi lugar; ponte tú en mi lugar, y verás que tengo razón».
Luis meditó sobre aquéllo. Su razón hubo de admitir el argumento creyéndolo de una lógica irrebatible. Era claro como el agua: mientras él no estudiase, ¡contro! ¿cómo habían de colocar á su abuelo? Parecióle esto la verdad misma, y las lágrimas se le saltaron. Intentó hablar, quizás prometer solemnemente que estudiaría, que trabajaría como una fiera, cuando se sintió cogido por el pescuezo.
--Hijo mío--le dijo Paca sacudiéndole,--no te duermas aquí, que te vas á enfriar.
Luis la miró aturdido, y en su retina se confundieron un momento las líneas de la visión con las del mundo real. Pronto se aclararon las imágenes, aunque no las ideas; vió el cuartel del Conde-Duque, y oyó el _uno, dos, tres, cuatro_, como si saliese de debajo de tierra. La visión, no obstante, permanecía estampada en su alma de una manera indeleble. No podía dudar de ella, recordando la mano ensortijada, la voz inefable del Padre y Autor de todas las cosas. Paca le hizo levantar y le llevó consigo. Después, quitándole del bolsillo los cacahuets que antes le diera, díjole: «No comas mucho de esto, que se te ensucia el estómago. Yo te los guardaré. Vámonos ya, que principia á caer relente...» Pero él tenía ganas de seguir durmiendo; su cerebro estaba embotado, como si acabase de pasar por un acceso de embriaguez; le temblaban las piernas, y sentía frío intensísimo en la espalda. Andando hacia su casa, le entraron dudas respecto á la autenticidad y naturaleza divina de la aparición. «¿Será Dios ó no será Dios?--pensaba.--Parece que es, porque lo sabe todito... Parece que no es, porque no tiene ángeles».
De vuelta del paseo, hizo compañía á sus buenos amigos. Mendizábal, concluída su tarea, y después de recoger los papeles y de limpiar las diligentes plumas, se dispuso á alumbrar la escalera. Paca limpió los cristales del farol, encendiendo dentro de él la lamparilla de petróleo. El _secretario del público_ lo cogió entonces, y con ademán tan solemne como si alumbrara al Viático, fué á colgarlo en su sitio, entre el primero y segundo piso. En esto subía Villaamil, y se detuvo, como de costumbre, para echar un párrafo con el memorialista.
--Sea enhorabuena, D. Ramón--le dijo éste.
--Calle usted, hombre...--replicó Villaamil, afectando el humor que suele acompañar á un terrible dolor de muelas.--Si todavía no hay nada, ni lo habrá...
--¡Ah! pues yo creí.. Es que son muy perros, D. Ramón. ¡Vaya unos birrias de Ministros! Lo que yo le digo á usted: mientras no venga la escoba grande...
--¡Oh! amigo mío--exclamó Villaamil con cierto aire de templanza gubernamental,--ya sabe usted que no me gustan exageraciones. Sus ideas son distintas de las mías... ¿Qué es lo que usted quiere? ¿Más religión? Pues venga religión, venga; pero no osbcurantismo... Desengañémonos. Aquí lo que hace falta es administración, moralidad...
--Ahí duele, ahí duele (con expresión de triunfo). Precisamente lo que no habrá mientras no haya fe. Lo primero es la fe, ¿sí ó no?
--Corriente; pero... No, amigo Mendizábal; no exageremos.
--Y las sociedades que la pierden (en tono triunfal), corren derechitas, como quien dice, al abismo...
--Todo eso está muy bien; pero... Haya moralidad, moralidad; que el que la hace la pague, y allá los curas se entiendan con las conciencias. No me cambalache los poderes, amigo Mendizábal.
--No, si yo no cambalacho nada... En fin, usted lo verá (bajando un escalón mientras Villaamil subía otro). Ínterin domine el libre pensamiento, espere usted sentado. Como que no hay justicia ni nadie se acuerda del mérito. Buenas noches.
Desapareció por la escalera abajo aquel hombre feísimo, de semblante extraño, por tener los ojos tan poco separados que parecían juntarse y ser uno solo cuando fijamente miraban. La nariz le salía de la frente, y después bajaba chafada y recta, esparranclando sus dos ventanillas en el nacimiento del labio superior, dilatado, tirante y tan extenso en todas direcciones que ocupaba casi la mitad del rostro. La boca era larga, terminada en dos arrugas que dividían la barba en tres compartimientos flácidos, de pelambre ralo y gris; la frente estrecha, las manos enormes y velludas, el cogote recio, el cuerpo corto, inclinado hacia adelante, como resabio de una raza que hasta hace poco ha andado á cuatro pies. Al descender la escalera, parecía que la bajaba con las manos, agarrándose al barandal. Con esta filiación de _gorilla_, Mendizábal era un buen hombre, sin más tacha que su furiosa inquina contra el libre pensamiento. Había sido traficante en piedras de chispa durante la primera guerra civil, espía faccioso y cocinero del padre Cirilo. «¡Ah!--mil veces lo decía él,--¡si yo escribiera mi historia!» Último detalle biográfico: le compuso una rueda á la célebre tartana de San Carlos de la Rápita.
X
Poco después de anochecido, al subir á su casa, Cadalsito sintió pasos detrás de sí; pero no volvió la cara. Mas cuando faltaban pocos escalones para llegar al piso segando, manos desconocidas le cogieron la cabeza y se la apretaron, no dejándole mirar hacia atrás. Tuvo miedo, creyéndose en poder de algún ladrón barbudo y feo, que iba á robar la casa y empezaba por asegurarle á él. Pero antes que tuviera tiempo de chillar, el intruso le levantó en peso y le besó. Luis pudo verle entonces la cara, y al reconocerle, su intranquilidad no disminuyó. Había visto aquella cara por última vez algún tiempo antes, sin poder apreciar cuándo, en una noche de escándalo y reyerta, en la cual todos chillaban en su casa, Abelarda caía con una pataleta, y la abuelita gritaba pidiendo el auxilio de los vecinos. La dramática escena doméstica había dejado indeleble impresión en Luis, que ignoraba por qué se habían puesto sus tías y abuela tan furiosas.
En aquel tiempo estaba el abuelito en Cuba, y no vivía la familia en la calle de Quiñones. Recordó también que las iras de las _Miaus_ recaían sobre una persona que entonces desapareció de la casa, para no volver á ella hasta la ocasión que ahora se refiere. Aquel hombre era su padre. No se atrevió Luis á pronunciar el cariñoso nombre; de mal humor dijo: «Suéltame». Y el sujeto aquél llamó.
Cuando doña Pura, al abrir la puerta, vió al que llamaba, acompañado de su hijo, quedóse un instante como quien no da crédito á sus ojos. La sorpresa y el terror se pintaban en su semblante... después contrariedad. Por fin murmuró: «¿Víctor... tú?»