Part 4
Ésta era la que resolvía todos los conflictos, como persona de iniciativa, de inesperados golpes y de prontas resoluciones. Milagros era toda pasividad, modestia y obediencia. No alzaba nunca la voz, no hacía observaciones á lo que su hermana ordenaba. Trabajaba para los demás por impulso de su conciencia humilde y por hábito de subordinación. Unida fatalmente durante toda su vida al mísero destino de aquella familia, y partícipe de las vicisitudes de ésta, jamás se quejó ni se la oyó protestar de su malhadada suerte. Considerábase una gran artista malograda en flor, por falta de ambiente; y al verse perdida para el arte, la tristeza de esta situación ahogaba todas las demás tristezas. Hay que decir aquí que Milagros había nacido con excelentes dotes de cantante de ópera. Á los veinticinco años tenía una voz preciosísima, regular escuela y loca afición á la música. Pero la fatalidad no le permitió nunca lanzarse á la verdadera vida de artista. Amores desgraciados, cuestiones de familia aplazaron de día en día la deseada presentación al público, y cuando los obstáculos desaparecieron, ya Milagros no estaba para fiestas; había perdido la voz. Ni ella misma se dió cuenta de la suave gradación por donde sus esperanzas de artista vinieron á parar en la precaria situación en que se nos aparece; por dónde el soñado escenario y los triunfos del arte se convirtieron en la cocina de Villaamil, sin provisiones. Cuando pensaba ella en el contraste duro entre sus esperanzas y su destino, no acertaba á medir los escalones de aquel lento descender desde las cumbres de la poesía á los sótanos de la vulgaridad.
Milagros tenía un tipo fino, delicado, propio para los papeles de _Margarita_, de _Dinorah_, de _Gilda_, de la _Traviatta_, y voz aguda de soprano. Todo esto se convirtió en hojarasca, sin que nunca llegara á ser admiración del público. Sólo una vez cantó en el Real la parte de _Adalgisa_, por condescendencia de la empresa, como alumna del Conservatorio. Estuvo muy feliz, y los periódicos le auguraron un porvenir brillante. En el Liceo Jover, ante un público invitado y poco exigente, cantó _Saffo_ y _Los Capuletos_ de Bellini con el tercer acto de Vacai. Entonces se trató de que fuera á Italia; pero se atravesó una pasión, la esperanza de un gran partido para casarse, enredándose mucho el asunto entre el novio y la familia. Pasó tiempo, y la cantatriz hubo de malograrse, pues ni fué á Italia, ni se contrató en el Real, ni se casó.
Doña Pura y Milagros eran hijas de un médico militar, de apellido Escobios, y sobrinas del músico mayor del Inmemorial del Rey. Su madre era Muñoz, y tenían ellas pretensiones de parentesco con el marqués de Casa-Muñoz. Por cierto que cuando trataron de que Milagros fuera cantante de ópera, se pensó en italianizarle el apellido, llamándola la _Escobini_; pero como la carrera artística se malogró en ciernes, el mote italiano no llegó nunca á verse en los carteles.
Antes de que la vida de la señorita de Escobios se truncara, tuvo una época de fugaz éxito y brillo en una capital de provincia de tercera clase, á donde fué con su hermana, esposa de Villaamil. Éste era Jefe económico, y su familia intimó, como era natural, con la de los Gobernadores civil y militar, que daban reuniones, á que asistía lo más granadito del pueblo. Milagros, cantando en los conciertos de la brigadiera, enloquecía y electrizaba. Salíanle novios por docenas, y envidias de mujeres que la inquietaban en medio de sus triunfos. Un joven de la localidad, poeta y periodista, se enamoró frenéticamente de ella. Era el mismo que en la reseña de los saraos llamaba á doña Pura, con exaltado estilo, _figura arrancada á un cuadro de Fra Angélico_. Á Milagros la ensalzaba en términos tan hiperbólicos que causaban risa, y aun recuerdan los naturales algunas frases describiendo á la joven en el momento de presentarse en el salón, de acercarse al piano para cantar, y en el acto mismo del cantorrio: «_Es la pudorosa Ofelia llorando sus amores marchitos y cantando con gorjeo celestial la endecha de la muerte_». Y ¡cosa extraña! el mismo que escribía estas cosas en la segunda plana del periódico, tenía la misión, y por eso cobraba, de hacer la revista comercial en la primera. Suya era también esta endecha: «_Harinas. Toda la semana acusa marcada calma en este polvo. Sólo han salido para el canal mil doscientos sacos que se hicieron á 22 y tres cuartillos. No hay compradores, y ayer se ofrecían dos mil sacos á 22 y medio, sin que nadie se animara_». Al día siguiente, vuelta otra vez con _la pudorosa Ofelia_, ó _el ángel que nos traía á la tierra las celestiales melodías_. Ya se comprende que esto no podía acabar en bien. En efecto; mi hombre, inflamándose y desvariando cada día más con su amor no correspondido, llegó á ponerse tan malo, pero tan malo, que un día se tiró de cabeza en la presa de una fábrica de harina, y por pronto que acudieron en su auxilio, cuando le sacaron era cadáver. Poco después de este desagradable suceso, que impresionó mucho á Milagros, ésta volvió á Madrid; verificóse entonces el _début_ en el Real, luego las funciones en el Liceo Jover, y todo lo demás que brevemente referido queda. Echemos sobre aquellos tristes sucesos un montón de años tristes, de rápido envejecimiento y decadencia, y nos encontramos á _la pudorosa Ofelia_ en la cocina de Villaamil, con la lumbre encendida y sin saber qué poner en ella.
De un cuartucho obscuro que en el pasillo interior había, salió Abelarda restregándose los ojos, desgreñada, arrastrando la cola sucia de una bata mayor que ella, la cual fué usada por su madre en tiempos más felices, y se dirigió también á la cocina, á punto que salía de ella Villaamil para ir á despertar y vestir al nieto. Abelarda preguntó á su tía si venía el panadero, á lo que Milagros no supo qué responder, por no poder ella formar juicio acerca de problema tan grave sin oir antes á su hermana. «Haz que tu madre se levante pronto--le dijo consternada,--á ver qué determina».
Poco después de esto, oyóse fuerte carraspeo allá en la alcoba de la sala, donde Pura dormía. Por la puertecilla que dicha alcoba tenía al recibimiento, frente al despacho, apareció la señora de la casa, radiante de displicencia, embutido el cuerpo en una americana vieja de Villaamil, el pelo en sortijillas, el hocico amoratado del agua fría con que acababa de lavarse, una toquilla rota cruzada sobre el pecho, en los pies voluminosas zapatillas. «Qué, ¿no os podéis desenvolver sin mí? Estáis las dos atontadas. Pues no es para tanto. ¿Habéis hecho el chocolate del niño?» Milagros salió de la cocina con la jícara, mientras Abelarda sentaba al pequeñuelo y le colgaba del pescuezo la servilleta. Villaamil fué á su despacho, y a poco salió con el tintero en la mano, diciendo: «No hay tinta, y hoy tengo que escribir más de cuarenta cartas. Mira, Luisín, en cuanto acabes, te vas abajo y le dices al amigo Mendizábal que me haga el favor de un poquito de tinta».
--Yo iré--dijo Abelarda cogiendo el tintero y bajando en la misma facha en que estaba.
Las dos hermanas, en tanto, cuchicheaban en la cocina. ¿Sobre qué? Es presumible que fuera sobre la imposibilidad de dar de comer á la familia con un huevo, pan duro y algunos restos de carne que no bastaban para el gato. Pura fruncía las cejas y hacía con los labios un mohín muy extraño, juntándolo con la nariz, que parecía alargarse. _La pudorosa Ofelia_ repetía este signo de perplejidad, resultando las dos tan semejantes, que parecían una misma. De sus meditaciones las distrajo Villaamil, el cual apareció en la cocina diciendo que tenía que ir al Ministerio y necesitaba una camisa limpia. «¡Todo sea por Dios!--exclamó Pura con desaliento.--La única camisa lavada está en tan mal estado, que necesita un recorrido general». Pero Abelarda se comprometió á tenerla lista para el mediodía, y además planchada, siempre que hubiera lumbre. También hizo don Ramón á su hija sentidas observaciones sobre ciertos flecos y desgarraduras que ostentaba la solapa de su gabán, rogándola que pasara por allí sus hábiles agujas. La joven le tranquilizó, y el buen hombre metióse en su despacho. El conciliábulo que las _Miaus_ tenían en la cocina terminó con un repentino sobresalto de Pura, que corrió á su alcoba para vestirse y largarse á la calle. Había estallado una idea inmensa en aquel cerebro cargado de pólvora, como si en él penetrase una chispa del fulminante que de los ojos brotara. «Enciende bien la lumbre y pon agua en los pucheros», dijo á su hermana al salir, y se escabulló fuera con diligencia y velocidad de ardilla. Al ver esta determinación, Abelarda y Milagros, que conocían bien á la directora de la familia, se tranquilizaron respecto al problema de subsistencias de aquel día, y se pusieron á cantar, la una en la cocina, la otra desde su cuarto, el dúo de Norma: _in mia mano al fin tu sei_.
VII
Á eso de las once entró doña Pura bastante sofocada, seguida de un muchacho recadista de la plazuela de los Mostenses, el cual venía echando los bofes con el peso de una cesta llena de víveres. Milagros, que á la puerta salió, hízose multitud de cruces de hombro á hombro y de la frente á la cintura. Había visto á su hermana salir avante en ocasiones muy difíciles, con su enérgica iniciativa; pero el golpe maestro de aquella mañana le parecía superior á cuanto de mujer tan dispuesta se podía esperar. Examinando rápidamente el cesto, vió diferentes especies de comestibles, vegetales y animales, todo muy bueno, y más adecuado á la mesa de un Director general que á la de un mísero pretendiente. Pero doña Pura las hacía así. Las bromas, ó pesadas ó no darlas. Para mayor asombro, Milagros vió en manos de su hermana el portamonedas, casi reventando de puro lleno.
--Hija--le dijo la señora de la casa, secreteándose con ella en el recibimiento, después que despidió al mandadero,--no he tenido más remedio que dirigirme á Carolina Lantigua, la de Pez. He pasado una vergüenza horrible. Hube de cerrar los ojos y lanzarme, como quien se tira al agua. ¡Ay, qué trago! Le pinté nuestra situación de una manera tal, que la hice llorar. Es muy buena. Me dió diez duros, que prometí devolverle pronto; y lo haré, sí, lo haré; porque de esta hecha le colocan. Es imposible que dejen de meterle en la combinación. Yo tengo ahora una confianza absoluta... En fin, lleva esto para dentro. Voy allá en seguida. ¿Está el agua cociendo?
Entró en el despacho para decir á su marido que por aquel día estaba salvada la tremenda crisis, sin añadir cómo ni cómo no. Algo debieron hablar también de las probabilidades de colocación, pues se oyó desde fuera la voz iracunda de Villaamil gritando: «No me vengas á mí con optimismos de engañifa. Te digo y te redigo que no entraré en la combinación. No tengo ninguna esperanza, pero ninguna, me lo puedes creer. Tú, con esas ilusiones tontas y esa manía de verlo todo color de rosa, me haces un daño horrible, porque viene luego el trancazo de la realidad, y todo se vuelve negro». Tan empapado estaba el santo varón en sus cavilaciones pesimistas, que cuando le llamaron al comedor y le pusieron delante un lucido almuerzo, no se le ocurrió inquirir, ni siquiera considerar, de dónde habían salido abundancias tan desconformes con su situación económica. Después de almorzar rápidamente, se vistió para salir. Abelarda le había zurcido las solapas del gabán con increíble perfección, imitando la urdimbre del tejido desgarrado; y dándole en el cuello una soba de bencina, la pieza quedó como si la hubieran rejuvenecido cinco años. Antes de salir, encargó á Luis la distribución de las cartas que escrito había, indicándole un plan topográfico para hacer el reparto con método y en el menor tiempo posible. No le podían dar al chico faena más de su gusto, porque con ella se le relevaba de asistir á la escuela, y se estaría toda la santísima tarde como un caballero, paseando con su amigo _Canelo_. Era éste muy listo para conocer dónde había buen trato. Al cuarto segundo subía pocas veces, sin duda por no serle simpática la pobreza que allí reinaba comúnmente; pero con finísimo instinto se enteraba de los extraordinarios de la casa, tanto más espléndidos cuanto mayor era la escasez de los días normales. Estuviera el can de centinela en la portería ó en el interior de la casa, ó bien durmiendo bajo la mesa del memorialista, no se le escapaba el hecho de que entraran provisiones para los de Villaamil. Cómo lo averiguaba, nadie puede saberlo; pero es lo cierto que el más astuto vigilante de Consumos no tendría nada que enseñarle. Por supuesto, la aplicación práctica de sus estudios era subir á la casa abundante y estarse allí todo un día y á veces dos; pero en cuanto le daba en la nariz olor de quema, decía... «hasta otra», y ya no le veían más el pelo. Aquel día subió poco después de ver entrar á doña Pura con el mandadero; y como las tres _Miaus_ eran siempre muy buenas con él y le daban golosinas, á Cadalsito le costó trabajo llevárselo á su excursión por las calles. _Canelo_ salió de mala gana, por cumplir un deber social y porque no dijeran.
Las tres _Miaus_ estuvieron aquella tarde muy animadas. Tenían el don felicísimo de vivir siempre en la hora presente y de no pensar en el día de mañana. Es una hechura espiritual como otra cualquiera, y una filosofía práctica que, por más que digan, no ha caído en descrédito, aunque se ha despotricado mucho contra ella. Pura y Milagros estaban en la cocina, preparando la comida, que debía ser buena, copiosa y dispuesta con todos los sacramentos, como desquite de los estómagos desconsolados. Sin cesar en el trabajo, la una espumando pucheros ó disponiendo un frito, la otra machacando en el almirez al ritmo de un _andante con esprezione_ ó de un _allegro con brío_, charlaban sobre la probable ó más bien segura colocación del jefe de la familia. Pura habló de pagar todas las deudas, y de traer á casa los diversos objetos útiles que andaban por esos mundos de Dios en los cautiverios de la usura.
Abelarda estaba en el comedor con su caja de costura delante, arreglando sobre el maniquí un vestidillo color de pasa. No llamaba la atención por bonita ni por fea, y en un certamen de caras insignificantes se habría llevado el premio de honor. El cutis era malo, los ojos obscuros, el conjunto bastante parecido á su madre y tía, formando con ellas cierta armonía, de la cual se derivaba el mote que les pusieron. Quiero decir que si, considerada aisladamente, la similitud del cariz de la joven con el morro de un gato no era muy marcada, al juntarse con las otras dos parecía tomar de ellas ciertos rasgos fisiognómicos, que venían á ser como un sello de raza ó familia, y entonces resultaban en el grupo las tres bocas chiquitas y relamidas, la unión entre el pico de la nariz y la boca por una raya indefinible, los ojos redondos y vivos, y la efusión característica del cabello, que era como si las tres hubieran estado rodando por el suelo en persecución de una bola de papel ó de un ovillo.
Aquella tarde todo fué dichas, porque entraron visitas, lo que á Pura agradaba mucho. Dejó rápidamente los menesteres culinarios para echarse una bata y componerse el pelo, y entró satisfecha en la sala. Eran los visitantes Federico Ruiz y su esposa Pepita Ballester. El insigne _pensador_ estaba también sin empleo, pasando una crujía espantosa, de la cual había más señales en su ropa que en la de su mujer; pero llevaba con tranquilidad su cesantía, mejor dicho, tan optimista era su temperamento, que la llevaba hasta con cierto gozo. Siempre era el mismo hombre, el métome-en-todo infatigable, fraguando planes de bullanguería literaria y científica, premeditando veladas ó centenarios de celebridades, discurriendo algún género de ocupación que á ningún nacido se le hubiera pasado por el magín. Aquel bendito hacía pensar que hay una _Milicia Nacional_ en las letras.
Escribía artículos sobre lo que debe hacerse para que prospere la Agricultura, sobre las ventajas de la cremación de los cadáveres, ó bien reseñando puntualmente lo que pasó en la Edad de Piedra, que es, como si dijéramos, hablar de ayer por la mañana. Su situación económica era bastante precaria, pues vivía de la pluma. De higos á brevas lograba que en Fomento le tomasen cierto número de ejemplares de ediciones viejas y de libros tan maulas como el _Comunismo ante la razón_, ó el _Servicio de incendios en todas las naciones de Europa_, ó la _Reseña pintoresca de los Castillos_. Pero tenía en su alma caudal tan pingüe de consuelo, que no necesitaba la resignación cristiana para conformarse con su desdicha. El estar satisfecho venía á ser en él una cuestión de amor propio, y por no dar su brazo á torcer se encariñaba, á fuerza de imaginación, con la idea de la pobreza, llegando hasta el absurdo de pensar que la mayor delicia del mundo es no tener un real ni de dónde sacarlo. Buscarse la vida, salir por la mañana discurriendo á qué editor de revista enferma ó periódico moribundo llevar el artículo hecho la noche anterior, constituía una serie de emociones que no pueden saborear los ricos. Trabajaba como un negro, eso sí, y el Tostado era un niño de teta al lado de él, en el correr de la pluma. Verdaderamente, ganarse así el cocido tenía mucho de placer, casi de voluptuosidad. Y el cocido no le había faltado nunca. Su mujer era una alhaja y le ayudaba á sortear aquella situación. Pero la eficaz Providencia suya era su carácter, aquella predisposición optimista, aquel procedimiento ideal para convertir los males en bienes y la escasez adusta en risueña abundancia. Habiendo conformidad no hay penas. La pobreza es el principio de la sabiduría, y no ha de buscarse la felicidad en las clases privilegiadas. El _pensador_ recordaba la comedia de Eguílaz, en la cual el protagonista, para ponderar lo divertido que es ser pobre, dice con mucho calor:
Yo tenía cinco duros el día que me casé.
Y recordaba también que la cazuela se venía abajo con el estruendo de los aplausos y las patadas de entusiasmo, prueba de lo popular que es en esta raza la escasez de dinero. También Ruiz había hecho en sus tiempos una comedia en que se probaba que para ser honrado y justo es indispensable andar con los codos de fuera, y que todos los ricos acaban siempre malamente. Por supuesto, á pesar de esta idealidad con que sabía dorar el cobre de su crisis económica, pasando la calderilla por oro, Ruiz no cedía en sus pretensiones de ser nuevamente colocado. No dejaba vivir al Ministro de Fomento, y las Direcciones de Instrucción pública y de Agricultura se echaban á temblar en cuanto él traspasaba la mampara. Á falta de empleo, pretendía una comisioncita para estudiar cualquier cosa; lo mismo le daba la Legislación de propiedad literaria en todos los países, que los Depósitos de sementales en España.
VIII
En la visita se habló primero de la ópera, á la que Ruiz iba con frecuencia, lo mismo que las Miaus, con entradas de _alabarda_. Después recayó la conversación en el tema de destinos. «A D. Ramón--dijo Ruiz--no le harán esperar ya mucho».
--Va en la combinación que se hará estos días--dijo Pura radiante.--Y no ha ido ya, porque Ramón no quiso aceptar plaza fuera de Madrid. El Ministro tenía gran empeño en mandarle á una provincia, donde hacen falta hombres como mi esposo. Pero Ramón no está ya para viajes. Yo, si he de decir verdad, deseo que le coloquen porque esté ocupado; nada más que porque esté ocupado. No puede usted figurarse, Federico, lo mal que le sienta á mi marido la ociosidad... vamos, que no vive. ¡Ya se ve, acostumbrado á trabajar desde mozo!... Y que le conviene también colocarse para los derechos pasivos. Figúrese usted, á Ramón no le faltan más que dos meses para poderse jubilar con los cuatro quintos. Si no fuera por esto, mejor se estaría en su casa. Yo lo digo: «No te apures, hijo, que, gracias á Dios, para vivir modestamente no nos falta»; pero él no se conforma, le gusta el calor de la oficina, y hasta el cigarro no le sabe si no se lo fuma entre dos expedientes.
--Lo creo... ¡Qué santo varón! ¿Y cómo está de salud?
--Delicadillo del estómago. Todos los días tengo que inventar algo nuevo para sostenerle el apetito. Mi hermana y yo nos dedicamos ahora á la cocina, por entretenimiento, y por vernos libres de criadas, que son una calamidad. Le hacemos cada día un platito distinto... caprichos y frioleras suculentas. Á veces tengo que irme á la plazuela del Carmen en busca de cosas que no se encuentran en los Mostenses.
--Pues vea usted--dijo la señora de Ruiz,--ese es un trabajo que yo no conozco, porque éste tiene un estómago que no se lo merece, y un apetito tan famoso, que no se necesitan melindres para sostenérselo.
--Gracias á Dios--indicó el _publicista_ con jovialidad.--De ahí viene esta buena pasta mía y la confianza que tengo en mi suerte. Créame usted, doña Pura, no hay nada que valga lo que un buen estómago. Aquí me tiene usted tan conforme siempre: si me colocan, bien; si no, dos cuartos de lo mismo. Hablando con verdad, no me gusta ser empleado, y preferiría lo que me ofreció ayer el Ministro: una comisión para estudiar los Montes de Piedad de Alemania. Es cuestión muy importante.
--Ya lo creo que es importante. ¡Figúrese usted!--exclamó la señora de Villaamil arqueando las cejas.
En esto entró otra visita. Era un amigo de Villaamil, que vivía en la calle del Acuerdo, un tal Guillén, cojo por más señas, empleado en la Dirección de Contribuciones. Dijo el tal, después de los saludos, que un compañero suyo, que estaba en el Personal, le había asegurado aquella misma tarde que Villaamil iba en la próxima combinación. Doña Pura lo dió por cierto, y Ruiz y su señora apoyaron esta apreciación lisonjera. Se fueron enzarzando de tal modo en la conversación los plácemes, que doña Pura, al fin, se arrancó á ofrecer á sus buenos amigos una copita y pastas. Entre las provisiones de aquel fausto día, se contaba una botella de moscatel de á tres pesetas, licor con que Pura solía obsequiar á su marido á los postres. Ruiz y Guillén chocaron las copas, expresando con igual calor su afecto á la simpática familia. La sobriedad del _pensador_ contrastaba con la incontinencia un tanto grosera del empleado cojo, quien rogó á doña Pura no se llevase la botella, y escanciando que te escanciarás, pronto se vió que quedaba el líquido en menos de la mitad.
Ya encendidas las luces, y cuando se habían ido las visitas, entró Villaamil. Pura corrió á su encuentro, viendo con satisfacción que el ferocísimo semblante tigresco tenía cierto matiz de complacencia. «¿Qué hay? ¿Qué noticias traes?»
--Nada, mujer--dijo Villaamil, que se encastillaba en el pesimismo y no había quien le sacara de él.--Todavía nada; las palabritas sandungueras de siempre.
--¿Y el Ministro... le has visto?
--Sí, y me recibió tan bien--se dejó decir Villaamil haciendo traición, por descuido, á su afectada misantropía,--me recibió tan bien, que... no sé... parece que Dios le ha tocado al corazón, que le ha dicho algo de mí. Estuvo amabilísimo... encantado de verme por allí... sintiendo mucho no tenerme á su lado... decidido á llevarme...
--Vamos; no dirás ahora que no tienes esperanza.
--Ninguna, mujer, absolutamente ninguna (recobrando su papel). Veras cómo todo se queda en jarabe de pico. Si sabré yo... ¡Tenlo por cierto! ¡No me colocan hasta el día del juicio por la tarde!
--¡Ay, qué hombre! Eso también es ponerle á Dios cara de palo. Se podría enojar y con muchísima razón.
--Déjate de tonterías, y si tú esperas, buen chasco te llevarás. Yo no quiero llevármelo; por eso no espero nada, ¿sabes? Y cuando venga el golpe me quedaré tan tranquilo.