Miau

Part 22

Chapter 224,084 wordsPublic domain

--Lo que es yo... ¿allá?... ¡Estás tú fresco!

Faltaba todavía un dato importante para apreciar la gravedad del asunto; faltaba conocer la actitud del interesado, si se prestaría de buen grado á cambiar de familia, ó si, por el contrario, se resistiría con la irreductible firmeza propia de la edad inocente. Su abuela, en cuanto el monstruo se fué, empezó á disponer el ánimo del chico para la resistencia, asegurándole que la tía Quintina era muy mala, que le encerraría en un cuarto obscuro, que la casa estaba llena de unas culebronas muy grandes y de bichos venenosos. Oía Cadalsito estas cosas con incredulidad, porque realmente eran papas demasiado gordas para que las tragase un niño ya crecidito y que empezaba á conocer el mundo.

Aquella noche nadie tuvo apetito, y Milagros se llevaba para la cocina las fuentes lo mismo que habían ido al comedor. Villaamil no desplegó los labios sino para desmentir las terroríficas pinturas que su mujer hacía del domicilio de Cabrera. «No hagas caso, hijo mío; la tía Quintina es muy buena, y te cuidará y te mimará mucho. No hay allí sapos ni culebras, sino las cosas más bonitas que puedes imaginarte; santos que parece que están hablando, estampas lindísimas y altares soberbios, y... la mar de cosas. Vas á estar muy á gusto».

Oyendo esto, Pura y Milagros se miraban atónitas, sin poder explicarse que el abuelo se pasase descarada y cobardemente al enemigo. ¿Qué vena le daba de apoyar la inicua idea de Víctor, llegando hasta defender á Quintina y pintando su casa como un paraíso infantil? ¡Lástima que la familia no estuviera en fondos, pues de lo contrario, lo primero sería llamar á un buen especialista en enfermedades de la cabeza para que estudiara la de Villaamil y dijere lo que dentro de ella ocurría.

XL

Cadalsito tampoco tuvo ganas de comer y menos de estudiar. Mientras le acostaban, la tiíta, completamente repuesta de aquel salvaje desvarío y sin tener de él más que vaga reminiscencia, le besó y le hizo extremadas caricias, no sin cierta escama del pequeño y aun de doña Pura. Milagros se quedó allí á dormir aquella noche, por lo que pudiera tronar.

Luis cogió pronto el sueño; pero á media noche despertó con los síntomas anunciadores de la visión. Su tía Milagros cuidó de arroparle y hacerle mimos, acostándose al fin con él para que se tranquilizase y no tuviera miedo. Lo primero que vió el chiquillo al adormilarse, fué una extensión vacía, un lugar indeterminado, cuyos horizontes se confundían con el cielo, sin accidente alguno, casi sin términos, pues todo era igual, lo próximo y lo lejano. Discurrió si aquello era suelo ó nubes, y luego sospechó si sería el mar, que nunca había visto más que en pintura. Mar no debía de ser, porque el mar tiene olas que suben y bajan, y la superficie aquélla era como la de un cristal. Allá lejos, muy lejos, distinguió á su amigo el de la barba blanca, que se aproximaba lentamente recogiendo el manto con la mano izquierda y apoyándose con la otra en un bastón grande ó báculo como el que usan los obispos. Aunque venía de muy lejos y andaba despacio, pronto llegó delante de Cadalsito, sonriendo al verle. Acto continuo se sentó. ¿Dónde, si allí no había piedra ni silla? Todo ello era maravilloso en grado sumo, pues por encima de los hombros del Padre vió Luis el respaldo de uno de los sillones de la sala de su casa. Pero lo más estupendo de todo fué que el buen abuelo, inclinándose hacia él, le acarició la cara con su preciosa mano. Al sentir el contacto de los dedos que habían hecho el mundo y cuanto en él existe, sintió Cadalso que por su cuerpo corría un temblor gustosísimo.

--Vamos á ver--le dijo el amigo,--he venido desde la otra parte del mundo sólo por echar un párrafo contigo. Ya sé que te pasan cosas muy raras. Tu tía... ¡Parece mentira que queriéndote tanto!... ¿Tú entiendes esto? Pues yo tampoco. Te aseguro que cuando lo vi, me quedé como quien ve visiones. Luego tu papá, empeñado en llevarte con la tía Quintina... ¿Sabes tú el porqué de estas cosas?

--Pues yo--opinó Luis con timidez, asombrándose de tener ideas propias ante la sabiduría eterna--creo que de todo lo que está pasando tiene la culpa el Ministro.

--¡El Ministro! (asombrado y sonriente).

--Sí, señor, porque si ese tío hubiera colocado á mi abuelo, todos estarían contentos y no pasaría nada.

--¿Sabes que me estás pareciendo un sabio de tomo y lomo?

--Mi abuelo furioso porque no le colocan y mi abuela lo mismo, y mi tía Abelarda también. Y mi tía Abelarda no puede ver á mi papá, porque mi papá le dijo al Ministro que no colocara á mi abuelo. Y como no se atreve con mi papá, porque puede más que ella, la emprendió conmigo. Después se puso á llorar... Dígame, ¿mi tía es buena ó es mala?

--Yo estoy en que es buena. Hazte cuenta que el achuchón de hoy fué de tanto como te quiere.

--¡Vaya un querer! Todavía me duele aquí, donde me clavó las uñas... Me tiene mucha tirria desde un día que le dije que se casara con mi papá. ¿Usted no sabe? Mi papá la quiere; pero ella no le puede ver.

--Eso sí que es raro.

--Como usted lo oye. Mi papá le dijo una noche que estaba enamoradísimo de ella, por lo fatal... ¿sabe? y que él era un condenado, y qué sé yo qué...

--¿Pero á ti quien te mete á escuchar lo que dicen las personas mayores?

--Yo... estaba allí... (alzando los hombros).

--¡Vaya, vaya! ¡Qué cosas ocurren en tu casa! Se me figura que estás en lo cierto: el pícaro del Ministro tiene la culpa de todo. Si hubiera hecho lo que yo le dije, nada de esto pasaría. ¿Qué le costaba, en aquella casona tan llena de oficinas, hacer un hueco para ese pobre señor? Pero nada, no hacen caso de mí, y así anda todo. Verdad que tienen que atender á éste y al otro, y cuanto yo les digo, por un oído les entra y por otro les sale.

--Pues que le coloquen ahora... ¡vaya! Si usted va allá y lo manda pegando un bastonazo fuerte con ese palo en la mesa del Ministro...

--¡Quiá! No hacen caso. Pues si consistiera en bastonazos, por eso no había de quedar. Los doy tremendos, y como si no.

--Entonces, ¡contro! (envalentonado por tanta benevolencia), ¿cuándo le van á colocar?

--Nunca--declaró el Padre con serenidad, como si aquel _nunca_ en vez de ser desesperante fuera consolador.

--¡Nunca! (no entendiendo que esto se dijera con tanta calma). ¡Pues estamos aviados!

--Nunca, sí, y te añadiré que lo he determinado yo. Porque verás: ¿para qué sirven los bienes de ese mundo? Para nada absolutamente. Esto, que tú habrás oído muchas veces en los sermones, te lo digo yo ahora con mi boca, que sabe cuanto hay que saber. Tu abuelito no encontrará en la tierra la felicidad.

--¿Pues dónde?

--Parece que eres bobo. Aquí, á mi lado. ¿Crees que no tengo yo ganas de traérmele para acá?

--¡Ah!... (abriendo la boca todo lo que abrirse podía). Entonces... eso quiere decir que mi abuelo se muere.

--Y verdaderamente, chico, ¿á cuento de qué está tu abuelo en este mundo feo y malo? El pobre no sirve ya para nada. ¿Te parece bien que viva para que se rían de él, y para que un Ministrillo le esté desairando todos los días?

--Pero yo no quiero que se muera mi abuelo...

--Justo es que no lo quieras... pero ya ves... él está viejo, y, créelo, mejor le irá conmigo que con vosotros. ¿No lo comprendes?

--Sí (diciendo que sí por cortesía, pero sin estar muy convencido...) Entonces... ¿el abuelo se va á morir pronto?

--Es lo mejor que puede hacer. Adviérteselo tú; dile que has hablado conmigo, que no se apure por la credencial, que mande al Ministro á freir espárragos, y que no tendrá tranquilidad sino cuando esté conmigo. ¿Pero qué es eso? ¿Por qué arrugas las cejas? ¿No comprendes eso, tontín? ¿Pues no dices que vas á ser cura y á consagrarte á mí? Si así lo piensas, vete acostumbrando á estas ideas. ¿No te acuerdas ya de lo que dice el Catecismo? Apréndetelo bien. El mundo es un valle de lágrimas, y mientras más pronto salís de él, mejor. Todas estas cosas, y otras que irás aprendiendo, las has de predicar tú en mi púlpito cuando seas grande, para convertir á los malos. Verás cómo haces llorar a las mujeres, y dirán todas que el padrito _Miau_ es un pico de oro. Dime, ¿no estás en ser clérigo y en ir aprendiendo ya unas miajas de misa, un poco de latín y todo lo demás?

--Sí, señor... Murillo me ha enseñado ya muchas cosas: lo que significa _aleluya_ y _gloria patri_, y sé cantar lo que se canta cuando alzan, y cómo se ponen las manos al leer los santísimos Evangelios.

--Pues ya sabes mucho. Pero es menester que te apliques. En casa de tu tía Quintina verás todas las cosas que se usan en mi culto.

--Me quieren llevar con la tía Quintina. ¿Qué le parece?... ¿voy?

Al llegar aquí, Cadalsito, alentado por la amabilidad de su amigo, que le acariciaba con sus dedos las mejillas, se tomó la confianza de corresponder con igual demostración, y primero tímidamente, después con desembarazo, le tiraba de las barbas al Padre, quien nada hacía para impedirlo, ni se incomodaba diciendo como Villaamil: _¿en qué cochino bodegón hemos comido juntos?_

--Sobre eso de vivir ó no con los Cabreras, yo nada te digo. Tú lo deseas por la novelería de los juguetes eclesiásticos, y al mismo tiempo temes separarte de tus abuelitos. ¿Sabes lo que te aconsejo? Que llegado el momento, hagas lo que te salga de dentro.

--¿Y si me lleva mi papá á la fuerza sin dejarme pensarlo?

--No sé... me parece que á la fuerza no te llevará. En último caso, haces lo que mande tu abuelo. Si él te dice: «Á casa de Quintina», te callas, y andando.

--¿Y si me dice que no?

--No vas. Pásate sin los altaritos, y entretanto, ¿sabes lo que haces? Le dices al amigo Murillo que te dé otra pasada de latín, de ese que él sabe, que te explique bien la misa y el vestido del cura, cómo se pone el cíngulo, la estola, cómo se preparan el cáliz y la hostia para la consagración... en fin, Murillito está muy bien enterado, y también puede enseñarte á llevar el Viático á los enfermos, y lo que se reza por el camino.

--Bueno... Murillo sabe mucho; pero su padre quiere que sea abogado. ¡Qué estúpido! Dice él que llegará á Ministro, y que se casará con una moza muy guapa. ¡Qué asco!

--Sí que es un asco.

--También _Posturas_ tenía malas ideas. Una tarde nos dijo que se iba á echar una querida y á jugar á la timba. ¿Qué cree usted? Fumaba colillas y era muy mal hablado.

--Todas esas mañas se le quitan aquí.

--¿Dónde está que no le veo con usted?

--Todos castigados. ¿Sabes lo que me han hecho esta mañana? Pues entre _Posturitas_ y otros pillos que siempre están enredando, me cogieron el mundo, ¿sabes?, aquel mundo azul que yo uso para llevarlo en la mano, y lo echaron á rodar, y cuando quise enterarme, se había caído al mar. Costó Dios y ayuda sacarlo. La suerte que es un mundo figurado, ¿sabes?, que no tiene gente, y no hubo que lamentar desgracias. Les di una mano de cachetes como para ellos solos. Hoy no me salen del encierro...

--Me alegro. Que la paguen. Y dígame, ¿dónde les encierra?

La celestial persona, dejándose tirar de las barbas, miraba sonriendo á su amigo, como si no supiera qué decir.

--¿Dónde les encierra?... á ver... diga...

La curiosidad de un niño es implacable, y ¡ay de aquel que la provoca y no la satisface al momento! Los tirones de barba debieron de ser demasiado fuertes, porque el bondadoso viejo, amigo de Luis, hubo de poner coto á tanta familiaridad.

--¿Que dónde les encierro?... Todo lo quieres saber. Pues les encierro... donde me da la gana. ¿Á ti qué te importa?

Pronunciada la última palabra, la visión desapareció súbitamente, y quedóse el buen Cadalso hasta la mañana, durante el sueño, atormentado por la curiosidad de saber dónde les encerraba... ¿Pero dónde diablos les encerraría?

XLI

No pareció Víctor en toda la noche; pero á la mañana, temprano, fué á reiterar la temida sentencia respecto á Luis, no cediendo ni ante las conminaciones de doña Pura, ni ante las lágrimas de Abelarda y Milagros. El chiquillo, afectado por aquel aparato luctuoso, se mostró rebelde á la separación; no quería dejarse vestir ni calzar; rompió en llanto, y Dios sabe la que se habría armado sin la intervención discreta de Villaamil, que salió de su alcoba diciendo: «Pues es forzoso separarnos de él, no atosigarle, no afligir á la pobre criatura». Asombrábase Víctor de ver á su suegro tan razonable, y le agradecía mucho aquel criterio consolador, que le permitiría realizar su propósito sin apelar á la violencia, evitando escenas desagradables. Milagros y Abelarda, viendo el pleito perdido, retiráronse á llorar al gabinete. Pura se metió en la cocina echando de su boca maldiciones contra los Cabreras, los Cadalsos y demás razas enemigas de su tranquilidad, y en tanto Víctor le ponía las botas á su hijo, tratando de llevársele pronto, antes que surgieran nuevas complicaciones.

--Verás, verás--le decía--qué cosas tan monas te tiene allí la tía Quintina: santos magníficos, grandes como los que hay en las iglesias, y otros chiquitos para que tú enredes con ellos; vírgenes con mantos bordados de oro, luna de plata á los pies, estrellas alrededor de la cabeza, tan majas... verás... Y otras cosas muy divertidas... candeleros, cristos, misales, custodias, incensarios...

--¿Y les puedo poner fuego y menearlos para que den olor?

--Sí, vida mía. Todo es para que tú te entretengas y vayas aprendiendo, y á los santos puedes quitarles la ropa para ver cómo son por dentro, y luego volvérsela á poner.

Villaamil se paseaba en el comedor oyendo todo esto. Como observara que Luis, después de aquel entusiasmo por el uso del incensario, volvió á caer en su morriña, gimoteando: «Yo quiero que la abuela me lleve y se esté allí conmigo», hubo de meter su cuarto á espadas en la catequización, y acariciándole, le dijo:

--Tienes allá también altares chicos con velitas y arañas de este tamaño, custodias así, casullitas bordadas, un sagrario que es una monada, una manga-cruz que la puedes cargar cuando quieras, y otras preciosidades... como, por ejemplo...

No sabía por dónde seguir, y Víctor suplió su falta de inventiva añadiendo:

--Y un hisopo de plata que echa agua bendita por todos lados, y, en fin, un cordero pascual...

--¿De carne?

--No, hombre... Digo, sí, vivo...

Para abreviar la penosa situación y acelerar el momento crítico de la salida, Villaamil ayudó á ponerle la chaqueta; pero aun no le habían abrochado todos los botones, cuando ¡Madre de Dios! sale doña Pura hecha una pantera y arremete contra Víctor, badila en mano, diciendo:

--¡Asesino, vete de mi casa! ¡No me robarás esta joya!... ¡Vete, ó te abro la cabeza!

Y lo mismo fué oir las otras _Miaus_ aquella voz airada, salieron también chillando en la propia cuerda. En suma, que aquello se iba poniendo feo.

--Puesto que ustedes no quieren que sea por buenas, será por malas--dijo Víctor poniéndose á salvo de las uñas de las tres furias.--Pediré auxilio á la justicia. Él aquí no se ha de quedar. Conque ustedes verán...

Villaamil intervino, diciendo con voz conciliadora, sacada trabajosamente del fondo de su oprimido pecho:

--Calma, calma. Ya lo teníamos arreglado, cuando estas mujeres nos lo echan á perder. Váyanse para adentro.

--Eres un estafermo--le dijo la esposa, ciega de ira.--Tú tienes la culpa, porque si te pusieras de nuestra parte, entre todos habíamos ganado la partida.

--Cállate tú, loca, que harto sé yo lo que tengo que hacer. ¡Fuera de aquí todo el mundo!

Pero Luisito, viendo á sus tías y abuela tan interesadas por él, volvió á mostrar resistencia. Pura no se contentaba con menos que con sacarlo los ojos á su yerno, y aquello iba á acabar malamente. La suerte que aquel día estaba Villaamil tan razonable y con tal dominio de sí mismo y de la situación, que parecía otro hombre. Sin saber cómo, su respetabilidad se impuso.

--Mientras tú estés aquí--dijo á Víctor, sacándole con hábil movimiento de la cuna del toro, ó sea de entre las manos tiesas de doña Pura,--no adelantaremos nada. Vete, y yo te doy mi palabra de que llevaré á mi nieto á casa de Quintina. Déjame á mí, déjame... ¿No te fías de mi palabra?

--De su palabra sí, pero no de su capacidad para reducir á estos energúmenos.

--Yo los reduciré con razones. Descuida. Vete, y espérame allá.

Habiendo logrado tranquilizar á su yerno, entró en gran parola con la familia, agotando su ingenio en hacerles ver la imposibilidad de impedir la separación del chiquillo.

--¿No veis que si nos resistimos vendrá el propio juez á quitárnosle?

Media hora duró el alegato, y por fin las _Miaus_ parecieron resignadas; convencidas, nunca.

--Lo primero que tenéis que hacer--les dijo, deseando alejarlas en el momento crítico de la salida,--es iros á la sala cantando bajito. Yo me entiendo con Luis. ¡Si él no va á dejar de querernos porque se vaya con Quintina!... y además, su padre me ha prometido que le traerá todos los días á vernos, y los domingos á pasar el día en casa...

Abelarda se retiró la primera, llorando, como quien se aparta de la persona agonizante para no verla morir. Después se fué Milagros, y finalmente Pura, quien no se hubiera resignado, á no domarla su esposo con este último argumento:

--Si porfiamos, vendrá el juez esta tarde. ¡Figúrate qué escena! Apuremos el cáliz, y Dios castigará al infame que nos le ofrece.

Solo con Luis, el abuelo estuvo á punto de perder su estudiada, dificilísima compostura, y echarse á llorar. Se tragó toda aquella hiel, invocando mentalmente al cielo con esta frase:

--Terrible es la separación, Señor, pero es indudable que estará mucho mejor allá, mucho mejor... Vamos, Ramón, ánimo, y no te amilanes.

Pero no contaba con su nieto, que, oyendo el gimoteo de las tías, volvió á las andadas, y cuando se acercaba el instante fiero de la partida, se afligió diciendo:

--Yo no quiero irme.

--No seas tonto, Luis--le amonestó el anciano.--¿Crees tú que si no fuera por tu bien te sacaríamos de casa? Los niños bonitos y dóciles hacen lo que se les manda. Y que no puedes tú figurarte, por mucho que yo te las pondere, las preciosidades que Quintina tiene allí para tu uso particular.

--¿Y puedo yo cogerlo todo para mí, y hacer con ello lo que me dé la gana?--preguntó el chiquillo con la ansiedad avariciosa que en la edad primera revela el egoísmo sin freno.

--¿Pues quién lo duda? Hasta puedes romperlo si te acomoda.

--No, romper no. Las cosas de la iglesia no se rompen--declaró el niño con cierta unción.

--Bueno... vamos ya... Saldremos calladitos para que no nos sientan ésas... y no se alboroten... Pues verás; entre otras cosas, hay una pilita bautismal, que es una monería; yo la he visto.

--Una pila... ¿con mucha agua bendita?

--Cabe tanta agua como en la tinaja de la cocina... Vamos (cargándoselo á cuestas). Mejor será que yo te lleve en brazos...

--¿Y esa pila es para bautizar personas?

--¡Claro!... Con ella puedes tú jugar todo lo que quieras, y de paso vas aprendiendo, para cuando seas cura, la manera de cristianar á un pelón.

Atravesó Villaamil con paso recatado el corredor y recibimiento, llevando á su nieto en brazos, y como durante la peligrosa travesía el chico prosiguiese con su flujo de preguntas, sin bajar la voz, el abuelo le puso una mano por tapaboca, susurrándole al oído: «Sí, puedes bautizar niños, todos los niños que quieras. Y también hay mitras á la medida de tu cabeza y capitas doradas y un báculo para que te vistas de obispín y nos eches bendiciones...»

Con esto franquearon la puerta, que Villaamil no cerró á fin de evitar el ruido. La escalera la bajó á trancos, como ladrón que huye cargando el objeto robado, y una vez en el portal, respiró y dejó su carga en el suelo: ya no podía más. No estaba él muy fuerte que digamos, ni soportaba pesos, aun tan livianos como el de su nietecillo. Temeroso de que Paca y Mendizábal cometiesen alguna indiscreción, esquivó sus saludos. La mujerona quiso decir algo á Luis, condoliéndose de su marcha; pero Villaamil anduvo más listo; dijo _volvemos_, y salió á la calle más pronto que la vista.

El temor de que Luis cerdease otra vez, le estimuló á reforzar en la calle sus mentirosas artimañas de catequista:

--Tienes allí tan gran cantidad de flores de trapo para altares, que sólo para verlas todas necesitas un año... y velas de todos colores... y la mar de cirios... Pues hay un San Fernando vestido de guerrero, con armadura, que te dejará pasmado, y un San Isidro con su yunta de bueyes, que parecen naturales. El altar chico para que tú digas tus misas es más bonito que el de Monserrat...

--Dime, abuelito, y confesionario, ¿no tengo?

--¡Ya lo creo!... y muy majo... con rejas, para que las mujeres te cuenten sus pecados, que son muchísimos... Te digo que vas á estar muy bien, y cuando crezcas un poquito, te encontrarás hecho cura sin sentirlo, sabiendo tanto como el padre Bohigas, de Monserrat, ó el propio capellán de las Salesas Nuevas, que ahora sale á canónigo.

--Y yo, ¿seré canónigo, abuelito?

--¿Pues qué duda tiene?... y obispo, y hasta puede que llegues á Papa.

--¿El Papa es el que manda en todos los curas?...

--Justamente... ¡Ah! también verás allí un monumento de Semana Santa, que lo menos tiene mil piezas, qué sé yo cuántas estatuas, todo blanco y como de alfeñique. Parece que acaba de salir de la confitería.

--¿Y se come, abuelo, se come?--preguntó Cadalsito, tan vivamente interesado en todo aquello, que su casa, su abuela y sus tías se le borraron de la mente.

--¿Quién lo duda? Cuando te canses de jugar le pegas una dentellada--respondió Villaamil, ya vuelto tarumba, pues su imaginación se agotaba, y no sabía de qué echar mano.

Andaba el abuelo rápidamente por la acera de la calle Ancha, y á cada paso suyo daba Cadalsito tres, cogido de la mano paterna, ó más bien colgado. Don Ramón se detuvo bruscamente y giró sobre sí mismo, dirigiéndose hacia la parte alta de la calle, donde está el Hospital de la Princesa. Fijóse Luis en la incongruencia de esta dirección, y observó, impacientándose:

--Pero, abuelo, ¿no vamos á casa de la tía Quintina en la calle de los Reyes?

--Sí, hijo mío; pero antes daremos una vuelta por aquí para que tomes el sol.

En el cerebro del afligido anciano se determinó un retroceso súbito, semejante al rechazo de la enérgica idea que informaba todos los actos referentes á la cesión y traslado de su nieto. Éste seguía charla que te charla, preguntando sin cesar, tirándole á su abuelo del brazo cuando las respuestas no empalmaban inmediatamente con las interrogaciones. El abuelo contestaba por monosílabos, evasivamente, pues todo su espíritu se reconcentraba en la vida interior del pensar. Cabizbajo, fijos los ojos en el suelo como si contara las rayas de las baldosas, apechugaba con la cuesta, tirando de Luisito, el cual no advertía la congoja de su abuelo, ni el temblor de sus labios, articulando en baja voz la expresión de las ideas. «¿No es un verdadero crimen lo que voy á hacer, ó, mejor dicho, dos crímenes?... Entregar á mi nieto, y después... Anoche, tras larga meditación, me parecieron ambas cosas muy acertadas, y consecuencia la una de la otra. Porque si yo voy á... cesar de vivir muy pronto, mejor quedara Luis con los Cabreras que con mi familia... Y pensé que mi familia le criaría mal, con descuido, consintiéndole mil resabios... eso sin contar el peligro de que esté al lado de Abelarda, que volverá á las andadas cualquier día. Los Cabreras me son antipáticos; pero les tengo por gente ordenada y formal. ¡Qué diferencia de Pura y Milagros! Éstas, con su música y sus tonterías, no sirven para nada. Así pensé anoche, y me pareció lo más cuerdo que á humana cabeza pudiera ocurrirse... ¿Por qué me arrepiento ahora y me entran ganas de volver á casa con el chico? ¿Es que estará mejor con las Miaus que con Quintina? No, eso no... ¿Es que desmaya en mí la resolución salvadora que ha de darme libertad y paz? ¿Es que te da ahora el antojillo de seguir viviendo, cobarde? ¿Es que te halagan el cuerpo los melindres de la vida?»