Miau

Part 20

Chapter 203,993 wordsPublic domain

--Dejarle, dejarle--contestó.--Por mi parte, sé sobreponerme á esas majaderías. Acuérdese usted; ayer, al enterarme de que se burlaban de mí, no dije esta boca es mía; ¿verdad que no? Estas cosas se desprecian, y nada más. Después me tropecé en la calle con el chico de Cucúrbitas, Urbanito, el cual está en Aduanas, y me contó que allí había ido Guillén con las aleluyas, que son una pura sandez. Ni siquiera hay un chiste en ellas. Que si, de niño, en vez de envolverme en pañales, me envolvían en nóminas... que si le propuse al Ministro el _income tax_... Y á él, pregunto yo ahora, á él, el muy asno, ¿qué le va ni le viene con que yo proponga el _income tax_? ¿Qué entiende él de esas materias tan superiores al entendimiento de un escuerzo sietemesino? Luego dice que doy sablazos... calumnia infame, porque si en las horribles trinquetadas que paso, la necesidad me impulsa á pedir el auxilio de un amigo, eso no quiere decir que sea yo un petardista. Pero estas injurias hay que llevarlas con muchísima paciencia, y no dar al infame denostador ni siquiera el gusto de nuestras quejas, porque se engreiría del mal que hace. Desprecio, indiferencia, y que vomite veneno hasta que se le seque el alma. ¡Ah! yo no obsequiaré nunca á esos reptiles con el favor de mis miradas. Y á ese tal le he dado yo calor en mi seno, vean ustedes, porque él va á mi casa, adula á mi familia, se bebe mi vino, y allí parece que nos quiere á todos como hermanos. ¡Valiente bicharraco!... Y digo más: digo que Pantoja también tiene algo de culpa, porque le permite perder el tiempo en hacer estas porquerías... Todos sus mamarrachos los conozco lo mismo que si los hubiera visto, pues Urbanito no omitió detalle. Pasa por tonto este chico; pero yo afirmo que tiene mucho talento, y lo que es á memoria no hay quien le gane. Díjome también que con las iniciales de los títulos de mis cuatro Memorias ha compuesto Guillén el mote de Miau, que me aplica en las aleluyas. Yo lo acepto. Esa M, esa I, esa A y esa U, son, como el _Inri_, el letrero infamante que le pusieron a Cristo en la cruz... Ya que me han crucificado entre ladrones, para que todo sea completo, pónganme sobre la cabeza esas cuatro letras en que se hace mofa y escarnio de mi gran misión.

XXXVI

Sevillano y Argüelles, que al principio le habían oído con algo de respeto, en cuanto oyeron aquella salida, titubearon entre la compasión y la risa, prevaleciendo al fin la primera, que expresó Sevillano en esta forma:

--Hace bien usted en despreciar tales miserias. Nada más repugnante que hacer burla de un hombre digno y desgraciado. Aquí me trajeron también los muñecos esos; pero no los quise ver... Ahora, si ustedes quieren, tomaremos café.

Entró el mozo con el servicio; Villaamil rehusó cortésmente el obsequio, y los otros dos se sentaron para tomar á gusto, en vaso muy colmadito, el brebaje aromático que es alegría y consuelo de las oficinas.

--Pues le he de decir á usted--manifestó el cesante con la serenidad de un hombre dueño de sus facultades,--que se vaya usted haciendo á la injusticia, que se familiarice con las bofetadas y se acostumbre á la idea de ver á ese piojo pasándole por delante. La lógica española no puede fallar. El pillo delante del honrado; el ignorante encima del entendido; el funcionario probo debajo, siempre debajo. Y agradezca usted que en premio de sus servicios no le limpian el comedero... que no sé, no sé si sacar también esa consecuencia lógica.

--Armo un tiberio, créalo usted, lo armo, pero gordo--dijo el _padre de familias_ entre sorbo y sorbo.--Como le asciendan antes que á mí, crea usted que todo el Colegio de Sordomudos me tendrá que oir.

--Le oirá y callará, y no habrá más remedio que conformarse. Véase mi raciocinio (acercando su silla á las de los bebedores de café). ¿Quién le apoya á usted? Nadie; y digo nadie, porque no le apoya ninguna mujer.

--Eso es verdad,

--Bueno. Cuando veo un nombramiento absurdo, pregunto: _¿quién es ella?_ Porque es probado; siempre que una nulidad se sobrepone á un empleado útil, ponga usted el oído y escuchará rumor de faldas. ¿Apostamos á que sé quién ha pedido el ascenso del cojo? Pues su prima, la viuda del comandantón aquel que está en Filipinas, esa tal Enriqueta, frescachona, más suelta que las gallinas, de la cual se dice si tuvo que ver ó no tuvo que ver con nuestro egregio Director. Ahora, sabiendo á qué aldabas se agarra ese morral de Guillén, ayúdenme ustedes á sentir. Nada, el amigo Argüelles, con toda su prole arrastras, se quedará ladrando de hambre, y el otro ascenderá, y ole morena.

Sevillano confirmaba con una sonrisa las acres observaciones del trastornado Villaamil, que no lo parecía al decir cosas tan á pelo; y el _caballero de Felipe IV_ se atusaba sus engrasadas melenas y se retorcía el bigote, dándole á la perilla tales tirones, que á poco más se la arranca de cuajo.

--Lo vengo diciendo hace tiempo, ¡cáscaras! Se necesita no tener vergüenza para servir á este cabrón del Estado. Y ya que el amigo Villaamil está hoy de buena pasta, le diremos una cosa que no sabe. ¿Quién recomendó á Víctor Cadalso para que echaran tierra al expediente y encimita le encajaran un ascenso?

--Ello debe de ser cosa de hembras; alguna joven sensible que ande por ahí, porque Víctor las atrapa lindamente.

--Le apoyaron dos Diputados--dijo Sevillano:--hicieron fuerza de vela sin conseguir nada, hasta que vino presión por alto...

--Pero si me ha dicho Ildefonso Cabrera--observó el viejo acalorándose--que ese pelele está liado con marquesas, duquesas y cuanta señorona hay en la alta sociedad...

--No haga usted caso, D. Ramón--indicó Argüelles.--Si, después de todo, su yerno de usted es un cursi... así como suena, un cursilón. No se ve ya un mozo verdaderamente elegante, como los de mi tiempo. Ríase usted de todas esas conquistas de Víctor, que no tiene más amparo que el de mi vecina. En el principal de mi casa vive un marqués... no me acuerdo del título; es valenciano y algo así como Benengeli, algo que suena á morisco. Este marqués tiene una tía, dos veces viuda... una criatura, como quien dice... Mi mujer, que ya pasó de los cincuenta, asegura que estando ella de corto (mi mujer, se entiende), conoció á esa señora en Valencia, ya casada. En fin, que los sesenta y pico no hay quien se los quite, y aunque debió de ser buena moza, ya no hay pintura que la salve ni remiendo que la enderece.

--Y cuando menos, mi yernecito ha seducido toda esa inocencia.

--Aguárdese usted. Es cosa pública en Valencia que el tiburón ese se enamoriscó de Cadalso, y él... también la quiso, por supuesto, con su cuenta y razón. Vinieron juntos á Madrid; enredito allá, enredito aquí. Á mí nadie tiene que contármelo, pues le veo en la calle, esperando á la abuela, porque los marqueses no le permiten entrar en la casa. Ella sale en su coche, muy emperejilada, toda fofa y hueca, con unas témporas así, todo postizo, se entiende, y la cara con más pintura que el _Pasmo de Sicilia_... Se para en la esquina de Relatores, y allí entra el terror de las doncellas y se van qué sé yo adónde... Y me ha contado el lacayo, que es vecino mío en el sotabanco de la izquierda, que casi todos los días recibe carta la tarasca, y en seguida le larga á su nene tres pliegos... El lacayo echa las cartas al correo, y me cuenta lo que dice el sobre y las señas... Quiñones, 13, segundo.

--Si yo me sorprendiera de esto--declaró Villaamil entre risueño y desdeñoso,--sería un niño de teta. ¡Y esa fantasma ha venido aquí, al templo de la Administración (indignándose), á arrojar sobre el Estado la ignominia de sus recomendaciones en favor de un perdis...!

--No, por aquí no ha parecido, ni lo necesita--apuntó Sevillano.--Con el teclado de sus relaciones, mueven ésas todo el Ministerio, sin poner los pies en él.

--Les basta decir una palabrita á cualquier pájaro gordo. Luego descarga aquí la nota...

--De esas que no piden, sino mandan.

--Á raja tabla... Hágase... Y hecho está, y ole morena,.. No sería malo un buen pararrayos para esas chispas, un Ministro de carácter. ¿Pero dónde está ese Mesías? (dándose fuerte puñetazo en la rodilla). La condenada Administración es una hi de mala hembra con la que no se puede tener trato sin deshonrarse... Pero los que tienen hijos, amigo Argüelles, ¿qué han de hacer sino prostituirse? Á ver, búsquese usted por ahí un felpudito que le ampare. Usted tiene todavía buen ver. Á poco que se emperifolle, le salen las conquistas así... y le pica en el anzuelo una lamprea con conchas... Animarse, pollo... ¡Pues si yo tuviera veinte años menos...!

Sevillano se reía, y Argüelles se pavoneaba henchido de fatuidad, enroscándose aquella birria de bigote pintado... No parecía echar en saco roto la exhortación, porque la edad no le había curado de su vanidad de Tenorio.

--Francamente, señores--manifestó con acento de hombre muy corrido,--nunca me ha gustado el amor como negocio... El amor por el amor. Ni con dinero encima cargo yo con una res como esa de Víctor, contemporánea del andar á pie, y que todo lo tiene postizo, todo absolutamente, créanme ustedes.

--¡Fuera remilgos, y á ellas!--dijo Villaamil, á quien le había entrado hilaridad nerviosa.--No están los tiempos para hacer _fu_ á nada... Este _padre de familias_ es terrible. No le gustan más que las doncellitas tiernas.

--Pues de broma ha dicho usted la verdad. De quince á veinte. Lo demás para bobos.

--¡Vamos, que si le cayera á usted un pimpollo como ese de Víctor!... Porque la tal debe de tener guita, y á su vera no hay bolsillo vacío... Ahora me explico que mi yerno, cuando se le acabaron los dineros que afanó por el enjuague de Consumos, gastaba del capítulo de guerra de esa vejancona... ¡Vamos (dándose otro palmetazo en la rodilla), que vivimos en una condenada época en que no podemos ni siquiera avergonzarnos, porque el estiércol, la condenada costra de estiércol que llevamos en la cara nos lo impide!

Levantóse para salir. Argüelles suspiró y con un gesto despidióse de Sevillano, que se puso á trabajar antes de que salieran.

--Vamos á la oficina--dijo el caballero alguacilado, embozándose en el ferreruelo, cogiendo del brazo á su amigo é internándose por los pasillos;--que ese mal bicho de Pantoja me chillará si tardo. ¡Qué vida, D. Ramón, qué vida!... Y á propósito. ¿No observó usted que mientras hablábamos de la señora que protege á Víctor, Sevillano no chistaba? Es que también él se calza á una momia... sí... ¿no sabía usted? la viuda de aquel Pez y Pizarro que fué Director de Loterías en la Habana, primo de nuestro amigo D. Manuel. Eso lo saben hasta los perros... y ella le protege, le regala cada dos años su ascensito.

--¿Qué me dice usted? (parándose y mirándole cara á cara, en una actitud propiamente dantesca). Conque Sevillano... Sí; ya decía yo que ese chico iba demasiado aprisa. Era yo Jefe de Negociado, cuando entró de aspirante con cinco mil...

Se persignó y siguieron hasta Contribuciones. Pantoja y los demás recibieron al sufrido cesante con sobresalto, temerosos de una escena como la del día anterior. Pero el anciano les tranquilizó con su apacible acento y la serenidad relativa de su rostro. Sin dignarse mirar a Guillén, fué á sentarse junto al Jefe, á quien dijo de manos á boca:

--Hoy me encuentro muy bien, Ventura. He descansado anoche, me despejé, y estoy hasta contento, me lo puedes creer, echando chispas de contento.

--Más vale así, hombre, más vale así--repuso el otro observándole los ojos.--¿Qué traes por acá?

--Nada... la querencia... hoy estoy alegre... ya ves cómo me río (riendo). Es posible que hoy venga por última vez, aunque... te lo aseguro... me divierte, me divierte esta casa. Se ven aquí cosas que le hacen á uno... morir de risa.

El trabajo concluyó aquel día más pronto que de ordinario, porque era día de paga, la fecha venturosa que pone feliz término á las angustias del fin de mes, abriendo nueva era de esperanzas. El día de paga hay en las salas de aquel falansterio más luz, aire más puro y un no sé qué de diáfano y alegre que se mete en los corazones de los infelices jornaleros de la Hacienda pública.

--Hoy os dan la paga--dijo Villaamil á su amigote, suspendiendo aquel reir franco y bonachón de que afectado estaba.

Ya se conocía en el ruido de pisadas, en el sonar de timbres, en el movimiento y animación de las oficinas, que había empezado la operación. Cesaba el trabajo, se ataban los legajos, eran cerrados los pupitres, y las plumas yacían sobre las mesas entre el desorden de los papeles y las arenillas que se pegaban á las manos sudorosas. En algunos departamentos, los funcionarios acudían, conforme les iban llamando, al despacho de los habilitados, que les hacían firmar la nominilla y les daban el trigo. En otros, los habilitados mandaban un ordenanza con los santos cuartos en una hortera, en plata y billetes chicos, y la nominilla. El Jefe de la sección se encargaba de distribuir las raciones de metálico y de hacer firmar á cada uno lo que recibía.

XXXVII

Es cosa averiguada que cuando Villaamil vió entrar al portero con la horterita aquélla, se excitó mucho, acentuando su increíble alegría, y expresándola de campechana manera. «¡Anda, anda, qué cara ponéis todos!... Aquí está ya el santo advenimiento... la alegría del mes... San Garbanzo bendito... ¡Pues apenas vais á echar mal pelo con tantos dinerales!...

Pantoja empezó á repartir. Todos cobraron la paga entera, menos uno de los aspirantes, á quien entregó el Jefe el pagaré otorgado á un prestamista, diciendo: «Está usted cancelado», y Argüelles recibió un tercio no más, por tener retenido lo restante. Cogiólo torciendo el gesto, echando la firma en la nominilla con rasgos que declaraban su furia; y después, el gran Pantoja se guardó su parte pausada y ceremoniosamente, metiendo en su cartera los billetes, y los duros en el bolsillo del chaleco, bien estibaditos para que no se cayesen. Villaamil no le quitaba ojo mientras duró la operación, y hasta que no desapareció la última moneda no dejó de observarle. Le temblaba la mandíbula, le bailaban las manos.

--¿Sales?--dijo á su amigo, levantándose.--Nos iremos de paseo. Yo tengo hoy... muy buen humor...¿no ves?... Estoy muy divertido...

--Yo me quedo un rato más--respondió el _honrado_, que deseaba quitarse de encima aquella calamidad.--Tengo que ir un rato á Secretaría.

--Pues quédate con Dios... Me largo de paseo... Estoy contentísimo... y de paso, compraré unas píldoras.

--¿Píldoras? Te sentarán bien.

--¡Ya lo creo!... Abur; hasta más ver. Señores, que sea por muchos años... Y que aproveche... Yo bueno, gracias...

En la escalera de anchos peldaños desembocaban, como afluentes que engrasan el río principal, las multitudes que á la misma hora chorreaban de todas las oficinas. Contribuciones y Propiedades descargaban su personal en el piso segundo; descendía la corriente uniéndose luego á la numerosa grey de Secretaría, Tesoro y Aduanas. El humano torrente, haciendo un ruido de mil demonios de peldaño en peldaño, apenas cabía en la escalera, y mezclábanse los pisotones con la charla gozosa y chispeante de un día de paga. En los oídos de Villaamil añadíase al murmullo inmenso el tintineo de los duros, recién guardados en tanta faltriquera. Pensó que el metal de los pesos debía de estar frío aún; pero se calentaría pronto al contacto del cuerpo, y aun se derretiría al de las necesidades. Al llegar al vasto ingreso que separa del pórtico la escalera, veíanse en los patios de derecha ó izquierda afluir las muchedumbres de Impuestos, Tesorería y Giro Mutuo, y antes de llegar á la calle, las corrientes se confundían. Las capas deslucidas abundaban más que los raídos gabanes; pero también los había flamantes, y chisteras lustrosas, destacándose entre la muchedumbre de hongos chafados y verdinegros. El taconeo ensordecía la casa, y Villaamil oía siempre, por cima del rumor de pisadas, aquel tintín de las piezas de cinco pesetas. «Hoy--se dijo, echando toda su alma en un suspiro--han dado casi toda la paga en duros nuevecitos, y algo en pesetas dobles con el cuño de Alfonso».

Al desaguar la corriente en la calle, iba cesando el ruido, y el edificio se quedaba como vacío, solitario, lleno de un polvo espeso levantado por las pisadas. Pero aun venían de arriba destacamentos rezagados de las multitudes oficinescas. Sumaban entre todos tres mil, tres mil pagas de diversa cuantía, que el Estado lanzaba al tráfico devolviendo por modo parabólico al contribuyente parte de lo que sin piedad le saca. La alegría del cobro, sentimiento característico de la humanidad, daba á la caterva aquélla un aspecto simpático y tranquilizador. Era sin duda una honrada plebe anodina, curada del espanto de las revoluciones, sectaria del orden y la estabilidad, pueblo con gabán y sin otra idea política que asegurar y defender la pícara olla; proletariado burocrático, lastre de la famosa nave; masa resultante de la hibridación del pueblo con la mesocracia, formando el cemento que traba y solidifica la arquitectura de las instituciones.

Embozábase Villaamil en su pañosa para resguardarse del frío callejero, cuando le tocaron en el hombro. Volvióse y vió á Cadalso, quien le ayudó á asegurar el embozo liándoselo al cuello.

--¿Qué tiene usted... de qué se ríe usted?

--Es que... estoy esta tarde muy contento... Á bien que á ti no te importa. ¿No puede uno ponerse alegre cuando le da la real gana?

--Sí... pero... ¿Va usted á casa?

--Otra cosa que no es de tu incumbencia. ¿Tú adónde vas?

--Arriba á recoger mi título... Yo también estoy hoy de enhorabuena.

--¿Te han dado otro ascenso? No me extrañaría. Tienes la sartén por el mango. Mira, que te hagan Ministro de una vez; acaba de ponerte el mundo por montera antes que se acaben las carcamales.

--No sea usted guasón. Digo que estoy de enhorabuena, porque me he reconciliado con mi hermana Quintina y el salvaje de su marido. Él se queda con aquella maldecida casa de Vélez-Málaga que no valía dos higos, paga las costas, y yo...

--Suma y van tres... Otra cosa que á mí me tiene tan sin cuidado como el que haya ó no pulgas en la luna. ¿Qué se me da á mí de tu hermana Quintina, de Ildefonso, ni de que hagáis ó no cuantas recondenadas paces queráis?

--Es que...

--Anda, sube, sube pronto y déjame á mí. Porque yo te pregunto: ¿en qué cochino bodegón hemos comido juntos? Tú por tu camino, lleno de flores; yo por el mío. Si te dijera que con toda tu buena suerte no te envidio ni esto... Más quiero honra sin barcos que barcos sin honra. Agur...

No le dió tiempo á más explicaciones, y asegurándose otra vez el embozo, avanzó hacia la calle. Antes de traspasar la puerta, le tiraron de la capa, acompañando el tirón de estas palabras amigables:

--¡Eh, simpático Villaamil, aunque usted no quiera!...

Urbanito Cucúrbitas, pollancón rubio, ralo de pelo, estirado, zancudo y con mucha nuez; semejante á vástago precoz de la raza gallinácea que llaman Cochinchina; vestido con elegante traje á cuadros, cuello larguísimo, de cucurucho, hongo claro; manos y pies inconmensurables, muy limpio y la boca risueña, enseñando hasta los molares, que bien podrían llamarse del juicio si alguno tuviera.

--¡Hola, Urbanito!... ¿Has cobrado tu paga?

--Sí, aquí la llevo (tocándose el bolsillo y haciendo sonar la plata); casi todo en pesetas. Me voy á dar una vuelta por la Castellana.

--¿En busca de alguna conquistilla?... Hombre feliz... Para ti es el mundo. ¡Qué risueño estás! Pues mira; yo también estoy de vena hoy... Dime, ¿y tus hermanitos, han cobrado también sus paguillas? Dichosos los nenes á quienes el Estado les pone la teta en la boca, ó el biberón. Tú harás carrera, Urbanito; yo sostengo que eres muy listo, contra la opinión general que te califica de tonto. Aquí el tonto soy yo. Merezco, ¿sabes qué?; pues que el Ministro me llame, me haga arrodillar en su despacho y me tenga allá tres horas con una coroza de orejas de burro... por imbécil, por haberme pasado la vida creyendo en la moral, en la justicia y en que se deben nivelar los presupuestos. Merezco que me den una carrera en pelo, que me pongan motes infamantes, que me llamen _el señor de Miau_, que me hagan aleluyas con versos chabacanos para hacer reir hasta á las paredes de la casa... No, si no lo digo en son de queja; si ya ves... estoy contento, y me río... me hace una gracia atroz mi propia imbecilidad.

--Mire usted, querido D. Ramón (poniéndole ambas manos en los hombros). Yo no he tenido arte ni parte en los monigotes. Confieso que me reí un poco cuando Guillén los llevó á mi oficina; no niego que me entró tentación de enseñárselos á mi papá, y se los enseñé...

--Pero si yo no te pido explicaciones, hijo de mi alma.

--Déjeme acabar... Y mi papá se puso furioso y á poco me pega. Total, que enterado Guillén de las cosas que mi papá dijo, salió á espetaperros de nuestra oficina, y no ha vuelto á parecer. Yo digo que ello puede pasar como broma de un rato. Pero ya sabe usted que le respeto, que me parece una tontería juntar las iniciales de sus cuatro Memorias que nada significan, para sacar una palabra ridícula y sin sentido.

--Poco á poco, amiguito (mirándole á los ojos). Á que la palabra _Miau_ sea una sandez, no tengo nada que objetar; pero no estoy conforme con que las cuatro iniciales no encierren una significación profunda...

--¡Ah!... ¿sí? (suspenso).

--Porque es preciso ser muy negado ó no tener pizca de buena fe para no reconocer y confesar que la M, la I, la A y la U, significan lo siguiente: _Mis... Ideas... Abarcan... Universo_.

--¡Ah!... ya... bien decía yo... Don Ramón, usted debe cuidarse.

--Si bien no faltará quien sostenga... y yo no me atrevería á contradecirlo de plano... quien sostenga, quizás con algún fundamento, que las cuatro misteriosas letras rezan esto: _Ministro... I... Administrador... Universal_.

--Pues mire usted, esa interpretación me parece una cosa muy sabia y con muchísimo intríngulis.

--Lo que yo te digo: hay que examinar imparcialmente todas las versiones, pues éste dice una cosa, aquél sostiene otra, y no es fácil decidir... Yo te aconsejo que lo mires despacio, que lo estudies, pues para eso te da el Gobierno un sueldo, sin ir á la oficina más que un ratito por la tarde, y eso no todos los días... Y que tus hermanitos lo estudien también con el biberón de la nómina en los labios. Adiós; memorias á papá. Dile que crucificado yo, por imbécil, en el madero afrentoso de la tontería, á él le toca darme la lanzada, y á Montes la esponja con hiel y vinagre, en la hora y punto en que yo pronuncie mis Cuatro Palabras, diciendo: _Muerte... Infamante... Al... Ungido..._ Esto de ungido quiere decir... para que te enteres... _lleno de basura_, ó embadurnado todo de materias fétidas y asquerosas, que son el símbolo de la zanguanguería, ó llámese principios.

--Don Ramón... ¿va usted á su casa? ¿quiere que le acompañe? Tomaré un coche.

--No, hijo de mi alma; vete á tu paseíto. Yo me voy _pian pianino_. Antes tengo que comprar unas píldoras... aquí en la botica.

--Pues le acompañaré... y si quiere que veamos antes á un médico...

--¡Médico! (riendo desaforadamente). Si en mi vida me he sentido más sano, más terne... Déjame á mí de médicos. Con estas pildoritas...

--De veras, ¿no quiere que le acompañe?

--No, y digo más: te suplico que no lo hagas. Tiene uno sus secretillos, y el acto, al parecer insignificante, de comprar tal ó cual medicina, puede evocar el pudor. El pudor, chico, aparece donde menos se piensa. ¿Qué sabes tú si soy yo un joven, digo, un anciano disoluto? Conque vete por tu camino, que yo tomo el de la farmacia. Adiós, niño salado, chiquitín del Ministerio, diviértete todo lo que puedas; no vayas á la oficina más que á cobrar; haz muchas conquistas; pica siempre muy alto; arrímate á las buenas mozas, y cuando te lleven á informar un expediente, pon la barbaridad más gorda que se te ocurra... Adiós, adiós... Sabes que se te quiere.