Miau

Part 19

Chapter 193,872 wordsPublic domain

Los porteros le llevaban el humor mientras podían; pero también llegaron á sentir cansancio de él, y pretextaban ocupaciones para zafarse. El santo varón, después de explayarse por las porterías, volvía adentro, y no faltaba en Aduanas ó en Propiedades un guasón presumido, como Urbanito, el hijo de Cucúrbitas, que le convidase á café para tirarle de la lengua y divertirse oyendo sus exaltadas quejas. «Miren ustedes; á mí me pasa esto por decente, pues si yo hubiera querido desembuchar ciertas cosas que sé referentes á pájaros gordos, ¿me entienden ustedes?... digo que si yo hubiera sido como otros que van á las redacciones con la denuncia del enjuage A, del enredo B..., otro gallo me cantara... ¿Pero qué resulta? Que aunque uno no quiera ser decente y delicado, no puedo conseguirlo. El pillo nace, el orador se hace. Total, que ni siquiera me vale haber escrito cuatro Memorias que constituyen un plan de Presupuestos, porque un mal amigo á quien se las enseño, me roba la idea y la da por suya. Lo que menos piensan ustedes es que ese dichoso _income tax_ que quieren establecer, ¡temprano y con sol!, es idea mía... diez años devanándome los sesos... ¿para qué? Para que un grajo se adorne con mis plumas ó con la obra de mi pluma. Yo digo que si el Ministro sabe esto, si lo sabe el país, ¿qué sucederá? Puede que no suceda nada, porque allá se van el país y el Ministro en lo puercos y desagradecidos... Yo me lavo las manos; yo me estoy en mi casa, y si vienen revoluciones, que vengan; si el país cae en el abismo, que caiga con cien mil demonios. Después dirán: «¡Qué lástima no haber planteado los cuatro puntos aquellos del buen Villaamil: _Moralidad_, _Income tax_, _Aduanas_, _Unificación_!» Pero yo diré: _tarde piache_... «Haberlo visto antes». Dirán: «Pues que sea Villaamil Ministro»; y yo responderé: «Cuando quise no quisiste, y ahora... á buena hora, mangas verdes...» Conque, señores, me voy para que ustedes trabajen. En mis tiempos no había estos ocios. Se fumaba un cigarrito, se tomaba café, y luego al telar... Pero ahora, empleado hay que viene aquí á inventar charadas, á chapucear comedias, revistas de toros y gacetillas. Así está la Administración pública, que es una mujer pública, hablando mal y pronto. Francamente, esto da asco, y yo no sé cómo todos ustedes no hacen dimisión, y dejan solos al Ministro y al Jefe del Personal, á ver cómo se desenvuelven. No, no lo digo en broma; veo que se ríen ustedes, y no es cosa de risa. Dimisión total, huelga en un día dado, á una hora dada...»

Por fin, hartos de este charlar incoherente, le echaban con buenos modos, diciéndole: «Don Ramón, usted debiera ir á tomar el aire. Un paseito por el Retiro le vendría muy bien». Salía rezongando, y en vez de seguir el saludable consejo de oxigenarse, bajaba, mal terciada la capa, y se metía en el Giro Mutuo, donde estaba Montes, ó en Impuestos, donde su amigo Cucúrbitas soportaba con increíble paciencia discursos como éste: «Te digo en confianza, aquí de ti para mí, que me contento con una plaza de oficial tercero: proponme al Ministro. Mira que siento en mi cabeza unas cosas muy raras, como si se me fuera el santo al cielo. Me entran ganas de decir disparates, y aun recelo que á veces se me salen de la boca. Que me den esos dos meses, ó no sé; creo que pronto empezaré á tirar piedras. Ya sabes mi situación; sabes que no tengo cesantía, porque, si bien soy anterior al 45, mi primer destino no fué de Real orden; no entré en plantilla hasta el 46, gracias á D. Juan Martín Carramolino. Bien te acordarás. Tú estabas por debajo de mí; yo te enseñé á poner una minuta en regla. El 54 tú entraste en la Milicia Nacional; yo no quise, porque nunca me ha gustado la bullanga. Ahí tienes el principio de tu buena fortuna y el de mi desdicha. Gracias al morrión te plantaste de un salto en Jefe de Negociado de segunda, mientras yo me estancaba en oficial primero... Parece mentira, Francisco, que el sombrero influya tanto. Pues dicen que Pez debe su carrera nada más que al chisterómetro de alas anchas y abarquilladas que le da un aire tan solemne... Bien recuerdo que tú me decías: «Ramón, ponte un chaleco de buen ver, que esto ayuda; gasta cuellos altos, muy altos, muy tiesos, que te obliguen á engallar la cabeza con cierto aire de importancia». Yo no te hice caso, y así estoy. Á Basilio, desde que se encajó la levita inglesa, le empezaron á indicar para el ascenso, y á mí se me antoja que las botas chillonas del amigo Montes, dando á su personalidad un no sé qué de atrevido, insolente y _qué se me da á mi_, han influído para que avance tanto... Sobre todo el sombrero, el sombrero es cosa esencialísima, Francisco, y el tuyo me parece un perfecto modelo... alto de copa y con hechura de trombón, el ala muy semejante á la canaleja de un cura. Luego esas corbatas que tú te permites... Si me colocan, me pondré una igual... Conque ya sabes: oficial tercero: cualquier cosa: el quid está en firmar la nómina, en ser algo, en que cuando entre yo aquí no me parezca que hasta las paredes lloran compadeciéndome... Francisco, hormiga de esta casa, hazlo por Dios y por tus hijos, tres de los cuales tienes ya bien colocados de aspirantes con cinco mil, sin contar á Urbanito que se calza doce. Si mi mujer fuera Pez en vez de ser rana, ¡ay! no estaría yo en seco. Parece que lo tenéis en la masa de la sangre, y cuando nacen tus nenes y sueltan el primer lloro de la vida, en vez de ponerles la teta en la boca, les ponen el _estado Letra A, Sección octava_, del Presupuesto. Adiós; interésate por mí, sácame de este pozo en que me he caído... No quiero molestarte; tienes que hacer. Yo también estoy atareadísimo. Abur, abur».

No se crea que se iba mi hombre á la calle. Atraído de irresistible querencia, se lanzaba otra vez, jadeante, á la fatigosa ascensión por la escalera, y llegaba sin aliento á Secretaría. Allí cierto día se encontró una novedad. Los porteros, que comúnmente le franqueaban la entrada, le detuvieron, disimulando con insinuaciones piadosas la orden terminante que tenían de no dejarle pasar. «Don Ramón, váyase á su casa, y descanse y duerma para que se le despeje ese meollo. El Jefe está encerrado y no recibe á nadie». Irritóse Villaamil con la desusada consigna y aun quiso forzarla, alegando que no debía regir para él. La capa del infeliz cesante barrió el suelo de aquí para allí, y aun tuvieron los ordenanzas que ponerle el sombrero, desprendido de su cabeza venerable. «Bien, Pepito Pez, bien--decía el infeliz, respirando con dificultad;--así pagas á quien fué tu jefe, y te tapó muchas faltas. En donde menos se piensa salta un ingrato. Basta que yo te haya hecho mil favores, para que me trates como á un negro. Lógica puramente humana... Quedamos enterados. Adiós... ¡Ah! (volviéndose desde la puerta), dígale usted al Jefe del Personal, al D. Soplado ése, que usted y él se pueden ir á escardar cebollinos».

XXXIV

Pecho á los escalones, y otra vez al piso segundo, á la oficina de Pantoja. Cuando entró, Guillén, Espinosa y otros badulaques estaban muy divertidos viendo las aleluyas que el primero había compuesto, una serie de dibujillos de mala muerte, con sus pareados al pie, ramplones, groseros y de mediano chiste, comprendiendo la historia completa de Villaamil desde su nacimiento hasta su muerte. Argüelles, que no veía con buenos ojos las groseras bromas de Guillén, se apartaba del corrillo para atender á su trabajo. Rezaba la aleluya que el Sr. de _Miau_ había nacido en Coria, garrafal dislate histórico, pues vió la luz en tierra de Burgos; que desde el vientre de su madre pretendía, y que el ombligo se lo ataron con balduque. Entre otras particularidades, decía la ilustrada crónica, con dudosa gramática: _En vez de faja y pañales,--le envuelven en credenciales_; y más adelante: _Pide teta con afán,--y un Presupuesto le dan_. Luego, cuando el digno funcionario llega á la mayor edad, _Henchido de amor sin tasa,--con Zapaquilda se casa_; y á poco de estrenada la vida matrimonial empiezan los apuros. El desmantelado hogar de Villaamil se caracteriza en este elegante dístico: _Cuando faltan patacones,--se dan á cazar ratones_... Pero en lo que el inspirado coplero explaya su numen, es en la pintura de los sublimes trabajos villaamilescos: _Modelo de asiduidaz,--inventa el_ INCOME TAZ... _Al Ministro le presenta--sus planes sobre la renta_... _El Jefe, al ver el_ INCOMIO,--_me le manda á un manicomio_. Por fin le arroja el poeta estas flores: _Su existencia miserable--la sostiene con el sable_; y por aquí seguía hasta suponer el glorioso tránsito del héroe: _Le dan al fin la ración,--y muere del alegrón_... _Los gatos, cuando se mueren,--dicen todos: Miserere_...»

Al ver á Villaamil escondieron el nefando pliego, pero con hilaridad mal reprimida denunciaban la broma que traían y su objeto. Ya otras veces el infeliz cesante pudo notar que su presencia en la oficina (faltando de ella Pantoja) producía un recrudecimiento en la sempiterna chacota de aquellos holgazanes. Las reticencias, las frases ilustradas con morisquetas al verle entrar, la cómica seriedad de los saludos le revelaron aquel día que su persona y quizás su desventura motivaban impertinentes chanzas, y esta certidumbre le llegó al alma. El enredijo de ideas que se había iniciado en su mente, y la irritación producida en su ánimo por tantas tribulaciones, encalabrinaban su amor propio; su carácter se agriaba; la ingénita mansedumbre trocábase en displicencia y el temple pacífico en susceptibilidad camorrista.

--Á ver, á ver--gruñó, acercándose al grupo con muy mal gesto.--Me parece que se ocupaban ustedes de mí... ¿Qué papelotes son esos que guarda Guillén?... Señores, hablemos claro. Si alguno de ustedes tiene que decirme algo, dígamelo en mis barbas. Francamente, en toda la casa noto que se urde contra mí una conjuración de calumnias; se trata de ponerme en ridículo, de indisponerme con los jefes, de presentarme al señor Ministro como un hombre grotesco, como un... ¡Y he de saber quién es el canalla, quién...! ¡Maldita sea su alma! (terciándose la capa, y pegando fuerte puñetazo en la mesa más próxima).

Quedáronse todos fríos y mudos, porque no esperaban en Villaamil aquel rasgo de dignidad. _El caballero de Felipe IV_ fué el primero que se explicó aquel súbito cambio de temperamento, por un desequilibrio mental. Además de que odiaba profundamente á Guillén, sentía lástima de su amigo, y echándole el brazo por encima del hombro, le rogó que se tranquilizara, añadiendo que donde él estuviera, nadie osaría zaherir á persona tan respetable. Mas no se calmaba Villaamil con estas razones, porque vió al maldito Guillén aguantando la risa con la cara pegada al pupitre, y en un arrebato de cólera se fué á él, y con ahogada y trémula voz le dijo:

--Sepa usted, cojitranco de los infiernos, que de mí no se ríe nadie... Ya sé, ya sé que ha hecho usted unos estúpidos versos y unos mamarrachos ridiculizándome. En Aduanas he oído que si yo propuse ó no propuse al Ministro el _income tax_... y si me mandó ó no me mandó á un manicomio.

--¿Yo?... D. Ramón... ¡qué cosas tiene!--replicó Guillén cortado y cobarde.--Yo no he hecho las aleluyas; las hizo Pez Cortázar, el de Propiedades, y Urbano Cucúrbitas es el que las ha enseñado por ahí.

--Pues hágalas quien las hiciere, el autor de esa porquería es un marrano que debiera estar en un cubil. Me ultrajan porque me ven caído. ¿Es eso de caballeros? Á ver, respóndanme. ¿Es eso de personas regulares?

El santo varón giró sobre sí mismo, y se sentó, quebrantadísimo de aquel esfuerzo que acababa de hacer. Siguió murmurando, como si hablara á solas: «Es que por todos los medios se proponen acabar conmigo, desautorizarme, para que el Ministro me tenga por un ente, por un visionario, por un idiota».

Exhalando suspiros hondísimos, encajó la quijada en el pecho y así estuvo más de un cuarto de hora sin pronunciar palabra. Los demás callaban, mirándose de reojo, serios, quizás compadecidos, y durante un rato no se oyó en la oficina más que el rasgueo de la pluma de Argüelles. De pronto, el chillar de las botas de Pantoja anunció la aproximación de este personaje. Todos afectaron atender á la faena, y el jefe de la sección entró con las manos cargadas de papeles. Villaamil no alzó la cabeza para mirar á su amigo ni parecía enterarse de su presencia.

--Ramón--dijo Pantoja en afectuoso tono, llamándolo desde su asiento.--Ramón... pero Ramón... ¿qué es eso?

Y por fin el amigo, dando otro suspirazo como quien despierta de un sueño, se levantó y fué hacia la mesa con paso claudicante.

--Pero no te pongas así--le dijo D. Ventura quitando legajos de la silla próxima para que el otro se sentara.--Pareces un chiquillo. En todas las oficinas hablan de ti, como de una persona que empieza á pasearse por los cerros de Úbeda... Es preciso que te moderes, y sobre todo (amoscándose un poco), es preciso que cuando se hable de planes de Hacienda y de la confección de los nuevos Presupuestos, no salgas con la patochada del _income tax_... Eso está muy bueno para artículos de periódico (con desprecio), ó para soltarlo en la mesa del café, delante de cuatro tontos perdularios, de esos que arreglan con saliva el presupuesto de un país y no pagan al sastre ni á la patrona. Tú eres hombre serio y no puedes sostener que nuestro sistema tributario, fruto de la experiencia...

Levantóse Villaamil como si en la silla hubiera surgido agudísimo punzón, y este movimiento brusco cortó la frase de Pantoja, que sin dada iba á rematarla en estilo administrativo, más propio de la _Gaceta_ que de humana boca. Quedóse el buen Jefe de sección archipasmado al ver que la faz de su amigo expresaba frenética ira, que la mandíbula le temblaba, que los ojos despedían fuego; y subió de punto el pasmo al oir estas airadas expresiones:

--Pues yo te sostengo... sí, por encima de la cabeza de Cristo lo sostengo... que mantener el actual sistema es de jumentos rutinarios... y digo más, de chanchulleros y tramposos... Porque se necesita tener un dedo de telarañas en los sesos para no reconocer y proclamar que el _income tax_, impuesto sobre la renta ó como quiera llamársele, es lo único racional y filosófico en el orden contributivo... y digo más: digo que todos los que me oyen son un atajo de ignorantes, empezando por ti, y que sois la calamidad, la polilla, la ruina de esta casa y la filoxera del país, pues le estáis royendo y devorando la cepa, majaderos mil veces. Y esto se lo digo al Ministro si me apura, porque yo no quiero credenciales, ni colocación, ni derechos pasivos, ni nada; no quiero más que la verdad por delante, la buena administración, y conciliar... compaginar... armonizar (golpeando los dos dedos índices uno contra otro) los intereses del Estado con los del contribuyente. Y el mastuerzo, canalla, que diga que yo quiero destinos, se verá conmigo de hombre á hombre, aquí ó en mitad de la calle, junto al Dos de Mayo, ó en la pradera del Canal, á media noche, sin testigos... (dando terribles gritos, que atrajeron á los empleados de la oficina inmediata). Claro, me toman por un mandria porque no me conocen, porque no me han visto defendiendo la ley y la justicia contra los infames que en esta casa la atropellan. Yo no vengo aquí á mendigar una cochina credencial que desprecio; yo me paso por las narices á toda la casa, y á vosotros, y al Director, y al Jefe del Personal, y al Ministro; ¡yo no pido más que orden, moralidad, economía...!

Revolvió los ojos á una parte y otra, y viéndose rodeado de tantas caras, alzó los brazos como si exhortara á una muchedumbre sediciosa, y lanzó un alarido salvaje gritando: «¡Vivan los presupuestos nivelados!»

Salió de la oficina, arrastrando la capa y dando traspiés. El buen Pantoja, rascándose con el gorro, le siguió con mirada compasiva, mostrando sincera aflicción. «Señores--dijo á los suyos y á los extraños, agrupados allí por la curiosidad,--pidamos á Dios por nuestro pobre amigo, que ha perdido la razón».

XXXV

No eran las once de la mañana del día siguiente, día último de mes, por más señas, cuando Villaamil subía con trabajo la escalera encajonada del Ministerio, parándose á cada tres ó cuatro peldaños para tomar aliento. Al llegar á la entrada de la Secretaría, los porteros, que la tarde anterior le habían visto salir en aquella actitud lamentable que referida está, se maravillaron de verle tan pacífico, en su habitual modestia y dulzura, como hombre incapaz de decir una palabra más alta que otra. Desconfiaban, no obstante, de esta mansedumbre, y cuando el buen hombre se sentó en el banco, duro y ancho como de iglesia, y arrimó los pies al brasero próximo, el portero más joven se acercó y le dijo:

--Don Ramón, ¿para qué viene por aquí? Estése en su casa y cuídese, que tiempo tiene de rodar por estos barrios.

--Puede que tengas razón, amigo Ceferino. En mi casa metidito, y acá se las arreglen estos señores como quieran. ¿Yo qué tengo que ver? Verdad que el país paga los vidrios rotos, y no puede uno ver con indiferencia tanto desbarrar. ¿Sabes tú si han llevado ya al Ministro el nuevo Presupuesto ultimado? No sabes... Verdad, ¡á ti que más te da! Tú no eres contribuyente... Pues desde ahora te digo que el nuevo Presupuesto es peor que el vigente, y todo lo que hacen aquí una cáfila de barbaridades y despropósitos. Ahí me las den todas. Yo en mi casa tan tranquilo, viendo cómo se desmorona este país, que podría estar nadando en oro si quisieran.

Á poco de soltar esta perorata, el pobre cesante se quedó solo, meditando, la barba en la mejilla. Vió pasar algunos empleados conocidos suyos; pero como no le dijeron nada, no chistó. Consideraba quizás la soledad que se iba formando en torno suyo, y con qué prisa se desviaban de él los que fueron sus compañeros y hasta poco antes se llamaban sus amigos. «Todo ello--pensó con admirable observación de sí mismo--consiste en que mis desgracias me han hecho un poco extravagante, y en que alguna vez la misma fuerza del dolor es causa de que se me escapen frases y gestos que no son de hombre sesudo, y contradicen mi carácter y mi... ¿cómo es la palabreja?... ¡ah! mi idiosincrasia... ¡Todo sea por Dios!»

Distrájole de su meditación un amigo que entraba, y que se fué derecho á él en cuanto le vió. Era Argüelles, _el padre de familia_, envuelto en su capa negra, ó más bien ferreruelo, el sombrerete ladeado á la chamberga, el bigote retorcido, la perilla enhiesta y erizada por el roce del embozo. Antes de subir á Contribuciones solía entrar un rato en el Personal, para desahogar las penas de su alma con un amigo que le daba cuenta de todo, y así alimentaba sus ilusiones de un próximo ascenso.

--¿Qué hace usted por aquí, amigo Villaamil?--le dijo en el tono que se emplea con los enfermos graves.--¿Quiere usted que tomemos café? Pero no; quizás el café le sentará mal. Hay que cuidarse, y si vale mi consejo, haría usted muy bien en no parecer por esta _posá del Peine_ en muchos días.

--¿Adónde vamos? (levantándose).

--Al Personal. Echaremos un parrafillo con Sevillano, que nos enterará de los nombramientos del día. Venga usted.

Y se internaron por luengo corredor, no muy claro, que primero doblaba hacia la derecha, después á la izquierda. Á lo largo del pasadizo accidentado y misterioso, las figuras de Villaamil y de Argüelles habrían podido trocarse, por obra y gracia de hábil caricatura, en las de Dante y Virgilio buscando por senos recónditos la entrada ó salida de los recintos infernales que visitaban. No era difícil hacer de D. Ramón un burlesco Dante por lo escueto de la figura y por la amplia capa que le envolvía; pero en lo tocante al poeta, había que substituirle con Quevedo, parodiador de la _Divina Comedia_, si bien el bueno de Argüelles, más semejanza tenía con el _Alguacil alguacilado_ que con el gran vate que lo inventó. Ni Dante ni Quevedo soñaron, en sus fantásticos viajes, nada parecido al laberinto oficinesco, al campaneo discorde de los timbres que llaman desde todos los confines de la vasta mansión, al abrir y cerrar de mamparas y puertas, y al taconeo y carraspeo de los empleados que van á ocupar sus mesas colgando capa y hongo; nada comparable al mete y saca de papeles polvorosos, de vasos de agua, de paletadas de carbón, á la atmósfera tabacosa, á las órdenes dadas de pupitre á pupitre, y al tráfago y zumbido, en fin, de estas colmenas donde se labra el panal amargo de la Administración. Metiéronse Villaamil y su guía en un despacho donde había dos mesas y una sola persona, que en aquel momento se mudaba el sombrero por un gorro de pana morada, y las botas por zapatillas. Era Sevillano, oficial de secretaría, buen mozo, aunque algo machucho, bien quisto en la casa, con fama de cuquería. Saludó el tal á Villaamil con recelo, mirándole mucho á la cara: «Vamos tirando,» contestó el cesante eterno, y ocupó una silla junto á la mesa.

--¿De lo mío nada...?--dijo Argüelles, usando una fórmula interrogativa y afirmativa á la vez.

--Nada--replicó el presumido Sevillano, que al ponerse delante de la mesa, parecía movido del deseo de que le vieran las zapatillas bordadas y de que admiraran su breve pie,--lo que se llama nada. Ni te han propuesto ni ese es el camino.

--No me coge de nuevo--gruñó el otro soltando capa y sombrero, como si quisiera oponer á la publicidad de las zapatillas de Sevillano la exhibición de sus encrespadas melenas.--Ese perro de Pantoja me ha engañado ya tres veces, y me engañará la cuarta si no le doy la morcilla. Yo lo paso todo, con tal que no me eche el pie adelante ese gorgojo repulsivo de Guillén. ¡Vamos, si le ascienden á él antes que á mí; si un _padre de familia_ cargado de hijos y que lleva todo el peso de la oficina, se ve pospuesto á ese aborto inútil que mata el tiempo pintando monos...! (Volviéndose á Villaamil en solicitud de su aquiescencia.) ¿Tengo razón ó no tengo razón? ¿Le parece á usted que después de tantos años en este empleo, todavía les parezca temprano para darme el ascenso, y en cambio se lo den á ese coco, mamarracho, mal hombre y peor amigo, que además no sabe poner una minuta?

--Cabalmente, cabalmente por eso, por ser una inutilidad--afirmó Villaamil con inmenso pesimismo,--tiene asegurada su carrera.

--Yo me sublevo--declaró con rabia _el caballero de Felipe IV_ dando una patada.--Si ascienden á ése antes que á mí, me voy al Ministro y le digo... vamos, le suelto una frescura. Esto es peor que insultarle á uno y escupirle la cara. Sí, porque tanto polaquismo requema la sangre, y le entran á uno ganas de echarse la moral á la espalda y casarse con Judas. Esa garrapata de Guillén, con sus chuscadas y sus versitos y sus porquerías, se ha hecho popular aquí. Le ríen las gracias estúpidas... Todos tenemos algo de culpa en darle alas, lo reconozco... Yo le aseguro á usted, amigo D. Ramón, que no volverá á enseñar delante de mí sus monigotes. Ya le diré yo cuántas son cinco, ya le diré...

Argüelles se detuvo, creyendo ver en el rostro de Villaamil señales de excitación; pero, contra lo que temía, el anciano escuchaba sereno, no mostrándose lastimado por el recuerdo de las groseras burlas.