Part 17
En medio de la sorpresa grata que tan expresivas razones le causaron, sintió mi hombre el disgusto de la ingerencia de Víctor en aquel negocio. Retiróse á su casa intranquilo; pues le hacía muy poca gracia ver mezcladas la persona y recomendaciones de Cadalso con las suyas. No participó doña Pura de estos recelos, y el sol de su regocijo brilló sin nubes. Cierto que les contrariaba tener que hacer el hatillo; pero no estaban en situación de escoger lo mejor, sino de apechugar con lo posible, dando gracias á Dios.
Desde aquel día, Villaamil frecuentaba la iglesia de un modo vergonzante. Al salir de casa, si las Comendadoras estaban abiertas, se colaba un rato allí, y oía misa si era hora de ello, y si no, se estaba un ratito de rodillas, tratando sin duda de armonizar su fatalismo con la idea cristiana. ¿Lo conseguiría? ¡Quién sabe! El cristianismo nos dice: _Pedid y se os dará_; nos manda que fiemos en Dios y esperemos de su mano el remedio de nuestros males; pero la experiencia de una larga vida de ansiedad sugería al buen Villaamil estas ideas: _No esperes y tendrás_; _desconfía del éxito para que el éxito llegue_. Allá se las compondría en su conciencia. Quizás abdicaba de su diabólica teoría, volviendo al dogma consolador; tal vez se entregaba con toda la efusión de su espíritu al Dios misericordioso, poniéndose en sus manos para que le diera lo que más le convenía, la muerte ó la vida, la credencial ó el eterno _cese_, el bienestar modesto ó la miseria horrible, la paz dichosa del servidor del Estado ó la desesperación famélica del pretendiente. Quizás anticipaba su acalorada gratitud para el primer caso ó su resignación para el segundo, y se proponía aguardar con ánimo estoico el divino fallo, renunciando á la previsión de los acontecimientos, resabio pecador del orgullo del hombre.
XXX
Una tarde, ya cerca de anochecido, al volver á su casa, vió á Monserrat abierto, y allá se entró. La iglesia estaba muy obscura. Casi á tientas pudo llegar á un banco de los de la nave central y se hincó juntó á él, mirando hacia el altar, alumbrado por una sola luz. Pisadas de algún devoto que entraba ó salía y silabeo tenue de rezos eran los únicos rumores que turbaban el silencio, en cuyo seno profundo arrojó el cesante su plegaria melancólica, mezcla absurda de piedad y burocracia... «Porque por más que revuelvo en mi conciencia no encuentro ningún pecado gordo que me haga merecer este cruel castigo... Yo he procurado siempre el bien del Estado, y he atendido á defender en todo caso la Administración contra sus defraudadores. Jamás hice ni consentí un chanchullo, jamás, Señor, jamás. Eso bien lo sabes tú, Señor... Ahí están mis libros cuando fuí tenedor de la Intervención... Ni un asiento mal hecho, ni una raspadura... ¿Por qué tanta injusticia en estos jeringados Gobiernos? Si es verdad que á todos nos das el pan de cada día, ¿por qué á mí me lo niegas? Y digo más: si el Estado debe favorecer á todos por igual, ¿por qué á mí me abandona?... ¡Á mí, que le he servido con tanta lealtad! Señor, que no me engañe ahora... Yo te prometo no dudar de tu misericordia como he dudado otras veces; yo te prometo no ser pesimista, y esperar, esperar en ti. Ahora, Padre Nuestro, tócale en el corazón á ese cansado Ministro, que es una buena persona: sólo que me le marean con tantas cartas y recomendaciones».
Transcurrido un rato se sentó, porque el estar de rodillas le fatigaba, y sus ojos, acostumbrándose á la penumbra, empezaron á distinguir vagamente los altares, las imágenes, los confesonarios y las personas, dos ó tres viejas que rezongaban acurrucadas en ruedos al pie de los confesonarios. No esperaba él el buen encuentro que tuvo á la media hora de estar allí. Deslizándose sobre el banco ó andando con las asentaderas sobre la tabla, se le apareció su nieto.
--Hijo, no te había visto. ¿Con quién vienes?
--Con tía Abelarda, que está en aquella capilla... Aquí la estaba esperando y me quedé dormido. No le vi entrar á usted.
--Pues aquí llegué hace un ratito--le dijo el abuelo, oprimiéndole contra sí.--¿Y tú, vienes aquí á dormir la siesta? No me gusta eso; te puedes enfriar y coger un catarro. Tienes las manos heladitas. Dámelas que te las caliente.
--Abuelo--le preguntó Luis cogiéndole la cara y ladeándosela,--¿estaba usted rezando para que le coloquen?
Tan turbado se encontraba el ánimo del cesante, que al oir á su nieto pasó de la risa al lloro en menos de un segundo. Pero Luis no advirtió que los ojos del anciano se humedecían, y suspiró con toda su alma al oir esta respuesta:
--Sí, hijo mío. Ya sabes tú que á Dios se le debe pedir todo lo que necesitamos.
--Pues yo--replicó el chicuelo saltando por donde menos se podía esperar--se lo estoy diciendo todos los días, y nada.
--¿Tú... pero tú también pides?... ¡Qué rico eres! El Señor nos da cuanto nos conviene. Pero os preciso que seamos buenos, porque si no, no hay caso.
Luis lanzó otro suspiro hondísimo que quería decir: «Esa es la dificultad, ¡contro!, que uno sea bueno». Después de una gran pausa, el chiquillo, manoseando otra vez la cara del abuelo para obligarle á mirar para él, murmuró:
--Abuelo, hoy me he sabido la lección.
--¿Sí? Eso me gusta.
--¿Y cuándo me ponen en latín? Yo quiero aprenderlo para cantar misa... Pero mire usted, lo que es esta iglesia no me hace feliz. ¿Sabe usted por qué? Hay en aquella capilla un Señor con pelos largos que me da mucho miedo. No entro allí aunque me maten. Cuando yo sea cura, lo que es allí no digo misa...
Don Ramón se echó á reir.
--Ya se te irá quitando el temor, y verás cómo también al Cristo melenudo le dices tus misitas.
--Y que ya estoy aprendiendo á echarlas. Murillo sabe todo el latinaje de la misa, y cuando se toca la campanilla y cuando se le levanta el faldón al cura.
--Mira--le dijo su abuelo sin enterarse,--ve y avisa á la tía que estoy aquí. No me habrá visto. Ya es hora de que nos vayamos á casa.
Fué Luis á llevar el recado, y el taconeo de sus pisadas resonó en el suelo de la iglesia como alegre nota en tan lúgubre silencio. Abelarda, sentada á la turca en el suelo, miró hacia atrás, después se levantó, y vino á situarse junto á su padre.
--¿Has acabado?--le preguntó éste.
--Aun me falta un poquito.--Y siguió silabeando, fijos los ojos en el altar.
Confiaba mucho Villaamil en las oraciones de su hija, que creía fuesen por él, y así le dijo:
--No te apresures; reza con calma y cuanto quieras, que hay tiempo todavía. ¿Verdad que el corazón parece que se descarga de un gran peso cuando le contamos nuestras penas al único que las puede consolar?
Esto brotó con espontaneidad nacida del fondo del alma. El sitio y la ocasión eran propicios al dulcísimo acto de abrir de par en par las puertas del espíritu y dar salida á todos los secretos. Abelarda se hallaba en estado psicológico semejante; pero sentía con más fuerza que su padre la necesidad de desahogo. No era dueña de callar en aquel instante, y á poco que se descuidara, le rebosarían de la boca confidencias que en otro lugar y momento por nada del mundo dejaría asomar á sus labios.
--¡Ay, papá!--se dejó decir.--Soy muy desgraciada... Usted no lo sabe bien.
Asombróse Villaamil de tal salida, porque para él no había en la familia más que una desgracia, la cesantía y angustiosa tardanza de la credencial.
--Es verdad--dijo soturnamente;--pero ahora... ahora debemos confiar... Dios no nos abandonará.
--Lo que es á mí--confirmó Abelarda,--bien abandonada me tiene... Es que le pasan á una cosas muy terribles. Dios hace á veces unos disparates...
--¿Qué dices, hija? (alarmadísimo). ¡Disparates Dios...!
--Quiero decir que á veces le infunde á una sentimientos que la hacen infeliz; porque, ¿á qué viene querer, si no van las cosas por buen camino?
Villaamil no comprendía. La miró por ver si la expresión del rostro aclaraba el enigma de la palabra. Pero la menguada luz no permitía al anciano descifrar el rostro de su hija. Y Luisito, en pie ante los dos, no entendía ni jota del diálogo.
--Pues si te he de decir verdad--añadió Villaamil buscando luz en aquella confusión,--no te entiendo. ¿Qué disgusto tienes? ¿Has reñido con Ponce? No lo creo. El pobre chico, anoche en el café, me habló tan natural de la prisa que le corre casarse. No quiere esperar á que se muera su tío, el cual, entre paréntesis, es hombre acabado.
--No es eso, no es eso--dijo la _Miau_ con el corazón en prensa.--Ponce no me ha dado rabieta ninguna.
--Pues entonces...
Callaron ambos, y á poco Abelarda miró á su padre. Le retozaba en el alma un sentimiento maligno, un ansia de mortificar al bondadoso viejo diciéndole algo muy desagradable. ¿Cómo se explica esto? Únicamente por el rechazo de la efusión de piedad en aquel turbado espíritu, que buscando en vano el bien, rebotaba en dirección del mal, y en él momentáneamente se complacía. Algo hubo en ella de ese estado cerebral (relacionado con desórdenes nerviosos, familiares al organismo femenil), que sugiere los actos de infanticidio; y en aquel caso, el misterioso flúido de ira descargó sobre el mísero padre á quien tanto amaba.
--¿No sabes una cosa?--le dijo.--Ya han colocado á Víctor. Hoy al mediodía... á poco de salir tú, llamaron á la puerta: era la credencial. Él estaba en casa. Le han dado el ascenso y le nombran... no sé qué en la Administración Económica de Madrid.
Villaamil se quedó atontadísimo, como si le hubieran descargado un fuerte golpe de maza en la cabeza. Le zumbaron los oídos... creyó delirar, se hizo repetir la noticia, y Abelarda la repitió con acento en que vibraba la saña del parricida.
--Un gran destino--añadió.--El está muy contento, y dijo que si á ti te dejan fuera, puede, por de pronto y para que no estés desocupado, darte un destinillo subalterno en su oficina.
Creyó por un momento el anciano sin ventura que la iglesia se le caía encima. Y en verdad, un peso enorme se le sentaba sobre el corazón no dejándole respirar. En el mismo instante, Abelarda, volviendo en sí de aquella perturbación cerebral que nublara su razón y sus sentimientos filiales, se arrepintió de la puñalada que acababa de asestar á su padre, y quiso ponerle bálsamo sin pérdida de tiempo.
--También á ti te colocarán pronto. Yo se lo he pedido á Dios.
--¡Á mí! ¡colocarme á mí! (con furor pesimista). Dios no protege más que á los pillos... ¿Crees que espero algo ni del Ministro ni de Dios? Todos son lo mismo... ¡Arriba y abajo farsa, favoritismo, polaquería! Ya ves lo que sacamos de tanta humillación y de tanto rezo. Aquí me tienes desairado siempre y sin que nadie me haga caso, mientras que ese pasmarote, embustero y trapisondista...
Se dió con la palma de la mano un golpe tan recio en el cráneo, que Luisito se asustó, mirando consternado á su abuelo. Entonces volvió á sentir Abelarda la malignidad parricida, uniéndola á un cierto instinto defensivo de la pasión que llenaba su alma. Los grandes errores de la vida, como los sentimientos hondos, aunque sean extraviados, tienden á conservarse y no quieren en modo alguno perecer. Abelarda salió á la defensa de sí misma defendiendo al otro.
--No, papá, malo no es (con mucho calor), malo no. ¡En qué error tan grande están usted y mamá! Todo consiste en que le juzgan de ligero, en que no le comprenden.
--¿Tú qué sabes, tonta?
--¿Pues no he de saberlo? Los demás no le comprenden, yo sí.
--¡Tú, hija...!--y al decirlo, una sospecha terrible cruzó por su mente, atontándole más de lo que estaba. Pronto se rehizo, diciéndose: «No puede ser; ¡qué absurdo!» Pero como notara la excitación de su hija, el extravío de su mirar, volvió á sentirse acometido de la cruel sospecha.
--¡Tú... dices que le comprendes tú!
Resistiéndose á penetrar el misterio, éste, al modo de negra sima, más profunda y temerosa cuanto más mirada, le atraía con vértigo insano. Comparó rápidamente ciertas actitudes de su hija, antes inexplicables, con lo que en aquel momento oía; ató cabos, recordó palabras, gestos, incidentes, y concluyó por declararse que estaba en presencia de un hecho muy grave. Tan grave era y tan contrario á sus sentimientos, que le daba terror cerciorarse de él. Más bien quería olvidarlo ó fingirse que era vana cavilación sin fundamento razonable.
--Vámonos--murmuró.--Es tarde, y yo tengo que hacer antes de ir á casa.
Abelarda se arrodilló para decir sus últimas oraciones, y el abuelo, cogiendo á Luisito de la mano, se dirigió lentamente hacia la puerta, sin hacer genuflexión alguna, sin mirar para el altar ni acordarse de que estaba en lugar sagrado. Pasaron junto á la capilla del Cristo melenudo, y como Cadalsito tirase del brazo de su abuelo para alejarle lo más posible de la efigie que tanto miedo le daba, Villaamil se incomodó y le dijo con cruel aspereza:
--Que te come... Tonto...
Salieron los tres, y en la esquina de la calle de Quiñones se encontraron á Pantoja, que detuvo á D. Ramón para hablarle del inaudito ascenso de Cadalso. Abelarda siguió hacia la casa. Al subir por la mal alumbrada escalera, sintió pasos descendentes. Era él... Su andar con ningún otro podía confundirse. Habría deseado esconderse para que no la viera, impulso de vergüenza y sobresalto que obedecía á misterioso presentimiento. El corazón le anunciaba algo inusitado, desarrollo y resultante natural de los hechos, y aquel encuentro la hacía temblar. Víctor la miró y se detuvo tres ó cuatro escalones más arriba del rellano en que la chica de Villaamil se paró, viéndole venir.
--¿Vuelves de la iglesia?--le dijo.--Yo no como hoy en casa. Estoy de convite.
--Bueno--replicó ella, y no se le ocurrió nada más ingenioso y oportuno.
De un salto bajó Víctor los cuatro escalones, y sin decir nada, cogió á la insignificante por el talle y la oprimió contra sí, apoyándose en la pared. Abelarda dejóse abrazar sin la menor resistencia, y cuando él la besó con fingida exaltación en la frente y mejillas, cerró los ojos, descansando su cabeza sobre el pecho del guapo monstruo, en actitud de quien saborea un descanso muy deseado, después de larga fatiga.
--Tenía que ser--dijo Víctor con la emoción que tan bien sabía simular.--No hemos hablado con claridad, y al fin nos entendemos. Vida mía, todo lo sacrifico por ti. ¿Estás dispuesta á hacer lo mismo por este desdichado?
Abelarda respondió que sí con voz que sólo fué un simple despegar de labios.
--¿Abandonarías casa, padres, todo, por seguirme?--dijo él en un rapto de infernal inspiración.
Volvió la sosa á responder afirmativamente, ya con voz más clara y con acentuado movimiento de cabeza.
--¿Por seguirme para no separarnos jamás?
--Te sigo como una tonta, sin reparar...
--¿Y pronto?
--Cuando quieras... Ahora mismo.
Víctor meditó un rato.
--Alma mía, todo puede hacerse sin escándalo. Separémonos ahora... Me parece que viene alguien. Es tu padre... Súbete. Hablaremos.
Al sentir los pasos de su padre, Abelarda despertó de aquel breve sueño. Subió azorada, trémula, sin mirar hacia atrás. Víctor siguió bajando lentamente, y al cruzarse con su suegro y el niño, ni les dijo nada, ni ellos le hablaron tampoco. Cuando Villaamil llegaba al segundo, ya la joven había llamado presurosa, deseando entrar antes de que su padre pudiera sorprender la turbación de criminal que desencajaba su rostro.
XXXI
Toda aquella noche estuvo la insignificante en un estado próximo á la demencia, dividido su espíritu entre la alegría loca y una tristeza sepulcral. Á ratos sentíase acometida de punzante suspicacia. Había entregado su voluntad sin condiciones, sin exigir en cambio la rendición del albedrío del otro y el término de aquellos amores con mujer desconocida, amores de compromiso sin duda, difíciles de romper. ¿Los rompía y liquidaba todas sus atrasadas cuentas de amor? Así tenía que ser. Y francamente, no estaba de más haberlo dicho. ¡Pero si no había habido tiempo para nada, ni pudieron darse y pedirse las explicaciones propias del caso!... Fué como un relámpago aquel trueque y abandono mutuo de ambas voluntades. Convenía, pues, en la primera coyuntura, despejar la situación, alejando todo temor de duplicidad, y poner para siempre á un lado á la señora aquella de las cartas. Hecho esto, Abelarda se entregaría sin ningún trámite al hombre que le había absorbido el alma; renunciaba á toda libertad, era suya, de él, en la forma y condiciones que él quisiese, con escándalo ó sin escándalo, con honra ó sin honra.
Mientras comían, Villaamil observaba á su hija, poniendo en su rostro los rasgos más enérgicos de aquella ferocidad tigresca que le caracterizaba. Comía sin apetito, y creeríase que devoraba una pieza palpitante y medio viva, que gemía y temblaba con dolores horribles, clavada en su tenedor. Doña Pura y Milagros no osaron hablarle de la colocación de Víctor. Ambas estaban mohínas, lúgubres y con cara de responso, y la misma Abelarda concluyó por formar parte de aquel silencioso coro de sepulcrales figuras. Aquella noche no había Real. El cesante se metió en su despacho, y las tres _Miaus_ fueron á la sala, donde se reunieron el ínclito Ponce y las de Cuevas. Abelarda tuvo momentos de febril locuacidad, y otros de meditación taciturna.
Á las doce se acabó la tertulia, y á dormir... La casa en silencio, Abelarda en vela, esperando á Víctor para decirse lo que por decir estaba, y vaciar de lleno alma en alma, cambiando los vasos su contenido. Pero dió la una, la una y media, y el galán no parecía. Entre dos y tres, la infeliz muchacha se hallaba en estado febril, que encendía en su mente los más peregrinos disparates. Le habían matado... También podía ser que el abrazo, el besuqueo y la declaración de la escalera fueran una burla infame... Esta idea la rechazaba por ser demasiado absurda y no caber, según ella, dentro de los moldes de la humana maldad. Luego pensaba (y eran ya las tres y media) que la elegantona de las cartas coronadas, al enterarse aquella misma noche de que el amante se le iba, ó al oir de su propio labio tristes acentos de ruptura, tramaba contra él horrible venganza, le convidaba á cenar y le envenenaba, echándole en una copa de Jerez el veneno de los Borgias. Con las extrañas cavilaciones mezclaba la sosa mil lances que había visto en las óperas, las conjuraciones que arma la mezzo-soprano contra el tenor, porque éste la desprecia por la tiple; las perrerías del barítono para deshacerse de su aborrecido rival, la constancia sublime del tenor (y eran ya las cuatro), que sucumbiendo á las combinadas artimañas del bajo y la contralto, revienta en brazos de la tiple, y concluyen ambos diciéndose que se amarán en el otro mundo.
Las cinco, y Víctor sin parecer. El cerebro de Abelarda era un volcán, que desfogaba por los ojos en destellos de calentura, por los labios en monosílabos de despecho, de amor, de cólera. Sólo dos veces, en la temporada aquélla, había pasado el _hombre superior_ toda la noche fuera de casa; y la primera vez que esto sucediera, entró á eso de las diez de la mañana en un desorden lamentable, denunciando con su actitud, con sus palabras y hasta con su ropa, los excesos de una noche de festín entre personas de vida poco regular. ¡Si sucedería lo mismo aquella segunda vez!... Pero no; algo había ocurrido. Entre el tiernísimo paso de la escalera y aquella ausencia inexplicable, había un enigma, algo misterioso, quizás una desgracia ó una monstruosidad que la pobre muchacha, en la ofuscación de su inteligencia, no acertaba á comprender. Las seis, y nada. Rompió á llorar, y tan pronto reclinaba su cabeza sobre la almohada, como se sentaba en un baúl ó iba de una parte á otra de la habitación, cual pájaro saltando en su jaula de palito en palito.
Llegó el día, y nada. El primero á quien Abelarda sintió levantarse fué su padre, que pasó camino de la cocina y después del despacho. Las ocho. Doña Pura no tardaría en abandonar las ociosas plumas. Como ya, aunque Víctor entrase, no era posible hablar á solas con él, la dolorida se acostó, no para dormir ni descansar, sino para que su madre no cayese en la cuenta de la noche toledana. Más de las nueve eran ya cuando entró el trasnochador con muy mal cariz. Doña Pura le abrió la puerta sin decirle una sola palabra. Metióse en su cuarto, y Abelarda, que salía del suyo, le sintió revolviéndose en el estrecho recinto, donde apenas cabían la cama, una silla y el baúl. «Si vas á la iglesia--díjole Pura, sacando unos cuartos del portamonedas,--te traes cuatro huevos... Que te acompañe Luis. Yo no salgo. Me duele la cabeza. Tu padre está disgustadísimo, y con razón. ¡Mira que colocar á este perdulario y dejarle á él en la calle, á él, tan honrado y que sabe más de Administración que todo el Ministerio junto! ¡Qué Gobiernos, Señor, qué Gobiernos! ¡Y se espantan luego de que haya revolución! Te traes cuatro huevos. ¡No sé cómo saldremos del día!... ¡Ah! tráete también el cordón negro para mi vestido y los corchetes».
Abelarda fué á la iglesia, y al volver con los encargos de su madre, halló á ésta, su tía y Víctor en el comedor, enzarzados en furiosa disputa. La voz de Cadalso sobresalía, diciendo:
--Pero, señoras mías, ¿yo qué culpa tengo de que me hayan colocado á mí antes que á papá? ¿Es esto razón bastante para que todos en esta casa me pongan cara de cuerno? Pues ganas me dan, como hay Dios, de tirar la credencial á la calle. Antes que nada, la paz de la familia. Yo desviviéndome porque me quieran, yo tratando de hacer olvidar los disgustos que les he causado, y ahora, ¡válgame Dios!, porque al Ministro se le antoja colocarme, ya falta poco para que mi suegra y la hermana de mi suegra me saquen los ojos! Bueno, señoras; arañen, peguen todo lo que gusten; yo no he de quejarme. Mientras más perrerías me digan, más he de quererles yo á todos.
--¡Como si no supiéramos--objetó doña Pura hecha un áspid--que tú tienes vara alta en el Ministerio, y que si hubieras querido, ya Ramón tendría plaza...!
--¡Por Dios, mamá, por Dios!--replicó Víctor revelando verdadera consternación.--Eso es del género inocente... No puedo creer que usted lo diga con formalidad. ¡Que yo...! vamos; ¡tengo entre la familia una reputacioncita...! ¿Y si yo jurase que he gestionado por papá más que por mí? ¿Si yo lo jurase? Claro, no me creerían. Pero, créanlo ó no, lo digo y lo sostengo.
Abelarda no intervino en la reyerta, pero mentalmente se ponía de parte de su hermano político. En esto entró Villaamil, y Víctor se fué resueltamente á él: «Usted que es un hombre razonable, dígame si cree, como estas señoras, que yo he gestionado ó trabajado ó intrigado porque me colocaran á mí y á usted no. Porque aquí me están calentando las orejas con esa historia, y francamente, me aflige oirme tratar como un Judas sin conciencia. (Con noble acento.) Yo, Sr. D. Ramón, me he portado lealmente. Si he tenido la desgracia de ir por delante de otros, no es culpa mía. ¿Sabe usted lo que yo haría ahora?... y que me muera si no digo verdad. Pues cederle á usted mi plaza.»
--Si nadie habla del asunto--replicó Villaamil con serenidad, que obtenía violentándose cruelmente.--¡Colocarme á mí! ¿Crees que alguien piensa en tal cosa? Ha pasado lo natural y lógico. Tú tienes allá... no sé dónde... buenos padrinos ó madrinas... Yo no tengo á nadie... Que te aproveche.
Cerró la puerta de su despacho, dejando en el pasillo á Víctor, algo confuso y con una respuesta entre labio y labio, que no se atrevió á soltar. Aun quiso engatusar á doña Pura en el comedor, tratando de rendir su ánimo con expresiones servilmente cariñosas. «¡Qué desgracia tan grande, Dios mío, no ser comprendido! Me consumo por esta familia, me sacrifico por ella, hago mías sus desgracias y suyos mis escasos posibles, y como si nada. Soy y seré siempre aquí un huésped molesto y un pariente maldito. Paciencia, paciencia».