Miau

Part 15

Chapter 153,943 wordsPublic domain

--¿Qué broma? ¡Sí, para bromitas está el tiempo! Así saltara esta noche el cantón de Madrid y la _Commune_ inclusive, y tocaran á pegar fuego... Les digo á ustedes que el amigo Job era un niño mimado y se quejaba de vicio... Que venga el santo petróleo, que venga. Más de lo que nos han quitado no nos han de quitar... Peor que esta gente no lo han de hacer.

--¿Sabe usted la que corre hoy? Que van á ceder las Islas Baleares á Alemania... Y que quieren arrendar las Aduanas á no sé qué empresa belga, recibiendo el primer plazo en unos puentes viejos para ferrocarriles.

--Como si lo viera, hombre, como si lo viera... Todo lo que sea un disparate tiene aquí su fundamento. Francamente, el D. Antonio tendrá mucho pesquis, pero no se le conoce... Digo, cualquiera que estuviese en su puesto, me parece á mí que lo había de hacer mejor.

--¡Pues claro!--dijo el _caballero de Felipe IV_ atusándose el bigotillo embetunado.--Y si no, figúrese usted que los que estamos aquí formamos un Ministerio. Villaamil, Presidencia; Espinosa, por la buena lámina, iría á Estado á poner varas á las diplomáticas.

--Y que las hay de _buten_. Á Guillén le encajamos en Guerra.

--¡Madre de Dios! ¡Un cojo en Guerra! Mejor es en Marina.

--Sí, para que reme con las muletas.

--Ó por lo que tiene de tortuga--dijo Argüelles, que no perdonaba ocasión de tirar una china al cojo.--Y para mí, venga la carterita de Gobernación.

--Clavado. Para que pueda colocar de temporeros á su cáfila de hijos, los de teta inclusive.

--Y para que expida una Real orden mandando que se toque la trompa en todos los entierros. ¿Y Hacienda, señores?

--Hacienda, Villaamil, con la Presidencia.

--¿Y qué le damos al _insine_ Pantoja?

--Hacienda, Ventura, ¿qué duda tiene?--apuntó Villaamil, que no tomaba aquello en serio, pero dejaba correr la broma para prestar un poco de esparcimiento á su angustiado espíritu.

--Sí, ¡buena se iba á armar!... ¿Y el _income tax_?

--Lo que es eso...--observó Villaamil sonriendo triste y descorazonado--no me lo pasaba.

--No; fuera Pantoja, que es capaz de imponer una contribución sobre las pulgas que lleva cada _quisque_. Viva el _income tax_, dogma del nuevo Gabinete, y la unificación de la Deuda.

--Eso... (con seriedad, bostezando) es fácil que me lo admitiera Ventura... Vaya, caballeros (como quien vuelve en sí, levantándose con ademán diligente), ustedes tienen que hacer, y yo _ídem_. Á trabajar se ha dicho.

Y pasó á Propiedades (el mismo piso á la derecha), donde era segundo Jefe D. Francisco Cucúrbitas, y de allí bajó para caer como una bomba en el Personal, donde tenía varios conocidos, entre ellos un tal Sevillano, que á veces le informaba de las vacantes efectivas ó presuntas. Después bajaba á Tesorería, dando una vuelta por el Giro Mutuo, previo el consabido palique de los porteros al entrar en cada oficina. En algunas partes le recibían con cordialidad un tanto helada; en otras, la constancia de sus visitas empezaba á ser molesta. No sabían ya qué decirle para darle esperanzas, y los que le habían aconsejado que machacase sin tregua, se arrepentían ya, viendo que sobre ellos se ponía en práctica el socorrido consejo. En el Personal era donde Villaamil se mostraba más tenaz y jaquecoso. El Jefe de aquel departamento, sobrino de Pez y sujeto de mucha escama, le conocía, aunque no lo bastante para apreciar y distinguir las excelentes prendas del hombre, bajo las importunidades del pretendiente. Así, cuando las visitas arreciaron, el Jefe no ocultaba su desabrimiento ni sus pocas ganas de conversación. Villaamil era delicado, y sufría lo indecible con tales desaires; pero la imperiosa necesidad le obligaba á sacar fuerzas de flaqueza y á forrar de vaqueta su cara. Con todo, á veces se retiraba consternado, diciendo para su capote: «¡No puedo, Señor, no puedo! El papel de mendigo porfiado no es para mí». Y la consecuencia de este abatimiento era no parecer unos días por el Personal. Luego volvía la ley tiránica de la necesidad á imponerse brutalmente; el amor propio se sublevaba contra el olvido, y á la manera del lobo en ayunas, que sin reparar en el peligro de muerte se echa al campo y se aproxima impávido al caserío en busca de una res ó de un hombre, así D. Ramón se lanzaba otra vez, hambriento de justicia, á la oficina del Personal, arrostrando desaires, malas caras y peores respuestas. Quien mejor le recibía y más le alentaba, ofreciéndole cordialmente su ayuda, era D. Basilio Andrés de la Caña (Impuestos). Terminada la excursión, Villaamil volvía á su rasa rendido de cuerpo y espíritu. Su mujer le interrogaba con arte; pero él, firme en su dignidad estudiada, sostenía no haber ido al Ministerio más que á fumar un cigarro con los amigos: que no esperando nada, no formulaba pretensiones, y que la familia no debía edificar castillos en el aire, sino irse preparando para un viaje de recreo á San Bernardino. Replicaba á esto Pura que si él no hacía por colocarse, entraría ella á funcionar, apelando á la intercesión de la señora de Pez, Carolina de Lantigua, pues hasta los gatos saben que donde acaba la eficacia de las recomendaciones políticas, empieza la de las _faldas_.

--¡Ah! No es esa _faldamenta_ la que hace y deshace la fortuna--respondía Villaamil con profundo escepticismo, hijo de su conocimiento del mundo burocrático.--Carolina Pez es una señora honrada, es decir, para el caso, la carabina de Ambrosio. Además... hazte cargo: los _Peces_ no privan ahora; se defienden, y nada más. Ya hay quien habla de dejarles en seco. Figúrate una gente que ha mamado en todas las ubres y que ha sabido empalmar la Gloriosa con Alfonsito... Pues el turrón que ellos comen es el que corresponde á tantos leales como estamos mirando á la luna. Ya principia á levantarse un runrún contra ellos. Y digo más: la Administración necesita de servidores fieles, identificados, fíjate bien, identificados con la política monárquica; es preciso que no se vinculen los destinos; es menester que hay a turno. Si no, ¿adónde vamos á parar? Y ahí tienes al Jefe del Personal, sobrino de Pez, vendiendo protección á los que, por no servir á la jeringada República, sacrificaron sus destinos. Esto es escandaloso y no se ha visto nunca. De esta manera no se puede evitar que haya trifulcas, y que á España se la lleve Pateta. ¿Conque te vas enterando? Por el lado de Pez, ya se trate de Peces con faldas ó con pantalones, no esperes tanto así. Por supuesto (volviendo á su tema, del cual se había olvidado en el calor del discurso), con Peces y sin Peces, para mí no habrá nada. La Caña es el único que se interesa ahora por mí. Algo haría si pudiera. Pero tengo enemigos ocultos, que en la sombra trabajan por hundirme. Alguien me ha jurado guerra á muerte. Quién podrá ser, no lo sé; pero el traidor existe, no lo dudes.

Por aquellos días, que eran ya primeros de Marzo, volvió la infortunada familia á notar los pródromos de la _sindineritis_. Hubo una semana de horrible penuria, mal disimulada ante los íntimos, sobrellevada por Villaamil con estoica entereza y por doña Pura con aquella ecuanimidad valerosa que la salvaba de la desesperación. Pero el remedio vino inopinadamente y por el mismo conducto que en otra ocasión no menos aflictiva. Víctor volvió a estar boyante. Su suegra fué sorprendida cuando menos lo pensaba por nuevos ofrecimientos de metálico, que no vaciló en aceptar, sin meterse en la filosofía de inquirir la procedencia. Ni creyó discreto contarle á su marido que había visto la cartera de Víctor reventando de billetes. ¡Como que se le habían encandilado los ojos! Embolsó los cuartos recibidos y las consideraciones que el caso le sugería. Si aun no le habían colocado, ¿de dónde sacaba tanto dinero? Y aunque le hubieran colocado... Por fuerza había mano oculta... En fin, ¿á qué escarbar en el temido enigma? No gustaba ella de averiguar vidas ajenas.

Víctor andaba otra vez muy fachendoso. Se había encargado más ropa, tenía butaca una y otra noche en diferentes teatros, y en el mismo Real; hacía frecuentes regalitos á toda la familia, y su esplendidez llegó hasta convidar á las tres _Miaus_ á la ópera, á butaca nada menos.

Lo que produjo en Villaamil verdadera indignación, pues era un escarnio de su pobreza y un insulto á la moral pública. Pura y su hermana se rieron del ofrecimiento, pues aunque rabiaban por ir, carecían de los perendengues necesarios á semejante exhibición. Abelarda se negó resueltamente. Armóse gran disputa sobre esto, y la mamá sugirió algunas ideas para obviar las grandes dificultades con que el pensamiento de su yerno tropezaba en la práctica. Véase lo que discurrió el cacumen arbitrista de la _figura de Fra Angélico_. Sus amigas y vecinas las de Cuevas se ayudaban, como se ha dicho antes, con la confección de sombreros. En cierta ocasión que las _Miaus_ pescaron tres butacas de periódico para el Español, Abelarda, doña Pura y Bibiana Cuevas se encasquetaron los mejores modelos que aquellas amigas tenían en su taller, después de arreglarlos cada cual á su gusto. ¿Por qué no hacer lo mismo en la ocasión que se discutía? Bibiana no se había de oponer. Y por cierto que tenía en aquel entonces tres ó cuatro _prendas_, una de la marquesa A, otra de la condesa B, á cual más bonitas y elegantes. Se las disfrazaba, pues para eso había en el taller cantidad de alfileres, hebillas, cintas y plumas, y aunque sus dueñas estuvieran en el teatro, no habían de conocer las mascaritas. En cuanto á los vestidos, ellas lo arreglarían, con ayuda de las amigas, procurándose además algún abrigo, traído de la tienda para probarlo, y como Víctor se había brindado á regalarles también los guantes, no era un arco de iglesia el ir á butacas, ¡Cuántos no irían disimulando con menos gracia la _tronitis_!

XXVII

Abelarda se resistió á esta trapisonda, asegurando que ni en pedazos la llevarían á butacas de aquella manera, y así quedó la cuestión. Todo se redujo á ir á delantera de paraíso una noche que dieron _La Africana_, y al punto de sentarse las tres cundió por la concurrencia de aquellas alturas el comentario propio de tan desusado acontecimiento. «¡Las _Miaus_ en delantera!» En diez años no se había visto un caso igual. La vasta gradería del centro y las laterales estaban llenas de bote en bote. Las _Miaus_ eran conocidas de todo aquel público como puntos fijos del paraíso, siempre en la última fila lateral de la derecha junto á la salida. La noche que faltaban notábase un vacío, como si desaparecieran los frescos de la techumbre. No eran ellas las únicas _abonadas á paraíso_, pues innumerables personas y aun familias se eternizan en aquellos bancos, sucediéndose de generación en generación. Estos beneméritos y tenaces _dilettanti_ constituyen la masa del entendido público que otorga y niega el éxito musical, y es archivo crítico de las óperas cantadas desde hace treinta años y de los artistas que en las gloriosas tablas se suceden. Hay allí círculos, grupos, peñas y tertulias más ó menos íntimas; allí se traban y conciertan relaciones; de allí han salido infinitas bodas, y los tortoleos y los telégrafos tienen, entre romanza y dúo, atmósfera y ocasión muy propicias. Desde su delantera, las _Miaus_ saludaron con sonrisas á los amigos que en la banda de la derecha y en el centro tenían, y de una y otra parte las saetaron con miradas y frasecitas del tenor siguiente: «Mira qué sílfide está doña Pura. Se ha traído toda la caja de polvos». «Pues ¿y la hermana con su cinta de terciopelo al cuello? Si las tres traen cinta negra, no les faltará el cascabelito para estar en carácter». «Mira, mira con los gemelos á la _Miau_ chica; tiene que ver. Aquel traje café y leche es el que llevaba el año pasado la mamá. Le ha puesto unas cintas coloradas, que parecen de caja de cigarros». «Sí, sí, son de mazos de cigarros». «Pues la otra, la cantante averiada, trae el vestido que debió de sacar en el Liceo Jover cuando hizo la parte de Adalgisa». «Sí, mira, mira; es una túnica romana con grecas y todo. ¡Qué clásica está!»

--Diga usted, Guillén--murmuraban en otro círculo, donde hacía el gasto el maldecido cojo.

--¿Han colocado á ese pobre _Miau_, el padre de sus amigas de usted? Porque ese lujo asiático de delantera significa que _han subido los nuestros_.

--Como no le coloquen en Leganés... Viven ahora del _sable_. El buen señor da unas estocadas... de maestro.

Abelarda, más que en la ópera, que había visto cien veces, fijó su atención en la concurrencia, recorriendo con ansiosa mirada palcos y butacas, reparando en todas las señoras que entraban por la calle del centro con lujosos abrigos, arrastrando la cola é introduciéndose después con todo aquel falderío por las filas ya ocupadas. Poco á poco se iba poblando el patio. Los palcos no aparecían poblados hasta el fin del primer acto, cuando Vasco, incomodado con aquellos fantasmones del Consejo tan retrógrados, les canta cuatro frescas. En el palco regio apareció la reina Mercedes, detrás D. Alfonso. Las señoras inevitables, conocidas del público, aparecieron en el segundo acto, conservando el abrigo hasta el tercero, y aplaudían maquinalmente siempre que había por qué. Las _Miaus_, conocedoras de toda la sociedad elegante, _abonada_ también, la comentaba como ellas fueron comentadas al ocupar sus asientos. Viéndola una y otra noche, habían llegado á tomarse tanta confianza, que se creería que trataban íntimamente á damas y caballeros. «Ahí está ya la Duquesa. Pero Rosario no ha venido todavía... María Buschental no puede tardar. Ya empiezan á llegar al _tranvía_ sus amigos... Mira, mira, ahora viene María Heredia... ¡Pero qué pálida está Mercedes; pero qué pálida!... Ahí tienes á D. Antonio en el palco de los Ministros, y á ese Cos-Gayón... así le fusilaran».

Después de mucho rebuscar, descubrió la insignificante á su cuñadito en la segunda fila de butacas. Estaba de frac, tan elegante como el primero. ¡Qué cosas hay en la vida! ¿Quién había de decir que aquel hombre parecido á un duque, aquel apuesto joven que charlaba desenfadadamente con su vecino de butaca, el Ministro de Italia, era un empleado obscuro y cesante, alojado en la casa de la pobreza, en cuartucho humilde, guardando su ropa en un baúl! «¿No es aquél Víctor?--dijo Pura, echándole los gemelos.--¡Buen charol se está dando!... ¡Si le conocieran!... ¡Parece un potentado! ¡Cuánto hay de esto en Madrid! Yo no sé cómo se las compone. Él buena ropa, él butacas en todos los teatros, él cigarros magníficos. Mira, mira con qué desparpajo habla. ¡Pobre señor, qué papas le estará encajando! Y esos extranjeros son tan inocentes, que todo se lo creerá».

Abelarda no le quitaba los ojos, y cuando le veía mirar para algún palco, seguía la dirección de sus miradas, creyendo que ellas venderían el amoroso secreto. «¿Cuál de éstas que aquí están será?--pensaba la insignificante.--Porque alguna de éstas tiene que ser. ¿Será aquella vestida de blanco? ¡Ah! Puede. Parece que le mira. Pero no; él mira á otro lado. ¿Será alguna cantante? ¡Quiá!, no, cantante no. Es de éstas, de estas elegantonas de los palcos, y yo la he de descubrir». Fijábase en alguna, sin saber por qué, por mera indicación de su avizor instinto; pero luego, desechando la hipótesis, se fijaba en otra, y en otra, y en otra más, concluyendo por asegurar que no era ninguna de las presentes. Víctor no manifestaba preferencias en sus ojeadas á butacas y palcos. Podría ser que hubieran concertado no mirarse de una manera descarada y delatora. También echó el joven una visual hacia la delantera de paraíso, é hizo un saludito á la familia. Doña Pura estuvo un cuarto de hora dando cabezadas, en respuesta á la salutación que del noble fondo del teatro subía hasta las pobres _Miaus_.

En los entreactos, algunos amigos, _abonados_ como ellas á paraíso limpio, se acercaron á saludarlas, abriéndose paso por entre la apretada muchedumbre. Federico Ruiz era uno de ellos, y él y todos querían oir la opinión crítica de Milagros sobre la soprano que se estrenaba aquella noche en el papel de Selika. Cuando ésta espichó bajo el manzanillo, retiráronse las _Miaus_, que nunca perdonaban nota, y no se marchaban sino después de la última llamada á la escena. Durante el penoso descenso por las anchas escaleras invadidas del público, se les aproximaron varios íntimos, entre ellos el cojo Guillén, y algunas amigas de las que tan acerbamente pusieron en solfa su aparición en delantera.

Al regresar á su casa, encontraron á Villaamil en vela; Víctor no había entrado aún ni lo hizo hasta muy tarde, cuando todos dormían menos Abelarda, que sintió el ruido del llavín, y echándose de la cama y mirando por un resquicio de la puerta, le vió entrar en el comedor y meterse en su alcoba, después de beber un vaso de agua. Venía de buen humor, tarareando, el cuello del gabán alzado, pañuelo de seda al cuello, anudado con negligencia, y la felpa del sombrero ajadísima y con chafaduras. Era la viva imagen del perfecto perdis de buen tono.

Al día siguiente molestó bastante á la familia solicitando pequeños servicios de aguja, ya pegadura de botón, ya un delicado zurcido, ó bien algo referente á las camisas. Pero Abelarda supo atender á todo con gran diligencia. Á la hora de almorzar, entró doña Pura diciendo que se había muerto el chico de la casa de préstamos, noticia que confirmó Luis con más acento de novelería que de pena, condición propia de la dichosa edad sin entrañas. Villaamil entonó al difuntito la oración fúnebre de gloria, declarando que es una dicha morirse en la infancia para librarse de los sufrimientos de esta perra vida. Los dignos de compasión son los padres, que se quedan aquí pasando la tremenda crujía, mientras el niño vuela al cielo á formar en el glorioso batallón de los ángeles. Todos apoyaron estas ideas, menos Víctor, que las acogía con sonrisa burlona, y cuando su suegro se retiró y Milagros se fué á su cocina y doña Pura empezó á entrar y salir, encaróse con Abelarda, que continuaba de sobremesa, y le dijo:

--¡Felices los que creen! No sé qué daría por ser como tú, que te vas á la iglesia y te estás allí horas y horas, ilusionada con el aparato escénico que encubre la mentira eterna. La religión, entiendo yo, es el ropaje magnífico con que visten la nada para que no nos horrorice... ¿No crees tú lo mismo?

--¿Cómo he de creer eso?--clamó Abelarda, ofendida de la tenacidad artera con que el otro hería sus sentimientos religiosos siempre que encontraba coyuntura favorable.--Si lo creyera no iría á la iglesia, ó sería una farsante hipócrita. Á mí no tienes que salirme por ese registro. Si no crees, buen provecho te haga.

--Es que yo no me alegro de ser incrédulo, fíjate bien; yo lo deploro, y me harías un favor si me convencieras de que estoy equivocado.

--¿Yo? No soy catedrática ni predicadora. El creer nace de dentro. ¿Á ti no se te pasa por la cabeza alguna vez que puede haber Dios?

--Antes sí; hace mucho tiempo que semejante idea voló.

--Pues entonces... ¿qué quieres que yo te diga? (Tomándolo en serio.) ¿Y piensas tú que cuando nos morimos no nos piden cuenta de nuestras acciones?

--¿Y quién nos la va á pedir? ¿Los gusanitos? Cuando llega la de _vámonos_, nos recibe en sus brazos la señora _Materia_, persona muy decente, pero que no tiene cara, ni pensamiento, ni intención, ni conciencia, ni nada. En ella desaparecemos, en ella nos diluímos totalmente. Yo no admito términos medios. Si creyese lo que tú crees, es decir, que existe allá por los aires, no sé dónde, un Magistrado de barba blanca que perdona ó condena y extiende pasaportes para la Gloria ó el Infierno, me metería en un convento y me pasaría todo el resto de mi vida rezando.

--Y es lo mejor que podías hacer, tonto. (Quitándole la servilleta á Luis, que tenía fijos en su padre los atónitos ojuelos.)

--¿Por qué no lo haces tú?

--¿Y qué sabes si lo haré hoy ó mañana? Estáte con cuidado. Dios te va á castigar por no creer en él; te va á sentar la mano, y una mano muy dura; verás.

En este momento, Luisito, muy incomodado con los dicharachos de su padre, no se pudo contener, y con infantil determinación agarró un pedazo de pan y se lo arrojó á la cara al autor de sus días, gritando: «¡Bruto!»

Todos se echaron á reir de aquella salida, y doña Pura dió muchos besos á su nieto, azuzándole de este modo: «Dale, hijo, dale, que es un pillo. Dice que no cree para hacernos rabiar. ¿Pero veis qué chico? Si vale más que pesa. Si sabe más que cien doctores. ¿Verdad que mi niño va á ser eclesiástico, para subir al púlpito y echar sus sermoncitos y decir sus misitas? Entonces estaremos todos hechos unos carcamales, y el día que Luisín cante misa, nos pondremos allí de rodillas para que el cleriguito nuevo nos eche la bendición. Y el que estará más humilde y cayéndosele la baba será este zángano, ¿verdad? Y tú le dirás: «Papá, ya ves como al fin has llegado á creer».

--¡Qué guapo es este hijo y qué talento tiene!--dijo Víctor, levantándose gozoso y besando al pequeño, que escondía la cara para rehuir el halago.--¡Si le quiero yo más!... Te voy á comprar un velocípedo para que pasees en la plazuela de enfrente. Verás qué envidia te van á tener tus compañeros.

La promesa del velocípedo trastornó por un momento las ideas del pequeño, quien calculó con rudo egoísmo que sus deseos de ser cura y de servir á Dios y aun de llegar á santo no estaban reñidos con tener un velocípedo precioso, montarse en él y pasárselo por los hocicos á sus compañeros, muertos de dentera.

XXVIII

Á la mañana siguiente, Villaamil celebró con su mujer, cuando ésta volvió de la compra, una conferencia interesante. Estaba él en su despacho escribiendo cartas, y al sentir entrar á su costilla, siseó con misterio, y encerrándose con ella, le dijo: «De esto, ni una palabra á Víctor, que es muy perro y me puede parar el golpe. Aunque yo nada espero, he dado ayer algunos pasos. Me apoya un diputado de mucho empuje... Hablamos anoche largamente. Te diré, para que lo sepas todo, que me presentó á él mi amigo La Caña. Le relaté mis antecedentes, y se admiró de que me tuvieran cesante. Así como quien no quiere la cosa, le expuse mis ideas sobre Hacienda, y mira tú qué casualidad: son las mismas que tiene él. Piensa igualito que yo. Que deben ensayarse nuevas maneras de tributación, tirando á simplificar, apoyándose en la buena fe del contribuyente y tendiendo á la baratura de la cobranza. Pues prometió apoyarme á rajatabla. Es hombre que vale mucho y parece que no le niegan nada.

--¿Es de oposición?

--No; ministerialísimo, pero disidente, ahí está el chiste, y cada día le da una desazón al Gobierno. Vale, vale. Y es de estos que no se ocupan más que del bien del país. Cuando se levanta á hablar, el banco azul tiembla. Como que les prueba, _ce_ por _be_, que el país corre á la perdición si siguen las cosas como van, y que la agricultura está arruinada, la industria muerta y la nación toda en la más espantosa miseria. Esto salta á los ojos. Pues el Gobierno, que ve en él su acusador, le tiene un miedo, hija, un canguelo tal, que cosa que él pida es otorgada. Saca las credenciales á espuertas... Bueno; hemos quedado en que yo le avisaría si se hace hoy una vacante que me indicaron Sevillano y Pantoja. Voy al Ministerio en cuanto almuerce, me entero de si hay ó no la vacante, y como la haya, le escribo á su casa ó al Congreso, según la hora. Me ha dado palabra de hablar esta tarde al Ministro, el cual le está agradecidísimo, por haber renunciado á explanar una interpelación sobre cierta contrata en que hay sapos y culebras. Ya se ve, el Ministro le daría hoy el arpa de David si se la pidiera. ¿Te vas enterando?

--Sí, hombre, sí (radiante de satisfacción); y me parece que lo que es ahora, no hay quien nos quite el bollo.