Miau

Part 11

Chapter 113,904 wordsPublic domain

--Perdóname, hija; se me escapó aquella idea, que yo quería esconder a todos... Espontaneidades que uno tiene cuando menos piensa, y que el más ducho en disimular no puede contener á veces. Yo no quería hablar de esto; pero no sé qué me entró. ¡Me dió tal envidia de veros como dos tórtolos!... ¡me asusté tanto de la soledad en que me encontraba, nada más que por llegar tarde, sí, por llegar tarde!... Dispénsame, no te diré una palabra más. Sé que este capítulo te aburre y te molesta. Seré discreto.

Abelarda no podía reprimirse. Levantóse, sintiendo pavor, deseo de huir y de esconderse, para ocultar algo que impetuosamente al demudado rostro le salía.

--Víctor--exclamó descompuesta y temblando,--ó eres el hombre más malo que hay en el mundo, ó no sé lo que eres.

Corrió á su habitación y rompió á llorar, desplomándose de cara sobre las almohadas de su lecho. Víctor se quedó en el comedor, y Luis, que en su inocencia comprendía que pasaba algo extraño, no se atrevió durante un rato á molestar á papá con aquel teje-maneje de los sellos. El padre fué quien afectó entonces interesarse en el juego inteligente, y se puso á explicar á su hijo los símbolos de nacionalidades que éste no comprendía: «Este rey barbudo es Bélgica, y esta cruz la República helvética, es decir, Suiza».

Doña Pura entró de la calle, y como no viese á su hija en el comedor ni en la cocina, buscóla en el dormitorio. Abelarda salía ya, con los ojos muy colorados, sin dar á su madre explicación satisfactoria de aquellos signos de dolor. Víctor, interrogado por doña Pura sobre el particular, lo dijo con socarronería:

--Parece usted tonta, mamá. Llora por el tío de Ponce.

XX

Acostaron temprano á Luis, que metió consigo en la cama el álbum de sellos y se durmió teniéndole muy abrazadito. No sufrió aquella noche el acceso espasmódico que precedía á la singular visión del anciano celestial. Pero soñó que lo sufría, y, por consiguiente, que deseaba y esperaba la fantástica visita. El misterioso personaje hizo novillos, y así lo expresaba con desconsuelo Cadalsito, deseando enseñarle su álbum. Esperó, esperó mucho tiempo, sin poder determinar el sitio donde estaba, pues lo mismo podía ser la escuela que el comedor de su casa ó el escritorio del memorialista. Y al hilo del sueño, donde todo era sinrazón y desvarío, descargó el rapaz un golpe de lógica admirable: «¡Pero qué tonto soy!--pensó.--¿Cómo ha de venir, si le han llevado esta noche á casa del tío de Ponce?»

El día siguiente le dieron de alta; pero se determinó que no fuese á la escuela en lo que restaba de semana, lo que él agradeció mucho, determinando estudiar algo por las noches, nada más que una miaja, y reservando los grandes esfuerzos de aplicación para cuando volviera á sus tareas escolares. Le permitieron bajar á la portería, y cargó con el álbum para enseñárselo á Paca y á _Canelo_. Bien quisiera llevarlo á casa de su tía Quintina; mas para esto no hubo permiso. En la portería se estuvo hasta el anochecer, hora en que le llamaron, temiendo que se pasmase con el aire del portal. Al subir llevaba una idea que en sus conversaciones con Mendizábal y Paca había adquirido; una idea que le pareció al principio algo rara, pero que luego tuvo por la más natural del mundo. Hallábase solo con Abelarda, pues su abuela y Milagros zascandileaban por la cocina, cuando se determinó Cadalsito á comunicar á su tía la famosa idea. Esta le acariciaba con extremada vehemencia, le daba besos, le prometía regalarle un álbum mayor, y de repente Luis, respondiendo á tantos cariños con otros no menos tiernos, le dijo:

--Tía, ¿por qué no te casas tú con mi papá?

Quedóse la chica como lela, fluctuando entre la risa y el enojo.

--¿De dónde has sacado tú eso, Luis?--le dijo, asustándole con la fiereza de su semblante.--Tú no lo has inventado. Alguien te lo ha dicho.

--Me lo dijo Paca--afirmó Luis, no queriendo cargar con responsabilidades ajenas.--Dice que Ponce es más tonto que quiere y que no te conviene; que mi papá es listo y guapo y que va á hacer una carrera muy grande, muy grande.

--Dile á Paca que no se meta en lo que no le importa... ¿Y qué más, qué más te dijo?

--Pues... (escarbando en su memoria). ¡Ah! que mi papá os un caballero muy decente... como que le da pesetas á la Paca siempre que le lleva algún recado... Y que tú debías casarte con mi papá, para que todo quedase en casa.

--¿Le lleva recados?... ¿Cartas? ¿Y á quién? ¿No sabes?

--Debe ser al Ministro... Es que son muy amigos.

--Pues todo eso que te ha contado Paca del pobre Ponce, es un disparate--afirmó Abelarda sonriendo.--¿Á ti no te gusta Ponce? Dime la verdad, dime lo que pienses.

Luis vaciló un rato en dar contestación. Habían extinguido la prevención medrosa que su padre le inspiraba, no sólo los regalos recibidos de él, sino la observación de que Víctor se llevaba muy bien con toda la familia. En cuanto á Ponce, bueno será decir que Cadalsito no había formado opinión ninguna acerca de este sujeto, por lo cual aceptó, sin discutirla, la de Paca.

--Ponce no sirve para nada, desengáñate. Va por la calle que parece que se le caen los calzones. Y lo que es talento... Mira, más talento tiene Cuevas. ¿No te parece á ti?

Abelarda se reía con tales ocurrencias. Aun hubiera seguido charlando con Luis de aquel asunto; pero la llamó su padre para que le pegara algunos botones al chaleco, y en esto se entretuvo hasta la hora de comer. Doña Pura dijo que Víctor no comía en casa, sino en la de un amigo suyo, diputado y jefe de un grupito parlamentario. Sobre esto hizo Villaamil algunos comentarios acres, que Abelarda oyó en silencio, con grandísima pena. Discutióse si irían ó no al teatro aquella noche, resolviéndose en afirmativa, porque Luis estaba ya bien. Abelarda solicitó quedarse, y su madre le dió una arremetida á solas, asestándole varias preguntas:

--¿Por qué no comes? ¿Qué tienes? ¿Qué cara es esa de carnero á medio morir? ¿Por qué no quieres venir al Real? No me tientes la paciencia. Vístete, que nos vamos en seguida.

Y fueron las tres _Miaus_, dejando á Villaamil con su nieto y sus fúnebres soledades. Después de acostar al niño se puso á leer _La Correspondencia_, que hablaba de una nueva combinación.

Cuando las _Miaus_ regresaron, ya Víctor estaba allí, escribiendo cartas en la mesa del comedor. Don Ramón seguía royendo el periódico, y suegro y yerno no se decían media palabra. Retiráronse todos, monos Abelarda, que tenía que mojar ropa para planchar al día siguiente, y al verla metida en esta faena, Víctor, sin soltar la pluma, le dijo:

--He pensado en ti todo el día. Temí que te enojaras por lo de ayer. Yo había hecho el propósito de no revelarte nunca mis sentimientos. Aun no te he dicho toda la verdad, ni te la diré, Dios mediante. Cuando uno llega tarde, debe resignarse y callar. ¿Y tú no me respondes nada? ¿No hablas ni siquiera para reñirme?

La insignificante tenía los ojos fijos en la mesa, y sus labios se agitaban como si la palabra retozara en ellos. Por fin no chistó.

--Te hablaré como hermano (con aquella gravedad bondadosa que tan bien sabía fingir), ya que de otra manera no me es lícito. Soy muy desgraciado... no lo sabes tú bien. Aquí me tienes arrastrado por un vértigo de pasiones insanas; aquí me tienes bajo el peso de relaciones que solicité con aturdimiento, que mantuve por rutina y por pereza, y que ahora deseo romper. Contaba yo para este fin con el auxilio de un ser angelical a quien pensaba encomendarme primero y entregarme por fin en cuerpo y alma. Pero ya no puede ser. ¿Qué hago yo en este trance? Seguir y seguir encenagado, perderme más y más en el laberinto sin salida. Ya no hay salvación para mí. La fatalidad me arrastra... Tú no comprendes esto, Abelarda; pero ¡quién sabe!... quizás lo comprendas, porque tienes mucha penetración. ¡Oh! ¡pues si yo te hubiera encontrado libre...! Mil veces me he propuesto no decirte nada. Sólo que las palabras se me salen de la boca... Basta, basta; no me hagas caso. Esto te lo vengo diciendo desde un principio. No hagas caso de este infeliz; despréciame. Yo no te merezco. Estoy expiando los enormes disparates que cometí desde que me faltó mi pobre Luisa, aquel ángel... ángel del cielo, pero inferior á ti, tan inferior, que no hay punto de comparación entre ambas. Yo, francamente (levantándose con exaltación), cuando veo qué tesoro tan grande va á ser para un Ponce; cuando pienso que tal conjunto de cualidades cae en manos de...

Abelarda estaba tan sofocada, que si no desahoga, si no abre al menos una valvulita, revienta de seguro.

--¿Y si yo te dijera... vamos á ver (palideciendo), si yo te dijera que no quiero á Ponce?...

--¿Tú?... ¿y es verdad?...

--¿Si yo te dijera que ni le quise jamás, ni le querré nunca?... á ver.

Víctor no contaba con esta salida, y se desorientó.

--Ahí tienes tú una cosa... vamos... (balbuciendo) una cosa que me produce el efecto de un porrazo en la cabeza... ¿Pero es verdad? Cuando lo dices, verdad debe de ser. Abelarda, Abelarda, no juegues conmigo; no juegues con fuego... Estas bromas, si bromas son, suelen traer catástrofes. Porque cuando se aborrece á un hombre, como me aborreces tú á mí... (confuso y sin saber á qué santo encomendarse) no se le dice nada que pueda extraviarlo respecto á... quiero decir, respecto á los sentimientos de la persona que le aborrece, porque podría suceder que el aborrecido... No, no atino á explicarte lo que siento. Si no quieres á Ponce, es que quieres á otro, y esto es lo que no debes decirme á mí... ¿Para qué? ¿Para que me confunda más de lo que estoy? (Columbrando un postigo y aguzando su ingenio para escurrirse por él.) Y no quiero interrogarte sobre este particular, porque me volvería loco. Guárdate tu secreto y respeta mi situación. Si yo no te inspiro más que odio, si no llegas á la repugnancia, te ruego que me dejes solo, que te retires y no añadas una palabra más. No te ofrezco mis consejos, porque no los aceptarías; pero si te encontraras en alguna situación difícil, y mis consejos te pudieran servir de algo, ya sabes que soy para ti lo que tú quieras que sea; hermano, si como hermano me tratas...

--¿Y si los necesitara, si necesitara tus consejos?--insinuó Abelarda, que buscaba no una salida, sino la entrada, sin poder descubrirla.

--Pues dispón de mí (otra vez desconcertado). Si quieres á un hombre y temes la oposición de tus padres; si la ruptura con Ponce te parece difícil y necesitas auxilio, aquí estoy dispuesto á prestártelo, por penoso que el caso sea para mí (acercándose más á ella). Dímelo, dímelo, no tengas miedo. ¿Quieres á un hombre que no es tu novio?

--Es mucho pedir que confiese yo... así... de tenazón (recurriendo á la coquetería para salir del paso). ¿Y á ti quién te da vela en este entierro?...

--Soy de la familia... soy tu amigo. Podría ser algo más si tú quisieras. Pero he llegado tarde; no hay que hablar de mi persona. Estoy fuera de juego. Si no quieres confiarme tu secreto, mejor para mí. Así no padeceré tanto. Respóndeme á una pregunta: el hombre á quien tú quieres, ¿te quiere á ti también?

--Yo no he dicho que quiera á nadie... me parece que no lo he dicho... Pero pongamos que lo dijese. Eso no es cuenta tuya. Eres muy entrometido... Claro que yo no iba á querer á nadie que no me correspondiese. ¡Pues lucida estaba!

--De modo que hay reciprocidad (con fingida cólera). ¡Y estas cosas me las dices en mi propia cara!

--¡Yo!... si yo no he chistado.

--Pero lo das á entender... No quiero ser tu confidente, vamos... ¿De modo que el otro te ama?...

--No lo sé... (dejándose llevar de su espontaneidad, ya irresistible). Es lo que no he podido averiguar todavía.

--Y vienes sin duda á que yo te lo averigüe (con sarcasmo). Abelarda, esa clase de papeles no los hago yo. No, no me digas quién es; no necesito saberlo. ¿Es quizás persona que yo conozco? Pues cállate el nombre, cállatelo si no quieres que perdamos las amistades. Esto te lo dice un hombre que siente hacia ti un afecto... pero un afecto que ahora no quiero definir; un hombre que vive bajo el peso de su destino fatal (estas filosofías y otras semejantes las tomaba Cadalso de ciertas novelas que había leído), un hombre á quien está vedado referirte sus padecimientos; y pues yo no debo quererte ni puedo ser tuyo ni tú mía, no debo atormentarme ni dejar que me atormentes tú. Guárdate tu secreto, y yo reservaré la parte de él que he adivinado. Si la fatalidad no se hubiera interpuesto entre nosotros dos, yo intentaría aún tu remedio, procurando arrancarte ese amor, reemplazándolo con el mío. Pero no soy dueño de mi voluntad. El sentimiento éste (golpeándose el pecho) jamás pasará del corazón á la realidad de la vida. ¿Por qué me incitas á descubrirlo? Déjalo en mí, mudo, sepultado, pero siempre vivo. No me tientes, no me irrites. ¿Quieres á otro? Pues que yo no lo sepa. ¿Á qué enconar una herida incurable?... Y para impedir mayores conflictos, mañana mismo me voy de esta casa, y no vuelvo á entrar aquí.

Abelarda sintió tan viva aflicción al oir esto, que no pudo encubrirla. No tenía ella en su pobre caletre armas de razonamiento para combatir con aquel monstruo de infinitos recursos ó ingenio inagotable, avezado á jugar con los sentimientos serios y profundos. Aturdida y atontada, iba á entregar su secreto, ofreciéndose indefensa y cubierta de ridiculez al brutal sarcasmo de Víctor; pero pudo serenarse un poco, recobrar algún equilibrio, y con afectada calma le dijo:

--No, no, no hay motivo para que te vayas. ¿Es que hiciste las paces con Quintina?

--¿Yo? ¡Qué disparate! Ayer Cabrera por poco me pega un tiro. Es un animal. Me iré á vivir á cualquier rincón.

--No, eso no. Puedes seguir aquí.

--Pues prométeme no hablar de esto una palabra más.

--Si yo no he hablado. Eres tú el que se lo dice todo. Que me quieres, que no me puedes querer. ¿Cómo se entiende?

--Y la última prueba de que te quiero y no te debo querer (con agudeza), te la voy á dar ahora con este consejo: vuelve los ojos á Ponce...

--Gracias.

--Vuelve los ojos al ínclito Ponce. Cásate con él. Ten espíritu práctico, ¿Que no le quieres? No importa.

--Tú estás loco (aturrulladísima). ¿Acaso he dicho yo que no le quería?

--Lo has dicho, sí.

--Pues me vuelvo atrás. ¡Qué disparate! Si lo dije, fué broma, por oírte y darte tela.

--Eres mala, muy mala. Yo pensaba otra cosa de ti.

--¿Pues sabes lo que digo? (levantándose con violento arrebato de ira y despecho). Que estás de lo más cargante y de lo más inaguantable con tus... con tus enigmas; y que no te puedo ver, no te puedo ver. La culpa la tengo yo, que oigo tus necedades. Abur... Voy á dormir... Y dormiré tan ricamente, ¿qué te crees?

--El odio muy vivo, como el amor, quita el sueño.

--Á mí no... perverso... tonto...

--Tú á dormir, y yo á velar pensando en ti... Adiós, Abelarda... Hasta mañana.

Y cuando se retiró el impío, un minuto después de la desaparición de la víctima (que se metió en su cuarto y atrancó la puerta como quien huye de un asesino), llevaba en los labios risilla diabólica y este monólogo amargo y cruel: «Si me descuido, me espeta la declaración con toda desvergüenza. ¡Y cuidado que es antipática y levantadita de cascos la niña!... Y cursi hasta dejárselo de sobra, y sosita... Todo se le podría perdonar si fuera guapa... ¡Ah! Ponce, ¡qué ganga te ha caído!... Es una plepa que no hay por dónde cogerla para echarla á la basura.

XXI

Aunque las esperanzas de los Villaamil, apenas segadas en flor, volvían á retoñar con nueva lozanía, el atribulado cesante las daba siempre por definitivamente muertas, fiel al sistema de esperar desesperando. Sólo que su pesimismo se avenía mal con el furor de escribir cartas y de mover cuantas teclas pudiesen comunicar vibración á la desmayada voluntad del Ministro. «Todo eso de esperar vacante, es música--decía.--Yo sé que cuando quieren hacer las cosas, las hacen saltando por cima de las vacantes y hasta por cima de las leyes. Ni que fuéramos tontos. He visto mil veces el caso de entrar un prohombre en el Ministerio, navaja en mano, pedir una credencial de las gordas; el Ministro ¡zas! llama al Jefe del personal... «No hay vacante...» «Pues hacerla». ¡Pataplún! allá te va, caiga el que caiga... ¿Pero dónde está mi prohombre? ¿Qué personaje de campanillas entrará en el despacho del Ministro con cara _feroce_ diciendo: «De aquí no me muevo hasta que me den... eso?» ¡Ay, Dios mío, qué desgraciado soy y cómo me voy quedando fuera de juego!... Con esta Restauración maldita, epílogo de una condenada Revolución, ha salido tanta gente nueva, que ya se vuelve uno á todos lados sin ver una cara conocida. Cuando un D. Claudio Moyano, un D. Antonio Benavides ó un Marqués de Novaliches le dicen á uno: «Amigo Villaamil, ya estamos mandados recoger», es que el mundo se acaba. Bien dice Mendizábal, que la política ha caído en manos de mequetrefes».

Para distraer su pena y olfatear nombramientos ajenos, ya que en el suyo afectaba no creer, ó realmente no creía, iba por las tardes al Ministerio de Hacienda, en cuyas oficinas tenía muchos amigos de categorías diversas. Allí se pasaba largas horas, charlando, enterándose del expedienteo, fumando algún cigarrillo, y sirviendo de asesor á los empleados noveles ó inexpertos que le consultaban sobre cualquier punto obscuro de la enrevesada Administración.

Profesaba Villaamil entrañable cariño á la mole colosal del Ministerio; la amaba como el criado fiel ama la casa y familia cuyo pan ha comido durante luengos años; y en aquella época funesta de su cesantía, visitábala él con respeto y tristeza, como sirviente despedido que ronda la morada de donde le expulsaron, soñando en volver á ella, Atravesaba el pórtico, la inmensa crujía que separa los dos patios, y subía despacio la monumental escalera, encajonada entre gruesos muros, que tiene algo de feudal y de carcelario á la vez. Casi siempre encontraba por aquellos tramos á algún empleado amigote que subía ó bajaba. «Hola, Villaamil, ¿qué tal?»--«Vamos tirando». Al llegar al principal titubeaba antes de decidir si entraría en Aduanas ó en el Tesoro, pues en ambas Direcciones le sobraban conocidos; pero en el segundo prefería siempre Contribuciones á Propiedades. Los porteros le saludaban; y como Villaamil era tan afable, siempre echaba un párrafo con ellos. Si era tarde, les encontraba con la paletada de brasas, resto de las chimeneas, cuyo último fuego sirve para alimentar los braseros de las porterías; si temprano, llevando papeles de una oficina á otra ó transportando bandejas con vasos de agua y azucarillos. «Hola, Bermejo, ¿cómo va?»--«Tal cual, D. Ramón, y sintiendo mucho no verle á usted todos los días por aquí».--«Dígame, ¿y Ceferino?»--«Ha pasado á Impuestos. El pobre Cruz fué el que _cascó_».--«¿Qué me cuenta usted? Hombre, ¡si le vi el otro día tan bueno y tan sano!... ¡Qué mundo éste! Vamos quedando pocos de aquella fecha. Cuando yo entré aquí en tiempos de D. Juan Bravo Murillo, ya estaba Cruz _en la casa_... Mire usted si ha llovido... Pobre Cruz, lo siento».

El mejor amigo entre los muchos buenos que Villaamil tenía en aquella casa era D. Buenaventura Pantoja, de quien algo sabemos ya, padre de Virginia Pantoja, una de las actrices del coliseo doméstico de las _Miaus_. Visitaba con preferencia D. Ramón la oficina de tan excelente y antiguo compañero (Contribuciones), del cual había sido jefe: tomaba asiento en la silla más próxima á la mesa; le revolvía los papeles si no estaba allí, y si estaba, trabábase entre los dos sabroso coloquio de chismografía burocrática.

«--¿Sabes...?--decía Pantoja.--Hoy salieron calentitos dos oficiales primeros y un jefe de Administración. Ayer estuvo ese fantoche (aquí el nombre de cualquier célebre político), y claro, á rajatabla. Lo que yo te digo: cuando quieren hacer las cosas, saltan por cima de todo.

--Sea por amor de Dios--respondía Villaamil, dando un doliente suspiro que ponía trémulas las hojas de papel más cercanas».

Aquel día tardó mucho el buen hombre en fondear ante la mesa de Pantoja. Á cada paso saltaban conocidos. Uno salía por aquí, aferrando legajos atados con balduque; otro entraba presuroso por allá, retrasado y temiendo un regaño del jefe. «¿Cuánto bueno?... ¿Qué tal, Villaamil?»--«Hijo, defendiéndonos». La oficina de Pantoja formaba parte de un vastísimo salón, dividido por tabiques como de dos metros de alto. El techo era común á los distintos departamentos, y en la vasta capacidad se veían los tubos de las estufas, largos y negros, quebrados en ángulo recto para tomar la horizontal, horadando las paredes. Llenaba aquel recinto el estridor sonoro de los timbres, voz lejana de los jefes, llamando sin cesar á sus subalternos. Como era la hora en que entran los rezagados, en que los madrugadores almuerzan, en que otros toman café, que mandan traer de la calle, no reinaba allí el silencio propicio al trabajo mental; antes, todo se volvía cierres de puertas, risas, traqueteo de loza y cafeteras, gritos y voces impacientes.

Villaamil entró en la sección, saludando á diestro y siniestro. Allí estaba de oficial tercero el cojo Guillén, muy amigo de la familia Villaamil, tertuliano asiduo, apuntador en la pieza que se iba á representar. Era, por más señas, tío del famoso _Posturitas_, amigo y émulo de Luisito Cadalso, y vivía con sus hermanas, dueñas de la casa de _empréstamos_. Tenía fama Guillén de mordaz y maleante, capaz de tomarle el pelo al lucero del alba. En la oficina escribía juguetes cómicos groseros y verdes, algún dramón espeluznante, que nunca llegaría á arrostrar las candilejas; dibujaba caricaturas y rimaba sátiras contra la mucha gente ridícula de la casa. También había por allí un aspirantillo, hijo del Director del Tesoro, que apenas frisaba en los diez y seis y cobraba sus cinco mil reales, listo como una pólvora, apto para traer y llevar recados de oficina en oficina. Oficial segundo era un tal Espinosa, señorito elegante, de carrera improvisada y raya en el polo, con mucho requilorio en el vestir y bastantes gazapos en la ortografía; buen muchacho, que no se formalizaba nunca por las cargantes bromas de Guillén. Pero el más característico de todos era un tal Argüelles y Mora, oficial segundo, perfecta parodia de un caballero del tiempo de Felipe IV: pequeño, genuino _gato_ de Madrid, rostro enjuto y color de cera, bigote y perilla teñidos de negro, melenas largas y bien atusadas. Para que el tipo resultase más cabal, usaba cierta capita corta y negra, que parecía un desecho del guardarropa de Quevedo. El sombrero era hongo chato, achambergado, con un dedo de grasa. Lástima que no llevara golilla; mas aun sin ella, era un acabado tipo de alguacil. En sus tiempos tuvo pretensiones de guapeza, originalidad y elegancia; pero ya sus espaldas tiraban á corcovarse, y su rostro, con los pelos pintados, tenía un sello de vigilia forzoso que daba compasión. Tocaba la trompa en un teatro. Llamábanle sus compañeros el _padre de familia_, porque en todas las conversaciones burocráticas traía á colación la multitud de bocas que tenía que mantener con el mezquino y descontado sueldo de doce mil reales. Había tres ó cuatro empleados más, algunos taciturnos y atentos á su obligación, repartidos en varias mesas, á distancia respetuosa de la del jefe, próxima á la ventana que daba al patio.