Mi tio y mi cura

Chapter 9

Chapter 94,072 wordsPublic domain

Si la muerte no fuese una cosa tan imponente, estoy segura de que en aquel momento me hubiera dejado matar antes que declarar mi amor por un hombre que amaba a otra y mucho más siendo ésta prima mía. Felizmente no se trataba de horca ni de guillotina, porque mucho me temo que en presencia de ellas, probablemente habría flaqueado mi estoicismo.

--Hago lo mismo que tú, Blanca, espero.

--Yo no tengo la suerte de mi lobezna del Zarzal--respondiome sonriendo,--¡cinco pedidos a la vez: figúrate!

--No me hables más de esto, te ruego; el recordarlo me fastidia, me oprime, me asfixia.

Por desgracia a un sexto pretendiente que reunía las cualidades más raras, extraordinarias y completas, se le antojó de improviso colocarse en el número de mis adoradores.

¡Ay! ¡cosechaba yo lo que había sembrado! pues desde mi entrada en la sociedad no había hecho otra cosa que pregonar, que pensaba casarme lo más pronto posible.

Hízome llamar mi tío y tuvimos una larga conferencia.

--Reina, el señor de Le Maltour, solicita tu mano.

--Que le aproveche, tío.

--¿Te gusta?

--Al contrario.

--¿Por qué? Exponme las razones, pero buenas razones; no como las del otro día que no valían nada.

--Tampoco vuestros partidos no eran presentables, tío.

--Vamos al señor P. muy bien...

--¡Oh, un hombre de treinta años, casi un patriarca!

--¿Y el señor de C.?

--¡Un hombre espantoso!

--Y el señor de N... mozo de mérito y muy inteligente.

--¡Bah! le conté los cabellos y ¡no tenía más que catorce! ¡A los veintiséis años!

--¡Ah!... ¿y el pequeño D?...

--No me gustan los trigueños. Y luego, es una nulidad completa. Una vez casado, querría a su persona, a sus corbatas, a mi dote y nada más.

--Te concedo todo eso. Pero vuelvo al barón de Le Maltour; ¿qué le reprochas?

--Es un hombre que no ha bailado conmigo, sino cuadrillas, porque no sé valsar a tres tiempos--exclamé con indignación.

--¡Horrible falta!; Te lo repito, Reina, creo que es absurdo casarse tan joven; pero a pesar de tu dote y tu belleza, creo que no volverás a hallar jamás un partido semejante. Es un joven bien parecido y tengo las mejores informaciones respecto a su moralidad y su carácter, fortuna inmensa, familia honorable y muy antigua.

--¡Ah, sí, abuelos! como dice Blanca--interrumpí con desdén. Tengo horror a los abuelos, tío.

--¿Por qué?

--Gente que no pensaba más que en pelear y romperse la cabeza. ¡Qué idiotez!

--¡Ah! pues mira, sé también que el escribiente del tribunal de V... gusta de ti; no tiene abuelos, ¿quieres que le diga que en vista de ello, la señorita de Lavalle está dispuesta a casarse con él?

--No os burléis de mi, tío; bien sabéis que soy aristócrata hasta la punta de los dedos--respondí, aprovechándome de la ocasión para admirar mis afiladas manos.

--Es lo que creo, si no engaña tu aspecto. Y ahora, sobrina, óyeme bien. Aun no conoces al señor de Le Maltour, para formar opinión de él, y quiero absolutamente que le trates con intimidad antes de que des una contestación definitiva. Voy a escribirle a la señora de Le Maltour, que la resolución depende de ti, y que autorizo a su hijo a que se presente en el Pavol cuando le plazca.

--Muy bien, mi tío, haced lo que queráis.

Cinco minutos después paseaba yo por el bosque, presa de la más violenta agitación.

--¡Ah, quiere salir con la suya!--decíame mordiendo el pañuelo para ahogar los sollozos;--ya verá cómo recibo a su Le Maltour. Quiero que en cuatro días desaparezca de mi vista.

Mi tío no ve ni comprende nada. Me engañaba. Mi tío, a pesar de mi repentina resolución de disimulo, veía claramente, pero se conducía con prudencia. No podía impedir al señor de Couprat que amara a su hija, ni renunciar al proyecto que tanto él como el comandante acariciaban desde hacía tiempo. Por otra parte, convencidísimo que mi cariño no era profundo y que era más bien una niñada, pensaba que el mejor remedio para tal capricho era el de enderezar mis pensamientos hacia un hombre que enamorado de mi, se hiciera amar, fundándose en este axioma: el amor atrae al amor.

Su razonamiento, si no hubiese fallado por la base, hubiera sido perfecto.

Dos días más tarde llegaron al Pavol la señora de Le Maltour y su hijo, con la sonrisa en los labios y la esperanza en la mirada. La excelente señora me dijo cien amabilidades a las que contesté con la cara ceñuda de un portero de jesuitas.

El barón era un buen muchacho... ¡aguardad, no quiero decir con esto que fuera un tonto; al contrario! Era inteligente y listo, pero no tenía más que veintitrés años. Era tímido y estaba muy enamorado, circunstancia que no le despejaba la mente, pero que sería una ingratitud de mi parte, el criticarla.

Al día siguiente volvió sin su madre y trató de conversar conmigo.

--¿Sentís, señorita, que se haya terminado la temporada de los bailes?

--Sí--le respondí en un tono tan brusco como el de Susana.

--¿Os divertisteis la otra noche en casa de los C?...

--No.

--Sin embargo, me pareció una fiesta brillante. ¡Qué lindo vestido llevabais! ¿Os gusta el azul?

--Puesto que lo uso...

El señor de Le Maltour tosió levemente, para darse valor.

--¿Os gustan los viajes, señorita?

--No.

-Es sorprendente. Os hubiera creído de carácter emprendedor y viajero.

--¡Qué idiotez! ¡Tengo miedo a todo!

La conversación duró un poco más en este tono.

Desconcertado por mi laconismo y el interés con que con la mayor impertinencia del mundo, seguía yo las evoluciones de una mosca que se paseaba por un brazo de mi poltrona, levantose el barón, algo cortado y abrevió la visita.

Acompañole mi tío hasta la puerta del jardín, y volvió enojado en busca mía.

--Esto no puede continuar así, Reina. Es una insolencia ¡caramba! tanto para mi como para ese pobre mozo, que es tímido y a quien desconciertas por completo. El señor de Le Maltour no es una persona a quien se pueda tratar como a un títere, sobrina. Nadie te obliga a casarte con él, pero quiero que le trates con amabilidad. Bien sabe Dios si tienes buena lengua cuando quieres. Trata de que eso suceda mañana; el señor de Le Maltour almorzará con nosotros.

--Bueno, tío, hablaré, perded cuidado.

--Pero no vayas a decir tonterías.

--Me inspiraré en la ciencia, tío--le contesté majestuosamente.

--¿Cómo? en...

--No os aflijáis, haré lo que me exigís, hablaré sin cesar.

--No, sobrina, no se trata de...

Dejé que mi tío confiara sus pensamientos a los muebles del salón, y corrí a la biblioteca en busca de lo que necesitaba para poner en práctica la idea que acababa de ocurrírseme.

Y llevé a mi cuarto la filosofía de Malebranche y un estudio sobre la Tartaria.

El Malebranche casi me dio un arrebato cerebral y lo dejé para arrojarme sobre la Tartaria, que me ofreció más recursos.

Hasta media noche estuve estudiando atentamente, no sin protestar de cuando en cuando contra los habitantes de Bukharia, que se rebozan con nombres tan extravagantes. Sin embargo, conseguí recordar algunos detalles del país y varias palabras extrañas, cuya significación ignoraba por completo. Me acosté restregándome las manos.

--Veremos--me decía,--si Le Maltour resiste a esta prueba. ¡Ah mi querido tío, convenceos de que he de salir con la mía y de que de aquí a pocas horas me habré deshecho de ese intruso!

Al día siguiente el barón se presentó con el aspecto desconcertado, del que camina sobre vidrios. Yo le recibí tan amablemente, que se repuso, al mismo tiempo que se disiparon los temores del señor de Pavol.

Los de Couprat y el cura almorzaban con nosotros. Oprimíaseme el corazón al ver a Pablo conversando alegremente con Blanca, mientras que yo me hallaba condenada a soportar las atenciones tímidas del señor Le Maltour, cuya cara bonita me atacaba los nervios.

--He cambiado de idea desde ayer--le dije repentinamente;--me gustan muchísimo los viajes.

--Comparto vuestro gusto, señorita; viajar es la más interesante distracción.

--¿Y vos habéis viajado?

--Sí, algo.

--¿Conocéis los Ruddar, los Shakird-Pische, los Usbecks, los Tadjies, los Molahs, los Dehbaschi, los Pend-Baschi y los Alamanos?--le interrogué de un tirón mezclando razas, clases y dignidades.

--¿Y qué es todo eso?--preguntó aturdido el barón.

--¡Cómo! ¿no habéis ido nunca a Tartaria?

--No, jamás.

--¡No haber estado en Tartaria!--exclamé con desdén.--¿A lo menos conoceréis a Nasr-Ullah-Bahadin-Kham-Melia-el-Munemim-Bird-Bhic-Blor y el diablo a cuatro?

Añadí algunas sílabas de mi cosecha al nombre de Nasr-Ullah, para hacer mayor efecto, pensando que la sombra de ese buen hombre no saldría de la tumba a echármelo en cara. Mi tío y los invitados mordíanse los labios para no reírse al ver la fisonomía del señor de Le Maltour, que delataba el mayor desconcierto y Blanca exclamó:

--¿Has perdido la cabeza, Reina?

--No, absolutamente. Le pregunto al señor si comparte mi simpatía por Nasr-Ullah, un hombre que según parece, poseía todos los vicios. Pasaba la vida degollando al prójimo, sumiendo a los embajadores en calabozos donde los dejaba pudrir, y por último, era un hombre de energía, que ignoraba por completo ese horrible defecto, que se llama timidez. Y su país ¡qué país! Allí reinan todas las enfermedades y por eso mismo me gustaría llevar a mi marido. La tisis, la viruela, vómitos que duran seis meses, úlceras, lepra, un gusano que llaman richta, que roe a las personas, y para extirparlo se...

--Basta, Reina, basta. Déjanos almorzar tranquilos.

--¿Qué queréis tío? La Tartaria me atrae. ¿Y a vos?--pregunté al barón.

--Lo que decís de ella, no es muy halagüeño.

--Para los que no tienen sangre en las venas--respondí despreciativamente.--Cuando me case, iré a Tartaria.

--A Dios gracias, no dependerá de ti, sobrina.

--Ya lo creo que sí, tío; haré mi voluntad, no la de mi marido, a quien llevaré a Bukharia para que le coman los gusanos.

--¿Cómo? Comido por...--murmuró tímidamente el barón.

--Sí señor, lo que habéis oído. He dicho: comido por los gusanos, porque según mi modo de ver la más encantadora luz de la vida de una mujer, es la de la viudez...

El alto y poderoso barón Le Maltour, aunque de raza de héroes, no resistió a esa prueba. Y comprendiendo el sentido oculto de mis caprichos _tártaros_, se fue y no volvió más.

Mi tío se enojó, pero no se me importó. Hice una pirueta y le dije con aire sentencioso:

--Tío, quien quiere el fin pone los medios.

XV.

Siempre cumplí la promesa que hice al cura, y le escribía con puntualidad dos veces por semana.

Esta costumbre le pareció tan dulce y halagadora, que cuando interrumpí de golpe la regularidad de nuestra correspondencia, quedó sumergido en inquietudes y tristeza.

Absorta por mis quebrantos, permanecí quince días sin darle señales de vida; después, cediendo a sus instancias, comencé a expedirle misivas por el estilo de ésta:

«Señor Cura:--Acabo de descubrir que los hombres son estúpidos. ¿No os parece así? Y echando al diablo las conveniencias sociales, os abrazo».

O de esta otra:

«¡Ah, mi pobre cura, creo que he descubierto el manantial de agua fría, de que hablábamos tres meses ha! ¡La felicidad no existe, es un engaño, un mito; todo lo que queráis, menos realidad!

«¡Adiós! ¡Si la muerte no nos volviese tan feos, querría morir! ¡Morir, sí, mi cura! ¡Habéis leído bien!»

Él me contestaba correo por correo.

«Hijita querida:--¿Qué significa el tono de tus últimas cartas? Hace tres semanas parecías tan feliz en medio de la gloria y la alegría de tus éxitos sociales. No, no, Reinita, la felicidad no es un mito, y será tu herencia; pero en este momento la imaginación te domina, te ofusca, y por consiguiente, impídete ver con claridad. No has seguido mi consejo, Reina; has abusado de tus fogatas, ¿verdad? Pobre hijita; venme a ver, y conversaremos de tus preocupaciones.»

Yo le respondí:

«Señor Cura:--La imaginación es una tonta, la vida un estropajo, y la sociedad un harapo que brilla mucho desde lejos, pero que bien mirado, no sirve para nada, a no ser para colocarla en un árbol a guisa de espantapájaros. Tengo ganas de entrar en la Trapa, mi querido cura. ¡Ah! si tuviese seguridad de que de cuando en cuando se me permitiría bailar con apuestos caballeros, como algunos que conozco, tened por por cierto que iría a refugiarme allí y a enterrar mi juventud y mi belleza. Pero creo que este género de distracciones no está muy de acuerdo con la regla de la Orden. Dadme algunos datos al respecto, señor cura, y convenceos de que no sois sino un soñador optimista al pretender que la felicidad existe y que me está destinada. Vivís como un ratón dentro de un queso, no porque seáis egoísta, e ignoráis las catástrofes que pueden estallar sobre la cabeza de las gentes que viven en el mundo.

«Ya no tengo ilusiones, mi buen cura. Soy una viejecilla arrugada, apocada y descalabrada, (en lo moral, se entiende, porque, hoy por hoy, estoy más linda que nunca), una viejecilla que ya no cree en nada, que no espera nada, y que no se da cuenta de cómo la tierra es tan tonta, como para seguir girando todavía, cuando mis ensueños y quimeras están destrozados, pulverizados y reducidos a átomos imperceptibles.

«Si se pudiera, despojar a mi persona moral de esta envoltura de carne, que, estoy de acuerdo en ello, engaña al ojo del observador, mi persona moral digo, no sería más que un esqueleto, un árbol muerto, completamente muerto, sin savia y sin hojas, un árbol que tiende hacia el cielo sus largos brazos secos y descarnados. Con tal de que lo moral no arruine a lo físico...

«Ah, señor cura, ¡tiemblo con sólo pensarlo! ¿No es cierto que es terrible no abrigar la menor ilusión a los diez y seis años?

«Hasta la vista, mi viejo cura».

Dos días después de haber expedido esta epístola, que debía dar al cura la más triste idea del estado de mi alma, decidió mi tío llevarnos a paseo al monte San Miguel.

Ese día había algo nefasto en el ambiente; lo presentí. Mi tío y el comandante habían celebrado la víspera una conferencia secreta y prolongada. Pablo parecía inquieto, nervioso y mi prima tenía aspecto soñador.

Mi tío y Juno, que tenían pasión por el monte San Miguel, me lo hicieron conocer con fruición; y en cuanto a mi, tras de no importárseme mucho el arte arquitectónico, miraba todo a través del sombrío velo de mi mal humor positivamente insoportable.

--¡Cómo cansa el trepar por tantos escalones!--decía yo, quejándome a cada paso.

--No son más que seiscientos, prima.

--¡Oh! entonces me quedo aquí.

--Vamos, sobrina, ¡caramba! al fin y al cabo no estáis enferma de reumatismo.

Y mi tío, me contaba la historia del monte y el incidente de Montgomery, mientras subíamos por aquellos peldaños hollados por tantas generaciones.

¿Pero qué se me daba a mi de Montgomery, de los bastiones, de la maravillosa abadía, de las inmensas salas, ni del mundo de recuerdos que duerme allí desde hace siglos? Me hubiera guardado bien de despertarlos, puesto que tenía que observar cosas cien veces más interesantes en el rostro del regordete caballero que colmaba a Blanca de atenciones y cumplidos, sin pensar siquiera en mí.

¡Qué estúpida había sido yo! No ver antes su amor.

Por serla grato, se extasiaba ante la menor piedrecilla, mientras que yo, de tiempo en tiempo, le lanzaba miradas terribles; pero ni se dignaba notarlas.

--Henos ya en la sala de los caballeros. Veamos, Reina, ¿qué dices de ella?

--Digo, tío, que si los caballeros estuviesen en ella, tendría algún encanto.

--¿Que no lo encuentras en ella misma?

--De ningún modo. Veo grandes chimeneas, pilares con esculturillas arriba, pero ni un caballero a quien hacer girar la cabeza... ¡bah, todo eso no sirve para nada!

--Nunca se me había ocurrido este modo de apreciar la arquitectura feudal--exclamó, riendo, mi tío.

Atravesamos corredores obscuros, que me amedrentaron.

--Nos vamos a romper la mollera--gemía yo, aferrándome al brazo del comandante, mientras que Pablo ofrecía el suyo a Blanca.

--¿Estamos tristes, Reinita?--me preguntó quedo el comandante.

--Habláis como mi cura--respondí emocionada.

--Vamos a ver: ¿Queréis tener confianza en mi?

--Yo no tengo tristezas ni confianza en nadie--contesté de mal modo.--Susana decía que los hombres eran unos papanatas, y yo comparto las opiniones de Susana.

--¡Oh, oh!--dijo el comandante, mirándome con un aire tan bondadoso, que tuve miedo de estallar en sollozos;--¡tanta misantropía en tanta juventud!

No contesté nada, y como en aquel momento llegábamos a una espaciosa terraza, me escapé de su brazo y corrí a esconderme tras una enorme arcada. Apoyé la cabeza sobre una de aquellas vetustas piedras y me eché a llorar.

--¡Ah!--pensaba,--cuánta razón tenía mi cura, al decirme, hace mucho tiempo, mucho, que no se discute con la vida, sino que se le sufre! Toda mi lógica no vale nada ante las circunstancias. ¡Qué triste es, Dios mío, qué triste es verse tratada como una chiquilina sin importancia!

Y miraba a través de mis lágrimas, aquellos arenales tan célebres, que me parecían desolados, y aquel monumento cuya mole me oprimía y causaba vértigos; pero sin darme cuenta de ello, sentía una especie de alivio en la afinidad misteriosa que había entre aquella naturaleza triste y mis propios pensamientos; en la contemplación de aquellos murallones que arrojaban su sombra melancólica sobre la tierra y el pasado.

De vuelta a casa y ya en el tren, me interrogó mi tío.

--Y bien, Reina, en resumidas cuentas, ¿cuál es tu impresión sobre el monte San Miguel?

--Que allí, será muy fácil morir de miedo, y enfermar de reumatismo.

En el trayecto de la estación de V*** al Pavol, reflexionaba yo, en la poca duración de las cosas de la tierra. No hacía aún tres meses que recorría el mismo camino, bajo la influencia de mis ensueños de felicidad, y con la embriaguez de mis hipótesis alegres a cerca del porvenir, que cría tan bello!... mientras que entonces, me pareció el camino cubierto con jirones de mi dicha.

Era bastante tarde, cuando llegamos al castillo; sin embargo, mi tío llamó a Blanca a su despacho diciéndole que tenía que hablar con ella muy seriamente. Y yo me acosté, llorando con todas mis fuerzas, y con la convicción de que la espada de Damocles pendía sobre mi cabeza.

Desde algún tiempo atrás, Juno se había hecho más íntima conmigo. Todas las mañanas venía a sentarse a mi cama y conversábamos indefinidamente. Al día siguiente a las siete, entró en mi cuarto con aspecto sereno, tranquilo y con aquella encantadora sonrisa que transformaba su altanera fisonomía, y que tal vez sólo yo conocía bien.

--Reina--díjome sin preámbulos--Pablo ha pedido mi mano.

El hilo se había roto y la espada de Damocles me cayó sobre el corazón. ¡Qué poco sentido común el de ese rey! ¡Atar una espada de tanto peso con un hilo tan débil! ¿No dice la historia que fue de un cabello? estoy por creerlo.

Sin duda alguna, yo esperaba esta revelación, pero mientras los hechos no se verifican, ¿qué criatura humana no abriga en el fondo de su corazón un poco de esperanza? Palidecí tanto, que Blanca lo notó, por más que la alcoba estaba sumida en una media sombra.

--¿Qué tienes, Reina? ¿Estás enferma?

--Un calambre--murmuré con voz débil.

--Voy a buscar éter--dijo, levantándose diligentemente.

--No, no--proseguí, haciendo un violento esfuerzo para recuperar mi altivez que se desvanecía.--Ya ha pasado, Blanca, ya ha pasado.

--¿Sufres de eso a menudo, Reinita?

--No... algunas veces. No es nada; no hablemos más de ello.

Blanca se pasó la mano por la frente, como quien quiere arrojar un importuno pensamiento, pero yo continué conversando con tanta entereza, que en breve pareció libre de su preocupación.

--Y tú, Juno, ¿qué piensas decidir?

--Mi padre me ha dicho, Reina, que este matrimonio colmaría todas sus aspiraciones.

--Y a ti ¿te gusta?

--Esa unión me gusta, por cierto; reúne todas las conveniencias, pero hasta ahora, yo no amo a Pablo sino como a primo.

--¿Qué defecto le encuentras?

--No le encuentro ninguno, a no ser el de no gustarme lo bastante. Es un excelente joven, pero no es mi tipo. No es tan lindo como yo quisiera, y luego ese apetito normando que le caracteriza... ¡Preciso te será convenir conmigo que está desprovisto de poesía!

--Sin embargo, comer cuando se tiene ganas, me parece una cosa muy natural--respondí conteniendo mis lágrimas.

--En fin ¿qué quieres? Pienso que nuestros caracteres no se avienen.

--¿Entonces, lo desairas, Juno?

--He pedido un mes para contestar, Reinita. Me encuentro perpleja; pues temo causar una decepción a mi padre. Por otra parte, ese casamiento reúne bajo los otros puntos de vista todo lo que yo puedo desear; en fin es un cumplido caballero.

--Mas, supuesto que no le amas, Blanca...

--Mi padre me asegura que le amaré después, y que para ser felices en el hogar, no es necesario el amor.

--¿Cómo puedes creer semejante cosa?--exclamé saltando de indignación.--De veras que mi tío profesa doctrinas abominables.

A esto Blanca me respondió con toda calma, que su padre era el buen sentido en persona y que había notado siempre que rara vez se equivocaba en sus apreciaciones y que por consiguiente se hallaba dispuesta a darle oídos.

--Pablo te quiere mucho, Juno--murmuré yo casi sin voz.

--Sí, desde hace tiempo.

--¿Lo sabías?

--Sin duda; una mujer siempre se da cuenta de esas cosas. Y tú, ¿no lo habías notado?

--Sí... algo--le contesté, enviando a mi pasada estupidez un suspiro lleno de melancolía.

Blanca no dejó después de explicarme la tardanza de Pablo en pedir su mano; aquella demora no obedecía más que al temor de una negativa.

Yo pensaba lo mismo y me vestí febrilmente, pensando que influida por su padre, concluiría por dar su consentimiento.

Yo en su lugar, habría dicho que sí en un segundo, y me hubiera casado quince días después.

¡Ay! mis sueños se habían desvanecido... y caí en un enorme desaliento.

XVI.

Convínose en que Pablo pasaría algún tiempo sin venir al Pavol, y ¡cosa increíble, inaudita! desde el día en que Blanca dejó de verle, pareció casi decidida a otorgarle su mano.

Hablábamos de él constantemente, hasta combinábamos los trajes de boda, y yo daba pruebas de una resignación estoica, digna de los antiguos hombres.

Pero esta resignación era sólo aparente.

Mi desaliento aumentaba, mis ojos se circuían de ojeras, y concluí por pensar que no siéndome soportable la vida lejos del hombre que amaba, lo más sencillo era irme al otro mundo.

Evidentemente, este proyecto era bastante doloroso, pero me aferré a él con entusiasmo; lo meditaba y lo acariciaba, con una alegría casi enfermiza. Pero con todo, juro por mi honor, que jamás se me pasó por la idea asfixiarme, o tragar veneno, medios de finalizar tan gratos a las gentes de nuestra época. No; leí no sé en qué libro, que una joven había muerto de pena a causa de un amor contrariado, y decreté que seguiría su ejemplo.

Tomada esta resolución, y confirmándome mi desmejorada cara en mis pensamientos lúgubres, pensé que sería correcto y conveniente advertir al cura, y que por otra parte no podía morir sin estrecharle la mano.

Bien determinada a ello, entré una mañana en el despacho de mi tío y le pedí permiso para ir al Zarzal.

--Más vale escribir al cura que venga, Reina.

--No podrá, tío; nunca tiene un céntimo.

--Es que no es nada divertido el viaje.

--No es preciso que vos me acompañéis, tío, por eso os ruego que no lo hagáis, me estorbaríais. Quiero ir sola con la vieja ama de llaves, si es que me lo permitís.

--Haz como quieras. Mi carruaje, te llevará hasta C***, donde te será fácil hallar otro que te lleve hasta el Zarzal. ¿Cuándo quieres ir?

--Mañana temprano, tío; deseo sorprender al cura. ¡Ah! me quedaré a dormir en la casa parroquial.

--Bueno. Te mandaré el coche a C***, de aquí dos días. Trata, pues, de hallarte allí de vuelta, pasado mañana a las tres.

Y me miró atentamente por bajo de sus espesas cejas, restregándose la barba con aire preocupado.

--¿Estás enferma, Reina?

--No, tío.

--Sobrinita--díjome atrayéndome a sí, he llegado casi a desear que no se cumplan mis deseos.