Mi tio y mi cura

Chapter 8

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Puedo asegurar que mi espíritu de observación no se ejercitó en mi primer baile. Sólo me queda de esa fiesta algo así como la impresión de un placer delirante, y el recuerdo de las necedades que dije, y eso porque me costaron una buena reprimenda al día siguiente.

De cuando en cuando, Juno golpeábame el brazo con su abanico y me decía al oído, que me ponía en ridículo; pero era como hablar con una tapia; pues yo me alejaba sin oírla, revoloteando con mis compañeros.

A veces, mi caballero creía oportuno entablar conversación.

--¿No hace mucho que vivís aquí, señorita?

--No señor; seis semanas, más o menos.

--¿Y dónde vivíais antes de venir al Pavol?

--En el Zarzal; una quinta espantosa, con una espantosa tía que ¡gracias a Dios! ha muerto.

--En todo caso, vuestro nombre señorita es de los más conocidos; en 1423 había un caballero de Lavalle que se parapetó en el monte de San Miguel.

--¿Sí? ¿Y qué hacía allí ese caballero?

--Defender el monte atacado por los ingleses.

--¿En lugar de bailar? ¡Qué tonto!

--¿Tratáis así, señorita, a vuestros abuelos y al heroísmo?

--¡Mis abuelos! ¡Nunca he pensado en ellos! y del heroísmo se me da un bledo.

--Pero ¿qué os ha hecho el pobre heroísmo?

--Es que como los romanos eran heroicos, según parece y yo detesto a los romanos... Pero, bailemos, en vez de charlar.

Y partíamos, girando.

Mi felicidad llegó a su apogeo al verme, danzando con el señor de Couprat, en aquel salón lleno de luces, a la vista de tantas señoras riquísimamente ataviadas, y entre aquella sociedad de la que me hallaba tan lejos poco antes. Pablo bailaba mucho mejor que los demás. Aunque fuese alto y pequeñísima yo, solía acariciarme las mejillas su lindo bigote rubio y retorcido, y sentí algunas tentaciones de las que no hablaré por no escandalizar al prójimo.

Embriagada por la alegría y las lisonjas que zumbaban a mi derredor, dije todas las tonterías inimaginables; pero conquisté a todos los hombres y desesperé a todas las muchachas.

El cotillón despertó en mi el mayor entusiasmo, y cuando mi tío, que tenía todo el aire de un mártir, nos hizo señas de que era hora de partir, exclamé, desde el extremo del salón:

--Tío, no me sacaréis de aquí, sino por la fuerza armada.

Pero tuve que prescindir de ella, y seguir a Juno, que hermosa y correcta, como de costumbre, se apresuró a obedecer a su padre, sin hacer caso de mis recriminaciones.

Ya en mi cuarto y al desnudarme, me vino una locura irresistible. Tomé mi almohada y me puse a valsar con ella por el cuarto, cantando a toda voz.

Juno, cuyo cuarto no estaba lejos del mío, acudió semiasustada.

--¡Reina! ¿qué haces?

--¡Ya ves, bailar!

--¡Dios, mío! ¡qué niña eres!

--Querida Blanca, si la humanidad tuviese ingenio, día y noche bailaría.

--Vamos, Reina, hace frío y puedes resfriarte; acuéstate.

Arrojé mi almohada a un rincón y me metí en la cama. Blanca sentose a los pies e improvisó una arenga. Esforzose en probarme que la calma es una gran cualidad en todos los actos de la vida; que cada cosa debe hacerse a su tiempo y lugar, y que, después de todo, no le parecía que una almohada fuese un compañero de danza muy agradable y...

--¡En cuanto a eso estoy conforme! díjele interrumpiéndola,--sólo son agradables los bailarines de carne y hueso, sobre todo, si tienen bigotes: bigotes rubios, por ejemplo. Un bigotito que os acaricia la mejilla al bailar ¡ah! de veras, es deli...

En esto me dormí, y no desperté hasta las tres de la tarde.

Así que estuve vestida, me mandó llamar el señor de Pavol. Acudí inmediatamente con el presentimiento de que en el cerebro de mi tío germinaba un sermón. Al ver su aire solemne comprendí lo acertado de mis conjeturas y como siempre me ha gustado la comodidad tanto en los sermones, como en las demás circunstancias de la vida, aproximé un sillón y me arrellané en él, confortablemente; entrelacé las manos sobre mis rodillas y cerré los ojos con aire de profundo recogimiento.

Al cabo de dos segundos, no escuchando ni media palabra, exclamé:

--¿Y? ¡Empezad, pues, tío!

--Hazme el servicio de enderezarte, Reina y de tomar una actitud más respetuosa.

--Pero tío--repuse abriendo los ojos, asombrada;--no ha sido mi intención faltaros al respeto, y si me he puesto en esa actitud era para oíros mejor.

--Sobrina, me vas a hacer perder la cabeza.

--Puede ser, tío, respondí tranquilamente, mi cura también me decía muchas veces que le haría morir de pesar.

--Hablando francamente ¿crees que tenga ganas de que me lleve el diablo por causa de una chicuela mal educada, como tú?

--Os diré primero, que no creo que nunca os llevará el diablo, y segundo, que me desolaría si os perdiera, pues os quiero con todo mi corazón.

--¡Hum!... ¡es una suerte! ¿Quieres decirme ahora porqué a pesar de mis lecciones y consejos, te has comportado anoche de una manera tan inconveniente?

--Especificad las acusaciones, tío.

--Sería cosa de nunca acabar, pues todo lo que has hecho, ha sido inconveniente; parecías una loca. Entre muchas necedades, has llamado por su nombre de pila al señor de Couprat, así que le viste; yo estaba cerca de ti, y he visto que al caballero, que en ese momento te daba el brazo, le pareció muy chocante.

--¡Oh, eso sí! ¡lo creo capaz de todo; parecía un ganso!

--Yo no soy un ganso, Reina, y te digo que es una inconveniencia.

--Pero, tío, es nuestro primo, lo vemos todos los días. Blanca y yo le llamamos siempre Pablo cuando hablamos de él, y aun cuando nos dirigimos a él directamente.

--Eso puede pasar en la intimidad, pero no en el mundo, donde nadie está obligado a conocer el parentesco ni el grado de relación de las personas.

--¿Así es que, según vos, debe uno portarse de un modo en su casa y de otro delante de gente?

--Eso es lo que me esfuerzo en hacerte comprender, sobrina.

--Pues, eso es ni más ni menos, una hipocresía.

--En nombre del cielo, sé hipócrita, no te pido otra cosa. Parece además, que has dicho a cinco o seis jóvenes que eran muy buenos mozos.

--¡Cierto, ya lo creo!--exclamé en un ímpetu de simpatía al recordar a mis compañeros.--¡Tan guapos, tan educados, tan atentos! Por otra parte les había trampeado piezas y para que no se contrariaran...

--Por el momento, a quien contrarías mucho es a mi, Reina; hace siete semanas que Blanca y yo tratamos de hacerte comprender que es necesario mesurar nuestros movimientos lo mismo que nuestras tristezas y alegrías, y sin embargo, no yerras disparate. Tienes talento, eres coqueta y desgraciadamente para mi, tienes una cara demasiado bonita y...

--¡Al fin y al cabo!--interrumpí, satisfecha,--así es como me gustan los sermones.

--No me interrumpas, Reina, te hablo seriamente.

--Vamos a ver, tío, razonemos: la primera vez que me visteis, me dijisteis: eres terriblemente linda.

--Y ¿qué hay con eso, sobrina?

--¿Qué hay? Que con ello veréis, que uno no puede refrenar siempre un movimiento primo.

--Tal vez, pero se debe tratar de reprimirlo siempre, y sobre todo, hacerme caso. A pesar de tu poca edad y tu corta estatura, tienes el aspecto de una mujer; trata pues de tener la dignidad, que te corresponde.

--¡La dignidad!--exclamé,--y ¿para qué?

--¿Cómo para qué?

--No comprendo, tío. ¿Cómo me predicáis dignidad, cuando el gobierno tiene tan poca?

--No veo la relación... ¿Qué nueva locura es esa?

--¿No decís tío, que el gobierno pasa el tiempo jugando al volante? La verdad es que tal conducta en un gobierno es una falta de dignidad. Y entonces, ¿por qué los simples particulares hemos de tener más que los ministros y los senadores?

Mi tío se echó a reír.

--Difícil es reñirte, Reina; como la anguila, te escurres entre los dedos. Pero a pesar de todo, te aseguro, que si no me obedeces no te dejaré ir más a ninguna tertulia.

--¡Oh, si hicieseis semejante cosa, mereceríais las torturas de la Inquisición!

--Como la Inquisición está abolida no se me torturará; pero tu me obedecerás, tenlo por cierto. No quiero que una sobrina mía adquiera hábitos y maneras, que si se pueden excusar hoy por sus pocos años, mañana la podrán hacer pasar por... ¡hum!

--¿Por qué, tío?

El señor de Pavol tuvo un violento ataque de tos.

--¡Hum! por una mujer criada en las selvas, o algo por el estilo.

--Y tal apreciación no iría muy descaminada, puesto que el Zarzal y una selva son la misma cosa.

--En fin, sobrina, convéncete de que te he hablado seriamente; vete y reflexiona.

Comprendí que no se podía tomar a broma este formidable reto. Me encerré en mi cuarto donde reflexioné veintiocho minutos y medio, durante los cuales sentí germinar en mi corazón el loable deseo de trabar relación con la mesura.

XIII.

Muy pronto llegué a descubrir que muchas veces la fama de sabiduría de que gozan los proverbios no es hurtada; que en ciertos casos, querer es poder y que con un poquito de buena voluntad me sería fácil poner en práctica los consejos de mi tío.

No quiero decir con esto, que no haya vuelto a cometer necedades desde entonces, ¡oh, no! eso sucedía aún, bastante a menudo, pero logré volverme seria y adquirir un sosiego relativo.

Por otra parte, si mi tío me había reprendido había sido en previsión del porvenir, porque entonces me hallaba en un medio social en el que mis acciones y palabras eran juzgadas con la mayor indulgencia. Era aquella una sociedad amena, y educada, llena de tradiciones de cortesía, y en las que contaba sin saberlo con gran número de parientes y allegados.

En obsequio a mi nombre, a mi belleza, y a mi dote fuéronme perdonados muchísimos pecados. Era la niña mimada de las matronas, que narraban con cariño anécdotas de mis abuelos y bisabuelos y de otros antepasados cuyos hechos y proezas debían haber sido muy notables, para que aquellas bondadosas marquesas hablaran de ellos con tanto entusiasmo.

Comprendí, con satisfacción, que para algo sirven en la vida los abuelos, y que su égida polvorosa defiende las osadías y caprichos de las nietecillas criadas en el fondo de los bosques.

Era la niña mimada de los maridos en perspectiva, que en mis hermosos ojos, veían brillar mi dote; la niña mimada de los bailarines, a quienes mi coquetería divertía, y confieso en voz baja, muy baja, que sentía una felicidad inmensa en jugar con los corazones y en metamorfosear las cabezas en veletas.

¡Oh, coquetería, qué encanto en cada letra de tu nombre!

Era preciso que este sentimiento fuese innato en mi, porque después de asistir a dos o tres reuniones conocía todos sus detalles, astucias y matices.

Quisiera ser predicador, nada más que para predicar la coquetería a mi auditorio y rehusar la absolución a las penitentes sin talento para dedicarse a tan encantador pasatiempo.

Con tales ideas, quizá no permanecería mucho tiempo en el seno de la iglesia, pero en mi corta carrera, creo que haría bastantes prosélitos. Compadezco a los hombres, que creen conocer todo, e ignoran los placeres más finos y delicados. A mis ojos; arrastran una vida de bolonios.

Mientras que yo me zarandeaba y hería corazones, Blanca pasaba hermosa y altiva, demasiado segura de su belleza, para preocuparse de hacerla admirar; demasiado correcta para rebajarse hasta las emociones y pillerías que hacían mi felicidad.

Sin embargo, así que la primera efervescencia se calmó, me di cuenta de que el señor de Couprat tardaba mucho tiempo en enamorarse de mí. Me veía bajo todas las fases, vestida de baile, de visita, de calle, coqueta, seria, y a veces, aunque debo confesarlo, raras veces, melancólica, y a pesar de toda esta diversidad de aspectos, que ahuyentaban la monotonía, no sólo no se me declaraba, sino que parecía tratarme como a una chica. Y la frase de mi cura: «Está cierta de que te ha tomado por una chiquilina sin consecuencia», comenzaba a preocuparme enormemente.

A pesar de mi coquetería y mis numerosas distracciones, ni un solo instante, decayó mi amor. La animación de mi vida impedíame, sin duda, pensar en él constantemente, y por eso me explico mi ceguedad; pero nunca se me ocurrió poder hallar otro hombre más encantador que Pablo de Couprat.

Sin embargo, en la corte que me circuía, muchos cortesanos ofrecían una semejanza real con los tipos de Walter Scott, que tanto había admirado. Y muchas veces me he preguntado cómo había podido conmoverme mi héroe, alegre y regordete, cuando mi imaginación estaba bajo la influencia de personajes quiméricos, que tan poco se le parecían. He aquí un tema psicológico que abandono a la meditación de los filósofos, porque yo, no tengo tiempo para profundizarlo; señalo el hecho, saludo a la filosofía y paso.

El 25 de Octubre, asistimos al último baile, en un castillo situado cerca del Pavol.

Esa noche fui con un vestido azul celeste; estaba extraordinariamente linda y tuve un éxito loco. Tan loco, que en la semana siguiente fui pedida por cinco. Pero yo estaba intranquila, febril, atormentada, y contra mi costumbre, no me gocé en el delirio que causaba mi belleza.

Aguardaba al señor de Couprat con impaciencia, para observarlo con ojos que comenzaban a ver claro. Generalmente llegaba muy tarde, en compañía de tres o cuatro jóvenes que componían la alta sociedad a la moda de la región. Estos jóvenes hastiados desde la más tierna edad, tenían por muy aburrido, fatigoso e incómodo el baile; contentábanse con hacer algunas invitaciones con dejadez e impertinencia. No así Pablo de Couprat, demasiado educado y franco para no bailar con el aspecto alegre y satisfecho que las circunstancias requerían.

Con todo, debo decir que mi brío disipaba el tedio de aquellas víctimas de la experiencia, como un rayo de sol disipa leve bruma. Sabía agasajarles y hacerles girar a voluntad de mis caprichos tanto que mi tío decía:

--Si tiene el diablo en el cuerpo.

¡Sea tenido por infame el que mal piense!

Con despecho, noté que Pablo bailaba a menudo con Blanca y que a mi me invitaba pocas veces y sin mucho entusiasmo ni insistencia.

Redoblé mi coquetería para atraer su atención; pero poco se le importó. Su corazón y su mente estaban lejos de mi, y me arrinconé en un ángulo de la sala, negándome rotundamente a bailar más.

Ocultábame casi tras unos tapices que separaban el salón de una salita, y desde allí sorprendí la conversación de dos respetables matronas, cuyas simpatías me había conquistado.

--Reina está muy guapa esta noche, y como siempre, es la reina del baile.

--Sin embargo, Blanca de Pavol es más linda.

--Sí, pero es menos atrayente. Es una reina altiva, mientras que la señorita de Lavalle es una deliciosa princesita de cuentos de hadas.

--Princesa, esa es la palabra; se ve en toda ella la raza, y lo que chocaría en otras, en ella es encantador.

--Se susurra que es cosa decidida el matrimonio de su prima con el señor de Couprat.

--Así he oído decir.

Durante algunos minutos, orquesta, matronas y parejas ejecutaron a mis ojos una danza sin nombre, y para no caerme, tuve que sujetarme de las colgaduras que me ocultaban.

Cuando me repuse de aquel atolondramiento, el brillante salón me parecía velado por un crespón negro, y con gran sorpresa de Juno, fui a rogarle que nos fuéramos inmediatamente, sin aguardar el cotillón.

Mientras regresábamos al Pavol, yo me decía:

--No es cierto, estoy segura de que no es cierto. ¿A qué afligirme tanto?

Con todo, me desnudé llorando y con el presentimiento de que una gran desgracia se cernía sobre mí.

Sin embargo, como no hay nada más voluble que una cabeza de diez y seis años, al siguiente día volviome la experanza, y clasifiqué la charla de aquellas dos señoras de murmuraciones sin alcance.

Resolví observar cuidadosamente al señor de Couprat y me hallé en tal disposición de espíritu, que con el menor indicio hubiera dado cuerpo a las más fugitivas impresiones.

En la tarde de aquel día nefasto, nos encontrábamos todos en el salón. El comandante y mi tío jugaban al ajedrez; Blanca tocaba una sonata de Beethoven, y yo, recostada en un sillón espiaba con los párpados entornados la actitud y la fisonomía de Pablo Couprat.

Sentado junto al piano, algo atrás de Juno, escuchaba con gravedad, sin cesar de mirarla. Aquella impresión seria no le sentaba, y hubiera podido decirse, que estaba aburrido. Me confirmé en esta opinión, observando que trataba de ahogar algunos intempestivos bostecillos. Entonces fue cuando me acordé de pronto, de la satisfacción que yo sentía siempre que él tocaba sus valses y sus danzas. Comprendí que no me gustaba la música sino el músico, y que a él le pasaba lo mismo respecto de Blanca. No se le daba un bledo de Beethoven; pero estaba enamorado de Blanca, y hasta las cosas que le eran antipáticas le gustaban en la mujer amada.

Juno terminó su horrible sonata, y Pablo dijo en un arranque de entusiasmo, cuyo oculto motivo comprendí:

--¡Qué genial ese Beethoven! Y vos, prima, lo interpretáis maravillosamente.

--¡Pues lo que es vos, Pablo, habéis bostezado y bien!--exclamé poniéndome de pie tan bruscamente, que los jugadores de ajedrez, lanzaron un gruñido furibundo.

--Creo que dormías, Reina.

--No, no dormía, y te aseguro que Pablo ha bostezado mientras tú interpretabas tu maldito Beethoven.

--Reina detesta tanto la música, que atribuye a los demás, sus propias impresiones.

--¡Buenos descubrimientos me obligan a hacer mis propias impresiones!--respondí con voz temblona.

--¿Qué te pasa, Reina? Has de estar de mal humor porque no has dormido anoche.

--No estoy de mal humor, Juno, pero detesto la hipocresía, y repito y sostengo y sostendré hasta la muerte que Pablo ha bostezado que era un gusto.

Después de esta salida, me escapé del salón con la tranquilidad de un torbellino, dejando estupefactos a todos los que estaban en él.

Me encerré en mi cuarto, y paseándome de largo a largo, renegué de mi ceguedad, y me di de coscorrones, siguiendo la costumbre de Petrilla, cuando se hallaba en algún aprieto. Pero los coscorrones a más de que pueden descompaginar los sesos, no han sido nunca eficaz remedio de amores degradados, y me dejé caer sobre un sofá profundamente desalentada.

Como en otras circunstancias análogas, me acordé de frases y detalles, que según yo me decía, debían de haberme dado luz, no digo, una vez, sino veinte.

El sentimiento dominante en mi, en medio de otros muy confusos era una viva cólera; pero mi altivez me hizo jurar que nadie conocería mi dolor.

En aquel momento fui sincera, y creí que me sería fácil disimular mis impresiones, cuando tenía por costumbre lo contrario.

Atravesaba por una de esas situaciones en que el individuo más manso siente violentos deseos de estrangular a alguien y de romper cualquier cosa. Los nervios que no se pueden calmar con lágrimas, tienen que estallar de cualquier modo y a mi me dio con mis hombrecillos de terracota cuyas muecas y sonrisas me parecieron de pronto odiosas y ridículas. Inmediatamente los arrojé por la ventana, sintiendo un extraño placer al oírlos quebrarse sobre los guijarros de la alameda.

Tocole uno a la veneranda cabeza de mi tío que pasaba por allí. La suerte que llevaba sombrero; pero, con todo, hallando este procedimiento fuera de todas las leyes de la buena educación, no pudo contenerse y respondió con una expresiva exclamación.

--¿En qué, demonios, te ocupas, sobrina?

--Tiro mis hombrecillos por la ventana, tío--respondíle, aproximándome al alféizar, del que había permanecido retirada para arrojar con mayor fuerza mis proyectiles.

--¡Vaya un motivo para romperle a uno la cabeza!

--Os pido perdón, tío, pero no os había visto.

--¿Que te has vuelto loca repentinamente? ¿Por qué rompes así tus chucherías?

--Me incomodan, me aburren, me impacientan... ¡Mirad, ahí va el resto!

Envié cinco de una vez, cerré la ventana de pronto y dejé al señor de Pavol refunfuñando contra las sobrinas y sus caprichos.

A la noche me sermoneó, pero le escuché con la mayor impasibilidad, pues en medio de mis graves preocupaciones, aquella mísera reprimenda era un globo de jabón que estallaba sobre mi cabeza.

Después de comer, fui a contemplar mis hombrecillos que yacían lastimosamente en la alameda. ¡Rotos, pulverizados! lo mismo que mis ilusiones y mi felicidad, que creía perdidos para siempre.

XIV.

Tal vez os admiréis de mi falta de perspicacia, pero ¿quién, aun sin tener la excusa de mis diez y seis años, no ha demostrado una ceguedad increíble, por lo menos una vez en la vida? Quisiera saber si existe un solo hombre que no se haya tratado de imbécil, descubriendo un hecho, que aunque muy visible, no llegaba a ver. ¡Ah! es muy fácil llamarse perspicaz, como también es fácil parecerlo, cuando se nos ponen los puntos sobre las íes.

Desde entonces fue para mi un verdadero suplicio el ver al señor de Couprat, y observar todas las atenciones y delicadezas de que colmaba a Blanca. ¡Cuánto lloraba en silencio! pero eso sí, nunca, nunca sentí celos de Juno.

¡Dios mío! no; yo era una criatura que amaba sincera y profundamente, pero sin que la más mínima sombra de pasión feroz se mezclase a mi amor. Contra el único que sentía una ira continua era contra el señor de Couprat. Era el cabro emisario cargado de todo mi mal humor y mis penas. No me cansaba de zaherirlo y repetirle cosas agridulces. En seguida me refugiaba en mi cuarto, en el que me paseaba a grandes pasos, echándome discursos.

«¡Oh, qué talento, enamorarse de una mujer cuyo carácter no se le parece en nada! ¡Él, tan alegre, tan charlatán, tan charlatán como yo, por cierto! Blanca es seria, silenciosa e idólatra de la etiqueta, mientras que a él estoy segura, que lo desespera. ¡En cambio nosotros armonizábamos tan bien! ¿Cómo no lo ha visto? Pero Blanca es tan buena como linda; la conoce desde hace mucho, y luego, al corazón no se le ordena»...

Desgraciadamente todos estos hermosos raciocinios no me consolaban.

De noche sollozaba en mi cama y a veces, hasta entre sueños, y a pesar de la firme resolución de ocultar mis impresiones, al cabo de quince días todos los habitantes del Pavol, se asombraban de mis maneras caprichosas. Por la mañana estaba tan alegre que reía horas y, horas; pero por la tarde, sentábame a la mesa con aspecto sombrío y no despegaba los labios durante toda la comida.

Este silencio tan en oposición con mis hábitos, preocupaba bastante al señor de Pavol.

--¿Qué es lo que pasa en tu cabecita, Reina?

--Nada, tío.

--¿Te aburres? ¿Quieres viajar?

--¡Oh no, no, tío! Por nada dejaría el Pavol.

--Si quieres casarte decididamente, eres libre de ello, no soy un tirano. ¿Te pesarían las negativas con que has acogido las propuestas de matrimonio que se han sucedido en estos últimos días?

--No, no, tío, he abandonado por completo mis antiguas ideas; no quiero casarme.

Estos desdichados partidos, aumentaban mi fastidio. Ya no podía oír hablar de matrimonio sin sentir deseos de llorar. Aunque el señor de Pavol no me apremiaba para que aceptase alguno, me demostraba, sin embargo, las ventajas de cada uno de ellos e insistía algo, para que yo por lo menos consintiese en tratar a mis enamorados.

Hasta les hubiera calificado con mucha facilidad de casos extraordinarios y entre los numerosos descubrimientos que diariamente hacía, no fue la inconsecuencia de mi tío, uno de los que menos me llamaron la atención.

Aquí para nosotros, pienso que estaba algo asustado con la carga de la sobrina que le había caído en suerte. Me dejó completamente libre para elegir y se contentó con mis razones sin pies ni cabeza, para rechazar a mis pretendientes.

--¿Y no eras tú la que tenías tanta prisa por casarte, Reina?--me preguntó Blanca.

--No me casaré, si no encuentro lo que deseo.

--¡Ah! ¿y qué deseas?

--No lo sé aún--respondile con la garganta oprimida.

Blanca me tomó la cara con ambas manos y me miró con atención.

--Quisiera leer en tu pensamiento, Reinita. ¿Amas a alguien? ¿A Pablo?

--Te juro, que no--díjele, zafándome de su caricia,--no quiero a nadie, y cuando quiera, lo sabrás en seguida.