Chapter 7
--Pero, de la vida, tío--le respondí tranquilamente.--Recordad las heroínas de Walter Scott: recordad cuánto aman y cómo son amadas.
--¡Ah!... ¿y el cura te ha permitido leer novelas y te ha dado conferencias sobre el amor?
--¡Pobre cura! ¡Si supierais lo que le he hecho rabiar con eso! Y en cuanto a las novelas, tío, no quería dejármelas leer de ningún modo. Llegó hasta llevarse la llave de la biblioteca; pero, rompiendo un vidrio, entré por la ventana.
--¡Pues ya prometías! Y en seguida ¿te diste a soñar y divagar acerca del amor?
--Nunca divago, y sobre todo, sobre ese tema; porque sé bien de lo que trato.
--¡Canarios!--dijo mi tío riendo.--Sin embargo, acabas de decirnos que no quieres a nadie.
--¡Es cierto!--repliqué rápidamente, medio turbada con mi indiscreción.--Pero ¿no creéis tío, que la reflexión pueda suplir a la experiencia?
--¡Cómo no! ¡Ya lo creo! sobre todo, tratándose de semejante asunto. Y luego me parece que tú tienes buena cabeza.
--Tengo lógica, tío, de ahí todo. Decid y ¿no se ama a más hombre que al marido?
--A ningún otro--respondió sonriendo el señor de Pavol.
--Pues bien, si no se ama más que a su marido; como si se ama al marido, naturalmente es, porque se siente amor y ya que no se puede vivir sin amar, concluyo, que es necesario casarse.
--Sí, pero no antes de haber cumplido los veintiuno, señoritas.
--¡Oh, eso no me importa!--respondió Blanca.
--¡Pero a mi si me importa! De ningún modo aguardaré cinco años.
--Aguardarás cinco años, Reina, a no ser que se dé algún caso extraordinario.
--Y ¿qué llamáis un caso extraordinario, tío?
--Un partido tan conveniente que fuera absurdo rechazarlo.
Esta modificación del programa del tío me dio tanta alegría, que me levanté para brincar.
--¡Entonces, no esperaré!--exclamé escapándome. Y corrí a mi cuarto, en donde no tardó Juno en aparecer con su aire majestuoso.
--¡Qué desfachatada eres, Reina!
--¡Desfachatada! ¿Así es como agradeces el que haya hecho lo que tú misma me has pedido?
--Es que dices las cosas muy pan, pan...
--Así es mi modo: al pan, pan; y al vino, vino.
--Y después, se hubiera dicho que te gozabas en mortificar a papá.
--¡Oh, no! me dolería mucho contrariarle; su cara burlona me gusta y lo quiero con locura. Conque, así no cambiemos las cosas, Blanca; el que nos ha hecho rabiar es él, atacando el matrimonio, y tú no puedes quejarte de mi, por que al fin y al cabo sabes lo que querías saber.
--¡Eso es cierto! dijo Blanca con aire soñador.
Pronto, y a sus expensas, supo el señor de Pavol, que si las mujeres hechas no valen nada, menos valen aún las jóvenes, pues pisotean sin pestañear las ideas de sus padres y sus tíos.
X.
El lunes, me levanté lo más contenta. Había soñado esa noche con Pablo de Couprat, y me desperté lanzando un grito de alegría.
Aumentaba mi júbilo el placer de estrenar un vestido como jamás había usado, y así que estuve ataviada, me contemplé largo rato en silenciosa admiración. Y en seguida me eché a brincar y saltar en un acceso de exuberante felicidad, y en un corredor, casi, casi, doy a mi tío contra el suelo.
--¿A donde vas así, sobrina?
--A todos los cuartos, tío, para mirarme en todos los espejos. ¿No veis qué bien estoy?
--Sí, en efecto, no estás mal.
--¿No es cierto que con un traje bien hecho, tengo un lindo talle?
--¡Lindísimo!--respondió el señor de Pavol, besándome en las mejillas y encantado con mi alegría.
--¡Ah! tío, ¡qué feliz soy! Opino que el caso extraordinario se presentará muy pronto.
Tras esto seguí mi camino y me precipité como una tromba marina en el cuarto de Juno.
--¡Mira!--exclamé, girando con tanta rapidez sobre mí misma, que mi prima no podía ver más que un torbellino.
--Pero sosiégate, Reina--me dijo ella con su calma de siempre.--¿Cuándo serás medida en tus movimientos? Sí, tu traje te sienta.
--Mira, qué piececito.
--¡Ah, presuntuosa de nacimiento! ¿Quién diría que una campesina como tú, llegaría tan pronto a tanta coquetería?
--Ya te admirarás más. Sé que la coquetería es una cualidad muy seria.
--Es la primera vez que lo oigo. ¿Quién te ha enseñado eso? Supongo que no habrá sido el cura.
--No, no; una persona que entendía algo en la materia. ¿Vendrá a almorzar alguien más que los de Couprat, Blanca?
--Sí, el cura y dos amigos de mi padre.
Nos instalamos en el salón en espera de nuestros invitados y pronto apareció mi tío acompañado del comandante de Couprat, al que me presentó.
¡Dios mío, qué aspecto tan simpático, el del comandante!
Sus ojos eran límpidos como los de un niño y sus cabellos y bigotes blancos como nieve. Su fisonomía era tan bondadosa y benévola, que me recordó la de mi cura, aunque no hubiera entre ellas verdadera semejanza. Inmediatamente me sentí atraída hacia él y comprendí también que la simpatía era recíproca.
--Una parientita, de quien ya he oído hablarme dijo, tomándome las manos:--deja que te bese, hijita, he sido muy amigo de tu padre.
Me dejé besar de buen grado, no sin decir para mis adentros, que hubiera sido mucho mejor que en tan delicada operación le hubiese reemplazado su hijo.
Por fin entró... De buena gana habría dado todo mi dote y mi hermoso vestido a más, por el derecho de correr a él y abrazarle con todas mis fuerzas.
Dio un apretón de manos a mi prima, y me saludó tan ceremoniosamente, que quedé cortada.
--Dadme la mano--le dije,--bien sabéis que nos conocemos.
--No me atrevía a...
--¡Qué tontería!
--¿Qué es eso, Reina?--refunfuñó mi tío.
--Una flor algo silvestre--dijo el comandante mirándome con cariño,--pero una hermosa flor.
Estas palabras no bastaron para disipar el fastidio que sentía sin saber por qué, y permanecí por algún tiempo silenciosa y quieta en mi asiento, observando al señor de Couprat que conversaba risueñamente con Blanca. ¡Ah, cómo me gustaba! Cómo me latía el corazón mientras lo veía reír con aquella risa fresca, con aquellos blancos dientes y con aquellos ojos francos con los que había soñado tanto en mi espantosa casa vieja. Y mi tía, mi cura, Susana, el jardín húmedo de lluvia, y el cerezo a que se había trepado, desfilaban por mi mente como sombras fugitivas.
No tardé en tomar parte en la conversación, y ya había recobrado una parte de mi buena alegría cuando pasamos al comedor.
Colocada entre el cura y Pablo de Couprat, me dirigí inmediatamente a éste, preguntándole:
--¿Por qué no volvisteis al Zarzal?
--No he podido disponer de mis acciones, señorita.
--¿Y habéis, por lo menos, deseado ir?
--Muchísimo, os lo aseguro.
--Y entonces ¿por qué no me disteis la mano al entrar?
--Es que según la etiqueta la iniciativa os correspondía, señorita.
--¡Ah! ¿la etiqueta? Sin embargo, en el Zarzal, no os acordabais de ella.
--Estábamos en condiciones especiales, y bien lejos de la sociedad, por cierto,--respondió sonriendo.
--¿A caso la sociedad prohíbe que seamos amables?
--No, al contrario; pero las conveniencias reprimen a menudo los ímpetus del cariño.
--Pues es una tontería--dije secamente.
Pero su explicación me satisfizo y recobré todos mis bríos.
Sin embargo, conversando con él, noté que no daba la misma importancia que yo a las palabras que me había dicho en el Zarzal. Pero me sentía tan feliz, viéndole y habiéndole, que en aquel momento, esta pequeña decepción pasó por mi alma sin herirla.
El señor de Couprat nos hizo saber que habría varios bailes en el mes de Octubre.
--Me alegro--respondió Juno.
--Me enseñarás a bailar--le dije saltando sobre mi silla.
--Pido que se me permita ser el profesor--exclamó Pablo de Couprat.
--Pablo es un notable bailarín--dijo el comandante,--todas las señoras desean bailar con él.
--Y luego es tan buen mozo--añadí yo.
El comandante y su hijo echáronse a reír; el cura y los dos amigos de mi tío me miraron sonriendo y moviendo la cabeza, con modo paternal. Mas el rostro de mi tío tomó una expresión de descontento y mi prima levantó las cejas, con un movimiento que le era peculiar, para demostrar su disgusto; movimiento tan lleno de desdén, que estuve por creer que había dicho una necedad.
Después del almuerzo dimos una vuelta por el bosque. Había vuelto a encontrar mi alegría y hablaba sin cesar, divertiéndome en imitar el modo y la voz de uno de nuestros invitados cuyos defectos exteriores me habían llamado la atención.
--Reina, eres muy mal educada--decía Blanca.
--Habla así--respondí, apretándome la nariz para imitar la voz de mi víctima.
El señor de Couprat reía, pero Juno se envolvía en una imponente dignidad que no me infundía respeto.
Llego un momento en que me hallé junto a él, mientras que mi prima caminaba delante de nosotros con aire distraído. Noté que él la miraba mucho, y le interrogué con la mayor inocencia de corazón:
--Es muy linda ¿verdad?
--¡Linda, muy linda!--respondiome con una voz tan apagada que me hizo estremecer.
Un presentimiento y una duda atravesaron mi espíritu; pero a los diez y seis años, esa clase de impresiones vuelan y desaparecen, como las mariposas que revolotean en torno de nosotros, así es que estuve lo más alegre hasta el instante en que nuestros invitados se despidieron del señor de Pavol.
Así que se fueron, retirose mi tío a su gabinete y me hizo comparecer ante él.
--Reina, has estado ridícula.
--¿Por qué, tío?
--No se le dice a un joven, que es buen mozo.
--Pero si me parece que lo es.
--Motivo de más, para no decírselo.
--¡Cómo!--contesté yo sorprendida.--¿Entonces debía decirle que lo hallaba feo?
--No debías de haber tocado ese punto. Ten cualquier opinión, pero guárdala para ti.
--Sin embargo, mi tío, lo más natural es decir lo que se piensa.
--No en sociedad, sobrina. La mitad de las veces es necesario decir lo que no se piensa y ocultar lo que se piensa.
--¡Qué horrible máxima!--exclamé asustada.--No la podré poner en práctica jamás.
--Ya llegarás a ello; mientras tanto, observa la etiqueta.
--¡Y dale con la etiqueta!--respondí, marchándome de mal humor.
Por la noche cuando me puse a soñar en la ventana como tenía por costumbre, una inquietud indefinible y oculta turbó mis ensueños. Pensé en aquel día, con tanta impaciencia esperado, y no pude negarme que las cosas no habían pasado según mis deseos. ¿Qué era lo que yo había esperado? Lo ignoraba, pero me espeté yo misma un discurso para convencerme de que el señor de Couprat estaba enamorado de mi, y la peroración dio término con un enternecimiento de mal augurio.
Al día siguiente, mis inquietudes habían desaparecido a pesar de todo, pero por la tarde recibí una larga misiva de mi cura, llena de buenos consejos y con este final:
«Reinita: tu carta ha venido a consolarme y alegrarme en mi soledad, te ruego que no te canses de escribirme. No sé que hacerme sin ti, y no voy al Zarzal, de miedo de llorar como un niño. Me reprocho mi egoísmo, puesto que eres feliz, pero como dice la Escritura, la carne es débil, y mi parroquia, mis deberes y mis oraciones no me han hecho olvidarte todavía.
«Adiós, querida y buena hijita mía, terminaré esta carta diciéndote: desconfía de la imaginación».
Y esta frase, produjo una impresión desagradable en mi ánimo agitado.
XI.
Hacía tres semanas que me hallaba en el Pavol y mi tío pretendía que en ese lapso de tiempo, había embellecido tanto, que sí me llegara a encontrar el cura, no le fuera posible reconocerme. Comparábame a esas plantas de mucha savia, que brotan hermosas en terreno ingrato, porque son lozanas de por sí, pero que trasplantadas a tierras propicias a su naturaleza, se desarrollan de pronto de un modo increíble. Cuando me miraba al espejo, convencíame de que mis ojos pardos tenían nuevo brillo, mi boca más frescura, y de que mi tez de meridional, adquiría matices róseos y delicados, que me producían vivísima satisfacción.
Sin embargo, algunos días después del almuerzo de que he hablado, descubrí de un modo cierto que me había engañado groseramente, creyendo con toda simpleza, que el señor de Couprat estuviese enamorado mí. Sin embargo, como nunca he sido pesimista, me apresuré a argüir para consolarme. Díjeme que los corazones no deben estar precisamente formados de la misma manera; que si algunos se dan en un minuto, otros tienen la facultad de meditar y estudiar antes de enamorarse; que si el señor de Couprat no me amaba aún, eso tenía que suceder hoy o mañana, dado que era evidente, que existía entre nuestros gustos y caracteres respectivos una innegable semejanza. De modo que aunque la decepción hubiese sido grande, no conmovió profundamente mi tranquilidad por buen número de días. Me expandía en un ambiente simpático a todos mis gustos y me regocijaba al calor de mi felicidad, como un lagarto al resplandor del sol.
Mi prima tocaba muy bien el piano. El comandante que era fanático por la música venía al Pavol varias veces por semana y su hijo le acompañaba siempre. De todos modos, siempre tenía la puerta franca, pues lo autorizaban para ello el haber sido compañero de infancia de Blanca y los vínculos del parentesco que unían a las dos familias. A más, mi tío miraba esta intimidad con buenos ojos, porque de acuerdo con el comandante y a pesar de sus paradojas sobre el matrimonio, deseaba ardientemente, casar a su hija con el señor de Couprat, pues hallaba y con razón, que entraba en la categoría de los casos extraordinarios.
Sólo más tarde me di cuenta de este proyecto, al mismo tiempo que de otras cosas, que me hubiera sido fácil comprender antes si hubiese tenido más experiencia.
Generalmente llegaban a la hora de almorzar. Pablo, dotado del apetito que sabemos, almorzaba copiosamente y merendaba sólidamente a las tres. Después de esto, Blanca me daba una lección de baile, mientras él ejecutaba con brío un vals propio. Otras veces el profesor era él; mi prima iba al piano, y el comandante y mi tío nos contemplaban con complacencia, mientras yo giraba en brazos del señor de Couprat, en medio de una alegría indecible. ¡Qué lindos días!
No hacíamos un proyecto en que él no estuviera incluido. Su comunicativa alegría, su espíritu conciliador, y el talento para organizar e inventar travesuras, que poseía en grado sumo, hacían de él un irreemplazable compañero, amenizaban nuestra existencia y alimentaban mi amor. Diestro, hábil, complaciente, se prestaba a todo, y todo sabía hacer. Cuando descomponíamos un reloj o rompíamos una pulsera o cualquier otro objeto, Blanca y yo decíamos:
--Cuando venga Pablo, lo compondrá.
Pintaba a menudo y nos enseñaba sus trabajos. Es el único punto en que nunca hemos podido estar de acuerdo. Yo experimentaba una intensa antipatía por las artes, pero sobre todo, por la música, puesto que la maldita etiqueta no permite taparse los oídos, mientras que es lo más fácil no mirar un cuadro o darle la espalda. Con todo, cuando el señor de Couprat tocaba valses, lo escuchaba con gusto y largo rato; mas, era él lo que me gustaba y no los valses. Anoto de paso este sentimiento, porque analizándole, un día llegué a un terrible descubrimiento.
--¿Para qué pintáis árboles, primo? El árbol más feo, es mucho mejor que todas esas manchas verdes que echáis sobre el lienzo.
--¿De ese modo comprendéis el arte, prima?
--¿No pensáis que Juno es mil veces más linda que su retrato?
--Sí, por cierto, lo creo.
--Y esas florecitas azules que ponéis en los árboles, ¿qué son?
--Eso es un pedazo de cielo, prima.
Hice una pirueta y exclamé con aire patético:
--¡Oh cielos, oh árboles, oh naturaleza!, ¡cuántos crímenes se cometen en vuestro nombre!
Mi tío tenía muchos amigos en V***, estaba emparentado con la mayor parte de las familias de la región y tenía mesa puesta para todos. Raro era el día que no tuviésemos algunos invitados a almorzar o a comer. Esto era para mi un medio de conocer las maneras sociales y aprender, como me había dicho el cura, a equilibrar mis sentimientos. Pero debo advertir, que no equilibraba mucho que digamos, y que no lograba nunca disimular pensamientos e impresiones tan chocantes como impertinentes.
Mi tío y Juno, completamente rígidos en cuanto al capítulo de las conveniencias sociales, me dirigían algunas reprimendas elocuentes; pero se las llevaba el viento. Con una tenacidad verdaderamente desoladora no perdía la ocasión de hacer un disparate o decir alguna majadería.
--Has estado muy inconveniente con la señora de A***, Reina.
--¿En qué, hipócrita Juno? Le he dejado ver, que no me gustaba, y nada más.
--Cabalmente, en eso consiste la inconveniencia, sobrina.
--Es tan fea, tío. Y de veras, no siento mucha afección por las mujeres; son burlonas, malas, y miden de pies a cabeza a la gente, como si en vez de ser personas fueran animales curiosos.
--¿Cómo te atreves tú a reprocharlos el que sean burlonas, Reina, cuando no te ocupas en otra cosa sino en remedar las ridiculeces de los demás?
--Sí, pero soy linda; por consiguiente, me está permitido hacerlo. El señor de C..., me lo dijo el otro día.
--No alcanzo a ver la consecuencia... Y por otra parte, ¿crees que los hombres no te midan también de pies a cabeza?
--Sí, pero es para admirarme, mientras que las mujeres, si me miran, es buscando defectos, y si no los hallan, los inventan. Ya ves, como he observado una porción de cosas.
--Ya lo vemos, sobrina. Pero trata de observar también, que la corrección es una apreciable cualidad.
Cuando nuestros invitados masculinos eran jóvenes, nos hacían la corte a Blanca y a mi, y lo que es yo me divertía bastante; pero cuando eran viejos... ¡Dios mío! surgía siempre la política a darme jaqueca. ¡Oh! ¡Cuánto me ha aburrido la política!
Llegaban irritadísimos contra las tropelías del gobierno, pero hablaban de ellas con cierta discreción hasta que algún bonapartista fogoso exclamaba, que debía fusilarse a todos los republicanos, para aterrorizarles. La ingenuidad de la frase hacía reír, pero esta hecatombe imaginaria era la señal de zafarrancho para las exageraciones y desatinos. Ya nos metíamos de cabeza en la política y no salíamos hasta el fin de la comida. Todos estaban de acuerdo en cuanto a abominar a la república y a los republicanos, pero en el momento en que algunos de los convidados desembolsaba la formita de gobierno que tenía buen cuidado de llevar siempre consigo, no pasaba mucho, no, sin que se cambiaran miradas furibundas y se pusieran las caras a modo de tomates.
Envolvíase el legitimista en la dignidad de sus tradiciones, de su fidelidad y de sus anhelos y trataba de revolucionario al imperialista; mientras que éste, en su foro interno, trataba de imbécil al legitimista. Pero como la urbanidad no le permitía emitir su opinión gritaba para resarcirse como un desesperado. En seguida se caía a plomo sobre los republicanos; se les abrumaba de invectivas, se les deportaba, se les fusilaba, se les decapitaba y se les hacía picadillo; pues bonapartistas y legitimistas se unían en un odio común, para barrer de la faz de la tierra a tales bípedos. Se peroraba apasionadamente, se gesticulaba, se salvaba a la patria y se ponían como remolachas... lo que no obstaba ¡ay! para que las cosas siguieran su camino. Mi tío, de tiempo en tiempo, lanzaba en medio de estas divagaciones, una salida ingeniosa, o una frase sensata y colocaba la discusión en un terreno más elevado que el del interés personal y las simpatías individuales. Nada legitimista, y sin tener opinión determinada, no dejaba de ver que la Francia, desde hacía un siglo, marcha con la cabeza baja, y que siendo esa una postura anormal, concluirá por perder el equilibrio y caer en un precipicio en el que la enterrarían.
Se reía de las ruindades y estupideces de todos los partidos, pero a menudo era presa de desalientos, que se reflejaban en alguna ocurrencia chistosa. Jamás lo vi exaltarse; se conservaba en calma, en medio a los variados rugidos de sus huéspedes, seguro siempre, de que suya sería la última palabra, pues veía claro y lejos. Sin embargo, sus antipatías eran vehementes y execraba a los republicanos.
No quiero decir con esto, que fuese tan apasionado como para no saber guardar un justo medio: hubiese aceptado una república, si la hubiese creído posible, y se inclinaba ante la constancia de ciertos hombres, que luchan de buena fe por una utopía.
Algunas veces le oía llamar a nuestros gobernantes, jugadores de raqueta, comparando las leyes que las dos cámaras se envían diariamente una a otra, a volantes que los franceses, boquiabiertos, miran pasar con ojos plácidos, hasta el momento en que caen sobre sus respetables narices y se las aplastan.
De donde saqué yo, para mi gobierno, algunas deducciones que referiré a su tiempo.
Al señor de Pavol le agradaba conversar y aun discutir. Y aunque hablaba poco, escuchaba con interés. Bajo una corteza rústica escondía conocimientos generales, elevado buen gusto y gran criterio unido a una altura de vistas especial. No era ni un santo, ni un devoto. Supongo que, como la mayoría de los hombres, habría tenido sus flaquezas y sus errores; pero creía en un Dios, en el alma, en la virtud, y no consideraba la incredulidad, la mala fe y el espíritu de impiedad y difamación como signo de virilidad intelectual.
Gustábale oír desarrollar sus sistemas a los materialistas y librepensadores, y su silencio burlón hablaba elocuentemente, mientras observaba a su interlocutor juntando las cejas de tal modo que le ocultaban los ojos casi por completo. Y luego con la mayor tranquilidad, les replicaba:
--¡Caramba! señor, ¿sabéis que os admiro? Habéis llegado casi a la perfecta humildad del Evangelio. Me avergüenzo de no poder seguir vuestras huellas, pero mi orgullo es tan endiablado, que me impedirá siempre parangonarme con la oruga que se arrastra a mis pies o al cerdo que se revuelca en mi corral.
Estaba siempre en guerra con el consejo municipal de su distrito; no le gustaban los aldeanos, y pretendía que no hay nada más pillo y canalla que un campesino. Así, aunque se le estimaba y respetaba, no era querido. Sin embargo, hacía grandes limosnas y no desperdiciaba ocasión para ejercitar su bondad; pero jamás se dejaba envolver por la malicia y astucia de los buenos labriegos.
Por último, si mi tío no había seguido carrera alguna, si no había sido ni médico, ni abogado, ni ingeniero, ni soldado, ni diplomático, ni aun ministro, llenaba su cometido en la vida, conservando las sanas tradiciones, respetando lo que es respetable, no dejándose arrastrar por las divagaciones de la época, y usando de su influencia para encaminar al bien y a la justicia algunos corazones. En una palabra, mi tío era un hombre de talento, de corazón y de bien. Yo le quería mucho, y si no hubiese hablado nunca de política, le hubiera creído sin defectos. En la vida privada era ejemplar. Quería con locura a su hija, y en cuanto a mi, pronto me tomó cariño.
--¡Qué cosa horrible son los gobiernos!--decía yo al señor de Couprat.--Sería necesario suprimirlos todos; por lo menos así no se oiría hablar de política. Hay que suprimir dos cosas: el piano y la política.
--Sí, por cierto, y soy de vuestra opinión--me respondió riendo.
--Ah... ¿qué no os gusta el piano? Sin embargo, cuando Blanca toca la escucháis con placer; por lo menos, o así parece.
--Es que Blanca tiene mucho talento.
Esta explicación me produjo la fastidiosa sensación, que causan los mosquitos rondando alrededor de nuestros oídos cuando dormimos: nos incomodan sin turbarnos completamente el sueño. Evidentemente, la razón que me daba no era aceptable, porque a pesar del talento de Juno, yo que no amaba el piano, sentía ganas de gritar y de escaparme cada vez que ella ejecutaba alguna sonata de Mozart o de Beethoven. ¡Qué dos hombres que pueden vanagloriarse de haber aburrido a la humanidad! Yo me desesperaba pensando en sus mujeres.
En medio de esta dulce vida de esperanzas, y pequeñas inquietudes desvanecidas por una amabilidad, o por las distracciones de una existencia tan nueva para mi, llegamos al fin de Septiembre. Y entonces mi tío, con el aspecto fúnebre de un hombre que va al cadalso, se preparó a llevarnos a las tertulias anunciadas por el señor de Couprat.
XII.