Mi tio y mi cura

Chapter 6

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--Eso pasará, pasará--respondió con voz entrecortada.--Adiós, mi hijita querida; no me olvides y precávete, precávete...

Y me ayudó a subir precipitadamente al carromato.

Coloqueme en el antiguo sitio de mi tía, aplastado de un lado por un baúl sin cerradura y del otro por los innumerables atados que componían mi equipaje, confeccionados por Petrilla con extravagantes formas.

--¡Adiós, mi cura, adiós mi viejo cura!--exclamé.

Hizo un gesto cariñoso y se volvió rápidamente. Vile, a través de mis lágrimas, alejarse a toda prisa y ponerse el sombrero, prueba irrecusable de que se encontraba su ánimo no solamente en la más violenta agitación, sino completamente trastornado.

Luego que hube sollozado unos diez minutos, juzgué a propósito seguir el consejo de Petrilla, que me repetía en todos los tonos:

--Es preciso ser razonable, señorita, es preciso ser razonable.

Metí mi pañuelo en el bolsillo, y me puse a reflexionar.

Verdaderamente, la vida es una cosa muy rara. ¿Quién habría dicho, quince días antes, que mis sueños se realizarían tan pronto, y que iba a ver tan pronto al señor de Couprat?

Esta halagadora idea, dispersó las últimas nubes que obscurecían mi ánimo, y pensé en la hermosura del firmamento, en las dulzuras de la vida y en el talento que tienen las tías cuando se van al otro mundo.

Mis segundas ideas fueron dedicadas a mi tío. Preocupábame mucho de la impresión que iba a producirle, pues tenía perfecta conciencia de que el vestido negro y el original sombrero con que me había ataviado Susana, eran muy ridículos. Este desgraciado sombrero me causaba verdaderas torturas, es decir, torturas morales. Hecho de un crespón que databa de la muerte del señor de Lavalle, tenía el aspecto de una galleta elegida por las babosas para teatro de sus correrías. Evidentemente me afeaba, y como tal idea no era soportable, me lo quité de la cabeza, hice de él un envoltijo y me lo eché al bolsillo, cuya amplitud y profundidad hacían honor al talento práctico de Susana.

Atormentábame también el temor de parecer estúpida, pues bien sabía yo que muchas cosas que parecerían naturales para todo el mundo, serían para mi un manantial de sorpresas y admiraciones.

Así es que resolví, para no poner en riesgo de burla mi amor propio, disimular cuidadosamente mis asombros.

Tales preocupaciones no me permitieron encontrar largo el camino y me creía aún muy lejos de C*** cuando nos hallábamos en sus puertas. Nos dirigimos directamente a la estación, atravesando la ciudad con toda la rapidez de que eran capaces las piernas secas, de nuestro jamelgo.

Como mi tío, no era ni corpulento ni delgado, habíamelo figurado alto y enjuto de carnes. Figuraos, pues, mi extrañeza, cuando vi un hombrecillo de andar pesado acercarse al carricoche y exclamar:

--Buen día, mi sobrina; casi, casi, estoy por creer que he tenido que esperar.

Diome la mano para bajar del coche, y me besó cordialmente, tras de lo cual, midiéndome de pies a cabeza me dijo:

--No más alta que una elfa, pero terriblemente linda.

--Es también mi opinión, mi tío,--díjele bajando los ojos con modestia.

--Ah ¡esa es tu opinión!

--Ya lo creo. Y la de mi cura y la de... Mas, aquí tenéis una carta que me ha dado el cura para vos, mi tío.

--¿Y porqué no ha venido?

--No podía: algunas ceremonias religiosas le retenían en su parroquia.

--Lo siento; me hubiera alegrado mucho viéndole. ¿No tienes sombrero, sobrina?

--Sí, tío; está en mi bolsillo.

--¿En tu bolsillo? ¿Y porqué?

--Porque es espantoso.

--¡Buena razón! ¿A quién se ha visto llevar el sombrero en el bolsillo? No se viaja sin sombrero, hijita. Póntelo pronto, en tanto que yo hago registrar tu equipaje.

Algo desconcertada por esta especie de reprimenda, me coloqué el sombrero en la cabeza, no sin comprobar que un viaje en un bolsillo era muy poco higiénico para tal producto de la industria humana.

Tocome en seguida despedirme de Juan y de Petrilla.

--Ah, señorita--díjome Petrilla,--siento tanto dejaros, como sentiría si dejase la mejor de mis vacas.

--¡Mil gracias!--repúsele entre risa y lloro. Besémonos y adiós.

Besé las mejillas duras y rojas de Petrilla sobre las que, según me temo, algún patán de dulce charla había depositado ya algunos besos furtivos y sonoros.

--¡Adiós, Juan!

--Hasta la vista señorita--dijo Juan, riendo estúpidamente, lo que es un modo de demostrar emoción como cualquier otro.

Pocos minutos después, hallábame en el tren, sentada frente a mi tío, completamente desorientada y aturdida por el movimiento del tráfico y por la novedad de mi posición.

Así que me repuse algo, examiné al señor de Pavol.

Mi tío, de altura mediana, bien formado, de espaldas anchas, manos gruesas, coloradotas y poco cuidadas, no ofrecía a primera vista un aspecto aristocrático. No hablaba mucho y siempre hacíalo con lentitud. Complacíase a veces en usar expresiones enérgicas que producían un efecto muy singular dada la calma con que eran pronunciadas. No tenía más de sesenta años; sin embargo, como era víctima de frecuentes ataques de gota, su ánimo estaba algo quebrado a causa del sufrimiento físico. Mas, si no tenía ya la vivacidad de la respuesta, aun su boca, por un movimiento casi imperceptible, expresaba todos los matices que existen entre la ironía, la astucia y la burla franca o solapada, y he visto gente pulverizada por mi tío antes de que sus labios pronunciaran la palabra.

No era yo, como es natural, suficientemente avezada para hacer tan pronto un estudio profundo del señor de Pavol, pero le observaba con el mayor interés. Él, por su parte, lanzaba de cuando en cuando sobre mi una mirada de observación, mientras leía la carta que yo le había traído, como para comprobar que mi fisonomía no contradecía los datos del cura.

--Me miras con demasiada tenacidad, sobrina, ¿me encuentras tal vez buen mozo?

--De ningún modo.

Mi tío hizo una ligera mueca.

--Eso es franqueza, o yo no entiendo jota. ¿Y por qué estás tan pálida?

--Porque me muero de miedo, tío.

--Miedo, y ¿de qué?

--Marchamos tan rápidamente. ¡Es espantoso!

--Comprendo; es la primera vez que viajas. Tranquilízate, no hay ningún peligro.

--Y mi prima, tío, ¿está en el Pavol?

--Por cierto, y está muy deseosa de conocerte.

Dirigiome mi tío algunas preguntas acerca de mi tía, y de mi vida en el Zarzal; luego tomó un diario y no abrió la boca hasta llegar a V***.

Subimos entonces en un landó tirado por dos caballos, que debía conducirnos al Pavol. Y amontonamos, como se pudo, los paquetes groseros de mi equipaje, los que, entre paréntesis, me tenían vejada con la triste figura que hacían en tan elegante vehículo.

Apenas instalada en él, me dio mi tío una bolsa de golosinas para confortarme, y se sumió en la lectura de un nuevo diario.

Esta manera de conducirse comenzó a fastidiarme. A más de que no es de mi carácter el poder permanecer callada mucho tiempo, tenía una gran cantidad de preguntas que satisfacer.

De modo que cuando estuve harta del placer de verme en un carruaje hermoso, suave y bien almohadillado, atrevime a romper el silencio.

--Tío--le dije,--si quisierais no leer más, podríamos conversar un poco.

--Con mucho gusto, sobrina--respondió mi tío doblando inmediatamente su diario.--Creí serte grato dejándote entregada a tus pensamientos. ¿De qué vamos a disertar? ¿De la cuestión de Oriente, de economía política, de trajes de muñecas o de las costumbres de los cafres?

--Todo eso me importa poco, y respecto a las costumbres de los cafres, creo, tío, que sé tanto como vos.

--Es muy posible--replicó el señor de Pavol, sorprendido de mi aplomo.--Pues bien, elige tema.

--Decidme, tío, ¿no sois algo impío?

--¡Eh! ¿qué diablo dices, sobrina?

--Os pregunto, tío, si no sois algo hereje y tarambana.

--¿Te burlas de mi? exclamó mi tío.

--No os enojéis, mi tío; comienzo un estudio de costumbres más interesante que el de los cafres. Quiero saber si mi tía tenía razón al decir que todos los hombres eran unos herejes.

--Que, ¿le faltaba el sentido común?

--Tuvo mucho el día que se fue al otro mundo; pero fue la única vez--respondí con calma.

El señor de Pavol me miró con evidente sorpresa.

--¡Ah, sobrina! ¡Tienes una claridad para expresarte! Qué, ¿no te llevabas bien con la señora de Lavalle?

--Cabal. Me era muy antipática y me ha pegado más de una vez. Preguntádselo al cura, a quien echó a la calle porque me defendía. Y ¿cómo es posible, tío, que me hayáis dejado tanto tiempo con ella? Era una mujer de baja estofa, y vos no la queríais mucho que digamos.

--Cuando tus padres murieron, Reina, mi mujer estaba muy enferma, y me felicité de que mi cuñada se hubiera querido encargar de tí. Te volví a ver cuando tenías seis años; te encontré entonces alegre, y bien tratada y después, a fe, casi, casi te olvidé; lo que siento profundamente hoy, puesto que no eras feliz.

--¿Me tendréis siempre a vuestro lado, desde ahora, tío?

--Sí, por cierto--respondió el señor de Pavol, con vivacidad.

--Cuando digo siempre... digo hasta mi casamiento, porque yo, me casaré pronto.

--¡Te casarás pronto! ¿Cómo es eso? tienes aún la leche en los labios y hablas de casarte. Las jóvenes del día tienen furia por casarse.

--¿Que mi prima no es de mis mismas ideas?

--Sí--respondió mi tío, algo ceñudo.

--Tanto mejor--dije restregándome las manos.--Y mi prima ¿es alta?

--Alta y linda--respondió complacido el señor de Pavol,--una diosa en carne y hueso y la alegría de mis ojos. De aquí a un instante te convencerás de ello, pues ya llegamos.

En efecto, entrábamos a una gran calle de olmos que conducía al castillo.

Mi prima nos aguardaba sobre la escalinata.

Me recibió en sus brazos con la majestuosidad de una reina que otorga una gracia a un súbdito.

--¡Dios mío, qué hermosa sois!--le dije, contemplándola con sorpresa.

Por cierto que es muy raro hallar bellezas indiscutibles; la de mi prima se imponía y no podía ser discutida. No gustaba siempre, porque su fisonomía era altiva y a veces algo dura, pero aun los que menos la admiraban, veíanse obligados a decir con mi tío: Es terriblemente linda.

Tenía cabellos castaños, que le nacían desde el borde de la frente; un perfil griego de pureza perfecta, un cutis soberbio, y ojos azules con pestañas obscuras y bien trazadas cejas.

De elevada estatura y bien desarrollada, hubiera representado más de diez y ocho años, si su boca, a pesar de un arco algo desdeñoso que amenazaba acentuarse con el correr del tiempo, no hubiese tenido movimientos infantiles. Su porte y su gesto eran acompasados y algo al descuido, aunque armoniosos sin rebuscamiento. Un amigo del señor de Pavol dijo en broma un día que a los veinticinco años se parecería rasgo a rasgo a Juno; el nombre le quedó.

Mi admiración por mi espléndida prima se trocó en verdadera pasión y mi tío se divertía con mi encariñamiento y mi entusiasmo.

--¿No has visto nunca mujeres lindas, sobrina?

--No he visto nada; como que he pasado mi vida en un desierto.

--Podías mirarte al espejo, Reina; el señor de Couprat te había dicho que eras linda.

--¿Pablo de Couprat?--exclamé.

--Cierto--dijo mi tío,--me he olvidado hablarte de él. Parece que se guareció en el Zarzal un día de tormenta.

--Bien lo recuerdo--respondí ruborizándome.

--¿Vendrá a almorzar el lunes, Blanca?

--Sí, papá, el comandante ha escrito aceptando la invitación. ¿Quién te ha vestido así, Reina?

--Susana, una reducción de mi tía en cuestión de mal gusto y estupidez--contesté con fastidio.

--Desde mañana remediaremos la miseria de tu guardarropa, sobrina. Ten, sin embargo, un poco de respeto por la memoria de la señora de Lavalle. No la querías, pero ha muerto: ¡descanse en paz! Vamos a comer; en seguida Juno te acompañará a tus habitaciones.

Una parte de la noche, me la pasé en la ventana, soñando deliciosamente, y contemplando las masas sombrías de los elevados árboles de aquel Pavol, donde yo debía reír, llorar, divertirme, desolarme y ver cumplirse mi destino.

Me sentí tan feliz, que aquella noche mi cura no fue en mis recuerdos más que un punto imperceptible.

IX.

Mas, suplico que no se me crea de corazón liviano e inconstante, porque este olvido fue solamente momentáneo y tres días después de mi llegada al Pavol, escribía a mi cura la siguiente carta:

«Mi querido cura: Tengo tantas cosas que deciros, tantos descubrimientos que participaros, tantas confidencias que haceros, que no sé por dónde empezar. Figuraos que aquí es el cielo más lindo que en el Zarzal, que los árboles son más altos, las flores más frescas, que todo es risueño, que un tío es una feliz invención de la naturaleza, y que mi prima es bella como una hada.

«Por más que me digáis, me riñáis y me prediquéis, mi querido cura, no me quitaréis de la cabeza que si Francisco I amaba mujeres tan lindas como Blanca de Pavol, tenía por cierto, mucho juicio. Vos mismo, señor cura, os enamoraríais de ella, si la vierais. Sin embargo, os declaro, sus modales de reina me intimidan algo, a mi, a quien nada intimida. Y luego es alta... me hubiera gustado mucho más que fuera baja... me hubiese consolado.

«No os hablaré de mi tío, porque sé que lo conocéis, pero me parece desde luego que lo voy a querer mucho y él lo mismo a mí.

«Es una gran dicha tener linda cara, señor cura, mucho mayor de lo que vos me decíais; se agrada a todo el mundo. Cuando sea abuela, les contaré a mis nietecillos, que ése fue el primer descubrimiento delicioso que hice al entrar a la vida. Pero de aquí a allá, hay tiempo.

«Aunque mi vida sea aquí una continua sorpresa, ya estoy, con todo, bastante acostumbrada al Pavol y al lujo que me rodea. Sin embargo, muchas veces lanzaría exclamaciones de asombro si no me retuviera el miedo de quedar en ridículo; oculto mis impresiones, pero a vos, querido cura, bien puedo deciros que a menudo me sorprendo y embeleso.

«Anteayer fuimos a V*** para comprarme un ajuar, puesto que los trabajos de Susana son decididamente unas atrocidades. No nos hagamos ilusiones, mi pobre cura; a pesar de vuestra admiración por ciertos vestidos míos, he llegado aquí hecha un mamarracho, un mamarracho horrible.

«¡Cuán agradable cosa es una ciudad! Me he extasiado y maravillado ante las calles, las tiendas, las casas, las iglesias, y Blanca se ha reído de mi, porque ella llama a V*** una bicoca. ¡Qué diría del Zarzal! Después de una sesión de tres horas en casa de la modista, mi prima, que es muy devota, se fue a confesar; mientras yo acompañada de la sirvienta hice algunas compras. Mi tío habíame dado dinero para que lo gastara en cosas útiles y prácticas; pero ¿querréis creer que no sé darme cuenta de lo útil ni de lo práctico?

«Empecé por entrar a una confitería y llenarme de masas y pastelillos; humildemente acúsome. Mi cura: tengo una gran pasión por las masas y los pastelillos. Entregada estaba a este ejercicio tan agradable como provechoso (con lo que estaréis de acuerdo, porque al fin y al cabo, tenemos obligación de alimentar este cuerpo de barro), cuando noté en una tienda de enfrente unos objetos muy bonitos. Atravesé en seguida y me compré cuarenta y dos hombrecillos de terracota: todos los que había en la casa. Después de tal compra, no sólo no me quedó un céntimo, sino que me había endeudado; pero ¿qué importa? puesto que soy rica. Mi prima rió mucho; pero mi tío me reprendió. Pretendió hacerme comprender que la razón debe ser el lastre de la cabeza humana; que sirve en todo tiempo, y que sin ella no se hace más que tonteras. Por ejemplo: se compra cuarenta y dos hombrecillos de terracota, en vez de proveerse de medias y camisas. Escuché su discurso en actitud contrita y humillada, querido cura, pero al final, que fue muy bien dicho, mi carácter indómito dio a la razón un cuerpo desairado, una nariz larga, romana, y una fisonomía seca y desabrida: este personaje se parecía a mi tía de tal modo, que incontinenti tomé ojeriza a la razón. Tal ha sido el resultado de la elocuencia desplegada por mi tío. El caso es que tengo diseminados en mi cuarto cuarenta y dos hombrecillos que lloran, ríen y gesticulan, y que por lo menos estoy contenta.

«Ayer por la noche he hablado con Blanca, del amor, señor cura. ¿Cómo me decíais que no existía sino en los libros y que no tenía nada que ver con las jóvenes?

«¡Ah, mi cura, mi cura; mucho me temo que me hayáis engañado muchas veces como a una tonta!

«Frecuentaremos la sociedad así que pasen las primeras semanas de luto. Mi tío dice que soy muy joven todavía; pero tampoco puedo quedar sola en el Pavol. Si quisieran obligarme a ello, bien sabéis, señor cura, que no me quedarían más que dos caminos que tomar: tirarme por la ventana o prender fuego al castillo.

«Parece que tengo mucha razón en creer en un gran éxito, pues además de ser linda, poseo un buen dote.

«Blanca me ha enseñado que una linda cara sin dote vale poco; pero que las dos cosas reunidas forman un conjunto perfecto y un caso raro. Soy, pues, mi querido cura, un manjar sabroso, delicado y suculento que será codiciado, solicitado y tragado en un abrir y cerrar de ojos, si es que lo permito. Pero tranquilizaos, no lo permitiré; no lo permitiré a menos que... Pero ¡chist!

«Por último, señor cura, os diré sin explicaros el por qué, que aguardo el lunes con impaciencia. Ese día sucederá algo que hará latir mi corazón, un acontecimiento que desde ahora me da ganas de saltar a más no poder, de arrojar al aire el sombrero, de bailar y de hacer locuras. ¡Dios mío, que cosa linda es la vida!

«Sin embargo, nada es perfecto en la tierra; vos no estáis aquí, y os extraño mucho. No puedo deciros ¡cuánto os extraño, mi pobre cura! Me gustaría tanto haceros admirar el castillo y sus jardines tan bien arregladitos y tan poco parecidos al Zarzal. Todo está en orden, hasta en sus más mínimos detalles, y de veras, me creo en el paraíso terrenal. A cada momento tengo nuevos motivos de alegría y admiración, y a cada instante también quisiera haceros partícipe de ellos; os busco, os llamo, pero los ecos de este hermoso parque permanecen mudos.

«Adiós, mi querido cura, no os beso, porque no se besa a un cura (no sé porqué); pero os envío todo cuanto hay para vos en mi corazón, y ese todo está lleno de cariño.

«Os quiero con toda el alma, señor cura.--_Reina_».

Una mañana, hallábame aún en mi lecho, semidormida, morrongueando con beatitud, abriendo de cuando en cuando un ojo, para contemplar mi cuarto alegre y confortable, mis hombrecillos de terracota y los árboles que veía por la ventana abierta, cuando entró Blanca, de bata, cabellos sueltos y cara preocupada.

--Estás tan linda como la más linda de las heroínas de Walter Scott--le dije contemplándola con admiración.

--Reinita me dijo sentándose a los pies de mi cama,--vengo a charlar contigo.

--Me alegro. Pero no estoy bien despierta todavía y puede que mis ideas...

--¿Aun cuando se trate de casamiento?--prosiguió Blanca, que ya conocía mi opinión sobre tema tan serio.

--¿De casamiento? Ya estoy despierta--exclamé, incorporándome rápidamente.

--¿Deseas casarte, Reina?

--¡Si deseo casarme! ¡Vaya con la pregunta! Ya lo creo, y lo más pronto posible. Amo a los hombres, los quiero mucho más que a las mujeres, excepto cuando las mujeres son tan lindas como tú.

--No se debe decir que se ama a los hombres--dijo Blanca con tono severo.

--¿Por qué?

--No sé bien el por qué, pero te aseguro que el decirlo no es propio de una niña.

--¡Tanto peor!... Yo pienso así; respondí hundiéndome en mis frazadas.

--¡Qué niña!--exclamó Blanca, mirándome con una especie de piedad que me pareció chocante.--He venido a hablarte de papá, Reina.

--¿Qué pasa?

-Escucha: Yo, como tú, quiero casarme hoy o mañana. Papá ha rechazado ya varios partidos, pero eso no me importa mucho, porque no tengo prisa. Esperaría tranquilamente hasta los veinte años; pero desearía saber si siempre se opondrá a que me case.

--Pregúntaselo.

--¡Ah! ahí está el busilis--prosiguió Blanca, algo turbada;--te declaro que papá me da miedo, o más bien dicho, me intimida.

Me levanté, apoyándome en el codo, y sorprendida separé los cabellos que me caían sobre la cara, para ver mejor a mi prima. Desde aquel instante, Blanca se vino a bajo, para mi, de las nubes olímpicas en que la había colocado, y descubrí bajo aquel cuerpo de Juno, una niña que no volvería jamás a intimidarme.

--A mi no me asusta nadie--exclamé, tomando mi almohada y largándola de paseo al medio del cuarto.

Blanca me miró con asombro.

--¿Qué haces, Reina?

--¡Oh! es una costumbre. Cuando estaba en el Zarzal, lanzaba siempre mi almohada por los aires, para hacer rabiar a Susana, a quien este modo de proceder sacaba de quicio.

--Como Susana no está aquí, te aconsejo que renuncies a tal costumbre. Pero, volviendo a lo que decíamos, dime, ¿te sientes con valor como para tener con mi padre una discusión sobre el matrimonio, que tan sin cesar critica?

--Sí, sí; mi especialidad es la discusión. Ya verás. Hoy mismo ataco a mi tío y arreglo todo.

Durante la comida dirigí a mi prima toda una serie de gestos para notificarle que iba a entrar en batalla.

Mi tío, que presentía un peligro, nos observaba de reojo, y Blanca, ya desconcertada con eso, me incitaba a desistir de mi empresa. Pero yo eché pelillos al mar, tosí con fuerza, y salté resueltamente al palenque.

--¿Tío, se puede tener hijos sin casarse?

--No por cierto--respondiome el tío, a quien hizo gracia la pregunta.

--¿Sería una desgracia, si desapareciera la humanidad?

--¡Hum! he ahí una cuestión difícil de resolver. Los filántropos responderían: sí; los misántropos: no.

--Con todo ¿su opinión, tío?

--No he pensado nada al respecto. Sin embargo, como hallo que la Providencia hace bien cuanto hace, voto por la perpetuación de la humana especie.

--Entonces, tío, no sois consecuente con vuestras ideas, cuando criticáis el matrimonio.

--¿Ah, sí?--dijo mi tío.

--Puesto que no se puede tener hijos sin casarse y votáis al mismo tiempo por la propagación del género humano, se deduce de ahí que debéis aceptar el matrimonio para todo el mundo.

--¡Caramba!--prosiguió el señor de Pavol moviendo los labios con tal expresión de burla, que Blanca se enrojeció, ¡eso se llama argumentar! ¿Qué es; pues, según tú, el matrimonio, sobrina?

--El matrimonio--exclamé entusiasmada,--es la más hermosa de las instituciones que existen en la tierra. La unión perpetua con la persona amada, y se canta y se baila y se besan la mano... ¡Ah, sí, es encantador!

--¿Se besan la mano? ¿Por qué la mano, sobrina?

--Porque yo... en fin, yo pienso así--exclamé dedicando a mi pasado una sonrisa llena de misterios.

--El matrimonio entrega una víctima al verdugo--murmuró mi tío.

--¡Ah!

Juno y yo protestamos con la mayor energía.

--¿Y quién es la víctima, papá?

--¡El hombre, canarios!

--Pues, peor para los hombres--repliqué, que se defiendan. Lo que es yo, estoy decidida a volverme verdugo.

--Pero ¿a qué quieren venir a parar ustedes, señoritas?

--A esto, mi tío: a que Blanca y yo, somos partidarias sinceras del matrimonio, y que hemos resuelto poner en práctica nuestras teorías. Y yo, deseo que sea cuanto antes.

--¡Reina!--gritó mi prima estupefacta con mi audacia.

--No digo, sino la verdad, Blanca; únicamente diré que tú, te resuelves a esperar un tiempo; pero yo no tengo esa paciencia.

--¿De veras, sobrina? Sin embargo, supongo que no tienes inclinación por nadie.

--Sí, por cierto--dijo Blanca riendo,--¿a quién conoce?

Desde que estaba en el Pavol, mucho había pensado en mi amor y en Pablo de Couprat, y más de una vez habíame preguntado si debía o no revelar tal secreto a mi prima. Pero después de madurar bien la cosa, llegué a resolver con el árabe, que el silencio es oro. Pero a pesar de eso, al escuchar la afirmación de Blanca, estuve a punto de divulgarlo; sin embargo, logré dominarme.

--En todo caso, amaré a alguien, mañana o pasado; porque no se puede vivir sin amar.

--Y ¿de dónde has sacado, esas ideas, Reina?