Mi tio y mi cura

Chapter 5

Chapter 54,152 wordsPublic domain

--Qué ¿vuestra señora tía no ama a los hombres? La verdad es que ya pasó para ella la edad de la coquetería.

--La coquetería... Jamás se me habla de eso. ¿Os parece que se debe ser coqueta?

--Sin duda, primita; a mis ojos eso es una cualidad, pero coqueta en el buen sentido de la palabra.

--Vos no me habéis enseñado eso, señor cura--exclamé.

El desdichado cura pasaba durante esta conversación por un adelanto de las penas del purgatorio. Se enjugaba el rostro y con dificultad tragaba su café, que le sabía a amargura.

--El señor de Couprat se burla de ti.

--¿Es cierto eso, primo?

--De ninguna manera--respondió Pablo, que parecía que se divertía grandemente.--Según mi modo de ver, una mujer que no es algo coqueta no es una mujer.

--Pues entonces trataré de serlo.

--Señorita de Lavalle--dijo el cura levantándose,--pasemos al salón.

--¡Bah!--pensé,--ya está enojado el cura. Sin embargo, no he dicho nada malo.

La lluvia había cesado, las nubes se habían dispersado e invité a Pablo a dar un paseo por el jardín. Y hétenos escapados sin pedir permiso, seguidos por el cura que nos lanzaba miradas casi lúgubres pensando que su querida ovejita estaba en vías de descarrilarse.

Corríamos como niños por entre las hierbas húmedas, empapándonos los pies y las piernas y riendo a carcajadas. Conversábamos y charlábamos; sobre todo yo que le contaba los acontecimientos de mi vida, mis pequeñas tristezas, mis ensueños y mis antipatías.

¡Oh, que tarde tan dulce, encantadora y deliciosa!

De Couprat trepó a un cerezo, y el árbol violentamente sacudido dejó caer sobre mi toda su carga de lluvia. Con la boca llena de cerezas, y de lo alto de las ramas, exclamó que las gotas de agua brillaban en mis hermosos cabellos como un aderezo ideal, y que en su vida había visto nada más lindo.

--Y Susana, que pretende que es un hombre como otro cualquiera--me decía yo,--¿cómo es posible ser tan tonta?

Volvimos a la sala, donde se hizo una gran fogata para secarnos. Sentados el uno al lado del otro, Pablo y yo continuamos misteriosamente nuestra conversación.

Mi tía asombrada de mi audacia y de la libertad y alegría que irradiaba en mis ojos, no decía nada. El cura, aunque arrobado viéndome contenta, no estaba, sin embargo, tan preocupado como para que se le olvidase terciar entre nosotros.

¡Qué velada tan agradable!

Por último, de Couprat levantose para despedirse y le acompañamos hasta el patio.

Saludó afectuosamente al cura y dio las gracias a mi tía; luego acercose a mi, me tomó la mano y me dijo en voz baja:

--Hubiera deseado que esta velada no terminara nunca, prima mía.

--¿Y yo?... Pero volveréis ¿no es cierto?

--Seguramente, y dentro de poco, según espero.

Aproximó mi mano a sus labios, y preciso es que la naturaleza humana tenga un gran fondo de perversidad, porque este homenaje me causó un placer tan nuevo, tan intenso y tan perfecto, que tuve la idea impropia de... ¡Dios mío, lo diré! Sí, tuve la idea (que no ejecuté) de arrojarme a su cuello y de besarle las mejillas a pesar de mi tía, y a pesar del cura que nos vigilaba como un dragón de nueva especie, como un excelente dragón regordete y bondadoso.

VII.

Después de la partida del señor de Couprat viví varios días en una especie de beatitud que me sería difícil describir. Experimentaba múltiples sensaciones, que se externaban con brincos y piruetas, pues fue este último ejercicio, durante largo tiempo, mi manera de expresar una cantidad de sensaciones.

Después que había saltado bastante, me acostaba sobre la hierba, y mirando al cielo discurría sobre una cantidad de cosas sin pensar absolutamente en nada. Este exquisito estado moral, durante el cual el alma vive en una especie de somnolencia, en una tranquilidad soñadora semejante al sueño, a pesar de que está bien despierta, me ha dejado un dulcísimo recuerdo. Tan es así, que de esa época data mi pasión por la bóveda celeste, que siempre, desde entonces me ha parecido digna de hermanarse a mis pensamientos, sean éstos tristes o alegres, serios o frívolos.

Después de permitir a mi imaginación que se extraviara por senderos sombríos, tanto, que galopaba a tropezones, dejábala volver a la luz y contemplar al señor de Couprat. Reía al recuerdo de su franca fisonomía, de su vida abierta y de sus dientes blancos. Halagábame el beso que había estampado en mi mano y sentía una alegría real, pensando en que si hubiera seguido mi impulso le habría besado las mejillas.

Permanecí largo tiempo en medio de estas dulces ideas y sensaciones hasta que llegó un día en que me pregunté ¿por qué razón pasaba mi alma por tan diversas fases?

Pero en llegando a este delicadísimo problema, comenzaba mi imaginación a entrar en tinieblas, y luchaba en ellas con vaporosas ideas; tan vaporosas que al fin abandonaba con desaliento la partida, para pensar directamente en una boca que me había gustado, en unos ojos que me habían sonreído y en una expresión de fisonomía que había decidido no olvidar jamás.

Mas en aquel mundo de fantasmas, mis ideas, no me daban ni un momento de reposo, y a poco recaía en poder de ellas.

Y así discurriendo por las regiones de lo vago, y tratando de comparar ciertas impresiones mías con otras de las de mis heroínas preferidas, vi hacerse la luz sobre un importante punto.

Descubrí que estaba enamorada y que el amor es la cosa más encantadora del mundo. Este descubrimiento me colmó de la mayor alegría.

Ante todo, porque veía embellecerse mi vida con un encanto, que no dejaba por eso de ser real, y luego, porque si yo amaba, era seguramente correspondida. En efecto, amaba al señor de Couprat porque me había parecido hechicero; por consiguiente, mi aspecto debió producir en su corazón el mismo sentimiento, puesto que él me hallaba encantadora. Mi lógica, hija de una completa inexperiencia, no alcanzaba a más y por consiguiente bastaba para justificar mis razonamientos y hacerme feliz.

Un descubrimiento trae otro, así es que llegué a pensar que podría muy bien la caridad no desempeñar más que un papel muy secundario en la simpatía de Francisco I por las mujeres en general y en particular por Ana de Pisseleu; que el amor no se parecía al cariño, puesto que yo quería mucho a mi cura, y sin embargo, no deseaba abrazarle, mientras que no me hubiera hecho de rogar para saltar al cuello de Pablo de Couprat, y por último, que era ridículo emplear subterfugios y tonos misteriosos para hablar de una cosa tan natural y en la que no había ni sombra de mal.

--Un cura--pensaba yo,--debe tener sobre el amor ideas erróneas y extraordinarias, porque puesto que no puede casarse, no puede amar. Sin embargo, Francisco I era casado y... no comprendo nada de todo esto, y tengo que saberlo.

Existía tal caos en mis ideas que a pesar de mis desdeñosas prevenciones a cerca de la opinión de mi cura, resolví dilucidar con él este escabroso asunto.

El pobre cura comprendía perfectamente, que mi espíritu se hallaba en una inmensa confusión, pero tenía bastante talento y buen sentido para no aparecer dando importancia a impresiones que con sólo la provocación de una confidencia hubieran podido tomar cuerpo. Procuraba distraerme por todos los medios a su alcance y dándose el trabajo de venir todos los días al Zarzal, prolongaba indefinidamente la lección.

Estábamos sentados junto a la ventana. Mi tía, enferma desde algún tiempo, permanecía en su cuarto; yo andaba por las nubes y el cura se afanaba en explicarme mis problemas.

--Ve lo que has hecho, Reina: has multiplicado kilogramos por gramos, y aquí, dados 2/5 multiplicados por...

--Señor cura, ¿a que no adivináis cuál es la cosa más arrobadora que hay sobre la tierra?

--No, Reina, ¿qué cosa?

--El amor, señor cura.

--¿De qué estáis hablando hija mía?--exclamó inquieto el buen anciano.

--¡Oh! de algo que conozco perfectamente--respondí, sacudiendo la cabeza con aire de suficiencia.--Lo que no me explicó es por qué no me habéis hablado nunca de ello, puesto que es una cosa que se ve todos los días.

--He ahí el efecto de las novelas, señorita; toma usted a lo serio cosas que son puramente imaginarias.

--¡Qué mal hacéis en hablar contra vuestra convicción; bien sabéis que se ama en la vida y que el amor es una cosa encantadora!

--Ese es un asunto que no atañe a las jóvenes, Reina, y no debéis hablar de él.

--¿Qué no atañe a las jóvenes? ¡Y son ellas las que aman y son amadas!

--Desgraciado de mi--exclamó el cura,--que tengo que habérmelas con semejante cabeza.

--No habléis mal de mi cabeza, señor cura; la quiero mucho, sobre todo, desde que el señor de Couprat la ha hallado tan bonita.

--El señor de Couprat se ha reído de ti, Reina. Está segura que te ha tomado por una chiquilina sin importancia.

--Nada de eso--repliqué ofendida,--nada de eso, puesto que me ha besado la mano. ¿Y sabéis qué se me ocurrió en ese momento?

--Vamos a ver--respondió el cura que estaba como sobre espinas.

--Pues estuve a punto de saltarle al cuello.

--¡Qué tontería! No se salta al cuello de nadie que no se conoce.

--Ya sé, ya sé, pero él... Por otra parte, si hubiera sido una mujer, no se me hubiera ocurrido eso.

--¿Por qué, Reina! Estás diciendo sandeces.

--¡Oh! porque...

Siguió una pausa a tan profunda respuesta, y mientras tanto miraba yo de reojo al cura, que se zarandeaba y tomaba rapé para disimular y tomar una actitud que fuera conveniente.

--Mi buen cura--le dije con voz insinuante,--si fueseis tan amable como...

--¿Qué más, Reina?

--Digo... os haría algunas preguntitas más sobre ciertos temas que me andan por la mente.

Arrellanose el cura en su sillón como hombre que toma súbitamente una gran resolución.

--Bueno, Reina; te escucho. Más vale que hablemos franca y abiertamente de lo que te preocupa que no que andes quebrándote la cabeza con divagaciones.

--Yo no me quiebro nada, señor cura, y no divago; únicamente pienso mucho en el amor porque...

--¿Por qué?

--No, nada. Ante todo, decidme ¿por qué si vos me besarais la mano, lo hallaría ridículo y no muy agradable que digamos, aunque os quiero con todo mi corazón, mientras que sucede exactamente lo contrario cuando se trata del señor de Couprat?

--¿Cómo, cómo? ¿Qué dices Reina?

--Digo que me ha sido muy agradable el que el señor de Couprat besara mi mano, mientras que si fuerais vos...

--Pero, hija mía, tu pregunta es absurda, y la impresión de que hablas nada significa, ni vale la pena de ocuparse de ella.

--¡Oh! esa no es mi opinión. Pienso a menudo en ello y he aquí lo que llevo descubierto; si la acción del señor de Couprat me ha sido grata, es porque es joven y podría ser mi marido, mientras que vos sois viejo, y luego un cura no se puede casar nunca.

--Sí, sí--respondió maquinalmente el cura.

--Porque siempre se quiere a su marido ¿verdad?

--Sin duda alguna, sin duda.

--Bueno. Ahora, señor cura, decidme si se da el caso de que los hombres amen a varias mujeres.

--Yo no sé eso--repúsome fastidiado el cura.

--Sí, sí, debéis saberlo. Por otra parte un marido puede amar a otra mujer, que la propia, puesto que Francisco I amaba a Ana de Pisseleu y era casado.

--Francisco I era un perdido--exclamó el cura exasperado,--y ese Buckingham, a quien quieres tanto, era otro.

--Cada cual tiene su carácter--respondíle,--y no sé por qué se les haría un crimen porque amaran a varias mujeres. La reina Claudia y la señora de Buckingham, pareceríanse sin duda a mi tía. Por otra parte he descubierto que no se gobierna al corazón, y ellos no podrían dejar de amar, como yo no...

--¿Qué, Reina?

--Nada, señor cura. Lo que yo temo es tener una inclinación a los perdidos, porque Buckingham es lo más interesante...

--Pero en fin, hijita, desde que lees a Walter Scott, he tratado de hacerte comprender ciertas cosas y parece que todo ha sido inútil.

--¡Escuchad, señor cura; vuestras explicaciones no son muy claras, y hay tanta vaguedad en mis ideas!... Todo esto es tan extraño--continué como soñando.--Por último, explicadme ¿por qué el amor excita vuestra indignación?

--Basta, Reina--dijo el cura fuera de sí.--Tienes un modo de formular las preguntas que es imposible responderte. Te hablo seriamente: hay temas de los que no debes hablar, y que no puedes comprender, porque eres demasiado joven.

Colocó el cura su sombrero bajo el brazo y se alejó. Corrí sobre sus pasos y le grité desde la puerta:

--¡Podéis decir todo cuanto queráis, pero conozco bien el amor; es lo más encantador que hay en el mundo! ¡Viva el amor!

En dos días no vino al Zarzal el cura; entristecime yo por haberle fastidiado tanto, y el tercer día me encaminé hacia la casa parroquial, para disculparme. Le hallé en la cocina, frente a un frugal desayuno al que hacía los honores con tantos bríos como apetito.

--Señor cura--le dije en tono relativamente humilde,--¿estáis enojado?

--Algo, Reinita, algo; no quieres hacerme caso nunca.

--Os prometo señor cura, no volver a hablar más del amor.

--Trata, sobre todo, Reina, de no cavilar sobre cosas que no comprendes.

--¡Oh! que no comprendo...--exclamé yo, estallando inmediatamente,--en cuanto a eso comprendo y muy bien, y contra todos los curas de la tierra sostendré que...

--¡Bah!--exclamó desalentado el cura,--ya has faltado a tu promesa de hace un momento.

--Es cierto, señor cura; pero os afirmo que un cura no entiende nada de todo esto.

--Ni tampoco Reina de Lavalle. Luego iré a darte lección, hijita.

Así terminó la discusión más grave que he sostenido con mi cura.

Entretanto pasaban los días y los días y como Pablo de Couprat no volviera, mi sistema nervioso se conmovió y dio muestras de una irritabilidad de mal augurio.

Un mes después de mi memorable aventura había perdido todas mis esperanzas, toda mi tranquilidad y con ayuda del hastío llegué a una sombría tristeza.

Entonces fue cuando el cura se indispuso con mi tía y cuando ésta le echó de casa.

Sentada bajo la ventana del jardín, pude escuchar la siguiente conversación:

--Señora--dijo el cura, vengo a hablaros de Reina.

--¿Sobre?

--La niña se aburre, señora. La visita del señor de Couprat ha abierto a su espíritu horizontes nuevos, que ya habían clareado con la lectura de algunas novelas. Le hace falta distracción.

--¡Distracción! ¿Y dónde queréis que halle yo eso? No me puedo mover: estoy enferma.

--Por eso, señora, no cuento con usted para distraerla. Es necesario escribir al señor de Pavol y rogarle quiera tener a Reina en su casa durante algún tiempo.

--¡Escribir al señor de Pavol! No por cierto. Después la chica no querría volver aquí.

--Es probable, pero esa es una consideración de segundo orden, de la que nos ocuparemos más tarde. Luego, Reina está llamada a vivir en sociedad hoy o mañana, y creo de necesidad que cambie su modo de vivir y vea muchas cosas de las que no tiene la menor idea.

--No soy de esa opinión, señor cura. Reina, no saldrá de aquí.

--Pero, señora--replicó el cura que se acaloraba,--os repito, que es urgente. Reina está triste, su imaginación es rápida y cavila mucho, estoy cierto que se cree enamorada del señor de Couprat.

--Poco me importa eso--repuso mi tía, que era incapaz de comprender las razones del cura.

--Se ha dicho que la soledad es el abogado del diablo, señora, y es exactamente cierto respecto de la juventud. La soledad hace daño a Reina, y algunas distracciones le harán olvidar lo que al fin de cuentas no es más que una niñería.

--¡Qué ideas más extravagantes tiene un cura!--pensé yo.--Tratar de niñería una cosa tan seria y creer que yo pueda olvidar algún día al señor de Couprat.

--Señor cura--contestó mi tía, con su voz más áspera,--ocupaos de lo que os concierne, que yo procederé a mi gusto, no al vuestro.

--Señora, quiero a esta niña con todo mi corazón, y no puedo permitir que sufra--replicó el cura con una entonación que no le conocía.

Usted la ha enterrado en el Zarzal, no le ha dado nunca la menor distracción, y puedo decir que sin mi hubiera crecido y vegetado en la ignorancia y el embrutecimiento, como una planta salvaje y enervada. Le repito que es preciso escribir al señor de Pavol.

--Esto es demasiado--exclamó mi tía, furiosa;--¿no soy yo el ama en mi casa? Salid, señor cura, y no volváis a poner los pies aquí.

--Muy bien, señora; ahora sé lo que debo hacer, y veo claramente que si no he tomado antes una determinación, ha sido por el placer egoísta de ver constantemente a mi Reinita.

El cura hallome en la avenida, completamente desconsolada.

--¿Pero es posible, señor cura?... Echado a la calle por mí... ¿Qué va a ser de nosotros, si no nos vemos más?

--Qué ¿has oído la discusión, hijita?

--Sí, sí, como que estaba junto a la ventana. Ah, ¡qué mujer! qué...

--Vamos, vamos, Reina, un poco de calma--prosiguió el cura que estaba tembloroso y encendido.--Esta misma noche escribiré a tu tío.

--Escribid pronto, mi querido cura. Lo que quiero es que venga a buscarme en seguida.

--Esperémoslo--respondió al cura, sonriendo al mismo tiempo con bondad y con tristeza.

Pero sus muchas obligaciones le impidieron escribir al señor de Pavol esa misma noche, y al día siguiente, mi tía que luchaba desde algunas semanas con sus achaques, cayó gravemente enferma. Cinco días después, la muerte llamaba a las puertas del Zarzal, y cambiaba la faz de mi existencia.

VIII.

Inmediatamente de la muerte de mi tía, que no me llamó ni una sola vez durante su enfermedad, y a quien cuidó con abnegación Susana, me refugié en la casa parroquial.

El cura había escrito al señor de Pavol para notificarle que la señora de Lavalle se hallaba enferma, pero los progresos de su mal fueron tan rápidos, que mi tío recibió el despacho que le anunciaba el desenlace fatal, antes que hubiese contestado a la carta del cura. Y nos telegrafió, en seguida, participándonos que no le era posible asistir al entierro.

Al otro día recibimos una carta en la que decía, que no del todo repuesto después de un ataque de gota, le era imposible trasladarse al Zarzal y le rogaba al cura que me condujera algunos días más tarde a C***, pues esperaba, en ese entonces, estar tan aliviado como para ir a recibirme allí.

Mi tía fue enterrada sin lujo ni pompa. No era amada y partió para el otro mundo sin gran cortejo de simpatías.

Yo volví del entierro, haciendo esfuerzos para sentir un poco de tristeza, pero no pude conseguirlo. Por grandes que fueran los reproches de mi conciencia, un sentimiento de libertad se agitaba en mi cabeza y en mi corazón. Sin embargo, si hubiese conocido entonces la frase de un hombre célebre me la hubiera apropiado, y aseguro que hubiese exclamado en un soberbio arranque de misantropía:

--No sé lo que pasa en el corazón de un degradado, mas conozco el de una niña decente, y lo que veo me espanta.

Pero como dicha frase me era totalmente desconocida, no pude servirme de ella para satisfacer a los manes de mi tía.

Mi tío había señalado para mi partida el 10 de Agosto; estábamos a 8 y pasé esos dos días con el cura, cuya bondadosa fisonomía se demudaba de hora en hora ante la idea de nuestra separación.

El martes por la mañana, hizome preparar un buen almuerzo, y nos instalamos por última vez, el uno frente al otro, con intención de reponer fuerzas. Pero cada bocado nos ahogaba y me costaba un triunfo contener el llanto.

El pobre cura había pasado una noche de insomnio. Estaba demasiado triste para poder dormir y por otra parte como no le era posible acompañarme hasta C***, había escrito esa noche a mi tío una carta de diez y siete carillas en la que, según supe después, le enumeraba todas mis cualidades pequeñas, grandes y medianas. Los defectos brillaban por su ausencia.

--Mi hijita querida--me dijo después de un largo silencio,--¿no te olvidarás de tu viejo cura?

--Jamás, jamás--respondile con vehemencia.

--No debes tampoco olvidar mis consejos. Desconfía de tu imaginación, Reinita. Compárola a una hermosa llama que alumbra y vivifica una inteligencia cuando se la alimenta con discreción; pero si se le da mucho combustible, se trueca en una fogata que incendia la casa, y los incendios no dejan tras de sí más que escorias y cenizas.

--Trataré, señor cura, de gobernar con tino la llama; pero os aseguro que me gustan mucho las fogatas.

--Pues ¡cuidado con el incendio! ¡No juguemos con el fuego, Reinita!

--Nada más que una fogatita, señor cura; si es de lo más lindo que puede darse. Y si se tiene miedo del incendio, con echar un poco de agua fría sobre el fuego...

--Mas, ¿dónde encontrarás el agua fría, mi hijita?

--¡Ah! todavía lo ignoro, pero puede que lo sepa algún día.

--Quiera Dios, que no sea así--exclamó el cura.--El agua fría, mi hijita querida, son los desengaños y los pesares, y rogaré día a día, ardientemente, para que sean alejados de tu senda.

Asaltábame el llanto oyendo hablar así al cura, y bebí un gran vaso de agua para calmar mi emoción.

--Antes de dejaros, debo preveniros que creo que tengo un gusto muy marcado por la coquetería.

--Sé, que tal es el lado flaco de todas las mujeres,--me dijo el cura con su bondadosa sonrisa;--pero no es bueno abusar, Reina. Por otra parte el trato social te enseñará a equilibrar tus sentimientos, sin contar con que tu tío te sabrá guiar bien.

--¡Qué cosa hermosa debe ser la sociedad, señor cura! Estoy cierta de que agradaré, siendo tan linda...

--Sin duda, sí, sin duda, pero desconfía de los cumplimientos exagerados y de la vanidad.

--¡Bah! Es tan natural el deseo de agradar; nada de malo hay en ello.

--¡Hum! he ahí una moral de manga algo ancha respondió el cura revolviéndose el cabello. Lo bueno es que tal modo de pensar es de tu edad, y ¡a Dios gracias! aun no te ha llegado el tiempo de exclamar con el Eclesiastés: ¡Todo es vanidad y nada más que vanidad!

--¡Qué exagerado es ese Eclesiastés! Y luego es tan viejo. Se me ocurre que sus ideas han de andar fuera de moda.

--Vamos, vamos, callémonos. Bien sé que las Santas Escrituras y los pensamientos de un pobre cura de campo no pueden ser comprendidos por una señorita joven y linda y bastante enamorada de sí misma.

Y me miró sonriendo; pero sus labios temblaban, porque se acercaba la hora de la partida.

--Ten cuidado de abrigarte bien en el camino, Reina.

--Pero, señor cura, si estamos en Agosto, con un calor para ahogarse.

--Cierto es--respondió el cura, que con la preocupación perdía la cabeza.--Entonces no te abrigues mucho, no sea que luego te resfríes.

Nos levantamos de la mesa después de haber hecho infructuosos esfuerzos para mascullar algunas migas de pan y pastel.

--¡Ah!, ¡cuánto siento--exclamé, estallando en sollozos,--cuánto siento dejaros, mi querido cura!

--No lloremos, no lloremos; es absurdo--dijo el cura, sin darse cuenta que por sus mejillas rodaban dos lagrimones.

--¡Ah! señor cura--continué yo, presa de un repentino remordimiento, ¡cómo os he hecho enojar!

--No, no; has sido la alegría de mi vida, toda mi felicidad.

--¿Qué va a ser de vos sin mi, mi pobre cura?

No respondió. Dio dos o tres pasos por la sala, sonose con fuerza y logró dominar la emoción que oprimía su garganta y que estuvo próxima a reventar en sollozos.

El carruaje estaba ya en la puerta. Petrilla, con su traje de gala debía acompañarme hasta C*** y dejarme en brazos de mi tío. Conducíanos el arrendatario, porque Susana, entregada a su dolor, permanecía provisionalmente al cuidado del Zarzal. Ordené a Juan que marchara, y el cura y yo seguimos detrás a pie, por un buen trecho, con el objeto de estar juntos un poco más.

--Os escribiré todos los días, señor cura.

--No te pido tanto, hijita mía: Escríbeme solamente una vez por mes; pero con toda intimidad.

--Os escribiré todo, completamente todo, hasta mis ideas sobre el amor.

--Veremos--replicó el cura con sonrisa incrédula.--Harás una vida tan nueva para ti, tan llena de distracciones que no cuento mucho con tu exactitud.

Juan había detenido el carricoche y nos aguardaba. Era preciso partir. Llorando con toda mi alma tomé las manos del cura y exclamé:

--Señor cura, la vida tiene momentos bastante malos.