Chapter 4
El primitivo color de las paredes desaparecía bajo una especie de moho verdoso producto de la humedad; el piso en vez de ser unido, estaba formado por una cantidad de baches y montículos que invitaban a los fieles a romperse la nuca y a aprovechar de su presencia en un sitio santificado, para subir más pronto al cielo; el altar estaba adornado con figuras de ángeles, pintadas por el carretero de la aldea quien se las echaba de artistas; dos o tres santos se contemplaban con sorpresa, admirados de verse tan feos. Cuantas veces he pensado, mirándolos, que a ser yo santa y representarme los mortales de tan odiosa manera, sería absolutamente sorda a sus plegarias; pero tal vez los santos no tienen mi carácter. Por una ventana sin vidrios mostraba una rosa su frente perfumada, y con su frescura y belleza parecía protestar del mal gusto del hombre.
Poseíamos un harmonium, del que vibraban sólo tres notas; a veces el número crecía hasta cinco, pues este instrumento era caprichoso y andaba según la temperatura, como los romadizos de nuestro sochantre, quien rugía durante dos horas con una convicción tan ingenua y profunda de que poseía una hermosa voz, que era imposible criticarle.
El sitial del celebrante estaba colocado en el fondo de un precipicio, de modo, que desde mi asiento no se veía más que la cabeza y el busto del cura que parecía estar en penitencia. Los monaguillos se hacían mueca detrás de él sin que se le ocurriera sospecharlo.
Después del Evangelio, se quitaba delante de nosotros la casulla, como que las cosas pasaban en familia, y después de tropezar en algunos pozos, llegaba al púlpito.
Creo que no hay entre todos los seres humanos, que se agitan en la superficie del globo, ninguno que no haya soñado, una vez por lo menos, en el curso de su existencia.
Sea de elevada o ínfima posición, no puede el hombre vivir sin deseos, y el cura sufriendo la ley común, había soñado durante treinta años de su vida la posesión de un púlpito.
Desgraciadamente, era muy pobre, éranlo igualmente sus feligreses y mi tía que era la única que le hubiera podido ayudar, no respondía a sus tímidas insinuaciones; a más de ser sórdidamente avara cuando se trataba de dar, no profesaba la menor consideración por los antojos de su prójimo.
A fuerza de economías, encontrose al fin el cura con doscientos francos en su poder. Y entonces resolvió realizar su sueño del modo que pudiera.
Una mañana le vi llegar fuera de sí.
--Mi Reinita, ven, ven conmigo--exclamó.
--¿A dónde, señor cura?
--A la iglesia; ven pronto.
--Pero a estas horas no hay misa.
--Ya lo sé; pero quiero que veas algo espléndido.
Tenía un aspecto tan radiante, su dulce fisonomía respiraba tal contento, que todavía me río al recordarlo, y su júbilo es para mi uno de los mejores recuerdos de aquel tiempo.
No caminaba: volaba, y llegamos en un soplo a la iglesia. Acabábase de colocar el púlpito, y el cura, en éxtasis ante él, me dijo en baja voz:
--¡Mira Reinita, mira! ¿No es una feliz ocurrencia? Al fin poseemos un púlpito. No tiene aspecto muy sólido, pero sin embargo es bastante bueno. He realizado el sueño de mi vida. Nunca se debe desesperar de nada, hijita, nunca.
Mirábalo yo, un tanto desconcertada, porque no podía negarme que mi imaginación me había representado un púlpito, como algo de grande y monumental. Y lo que yo tenía a la vista era una especie de caja de madera blanca apoyada en soportes de hierro tan poco elevados que, hablando en puridad, se hubiera podido prescindir de peldaños para entrar en ella. Pero un púlpito sin escalera no se ha visto nunca; así es que para salvaguardar el honor se había logrado colocar dos gradas, de quince centímetros de alto cada una.
--Mira, Reina, mira qué buen efecto produce--decíame el cura.--Cuando tenga un poco de plata, le haré dar una mano de pintura, o más bien, lo pintaré yo mismo; eso me divertirá y será más económico. La verdad es que pudiera ser un poco más alto, pero bueno es no tener demasiada ambición.
Y el sencillo y excelente hombre, giraba con admiración, alrededor del púlpito. Y no se hubiese sentido más feliz aunque sus tableros hubieran sido pintados por Rafael o esculpidos por Miguel Ángel.
A él no se le ocurría que la realidad como siempre ¡ay! no se parecía al ensueño; no se empeñaba en hacer comparaciones y disfrutaba de su felicidad sin preocupación alguna.
--Yo he hecho el plano, hijita, y por cierto que he tenido una espléndida idea. Sin embargo, la medalla tiene un reverso, y debo declarar que me he endeudado un poco; me cobran algo más de lo que había supuesto, pero parece que siempre sucede eso cuando se manda hacer alguna cosa. Pensaba comprarme un abrigo este invierno; pues bien, Dios mío, haremos abstracción de él; he ahí todo.
¡Oh, sí! su alegría es para mi uno de los mejores recuerdos de aquel tiempo.
Nunca he visto un hombre tan feliz, ni adornar una dicha mediocre con la esplendidez que lo hacía el cura con los reflejos de su buen natural, y de su espíritu algo infantil.
--¡Si es que parece exactamente un púlpito!--decía riendo y restregándose las manos.
Yo abrigaba algunas dudas al respecto, pero oculté mi decepción, y me extasié lo mejor que pude ante aquel objeto extraordinario, que a causa de la forma irregular de la iglesia, hallábase colocado en un hueco, de tal suerte que cuando predicaba el cura, las tres cuartas partes del auditorio no veían más que un brazo y un mechón de cabellos blancos que se agitaban con elocuencia, según las diversas fases del discurso.
Sentíase tan contento el cura al decir: «Voy a subir al púlpito» que tuvimos que resignarnos a tener sermón todos los domingos.
No bien abría la boca, tomaban las feligreses una postura cómoda para echar un sueñecito. Petrilla aprovechaba del sopor general para lanzar alguna ojeada al banco vecino al nuestro, y Reina de Lavalle se preparaba a meditar sobre las vicisitudes de la vida representadas por una tía y el aburrimiento de los sermones.
No sé por qué le gustaba al cura hablar sobre las pasiones humanas, pero un día que se había dejado arrastrar por el calor de la improvisación, le hice en la comida preguntas tan indiscretas y apuradas que se propuso no abordar más tales asuntos delante de mí. En adelante contentose en discurrir sobre la pereza, la embriaguez, la ira y otros vicios que no excitaban ni mi curiosidad ni mi charla.
Durante una hora nos ponía a la vista la gran iniquidad en que estábamos sumidos. Luego, cuando nuestro estado moral se hacía completamente lamentable, bajaba con nosotros con aire radioso a los infiernos, y nos hacía palpar los suplicios que merecían las almas manchadas por el pecado; tras de lo cual, pasando por un atrevido giro de frase a menos horribles ideas, emergía poco a poco de las regiones infernales, permanecía algunos instantes sobre la tierra, nos depositaba tranquilamente en el cielo, y descendía del púlpito, con el paso triunfal de un conquistador que acaba de cortar algún nudo gordiano.
El auditorio se despertaba entonces con sobresalto, excepto Susana que gozaba demasiado oyendo hablar mal de la humanidad, para dormirse, y que se bañaba en agua de rosas, mientras el cura fustigaba a sus ovejas con sus flores retóricas.
Era, pues, un domingo. Hacía un calor asfixiante y volviendo a casa, Susana nos dijo:
--Tendremos tormenta antes de que concluya el día.
Esta profecía me agradó; una tormenta era un feliz incidente en mi vida monótona, y a pesar de mi miedo, me gustaban el trueno y los relámpagos, aunque solía temblar de pies a cabeza cuando los estallidos se sucedían con mucha rapidez.
Durante la primera parte de la tarde, erré como alma en pena, por el jardín y el bosquecillo. Me moría de aburrimiento y pensaba con melancolía, en que nunca me pasaría ninguna aventura, y en que estaba condenada a vivir perpetuamente al lado de mi tía.
Cuando volví a casa, a eso de las cuatro, subí al corredor del primer piso, y con la cara pegada contra un vidrio, me entretuve en seguir con los ojos el movimiento de las nubes que se amontonaban sobre el Zarzal y nos traían la tormenta anunciada por Susana.
Preguntábame de dónde venían y lo que habían visto en su curso, lo que me, podrían contar, a mi que no sabía nada de la vida y del mundo, a mi que ansiaba ver y conocer. Se habían formado tras aquel horizonte que yo nunca había franqueado y que me escondía misterios, esplendores (a lo menos, así creía yo), alegrías y goces sobre los que meditaba en silencio.
Distrájeme de mis reflexiones al notar que Petrilla, escondida en un rincón, se dejaba besar por un gran palurdo que le había pasado un brazo alrededor del talle.
Abrí de golpe la ventana y grité batiendo las manos:
--¡Muy bien, Petrilla! Ya veo a usted señorita.
Petrilla, espantada, tomó sus zuecos en la mano y corrió a guarecerse en el establo. El gran palurdo se quitó el sombrero y me examinó con una estúpida sonrisa que le hendía la boca hasta las orejas.
Reíame con todas mis ganas, cuando un coche, que yo no había oído llegar entró en el patio. Bajó de él un hombre, dijo algunas palabras al sirviente que le acompañaba, y miró en torno de sí en busca de alguien a quien hablar.
Pero Petrilla, cuyo bonete blanco veía yo asomar a través de la abertura enrejada del establo, no se movía, y su enamorado se había precipitado de bruces detrás de un pajar. Y en cuanto a mi, sorprendida por tal aparición, había entornado uno de los postigos de la ventana, y observaba los acontecimientos sin hacer un movimiento.
De dos saltos salvó el desconocido los deteriorados peldaños de la escalinata, y buscó una campanilla que no había existido jamás; en vista de lo cual y no siendo la paciencia su cualidad dominante, comenzó a dar golpes de puño contra la puerta.
Mi tía y Susana surgieron delante de él, y certifico que desde ese instante tuve la más favorable opinión a cerca de su valor, pues no demostró ningún espanto. Saludó levemente, y luego comprendí por sus gestos que habiéndole asustado el cielo amenazante, pedía permiso para guarecerse en el Zarzal.
En esos momentos, en efecto, estalló con gran violencia la tormenta, y no dio más tiempo que para poner a cubierto el caballo y el coche.
Se ha dicho que la soledad nos hace tímidos, mas en ciertos casos produce el efecto contrario. No habiéndome rozado con nadie, no habiendo nunca comparado nada, tenía la mayor confianza en mí misma, e ignoraba por completo ese extraño sentimiento que anula las más brillantes facultades y hace estúpidos a los hombres superiores.
Con todo, ante esta aventura, que parecía evocada por mis pensamientos, latiome el corazón con fuerza, y vacilé tanto en entrar al salón, que estaba aún en la puerta cuando llegó el cura hecho una sopa, pero contento.
--Señor cura--exclamó yo, corriendo hacia él,--hay un hombre en el salón.
--¿Y qué hay con eso, Reina? Un arrendatario, supongo.
--No, no señor cura, es un verdadero hombre.
--¿Cómo, un verdadero hombre?
--Quiero decir que no es ni un cura ni un labriego; es joven y está bien vestido. Entremos pronto.
Entramos y estuve a punto de lanzar un grito de sorpresa al notar que mi tía ostentaba una expresión genuinamente amable, y que sonreía agradablemente al desconocido que, sentado en frente de ella, parecía estar tan a sus anchas como en su propia casa.
Bien es cierto que sólo su aspecto bastaba para serenar el ánimo más hosco. Era alto, bastante grueso, de rostro radiante, franco y expansivo. Sus rubios cabellos estaban cortados al ras, y tenía bigotes de puntas retorcidas, una boca bien dibujada y dientes blancos, que una risa franca y natural enseñaba a menudo. Toda su persona respiraba alegría y amor a la vida.
Levantose al vernos entrar y aguardó un instante que mi tía nos presentase. Pero el tal ceremonial era tan desconocido para ella, como para los habitantes de Greenlandia, y se presentó él mismo bajo el nombre de Pablo de Couprat.
--¡De Couprat!--exclamó el cura;--¿sois tal vez hijo del excelente comandante de Couprat, a quien he conocido en otro tiempo?
--Mi padre es, en efecto, comandante, señor cura. ¿Le habéis conocido?
--Y me ha prestado servicios hace muchos años. ¡Qué noble y excelente hombre!
--Sé que mi padre es querido por todo el mundo--respondió el señor de Couprat, con el rostro más radiante que nunca.--Y el comprobarlo es siempre para mi una nueva dicha.
--Pero--continuó el cura,--¿no sois pariente del señor de Pavol?
--Exactamente: primo en tercer grado.
--Pues he aquí a su sobrina--dijo el cura presentándome.
A pesar de mi inexperiencia noté muy bien que la mirada del señor de Couprat expresaba alguna admiración.
--Me felicito de conocer tan encantadora prima--díjome con aplomo y tendiéndome la mano.
Esta lisonja provocó en mi un pequeño escalofrío agradable y puse mi mano entre la suya sin la menor turbación.
--No primo, exactamente--dijo el cura narigueando su rapé con júbilo;--el señor de Pavol es sólo tío político de Reina; su esposa era una señorita de Lavalle.
--No importa--exclamó el señor de Couprat,--no renuncio a nuestro parentesco. Mucho más, cuanto que si se buscase bien, se encontrarían matrimonios entre mi familia y la de los de Lavalle.
Pusímonos a charlar como tres buenos amigos, y me pareció que siempre nos habíamos visto, conocido y querido. Sentía esa extraña impresión, que hace suponer que lo que sucede inmediatamente bajo nuestros ojos, ha pasado ya en una época remota, tan remota, que no se ha guardado de ello más que un recuerdo vago y casi desvanecido.
Pero por más que en mi mente pasaba revista a todos los héroes de novela que conocía, no hallaba ninguno que fuese tan rochonchito como mi nuevo héroe. Era gordo, no había la menor duda, pero tan bueno, tan alegre, tan gracioso, que pronto este defecto físico se transformó a mi vista en una cualidad trascendental.
Hasta no tardaron en parecerme desprovistos de atractivos mis imaginarios héroes.
A pesar de su figura elegante y siempre esbelta, quedaban borrados, radicalmente borrados por ese buen muchacho vivo y alegre a quien yo adoraba mentalmente como un tesoro de cualidades.
Mientras tanto, aunque la tormenta hubiese calmado, no cesaba la lluvia, y como se acercaba la hora de comer, mi tía invitó a Pablo de Couprat a compartir nuestra mesa.
Inmediatamente declaró que tenía una hambre de caníbal y aceptó con un desenfado que me encantó.
Me esquivé un instante para ir a afrontar el mal humor de Susana.
--Susana--dije entrando con agitación en la cocina,--el señor de Couprat come con nosotros. ¿Tenemos algún pollo gordo, leche, fresas, cerezas?
--¡Ah, Señor! ¡cuánta cosa!--refunfuñó Susana;--hay lo que hay y nada más.
--Has dicho una gran verdad, Susana; pero contéstame. ¿Un capón será bastante?
--No es un capón, señorita, es un pavo; mire usted.
Y Susana, con un sensible ímpetu de orgullo, abrió el asador y me hizo admirar el ave que bien cebada por sus cuidados y los de Petrilla, pesaba por lo menos doce libras. La piel dorada levantábase de trecho en trecho, probando así la delicadeza y blandura de la carne que cubría, y ofrecía a mis ojos un satisfactorio espectáculo.
--¡Bravo!--dije yo.--Pero Susana ¿habrá resultado bien la cuajada? ¿Hay mucha? Y, mira, ¡sazona bien la ensalada!
--Tengo costumbre de hacer bien cuanto hago, señorita. Por otra parte ese señor no es ni un príncipe ni un emperador, según pienso. Es un hombre como otro cualquiera y se conformará con lo que le den.
--Susana, ¡un hombre como otro cualquiera!--exclamé indignada.--Entonces ¿no lo has visto?
--Ya lo creo que lo he visto, señorita, y hasta puedo afirmar que lo he oído. ¿Acaso le es permitido a ningún cristiano aporrear de ese modo la puerta de una casa decente? Con todo, enamoriscaos de él si queréis, que a mí...
Abrí la boca para contestarle agriamente, pero contúvome la prudencia, pues pensé que por vengarse y contrariarme, era muy capaz Susana de chamuscar el pavo.
Poco tiempo después pasamos al comedor, y no pude menos que echar una mirada desolada sobre los tapices sucios y usados que caían en jirones. ¡Y luego Susana tenía un modo tan original de tender la mesa! Tres saleros a guisa de centro de mesa campeaban en medio del mantel, los cubiertos estaban colocados con descuido, las botellas en fila una tras otra, mientras que el único botellón del agua hallábase colocado de tal modo que cada comensal tenía seguramente que dislocarse para alcanzarlo, puesto que la mesa era enormemente ancha.
Esa fue la primera vez que tuve en mi vida la convicción de que el fantástico gusto de Susana violaba todas las leyes de la simetría.
Pero el señor de Couprat tenía uno de esos caracteres felices, que saben tomar todas las cosas por el lado mejor. Y además poseía la facultad de adaptarse al medio en que se hallaba.
Inspeccionó la mesa con aire alegre, tomó la sopa sin cesar de hablar, felicitó a Susana por su cocina y lanzó verdaderos gritos de júbilo a la aparición del pavo.
--Es preciso convenir, señor cura--dijo,--que la vida es una dulce invención y que Heráclito era un estúpido de marca mayor.
--No hablemos mal de los filósofos--respondió el cura,--suelen tener algo bueno.
--Usted es, señor cura, la benevolencia en persona. En cuanto a mi, si fuera gobierno, soltaría a los locos y en su lugar encerraría a los filósofos, teniendo cuidado de no aislar los unos de los otros, para que así pudieran devorarse mejor.
--¿Quién es Heráclito?--preguntó mi tía.
--Un imbécil, señora, que pasaba su tiempo en lloriquear. ¿Puede darse ¡Dios mío! una cosa más ridícula?
Y decir que por eso lo han hecho pasar a la posteridad...
--Tal vez--insinué yo,--viviera con varias tías, y eso le habría agriado el carácter.
El señor de Couprat se detuvo sorprendido y estalló luego en una carcajada.
El cura abrió tamaños ojos, pero mi tía, en brega con el pavo, al que trinchaba con arte, fuerza es confesarlo, no me oyó.
--La historia, primita, no dice nada al respecto.
--En todo caso--continué yo,--libraos de atacar a los antiguos; el señor cura os arrancaría los ojos.
--¡Cuánto me han hecho rabiar esos bandidos! Sólo he guardado de ellos un recuerdo: el de las penitencias que me han ocasionado.
--Permitid--dijo el cura, que hizo un esfuerzo por sacar a la orilla a sus amigos que iban en camino de ahogarse por completo en mi opinión,--permitid; no podéis negar algunas bellas virtudes, algunos actos heroicos que...
--¡Ilusiones, ilusiones!--interrumpió Pablo de Couprat. Eran unos pilletes insoportables, pero hoy que están muertos se les atavía con increíbles virtudes, para humillar a los pobres que vivimos y valemos más que ellos. ¡Dios mío, qué ave más espléndida!
Y hablando sin cesar, comía con apetito y entusiasmo sin iguales.
Los trozos se amontonaban en su plato y desaparecían con una tan notable velocidad, que llegó un momento en el que mi tía, el cura y yo quedamos con el tenedor en el aire, contemplándole con honda admiración.
--Ya os había prevenido--nos dijo riendo,--que tenía una hambre de caníbal, lo que me sucede trescientas sesenta y cinco veces por año.
--¡Cuánto dinero debéis gastar en comer!--exclamó mi tía que tenía la habilidad de ver el lado mercantil de las cosas y de decir lo que no debía decirse.
--Veintitrés mil trescientos setenta y siete francos, señora--respondió con toda seriedad mi nuevo primo.
--¡No es posible! murmuró mi tía, estupefacta.
--Parece que sois completamente feliz--le dijo el cura restregándose las manos.
--¿Si soy feliz, señor cura? Ya lo creo. Pero hablando francamente, veamos, el ser desgraciado ¿acaso es natural?
--Algunas veces--respondió sonriendo el cura.
--¡Oh, bah! los que son desdichados, lo son por su culpa muchas veces, porque entienden la vida al revés. La desgracia no existe; lo que existe es la tontera humana.
--Pues he ahí una desgracia.
--Bastante negativa, señor cura, y no porque mi vecino sea tonto he de deducir que se le deba imitar.
--Os gustan las paradojas ¿verdad?
--No; pero me fastidio cuando veo tanta gente amargarse la vida a causa de una enfermiza imaginación. Me parece que esas personas no comen lo suficiente, que viven de alondras y de huevos pasados por agua, y que descomponen el cerebro al mismo tiempo que el estómago. Amo la vida y pienso que todos debieran hallarla hermosa y ver que no tiene más que un defecto: el de acabarse tan pronto.
El pavo, la ensalada y la cuajada, todo había sido devorado, y mi tía miraba con expresión poco risueña la osamenta del volátil con la que había contado para banquetear durante algunos días.
Íbamos a levantarnos de la mesa, cuando entreabrió la puerta Susana y metiendo la cabeza por la abertura, nos dijo con arrogancia:
--He hecho café; ¿lo traigo?
--Quién te ha mandado...--comenzó mi tía.
--Sí, sí--dije interrumpiéndola con vehemencia,--traelo en seguida.
Yo la hubiera abrazado de buena gana por tan feliz idea; pero mi tía no compartía mi opinión. Desapareció para ir a reñir a Susana y sólo la volvimos a ver en la sala.
--Tenéis una excelente cocinera, prima mía,--dijo Pablo de Couprat, paladeando su café.
--Sí, pero tan rezongona...
--Eso no es más que un detalle...
--¿Y qué os parece mi tía?--le pregunté en tono confidencial.
--Pero... bastante majestuosa--respondió de Couprat, algo en aprieto.
--¡Ah, majestuosa!... ¿queréis decir... desagradable?
--¡Reina!--murmuró el cura.
--Bueno. Hablemos de otra cosa, señor cura; pero la verdad es que yo quisiera tener el buen humor de mi primo y descubrir las buenas cualidades de mi tía.
--Tened un poco de filosofía práctica, primita; eso es una sólida base de felicidad, y la única filosofía que me parece que tenga sentido común.
--¡Qué lástima que no seáis mi tía! ¡Cómo nos querríamos!
--¡En cuánto a eso respondo de ello!--exclamó riendo,--y no tendríamos necesidad de filosofar para alcanzar tal resultado. Pero si os es lo mismo, preferiría no cambiar de sexo y ser vuestro tío.
--No quisiera otra cosa, porque no soy como Francisco I, no; tengo por las mujeres una acentuada antipatía.
--¿De veras?--preguntó riendo,--¿conocéis los gustos de Francisco I?
Hizo el cura un gesto desesperado y de Couprat lo contestó con una expresiva guiñada, como diciéndole:
--No os asustéis; ya comprendo.
Esta pantomima me atacó los nervios e hice un violento esfuerzo para interpretar su oculta significación.
--A propósito de tío--dije luego--¿conocéis mucho al señor de Pavol?
--Sí, bastante; mi propiedad dista sólo una legua de la suya.
--¿Y qué tal es su hija?
--Jugué a menudo con ella, mientras fuimos niños; pero desde hace cuatro años la he perdido de vista. Dicen que es muy linda.
--¡Cuánto me gustaría estar en Pavol!--exclamé.--Nos veríamos con frecuencia.
--¿Quién sabe, primita? Tal vez no os agradara, cuando me conocierais más. Sin embargo, puedo asegurar que soy un buen muchacho, y excepción de una gran pasión por los pavos y un gusto loco por las mujeres lindas, no sé que tenga el más mínimo vicio.
--Amar a las mujeres lindas; eso no es un defecto. Lo que es yo, detesto las personas feas, a mi tía, por ejemplo. Pero asimilar un pavo a una mujer bonita, no es cosa muy halagüeña para esta última, primo mío.
--Es cierto, convengo en que mi frase ha sido desgraciada.
--Os lo perdono--le dije con vivacidad.--Según eso, ¿me halláis linda?
Hacía por lo menos dos horas que yo me decía en mi foro interno, que era preciso no dejar escapar la ocasión de aclarar, por medio de una opinión neta y competente, un asunto de tanto interés para mí. Desde el principio de la comida aguardaba con impaciencia el momento de lanzar mi pregunta. No porque tuviese dudas acerca de la respuesta, no; pero eso de oírse decir, bien directamente y en la cara, y por un hombre que no sea cura, que una es linda, ¡vamos! eso es verdaderamente delicioso.
--¿Linda, prima mía? ¡Si sois encantadora! Nunca he visto ni más bellos ojos ni boca más bonita.
--¡Qué dicha, y que amables son los hombres! a pesar de lo que dice mi tía.