Chapter 3
--¡No piensan más que en gozar y en comer!--continuaba mi tía, que se acordaba de la miseria que le había legado su marido.--¡Agentes del diablo!
--¡Hum, hum!--proseguía el cura, moviendo la cabeza.
--¡Señor cura!--exclamaba yo impaciente--¡hum, hum! no es un argumento muy convincente.
--Permitidme, permitidme--contestaba el buen hombre, perturbado en el saboreo de su comida;--creo que la señora de Lavalle va más allá de su idea al emplear esta expresión: agentes del diablo; pero también es cierto, que hay muchos hombres, que no son acreedores de una gran confianza.
--Entonces vos sois como Francisco I, ¿preferís las mujeres?--decía yo con mi airecito cándido.
--¡Voto a bríos!--exclamaba mi tía, que había substituido algunas palabras demasiado enérgicas, por esta frase aprendida a su esposo y que le parecía muy aristocrática--¡voto a bríos! ¡cállate, necia!
Pero el cura le hacía una seña misteriosa y la excelente señora se mordía los labios.
--¿Y vuestros héroes, señor cura? ¿Y vuestros griegos? ¿Y vuestros romanos?
--¡Oh, los hombres de hoy no se parecen a los de antes!--replicaba el cura convencido de que decía una gran verdad.
--¿Y los curas?--continuaba yo.
--Los curas están fuera de combate--respondíame con bondadosa sonrisa.
Esta clase de conversación, sembrada de sobreentendidos, gozaba del privilegio de exasperarme enormemente. Tenía conciencia de que un mundo de ideas y sentimientos, que por otra parte no tardaría en descubrir, me estaba cerrado. Dudaba, que el juicio de mi tía sobre la humanidad fuese absolutamente justo, y comprendía que ignoraba muchas cosas, y que corría el riesgo de quedar por largo tiempo en mi ignorancia.
Una mañana, meditando sobre esta lamentable situación, ocurrióseme la idea de consultar a las tres personas que me era dado ver todos los días: Juan el quintero, Petrilla y Susana.
Como esta última había vivido en C***, decidí que sus apreciaciones debían de estar basadas en una gran experiencia y por consiguiente la dejé para postre.
Arropándome en una capucha, tomé mis zuecos y me dirigí hacia la quinta, situada a un kilómetro de la casa.
Chapuzando, chapoteando y enterrándome, llegué hasta donde estaba Juan que limpiaba su arado.
--¡Buen día, Juan!
--¡Buen día, señorita!--contestó Juan, quitando su bonete de lana, lo que permitió a sus cabellos que se pararan tiesos sobre la cabeza. Esta era una peculiaridad de su temperamento; siempre que no estaban sometidos a presión, se entregaban a ese pequeño ejercicio.
--Vengo a consultarle sobre una cosa muy, pero muy importante--díjele, haciendo hincapié sobre el adverbio para despertar su inteligencia que yo sabía dispuesta a andar a la briba, así que se la interrogaba.
--Mande usted, señorita.
--Dice mi tía, que todos los hombres son unos bandidos, ¿qué piensa usted a este respecto, Juan?
--¡Unos bandidos!--repitió Juan, que agrandó los ojos como si percibiera un monstruo delante de sí.
--Sí, pero es la opinión de mi tía, y quiero tener la de usted.
--¡Caramba! sí, con todo, bien podría ser.
--Pero eso no es una opinión, Juan. Vamos a ver, ¿cree usted sí o no, que los hombres sean generalmente unos bandidos?
Juan apoyó la punta de su nariz sobre el índice de su mano derecha, lo que es signo seguro de profunda meditación.
Después de haber reflexionado un minuto me dio esta respuesta, neta y decisiva:
--Óigame señorita, le diré a usted: puede ser que sea así, y puede ser que no.
--¡Cernícalo!--díjele indignada al contemplar tal fenómeno de estupidez.
Abrió los ojos, abrió la boca, abrió las manos, y hubiera abierto toda su persona, si hubiese podido, para expresar más su asombro.
Volví al patio de el Zarzal, renegando del barro, de mis zuecos, de Juan y de mí misma.
--¡Petrilla, ven!--grité.
Petrilla que limpiaba los cacharros de la lechería, acudió inmediatamente, con un manojo de ortigas en la mano, desnudos los brazos y roja la cara como una manzana, y la cofia en la nuca, según su costumbre.
--¿Cuál es tu opinión acerca de los hombres?--pregunele de pronto.
--Acerca de los hom...
Y Petrilla, de manzana se volvió amapola, dejó caer sus ortigas, tomó una punta de su delantal, levantó la pierna izquierda y quedó posada sobre la derecha mirándome de un modo embobado.
--¿Y? ¡Responde! ¿Qué piensas de los hombres?
--Señorita, usted sin duda quiere jugar.
--No, no. Hablo seriamente. Contesta pronto.
--¡Caramba! señorita--respondiome Petrilla, parándose de nuevo sobre sus piernas,--si son buenos mozos, creo que se ven cosas algo más desagradables.
Este modo de examinar la cuestión, me dio que pensar.
--No hablo de lo físico--proseguí yo, alzando los hombros,--sino de lo moral.
--Yo los encuentro muy simpáticos, por cierto--respondió Petrilla, brillándole los ojos.
--¡Cómo! ¿no los tienes por herejes, bandidos y agentes del diablo?
Petrilla se echó a reír a carcajadas.
--Vea señorita, el modo de hablar de esos herejes es tan dulce, que...
Aquí se interrumpió para darse un gran coscorrón en la cabeza. Torció su delantal, bajó los ojos, y me pareció que estaba por tomar las de Villadiego.
--¿Y después? ¡Termina!
--Seguramente, señorita, me vais a hacer decir disparates... y me voy.
Y dirigiéndome la más hermosa de sus reverencias, desapareció en las profundidades de su lechería con cuya puerta me dio en la nariz.
--¿Por qué diría disparates?... Vamos; no tengo más que recurrir a Susana; lo que falta es que no quiera hablar.
Entré a la cocina. Susana se preparaba, armada de una escoba, a hacerla funcionar activamente.
Me pareció que estaba en uno de sus malos días, y pensé que sería conveniente emplear algunas precauciones oratorias antes de plantear mi pregunta.
--¡Qué lindas y brillantes están tus cacerolas!--díjele con amabilidad.
--Se hace lo que se puede--refunfuñó Susana,--y a quien no le guste, que se queje.
--Mira, Susana, tú que haces tan bien el guiso de pollo, ¿quieres enseñarme a hacerlo?
--Eso no os incumbe, señorita; quedaos en vuestros departamentos y dejadme tranquila en mi cocina.
No surtiendo ningún efecto mis medios de corrupción, enderecé el fuego hacia otro punto.
--¿Sabes una cosa, Susana? ¿Sabes que debes haber sido muy linda en tu juventud? En tanto--pensaba, a parte, que si me hubiera tocado ser su marido, la hubiese puesto a asar en el horno para zafarme de ella.
Había tocado la cuerda sensible, porque Susana dignose sonreírme.
--Todos tenemos nuestra primavera, señorita.
--Susana--proseguí yo, aprovechando aquella repentina blandura para llegar más rápidamente a mi objeto,--tengo ganas de hacerte una pregunta...
--¿Cuál es tu opinión sobre los hombres... y las mujeres?--añadí pensando que era un rasgo de ingenio el extender mis estudios sobre ambos sexos.
Apoyose Susana sobre su escoba, tomó su aspecto más avinagrado y me respondió con una convicción contundente:
--Señorita, las mujeres no valen mucho; pero los hombres no valen nada.
--¡Oh!--protesté yo, ¿estás segura de ello?
--Tan cierto, como que os lo digo, señorita.
Y aplicó un escobazo a los restos de legumbres que se hallaban por tierra, y los hizo desaparecer con tanta destreza, como si hubieran representado a los bípedos, blanco de su antipatía.
Retíreme a mi cuarto a meditar el misantrópico axioma enunciado por Susana, bastante desalentada, pensando que yo no valía gran cosa, y que a mis desconocidos amigos, los hombres, se les daba el humillante valor del cero.
V.
Sin embargo, mis estudios me parecieron insuficientes y decidí continuarlos con ayuda de las novelas de la biblioteca.
Un lunes, día de feria, mi tía, el cura y Susana tuvieron que ir a C*** Mi tía decidió, como siempre, que yo quedara al cuidado de Petrilla, y fue esta vez la primera, que en mi vida, me encantó tal decisión. Estaba más que segura de mi libertad de acción, puesto que Petrilla se ocupaba más de la vaca lechera que de mis inspiraciones. Para estas excursiones traía el quintero al patio, a las ocho de la mañana, una especie de carromato, que en el lugar llamaban _maringola_. Aparecía mi tía de tiros largos, con la cabeza cubierta por un sombrero redondo, de fieltro negro, al que había adicionado un barbiquejo de un color violeta desvaído. Plantábaselo audazmente en la punta del rodete. Hiciera calor o frío, arropábase con pieles, pues había adoptado desde su casamiento la idea de que una señora de distinción no debía ponerse en camino sin llevar sobre sí el cuero de algún animal.
Creía firmemente que, vestida de ese modo, quedaban borradas las máculas de su origen.
Sentábase en el fondo del carricoche, en una silla sobre la que se ponía un almohadón, a fin de que no sufriera esa delicada porción del individuo, cuyo nombre evita toda decente péñola.
Susana, que estaba encargada de dirigir el caballo que se manejaba solo, colocábase hacia la derecha en el banco de adelante y el cura subía a su lado.
Y ya así, simultáneamente, volvíanse hacia mí.
--¡No hagas travesuras--decía mi tía,--y cuidadito con ir a la huerta!
--¡No me revuelva la cocina!--gritaba Susana,--y para almorzar, conténtese con la ternera fiambre.
El cura no decía ni palabra, pero me sonreía con cariño y hacía un gesto que quería decir:
--Lo que es por mi, de buena gana te llevaría; pero ella no ha querido.
Este memorable lunes, sucedió lo mismo de siempre. Di algunos pasos sobre la carretera y pronto les vi desaparecer, zarandeados como árganas.
Sin perder un segundo puse en ejecución mi proyecto, desde tiempo atrás maduro. Tratábase de tomar posesión de la biblioteca, cuya llave ocurriósele confiscar malhadadamente al cura; pero no era niña yo para desalentarme por tan poco.
Corrí a buscar una escalera, que arrastré hasta la ventana de la biblioteca, y con esfuerzos sobrehumanos conseguí levantarla y apoyarla sólidamente contra la pared. Trepé con agilidad por los escalones, rompí un cristal con una piedra, que llevaba en la mano, y quitando luego los pedazos de vidrios que quedaban aún en el marco, pasé por la abertura aquella la parte superior de mi cuerpo y me dejé resbalar hacia adentro.
Caí de cabeza sobre el piso, me hice un enorme chichón en la frente y al otro día me trajo el cura un ungüento para disolverlo.
Así que me levanté y desperté del aturdimiento en que el golpe me había sumido, fue mi primer cuidado, urgar en los cajones de una vieja escribanía, en busca de una llave igual a la que había hecho desaparecer el cura. Mis pesquisas no duraron mucho; después de dos o tres infructuosas experiencias di con lo que buscaba.
Después de haber suprimido tanto como me fue posible, los indicios de la fractura de la ventana, me instalé en un sillón, y mientras reposaba de mis fatigas hirieron mi vista las obras de Walter Scott, colocadas en frente de mí. Tomé al azar una de ellas, y me retiré, llevando a mi cuarto, como si hubiera sido un tesoro, _La linda joven de Perth_.
En mi vida había leído una novela, y caí en un éxtasis, en un arrobamiento de que no podría dar idea. Aunque viviese novecientos sesenta y nueve años como el buen Matusalém, no olvidaría jamás la impresión que me hizo la lectura de _La linda joven de Perth_.
Experimentaba la misma alegría, que debe sentir un prisionero a quien se saca del calabozo y se transporta entre árboles, flores y sol; o más bien el júbilo de un músico que oye ejecutar por primera vez y de un modo ideal la obra de su corazón y de su mente.
El mundo que me era desconocido, y que con tanta inconsciencia anhelaba conocer, se me revelaba de pronto. Tan repentinamente entró la luz en mi inteligencia, que creía haber sido hasta entonces estúpida e idiota. Me entusiasmé, me embriagué con aquella novela repleta de color, de vida y de movimiento.
Cuando bajé por la noche al comedor, donde el cura, que comía con nosotros, me esperaba con impaciencia, bajé soñando.
Mirome él con profunda lástima, y me preguntó con el mayor interés, cómo me había pasado aquel accidente.
--¿Accidente?--exclamé sorprendida.
--Tienes la frente amoratada, mi pequeña Reina.
--La tonta habrá subido a algún árbol o a alguna escalera--observó mi tía.
--Sí, a una escalera--respondí,--es verdad.
--¡Pobrecita!--exclamó el cura desolado,--y ¿caíste de boca?
Yo hice una inclinación afirmativa.
--¿Y te has puesto árnica, hijita?
--¡Bah, no vale la pena!--prosiguió mi tía;--comed vuestra sopa, señor cura, y no os ocupéis de esa atolondrada; bien merecido le está.
El cura no dijo, pues, nada, me hizo una seña amistosa y me examinó furtivamente.
Mas yo no prestaba mayor atención a lo que sucedía en torno mío. Pensaba en la encantadora Catalina Glover, en el noble Enrique Smith, de quien me había enamorado, provisionalmente, y hete aquí, que sin el menor preámbulo estallé en sollozos.
--¡Dios mío!--exclamó el cura levantándose rápidamente.--¡Querida Reinita, mi buena hijita!
--No le hagáis caso está enojada porque no la hemos llevado a C***.
Pero el cura, que sabía que yo odiaba el llanto y que era bastante orgullosa como para demostrar delante de mi tía una pena causada por ella, se me acercó, me preguntó en secreto por qué lloraba y se esforzó en consolarme.
--No es nada, mi bueno y querido cura--díjele yo enjugando mis lágrimas y echándome a reír.--Tengo horror del dolor físico, me duele la cabeza y luego, debo estar horrorosa.
--Como de costumbre--dijo mi tía.
El cura me miró con aire preocupado. No estaba contento de mi explicación; pensaba que algo anormal había pasado durante el día. Me aconsejó que me acostara sin pérdida de tiempo; y lo hice con toda diligencia.
Estaba avergonzada de haberlos divertido con mi llanto; tanto más cuanto que yo misma no sabía por qué había llorado. ¿Fue de placer o de fastidio? No hubiera podido decirlo, y me adormecí con la idea de que era inútil tratar de analizarlo.
Durante el mes que siguió, devoré la mayor parte de las obras de Walter Scott. Desde aquel entonces hasta hoy he tenido, ciertamente, alegrías reales y profundas, pero por grandes que hayan sido, no sabría decir si han sobrepujado mucho en intensidad a las que sentí mientras mi inteligencia brotaba de su niebla, como de su crisálida, una mariposa.
Pasaba de arrobamiento a arrobamiento, de éxtasis a éxtasis. Y me olvidaba de todo, para no pensar más que en mis novelas y en los personajes que excitaban mi imaginación.
Cuando el cura me explicaba un problema, pensaba yo en Rebecca a quien había dejado en coloquio con el templario; cuando me daba una lección de historia, veía desfilar ante mis ojos los encantadores héroes, entre los que mi corazón inconstante había elegido ya una quincena de maridos, y cuando me reprendía, no le oía ni la mitad, hallándome ocupada en confeccionar un traje parecido al de Isabel de Inglaterra o al de Amy Robsart.
--¿Qué has estudiado hoy?--preguntábame al llegar.
--Nada.
--¿Cómo nada?
--Me fastidia el estudio--decía yo con tono cansado.
El pobre cura estaba consternado. Preparaba largos discursos y me los espetaba de un tirón, pero producían el mismo efecto que si los hubiera dirigido a un piel roja.
Por último súbitamente me volví triste. Si bien mi tía no me pegaba, desquitábase en cambio diciéndome cosas chocantes.
Había adivinado que me dolía ser tan pequeña y no perdía ocasión de herir ese punto vulnerable; me llamaba fenómeno y me repetía que era fea.
Poco tiempo antes, hallábame yo misma muy linda y tenía mucho más confianza en mi opinión, que en la de mi tía. Pero trabando relación con las heroínas de Walter Scott, surgió en mi espíritu la duda. Eran tan lindas, que yo me desolaba pensando que era necesario parecérseles para ser amada.
El cura perdía poco a poco su sonrisa y su color. Observábame con desconsuelo, y pasaba el tiempo en sorber narigadas de rapé, con olvido de todas las reglas del arte, y en tratar de adivinar mi secreto, para lo que empleaba maquiavélicos medios; pero yo era impenetrable.
Vile un día dirigirse hacia la biblioteca, pero buen cuidado tenía yo de no dejar la llave en la cerradura; volvió sobre sus pasos moviendo la cabeza y pasándose las manos entre el cabello que, más alborotado que nunca, producía el efecto de un penacho.
Yo me había escondido tras una puerta y le oí murmurar cuando pasó cerca de mi:
--Volveré con la llave.
Esta decisión me contrarió profundamente. Con seguridad iba a descubrir mi secreto, y no iba a poder continuar mis lecturas queridas.
Inmediatamente corrí a buscar otras novelas más, que llevé a mi cuarto y las reemplacé en los estantes con libros tomados al azar; pero a pesar de mis precauciones, tenía, por cierto, que el cuadro de papel con que había substituido al vidrio roto, era un indicio acusador.
Ese día, examinando unas cartas halladas en la escribanía, descubrí el origen de mi tía. Era un arma contra ella, y resolví no tardar en usarla.
Al día siguiente, en el almuerzo, estuvo de muy mal humor. En tal disposición de ánimo, si no hallaba pretexto para provocarme, lo inventaba.
Soñaba yo con el amable Buckingham, que me parecía delicioso con su insolencia, sus hermosos trajes, sus lazos de cintas y su ingenio, y me preguntaba por qué causa se desesperaba Alicia Bridgeworth, de verse en su casa, cuando mi tía me dijo sin preámbulos.
--¡Qué fea está usted hoy, Reina!
Yo salté en la silla.
--Aquí tiene--le dije pasándole el salero.
--No pido la sal, tonta. Se está volviendo tan estúpida como fea.
Es de notar que mi tía no me tuteaba nunca. Desde el día en que fue mujer de mi tío, creyó ponerse a la altura de su situación, suprimiendo el tú de su vocabulario. Trataba de usted hasta a sus conejos.
--No soy de su opinión--le repuse secamente,--me encuentro muy linda.
--¡Qué disparate!--exclamó mi tía.--¡Linda, usted! ¡Un fenómeno del alto de la estufa!
--Es mejor parecerse a una planta delicada que a un hombre malogrado--repliquele.
Pero mi tía creía firmemente que había sido una belleza y no soportaba bromas al respecto.
--He sido linda, señorita; tan linda que a mi y a mi hermana los vecinos nos llamaban unas diosas.
--¿Su hermana se parecía a usted, mi tía?
--Mucho; éramos mellizas.
--¡Qué desgraciado sería su marido!--dije yo con tono convencido.
Mi tía lanzó una imprecación, que no dejaré repetir a mi pluma.
--Al fin y al cabo--proseguí con calma,--usted tiene naturalmente el gusto de una mujer del pueblo, mientras que yo, yo...
Pero quedé boquiabierta a mitad de la frase; mi tía acababa de romper un plato con el mango de su cuchillo. Lo que yo había dicho, inutilizaba todos sus esfuerzos para ocultarme su origen, y me vengaba completamente de toda su maldad para conmigo.
--¡Es usted una serpiente!--exclamó con voz estrangulada.
--No lo creo, mi tía.
--¡Una serpiente!
--Ya lo ha dicho,--respondí tranquilamente.
--¡Una serpiente cobijada en mi seno!--repitió mi tía, que estaba demasiado colérica para hacer gastos de imaginación.
Moví la cabeza, y pensé que a ser yo serpiente, seguramente rehusaría hallarme en semejante situación.
--Permitidme--proseguí,--he estudiado ese animal en mi historia natural, y nunca he visto que tuviese la costumbre de cobijarse en el seno de nadie.
Mi tía, que se desconcertaba siempre que hacía yo alusión a mis lecturas, no contestó nada, pero la expresión de su fisonomía, me pareció tan poco tranquilizadora que me esquivé cantando a desgañitarme:
--¡Érase que se era, un tío de Pavol, de Pavol, de Pavol!
Nos hallábamos a mediados de Junio. Las mariposas volaban por todas partes, las moscas zumbaban, el aire estaba impregnado de mil perfumes; en una palabra, el día me pareció tan espléndido que olvidé mi prudencia ordinaria. Tomé mi libro y fui a instalarme en un prado a la sombra de una parva de heno.
Se me oprimía el corazón pensando en las palabras de mi tía. La verdad es que era desolador el ser tan pequeñita, tan pequeñita. ¿Quién podría amarme así? Pero me consolaba leyendo _Peveril del Pic_. Era esta una de mis novelas preferidas, entre las de Walter Scott, precisamente a causa de Fenella, cuya altura era a buen seguro, más exigua que la mía.
Yo amaba, idolatraba a Buckingham. Me encolerizaba con Fenella, porque le decía cosas verdaderamente muy duras, y en el momento en que se escapa por la ventana, detuve mi lectura para exclamar.
--¡Ah, tontuela, un hombre tan delicioso!
Al pronunciar estas palabras levanté los ojos, y lancé un gran grito al ver al cura de pie, delante de mí.
Estaba cruzado de brazos y me miraba estupefacto. Parecía tan consternado como ese personaje de los cuentos de hadas, que ve sus diamantes trocados en avellanas.
Me levanté algo avergonzada, pues le había engañado abominablemente.
--¡Oh, Reina!...--comenzó.
--Mi querido cura--exclamé yo estrechando a Peveril del Pic contra mi corazón,--¡dejadme continuar, os lo ruego, os lo suplico!
--Reina, mi Reinita, nunca hubiera creído eso en ti.
Esta dulzura me enterneció, tanto más que no tenía la conciencia muy limpia, mas con una táctica eminentemente femenina me apresuré a cambiar de asunto.
--Era una distracción, señor cura, soy tan desgraciada.
--¿Desgraciada, Reina?
--¿Creéis que sea divertido tener una tía como la mía? No me pega ya, es cierto, pero me dice cosas que me apenan mucho.
¡Qué bien conocía a mi cura! Ya había olvidado su resentimiento y sus sermones; tanto más cuanto que en mis palabras había un gran fondo de verdad.
--¿Y es por eso, que estás tan triste, hijita?
--Sí, por cierto, señor cura. Figuraos que mi tía me repite en todos los tonos que soy un fenómeno, que soy fea como un susto.
Y mis ojos se llenaron de lágrimas, como que el tal tema me dolía en el alma.
El buen cura muy emocionado, restregose la nariz, con aire perplejo. Muy distante estaba de participar de las ideas de mi tía a ese respecto y miraba el modo que podría emplear para disipar mi tristeza, sin despertar en mi alma ni el orgullo, ni la vanidad, ni ningún elemento de pecado.
--Vamos, Reina; es preciso no apegarse mucho a cosas que pronto se desvanecen.
--Entretanto, esas cosas existen--repliqué, coincidiendo, en el pensamiento, a dos siglos de distancia, con la más linda mujer de Francia.
--Por otra parte encontrarás personas que no pensarán como la señora de Lavalle.
--¿Es usted de esas personas señor cura? ¿Me encuentra usted bonita?
--Pero... sí--respondió el cura, con aire lastimoso.
--¿Muy bonita?
--Pero... sí--respondió en el mismo tono el cura.
--¡Ah, qué contenta estoy!--exclamé saltando.--¡Cómo os quiero, señor cura!
--Todo esto está muy bien, Reina; pero has cometido una grave falta. Te has introducido en la biblioteca con riesgo de desnucarte, y has leído libros, que probablemente yo no te hubiera dado nunca.
--¡Walter Scott, señor cura; son de Walter Scott! Mi literatura habla muy bien de él.
Y le conté todas las impresiones. Hablé con volubilidad y mucho tiempo, radiante de ver que no solamente se olvidaba el cura de reñirme, sino que escuchaba con interés lo que le refería.
En vista de mi entusiasmo y mi alegría, reaparecidos como por encanto, le volvieron también súbitamente los colores y el aire risueño.
--Bien--me dijo,--te permito leer a Walter Scott; sin embargo, yo mismo lo reeleré para hablar de ello contigo, pero prométeme no volver a hacer más travesuras.
Se lo prometí de todo corazón, y desde entonces tuvimos nuevo asunto para discusiones y porfías, porque naturalmente, nunca fuimos de la misma opinión.
Con todo, pronto el interés que me inspiraban mis novelas, fue desvanecido por un acontecimiento sorprendente, inaudito, que acaeció en el Zarzal, algunas semanas después. Uno de esos acontecimientos que no conmueven las bases de los imperios, pero que siembran perturbaciones en el corazón o en la imaginación de las jóvenes.
VI.
Era un domingo.
Los domingos asistíamos regularmente a la misa cantada, que era el único oficio de la mañana, pues el cura no tenía teniente. Mi tía entraba primero en nuestro banco blasonado; seguíala yo, Susana luego y Petrilla cerraba la marcha.
Nuestra iglesia era vieja y pobre.