Mi tio y mi cura

Chapter 2

Chapter 24,061 wordsPublic domain

--Señor cura: yo no sé lo que os puede haber hecho ese pobre Francisco I. ¿No sabéis que tenía mucho juicio? Llevaba vida alegre, y amaba prodigiosamente a las mujeres.

Y los ojos del cura se abrieron de tal modo que tuve miedo de verlos reventar.

--¡San Miguel, San Bernabé!--exclamó dejando caer su tabaquera con un ruido tan seco, que el gato extendido en una poltrona saltó a tierra con un desesperado maullido.

Mi tía que dormía, se despertó sobresaltada y gritó:

--¡Ah, bestia!

Dirigiéndose a mi, y no al gato y sin saber de qué se trataba. Pero este epíteto componía invariablemente el exordio y la peroración de todos sus discursos.

Esperaba por cierto producir un gran efecto; pero con todo, quedé algo confusa ante la fisonomía, verdaderamente extraordinaria del cura.

Pero no tardé en continuar imperturbablemente:

--Amó especialmente a una linda dama a la que dio un ducado. ¡Confesad, señor cura, que era muy bueno, y que hubiera sido muy agradable hallarse en lugar de Ana de Pisseleu!

--¡Santa Madre de Dios!--murmuró el cura con una voz sin fuerzas,--esta niña está poseída.

--¿Qué hay?--gritó mi tía, traspasándose el rodete con una de sus agujas de tejer.--Échela afuera si se permite impertinencias.

--Hijita mía--continuó el cura--¿dónde has aprendido lo que acabas de decir?

--En un libro--respondí lacónicamente, sin nombrar la biblioteca.

--¿Y cómo puedes repetir tales abominaciones?

--¡Abominaciones!--interrumpí escandalizada;--¿qué señor cura, os parece abominable que Francisco I fuese generoso y amase a las mujeres? ¿Que vos no las amáis?

--¿Que dice? rugió mi tía, que habiéndome escuchado atentamente desde hacía unos instantes, sacó de mi pregunta los pronósticos más desastrosos. ¡Desfachatada! sin...

--¡Calma, señora, calma!--interrumpió el cura, a quien parecía que en aquel momento le hubiesen quitado de encima un peso enorme.

--Déjeme usted explicarme con Reina. Veamos, ¿qué encuentras digno de alabanza en la conducta de Francisco I?

--¡Caramba! pues es bien simple--respondí con tono desdeñoso, pensando que mi cura envejecía y empezaba a comprender con dificultad.--Todos los días me predicáis el amor al prójimo, y me parece que Francisco I ponía en práctica vuestro precepto preferido: Ama a tu prójimo como a ti mismo, por amor de Dios.

No bien hube terminado mi frase, el cura enjugando su rostro, sobre el que gruesas gotas de sudor corrían, echose hacia atrás en su sillón y con ambas manos sobre el vientre, se entregó a una homérica risa, que duró tanto, que me hizo saltar lágrimas de contrariedad y de despecho.

--Por cierto--añadí, con temblorosa voz,--he sido bien tonta en fatigarme para estudiar mi lección y haceros admirar a Francisco I.

--Mi buena hijita--díjome por fin, recobrando su seriedad y empleando su expresión favorita cuando estaba contento de mi,--lo que me extrañó mucho, mi buena hijita, no sabía que profesaras tal admiración por las personas que practican la caridad.

--En todo caso, eso no es un motivo de risa--respondíle bruscamente.

--Vamos, vamos, no nos enojemos.

Y el cura aplicándome una palmadita en la mejilla, abrevió mi lección, me dijo que vendría al día siguiente y dirigiose a confiscar la llave de la biblioteca, que yo ignoraba conociese.

No había aún el cura salido del patio, cuando mi tía se abalanzó sobre mi sacudiéndome el hombro hasta la dislocación.

--¡Bachillera, atrevida!--voceó,--¿qué has hecho para que el cura se haya ido tan pronto?

--¿Por qué se enfada usted--le repliqué,--si no sabe de lo que se trata?

--¡Ah! ¿Conque yo no sé? ¿Conque no he oído lo que le decías al cura, desfachatada?

Y juzgando que las palabras no bastaban para demostrar su cólera, me dio una bofetada, me pegó con fuerza, y me echó como a un perrillo.

Corrí a mi cuarto y me atrincheré sólidamente. Lo primero que hice fue quitarme la bata y comprobar por medio del espejo que los dedos secos y flacos de mi tía habían dejado marcas azules en mis hombros.

--¡Ah, vil esclava!--me dije mostrándole los puños a mi imagen en el espejo,--¿soportarás por más tiempo semejantes cosas? ¿Será posible, que por cobardía, no te atrevas a sublevarte?

Durante un rato me reprendí duramente; vino luego la reacción, caí sobre una silla y lloré mucho.

--¿Qué he hecho yo--pensaba, para que me trate así? ¡Qué odiosa mujer!--Y en seguida:--¿por qué ponía el cura una cara tan chusca, mientras yo recitaba mi lección?

Y me eché a reír mientras las lágrimas me rodaban por las mejillas. Pero por más que intenté profundizar este problema, no di con la solución.

Púseme después a contemplar melancólicamente el jardín, por la ventana abierta, e iba ya recobrando mi sangre fría, cuando me pareció reconocer la voz de mi tía que conversaba con Susana. Me incliné un poco para escuchar la conversación.

--Usted hace mal--decía Susana,--la pequeña ya no es una niña. Si usted la maltrata, se quejará al señor de Pavol, que se la llevará.

--No faltaba más. Pero ¿cómo quiere usted que piense en su tío? Apenas sabe que existe.

--¡Bah! la pequeña es avisada; le bastará un momento de memoria, para enviaros a paseo, si la mortificáis, y sus buenas rentas desaparecerán con ella.

--¡Ah! tenéis razón... No le pegaré más, pero...--Se alejaban y no oí el final de la frase.

Después de la comida, a la que no quise asistir, salí en busca de Susana.

Susana había sido amiga de mi tía, antes de ser su cocinera. Reñían diez veces al día, pero ninguna de las dos podía pasarse sin la otra.

No se me creerá con facilidad, si digo que Susana quería sinceramente a mi tía; sin embargo, es la pura verdad.

Mas si perdonaba a mi tía su elevación en la escala social, se desquitaba sin duda alguna con el prójimo, con las circunstancias y con la vida, porque refunfuñaba siempre.

Tenía el semblante áspero de un salteador de caminos, vestía constantemente zagalejo corto y calzaba zapatos bajos, aunque nunca fuera a la ciudad a vender leche, ni trotara su imaginación como la de la lechera de la fábula.

--Susana--díjele colocándome delante de ella, con aire resuelto,--¿conque yo soy rica?

--¿Quién os ha dicho tal sandez, señorita?

--Eso no te importa, Susana; lo que quiero es que me contestes y me digas dónde vive mi tío de Pavol.

--¡Quiero, quiero!--rezongó Susana,--se acabó la niña a fe mía. Ídos a pasear, señorita; no os diré nada, porque nada sé.

--Mientes, Susana, y te prohíbo que me contestes así. He oído lo que decías a mi tía, no hace mucho.

--Pues bien, señorita, si habéis oído no tenéis necesidad de hacerme hablar.

Susana me volvió la espalda y no quiso contestar a ninguna de mis preguntas.

Regresé a mi cuarto, muy exasperada, y permanecí por mucho tiempo de codos en la ventana; desde allí tomé por testigos a la luna, las estrellas y los árboles, de que formaba la inquebrantable resolución de no dejarme tocar más, de no tener miedo de mi tía en adelante, y de emplear todo mi ingenio en desagradarla.

Y dejando caer los pétalos de una flor, que deshojaba, arrojé al mismo tiempo mis miedos, mi pusilanimidad y mis anteriores timideces. Comprendí que ya no era la misma, y me dormí consolada.

Esa noche soñé que mi tía, transformada en dragón, luchaba contra Francisco I, que la partía con una gran espada. Me tomaba entre sus brazos y huía conmigo, mientras que el cura nos contemplaba desolado, enjugándose el rostro con su pañuelo a cuadros. Torcíalo en seguida con todas sus fuerzas y caía el sudor a chorros, lo mismo que si lo hubiera empapado en el arroyo.

III.

No bien nos instalamos en nuestra mesa al día siguiente, el cura y yo, abriose con estrépito la puerta y vimos entrar a Petrilla, con la cofia en la nuca y los zuecos llenos de paja en la mano.

--¿Qué hay? ¿Fuego?--interrogó mi tía.

--No, señora; pero a buen seguro que está el diablo en casa. La vaca ha ido a dar al cebadal que crecía tan hermoso y lo arrasa todo y yo no puedo darle alcance; los capones andan por los tejados y los conejos en la huerta.

--¡En la huerta!--exclamó mi tía que se levantó lanzándome una colérica mirada, porque la tal huerta era un sitio sagrado para ella y el objeto de sus únicos amores.

--¡Mis lindos capones!--gruñó Susana, que juzgó oportuno aparecer y unir su nota sombría a la nota chillona de su ama.

--¡Ah, piel de Judas!--gritó mi tía.

Y se precipitó detrás de las sirvientes cerrando furiosa la puerta de un golpazo.

--Señor cura--dije yo inmediatamente,--¿creéis que en el universo entero haya otra mujer tan abominable como mi tía?

--¿Qué es eso, qué es eso, mi hijita? ¿Qué quiere decir eso?

--¿Sabéis lo que ha hecho ayer, señor cura? ¡Me ha pegado!

--¡Pegado!--repitió el cura con aire incrédulo, tan imposible le parecía que alguien se atreviera a tocar, ni aun con un dedo, a un ser tan delicado como mi persona.

--¡Sí, pegado! Y si no me creéis, os voy a mostrar las marcas.

Y ya empecé a desprenderme la bata. El cura me miró con aire espantado.

--Es inútil, es inútil, basta con que me lo digas, te creo--exclamó precipitadamente, con el rostro carmesí y bajando púdicamente los ojos hacia las puntas de sus zapatos.

--¡Pegarme el día de mi santo, el día en que cumplía diez y seis años!--y continué yo abrochando mi bata.--¿Sabéis que la detesto?

Y con el puño cerrado golpeé sobre la mesa, lo que me dolió bastante.

--Veamos, veamos, mi buena hijita--díjome conmovido el cura,--cálmate y cuéntame lo que tú le hiciste.

--Nada. En cuanto os fuisteis, me apellidó desfachatada y se lanzó sobre mi como una furia. ¡Ah, qué odiosa!

--Vamos, Reina, vamos, bien sabes que hay que perdonar las ofensas.

--¡Sí, está fresca!--exclamé empujando hacia atrás mi silla y poniéndome a pasear a grandes pasos por la sala; ¡no la perdonaré jamás, jamás!

Levantose también el cura y comenzó a caminar en contra mía, de manera que continuamos la conversación cruzándonos continuamente, como el Ogro y el Pulgarcillo, cuando el monstruo le persigue por haberle robado una de las botas de siete leguas.

--Reina, Reina, es necesario que seas razonable y aceptes esta humillación con espíritu de penitencia, por tus pecados.

--¡Mis pecados!--repliqué, deteniéndome y alzando levemente los hombros,--bien sabéis vos, señor cura, que son tan pequeños, tan pequeños, que no vale la pena hablar de ellos.

--¡De veras!--dijo el cura, no pudiendo contener una sonrisa.--Entonces, ya que eres una santa, recibe tus contrariedades con paciencia, por amor de Dios.

--¡Oh, no, a fe mía!--le repliqué decididamente.--Quiero amar a Dios, pero creo que Él me ama lo bastante para no estar contento al verme desgraciada.

--¡Qué cabeza!--exclamó el cura.--¡Bonita educación la mía!

--En fin--continué yo, emprendiendo la marcha nuevamente,--quiero vengarme, y me vengaré.

--Reina, eso está muy mal. Cállate y escúchame.

--La venganza es el placer de los dioses,--proseguí yo, dando un salto para cazar un moscardón que revoloteaba sobre mi cabeza.

--Vamos, hijita, hablemos con seriedad.

--Pero si yo hablo seriamente--respondí, deteniéndome delante de un espejo, para comprobar con cierta complacencia, que la animación me sentaba.--Ya veréis, señor cura, empuñaré un sable y degollaré a mi tía como Judith a Holofernes.

--¡Esta chica está hidrófoba!--exclamó desolado el cura.--Estese un momento quieta, señorita, y no diga disparates.

--Convenido, señor cura; pero entonces declarad que Judith no valía ni un céntimo.

Recostose el cura en la chimenea, e introdujo delicadamente una narigada de rapé en sus fosas nasales.

--Permíteme, hijita, eso depende del punto de vista en que uno se coloque.

--¡Qué poco lógico sois! Halláis espléndida la acción de Judith porque libertó a unos cuantos ruines israelitas, que no valían seguramente lo que yo, y que no os debían interesar, puesto que hace tanto tiempo que están muertos y enterrados... ¿y os parece mal que haga lo mismo por mi propia libertad? ¡Y eso que yo gracias a Dios, estoy viva!--añadí, girando varias veces sobre mis talones.

--Veo que tienes buena opinión de ti--respondió el cura, que hacía esfuerzos por tomar severo aspecto.

--¡Ah, excelente!

--Bueno, y ahora; ¿quieres o no quieres escucharme?

--Estoy cierta--continué yo, siguiendo mi idea,--de que Holofernes era infinitamente más simpático que mi tía, y de que me hubiera entendido con él perfectamente. Por lo tanto, no alcanzo a ver lo que me impediría imitar a Judith.

--¡Reina!--exclamó el cura, golpeando el suelo con el pie.

--No os enojéis, os ruego, mi querido cura; tranquilizaos, no mataré a mi tía, tengo otro medio de vengarme.

--Cuéntame eso--dijo el excelente hombre apaciguado ya y dejándose caer sobre un canapé.

Yo me senté a su lado.

--Bueno. ¿Habéis oído hablar de mi tío de Pavol?

--Sí, por cierto. Vive cerca de V***

--Muy bien. ¿Cómo se llama su propiedad?

--El Pavol.

--Entonces, escribiendo a mi tío al castillo de Pavol, cerca de V*** ¿llegaría la carta?

--Sin duda.

--Pues bien, señor cura; he hallado mi venganza. ¿No sabéis que si mi tía no me quiere, quiere en cambio muchísimo a mis pesos?

--Pero, hija mía ¿de dónde has sacado semejante cosa?--díjome escandalizado el cura.

--Se lo he oído decir a ella misma; así es que estoy segura de lo que afirmo. Y lo que teme, sobre todo, es que yo me queje al señor de Pavol, y le pida que me lleve a su casa. La amenazaré con escribirle a mi tío, y no estoy muy lejos--continué después de un instante de reflexión,--de hacerlo el día menos pensado.

--¡Bah! siquiera eso es una cosa inocente--dijo sonriendo el buen cura.

--¡Veis, veis: vos mismo me aprobáis!--exclamé batiendo palmas.

--Sí, hasta cierto punto, hija mía, porque es evidente que no se te debe pegar; pero te prohíbo toda impertinencia. No te sirvas de tus armas sino en caso de legítima defensa, y recuerda que si tu tía tiene defectos, tú en cambio, debes respetarla y no ser agresiva.

Yo hice una mueca petulante.

--No os prometo nada... o más bien, mirad, hablando con franqueza, os prometo hacer justamente todo lo contrario de lo que acabáis de decirme.

--¡Esto es una verdadera insubordinación!... Reina, concluiré por enfadarme.

--Es más que una insubordinación--repliqué gravemente,--es una revolución.

--¡Me va a hacer perder la paciencia y la vida!--murmuró el cura.--Señorita de Lavalle, hacedme el favor de someteros a mi autoridad.

--Escuchad--proseguí con zalamería,--os quiero con todo mi corazón, aun más; sois la única persona que quiero en el mundo.

La faz del cura se dilató radiante.

--Pero detesto, execro a mi tía; mis ideas no cambiarán a ese respecto. Tengo mucho más talento que ella...

Aquí, el cura, cuyo rostro se había nublado, me interrumpió con una mordaz exclamación.

--No protestéis--proseguí yo, mirándole de soslayo,--bien sabéis que sois de mí misma opinión.

--¡Qué educación, qué educación!--murmuró el cura con tono lastimero.

--Señor cura, tranquilizaos, mi salvación no peligra; tarde o temprano nos encontraremos en el cielo. Continúo: teniendo, pues, mucho más talento que mi tía, me ha de ser fácil atormentarla de palabra. Anoche me he comprometido conmigo misma a fastidiarla y he tomado a la luna y a las estrellas por testigo.

--Hija mía--díjome con seriedad el cura,--no me quieres oír, y te arrepentirás.

--¡Bah, lo veremos!... Ahí viene mi tía; está furiosa, porque soy yo quien soltó la vaca, los conejos y los capones, para quedar a solas con vos. Echadle una sobarbada; os garantizo que me ha pegado muy fuerte; tengo marcas negras en los hombros.

Entró mi tía como un huracán, y el cura completamente estupefacto, no tuvo tiempo para contestarme.

--Ven acá, Reina--gritó ella, con la faz amoratada por la ira y la desordenada carrera que había tenido que dar en pos de los conejos.

Yo le hice un gran saludo, y le dije, dirigiendo un gesto de inteligencia a mi aliado.

--Os dejo con el cura.

Felizmente la ventana estaba abierta.

Salté sobre una silla, trepé al alféizar y me deslicé hacia el jardín, con gran pasmo de mi tía, que se había plantado en la puerta para cortarme la retirada.

Declaro que fingí escaparme, pero que en realidad me quedé escondida detrás de un laurel y que caí en un acceso de júbilo sin igual, oyendo los reproches del cura y las furibundas exclamaciones de mi tía.

Y a la tarde, durante la comida, ostentó el benigno aspecto de un perro a quien se le arrebata un hueso.

Reñía a Susana, quien a su vez la enviaba a paseo, pegábale al gato, arrojaba sobre la mesa los cubiertos haciendo un barullo espantoso, y por último, exasperada por mi actitud impasible y burlona, tomó una botella y la tiró por la ventana.

Inmediatamente tomé yo un plato de arroz, del que aun no se había servido y lo lancé detrás de la botella.

--¡Ah miserable pilla!--vociferó mi tía, lanzándose sobre mí.

--No se me acerque--le dije retrocediendo;--si me llega a tocar, esta noche misma escribo a mi tío de Pavol.

--¡Ah!...--dijo mi tía, quedando petrificada y con el brazo extendido.

--Si no es esta noche--proseguí,--será mañana o pasado, porque no quiero que se me pegue.

--Tu tío no te creerá--gritó mi tía.

--¡Ya lo creo que sí! Los dedos de usted han dejado huella en mis hombros. Sé que es muy bueno y me iré con él.

No tenía por cierto ninguna noción a cerca del carácter de mi tío, puesto que sólo contaba seis años cuando lo vi por primera y última vez. Pero me pareció que debía hacerle creer que sabía mucho a su respecto, y que de ese modo daba pruebas de una gran diplomacia.

Y salí majestuosamente, dejando a mi tía desahogándose entre los brazos de Susana.

IV.

Declarada estaba la guerra y desde entonces pasé todo mi tiempo en luchar con la señora de Lavalle. Antes de ello, apenas me atrevía a abrir la boca delante de mi tía, excepción hecha de las veces en que el cura se hallaba como tercero entre nosotros; me imponía silencio antes de que hubiese concluido mi frase.

Declaro que este proceder érame penoso en extremo, pues soy charlatana por naturaleza. Resarcíame algo con el cura, pero esto era absolutamente insuficiente; tan es así que tomé la costumbre de hablar en alta voz conmigo misma. Y muy a menudo acaecía, que me plantara delante del espejo, y conversase durante horas enteras con mi propia imagen.

¡Oh, fiel amigo! ¡mi querido espejo! ¡amable confidente de mis pensamientos íntimos!

No sé si los hombres han reflexionado alguna vez sobre la influencia enorme que este mueblecito puede ejercer sobre un talento. Notad que no especifico el sexo de este talento, estando convencidísima de que los individuos barbudos se complacen tanto como nosotras en observar sus cualidades externas.

Si escribiera una obra filosófica, desarrollaría este tema: «De la influencia del espejo sobre el corazón y la inteligencia del hombre».

No niego que tal vez fuera mi tratado único en su especie, y que de ninguna manera se asemejaría a la filosofía en que Kant, Fichte, Schelling y otros, han gastado toda su vida, para su mayor gloria y gran felicidad de la posteridad que los lee con un placer tanto más intenso, cuanto que absolutamente no la comprende. No, mi tratado no correría tras las obras de estos señores; sería claro, explícito, práctico con un tantico de causticidad, y sería preciso poseer en alto grado el gusto por la contradicción para no convenir que estas cualidades no son la distintiva de las mencionadas filosofías. Mas no hallando suficientemente madura mi inteligencia para tamaña obra, conténtome con profesar a mi espejo sincero afecto, y con mirarme largo tiempo en él todos los días por espíritu de gratitud.

Bien sé, que ante tal declaración, algunos de esos caracteres montaraces y bruscos que todo lo ven negro, insinuarán que la coquetería entra por mucho en la simpatía que siento por mi espejo. ¡Dios mío! nadie es perfecto; fijaos bien, querido lector, que si sois de buena fe, lo que no es muy seguro, confesaréis que el interés personal, por no decir algo peor, ocupa el primer puesto en la mayoría de vuestros sentimientos.

Pero volviendo a mi asunto, diré que, habiendo roto completamente con mis antiguos terrores, no traté ya de moderar mi locuacidad delante de mi tía. No pasó día en que no tuviéramos a la hora de la comida discusiones que amenazaban degenerar en tempestades.

Aunque no conociese yo su origen todavía, no tardé en descubrir que era ignorante como un topo y que experimentaba gran contrariedad cuando apoyaba mis opiniones en mi saber o en el del cura. Por otra parte, jamás titubeaba yo en dar la calificación de históricas a ideas sacadas de mi propia mente. Desgraciadamente, érame imposible luchar contra su experiencia personal, y cuando me afirmaba que las cosas se pasaban de tal o cual modo en el mundo, y los hombres no eran más que pillos, unos agentes de Satanás, me moría de rabia porque no podía contestarle nada. Que tenía bastante buen sentido para comprender que los personajes con quienes vivía, no podían darme más que una imperfectísima idea del género humano, en las circunstancias comunes de la vida.

Todos los domingos comía el cura en casa. Y sin duda tenía sus motivos secretos para no elogiar delante de mi al rey de la Creación (exceptuando sus héroes antiguos cuyas audacias no podía temer), pues no oponía sino debilísimas protestas a las afirmaciones de mi tía.

La comida del domingo constaba invariablemente de un pollo o de un capón, de una ensalada, de huevos duros y de leche cuajada en verano.

El cura, que en su casa comía bastante mal y cuyo paladar sabía apreciar el arte de Susana, llegaba restregándose las manos y proclamando su apetito.

Pronto nos sentábamos a la mesa, y el principio de la conversación era no menos invariable que la lista de la comida.

--Hace buen tiempo--adelantaba mi tía, cuya frase, si llovía, no se modificaba sino en el adjetivo.

--¡Espléndido!--respondía alegremente el cura,--da gusto caminar con un sol tan hermoso.

Si hubiera llovido, nevado, helado o caído granizo, piedras o azufre, del mismo modo hubiese el cura manifestado su satisfacción explayándose sobre lo agradable de un cuarto herméticamente cerrado o ya elogiando el encanto de un buen fuego.

--Pero no hace calor--continuaba mi tía,--y ¡es sorprendente! en mi tiempo, por Pascua, ¡ya nos vestíamos de blanco!

--¿Os sentaban los trajes blancos?--preguntábale yo rápidamente.

Mi tía que no dejaba de prever alguna impertinencia, me dirigía una mirada preventiva antes de responder:

--Sí, por cierto; bastante.

--¡Oh!--exclamaba yo, con un tono que no permitía ninguna duda a cerca de mi íntima convicción.

--Y en mi tiempo--continuaba,--las niñas no hablaban sino cuando se les dirigía la palabra.

--Entonces ¿usted no hablaba cuando joven, tía?

--Cuando me hacían alguna pregunta y nada más.

--¿Y todas las niñas se os asemejaban, tía?

--Sí, por cierto, sobrina.

--¡Qué época horrible!--suspiraba yo, levantando los ojos al cielo.

Mirábame el cura con aire de reproche, y la señora de Lavalle paseaba sus miradas sobre los diversos objetos que yacían sobre el mantel, evidentemente con la tentación de tirarme con alguno a la cabeza.

Llegada la conversación a este punto... agudo, decaía de pronto, hasta el momento en que los acerbos sentimientos de mi tía, regolfados por los esfuerzos de su voluntad, estallaban de golpe, como una máquina sometida a excesiva presión. Su furia se desbordaba sobre la creación entera. Hombres, mujeres, niños, todo caía. De los míseros hombres no quedaba, al final de la comida, más que una horrible mezcla, no ya de carnes y huesos machacados, sino de monstruos de toda especie.

--Los hombres no valen ni la soga para ahorcarles,--decía en el idioma armonioso y elegante que le era peculiar.

El cura que estaba en la desoladora convicción de no ser una mujer, bajaba la cabeza y parecía lleno de contrición.

--¡Herejes, bandidos!--proseguía mirándome con un aire terrible, como si yo hubiese pertenecido a la especie en cuestión.

--¡Hum!--hacía el cura.