Mi tio y mi cura

Chapter 11

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Pero este comportamiento de héroe de comedia, no le libraba de sentir hondo pesar. Sus visitas al Pavol, fuéronse haciendo cada día más raras, y le notaba muy cambiado, moral y físicamente.

Entonces volvía a llorar a escondidas, y me enojaba con él. ¡Le hubiera sido tan fácil quererme! ¡Era tan lógico y racional comprender que nuestras dos naturalezas armonizaban y que yo le quería con locura!

De veras, si los hombres fueran siempre lógicos, el mundo andaría mejor.

XVIII.

El quince de Enero el tiempo estuvo soberbio, aunque hizo un frío seco y pronunciado. El campo, cubierto de escarcha, tenía un aspecto encantado. Juno, extremadamente pálida, estaba tan linda con su traje blanco que no me cansaba de mirarla. Y la comparaba a aquella naturaleza fría y espléndida que ataviada con brillante blancura, parecía haberse puesto al unísono de su belleza.

Después de almorzar subió a su cuarto para cambiar de vestido. Bajó muy emocionada; nos abrazamos todos patéticamente y... camino de Italia.

--¡Qué lindo viaje! ¡qué lindo viaje!-pensaba yo.

Mis múltiples emociones me habían cansado y tenía sed de soledad. Dejé, pues, a mi tío entenderse con sus invitados como pudiera, tomé una capa de pieles y me dirigí hacia un sitio del parque, por el que sentía especial preferencia.

El parque estaba atravesado por un arroyuelo angosto y rápido, y a cierta altura de su curso, se ensanchaba y formaba una cascada que al caer entre piedras hábilmente dispuestas, tomaba un aspecto imponente y pintoresco.

A pocos pasos de la cascada, cayó una vez un árbol con las raíces en una margen y la copa en otra. Quedó algún tiempo en esa posición y cuando en la siguiente primavera quiso mi tío hacerle sacar de allí, se apercibió que el árbol había brotado vigorosamente a lo largo del tronco. Hizo colocar otro al lado de aquél y entrelazar sus ramas, plantar lianas entre ellos y con el tiempo ramas y lianas hicieron una red tan compacta como para que mi tío se jactara de tener un original puente rústico, que se podía atravesar sin más peligro que el de enredarse en los gajos y caer al agua.

Este sitio solitario, bastante alejado del castillo, era el lugar que había escogido yo para mis meditaciones.

Me detuve junto al puente cargado de escarcha, a pensar en el porvenir y a admirar los enormes copos de nieve, pendientes de la cascada al ser sorprendidos en su líquido curso por el hielo.

No sé cuanto tiempo haría que me hallaba allí, sin preocuparme del frío que me helaba la cara, cuando vi llegar hacia a mi al dulce objeto de mi ternura, como diría el poeta.

El tal objeto parecía melancólico y de muy mal humor. Venía apaleando los árboles con un bastón que había tomado en un momento de distracción del cuarto de mi tío, y la polvareda blanca que los cubría, saltaba y se esparcía sobre él.

Yo le daba la espalda a medias, pero es de pública notoriedad que las mujeres vemos de espaldas; así es, que yo no perdía ni uno solo de sus movimientos.

Ya cerca de mi, cruzó los brazos, miró la cascada inmóvil, el puente, los árboles, y no abrió la boca. Yo, en tanto, retenía el aliento y me hacía la ocupada en una ramita de pino que acababa de quebrar, pero, sin que él se fijara, le miraba de soslayo.

--Prima...

--¿Primo...?

Esperé unos instantes el final del discurso. En esto, viendo que se atascaba en el exordio, me digné dar una media vuelta hacia el orador para alentarle.

Frunció las cejas y exclamó con ansia:

--Tengo ganas de levantarme la tapa de los sesos.

--¡Muy buena idea!--repúsele yo con tono seco,--iré a vuestro entierro.

Esta repuesta le causó tanta sorpresa, que dejó caer los brazos y me miró con fijeza.

--¿Y no haríais nada por evitar que me suicidase, prima?

-No por cierto-respondí muy tranquila. ¿A qué entrometerme en lo que no me importa? Me gusta la libertad, y si tenéis ganas de abandonar este valle de lágrimas... ¡oh, Dios mío! no movería un dedo para impedíroslo. Que cada cual haga su gusto en vida.

Y me puse a observar de nuevo mi rama de pino, mientras que el objeto de mi amor, desconcertado por el modo indiferente con que miraba yo su lúgubre proyecto, quedaba desconcertado.

--Pensé, prima, que abrigarais algún cariño por mí. La primera vez que nos vimos me encontrasteis tan amable.

--¡Ay, primo! ¿de qué vale la opinión de una campesinilla, reducida a la sociedad de un cura, una tía áspera y una cocinera díscola?

--¿Es decir, que no me otorgabais vuestras simpatías nada más que por no ser cura, y tener una cara menos marchita que la de la señora de Lavalle?

--Lo habéis dicho, primo.

Él me miraba furioso, retorciéndose el bigote con despecho, y poniéndose, mal humorado el sombrero, echó a andar por el puente. ¡Oh, cómo comprendía yo los movimientos de su alma! Se sentía feliz, feliz de encontrar un pretexto para reñir, y la pegaba conmigo y del mismo modo que me había desquitado yo de mis amarguras, con mis hombrecillos de barro y con el infortunado barón de Le Maltour.

--Vuestra tía era horrible, señorita,--me dijo volviéndose bruscamente.

--Mis lindos ojos compensaban su fealdad,--respondí en igual tono.

--¡Qué buena mesa! ¡Qué buen servicio! Todo andaba sin pies ni cabeza.

--Sí; pero ¡qué pavo! ¿Cómo no moristeis de una indigestión? Lo creí sinceramente, hasta el día en que os volví a ver aquí, Dios mío... en perfecta salud.

--Sé que es absolutamente imposible el quedarse, discutiendo con vos, con la última palabra. No soy, sin embargo, un primo insoportable. ¿Qué os he hecho?

--Pero, nada. Os doy una prueba de ello, prometiéndoos acompañar vuestro cuerpo a la última mansión.

--¡Mi cuerpo!--exclamó con doloroso escalofrío.--Aun no estoy muerto, señorita. Sabed que no me mataré y que parto para Rusia.

--¡Buen viaje, primo!

Se había alejado, y creyendo no verle en mucho tiempo, crucé las manos con desaliento y dejé correr mis lágrimas, cuando le vi volver sobre sus pasos.

--Vamos, Reina, no nos hagamos los malos. Por qué nos enoja... Pero qué... ¿estáis llorando?

--Pensaba en Juno--repuse logrando hacerlo con voz segura.

--Tenéis razón, primita. Os quedáis muy sola. ¿Queréis tenderme la mano?

--Con mucho gusto, Pablo.

¡Ay! no la besó, pero la oprimió con melancolía; pensaba en una mano más bella, que había soñado poseer.

Y partió para no volver.

A pesar del frío, que ni sentía, me senté llorando junto al puente y contemplaba inclinada hacia el arroyo, caer mis lágrimas sobre el hielo.

¡Decir que se iba a saltar la tapa de los sesos! Para eso es necesario que la quiera prodigiosamente.

Bien sé que no lo hará, pero es muy posible que esté tan enamorado de ella, como yo de él, y veo que no le podré olvidar jamás. ¿No es una intrepidez enamorarse así de una mujer que no le convenía, mientras que cerca de él, una almita?...

--¿Qué haces ahí, Reina?--me interrogó mi tío, que había venido sin que yo le sintiese.

Me levanté rápidamente, avergonzada de no poder ocultar mi emoción.

--¡Cómo! ¿Lloramos?

--¡Qué tontos son los hombres, tío!

--Gran verdad, sobrina. ¿Y por eso lloras?

--Pablo dice que va a levantarse la tapa de los sesos,--proseguí llorando.

--¿Le crees capaz de semejante crimen?

--No,--contesté sonriendo, a despecho de mis lágrimas.--Tal atrocidad es incompatible con su carácter, pero ya la idea sólo prueba que...

--Ya sé, ya sé sobrina, la idea prueba que ama a mi hija; pero, creeme, la olvidará muy pronto, y cuando vuelva, trataremos de que su corazón no se equivoque más.

--¿Entonces, tío, pensáis, que un hombre puede querer dos veces en su vida sin ser un fenómeno?

El señor de Pavol me acarició las mejillas, mirándome con una conmiseración provocada tanto por mi pesar como por mi inexperiencia.

--¡Pobre sobrinita! Los hombres que aman una sola vez son más raros que el Pico de la Aguja Verde.

--Entonces, tío, el hombre es un animal indigno.

Sin embargo, yo estaba más contenta que escandalizada, y no pedía más que poder aprovechar de la indignidad inherente a la naturaleza humana.

--Con todo, Juno es tan linda.

--Mira este puente que te gusta tanto, Reina. Antes que las ramas y plantas que lo cubran hayan retoñado, Pablo la habrá olvidado y antes de que las hojas tengan tiempo de marchitarse otra vez, habrá vuelto al Pavol y...

Sonrió expresivamente, y se marchó sin terminar su frase. Yo le miré alejarse sorprendida, pensando que son muy originales los tíos que predicen el porvenir con tanto aplomo.

--Todo está muy bien,--me dije encaminándome lentamente hacia el castillo,--pero si su corazón cambia, puede enamorarse de otra mujer durante sus viajes. Casualmente dicen que las rusas son muy lindas. Será preciso mandarle a Laponia.

Eché a correr con todas mis fuerzas y llegué a la puerta del castillo en momentos en que el comandante subía a su carruaje.

Le tomé del brazo y llevándole a parte le dije:

--Comandante ¿Pablo se va a Rusia?

--Sí, su viaje está decidido.

--He pensado... si quisierais que... En fin, sería mejor...

Sin duda alguna, la cosa era mucho más difícil de decir que lo que yo me había imaginado. Mi altivez ponía obstáculos y me aconsejaba callar.

-¿Y qué, hijita? Habla pronto, mira que me hielo aquí.

--Los dados están echados--exclamé en voz alta golpeando el suelo con el pie.

Mi altivez y yo saltamos el Rubicón y dije bajando los ojos:

--Mi querido comandante, aconsejad a Pablo que vaya entre los esquimales, os lo suplico.

--¿Y por qué entre los esquimales?

--Porque las mujeres de por allá son espantosas--balbuceé,--mientras que las rusas son lindísimas.

El buen comandante me levantó la cara, roja de confusión, y me contestó sencillamente:

--Está bien, le aconsejaré, que vaya a Laponia.

--¡Cuánto os quiero!--exclamé con los ojos llenos de lágrimas y estrechándole la mano.--Decidle que no permanezca mucho tiempo en las chozas de esas gentes; no sea cosa que enferme. Dicen que apestan.

Mi tío llegaba. Al verle me separé diciendo:

--Comandante, un hombre de honor no tiene más que una palabra; mantened la vuestra.

Subí a mi cuarto, con la desagradable convicción de que había seguido por completo el ejemplo del gobierno, pisoteando todos los principios de la dignidad.

Pero ¡bah! si uno no se ayudara un poco en la vida, ¿cómo podríamos salir del paso?

Esta reflexión acalló mis remordimientos. Me senté en mi escritorio y escribí:

«Todo ha concluido, señor cura. Se han casado y se han ido felices, encantados. Hubiera dado diez años de mi vida por hallarme en lugar de Juno. Con quien, vos sabéis. ¿Cuándo será eso?

«¿Sabéis lo que me ha dicho mi tío? Me ha asegurado que los hombres que aman sólo una vez son tan raros como el Pico de la Aguja Verde. Mi cura, mi querido cura, os lo suplico, aplicad mañana vuestra misa para que el señor de Couprat no sea el Pico de la Aguja Verde.

«Hasta la vista, señor cura; espero que pronto seréis cura de Pavol».

XIX.

El único acontecimiento del fin de invierno, fue en efecto la instalación del cura en la parroquia del Pavol, y me parece inútil demostrar con palabras el júbilo de ambos al hallarnos cerca y sin temor de próxima separación.

¡Con qué delicia le veía subir al púlpito y predicar contra la iniquidad de los hombres!

Por las tardes llegaba al castillo como antes al Zarzal, con la sotana remangada, la teja bajo el brazo y la melena al viento.

Reanudamos nuestras charlas, discusiones y disputas.

Me parecía que el tiempo andaba con pies de plomo, y las cartas de Juno que respiraban la más completa felicidad, no eran a propósito para darme paciencia. Así es que sin cesar iba a casa del cura, a confesarle mis cuitas, inquietudes, esperanzas y protesta contra la espera que me veía obligada a soportar.

Sabía, que el objeto de mi amor ¡ay! no había hallado de su gusto el viaje a Laponia. Paseábase tranquilamente en San Petersburgo, y las hermosas eslavas me daban un miedo horrible.

--¿Estáis seguro de que no se enamorará de una rusa, señor cura?

--Es de esperarse, Reinita.

--Es de esperarse... Contestadme de un modo más categórico, mi cura. ¿En qué pensáis? ¡Oh! no es posible que se enamore de una extranjera; decidme que no es posible y que pronto me querrá.

--Lo deseo ardientemente, pobre hijita mía; pero harías bien en suponer lo contrario y prepararte de antemano.

--Me vais a hacer morir de impaciencia, con vuestra resignación, señor cura.

--¡Cuán poco juiciosa eres, Reina!

--El juicio, según mi opinión, consiste en querer la felicidad. Decidme que me querrá, señor cura, decídmelo.

--No deseo otra cosa, hijita querida,--respondíame el cura, quien a pesar de su horror al sufrimiento físico hubiera sido capaz de seguir el ejemplo de Mucio Scévola, si la realización de mis anhelos hubiese dependido de semejante sacrificio.

Pero a pesar de tener cerca a mi cura, de la bondad de mi tío y de la de todos cuantos me rodeaban, me iba entristeciendo enormemente día por día.

Gustábame recorrer sola los senderos del bosque y permanecía durante horas enteras junto a la cascada, recordando nuestra última entrevista y pensando en lo que haría si me le viese aparecer alegre y encantador, con aquella expresión en los ojos que me había agradado tanto en el Zarzal y que después no había vuelto a ver brillar para mí.

Este amor por la soledad, crecía diariamente en razón directa de mi melancolía. En fin, poco a poco perdí toda mi locuacidad, y si el señor de Pavol, no hubiera tomado a lo serio mi amor desde hacía tiempo, este solo hecho habría bastado para probarle su intensidad.

Seis meses pasáronse así.

Un día, el aniversario de mi llegada al Pavol, hallábame sentada en el jardín de la casa parroquial. Dos horas antes, un chaparrón había refrescado la atmósfera y regado las flores del cura.

Entreteníase él en buscar babosas, mientras que yo, bajo la influencia de dulces pensamientos, apoyaba mi frente contra el muro y me dejaba arrebatar por risueñas esperanzas.

Sólo turbaban mis reflexiones el caer de las gotas de agua que doblegaban las hojas con su peso y el olor de la tierra húmeda que me recordaba las mejores horas de mi vida.

De tiempo en tiempo, decíame el cura:

--Pero sabes que es curioso. ¡Qué cantidad de babosas! ¿Creerás, Reina, que he encontrado ya más de quinientas?

Yo levantaba indolentemente la cabeza, y contemplaba sonriendo al buen cura que continuaba con ardor en sus pesquisas. Luego volvía a mis quimeras y concluía por quedar sumida en una vaga somnolencia.

Me despertaron el rechinar de la barrera que cerraba el cerco del jardín y el sonido de una voz llena de alegría que me causó el más recio sacudimiento que sentí en mi vida.

--¡Buen día, señor cura! ¿Cómo estáis? ¡Cuánto me alegro de veros! Reina ¿dónde está?

Reina estaba siempre en el mismo sitio, fija, y sin poder articular una palabra.

--¡Ah, allí está!--exclamó Pablo, acercándose a mi a grandes pasos.

--¡Querida primita, estoy contento! ¡Dios mío! ¡Cuán contento estoy de volver a veros!

Tomó mi mano y la besó.

Aseguro que lo que pasó en seguida fue ajeno a mi voluntad, y no debéis pensar mal de mí.

Luchaba, lo afirmo, con todas mis fuerzas contra la tentación; pero cuando sentí sus labios sobre mi mano, cuando comprendí que no inspiraba esta acción una banal cortesía sino un sentimiento más profundo, cuando le vi inclinarse hacia mi con una expresión inquieta, afectuosa, especial, cien veces más arrebatadora que la que me había hecho pensar tantas y tantas veces... no pude contenerme. Aquello era más poderoso que mi energía, y la fatalidad, en quien creo desde entonces, me arrojó en sus brazos.

Apenas tuve tiempo de sentir el abrazo que respondió a mi impulso.

Avergonzada y confusa caí sobre el banco, ocultando el rostro entre las manos, no sin haber entrevisto la fisonomía del cura, cuyo aspecto, a la vez estupefacto, espantado y encantado, ha vuelto después muchas veces a mi mente.

--Querida Reina--murmuró Pablo a mi oído;--si hubiese conocido antes vuestro secreto, no hubiera permanecido lejos tanto tiempo.

Yo no respondí, porque lloraba.

Tomó por fuerza una de mis manos y la retuvo entre las suyas, mientras que yo, dominada por una timidez que no había sentido jamás, volví a un lado la cara y hacía esfuerzos por librarme.

--Déjame esta mano tan pequeñita y linda; me pertenece. Vuelve la cara hacia acá, Reina.

Miré de frente a aquellos hermosos ojos francos que me sonreían, y exclamé:

--¡Alabado sea Dios! Mi tío tenía razón; no sois el Pico de la Aguja Verde.

--¿El Pico de la Aguja Verde?--preguntó sorprendido.

--Sí, mi tío pretendía... pero ¿qué importa eso? ¿Quién os ha dicho lo que ignorabais al partir?

--Mi padre, el señor de Pavol, y un montón de cosas que he venido recordando desde hace dos meses.

--¿Es cierto, entonces, que el amor atrae al amor?

--Nada es más cierto, mi querida novia.

¡Oh, qué dulce nombre! Sí, éramos novios y guardamos silencio, mientras que el cura lloraba de alegría.

Aturdían con sus cantos los gorriones y se escapaban las babosas de la prisión en que las había puesto el cura.

Por cierto que el gorrión no es un pájaro muy agradable que digamos; su plumaje es incoloro y feo, su canto carece de melodía y algunas personas lo acusan de ladrón y de inmoral, lo que me resisto a creer. No sé tampoco que las babosas hayan pasado alguna vez por animalitos poéticos, y sin embargo, desde el instante de que acabo de hablar tengo locura por gorriones y babosas.

Yo estaba en vilo, creía soñar... No me cansaba de mirarle, de escuchar su voz querida y de sentir mi mano estrechada por las suyas. Sin embargo, el recuerdo de aquélla que él había amado me trabajaba el espíritu, y me turbaba mi júbilo, pero con todo no me atrevía a nombrársela.

--¿Sabe mi tío, que estáis aquí, Pablo?

--Si vengo del Pavol; he querido absolutamente venir sólo a buscarte. ¿No te recuerda nada este jardín humedecido, Reina?

No respondí directamente a su pregunta; sólo le dije:

--Pero vos... tenéis un triste recuerdo del Zarzal...

--¡Cómo! Nunca he pasado rato más delicioso.

--¡Oh¡--repuse mirándole solapadamente,--si mi tía era horrible.

--No, no; no tan horrible; algo vulgar tal vez, pero parecíais más encantadora...

--Y la mesa tan mal puesta. Todo tan...

--Nunca he comido tan bien. Aquella mansión desmantelada te hacía valer como si fueras una flor hermosa que parece más delicada, cuando más fea e inculta es la tierra en que brota.

--Os habéis vuelto poeta en vuestro viaje.

--¡Oh! no, absolutamente, Reinita.

Pasó mi brazo bajo el suyo y me llevó hacia un lado.

--No poeta, pero sí enamorado de ti, prima. Escúchame bien: te amo con toda la sinceridad de mi corazón.

Saboreé la dulzura de esta frase y la de la mirada que la acompañaba, pensando que era una suerte que los hombres fueran inconstantes.

Como semejante cambio me parecía inaudito, no pude evitar el preguntarle:

--¿Pero es cierto: ya no la queréis nada, nada?

--¿Te hablaría del modo que lo hago, si no fuera así?--replicó seriamente.--¿No tienes confianza en mi lealtad?

--¡Oh, sí!--dije cruzando mis manos sobre su brazo, en un ímpetu de cariño.

Era muy cierto; porque después de tal respuesta no me turbó más la imagen de Blanca.

Le amaba sin la menor idea de celos o inquietud, y merecía tan perfecta confianza.

--Mira, ahí vienen mi padre y el señor de Pavol.

--¿Qué tal, sobrina? ¿Qué dices de mis predicciones?

--Sois muy poco discreto tío--le dije,--ruborizándome.

--Fue el comandante quien reveló el secreto; hacía mucho tiempo que lo conocía.

--¡Oh! mucho no; desde hace ocho meses.

--No, desde la primera vez que te vi, querida hijita.

--Es posible.

--Y Pablo no ha ido a Laponia--continuó, riéndose, mi tío.

¡Qué gran dicha es vivir entre buenas gentes! Vivamente sentí esa felicidad al ver de qué modo gozaban todos con mi alegría, y con cuánta delicadeza y bondad me daban bromas sobre el famoso secreto que, sin saberlo, había divulgado a todo viento.

Entonces comenzó esa hermosa época de noviazgo, exquisita, época sin igual en la vida. Nada tan delicioso como esos días de amor ingenuo, de fe, de ilusiones completas y de niñerías. ¡Ah, cuánto compadezco a los que no han amado así! ¡Cuánto compadezco a los que se dejan arrastrar por sus locuras lejos del hogar común y del amor legítimo! En fin, nunca, nunca, por más elocuencia que se despliegue para probármelo, nadie me convencerá de que pueda haber verdadero amor, sin tener la estimación por base.

Pasábamos los días más agradables del mundo en la casa parroquial, bajo la vigilancia del cura. Le mirábamos recorrer su jardín de un lado a otro; reforzar sus plantas con rodrigones, arrancar las hierbas dañinas y detenerse a menudo en medio de sus faenas para lanzarnos una mirada investigadora, con el objeto de hacernos comprender que era un Mentor formal.

A veces me acercaba a aquel excelente hombre y me extasiaba con él admirando una flor, un fruto, un arbusto y solía decirle:

--¿Os acordáis, mi cura, del tiempo en que me queríais persuadir de que el amor no es la cosa más encantadora del mundo?

--¡Oh! mi hijita, creo que ni el mismo Bossuet hubiera podido convencerte.

--¿Y, no tenía razón?

--Así parece--y sonreía bondadosamente.

El día de mi casamiento amaneció radiante; nunca me pareció más azul la bóveda del cielo. Después me han dicho que estaba nublado, pero no lo creo.

Una muchedumbre simpática y amiga se apiñaba en la iglesia. Y murmuraba:

--¡Qué linda novia! ¡Qué tranquila está! ¡Qué cara de felicidad!

La verdad es que yo estaba extraordinariamente tranquila.

¿Y porqué me iba a agitar? ¿No se realizaba mi sueño más querido? ¿No se abría para mi un porvenir que no empañaba la más leve nubecilla.

Así, confusamente reparé en algunas señoras de edad que me sonreían al pasar, y sentí una inmensa lástima por ellas, al ver que eran demasiado viejas para casarse.

El órgano resonaba tan alegremente, que en ese momento modifiqué algo mis ideas acerca de la música. El altar estaba cuajado de flores, deslumbrante de luz, y todos los detalles del arreglo dirigido por el gusto artístico de Blanca, me encantaban los ojos.

Mi marido me colocó en el dedo el anillo nupcial con trémula mano, y mordiéndose su lindo bigote para disimular el temblor de sus labios. Estaba más emocionado que yo y su mirada me decía lo que deseo que me repita eternamente...

Y también la cara de mi cura estaba radiante de felicidad.