Chapter 10
Le miré asombrada, porque tenía la firme convicción de que no habría visto nada.
Contesele con mucha sangre fría, que ignoraba lo que quería decirme, que era muy feliz, y que hacía votos para que todos sus proyectos tuvieran éxito. Me abrazó con cariño y se retiró.
Partí, pues, al siguiente día de mañana, sin querer aceptar la compañía de Blanca que deseaba ir conmigo.
En el camino medité en las palabras de mi tío.
--Lo sabe todo--pensé.--¡Dios mío, cuán poco perspicaz soy, a pesar de mis pretensiones! Aun cuando el casamiento de Juno no se verifique, ¿de qué me serviría, si Pablo está enamorado de ella? Ahora, ya no puede querer a otra. No entiendo a mi tío.
Ya no creía como antes, que fuese posible enamorarse de muchas a la vez. Juzgando por mi, pensaba que un hombre no puede amar dos veces en su vida, sin ofrecer al mundo el espectáculo de un fenómeno extraordinario.
Una vez reglamentados así los latidos del corazón de la gente barbuda, mis pensamientos tomaron otro curso, y me regocijé con la idea de ver a mi cura. Y decidí saltarle al cuello, para demostrar el desprecio que profesaba a la etiqueta.
Una vez en la casa parroquial, no entré por la puerta, sino por el claro de una empalizada, que conocía desde tiempo inmemorial y me dirigí a paso de carga hacia la ventana del comedor donde el cura debía estar almorzando.
Esta ventana era muy baja, pero yo era tan chica, que para mirar hacia adentro de la habitación tuve que subirme a un tronco de árbol que coloqué contra el muro a modo de banco.
Pasé la cabeza con toda precaución por entre medio de la yedra, que formaba espeso marco a la ventana, y descubrí a mi cura.
Estaba en la mesa y comía con aire triste. Sus lozanas mejillas habían perdido parte de su color y redondez, y los abundantes cabellos blancos no estaban revueltos como en otros tiempos, sino que se achataban sobre el cráneo, con indecible desolación.
--¡Ah, mi pobre y bondadoso cura!
Salté del tronco, corrí a la puerta, perdí mi sombrero en la carrera, y me precipité en el comedor, como una bomba.
El cura se levantó sorprendido. Su dulce y amable fisonomía resplandeció de júbilo al apercibirme, y por no romper con las tradiciones de la etiqueta, sino en un ímpetu de ternura y emoción, me arrojé en sus brazos y lloré largo rato sobre su pecho.
Sé que no hay nada más impropio en el mundo que llorar sobre el pecho de un cura, que mi tío, Juno y todas las matronas de la tierra se habrían cubierto la faz ante tan escandaloso espectáculo; pero mi ingreso en la escuela de la compostura databa de muy poco tiempo para hacerme perder la espontaneidad de mi naturaleza. Por otra parte, tengo por seguro que sólo los tontos, los farsantes y las personas sin corazón pueden tener la pretensión de no sacrificar jamás las leyes de la conveniencia social ante un sentimiento sincero y profundo.
--La vida es un harapo, mi cura, un mísero harapo--exclamé sollozando.
--¿Hemos llegado a eso, querida hijita? De veras, ¿has llegado ya a tal conclusión? No, no; no es posible.
Y el pobre cura, que a la vez lloraba y reía, mirábame con enternecimiento, me pasaba la mano por la frente y me hablaba como a un pajarillo herido, cuyas quebradas alas hubiera querido curar con caricias y frases cariñosas.
--Vamos, Reina, vamos hijita querida, cálmate un poquito, cálmate--me dijo separándome con dulzura.
--Tenéis razón--respondíle, relegando el pañuelo al fondo de mi bolsillo.--Desde hace tres meses se me predica la tranquilidad y la calma, y no he sabido aprovecharme, como veis, de los consejos. ¡Comamos, señor cura!
Me quité los guantes y la capa y por uno de esos cambios repentinos, desde algún tiempo frecuentes en mi, me eché a reír y me senté a la mesa alegremente.
--Conversaremos cuando hayamos comido, mi querido cura, estoy muerta de hambre.
--Y no tengo casi nada que darte.
--¡Oh! aquí hay judías; ¡a mi me gustan mucho las judías! ¡Y pan casero! ¡Es un banquete!
--Y ¿has venido sola, Reina?
--¡Ah, caramba! es verdad: el ama de llaves ha quedado en el coche, a espaldas de la iglesia. Mandadla buscar, señor cura, y que de paso le digan que recoja mi sombrero que vuela por el jardín.
El buen cura fue a dar sus órdenes y volvió a sentarse enfrente de mí. Mientras que yo comía con excelente apetito, a pesar de mí... tisis y mis penas, él, que ya no se acordaba de comer, me contemplaba con una admiración que trataba de disimular, pero infructuosamente.
--Me halláis linda, ¿no es verdad, señor cura?
--Digo... sí, algo, Reina.
--Ah, mi cura, si me confesase ahora ¡cuántos pecadazos tendría de que acusarme! Ya no son, no, los pecadillos de antes, que conocíais tan bien.
Y sin dejar de comer, le describía mis complacencias vanidosas, mis impresiones, mis trajes, mis ideas nuevas. Él reía, tomaba rapé continuamente, con su antiguo aspecto bondadoso, y me contemplaba, por cierto, sin pensar en reñirme.
--¿No voy camino del infierno, señor cura?
--No me parece, mi buena hijita. Son cosas de tu edad. Eres tan joven.
--¿Joven, mi pobre cura? ¡Ah, si pudierais ver el fondo de mi alma! Os he escrito, que no era más que un esqueleto, y es la verdad.
--En todo caso, no lo pareces.
--Ya hablaremos de ello de aquí a un rato, señor cura, y os convenceréis.
Así que sacié mi apetito, levantó la mesa la sirvienta, se encendió un espléndido fuego en el hogar, y nos sentamos, el cura y yo, cada uno a un lado de la chimenea.
--Veamos, pues, Reina, hablemos seriamente. ¿Qué tienes que contarme?
Adelanté mis piececitos hacia las llamas del hogar y respondí tranquilamente.
--Mi cura, me muero.
Algo impresionado, cerró el cura bruscamente la entreabierta tabaquera, en la que estaba a punto de introducir los dedos.
--No tienes aspecto de eso, hijita.
--¡Cómo! ¿no me veis ojerosa y con mis labios pálidos?
--No, Reina; al contrario, tus labios están rosados y tu rostro denota una floreciente salud. Pero ¿de qué te mueres?
Antes de contestarle, miré en torno mío pensando en que iba a pronunciar una palabra, que jamás había oído pronunciar aquella modesta sala; una palabra tan rara, que probablemente haría caer sobre mi cabeza en un movimiento de sorpresa e indignación al viejo reloj sin máquina que se incrustaba en un rincón, y a las imágenes piadosas de las paredes.
--¿Y bien, Reina?
--Pues bien, señor cura, me muero de... amor.
El reloj, las imágenes y los muebles conservaron su inmovilidad y el mismo cura no dio más que un salto pequeñito.
--Estaba seguro de ello--dijo pasándose la mano por la cabellera blanca, que había reconquistado su revuelta actitud de los buenos tiempos,--estaba seguro. Tu imaginación ha hecho de las suyas, Reina.
--No se trata de la imaginación, señor cura, sino del corazón, puesto que amo.
--¡Oh tan joven, tan niña!
--¿Qué tiene que ver eso? Os repito que me muero de amor por el señor de Couprat.
--¡Ah! ¿conque es él?
--¿Qué me tomáis por una veleta, mi cura?
--Pero, Reinita, en vez de morir, sería mejor que te casaras con él.
--Eso sería lógico, querido cura, muy lógico; pero por desgracia, no le gusto.
Esta aserción le pareció tan extraordinaria, que permaneció algunos instante como petrificado.
--¡Eso no es posible!--exclamó y con tal convicción que no pude ahogar la risa.
--No sólo no me ama, sino que ama a otra; está enamorado de Blanca y ha pedido su mano.
Le conté lo que había pasado en el Pavol pocos días antes; mis descubrimientos, mi ceguedad y las vacilaciones de Juno. Y coroné esta narración llorando a lágrima viva, como que mi tristeza era real y verdadera.
El cura, que hasta entonces no había podido decidirse a tomar en serio mis penas y mis palabras, ofrecía en aquel instante la imagen viva de la consternación. Aproximó su silla a la mía, me tomó de la mano y se esforzó en hacerme entrar en razón.
--Tu prima vacila; tal vez no se realice el casamiento.
--¿Y que me importaría eso, si la ama? No se puede querer dos veces.
--Sin embargo, sucede.
--¡Oh, no lo creo; sería espantoso! Mi pobre cura, soy muy desgraciada.
--¿Se lo has dicho a tu tío?
--No; pero ha adivinado lo que pasaba por mí. Y de todos modos ¿para qué? No puede obligar a Pablo a quererme y olvidar a su hija. Yo no quisiera que supiese que le amo; preferiría morir.
Un largo silencio sucedió a este arranque de orgullo.
Ambos mirábamos el fuego como dos buenos hechiceros que intentaran leer el secreto del porvenir en las llamas y carbones encendidos.
Mas, llamas y carbones permanecían mudos y yo lloraba silenciosamente, cuando el cura prosiguió semisonriendo.
--Sin embargo, no se parece a Francisco I, ni a Buckingham.
-¡Ah! señor cura--repliqué rápidamente,--si Francisco I y Buckingham estuvieran aquí, no se harían rogar mucho para amarme, y yo estaría contentísima.
¡Hum! El cura halló la respuesta desprovista de ortodoxia y susceptible de enojosas interpretaciones, y abandonando inmediatamente tan escabroso tema, me aconsejó resignación.
--Pienso, Reina, que eres muy joven; que esta prueba pasará y que tienes delante de ti una larga vida.
--Sabed, mi cura, que no soy de carácter resignado. Si vivo, no me casaré nunca; mas no viviré: estoy tísica. ¡Escuchad!
Y traté de toser de un modo cavernoso.
--No juegues con tu salud. A Dios gracias, estás muy bien.
--Bueno--dije levantándome,--veo que no queréis creerme. Aprovechemos del buen tiempo y de los últimos momentos de vida que me quedan, para ir al Zarzal, señor cura.
Y nos pusimos en camino hacia mi antigua morada bajo un agradable sol de Noviembre, infinitamente menos dulce y confortador que el cariño y el rostro del cura.
¡Con que gusto miraba sus cabellos agitados por el viento, su andar ligero y su aire de regocijo, tantas veces espiados por mi, desde la ventana de la galería, mientras que la lluvia azotaba los vidrios y mugía y silbaba el viento entre las puertas desvencijadas de la vetusta casa!
Después de hacer una visita a Petrilla y Susana, recorrí la casa de arriba abajo. ¡De veras, no debiéramos medir el tiempo por la cantidad de días pasados sino por el número y vivacidad de las impresiones! Pocas semanas antes salía de la antigua morada, y sin embargo, si se me hubiese asegurado que en vez de días eran años los que habían pasado por mi, lo hubiera creído sin dificultad.
Conduje al cura al jardín. ¡Pobre selva virgen! Me recordaba días tristes; sin embargo, sentí cierto placer recorriéndolo en todo sentido.
Y luego, asediábame la mente el recuerdo de algunas horas deliciosas, recuerdo todavía encantador para mi, a pesar de la amargura de las decepciones que habían sucedido a un instante de felicidad.
--¿Os acordáis, señor cura?--díjele indicándole el cerezo, a que había trepado Pablo.
--Pensemos en otra cosa, Reinita.
--¿Acaso me es dable, señor cura? ¡Si supierais cuánto le quiero! Os aseguro que no tiene defectos.
Una vez en este terreno ningún poder humano me hubiera podido detener, tanto más cuanto que en el Pavol me veía obligada a ocultar mis impresiones. Hablé por tanto rato, que el cura quedó como aturdido.
Pasamos la tarde en charlar y disputar. El cura desplegó todo su talento oratorio, para probarme que la resignación es una virtud llena de sabiduría y fácil de alcanzar.
--¡Ah, mi cura--le respondía con toda seriedad,--no sabéis lo que es el amor!
--Créeme, Reina, con un poco de buena voluntad olvidarás y te sobrepondrás fácilmente a esta prueba. Eres tan joven.
Tan joven... Este era su estribillo. ¿No se sufre lo mismo a los diez y seis años como a cualquiera otra edad? Estos ancianos son incomprensibles.
Yo, por mi parte, le contestaba meneando la cabeza:
--¡No comprendéis, mi cura, no comprendéis!
Al día siguiente, mientras nos paseábamos por el jardín, le dije:
--Señor cura, esta noche he concebido una idea.
--Veamos la idea, hijita.
--Tengo ganas de que seáis cura del Pavol.
--No se puede quitar a otro su puesto, Reina.
--El que está actualmente, es muy viejo, señor cura; espío con tierna atención los síntomas de su decrepitud. ¿No os gustaría reemplazarle?
--Sí, evidentemente. No obstante, sentiría abandonar mi parroquia; treinta años hace que estoy en ella, y he concluido por amarla.
--¿Habéis concluido por amarla? Entonces no os ha gustado siempre.
--No, Reina; bien sabes lo triste que es. Tal vez nunca has pensado en que yo también he sido joven. Mis sueños no eran por el estilo de los tuyos, hijita, pero he soñado con una vida activa; hubiera deseado ver y oír muchas cosas, pues no era un tonto, y anhelaba recursos intelectuales, que me han faltado siempre. Luego, antes de conocerte, no tenía cariño ni amistad en torno mío. Pero uno se sobrepone al fastidio y a los pesares, Reina; todo está en quererlo. Era muy feliz desde hacía tiempo, antes de tu partida del Zarzal; había olvidado los largos días tan tristes de mi juventud.
El buen cura me miraba con aire soñador, y yo que, viéndole siempre alegre y satisfecho, no había pensado nunca en que hubiera podido sufrir alguna vez, me sentí enternecida ante una resignación tan verdadera, tan dulce y tan sin hiel.
--Sois un santo, mi cura--le dije tomándole la mano.
--¡Chut! No digamos tonterías, mi hijita. Esa vida algo estrecha me ha hecho sufrir, pero tal es la suerte de todos mis colegas de carácter joven y activo.
Te he hablado de ello para hacerte comprender que todo se puede soportar, y que la felicidad y la alegría se encuentran siempre, cuando se sufren con valor las pruebas y tribulaciones.
Todo lo comprendía perfectamente; sin embargo, el pobre cura predicaba en desierto.
Era demasiado joven para no tener ideas absolutas, y pensaba con toda convicción, que en cuestión de pesares, nada es comparable a un amor desgraciado.
--Si el curato del Pavol se ve vacante algún día, Reina, lo aceptaré con júbilo; desgraciadamente este cambio no depende de mí.
--Lo sé, lo sé, pero mi tío conoce mucho al señor obispo, y arreglara todo.
El cura me acompañó hasta C***, y cuando me vio instalada en el elegante _landeau_ de mi tío, exclamó:
--¡Cuánto me alegro, Reina, de verte en tu lugar! ¡Qué diferencia entre este coche y el carromato de Juan!
--Pronto me veréis en un hermoso castillo. Voy a rezar una novena para que el cura del Pavol se vaya al cielo. Es una idea muy caritativa, puesto que está decrépito y enfermo. Tendréis una espléndida iglesia y un púlpito, señor cura, pero un verdadero y espacioso púlpito.
Arrancaron los caballos, y me asomé a la ventanilla para poder ver por más tiempo a mi viejo cura, que me hacía señales de cariñosa despedida, sin pensar en ponerse el sombrero, pues una feliz y dichosa esperanza había nacido en su corazón.
XVII.
Esta visita al cura sólo me hizo un bien pasajero.
El saludable efecto de sus palabras se desvaneció rápidamente, y recaí en mis negros pensamientos: mi tío, protestando siempre contra las mujeres, las sobrinas, sus cabecitas flojas y sus caprichos, hablaba de conducirnos a París para distraerme, cuando felizmente se precipitaron los acontecimientos.
Pocos días antes del proyectado viaje, el señor de Pavol recibió carta de un amigo que le pedía permiso para conducir al castillo a uno de sus parientes, un cierto señor de Kerveloch, antiguo agregado de embajada. Mi tío contestó con premura que le sería muy grato recibir al señor de Kerveloch, y le invitó a almorzar, sin presumir que salía al paso a un acontecimiento que, desvaneciendo sus sueños, debía resucitarme la esperanza.
El segundo día después de escrita esta carta (tengo mis motivos para acordarme eternamente de tan célebre día)--el segundo día, hacía un tiempo espantoso.
Según nuestra costumbre, nos hallábamos reunidos en el salón. Blanca preocupada y sentada cerca del fuego, respondía con monosílabos al señor de Couprat. Este testarudo enamorado, no habiendo podido soportar su destierro, había reaparecido en el Pavol a las cuarenta y ocho horas.
Mi tío leía el diario, y yo me había refugiado en el hueco de una ventana.
Alternativamente trabajaba con nervioso entusiasmo, pues tenía pasión por las labores de aguja, o contemplaba el firmamento obscuro y la lluvia que caía sin interrupción; escuchaba el rugido del viento, de ese viento de Noviembre que parece llorar quejumbrosamente, y me sentía fatigada, triste y sin el menor presentimiento feliz, aunque en aquellos instantes acudía a mi la felicidad arrastrada por el rápido trote de dos briosos corceles.
De rato en rato y a hurtadillas, yo echaba una miradita a Pablo. Miraba a Blanca con una expresión tal, que me daban ganas de estrangularla.
--¡Qué aire de idiota tiene!--decíame yo, mirándola así, con los ojazos fijos y casi atontados.
--¡Sí!; pero si yo estuviera en el lugar de Blanca, y me contemplara del mismo modo, lo encontraría encantador y más lindo que nunca! ¡Oh, inconsecuencia humana! Y clavé mi aguja con tanta rabia, que la quebré.
En ese momento, oímos el ruido de un carruaje que llegaba al castillo.
Mi tío dobló su diario, Juno aplicó el oído diciendo:--¡Tenemos visitas!--Y algunos segundos después eran introducidos en la sala, el amigo de mi tío y su agregado de embajada.
No sé porqué tal título estaba unido en mi mente a la vejez y a la calvicie. Sin embargo, el señor de Kerveloch, no sólo no era ni viejo ni calvo, sino que, excepción hecha de Francisco I (en su retrato), yo no había visto jamás ningún hombre tan bello.
Así que entró se me ocurrió que en su hermosa cabeza bullían ideas matrimoniales. Tenía treinta años; su estatura era suficientemente elevada para que Pablo a su lado, se transformase en pigmeo; era su expresión inteligente y altiva, y tal que nadie le hubiera otorgado la aureola de la santidad a primera ni a segunda vista. Frío, pero cortés hasta en los menores detalles, tenía maneras elegantísimas y una posesión de sí que inmediatamente subyugaron a Blanca.
Él por su parte, la contempló con admiración, y cuando a la despedida, le vi cerca de ella, comprobé con secreta alegría que era imposible imaginar una pareja más bella.
Y creo que todos pensaron lo mismo, porque Pablo nos dejó con cara entristecida. Juno tocó diez veces seguidas el último pensamiento de Weber u otro aburrimiento por el estilo, indicio en ella de gran preocupación, mientras que mi tío nos observaba de un modo perspicaz y burlón.
El señor de Kerveloch vino a almorzar al Pavol al siguiente día; tres después pedía la mano de Blanca, y apenas habían pasado dos semanas de esto, cuando yo escribía al cura.
«Mi querido cura: El hombre es un animalito voluble, instable y caprichoso; una veleta que gira a todos los antojos de la imaginación y de las circunstancias... Al decir el hombre, comprendo la humanidad entera, porque es mi persona el animalito a que me refiero.
«Ya no estoy desesperada, ni tengo ganas de morir, mi cura. Me parece que el sol ha recobrado todo su esplendor, creo que el porvenir me reserva alegrías, y que es una suerte que el universo exista.
«Blanca se casa, señor cura. Blanca se casa con el conde de Kerveloch. ¡Dios mío, qué pareja tan linda! Y decir que no ha faltado más que un átomo, una línea, para que aceptase al señor de Couprat. Un hombre a quien no amaba y cuyo apetito le chocaba... por comer mucho... ¡Qué consideración tan absurda! ¿No es natural y lógico comer bien, cuando se tiene salud?
«Si me preguntáis cómo han podido variar tan bruscamente las cosas en el Pavol, difícilmente os lo podría explicar. Todo lo que sé es que un día, un hermoso día, no, llovía a torrentes, pero no importa. Un día, digo, llegó el señor de Kerveloch, conducido por un amigo de mi tío. Viéndole entrar, adiviné que traía intenciones, y supuse también que le gustaría a Blanca, porque tenía todas las cualidades que ella pretende en un marido. El señor de Kerveloch la contempló como hombre que sabe apreciar la belleza y pocos días después solicitaba el honor de unirse a ella, como dicen mi tío y la etiqueta.
Juno salió de su habitual indiferencia, y declaró con entusiasmo, que jamás le había gustado tanto un apuesto caballero y que se negaba redondamente a dar su mano al señor de Couprat.
«Y ahí tenéis todo, mi querido cura. Desde entonces he vuelto como antes, a soñar con las estrellas; suelto la rienda a mi imaginación y la dejo galopar hasta cansarse, y cuando estoy sola bailo y salto en mi cuarto, que es un gusto. ¡Ah, mi querido cura, no sé porqué os quiero hoy ocho o diez veces más que de costumbre! Vuestra dulce fisonomía me parece hoy más risueña que nunca, vuestro cariño más tierno y vuestros hermosos cabellos blancos más delicados.
«Esta mañana he contemplado los bosques sin hojas, y me han parecido verdes y lozanos; al cielo plomizo lo he hallado azul, y me he reconciliado de pronto, con la imaginación. Toda mi vida me arrepentiré de haberla tratado tan duramente como lo hice el otro día. Es una hada, mi querido cura, una hada rica de encantos, de poder y de poesía, que al tocar con su varilla mágica las cosas más insignificantes y feas las engalana con su propia belleza.
«¡Qué voluble es el animalito humano! No vuelvo de mi sorpresa. ¿En qué estriban la esperanza y la alegría? ¿A qué desesperarse, cuando se resuelven tan bien las cosas, sin que uno tenga arte ni parte en el arreglo? Pero ¿por qué estoy tan alegre cuando mi porvenir no está decidido todavía, y cuando creo que es imposible amar dos veces? ¡Qué caos, mi cura! En este mundo todo es misterio, y el alma un abismo insondable. Creo que alguien, no sé dónde, ha emitido esta idea; tal vez la haya leído ayer mismo, pero no es plagio; la hubiera podido inventar. No obstante, así que mi imaginación se apacigua, un pánico irresistible se apodera de mis alegres ideas, y corren, vuelan, se escapan y desaparecen a menudo, sin que yo pueda alcanzarlas. Porque al fin, señor cura, él la ama. ¡Qué horrible frase, aplicada como la aplico en este instante!
«Me habéis dicho que no era una cosa rara enamorarse dos veces en la vida, señor cura; ¿estáis bien seguro? ¿Estáis convencido de ello? Dicen que el amor atrae al amor; si conociera mi secreto ¿me querría? Vos que sois un hombre de criterio, señor cura, ¿no halláis que los conocimientos sociales son una idiotez? Probablemente bastaría una declaración mía para hacer la felicidad de toda mi vida, cuando, he aquí, que unas leyes inventadas por alguna cabeza sin discernimiento, me prohíben seguir mis inclinaciones, revelar mis pensamientos íntimos, y declarar mi amor a la persona que amo. La verdad es que también en el fondo de mi corazón siento un cierto no sé qué, que me obligaría a guardar silencio y... ¡ cuándo os digo que el alma es un abismo insondable! Mi querido cura, veo una procesión de ideas lúgubres que avanzan hacia mi ¡Dios mío, que mal equilibrado está el hombre!
«Las circunstancias, sin duda alguna, modifican las ideas. Mi tío va más lejos y pretende que sólo los imbéciles no cambian de opinión; pero ¿sucede con el corazón lo mismo que con la cabeza?
«Dadme luz, mi viejo cura».
Cuando el señor de Pavol decidía algo, tío tardaba en ejecutarlo. Partiendo de este principio, señaló el 15 de Enero para verificar el matrimonio de Blanca.
Fuerte había sido para él la decepción; pero no pensó en contrariar a su hija, y mucho menos conociendo mi amor. Era franco, leal, sensato e incapaz de encapricharse en una idea, sobre todo, comprometiendo la felicidad de una sobrina.
Pablo soportó su desgracia con gran serenidad. No sentía ninguna veleidad feroz; era lo mismo que la criaturita que le amaba tan entrañablemente sin que siquiera lo sospechara.
Certifico que jamás se le pasó por la mente envenenar a su rival, ni atravesarlo de parte a parte en ningún claro de bosque solitario y poético.
Cuando vio sus ilusiones hechas humo, vino de visita con el comandante. Tendió la mano a Blanca, y le dijo con voz franca y natural:
--Prima, no deseo más que vuestra felicidad, y espero que seguiremos siendo siempre buenos amigos.