Chapter 1
Produced by Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net
BIBLIOTECA DE «LA NACIÓN»
JUAN DE LA BRÈTE
MI TÍO Y MI CURA
OBRA PREMIADA POR LA ACADEMIA FRANCESA
BUENOS AIRES
1902
PROEMIO
Las costumbres y usos de nuestros tiempos han convertido la novela, que antaño fue mero pasatiempo y solaz, en una necesidad: todo el mundo lee, o quiere leer algo que llene los vacíos de los ocios domésticos, o las treguas del trabajo. Pero no todas las novelas son aceptables. La novela, como todo lo humano, es bipolar, y consiguientemente de bien y mal susceptible.
Si una novela buena es un beneficio, una mala o perniciosa es más que un daño.
Nuestra librería nacional carece en general de libros bien escritos e interesantes que puedan ir a manos de todo el mundo; las casas editoriales españolas no se ocupan en traducir más que las novelas de escándalo, vulgo: sensación. ¡Que hasta ese grado de incapacidad moral hemos llegado!
Y si a alguien se le ocurre publicar alguna obra inofensiva, suele ser elegida con tan mal tino, que es las más de las veces insulsa y anodina, y su falta de interés coopera al falso descrédito de las obras buenas.
Pero si el naturalismo y mercantilismo modernos han hallado modo de fabricar, con el fango del vicio, muñecos que, vidriados con un barniz de pseudociencia y dorados a fuego de pasión, llegan a encantar a un grupo de lectores, no desesperen por eso los que aun sueñan con la vida del arte humano, del verdadero arte, que sin desdeñar nuestras miserias de carne, asciende hasta las regiones del alma para implantar su trono. Ese arte existe todavía. Aunque la sed comercial lo desdeñe, no por eso dejan sus cultores el trabajo, y las estatuas, complejas que forman y funden en sus cerebros esos artífices, surgen diariamente a la publicidad reflejando en un todo, lo reflejable de nuestra vida, es decir, lo que tiene luz.
Ese arte existe. ¡Y cómo! tal vez más brillante y vigoroso que nunca. Francia, España, Inglaterra y Rusia lo atestiguan; por más que una conspiración de silencio pretende ahogar ciertos nombres, su fuerza vital es mayor que la de los que pretenden sepultarlos. Llevan lo bello en las entrañas.
La presente novela de Juan de la Brète, coronada con el premio Montyon por la Academia Francesa, el mayor de los que dicha corporación dispone para obras literarias, es una obra interesante, rica en vida y frescura, y atravesada por esa ráfaga de poesía que orea los sudores de la vida, cuando la vida es vida.
Baste decir en su elogio que en el breve lapso de dos años el público parisiense ha exigido treinta y nueve ediciones de esta obra, lo que es mucho decir, respecto de un libro donde no hay olores acres, ni cuadros condenables, ni más barro que el de la tierra, los días en que llueve.
RAFAEL FRAGUEIRO.
I.
Soy tan chica, que bien pudiera dárseme la calificación de enana, si mi cabeza, mis pies y mis manos no estuviesen en perfecta proporción con mi estatura.
Mi rostro no tiene ni el desmesurado largo, ni la anchura ridícula que se atribuye a la cara de los enanos y en general a la de todos los seres diformes, y la finura y delicadeza de mis extremidades pueden ser codiciados por más de una hermosa dama.
Sin embargo, lo exiguo de mi tamaño me ha hecho verter a hurtadillas bastantes lágrimas.
Y digo a hurtadillas, porque mi liliputiense cuerpo ha encerrado una alma altiva y orgullosa, incapaz de mostrar a nadie el espectáculo de sus debilidades... y menos a mi tía. Este era mi modo de sentir a los quince años. Pero los acontecimientos, las penas, las preocupaciones, las alegrías, en una palabra, el curso de la vida, ha flexibilizado caracteres mucho más rígidos que el mío.
Era mi tía la mujer más desagradable del mundo y yo la hallaba pésima, en la medida de lo que podía juzgar mi entendimiento que aun no había visto ni comparado nada. Su fisonomía era angulosa y vulgar, su voz chillona, su andar pesado y su estatura ridículamente alta.
A su lado, yo parecía un pulgón, una hormiga.
Cuando le hablaba, tenía que levantar la cabeza, tanto como si hubiese querido examinar la copa de un álamo. Era de origen plebeyo, y como la mayoría de los de su raza, estimaba más que cualquier otra cualidad la fuerza física y profesaba por mi mezquina persona un profundo desprecio.
Sus cualidades morales eran una fiel reproducción de las físicas, y formaban un conjunto de rudeza y asperidades; ángulos agudos contra los cuales rompíanse diariamente las narices los infortunados que vivían con ella.
Mi tío, hidalgo campesino, cuya tontera fue proverbial en la comarca, casó con ella, por falta de ingenio y por debilidad de carácter. Murió poco después de su casamiento y yo no alcancé a conocerle. Cuando fui capaz de reflexión, atribuí a mi tía esta muerte prematura, pues me parecía con fuerzas suficientes para dar rápidamente en tierra, no digo ya con un pobre tío como el mío, sino con todo un regimiento de maridos.
Tenía yo dos años, cuando mis padres se fueron al otro mundo, abandonándome al capricho de los acontecimientos de la vida, y de mi consejo de familia. Dejáronme los restos, no del todo malos, de una fortuna: cerca de cuatrocientos mil francos en tierras que producían una buena renta.
Mi tía consintió en educarme. No le gustaban los niños, pero como su marido había sido mal administrador, se vio pobre, y calculó con satisfacción, que la holgura entraría en su casa junto conmigo.
¡Que casa más fea! Grande, deteriorada y mal dirigida; en medio de un patio cuajado de estiércol, fango, gallinas y conejos. Detrás de ella extendíase un jardín en el que crecían entremezcladas y en desorden todas las plantas de la creación y sin que nadie se preocupara de ellas.
Creo que no había recuerdos en memoria humana, de que se hubiera visto nunca por allí, un jardinero que podase los árboles o arrancase las malezas, que brotaban a gusto, sin que ni a mi tía ni a mi se nos ocurriese ocuparnos de ello.
Esta selva virgen me desagradaba, porque desde niña he tenido un gusto innato por el orden.
La propiedad se llamaba de Zarzal. Estaba como perdida en el fondo de la campaña, a media legua de una iglesia y de una aldehuela compuesta de una veintena de chozas. No había castillo, castillejo ni casa solariega en cinco leguas a la redonda. Vivíamos en completo aislamiento.
Mi tía iba algunas veces a C***, la ciudad más próxima al Zarzal. Pero como yo deseaba ardientemente acompañarla, no me llevaba nunca.
Los únicos acontecimientos de nuestra vida eran la llegada de los arrendatarios que venían a pagar censos y arrendamientos y las visitas del cura.
¡Oh, qué excelente hombre era mi cura!
Venía a casa tres veces por semana, pues en un arranque de celo, cargó con la obligación de atascar mi cerebro con cuanta ciencia le era conocida.
Y continuó en su empeño con perseverancia, por más que yo ejercitaba su paciencia. No porque tuviese la cabeza dura, no: aprendía con facilidad. Pero la pereza era mi pecado favorito; la amaba y la mimaba a despecho de los derroches de elocuencia del cura y de sus múltiples esfuerzos para extirpar de mi alma esa planta maléfica.
Además, y esto era lo más grave, la facultad de raciocinar se desarrolló en mi rápidamente. Entraba en discusiones que le volvían loco, y me permitía apreciaciones que a menudo chocaban y herían sus más caras opiniones.
Contrariarle, fastidiarle, rebatirle sus ideas, sus gustos y sus afirmaciones, era para mi un placer inmenso. Me hizo arder la sangre y me avivaba el ingenio. Creo que él experimentaba la misma sensación, y que lo hubiera desolado perdiendo mis hábitos ergotistas y la independencia de mis ideas.
Mas yo no pensaba semejante cosa, porque llegaba al colmo de la satisfacción, cuando le veía agitarse en la silla, desgreñarse los cabellos con desesperación, y embadurnarse la nariz con rapé, olvidándose de todas las reglas del aseo, olvido que no se producía sino en los casos serios.
Con todo, si hubiese sido por él solo, creo que hubiera resistido muchas veces al demonio tentador. Mi tía había tomado la costumbre de asistir a las lecciones, aunque no comprendiese nada y bostezara diez veces por hora.
Ahora bien, la contradicción, aunque no fuera dirigida a ella, le causaba furor: furor tanto más grande, cuanto que no se atrevía a decir nada delante del cura.
Por otra parte, el verme discutir le parecía una monstruosidad en el orden físico y moral. Así es que yo nunca la emprendía directamente con ella, porque era bruta y yo tenía miedo que me pegara. Por último, mi voz, dulce y musical no obstante (de lo que me jacto), producía sobre sus nervios auditivos un efecto desastroso.
Con todo lo dicho, se comprenderá que me fuese imposible, absolutamente imposible, dejar de poner en obra mi malicia, para hacer rabiar a mi tía y atormentar a mi cura.
Sin embargo, yo quería al pobre cura; le quería mucho, y sabía que a pesar de mis absurdos razonamientos, los que a veces llegaban hasta la impertinencia, me profesaba el mayor cariño. No sólo era yo su oveja preferida, sino también el objeto de su predilección, su obra, la hija de su corazón y de su inteligencia, y a este amor paternal se mezclaba un tinte de admiración por mis aptitudes, mis palabras y por todas mis acciones.
Había tomado su tarea con gran ahínco; se había propuesto instruirme, velar por mi como un ángel tutelar a pesar de mi mala cabeza, mi lógica y mis arranques. Además, esta tarea pronto llegó a ser la cosa más agradable de su vida, la mejor si no la única distracción de su monótona existencia.
Lloviera, ventease, nevase o granizara; con calor, con frío o con tormenta, veía yo aparecer al cura, enfaldada la sotana hasta las rodillas y el sombrero debajo del brazo. No sé si lo he visto nunca con él puesto. Tenía la manía de caminar con la cabeza al aire, sonriendo a los viandantes, a los pájaros, a los árboles, a las flores del campo.
Robusto y regordete, parecía que rebotaba sobre la tierra, que hollaba con paso vivo y se hubiera pensado que le decía:--¡Eres buena y te amo!--Estaba contento de la vida, de sí mismo, de todo el mundo. Su benévola cara, rosada y fresca, rodeada de cabellos blancos, recordábame esas rosas tardías que florecen aún bajo las primeras nieves.
Cuando entraba en el patio, gallinas y conejos acudían a su voz para mascullar algunos mendrugos de pan, que deslizaba en sus bolsillos antes de salir de la casa parroquial. Petrilla, la moza del corral, salía a hacerle su reverencia, luego Susana la cocinera, apresurábase a abrirle la puerta y a introducirle en el salón, donde me daba las lecciones.
Mi tía plantada en un sillón, con el donaire de un pararrayos algo grueso, levantábase al verle, saludábale con aire desabrido y se lanzaba a galope al capítulo de mis fechorías. Hecho lo cual volvía a sentarse lijeramente, tomaba la aguja de tejer, ponía su gato favorito sobre las rodillas y esperaba (o no la esperaba) la ocasión de decirme algo desagradable.
El bondadoso cura oía con paciencia aquella voz ronca que rompía el tímpano. Encorvaba las espaldas como si el chubasco hubiera sido para él y semisonriente amenazábame con el índice. A Dios gracias conocía a mi tía desde hacía mucho.
Instalábamonos junto a una mesita, que habíamos colocado cerca de la ventana. Esta posición tenía la doble ventaja de tenernos bastante alejados de mi tía entronizada al lado de la estufa, en el fondo de la habitación, y luego, de permitirme seguir el vuelo de las golondrinas y las moscas, u observar en invierno los efectos de la escarcha y nieve en los árboles del jardín.
El cura colocaba cerca de sí la caja de rapé, un gran pañuelo a cuadros sobre el brazo del sillón y la lección comenzaba.
Cuando no había sido muy grande mi pereza, las cosas iban bien, mientras se tratase de deberes a corregir, porque aunque fuesen siempre de lo más corto posible, por lo menos estaban hechos con prolijidad. Mi letra era clara y mi estilo fácil.
El cura sacudía la cabeza con aire satisfecho, tomaba rapé con entusiasmo y repetía en todos los tonos:
--¡Bien, muy bien!
Durante todo este tiempo entreteníame yo en contar las manchas de su sotana y en imaginarme lo que parecería con peluca negra, calzón corto y casaca de terciopelo rojo, como la que mi tío abuelo ostentaba en su retrato.
La idea del cura en trusas y de peluca era tan chistosa, que me hacía reír a carcajadas.
Entonces, exclamaba mi tía:
--¡Tonta, bobeta!
Y algunas otras lindezas por el estilo, que tenían el privilegio de ser tan parlamentarias como explícitas.
El cura me miraba sonriendo y repetía dos o tres veces:
--¡Ah juventud! ¡hermosa juventud!
Y un recuerdo retrospectivo de sus quince años le hacía esbozar un suspiro.
Después de esto pasábamos a la recitación de memoria, y ya las cosas no marchaban tan bien. Era la hora crítica el momento de la conversación, de las opiniones personales, de las discusiones y hasta también de las reyertas.
El cura amaba los hombres de la antigüedad, los héroes, las acciones casi fabulosas en las que ha sido actor importante el valor físico. Esta preferencia era curiosa, porque, cabalmente, no había sido formado con el barro de que se hace los héroes.
Yo había notado que no le gustaba volver a su casa de noche, y este descubrimiento, aunque me le hacía más simpático, porque yo misma era muy medrosa, no podía dejarme ninguna ilusión sobre su coraje.
Además, su buena alma plácida, tranquila, amiga del reposo, de la rutina, de sus ovejas y del cuerpo que la poseía, no había soñado nunca con el martirio, y le veía palidecer, tanto cuanto sus rosadas mejillas le permitían, cuando leía el relato de los suplicios aplicados a los primeros cristianos.
Hallaba muy hermoso el entrar en el Paraíso de un salto heroico, pero pensaba que era muy dulce avanzar hacia la eternidad tranquilamente y sin prisa. Carecía de los impulsos que inspiran el deseo de la muerte, para ver más pronto a Dios. Absolutamente: estaba decidido a irse sin murmurar, cuando llegara su hora, pero deseaba sinceramente, que llegara lo más tarde posible.
Declaro que mi carácter, que no brilla por la cuerda heroica, está de acuerdo con esta moral fácil y dulce.
Pero con todo, le daba por los héroes; los admiraba, los elogiaba y los amaba tanto más cuanto que indudablemente sentía que dado el caso, era incapaz de imitarlos.
En cuanto a mi, yo no dividía ni sus gustos, ni sus admiraciones. Experimentaba una pronunciada antipatía por griegos y romanos. Había resuelto por un trabajo sutil de mi imaginación, que estos últimos se parecían a mi tía... o que mi tía se les parecía, como se quiera, y desde el día en que hice esta comparación, los romanos fueron juzgados, condenados y ejecutados en mi foro interno.
Sin embargo, el cura se obstinaba en chapuzar conmigo en la historia romana, y yo por mi lado me encaprichaba en no interesarme en ella. Los hombres de la República no me entusiasmaban y los emperadores confundíanse en mi cabeza. Por más que el cura lanzaba exclamaciones de sorpresa, se enfadaba y razonaba, era inútil: nada modificaba mi insensibilidad y mi idea personal.
Por ejemplo, narrando la historia de Mucio Scévola, yo terminaba así:
--Quemó su mano derecha para castigarla por haberse equivocado, lo que prueba que no era sino un imbécil.
El cura que un momento antes me escuchaba con aire complacido, se estremecía de indignación:
--¡Un imbécil, señorita! ¿y porqué?
--Porque la pérdida de su mano no reparaba su error--respondíale,--que por ello Pórsena no quedaba ni más ni menos vivo, ni resucitaba el secretario.
--Bien, chiquita; pero Pórsena se asustó y levantó el sitio inmediatamente.
--Eso, señor cura, no prueba sino que Pórsena era un mandria.
--Concedido. Pero Roma quedaba libre, y ¿gracias a quién? ¡gracias a Scévola, gracias a su acto heroico!
Y el cura, que aunque temblaba ante la idea de quemarse la yema del dedo chico, no por eso dejaba de admirar a Mucio Scévola, se exaltaba y afanaba para hacerme apreciar a su héroe.
--Sostengo lo que he dicho--replicaba yo tranquilamente;--no era más que un imbécil y un gran imbécil.
El cura exclamaba sofocado:
--Muchas tonteras oyen los mortales, cuando los niños pretenden raciocinar.
--Señor cura, vos mismo me habéis enseñado el otro día, que la razón es la más bella facultad del hombre.
--Sin duda, sin duda, cuando el hombre sabe servirse de ella. Por otra parte hablaba de los hombres hechos y no de las chiquilinas.
--Señor cura, los pajaritos prueban sus fuerzas al borde del nido.
Y el excelente hombre, un poco desconcertado, se desgreñaba el pelo con energía, lo que daba a su cabeza el aspecto de la de un lobo, polvoreada de blanco.
--Haces mal en discutir tanto, hijita mía--decíame algunas veces;--es un pecado de orgullo. No seré siempre yo quien te conteste, y cuando estés en lucha con la vida sabrás que no se discute con ella, sino que se la sufre.
Mas me importaba un bledo la vida. Tenía un cura para ejercitar mi lógica y esto me bastaba.
Cuando le había fastidiado, hastiado y hostilizado mucho, esforzábase en dar a su fisonomía una severa expresión, pero se veía obligado a renunciar a su proyecto, porque su boca risueña siempre, rehusaba en absoluto obedecerle. Entonces me decía:
--Señorita de Lavalle, repasará usted sus emperadores romanos, y trate de no confundir a Tiberio con Vespasiano.
--Dejemos a esos individuos, señor cura--respondíale yo;--me aburren. ¿No sabéis que si hubieseis vivido en sus tiempos os habrían asado vivo, o arrancado la lengua y las uñas, o picado en pedacitos menuditos, menuditos, como picadillo de pastel?
Ante tan lúgubre cuadro, estremecíase ligeramente el cura y se iba a paso rápido y breve, sin dignarse responderme.
Cuando su descontento llegaba al apogeo, me llamaba señorita de Lavalle. Este ceremonioso nombre era la más viva manifestación de su enojo, y yo sentía remordimientos hasta que le volvía a ver de nuevo con los cabellos al viento y la sonrisa en los labios.
II.
Mi tía me maltrató mientras fui chica y yo tenía tal miedo de sus golpes que la obedecía sin discutir.
Hasta el día en que cumplí diez y seis años me pegó aún, pero fue por última vez.
A partir de ese día, fecundo para mi en acontecimientos íntimos, estalló de pronto una revolución que rugía sordamente en mi espíritu desde hacía algunos meses, y cambió completamente mi modo de ser para con mi tía.
Por aquel tiempo el cura y yo repasábamos la historia de Francia, que me jactaba de conocer muy bien. Si bien es cierto que dadas las lagunas y restricciones de mi texto, mi saber era el mayor posible.
Profesaba el cura por sus reyes un amor rayano en la veneración, y sin embargo, no quería a Francisco I. Esta antipatía era tanto más singular, cuanto que Francisco I fue valiente y se ha hecho popular.
Pero no le gustaba al cura, que no desperdiciaba nunca la ocasión de criticarle; así es que por espíritu de contradicción lo elegí yo por favorito.
El día a que me he referido más arriba, debía yo dar la lección concerniente a mi amigo. Largo tiempo revisé la víspera buscando algún medio para hacerlo brillar a los ojos del cura. Desgraciadamente yo no podía hacer más que citar las expresiones de mi historia, al emitir opiniones que se apoyaban más en una impresión que no en un razonamiento.
Hacía una hora que me devanaba los sesos reflexionando, cuando atravesó mi mente una brillante idea.
--¡La biblioteca!--exclamé.
E inmediatamente atravesé corriendo un largo pasadizo y penetré por primera vez en una pieza de regular tamaño enteramente atestada de estantes verdes cubiertos de libros reunidos entre ellos por los tenues hilos de una multitud de telarañas.
Esta pieza comunicaba con los departamentos que después de la muerte de mi tío, se habían cerrado para no abrirse más, y olía de tal modo a tasto y moho que casi me asfixié. Apresureme a abrir la ventana, que era muy pequeña, no tenía postigos ni persianas y daba sobre el jardín; en seguida procedí a mis investigaciones. Mas ¿cómo descubrir a Francisco I en medio de todos aquellos volúmenes?
Ya iba a abandonar la partida, cuando el título de un librito me hizo prorrumpir en un grito de alegría.
Eran las biografías de los reyes de Francia hasta Enrique IV inclusive. Tenía adjunto un grabado bastante bueno, representando a Francisco I, vestido con el espléndido traje de los Valois. Lo examiné con asombro.
--¿Y es posible--me dije,--que haya hombres tan lindos como éste?
El biógrafo, que no participaba de la antipatía del cura por mi héroe, hacía sin ninguna restricción el elogio de su belleza, de su valor, de su espíritu caballeresco y de la inteligente protección que diera a las letras y a las artes.
Terminaba con dos líneas sobre su vida privada y supe lo que ignoraba completamente y era que:
«Francisco I llevaba vida alegre y amaba prodigiosamente a las mujeres. Y que prefirió grande y sinceramente a la hermosa dama Ana de Pisseleu, a quien dio el condado de Etampes, que erigió en ducado para serle agradable.»
De estas pocas palabras, saqué yo las siguientes conclusiones: Primero, como había descubierto desde hacía un mes que mi existencia era monótona, que me faltaban muchas cosas, que la posesión de un cura, una tía, conejos y gallinas no constituían la felicidad, colegí que una vida alegre era evidentemente el reverso de la mía, y por consiguiente Francisco I había dado, eligiéndola, pruebas de mucho juicio.
Segundo, que dicho rey profesaba ciertamente la santa virtud de la caridad predicada por mi cura, puesto que amaba tanto a las mujeres.
Tercero, que Ana de Pisseleu era una persona muy feliz, y que a mi también me hubiera gustado mucho, que un rey me diera un condado erigido en ducado, para serme agradable.
--¡Bravo!--exclamé lanzando el libro hasta el techo y recogiéndolo inmediatamente. Ya tengo con qué confundir al cura y convertirlo a mi opinión.
Por la noche releí en mi cama la pequeña biografía.
--¡Qué hombre tan simpático este Francisco I!--me dije.--Mas ¿porqué el autor habla sólo de su afecto a las mujeres? ¿Porqué no ha puesto que quería también a los hombres? En fin, después de todo, cada cual tiene sus gustos. Pero si voy a juzgar a las mujeres por mi tía, pienso que voy a preferir considerablemente a los hombres.
Luego recordé que el biógrafo era de sexo masculino, y pensé que sin duda habría tenido por cortés, amable y modesto, dejarse en el tintero y pasar en silencio a sus congéneres.
Y me dormí sobre esta luminosa idea.
Levanteme contentísima al día siguiente.
En primer lugar tenía diez y seis años, después la personita que se miraba al espejo, tenía una carita que no le disgustaba; luego hice dos o tres piruetas pensando en la estupefacción del cura ante mi nueva ciencia.
Cuando llegó, rosado y risueño, hacía mucho tiempo que llevada por mi impaciencia me había instalado junto a la mesa. Al verle, me latió el corazón, como late el de los grandes capitanes la víspera de una batalla.
Veamos, hija mía--me dijo así que hubo corregido los deberes y esbozado una mueca al notar su laconismo,--pasemos a Francisco I y examinémosle bajo todas sus faces.
Arrellanose cómodamente en el sillón, tomó con una mano la tabaquera y con la otra su pañuelo, y mirándome de soslayo, preparose a sostener la discusión que preveía.
Yo me lancé de golpe a mi asunto; me agité, me animé, me entusiasmé e hice incapié sobre las cualidades elogiadas en mi historia, tras de lo cual pasé a mis conocimientos particulares.
--¡Y qué hombre más encantador señor cura! ¡Su porte era majestuoso, su fisonomía noble y hermosa; tenía una barba tan bonita, recortada en punta y unos ojos tan lindos!
Me detuve un instante para tomar aliento, y el cura, espantado, enderesándose tieso como esos diablillos de resorte encerrados en cajas de cartón, exclamó:
--¿De dónde ha sacado usted todas esas tonterías, señorita?
--Ese es mi secreto--repliqué yo con una sonrisita misteriosa.
Y quemando mis navíos: