vil. Las mujeres regresaron á sus hogares y relataron á sus maridos lo
que había pasado, estimulándolos á la venganza. Enfurecidos por las humillaciones, el hambre, los sacrificios llevados á cabo por la causa de la huelga, esos hombres encontraron que su copa rebosaba ya de hiel, y su cólera se desbordó contra el individuo que había vertido la última gota que hizo que la copa se desbordara. Se volvieron indómitos, y aguijoneados por las mujeres, que los acusaban de cobardía, atacaron el establecimiento de Garcin, lo saquearon y lo quemaron. La policía no tuvo dificultad para aquietar y dispersar á la turba, y merced á la intervención del Jefe Político, Don Carlos Herrera, que estaba muy bien quisto en Orizaba, los obreros fueron persuadidos á regresar tranquilamente á sus labores.
Todo volvió á quedar tranquilo; los responsables del asalto y del incendio de la tienda fueron aprehendidos.
“El Diario” fué el único periódico que se atrevió á decir la verdad de lo ocurrido, y en un editorial declaró que toda la responsabilidad del motín recaía sobre Garcin. Ese individuo se precipitó á la oficina del “Diario” y tuvo la impudencia de ofrecer $5,000 por que se escribiese otro artículo que lo rehabilitase. Su pretensión fué desechada cortesmente.
La opinión pública estaba en favor de los huelguistas, y todo el mundo creyó que el asunto había terminado definitivamente con la aprehensión de los amotinados. Pero, á pesar de que todo se hallaba en calma, y de que los obreros habían vuelto pacíficamente á las fábricas, el Presidente Díaz, de un modo repentino é inesperado, dió orden al General Rosalino Martínez, Subsecretario de la Guerra, de que bajase á Orizaba con el Coronel Ruiz (ex-bandido y verdugo oficial de Porfirio Díaz) y con unos cuantos cientos de soldados. Téngase en cuenta que todo y todas estaban en la tranquilidad más perfecta, que los obreros no habían vuelto á hacer nada con el objeto de crear nuevos desórdenes.
Y, no obstante esto, los dos verdugos oficiales, el General Rosalino Martínez y el Coronel Ruiz, se dirigieron precipitadamente á Orizaba, y una vez allí, apostaron sus soldados en las fábricas, detrás de las paredes y los pilares, y cuando hombres y mujeres entraban en las diferentes fábricas, para desempeñar sus labores, rompieron los soldados un asesino fuego de fusilería, segando aquella indefensa y desamparada masa humana como si se tratase de perros rabiosos.
El ruido fué espantoso, el tumulto indescriptible, el clamoreo de desesperación de los heridos es superior á toda pluma y á toda palabra humana. Aquello fué un verdadero pandemonium; no el de una batalla, sino el de una cruel, implacable cacería de hombres, á sangre fría; el asesinato de hombres, mujeres y niños, inocentes, desamparados é inermes.
El tronar de los fusiles, el humo, el polvo levantado por las balas perdidas, la sangre que á torrentes corría de las anchas heridas; los cuerpos tendidos y diseminados por todas partes, con las cabezas casi desprendidas, los sesos salpicando paredes y suelo, todo eso constituía un cuadro que enfermaba, que indignaba, y que no tiene ejemplo en la historia de la civilización.
No satisfechos aún, el General Martínez y el Coronel Ruiz ordenaron á sus soldados que completasen la _victoria_, y continuó la asesina fusilería en las calles y á través de las ventanas de las casas de los obreros que en ellas habían logrado refugiarse, prosiguiéndose en ellas la carnicería sobre inocentes mujeres y niños.
Órdenes complementarias se dieron á los Rurales para que cazaran á los que habían logrado ganar el campo, persiguiéndolos hasta las montañas. Pero los Rurales, á quienes se utiliza para toda clase de empresas escabrosas, se negaron á obedecer la orden de fusilar á hombres y mujeres indefensos.
Rosalino Martínez y el Coronel Ruiz dieron entonces la orden de que fusilaran también á los Rurales.
El número de víctimas ascendió de 650 á 700.
En la noche de ese día horripilante, fueron recogidos los cadáveres de los asesinados, hacinándolos en furgones del ferrocarril, y llevados á Veracruz. El maquinista que debía conducir el tren, era un americano, quien se negó rotundamente á desempeñar semejante comisión, por lo que fué necesario buscar otro menos supersticioso, y más conciliador. En Veracruz fueron lanzados al mar los cadáveres, para que sirviesen de pasto á los tiburones, que tanto abundan en la bahía.
Este fué el rasgo final de la más brutal, de la más cobarde y de la más salvaje de cuantas orgías de sangre se registran en los anales de la humanidad. Aquello fué la saturnal insensata del cuchillo, la libidinosa rabia de un déspota impotente, cobarde, viejo y sádico.
La tiranía es un mal, porque es imposible que bajo ella el genio de un pueblo pueda desarrollarse y tener libre acción.
MAZZINI.
El Sistema.
UNA MAFIA POLÍTICA. SUS RESULTADOS.
Cuando un individuo ó un grupo de individualidades crea un sistema, bien sea político, social ó mercantil, se hace responsable de las consecuencias, buenas ó malas, que se deriven de tal sistema. Porfirio Díaz tiene el constante prurito de los elogios y adulaciones con motivo de la redundante prosperidad de México; pero también pesa sobre su frente cana la responsabilidad de los nefarios efectos de su mafia política, su legalizada mano negra, hijas legítimas de sus cogitaciones poderosas y abstrusas de semblanza política.
Cuando un gobernante ordena á sus vasallos que asesinen conforme á sus disposiciones, ya sean estos gobernadores, jefes políticos, ó simplemente amigos suyos, es de suponerse que la etiqueta profesional lo obliga á cerrar los ojos, ó, al menos, á pestañear, ante las venganzas y delincuencias que éstos cometen por cuenta propia. Los jefes políticos han sido los instrumentos más útiles del gobierno. “El jefe político ha sido el instrumento más cruel del despotismo--del bajo y tenebroso despotismo de la ‘ley fuga’, sin duda alguna el jefe político ha sido en la sociedad mexicana la más aguda de las calamidades públicas”.[38]. Y los gobernadores: “la mayoría, casi la totalidad de nuestros gobernadores es casi cordialmente detestada por los pueblos de las respectivas entidades federales.--Cada uno de esos pueblos haría cualquier sacrificio por deshacerse de su respectivo gobernador.”[39]
Pero no pueden hacerlo, porque cada gobernador es escogido por el Presidente, en recompensa de su fidelidad ó para ofrecerle una dádiva que aplaque su ambición. Algunas veces, pero á la verdad muy raras, estos gobiernan con justicia y legalidad; pero lo más frecuente es que hagan chanchuyos, asesinen, y quebranten los diez mandamientos y todos los códigos penales, con la convicción de que Porfirio Díaz ignorará intencionalmente todos los ultrajes, espoliaciones, injurias é infamias perpetrados por ellos, mientras no hagan política contra Porfirio Díaz.
El General Mucio Martínez es el tipo perfecto del gobernador sin escrúpulos, perverso, incompetente, estúpido y todo poderoso. Mucio Martínez ha sido gobernador del Estado de Puebla durante largos años. Voy á relatar un ejemplo característico de sus métodos de gobierno.
Allá por el año de 1891 era el tema de todas las conversaciones de Puebla, el rapto de dos jovencitas, hijas de un relojero alemán, llamado Weber. La opinión pública señalaba como autor de ese atentado al General Martínez, quien, en virtud de su elevada posición, estaba fuera del alcance de la ley.
Olmos y Contreras, joven periodista de Puebla, se encargó de desgarrar el velo que ocultaba aquel asunto, llamando la atención sobre el hecho de que los responsables de aquel acto de satiriasis eran un alto funcionario del Estado y un caballero mexicano muy rico. El periodista atrajo sobre sí las iras del poderoso gobernador, que esperó la ocasión propicia para vengarse.
Dos esbirros del General Mucio Martínez, (uno de ellos murió asesinado más tarde) recibieron la orden de estar en acecho de Olmos y Contreras y “de darle agua” (término que se usa en México para designar el asesinato oficial) en la primera oportunidad. Una noche Olmos y varios amigos suyos departían amigablemente en una mesa de la cantina “La Mascota”, establecida en la calle de Jarciencia y Portal de Morelos. A la sazón pasó “un amigo” de Olmos y Contreras y al ver á éste, lo llamó aparte y lo invitó para un baile que en la casa de un compadre suyo se efectuaba aquella misma noche, en la calle de Siempreviva. Olmos y Contreras aceptó la invitación; pero, como había tomado más copas de lo regular, sus verdaderos amigos le instaron á que se quedara con ellos.
“El amigo” de Olmos, policía privado del General Martínez, condujo al periodista, en compañía con el otro esbirro comisionado para hacerlo desaparecer; hasta una calle apartada, por la plazuela del Carmen, la que, por rara coincidencia, es la misma en que vivía una mujer amancebada con Mucio Martínez, y en esa casa pasaba muchas noches el sátiro gobernante. Allí “los desconocidos” cogieron por la espalda á Olmos y Contreras, y entre tanto los esbirros de referencia lo sujetaron de los brazos y le apuñalearon de tal modo que aquel infeliz no pudo exhalar ni un grito, ni una queja, ni nada que hubiera atraído un “yo lo vi” que más tarde sirviese para proporcionar brillantes datos para la historia de Puebla.
A la mañana siguiente la concubina de Mucio Martínez se asomó á su balcón y pudo ser testigo del horrible espectáculo que ofrecía Olmos y Contreras, tirado en medio del arroyo, con las ropas ensangrentadas, los ojos desmesuradamente abiertos, y con las manos arañando la tierra, signos evidentes de la tremenda lucha que Olmos sostuvo para desprenderse de sus asesinos.
“El Monitor Republicano” y “El Gil Blas” se ocuparon ampliamente del asesinato de Olmos y Contreras; pero antes de que el gobierno general parara mientes en el asunto, Mucio Martínez mandó á México, con “mucho dinero”, al diputado don Pascual Lima Lara, quien “arregló la cosa”; y la prensa enmudeció.
Para sincerarse ante la opinión pública, Mucio Martínez hizo aparecer como responsable del doble rapto á Don Joaquín Pita, su confidente, quien prometió casarse con una de las raptadas; pero ninguna de ellas aceptó la componenda. Martínez premió la abnegación de Pita nombrándolo visitador de Jefaturas del Estado, y después Jefe político de la ciudad de Puebla, en donde es amo y señor don Mucio Martínez.--Carlos García Teruel es el otro seductor de las jóvenes Weber.
El silencio y la complicidad de Porfirio Díaz le cuesta á Martínez cada dos años entre $30,000 y $50,000.
Refiere un periodista de Puebla que, en 1904, se encontró en la calle á un su amigo, empleado del concesionario del juego, quien le dijo que iba á entregar al gobernador $45,000, importe de una anualidad exclusiva de su juego, con rebaja de $5,000 por hacerse el entero de un solo golpe, pues el gobernador necesitaba enviar $50,000 para asegurar su reelección. Esa suma estaba destinada á Doña Agustina Castelló, viuda de Romero Rubio y suegra del Presidente, como precio convenido de la susodicha reelección; que anteriormente la suma había sido mucho menor; pero que entonces había subido, porque el competidor era el capitán Porfirio Díaz Jr., hijo del Presidente.
Postularon á Porfirito (como generalmente le llaman) en la ciudad de Puebla y en las cabeceras de distritos por medio de cartelones, y se formaron varios clubs en pro de su candidatura, todo esto para subir el precio de la contribución á Mucio Martínez.
Mucio Martínez no es solamente un hombre de pocos alcances, sino también un bribón. Ambas cualidades lo hacen á propósito para un héroe ideal de ópera bufa.
Algunas de las anécdotas que se cuentan sobre la ignorancia de tales gobernadores son verdaderamente despampanantes.
Hace algún tiempo que había un gobernador en Guanajuato, que había oído contar de grandes fortunas realizadas con la cría de gusanos de seda. Después de largas, pero ineficaces, lecturas de tratados sobre el asunto, llegó á la conclusión suprema y ortodoxa de que la morera era cosa esencial para la cría y cultura de los gusanos de seda. Inmediatamente mandó que arrancaran los árboles que adornaban la alameda, y que, en lugar de ellos, plantaran moreras. Estas crecieron y ostentaron su follaje verde esmeralda bajo el cuidado del gobernador, quien había convertido en la parte más importante de su misión oficial, la inspección atenta y amorosa de la bonanza de los tales árboles. Pero un bello día, después de haber examinado escrupulosamente las hojas, volvióse hacia su ayudante, y exclamó mal humorado:--“¡Me han engañado, pues he gastado aquí tiempo y dinero en estas plantas de moras, y hasta ahora no ha aparecido ni un solo gusano!”--¡Y pensar que este hombre era uno de los rivales de Porfirio Díaz!
El poder de un gobernador raya en lo supremo en su Estado; Porfirio Díaz es el Czar de México, y sus gobernadores los Grandes Duques.
“Cada uno de nuestros gobernantes sueña, delira con ser en la esfera del gobierno local, un pequeño General Díaz. De ahí su grotesco empeño de imitar al modelo. Gobernador hay que se baña diariamente á las cinco de la madrugada, porque sabe, ó cree saber, que el General Díaz practica otro tanto, é imagina que la entidad moral del Presidente radica toda ella en la ablución.”[40]
Otro ejemplar del tipo inconsciente, mejor dicho sin conciencia ni moralidad, de los gobernadores del Presidente Díaz, fué el gobernador Cravioto, quien gobernó largo tiempo, demasiado largo para el desdichado Estado de Hidalgo, y quien, si hubiese durado un período más, se queda hasta con la última pulgada cuadrada del dicho Estado. Bajo el menor pretexto confiscaba la propiedad, asesinaba y destruía todo y á todos los que de alguna manera estorbaban su insaciable ambición de bienes y de poder indisputable. La lista de sus asesinatos oficiales es formidable. Sus enemigos favoritos eran los periodistas. Estos mártires de una causa desesperada, fueron destruídos como moscas en un día de verano. Entre multitud de casos hay uno tan abyecto y espantoso que provoca la incredulidad.
Un periodista, llamado Emilio Ordóñez, á pesar de las muchas palizas recibidas, insistió en demostrar lo ilícito de los actos oficiales del gobernador. Por último, lo apalearon hasta dejarlo sin conocimiento, y arrastraron su cuerpo hasta un horno de cocer ladrillos, y allí lo quemaron vivo.
Puede ser que el General Cravioto hubiese leído que en la India quemaban á las viudas (_suttee_) y suspiró por una suttee periodística, á su manera. Parafraseando á Mr. Herford, podemos decir, para estar más en lo cierto, que “una pequeña suttee es cosa peligrosa”. Pero la ley de compensación no se ha desmentido: el hijo del General Cravioto, joven intelectual, estudioso, honrado y moral, ha rechazado todo el dinero maculado que heredó de su padre, y vive del producto de su propio trabajo.
El General Cravioto murió ya. ¡Que su alma arda en paz por los siglos de los siglos! ¡Amén!
De estos ejemplos se desprende cuán perverso es conceder demasiado poder en manos de hombres ignorantes, avaros y sin conciencia.
_Nota bene_: Muchos de los horrores de que estoy hablando, han acontecido hace ya algún tiempo; pero la situación, en vez de mejorar, parece que deteriora y corrompe los pocos buenos elementos que han quedado.
El actual gobierno creado por Porfirio Díaz, puede compararse con un canasto de manzanas, en el que las frutas que están arriba han sido limpiadas y frotadas hasta que aparecen brillantes de color y de frescura, lo que se hace en beneficio de forasteros y extranjeros; pero si se levanta esa primera capa, se siente el asco al ver la podredumbre y sentir la fetidez de las que se encuentran debajo, y que están destinadas para el regalo de los mexicanos.
Hace dos años que en las haciendas de Hueyapa y Totuapa, pertenecientes al Ministro de Justicia, Don Justino Fernández, y que son limítrofes con la hacienda de José Landero, en el Estado de Hidalgo, este joven descubrió el cadáver de un hombre de la clase media, en estado de inminente putrefacción. Las heridas que presentaba no eran de aquellas propias de un accidente, y los objetos de valor no habían sido tocados. José Landero dió parte al Juez de distrito, el que no dictó medida alguna para aclarar el misterio, ni se preocupó del caso. Nadie parecía conocer al occiso ni la causa de su muerte. Insistió José Landero en la necesidad de que el juez cumpliese con sus deberes oficiales, hasta que, al fin, el juez, para sincerar su conducta, le enseñó un telegrama proveniente del Gobierno federal, ordenándole que no hiciese investigación alguna del “accidente”.
El Ministro de Justicia se mostró sumamente indignado de que se hubiese usado de su hacienda para tal propósito, porque la verdad es que no puede darse invención más diabólica que la de servirse de la hacienda del administrador de justicia para perpetrar un crimen.
Pero el cadáver apesta, y se llegó á descubrir que el responsable del fecho era nada menos que el jefe político Don Francisco Hernández, quien se libró, ó libró al gobernador del Estado de Hidalgo, Don P. L. Rodríguez, de un enemigo. Este gobernador es pariente de Porfirio Díaz.
Otra de las importantes sinecuras es el Gobierno del Distrito Federal, é inmediatamente después viene la jefatura de la policía de la ciudad de México.
En un tiempo fué jefe de la policía un tal Eduardo Velásquez, que era novio de una joven llamada la señorita Ricoy, con quien se proponía contraer matrimonio en un futuro próximo. Era confesor de la joven el Padre Tortolero, quien, conociendo el carácter de Velásquez, opuso su influencia espiritual al proyectado enlace. Una noche fué conducido el Padre Tortolero á la comisaría de policía, por orden de Velásquez, y allí lo sometieron á algo parecido á las pruebas del tercer grado: lo ataron á un banco, y, con un embudo, lo obligaron á tragar una cantidad enorme de alcohol, hasta que se provocó una congestión. En seguida lo condujeron á la calle, lo recostaron suavemente contra un poste de teléfono, de donde lo recogió más tarde la policía, como si ostensiblemente estuviese en estado de embriaguez completa. Murió el desdichado sacerdote de congestión, y fué enterrado en la fosa común, pues nadie reconoció al Padre Tortolero en aquel sacerdote difunto.
Cuando la familia notó la desaparición de su pariente, comprendió que el muerto desconocido era el Padre Tortolero. La prensa clerical se ocupó en el asunto in extenso; pero la autoridad no tomó el caso en consideración, y Eduardo Velásquez continuó tranquilamente su carrera artística.
Una de las tácticas maquiavélicas de Porfirio Díaz consiste en tener un Gabinete heterogéneo, es decir, en el que los Ministros sean contrarios y aun enemigos unos de otros, á fin de que no sea posible que haya jamás un acuerdo secreto entre ellos y lleguen á parársele de frente. Por eso se ha visto que, aunque en México no hay partidos políticos, sí ha habido grupos ministeriales, encabezados por dos ó tres Ministros que se hacen recíprocamente una guerra sorda. Romero Rubio, Dublán, Pacheco, Baranda, Limantour, y Reyes han sido los más prominentes caudillos de esos grupos, con la tolerancia del Presidente. El más poderoso de todos esos jefes ha sido y es aún Limantour, el socio mercantil de Porfirio Díaz, y cuando las cosas se han extremado demasiado, los Ministros enemigos de Limantour han sido depuestos de un modo más ó menos escandaloso. Así pasó con Baranda y también con Reyes.
Reyes es un general que goza fama de valiente y de hábil. Durante largo tiempo lo ha tenido Porfirio Díaz de gobernador del Estado de Nuevo León, donde se fabricó una reputación de diestro gobernante. Llegó un momento en que el grupo limantourista alcanzaba demasiada preponderancia y se atrevió á indicar á su jefe como sucesor del Presidente Díaz, y entonces éste llamó al General Reyes para que se encargara de la cartera de la Guerra y le dió ostensible protección, de modo que en breve se hizo cabeza de grupo, teniendo al Ministro Baranda de asociado.
Pero Reyes “aprendió demasiado pronto” según la frase del Presidente Díaz, pues mañosamente instituyó una falange que se diseminó por todo el país, llamada “la Segunda Reserva”, y salieron á luz periódicos que insinuaron su candidatura é hicieron una guerra sin cuartel al Ministro Limantour, encendiendo la tea de la discordia. Para satisfacer á su socio Limantour, se vió Díaz obligado á destituir al Ministro Baranda; pero como las cosas empeoraron con esa medida, en vez de mejorar, fué necesario hacer renunciar también á Reyes, aunque ofreciéndole un paracaídas, pues que todavía lo necesitaba Díaz como freno para los “científicos”, nombre que á sí mismo se había dado el grupo limantourista. En consecuencia volvió Reyes á su gobierno de Nuevo León, cuando estaba próximo á expirar su período constitucional.
Reyes, como casi todos los gobernadores, estaba malquisto en ese Estado, por los muchos homicidios que en el había cometido, por su carácter atrabiliario y despótico y por otras razones. Los neoleoneses quisieron sacudir el yugo, y concibieron la idea de elegir un gobernador de su agrado, y para el efecto fundaron clubs electorales y propagaron la candidatura de un Licenciado Francisco Reyes, hombre probo y de popularidad en el Estado.
El 2 de Abril de 1903, en vísperas de las elecciones, organizaron los partidarios del nuevo candidato una manifestación cívica, ordenada, perfectamente dentro de la ley. Se reunieron en la alameda y procesionalmente se dirigieron al centro de la población, con una banda de música, victoreando al Licenciado Reyes. Al llegar á la plaza principal, donde se encuentra el palacio del gobierno, fueron recibidos á balazos los manifestantes, por fuerzas de la policía que el General Reyes tenía apostadas en la azotea de palacio y en otros lugares convenientes, asesinando á muchos de los manifestantes, entre los que se hallaban personas de lo más prominente de la población, y así disolvió la manifestación y mató la candidatura de su contrario, quien tuvo que huir esa misma noche para la capital de la República, disfrazado de fogonero del ferrocarril, pues se le buscaba para asesinarlo.
El Licenciado Reyes llegó á México, se quejó con Porfirio Díaz, quien le ofreció que se haría justicia. La prensa del país armó gran escándalo con el hecho; los limantouristas aprovecharon la ocasión para dar el golpe de gracia al General Reyes, y se llegó á presentar en su contra una formal acusación ante el Congreso de la Unión. Pero sucedió lo que tenía que suceder: Porfirio Díaz dió la orden de que se absolviera al Gobernador, y apareció que toda la culpa era de los manifestantes, “quienes se mataron entre ellos mismos para calumniar al insigne General Reyes”, quien triunfó redondamente en las elecciones, y sigue gobernando el Estado de Nuevo León en paz y gracia de Porfirio Díaz, dando una lección al pueblo, para su escarmiento.
HISTORIA DE UNA GRAN CONSPIRACIÓN.
El verdadero título del presente capítulo debería ser el de “historia de dos grandes crímenes”, puesto que dos hombres fueron asesinados para borrar las huellas del conspirador que atentó contra la vida de Porfirio Díaz. El personaje que está al fondo de este misterioso complot es bien conocido y se murmura su nombre en secreto, detrás de las puertas cerradas, porque aquel individuo, que presumió llegar á ser el rey, es todavía un alto funcionario de la administración. Estuvo á un milímetro del éxito; fracasó sólo por lo que llamaré una vuelta de mano, y dos vidas, las de los instrumentos de su ambición, fueron trituradas para conservar la suya. Léanse cuidadosamente las constancias del juicio, sígase atentamente el hilo rojo que corre á través de esta maravillosa masa de contradicciones aparentes, y la solución evidente y lógica del enigma saltará ante los ojos, como salta el muñeco de una caja de sorpresa.
Es una historia de un crimen por el crimen, ilustrativa del perverso y peligroso sistema creado por Porfirio Díaz, que, á semejanza de un _boomerang_, retrogradó y por poco lo destrona.
El 16 de Septiembre de 1897, aniversario de la Independencia de México, fué, como de costumbre, el Presidente en el paseo cívico, á pie, desde el Palacio Nacional á la Alameda, escoltado por los altos funcionarios del reino, y rodeado de sus soldados, cuando, de súbito, un hombre rompió la valla y se lanzó contra Díaz, antes de que nadie pensase en detenerlo; dió un golpe en el cuello al Presidente, que le hizo vacilar, aunque sin echarlo por tierra. Intensos fueron el asombro y la confusión; un grupo de oficiales, empuñando la pistola ó el sable, se disponía á matar á aquel hombre, como pronto castigo de su fechoría; pero el Presidente ordenó que se desistiera de toda violencia, y que se entregara el asaltante á las autoridades correspondientes.
El individuo inmediatamente responsable de aquel ataque idiota é inútil, era un desequilibrado alcohólico, llamado Arnulfo Arroyo, quien fué conducido á la Inspección general de policía, y una vez allí, por orden del jefe de la misma policía, fué amordazado y se le puso una camisa de fuerza. Varias veces ordenó el Gobernador (Rebollar) que se le quitase la mordaza, y otras tantas se la volvió á poner Velásquez.[41]
En la noche del día de la agresión, se reunieron Eduardo Velásquez, jefe de la policía, Antonio Villavicencio, inspector de policía, y Miguel Cabrera, jefe de la policía secreta, con el Ministro de Gobernación, General González Cosío, y resolvieron: que Velásquez ordenase á uno de sus criados que comprase una docena de cuchillos, y se comisionase á Villavicencio para que organizase una imitación de linchamiento que se acercase lo más posible á la realidad, y en el que figurase Arroyo como culpable y como víctima. Villavicencio quedó de director de escena, de héroe y vengador en esta tragedia real, la que consistió en escoger siete “tigres” de entre los agentes de la policía, disfrazándolos de “pelados”, nombre con que se designa en México á la gente de baja ralea, armándolos con los cuchillos comprados para el efecto, dirigiéndolos, á su tiempo, hacia la Inspección general, donde se encontraba Arroyo, y después de lincharlo, escapar gritando: “Viva México” y “Muera la anarquía”.
Mientras que por un lado la policía estaba preparando el escenario, por el otro el Gobierno y el Ministro de la guerra ideaban la manera de destruir á Arroyo de un modo legal y constitucional. Inconscientemente tendían á hacer un caso de lesa majestad; pero, como fácilmente se comprende, la Constitución no se prestaba para ello; entonces se procuró que el crimen, el que en realidad no era tal crimen, sino únicamente una tentativa frustrada, apareciese como del orden militar. Desgraciadamente para tal teoría, Arroyo no era militar; pero se consideró que, cuando el atentado, el Presidente vestía el uniforme militar; mas entonces se vió que el Código militar imponía para hecho semejante sólo dos años de prisión, y hubo de desecharse con disgusto esa vía.
A eso de las doce y media de la noche se levantó el telón; los siete policías, ó “tigres”, disfrazados de “pelados”, acometieron ingeniosamente la Inspección de policía, y llegaron á la pieza en que se encontraba el preso. Los policías que lo custodiaban, y que habían sido desarmados previamente, hicieron una débil resistencia, y desistieron por completo de reconocer en los asaltantes á sus colegas. Arroyo estaba sentado en una silla, siempre amordazado y con la camisa de fuerza, imposibilitado de toda defensa, y los intrépidos é indomables “tigres” se entregaron á su tarea como verdaderos degolladores de oficio. Los cuchillos laceraron el estómago, después el tórax, después los pulmones, mutilando rápidamente, con pasión, con increíble frenesí el cuerpo de la víctima, la que se debatía en lamentable impotencia, saltando la sangre para esparcirse por el suelo. Nueve heridas fueron inferidas en aquella masa de carne--Los criminales trabajaron con impaciencia y precipitación, atendiendo sólo á la perfección del golpe, al grosero arte de asesinar, asestando á las entrañas, de acuerdo con sus rudos conocimientos fisiológicos. La víctima lanzó un grito ahogado de horror, de angustia y de desesperación, el aullido en que condensó la fuerza de una existencia que se perdía en la noche de la eternidad--Los asesinos tuvieron su rasgo de coquetería decorativa: desplegaron y tremolaron la bandera nacional--gritaron: “Viva México”. Respecto á estos detalles no me es posible decir si fueron artística improvisación de los “matadores”, ó una idea de Velásquez invitando á la complicidad al país.[42]
Después echaron á correr, gritando: “Muera la anarquía”.
En la Inspección de policía Sánchez disparó un tiro de revólver, y rompió varias vidrieras, con el objeto de atraer la curiosidad de los ociosos y la atención del jefe de la policía, quien estaba en espera de esa señal.
Los trasnochadores y retardados, atraídos por el ruido, encontraron franca la entrada á la Inspección de policía, y aun algunos de ellos fueron atentamente invitados á entrar, siendo todos ellos aprehendidos como personas sospechosas y peligrosas, autores y perpetradores del crimen.
Poco después, el General Berriozábal, Ministro de la guerra, un viejo asmático, aparentemente tomaba el aire fresco en un balcón de su casa, sita en la Calle de la Independencia, cuando un oficial de la policía se detuvo bajo su balcón y le dijo:--“De parte del Jefe de la policía, participo á Vd. que _ya_ lincharon á Arroyo.” Al oir esto, el General levantó las manos en actitud deprecatoria, y exclamó, sin vacilación ni asombro:--“Lo siento por la honra de la patria”.
En la mañana del 17 “El Imparcial”, periódico oficial, dió la noticia del linchamiento, informando al público que una turba violenta había matado á Arroyo, arrasándolo todo á su paso; que sólo unos cuantos habían podido ser aprehendidos y estaban rigurosamente incomunicados. Al mismo tiempo daba los nombres de los presos, y describía las armas que habían quedado abandonadas en el cuarto por los linchadores prófugos.
La primera impresión que produjo esta extraordinaria noticia, fué la del terror. Lo del linchamiento era una fábula imposible de ser aceptada por la generalidad, y sólo produjo risas sardónicas, lo que bien á las claras significaba que nadie creía que el pueblo, por una extraña novedad, se dedicase á ejercer la justicia por sí mismo.[43] Nadie dió crédito á esta invención macabra. El Presidente exclamó:--“¡Es lástima! Han cortado el hilo, y, lo que es peor, esto es una vergüenza para el país”. Así, cuando una comisión de personas prominentes, encabezada por Sánchez Ramos, fué á felicitarlo por su milagrosa salvación, le dijo:--“Lo que siento es que ya no podremos decir que en México no se lincha”. Pero nadie, repito, ni el mismo Presidente, creyó que Arroyo hubiese sido linchado. Los periódicos independientes se burlaron de semejante fábula; el sentimiento popular se hizo tan intenso y amenazador, que bajo su tremenda presión el General Mena y José Ives Limantour hicieron que se convocara á junta de ministros, de la que resultó que se ordenase por el Congreso una investigación oficial.
Se ordenó que la justicia llamase á cuentas á los autores de esa ocurrencia tan ilegal como atroz. Eduardo Velásquez, Antonio Villavicencio y Miguel Cabrera, así como los “tigres” se sorprendieron é indignaron al verse obligados á entrar en Belén, (la cárcel pública) como resultado de un servicio de “alta política”. Los jóvenes abogados que defendieron á los policías culpables, arguyeron que todos los presos, con excepción de Velásquez, no habían hecho más que obedecer las órdenes del superior, de la misma manera que los soldados obedecen á sus jefes. Excelente fué la labor de estos abogados, principalmente en las repreguntas que hicieron en el jurado. Uno de ellos, Diódoro Batalla, atrapó á Villavicencio cuando éste declaró que en la noche del asesinato, él, Velásquez y Cabrera habían tomado un coche que los condujo á la Calle de Mesones. Fué una confesión de las más perjudiciales, porque todo el mundo sabía que en ella vivía el General González Cosío, Ministro de Gobernación. Se retractó Villavicencio, y expuso que lo que quiso decir era que habían pensado ir; pero que no fueron. Pero ya era demasiado tarde. Al día siguiente Batalla fué aprehendido, con motivo de una acusación que se pregonó á son de trompeta, y estuvo durante un mes en la cárcel.
Velásquez estaba en el tormento. Fué preguntado y contrapreguntado, procurando mantener á todo trance la farsa del linchamiento popular. Combatió desesperadamente contra la verdad y contra la evidencia que se iba acumulando en contra suya y de su fútil conseja fantástica. Por último, sospechando que la invisible mano que lo había dirigido y la influencia con que había contado eran impotentes para impartirle protección, adivinando que por la irresistible lógica de los acontecimientos sería sacrificado como el chivo expiatorio de esa farsa trágica, y persuadido de que el piso se hundía bajo sus pies, perdió la cabeza, y acorralado como jabalí salvaje por una traílla de tenaces sabuesos, se resolvió á luchar por su postrera posibilidad, de la que dependía su existencia. Pálido y trémulo de excitación, se levantó declarando que entonces iba á decir la verdad, toda la verdad; pero el juez lo contuvo súbitamente, bajo el pretexto de que era demasiado avanzada la hora, añadiendo que podría hacer su declaración al día siguiente.
Al día siguiente publicó “El Imparcial” la noticia del “suicidio”. Tres días antes “El Mundo”, nombre que tenía la edición vespertina de “El Imparcial”, había publicado la misma noticia, evidentemente como un aviso confidencial de que, más tarde ó más temprano, había de acontecer. Villavicencio, Cabrera y los siete “tigres” fueron sentenciados á muerte, pero, en seguida, y en virtud de alguna irregularidad técnica, fué conmutada la sentencia, por el juez Flores, en la de seis años de prisión. Villavicencio siguió gozando de la protección del General González Cosío, quien, cuando estuvo en libertad, lo nombró jefe político de Atzcapotzalco; pero toda la población de esa respetable villa, cercana á la ciudad de México, se indignó por tal nombramiento y elevó una protesta al Presidente Díaz. Villavicencio fué entonces nombrado jefe de la policía secreta, y, más tarde, inspector de la cuarta demarcación, la que es de tanta importancia como el “Tenderloin” en New York.
La parte interna de esta historia es la siguiente: el General Berriozábal y el General González Cosío habían fraguado un golpe de Estado, con el objeto de apoderarse del gobierno después del asesinato del Presidente Díaz. En sus manos tenían el poder inmediato de la nación, pues el ejército estaba á las inmediatas órdenes de Berriozábal, y la policía y los jueces de distrito eran manejados por González Cosío. Se valieron de Velásquez como de un instrumento, sobornándolo con la promesa de hacerlo gobernador, y Velásquez, á su vez, se valió de Arnulfo Arroyo para asesinar al Presidente, sin que sepamos qué promesas le haría Velásquez, ni de qué argumentos usaría para arrastrarlo á una fechoría tan desesperada. Además, Velásquez contaba con un indio, llamado Florentino Cortés, á quien se le había pagado para que vigilase al Presidente durante la procesión cívica, con orden de matar á quien quiera que atentase contra su vida.
El 15 de Septiembre se emborrachó Arroyo, en Atzcapotzalco, y fué arrestado, permaneciendo en la cárcel durante toda la noche. Al día siguiente, cuando estaba Arroyo aún con la “cruda”, fué puesto en libertad, sin que le devolviesen el revólver que portaba, y que le fué confiscado. Como si estuviese sugestionado por una voluntad tenaz y mucho más enérgica que la suya, que lo impulsaba á asesinar al Presidente, llevó á cabo su intento de la manera y con el resultado que dichos quedan. Cortés llegó demasiado tarde para desempeñar el papel que se le había encargado, pues el Presidente, sospechando que se trataba de un complot, intervino á tiempo para salvar la vida de Arroyo.
Como dije más arriba, apenas llegó Arroyo á la Inspección de policía, ordenó Velásquez que le pusiesen una camisa de fuerza y una mordaza, temiendo que aquella miserable criatura llegase á “cantar” y lo traicionase, lo mismo que á los “que estaban más arriba”, porque Velásquez jamás habría conspirado contra la vida del Presidente por cuenta propia.
Así, pues, la pronta eliminación de Arroyo se imponía imperiosamente, y aunque el General Díaz deseaba que Arroyo fuese conservado vivo, el sistema fué más poderoso que su deseo. El linchamiento fué efecto de la rápida concepción de cerebros excitados por la alarma, pues de seguro que si se hubiese reflexionado á sangre fría, se hubiese desechado tal proyecto, por absurdo. Es evidente que ninguno de los autores sospechó el horror y la indignación que tal acto había de provocar, y el resultado fué la aprehensión de todos los linchadores, y la de Velásquez con ellos. Que la vida de Velásquez estaba sentenciada desde el principio, está probado por la publicación prematura de su “pretendido suicidio”, en “El Mundo”, periódico oficial, bien se considere la noticia como un error, bien se la tenga como una advertencia de que tal suceso podría ocurrir. Que González Cosío había dado instrucciones al juez que conocía de la causa de Velásquez, es cosa que se prueba por la encarcelación del Lic. Diódoro Batalla, cuando éste arrancó á Villavicencio la confesión de que el trío de jefes de la policía había ido á la Calle de Mesones. ¿Quién sino González Cosío podía tener interés en suprimir la especie, puesto que todo el mundo sabía que los tres jefes de la policía mencionados habían ido á dicha calle con el único y exclusivo objeto de hablar con él, y con nadie más que con él? ¿A quién no llama la atención el acto de ese juez que suspende la confesión del acusado, posponiéndola para el día siguiente, cuando tenía la certidumbre de que éste no llegaría á ver la luz del subsecuente día? Cuando el periódico oficial, “El Mundo”, dió con tres días de antelación la noticia del “suicidio” de Velásquez, el Gobernador Rebollar ordenó al alcaide de la cárcel que perquisiese minuciosamente el cuarto y la persona del preso, para cerciorarse de que no tenía ninguna arma oculta. A pesar de la cuidadosa inquisición, nada se encontró, y, sin embargo, á la mañana siguiente á la noche del “suicidio” se encontró, junto á la cama de Velásquez, el revólver con que se supone que se privó de la vida. En la noche de referencia, una hora antes, minutos antes del “suicidio”, Villavicencio se encontraba charlando con varios individuos en lugar cercano al cuarto que ocupaba Velásquez, y con cualquier pretexto fútil, se levantó, dejó la pieza en que se encontraba, y, á poco, volvió para proseguir la conversación.
Durante su ausencia se oyó el disparo de una pistola en el cuarto de Velásquez,--el tiro que privó de la vida al desarmado “suicida”. Al día siguiente la historia del “suicidio” se puso en circulación. El General González Cosío jamás habría visitado secretamente á su protegido Villavicencio en Belén, impulsado por la mera amistad, pues hombres de su calidad no comprometen su honor para proteger á asesinos, á no ser que haya algún motivo imperioso y gran peligro en no hacerlo. ¿Quién, sino un hombre poderoso, como González Cosío, pudo forzar á un juez á revocar una sentencia de muerte, conmutándola en la de seis años de prisión? ¿Quién, sino ese mismo poder oculto, protegió incondicionalmente á hombres como Villavicencio y Cabrera, durante su permanencia en la cárcel, y los sigue protegiendo hoy aún?
El General González Cosío es el responsable de todo este negocio tan tenebroso y tan deshonroso. No llegó á sentarse en el trono; pero cortó los dos hilos que pudieron haber servido para colgarlo de una horca.
Continúa aún en el Gabinete, como Ministro de la guerra, revoloteando al rededor de todas las carteras, como un “tiovivo”. Pero Porfirio Díaz es un viejo zorro astuto, que no olvida, y por eso conserva al pretendiente cerca de él, como un rehén.
Puede haber temporalmente secretos de Estado; es imposible que haya _secretos nacionales_. Y lo único que se consigue con el _método de las presentaciones oficiales de un país_ á los extranjeros es perder el crédito como gobierno sin hacer subir el del país.
F. BULNES.
La Justicia bajo el Diazpotismo.
La justicia es el objeto del gobierno; es el objeto de la sociedad civil. Siempre ha sido proseguida y lo será por siempre hasta que se obtenga, ó hasta que se pierda la libertad en la prosecución.
MADISON EN “THE FEDERALIST”.
México ha perdido su libertad en la prosecución de la justicia. La justicia de México está oculta dentro de la palma de la mano de un embaucador político, quien de seguro morirá antes que su formidable garra suelte á esa justicia ya marchita, ajada y deformada.
La reputación política de un pueblo está basada en su justicia, la independencia de sus tribunales y la incorruptibilidad de sus jueces. La primera pregunta que hace un extranjero respecto á una nación es la de que si las inversiones están garantizadas, si la libertad personal está asegurada.
En México hay dos clases de justicia, una para los extranjeros, otra para los mexicanos. La experiencia enseñó á Porfirio Díaz que la mayor parte de las guerras é intervenciones extranjeras se deben, en México, á los perjuicios legales y á las diferencias arbitrarias de que han sido víctimas los extranjeros. Por eso uno de sus mandamientos políticos ha sido tratar á los extranjeros con tanta cautela y equidad cuanto puedan permitirlo las circunstancias. El extranjero lleva al país dinero ó energías; trabaja y ayuda á mejorar las condiciones económicas de la nación, sin intervenir en los asuntos políticos, y sin más ambición que la de enriquecerse. Si lo oprimen ó lo tratan mal, puede provocar complicaciones internacionales y desacreditar al país pidiendo la protección de su cónsul ó de su ministro. Por otro lado, en el régimen de Díaz, el hijo del país no representa la misma suma de ventajas para éste que el extranjero, pues el mexicano es afecto á la política y, por lo tanto, interfiere con el poder y con la ambición del déspota.
La justicia por naturaleza es esencialmente democrática, sus veredictos no se inspiran en consideraciones de castas, de abolengo, de influencia ni de fortuna. De ahí se desprende lógicamente que la justicia, tomada en su sentido puro, no puede albergarse en una nación regida por un sátrapa, puesto que todo gobierno unipersonal está conglobado en el tipo aristocrático.
Artificiosa y sagaz ha sido la política de Porfirio Díaz al ofrecer justicia, sinceridad y privilegios especiales á los extranjeros; á sus esbirros, inmunidad para sus licenciosos actos, favor y protección; y á los nacionales independientes, arbitrariedades, injusticias y chicanas.
Porfirio Díaz es la representación del bifronte Jano: por delante presenta el rostro de Minerva, serio, tranquilo, justo, profundo y noble. Esta es la cara para los de fuera; pero visto por detrás, presenta la cara reservada para los mexicanos: la máscara de Medusa, terrible, atormentada por el miedo y la crueldad, algo que causa espanto por sus petrificadas líneas de violencia.
Porfirio Díaz tiene un socio español, llamado Íñigo Noriega, que está muy rico y es hombre de gran astucia y de enorme influencia. Nada más curioso que ver á diario á los magistrados de la Suprema Corte y á los jueces federales en las antesalas de ese español para discutir con él las resoluciones que deben dictarse en asuntos judiciales.
Los jueces están corrompidos de la manera más desvergonzada y cínica; los que no están corrompidos y procuran cumplir con sus deberes, siempre obedecen las órdenes de todos los satélites del ministro y del subsecretario de Justicia y de Porfirio Díaz, cuyo simple deseo es una orden. Tómese al acaso de la lista de los jueces cualquier nombre, y se tendrá una idea del tipo de hombre que administra justicia en México.
_Demetrio Sodi._ Natural de Oaxaca. En ocho años de desempeñar la judicatura ha realizado una fortuna de más de un millón de pesos. Hoy es presidente de la Suprema Corte de la Nación, y ha sido magistrado, presidente de los debates y agente del gobierno.
Es el tipo perfecto del cortesano, lacayo del Presidente. Como el gobierno favorecía la supresión del jurado popular, en una entrevista presentó el siguiente argumento en contra del sistema: “Cualesquiera que sean las intenciones de los jurados, siempre puedo hacer que falle de conformidad con mis propósitos”. Entre sus aforismos está el de que _no hay más justicia que la real gana de quien manda_.
_Telesforo Ocampo._ Joven aún. Hace menos de un año estaba juzgando un caso de homicidio, cuando una noche, en una comida con varios amigos, apostó con el abogado defensor que obtendría sentencia de muerte contra el acusado. El defensor aceptó la apuesta, y, en prueba de buena fe, exigió una constancia por escrito de la tal apuesta, cuya pena era la de pagar una comida por el que perdiese. Un periódico se hizo del documento y lo publicó con los datos de la apuesta, creando gran escándalo é indignación. Todo el mundo esperó que Ocampo fuese destituído del foro. Pero sucedió lo inesperado: el abogado defensor fué á la cárcel por faltas al juez; Ocampo sentenció á muerte al acusado, y ganó su apuesta--y continúa administrando “justicia”, sin que nadie le moleste y sin haber recibido siquiera una amonestación del Ministro de Justicia ó de Porfirio Díaz.
Uno de sus axiomas es el de que “todo acusado es un criminal y, por lo mismo, debe ser condenado”.
_Eugenio Ezquerro._ Juez 3.º correccional. Ha sido acusado por once cargos y se han cometido en su juzgado verdaderos horrores, á pesar de todo lo cual permanece en su puesto por ser un protegido de Don Lorenzo Elízaga. En 1904 metieron en la cárcel á todos sus secretarios por haberse robado las multas impuestas. La absolución fué completa. Todo el que tiene dinero puede arreglar su caso con el juez. Ezquerro se ríe cínicamente de la justicia mexicana y la llama “_una pamplina que da de comer á mucha gente_”.
_Trinidad Meza Salinas_ es otro ejemplar representativo del juez. Es un ex-abogado que fué sentenciado á seis años de prisión por el delito de bigamia. Después de haber cumplido la sentencia en la cárcel de Belén, se hizo defensor y protector de los pobres. Cometió mil estafas, triquiñuelas y pequeñas picardías hasta el punto de que la misma Comisión de Vigilancia, tan soñolente de suyo, tuvo que dictar providencias en su contra. Fué acusado de varios delitos, pero repentinamente se sobreseyó en su causa y lo nombraron secretario de un tribunal, juez y agente del gobierno en el departamento de la Guerra.
_Justino Fernández._ Este es el Ministro de Justicia, un hombre decrépito, con un pie en la tumba y el otro que nada tiene que hacer fuera de ella. Lo hizo ministro Porfirio Díaz, de quien es pariente, y confía en que no se entremeterá en los asuntos del departamento de justicia. Eso de Ministro de Justicia no es más que un modo de hablar, y tiene de común con la alegórica representación de la Justicia el ser casi ciego y tan sordo como una tapia. Cuando se solicita de él que resuelva una cuestión judicial, desdeña hacerlo, considerándola como cosa extraña á su departamento. A pesar de esto, con frecuencia asienta axiomas que evidentemente están recogidos en los campos de Friedrich Nietzsche, Porfirio Díaz, y, algunas veces, en los de Sancho Panza.
BELÉN.--LA BASTILLA MEXICANA.
Si los jueces están corrompidos fácil es colegir lo que será la prisión ó lugar de expiación de los delitos. Nadie puede figurarse lo que es Belén, esa Bastilla mexicana, limbo y purgatorio á la vez. No está descrita en los libros de los viajeros, porque los viajeros no son recibidos como visitantes en ese lugar de tormento.
“El Infierno” del Dante tenía círculos con una profundidad en relación con las iniquidades cometidas por el pecador; pero si se compara con Belén el “Agujero Negro” (The Black Hole) de Calcutta, resulta éste un salón de recreo, así como las prisiones de Siberia aparecerían como instituciones filantrópicas, y los “Piombi” ó calabozos de los palacios de los Dux, confortables residencias.
Belén es la superlativa expresión de la injusticia mexicana y un ejemplo de la equidad de Porfirio Díaz, el Justo, el Recto, el Imparcial. Belén no es una cárcel, ni una galera, ni un presidio; es Gehenna, el abismo de Aqueronte; una enfermedad inmencionable en el cuerpo de la justicia mexicana; una inmensa cloaca que contiene gusanos, inmundicia, carroña, enfermedades, poluciones y depravación; llena de pájaros de presidio, aprensados como sardinas en lata, tratados como reses. Es una abominación sobre la faz de la tierra, un céspol humano, una muestra sucia y apestosa del benévolo interés que se toma el viejo déspota por todo aquello que está oculto á las miradas de los extranjeros.
El gobierno de Díaz ha gastado millones de pesos en un parque y en una calzada para coches en Chapultepec, en una oficina de correos modelo, en un clásico edificio para los telégrafos, y en un palacio monumental para el Congreso; gasta de 8 á 10 millones de pesos en un teatro de mármol, para la ópera, que resultará una maravilla. Pero, en cambio, los planos para una cárcel modelo sugerida por Guillermo de Landa y Escandón, se están pudriendo desde hace seis años en los archivos del gobierno.
Belén, que tiene el tamaño de una media manzana de New York, encierra de cinco á seis mil hombres, unos 300 muchachos y 600 mujeres. Hay una galera de 180 metros cuadrados en la que se supone que deben dormir 1800 hombres, quienes tienen que emprender feroz lucha para conseguir un pedazo del suelo en que tenderse á descansar, y los más débiles se ven obligados á quedar de pie, ó á estar sentados, ó á echarse los unos sobre los otros.
Chinches, piojos, pulgas y toda clase de insectos pululan por miriadas, y si se da una palmada en cualquiera parte de la pared, se aplasta cientos de esos bichos.
El alimento es incomible, y á veces queda expuesto al sol ó á la lluvia horas enteras antes de ser distribuído.
Permítese á los hombres tomar un baño de regadera, pero no se les da jabón ni un trapo para que se enjuaguen, y cada cual se seca como puede.
El resultado de tal orden de cosas es el gran número de epidemias y la frecuencia de la tuberculosis entre aquellos desgraciados. “El Diario”, en su número de 7 de Octubre de 1908, publicó la lista de los presos que en un solo día contrajeron el tifus en la cárcel de Belén: CIENTO SETENTA Y SEIS CASOS.--Al día siguiente no fué posible conseguir la lista de los nuevos casos: la autoridad suprimió la verdad.
Los guardianes de la prisión tienen un poder absoluto. La mayor parte de ellos son presos también; extorsionan, roban y cometen toda clase de villanías, brutalizan y algunas veces matan á palos á los presos refractarios.
La sodomía es desenfrenada y está fomentada por los guardianes; hombres y niños tienen que prestarse, por voluntad ó por fuerza, á esa práctica abominable, y válense para ello del alcohol y de la marihuana.
Hay una Comisión de Vigilancia, compuesta de doce individuos, quienes se supone que están encargados de cuidar de que no se cometan abusos, ni se viole la ley, ni se falte á los reglamentos interiores. Estos visitan la prisión cada tres ó cada seis meses; pero algunas veces electrifican sus actividades, como el Consejo de los Diez de Venecia, si reciben algún anónimo procedente de algún preso.
LA PENITENCIARÍA.
A despecho de su apariencia de salubridad y de limpieza, este es un lugar de refinada y sutil inquisición. Los presos son maltratados, mal alimentados, mal cuidados. En siete años entraron 1275 penados, de los que fallecieron 162. Obligan allí á los sentenciados á trabajar, pagándoles la décima sexta parte del jornal del trabajador peor retribuído. Los guardianes, como en Belén, son todo poderosos, brutales é injustos. El director de la prisión aumenta meses de recargo de pena á la sentencia de un penado por el solo informe de un guardián, sin entrar en más averiguaciones. Los infelices penados andan casi desnudos, si no tienen ropas propias ó no hay una persona caritativa que se las proporcione. Los médicos visitan la prisión cada ocho días, ó cada diez.
LA ESCUELA CORRECCIONAL.
Así llamada por equivocación, porque, en realidad, es una escuela para el desarrollo de vicios y crímenes, en la que cumplen sus sentencias los menores de edad. De allí salen los muchachos graduados de ladrones, rateros, pederastas, rufianes, matones y de algo peor. Se les trata allí como á animales y están obligados á trabajar sin remuneración alguna, en beneficio de los amigos de la administración.
Hay un término que con frecuencia se oye en México cuando alguien es enviado á la cárcel en virtud de cualquiera acusación: “Incomunicado”, que equivale á que el detenido no puede tratar con su defensor, su familia ni con nadie que no sea el juez, ni de palabra ni por escrito. Esta es un arma poderosa en las manos del juez y de las autoridades de la prisión, y para cuando se trata de periodistas ó de pobres extranjeros, para evitar que se comuniquen con los representantes de su nación.
Un tal Manuel Bátiz permaneció incomunicado, en Belén, durante cuatro meses; Juan Garduño, durante siete meses; Luis Torres DOS AÑOS.
Hace dos años publicaron los periódicos la historia del descubrimiento de un individuo que había estado en Belén durante veinte años, esperando, según él dijo, que se presentase alguna acusación en su contra. El Czar Porfirio Díaz, en su bondad infinita, perdonó á aquel desgraciado.
Voy á presentar algunos ejemplos del descuido, incompetencia y menosprecio de los principios más elementales de la justicia.
_Francisco Reyes._ Fué sentenciado á muerte por haber matado á su novia. Después de haber estado once años en Belén, terminó el juicio, y como fué sentenciado á muerte le conmutaron la pena en la de veinte años de prisión. Pero no le descontaron los once años que llevaba de estar preso, de modo que la pena resultó de 31 años. Cuando su defensor habló con el Ministro de Justicia para enmendar el error, éste le contestó de salomónica manera: “Para aquellos que están dentro de la ley, todo; para aquellos que se han puesto fuera de la ley, ni siquiera aire para respirar.”
_Francisco Ramírez._ Huésped de la Penitenciaría, de 16 años de edad. Aunque inocente, fué sentenciado á diez años de prisión, por homicidio, sin que apenas se le permitiera defenderse. Protestó y pidió que se le sometiera á juicio, pues estaba en aptitud de probar su inocencia y de revelar el nombre del verdadero culpable. Se le contestó que se callase, ó que lo pasaría peor.
_A. Guerrero._ Sentenciado á ocho años de prisión por asesinato. Cuando tres años más tarde fué aprehendido su hermano, acusado de complicidad, se revisó el caso y fué condenado Guerrero á muerte. Su abogado fué á ver al Ministro de Justicia para hablarle sobre la apelación de la sentencia, por ser ilegal; el Ministro le contestó: “La generosidad es el atributo de los débiles; los hombres fuertes usan siempre de la severidad.”
_Samuel Karsenty._ Francés, de 45 años de edad. Giró por $50,000 á cargo de un banco de París, y su giro no fué pagado. Fué aprehendido y en la causa criminal salió absuelto, porque la acción era meramente