Metamorfóseos o Transformaciones (4 de 4)
Part 8
Como Vénulo y los demas que le acompañaron se volvieron refiriendo que Diomedes les habia negado el auxilio que habian ido á pedirle, los rútulos tuvieron que continuar sin él la comenzada guerra, en la que de una y otra parte se derramó mucha sangre. Turno procuró incendiar las naves de Eneas, arrojando contra ellas teas encendidas. El fuego ya habia prendido en los buques, sirviendo á la llama de alimento la brea y demas combustibles, é iba ya subiendo el incendio á las velas y mástiles, y humeaban los bancos de los remeros. En este estado y conflicto la madre de los Dioses Cibeles, acordándose que estas naves se habian construido con madera del monte Ida,[114] se dejó ver en medio de los aires subida sobre su carro uncido de leones,[115] y despues que se llenó el aire con el sonido de los instrumentos de metal que la acompañaban, y que ella misma sonó su trompeta, dijo: „En vano, Turno, te aplaudes á la vista de la llama que tu mano sacrílega acaba de encender: yo la apagaré, y no permitiré que el voraz fuego abrase los trozos y miembros de mis bosques.” La Diosa hablaba aun cuando se oyó un fuerte trueno, al cual siguieron unos grandes aguaceros mezclados con granizo. Los vientos irritados turbaron los aires é hincharon el mar, levantando de repente furiosas olas, arremolinándose, y soplando con ferocidad de partes contrarias. Valiéndose Cibeles de la violencia de uno solo de ellos, le hizo soplar de modo que rompió los cables con que estaban amarradas las naves troyanas, y alejándolas con una violencia que las hacia caminar inclinadas y de costado, las sumergió en lo mas hondo del mar. Alli se ablandó la dureza de la madera; y convirtiéndose esta en flexibles cuerpos, las corvas popas tomaron figura de cabezas; los remos se volvieron piernas, pies y dedos; lo que antes era costado quedó por tal, y la quilla por espinazo; las cuerdas se hicieron suaves cabellos, y las antenas brazos, quedando solo el antiguo color; y de este modo fueron convertidas en Ninfas del mar que jugaban sobre las olas, que antes tanto temian; y las que habian tenido su nacimiento en los ásperos montes, ahora se regocijan en medio de los mares, sin acordarse de su antiguo orígen, pero sí de los muchos peligros que habian sufrido en el mar; y poniendo sus manos por la parte de abajo enderezaban las naves inclinadas, y que iban á peligrar, no siendo las que llevaban griegos á su bordo. Como las tales Ninfas se acordaban de las calamidades y ruina que padeció Troya cuando eran naves, despues de su transformacion conservaron el odio á los griegos, y vieron con gozo y alegría el naufragio de la nave de Ulises, y que la de Alcinóo cuando iba navegando se convirtiese en una roca, y se vistiese de dura piedra lo que antes era leño. Era de esperarse que el prodigio de la escuadra animada de las Ninfas en que habian sido convertidas las naves troyanas pusiese miedo á los rútulos, y les hiciese desistir de la guerra; pero en lugar de ello esta se enardeció y siguió, teniendo cada partido sus deidades en favor: cada uno de los dos héroes Turno y Eneas, con una animosidad como de Dioses, se empeñaban en la guerra, menos ya por defender los estados dotales y el reino del Rey Latino, suegro del segundo, y por retener por muger á su hija Lavinia, que por solo el vivo deseo de la victoria, el cual les habia enardecido hasta el grado de que tenian por cosa afrentosa y vergonzosa el darse á partido, y desistir sin haber vencido. El suceso que tuvo tan empeñada y porfiada guerra fue que Venus tuvo la complacencia de ver vencedor á su hijo Eneas, y que Turno fuese vencido y muerto á manos de aquel. La ciudad de Ardea, corte y cabeza del reino, y que mientras vivió Turno se tenia por inexpugnable, y estaba en el mayor auge de su poder, fue asaltada y tomada por las armas troyanas, que la incendiaron y abrasaron, dejando todas las casas y edificios reducidos á un gran monton de ardientes y humeantes cenizas, del cual se vió salir una ave hasta entonces nunca vista, la cual esparcia las cenizas con el movimiento de sus alas. El triste canto, la flaqueza y el color de esta ave eran á propósito para denotar la calamidad de una ciudad tomada y saqueada. Llamóse Ardea, conservando el nombre de la ciudad de cuyas cenizas se formó y salió, y ella misma en demostracion de dolor se hiere con sus propias alas.
Con esta victoria, y con las empresas que á tanta costa habia concluido el valor de Eneas, suspendió y detuvo la antigua ira de todos los Dioses, y hasta de la misma Juno, y les obligó á ponerla fin. Cuando ya Eneas, despues de fundado y establecido felizmente el reino para su hijo Ascanio, estaba en sazon de ser trasladado al cielo, Venus su madre visitó y suplicó por él á todos los Dioses, y asida al cuello de su padre Júpiter, despues de muchas caricias le dijo: „Padre mio, que nunca te has mostrado duro y negativo á mis súplicas, ruégote que ahora seas mas piadoso y condescendiente que nunca á la que te voy á hacer, y es que á mi hijo Eneas, que por mí desciende de tí, y eres su abuelo, le concedas algun rasgo de divinidad, aunque sea poco, pues me contentaré con tal que le concedas algo, y le eleves al número de los Dioses menores. Bastante mérito es el que haya una vez bajado á ver el desagradable reino de Pluton, y haber una vez atravesado la laguna Estigia.” Todos los Dioses manifestaron anuencia, y la misma Juno no solo no mostró indiferencia en su semblante, sino que explicó su consentimiento con palabras cariñosas, y que denotaban que ya se habia aplacado su ira. Entonces Júpiter dijo á Venus: „Tú y tu hijo sois dignos del don de la divinidad, y de que se te conceda lo que pides, y para quien lo pides. Ten, hija mia, por concedido lo que deseas.” Con esta respuesta que le dió Júpiter se llenó Venus de alegría, y dió gracias á su padre, y desde alli, conducida por los vientos en su carro tirado por palomas, se dirigió á las playas de los Laurentes, donde el rio Numico, que corre entre espesos cañaverales, desemboca en el vecino mar. Á la deidad de este rio encargó que lavase y purificase á su hijo Eneas de todo lo que tenia de mortal, y le entrase en el mar con mansa y suave corriente. El rio egecutó el encargo de Venus, y con sus aguas purificó y quitó á Eneas lo que tenia de mortal, dejándole solo la parte mas noble é inmortal.[116] Venus despues de este rito de lustracion ungió el cuerpo de su hijo con una celeste esencia, y le lavó el rostro con ambrosía mezclada con el dulce néctar, con lo cual le dejó hecho Dios. El pueblo romano le llama y tiene por uno de los Dioses Indígetes, y le recibió como tal en sus aras y en sus templos.
Despues de la deificacion de Eneas los dos reinos albano y latino quedaron bajo la dominacion de su hijo Ascanio, que tuvo dos nombres, siendo el primero Julio, al cual sucedió su hermano Silvio, y Latino, hijo de este, renovó el cetro, reino y nombre antiguo de Silvio su padre. Despues reinaron Alba y Epito su hijo, al que siguieron por su órden Capis y Capeto, del cual fue hijo Tiberino, que habiéndose ahogado en el rio Albula, le trocó el nombre en el de Tíber. De Tiberino fueron hijos Rémulo y Acrota. El primero, que era el mayor, murió á la violencia de un rayo en castigo de haber intentado aterrar á los hombres con fingidos y artificiales rayos como si fuera Júpiter. Acrota, mas modesto y moderado que su hermano, poseyó el reino, y por su muerte le dejó á Aventino, el que habiendo sido enterrado en el mismo monte en que habia tenido su palacio, le dió el nombre de monte Aventino. Sucedió Proca, que tuvo su aula y habitacion en el monte Palatino, y gobernó desde él.
FÁBULA IX.
_VERTUMNO Y POMONA._
En tiempo del Rey Proca hubo una famosa muger llamada Pomona, que se aventajaba á todas las Hamadríadas latinas en el cultivo de los jardines, y ninguna fue mas cuidadosa que ella en la crianza y conservacion de las frutas, por lo cual se le dió el nombre de Pomona.[117] No frecuentaba las selvas ni los rios; sus delicias eran los amenos campos, y los árboles que producen delicadas frutas. Su mano derecha no estaba acostumbrada al manejo del dardo, sino al de la podadera, con la cual unas veces cortaba á los árboles lo superfluo para que sus ramos no se extendiesen mas que lo regular, y otras les hendia la corteza, é ingeria en ella el renuevo de otro árbol, y le alimentaba y hacia vivir con el jugo ó savia del ingerido: ademas de esto tenia cuidado de humedecerles la tierra, y regarles con corrientes aguas las fibras de sus chupadoras raices. Estos eran sus cuidados, y esto formaba toda su diversion, sin que nunca hubiese conocido ni menos apetecido los deleites de Venus; mas con todo recelándose de alguna violencia de los rústicos de aquellos campos, habia cercado sus jardines para que ninguno pudiese entrar en ellos, y estar defendida del trato, que aborrecia, de los hombres. ¿Qué no hicieron para solicitarla los Sátiros, juventud inclinada á los bailes? ¿Qué no hizo el Dios Pan coronado de pino? ¿Qué no hizo Sileno, cuanto mas viejo mas entregado á los juegos juveniles? Y ¿qué no hizo en fin para reducirla á su amor aquel otro Dios que espantaba de los jardines á los ladrones con su guadaña?[118]
[Ilustración: (136) Vertumno, transformado en vieja, logra el amor de Pomona.]
Pero aunque á todos estos excedia en amarla Vertumno,[119] no era mas afortunado ni mas bien correspondido que los demas. ¡Cuántas veces en trage de segador, y que nadie le tendria por otra cosa, se le presentó llevándole una cesta llena de espigas! Otras muchas veces, llevando sus sienes coronadas de verde heno, parecia segador de yerbas. Otras con la ahijada en la mano parecia labrador que acababa de desuncir los cansados bueyes. Cuando llevaba una podadera se juzgaria que era podador de viñas. Si llevaba á cuestas la escala, se diria que iba á coger manzanas. Con una espada parecia que era un soldado, y con la caña en la mano un pescador. Por medio de tantos disfraces muchas veces tuvo el gusto de presentarse ante Pomona, y recrearse mirando su hermosura. Por último tomó la figura de una vieja; llenó de arrugas su rostro y su cabeza de canas, adornada con una pintada mitra,[120] y sosteniéndose en un báculo: en esta forma entró en el jardin de Pomona, y en tono de admiracion al ver las frutas, la dijo: „Ciertamente que eres de fino gusto y delicada y diestra en el cultivo de los árboles;” y al mismo tiempo que la alababa la dió algunos ósculos, que parecian de mas viveza que los de una vieja: despues se sentó sobre unos terrones, mirando que los árboles tenian sus ramos encorvados y agoviados con el peso de las frutas ya sazonadas. Habia en frente de ella un bien copado olmo, que estaba lleno de racimos de uvas; y despues de haber alabado la industria de enlazar al olmo una parra, de la que pendian los racimos, dijo: „Si este árbol estuviese solo, y sin los sarmientos que tiene entretejidos, nada mas tendria que hojas, ni habria en él cosa que fuese apetecida; y si la vid ó parra que apoya sobre el olmo no estuviese enlazada con él, estaria tendida y arrastrando sobre la tierra. El egemplo de ese árbol deberia hacerte deponer la aversion á casarte, y persuadirte é inclinarte al consorcio. ¡Oh! si te dejases inclinar á él y le apetecieses, tendrias mas pretendientes que la hermosa Elena, mas que la gallarda Hipodamia, que fue causa de la sangrienta batalla entre los Lapitas y Centauros, y mas que la casta Penélope, muger del tímido y al mismo tiempo audaz é intrépido Ulises. Aun ahora, sin embargo de tu aversion y natural desdeñoso, te solicitan y galantean mil pretendientes, tanto semi-Dioses como Dioses de los agrestes que residen en las montañas Albanas. Tú, si eres cuerda, si apeteces colocarte bien, y si quieres admitir los consejos de esta experimentada anciana, que te ama mas que ninguno de tantos pretendientes, y mas que lo que tú puedes creer y comprender, no hagas caso de los vulgares y ordinarios, sino elige para tu union al Dios Vertumno, por cuyo amor y fidelidad salgo yo por fiadora, pues no se conoce él tan bien á sí mismo como yo le conozco, ni es una deidad que ande vagando por todo el orbe, sino que tiene su asiento y residencia fija en estas selvas y bosques: mira que no es de la clase de los que apetecen y aman la última que vieron. Tú eres para él el primero y el último objeto de su ardiente amor, y solo á tí se reserva y dedica la flor de sus años: añade á esto que es un gallardo jóven, que reune en sí las gracias de la edad y de la naturaleza, y que tiene la habilidad de transformarse con aptitud y elegancia en todas las figuras que se le antojan, y hará cuanto tú quieras, aunque le mandes lo mas dificil; y á mas de esto es de tu mismo gusto é inclinacion, y procura llevarte la ventaja en el cuidado y esmero de las frutas: hace mucho alarde y aprecio de las que son de tus jardines; pero lo que principalmente ama y desea es á tí, y no á otra cosa alguna, á quien pospone las sabrosas frutas y las yerbas y plantas de delicado jugo que se crian en los huertos. Compadécete de su amor, y cree que es él mismo el que te está requebrando y hablando por mi boca. Teme la venganza que toman los Dioses contra los insensibles; teme á la Idalia Venus, que aborrece los corazones duros y que se resisten al amor, y teme por último la ira de la cruel Nemesis, que nunca se olvida ni se desentiende del merecido castigo.
FÁBULA X.
_IFIS Y ANAXARETE._
„Para que temas con mas razon (pues por mi mucha edad sé y he conocido muchas cosas) te contaré un suceso muy notorio y sabido en toda la isla de Chipre, y su referencia podrá suavizar la resistencia y dureza de tu inclinacion, y hacerte mas fácil á los ruegos y al amor. Ifis, continuó la fingida vieja, nacido en dicha isla de padres humildes y plebeyos, vió á la noble y hermosa Anaxarete, que traia su antigua é ilustre descendencia de Teucro, hijo de Telamon. Su vista encendió en él un activo fuego de amor, que le penetró hasta los huesos y medulas. Sin atreverse á descubrirle le resistió bastante tiempo, hasta que llegó al extremo de que ya no bastaba la razon para reprimir y tener oculta la vehemencia de su pasion, la cual le dirigió y condujo hasta el atrio y primera entrada de su querida en busca de ocasion de suplicarla y manifestarle su amor. Alli unas veces viendo al ama ó camarera de Anaxarete, y manifestándole el extremo de su amor, la rogaba por la salud de su alumna le fuese para con ella buena intercesora, y la ablandase á su cariño. Otras veces se valia de los criados, á los que hablaba en un tono cariñoso y lisonjero, y les rogaba con mucho ahinco le proporcionasen algun favor de su señora: muchas veces les daba billetes para que se los entregasen, manifestándola en ellos lo fino y excesivo de su amor: otras veces se explicaba poniendo á las puertas y ventanas guirnaldas y ramos de flores humedecidas y regadas con el rocío de sus lágrimas: siempre estaba en el portal, reclinando su delicado cuerpo y cabeza en el duro umbral, y alli se quejaba y maldecia aquellas puertas, que para él siempre estaban cerradas. La esquiva Anaxarete se desentendia á todas estas demostraciones, y mas sorda que el mar cuando se embravece, y mas dura que el hierro Nórico[121] y que el peñasco vivo y aun no cortado y arrancado de la cantera, despreciaba las ansias de Ifis, y se burlaba de ellas con hechos de desprecios y burlas pesadas, y llegó hasta despedirle con palabras orgullosas, desesperanzando enteramente á su amante. No pudo Ifis sufrir con paciencia el tormento de tan durables y tan constantes desprecios, y la respondió y exclamó diciendo: „Has vencido, Anaxarete; tu dureza se ha resistido á mi amor; ya desengañado no volveré á importunarte ni á causarte mas molestia; prepara alegres y solemnes triunfos, entona himnos y cánticos triunfales, aclama á Apolo con el epíteto de Pean,[122] y ciñe tus sienes con laurel, pues me has vencido, y tu esquivez ha despreciado mi amor; yo muero de buena gana como víctima de tu desprecio. Ea, cruel y de empedernido corazon, gózate y recréate con la victoria; pero entiende que tendrás que alabarme en algo, y que aunque mas me desprecies, habrá en mí alguna cosa que te sea grata, y por ella tendrás que reconocer y confesar mi mérito; y entiende tambien que mi amor no cede por tus desprecios, y que no se acabará en mí antes que la vida; pues á un mismo tiempo habré de carecer de ella y del amor que te tengo. No pienses que la fama y la voz popular serán las que te hagan sabedora de mi muerte; yo mismo me presentaré á tí, y te daré noticia de ella, y deleitarás tu vista empleándola en mi cadaver, y en mirar un triste despojo de tu esquivez. Pero ¡ó Dioses! si es que teneis algun cuidado de los sucesos de los mortales, no os olvideis de los mios (ya no puede mi lengua proseguir suplicándoos); disponed de modo que llegue á los mas remotos siglos la fama y noticia de la dureza de Anaxarete y de la constancia de mi amor, y dad á la fama de entrambos la larga duracion que negasteis á la vida de sus cuerpos.” Esto dijo; y dirigiendo primero su vista, y en seguida sus desmayados brazos á los postes de la puerta, que tantas veces habia adornado con guirnaldas y festones de flores, ató y puso en ella unos lazos y cordeles, diciendo: „¿Es posible, cruel é impía Anaxarete, que son estos los ramos y guirnaldas que te agradan y deleitan?” y al acabar de decir esto metió la cabeza y cuello en el lazo; se arrojó al aire, pero siempre con la cara hácia la estancia de Anaxarete, y quedó colgado y hecho un desdichado cadaver á la violencia de la dislocacion de las vertebras del cuello. La puerta, impelida del movimiento de los pies, hizo un ruido que parecia gemido, y abriéndose de pronto, descubrió é hizo manifiesto el fracaso de la muerte de Ifis: acudieron los criados de Anaxarete dando gritos. Descolgaron el cadaver, al que sin efecto aplicaron algunos auxilios; y como no diese esperanza alguna de vida, le llevaron á la casa de su madre (porque su padre ya habia muerto). Esta le tomó en su regazo, y abrazando tiernamente los yertos miembros de su hijo, despues que desempeñó aquellos sentimientos y sollozos que suelen hacer las desdichadas madres, dispuso el entierro, al que ella misma asistió llorando por medio de la ciudad, acompañando al féretro que llevaba á arder en la pira el amoratado cadaver. Por casualidad estaba la casa de Anaxarete en la carrera que llevaba el entierro, cuyos clamores y triste ruido llegaron á los oidos de la cruel Anaxarete, la cual ya empezaba á agitarse por la conciencia de su dureza y por el temor de la deidad que castiga,[123] y aunque movida de curiosidad, dijo: „Vamos á ver el entierro de este desdichado,” y se subió al último cuarto de su casa para verlo desde las ventanas, que hizo abrir. Apenas vió desde alli á Ifis en el ataud cuando se le endurecieron los ojos, su sangre se heló, cubriéndose todo su cuerpo de amarillez. Intentó quitarse de la ventana; pero quedó fija en ella. Quiso apartar el semblante, y tampoco pudo. En fin la dureza de su corazon se comunicó á todas las partes del cuerpo, que fue convertido en piedra. No creas que lo que te cuento es una ficcion. Salamina conserva aun la estatua por imagen de su señora, y edificaron en esta ciudad un templo en honor de Venus, que favorece al que se inclina al amor.
„Haz reflexion sobre esta aventura, hermosa Ninfa; no seas ya tan orgullosa, y rinde las armas al amor. ¡Ojalá que seas siempre feliz! ¡Ojalá que de las heladas de la primavera se libren las flores de tus árboles, y que los vientos del otoño derriben sus frutos!” Luego que Vertumno acabó esta historia, que no movió á Pomona, deja los atavíos de vieja, se transforma en un gracioso jóven, y se presenta á los ojos de Pomona tan hermoso como cuando sale el sol de una nube que habia oscurecido su resplandor. Él se apercibia á la violencia; pero ya la fuerza no era necesaria, porque la Ninfa se habia cautivado de la hermosura del Dios, y se dejó penetrar de un mutuo y recíproco amor.