Metamorfóseos o Transformaciones (4 de 4)

Part 6

Chapter 63,746 wordsPublic domain

Eneas envió á Vénulo para pedir auxilio á Diomedes, cuyos compañeros se convirtieron en aves: Vénulo no alcanzó el socorro, y vino mal despachado, y á su vuelta pasó por el sitio en que en otro tiempo un pastor habia sido convertido en acebuche. Las naves de Eneas en un combate fueron transformadas en Ninfas, como tambien lo fue Ardea en ave despues de la muerte de Turno, y el mismo Eneas fue hecho Dios Indígete. Sucediéronle otros Reyes; y en el tiempo de Proca, uno de ellos, floreció Pomona, á la cual amaba el Dios Vertumno, que tomando la figura de una vieja, y contándola el suceso de Anaxarete, que habia sido transformada en peñasco, la persuadió y conquistó, tomando despues su propia figura de jóven. Andando el tiempo, en el reinado de Numitor las aguas frias se volvieron cálidas, y su sucesor Rómulo fue reverenciado con el nombre de Quirino, y su muger Hersilia con el de Diosa Ora.

[Ilustración: (127) Circe envenena la cueva en que Escila solia dormir.]

FÁBULA PRIMERA.

_CIRCE._

Glauco, que, como va dicho, era una de las deidades del mar, habia ya dejado atras en su viage al monte Etna, debajo del cual estaban oprimidos los gigantes,[83] y asimismo los campos de los Ciclopes, en los cuales nunca habia entrado el rastrillo ni el arado, ni habian sido beneficiados por las yuntas de los bueyes. Tambien habia dejado atras á Zanclea y á Rego, que está enfrente, y habia atravesado el peligroso estrecho, que contenido en dos cercanas playas, separa á Sicilia de la Italia. Desde él, discurriendo por el mar Tirreno, llegó á los collados abundantes de yerbas en que tenia su palacio y morada Circe, hija del Sol, y que estaban habitados de una gran multitud de fieras. Luego que la alcanzó á ver Glauco, la saludó, y ella á él, y desempeñados estos cumplimientos, la dijo: „Diosa, ruégote te apiades de otro Dios como tú: tú sola (si es que yo soy digno de ello) puedes aliviar los tormentos de mi amor. Ningun Dios, ó excelsa hija del Sol, puede conocer mejor que yo cuánta sea la eficacia de las yerbas, pues por ellas me veo convertido en Dios y habitador del mar. Y para que no ignores mas tiempo la causa de mi viage, yo ví á la bella Escila en la ribera que está enfrente de Mesina, y con exceso me enamoré de ella. Vergüenza me causa el referirte las súplicas, las promesas y halagos que la hice, y el modo con que fuí despreciado. Tú pues, que eres tan poderosa en los encantos, pronuncia, te ruego, á mi favor algunas palabras encantadoras; ó si te parece mejor y de mayor eficacia el usar de la de las yerbas, de que tienes tanto conocimiento, aplica al efecto este poderoso medio. No vengo á que me cures y sanes las heridas y tormento de mi amor, ni quiero que este se acabe y tenga fin, sino que hagas que Escila se abrase igualmente en amor, y participe del ardor que padezco.”

Circe pues (que era la mas ingeniosa y versada en los ardores del amor, bien fuese por su disposicion natural, ó bien porque Venus la diese esta pena en despique de que su padre el Sol la habia descubierto cuando estaba entretenida con Marte) le respondió estas palabras: „Mejor será que me ames á mí que te quiero, y deseo lo mismo que tú, y que estoy poseída de un amor igual al que tú tienes á Escila. No me avergüenzo en decirte que tienes mérito, y que no debo detenerme en rogarte: y si me dieres alguna esperanza, créeme te rogaré y me explicaré mas; y para que no dudes ni desconfies de tu mérito y gallarda disposicion, vesme aqui que siendo Diosa, hija del resplandeciente Sol, y que tanto puedo con mis encantos y con el conocimiento y uso de las yerbas, te prometo ser tu esposa. Olvida pues á una ingrata que te desprecia, y corresponde á una Diosa que te ama: con este solo hecho quedarás vengado á un mismo tiempo de mí y de ella.” Al oir Glauco que Circe procuraba inducirle á su amor con tales razones, la respondió: „Primero se desconcertará el órden de la naturaleza, y se criarán árboles en el mar y ovas en los montes, que yo pueda, viviendo Escila, mudar y poner en otra mi amor.”

Indignóse al oir esto Circe; y como no podia ofender á Glauco por ser ya Dios, ni aunque pudiera querria hacerlo por el amor que le tenia, convirtió todo su furor contra la que veia preferida á sí misma; y ofendida de ver despreciado su amor por causa del de Escila, al momento cogió unas yerbas de jugo venenoso, las machacó, y despues dijo sobre ellas algunas palabras[84] de las que usaba para sus encantos, y vistiéndose de un ropage azul, se salió de su casa por medio de una multitud de monstruos y fieras que la acariciaban al pasar; y dirigiéndose al lado opuesto á las rocas de Zanclea, llegó á Regio, y se entró en el mar agitado por las olas, sobre las que caminaba como por la dura playa, corriendo á pie enjuto sobre ellas. Habia un pequeño remanso que tenia figura de un arco, sitio frecuentado por Escila, y al cual solia retirarse y refugiarse cuando estaba el mar embravecido, y cuando el sol era mas ardiente y hacia muy pequeñas las sombras por estar en medio de su carrera. Inficionó Circe este sitio, derramando en él el venenoso zumo de las yerbas que antes habia machacado, pronunciando veinte y siete veces la fórmula solemne del encanto, que eran unos oscuros é intrincados versos, compuestos de unas nuevas y desconocidas voces, las que pronunció en ademan y tono mágico y como entre dientes. Vino despues Escila á bañarse y refrigerarse á este su acostumbrado sitio, y apenas habia entrado en el agua inficionada, hasta la cintura, cuando se la mira ceñida y rodeada de perros que ladraban. Al principio, creyendo que los perros estaban separados de su cuerpo, y no eran parte y porcion de él, huia de ellos espantada, y procuraba apartarlos de sí; pero vió y se desengañó de que iban con ella donde quiera que huia, y entonces tentándose y buscándose los muslos, las rodillas y los pies, halló que de medio cuerpo abajo estaba toda convertida en perros y monstruos que la horrorizaban con su furor, y que transformada del medio cuerpo abajo, apoyaba y estaba unida su cintura á los espinazos de aquellos.[85] Este suceso costó á Glauco mucho sentimiento y lágrimas; y ofendido de que Circe hubiese hecho un tan cruel uso de la eficacia de sus yerbas y de sus encantos, se huyó de ella y despreció su casamiento. Escila asi transformada y hecha un monstruo se quedó siendo espanto de aquel sitio, en el que se le presentó la ocasion de vengarse de Circe en su amante Ulises que navegaba por él, acometiéndole y quitándole muchos de los que llevaba en su compañía.[86] Tambien este monstruo hubiera echado á pique las naves de Eneas, si antes que navegase por tan arriesgado sitio no hubiese sido convertido en una roca que aun permanece, y que aunque ya de piedra insensible y sin el antiguo furor, es un escollo peligroso, y procuran huir de él los navegantes. Despues que las naves de Eneas á fuerza de remo pudieron escapar y libertarse de él y del otro escollo que está á la parte opuesta llamado Caribdis, estando ya muy cerca de la costa de Italia, fueron agitados por una tempestad, que los arrojó á la opuesta del África.

[Ilustración: (128) Dido, reina de Cartago, recibe á Eneas en su palacio y queda enamorada.]

FÁBULA II.

_DIDO RECIBE Á ENEAS EN SU PALACIO._

La Sidonia Dido, Reina de Cartago, acogió benignamente á los troyanos y á Eneas en su ciudad, y tambien en su cariño, sin advertir lo que habia de costarle el retiro que de pronto y ocultamente hizo de ella el que habia elegido para su marido, pues por él, y viéndose abandonada de su amante, puesta sobre una alta pira que habia hecho armar y encender con pretexto de un sacrificio, se dió muerte á sí misma con un puñal, y la que se vió engañada engañó á todos con tal aparato, que todos juzgaban era para el pretextado sacrificio. Prosiguiendo pues Eneas su fuga de la nueva ciudad de Cartago, regresó otra vez al monte Erix y á la region donde reinaba el fiel troyano Acestes, donde celebró juegos y sacrificios fúnebres en veneracion del sepulcro de su padre Anquises. Despues de lo cual, haciéndose á la vela con las naves, á quienes las matronas troyanas, instigadas por Iris, mensagera de Juno, habian intentado incendiar, pasó el reino de Eolo y las islas y herrerías de Vulcano, que humeaban con el ardiente azufre; y dejándose atras el golfo de las Sirenas, antes del cual se habia quedado sin el piloto Palinuro, que cayó y se ahogó en el mar, tocó en las dos islas Inarime y Procida, y últimamente aportó al fondeadero de la de Pitecusa, llamada asi de los nombres de sus habitadores, los que por sus fraudes, perjurios y trazas con que intentaron engañarle incurrieron en el odio de Júpiter, y los castigó convirtiéndolos en monas, animales feos y disformes, que pudiesen parecer en parte semejantes, y en parte desemejantes á los hombres. La conversion se hizo volviéndoles mas pequeños los miembros, aplastándoles las narices, avejándoles la cara con arrugas, y cubriéndoles el cuerpo de un pelo sutil y velloso, y en esta forma los envió á habitar á dicha isla, habiéndoles antes quitado el uso de la voz y de la lengua tan acostumbrada á fraudes y perjurios, y en su lugar les dejó solo el poder quejarse con un ronco chillido.

[Ilustración: (129) Apolo concede á la Sibila tantos años de vida como arenas tiene en sus manos.]

FÁBULA III.

_ENEAS Y LA SIBILA._

Dejó Eneas á Fiteusas siguiendo su viage; y dejando á su derecha á Nápoles,[87] y á su izquierda el sepulcro de Miseno,[88] célebre trompetero, é hijo de Eolo, llegó á las playas de Cumas, que eran unos sitios pantanosos, y llenos de ovas y otras plantas palustres, en donde encontró y entró en la cueva de la Sibila Cumea, que es sola la que vive entre todas las demas,[89] y la suplicó que le acompañase y le condujese á los infiernos á visitar en ellos á su padre Anquises. La Sibila, despues de haber tenido algun tiempo sus ojos fijos en la tierra, alzó la vista, y embriagada y enfurecida con la deidad que se le habia entrado en su pecho, le dijo: „Mucho es lo que pides, héroe esclarecido en hechos, cuyo valor tiene dadas pruebas por la espada, y cuya piedad se ha singularizado por el fuego de que sacaste á tu anciano padre; pero no tengas recelo, esclarecido troyano, que conseguirás lo que pides, y guiándote yo, visitarás los campos Elíseos, los últimos reinos del mundo y la amada sombra de tu padre: al valor ninguna senda está cerrada.”

Esto dijo; y mostrándole en la selva de Proserpina un resplandeciente ramo de oro, le mandó que lo cortase del árbol y lo tomase. Obedeció Eneas, y con esta señal pudo entrar y ver las riquezas del formidable reino de Pluton, y en él á sus ascendientes y la anciana sombra del magnánimo Anquises su padre, quien le instruyó de las prerogativas y autoridad á que llegarian la ciudad y reino que habia de fundar, y le predijo las nuevas guerras que le esperaban, y los peligros que le habian de acontecer en ellas. Despues de esto salieron de aquella triste region, caminando por una senda cuesta arriba, en la que guiaba la Sibila; y entreteniendo con conversaciones el trabajo del camino medroso, y por entre sombras y crepúsculos, dijo Eneas á la Cumea: „Bien seas tú Diosa, ó mortal sumamente grata á los Dioses, te tendré siempre por deidad, y me confesaré existir por el beneficio que me hiciste de facilitarme poder visitar las regiones de la muerte, y salir de ellas despues de haberlas penetrado, por cuyo favor, ya que me hallo restituido á la luz del mundo de los vivientes, te edificaré templos, y te veneraré en ellos con el culto del incienso.”

Volvióse la Sibila á mirar á Eneas, y lanzando grandes suspiros, le dijo: „No soy deidad, ni debes venerar con el sagrado incienso á una persona humana, y para que en esto no peques de ignorancia has de saber que Apolo me ofrecia por mi virginidad una vida perpetua y eterna, haciéndome deidad é inmortal. Con la esperanza de inclinarme y vencer con dones mi resistencia me dijo: „Hermosa doncella y sacerdotisa de Cumas, elige y pide lo que se te antoje, pues todo te será concedido.” Yo, enseñándole un monton de arena, le pedí me concediese tantos años de vida como átomos en él habia; pero no tuve la advertencia de pedir que todos hubiesen de ser en juventud y sin envejecerme; pero él me prometia lo uno y lo otro con tal que yo me rindiese á su deseo; mas yo no quise, y desprecié sus ofertas, permaneciendo sin casarme, en cuyo estado se me ha pasado ya lo florido y lo mejor de mi vida, y viene á paso largo la trémula vejez, la cual habré de tolerar el mucho tiempo que aun me queda para llenar el número de las arenas, pues ya he vivido siete siglos, y aun me restan y tengo que ver trescientas primaveras y otros tantos otoños, y llegará el tiempo en que los muchos años apoquen y hagan menor mi cuerpo, y reduzcan á muy poco peso mis miembros debilitados y consumidos con la vejez, y entonces nadie creerá que en mi juventud agradé á Apolo y fuí amada por él; y acaso él mismo ó no me querrá conocer, ó negará que estuvo enamorado de mí. Me mudaré y trocaré hasta el punto de que nadie me quiera ver, y solo seré conocida por mi fama, que será la que quede despues de mi muerte.”

Estas cosas iba refiriendo á Eneas la Sibila; y caminando entrambos por una senda cuesta arriba, terminaron su viage desde las oscuras regiones, y hallaron salida á la superficie de la tierra junto á la ciudad de Cumas, de donde, despues de haber hecho á los Dioses un sacrificio segun rito, se partió Eneas á la playa que aun no tenia, y despues por una ciudad que en ella edificó tomó el nombre de Cayeta,[90] que era el de la nodriza que le habia criado.

[Ilustración: (130) Eneas manifiesta su piedad por los sacrificios que ofrece á los Dioses.]

FÁBULA IV.

_ENEAS LLEGA Á CAYETA._

En esta region se habia quedado, y despues de los trabajos de la larga navegacion habia fijado su asiento el itacense Macareo, que fue uno de los compañeros del sagaz y experimentado Ulises. El tal Macareo halló improvisamente y conoció á Acheménides,[91] á quien Ulises habia tiempo antes dejado abandonado en lo mas escabroso del monte Etna; y admirándose aquel de verle vivo, le dijo: „¿Qué Fortuna ó qué deidad es, ó Macareo, la que te conserva vivo? ¿Cómo es que una nave troyana lleve á su bordo un griego? ¿Á qué tierra se dirige vuestra navegacion?”

Á estas preguntas Acheménides, que ya estaba libre de su antiguo peligro, y con un vestido muy diferente del que tenia en el monte Etna, destrozado por los abrojos, espinas y asperezas, le respondió de este modo: „Véame yo otra vez en el poder de Polifemo, entre sus dientes y labios manchados con sangre humana, si no me hallo mejor en esta nave que en la isla de Itaca en mi propia casa, y si venero menos á Eneas que á mi propio padre; pues aunque le tribute todo cuanto pueda, nunca podré serle bastantemente agradecido. Á él debo el estar vivo, el tener habla, y el gozar de la vista del cielo, de las estrellas y del sol: ¿podré pues olvidarme y ser ingrato á tales beneficios?; porque él me libertó de haber sido pasto y vianda del Ciclope, y aunque ahora me acometa la muerte, será honrado mi cadaver en el túmulo, y no seré sepultado en el vientre de Polifemo. ¿Qué aliento piensas me quedaria (si es que el temor y el miedo me dejó alguno y el uso de algun sentido) cuando os ví que, quedándome yo abandonado, huiais navegando á los altos mares? Entonces quise dar voces; pero me detuvo el miedo de que me descubriese el Ciclope: y es indudable que por las voces de Ulises estuvo á mucho riesgo de ser sumergida vuestra nave por alguno de los peñascos que aquel tiró contra ella, lo cual ví desde el sitio en que estaba escondido, y que segunda vez arrojó y disparó un pedazo que arrancó de la montaña con la misma violencia que si fuera disparada de una máquina; y como si yo estuviera en la nave, sin acordarme de que me hallaba fuera de ella, estaba temblando no la destrozase el golpe del peñasco, ó la sumergiesen las olas. Luego que con la fuga os escapasteis y libertasteis de la mas cruel muerte, el Ciclope, dando gemidos por la herida y falta del ojo,[92] empezó á dar vueltas por el monte Etna á tientas, registrando con las manos los árboles y los peñascos, en los que tropezaba á cada paso por haberse quedado sin el único ojo que tenia, y alargando hácia el mar sus brazos ensangrentados, maldecia y execraba á los griegos.

„¡Ah! si alguna casualidad volviese á traer á mis manos á Ulises ó á alguno de sus compañeros, ¡cómo se cebaria y saciaria en él mi ira! ¡Cómo le arrancaria las entrañas! ¡Cómo le destrozaria vivo todos sus miembros con mis manos! ¡Cómo saciaria mi garganta con su sangre, y cómo haria crugir sus huesos con mis dientes! y si esto consiguiera, tendria por nada ó por muy poco el daño que me ha hecho en sacarme el ojo.” Estas y otras muchas cosas dijo con la mayor ferocidad. Yo estaba pálido y lleno de miedo al verle su rostro lleno de sangre, sus crueles manos y el vacío cóncavo del ojo, sus disformes miembros y su barba pegada con sangre humana. Me consideraba con la muerte á la vista, aunque la tenia por el menor de los males; y unas veces recelaba que me llegaria á encontrar y coger, y otras que me engulliria, y meteria mis entrañas en las suyas: lo que mas me afligia era acordarme de cuando ví que despues de haber estrellado contra el suelo muchas veces los cuerpos de dos de mis compañeros, se echó sobre ellos como erizado leon, y se engullia las entrañas, las carnes, los huesos con sus tuétanos y los miembros medio vivos. Me acometió un gran temblor y tristeza, y se me quedó helada la sangre al verle cómo comia y engullia, y que algunas veces escupia y vomitaba los crudos y sangrientos bocados y pedazos de carne envueltos en vino. Esperaba y recelaba que conmigo haria lo mismo, y seria pasto de su hambre, por lo que tomé el medio de estarme mucho escondido, estremeciéndome cualquier ruido que sentia, temiendo siempre la muerte, y siempre deseándola como término de mis sobresaltos y trabajos, pues me veia abandonado á estar alli en un continuo riesgo, solo, necesitado, lleno de continuo temor, sin esperanza alguna, y con el dolor y pena de remediar mi hambre con bellotas, yerbas y hojas de árboles. Al cabo de mucho tiempo ví que navegaba cerca de la playa una nave, y corriendo á ella con mucho silencio, manifesté por señas á los que iban á su bordo el apuro y peligro en que me hallaba, y les rogué me libertasen acogiéndome en ella: compadeciéronse de mí; y sin embargo de ser griego y enemigo suyo, me recogieron, y pude salvarme en una nave troyana. Estos son mis sucesos y el maravilloso modo con que pude aportar, y me hallaste y conociste en estas playas: ahora cuéntame tú los tuyos, insigne Macareo, el mas grato de todos los que acompañábamos á Ulises, y refiéreme el rumbo y derrotero de este y de todos los demas que conseguisteis embarcaros, y huir por el mar del fiero Ciclope Polifemo.”

Entonces Macareo instruyó á Acheménides de lo que deseaba, refiriéndole que Eolo, hijo de Hipota, era señor de aquellas islas y del mar Tusco que las rodeaba, el cual tenia comprimidos en una profunda caverna los vientos,[93] y los regaló á Ulises encerrados en la piel de un buey para que pudiese á su arbitrio contenerlos, y que no le ofendiesen en su navegacion, con lo que se partió é hizo á la vela, llevándolos en su nave, y con viento favorable navegó nueve dias, y llegó á estar á la vista de la isla de Itaca, su patria, que era á la que se dirigia. Á la madrugada del dia décimo los compañeros de Ulises, sospechando seria oro lo que se encerraba en el cuero, y ansiosos de apoderarse de ello, soltaron las ataduras para abrirle y reconocerle, y saliendo con ímpetu los vientos, impelieron las naves á otro contrario rumbo, y haciéndolas volver atras por el mismo camino que habian venido, las llevaron otra vez al mar Tusco, y á la isla y puerto de donde habian salido. „Desde alli, continuó Macareo, navegando al arbitrio de los contrarios vientos, aportamos á la antigua ciudad que tomó el nombre de Lamo Lestrigon, su edificador, en la que reinaba Antifates,[94] al cual fuí yo enviado con otros dos compañeros para saludarle pacíficamente; pero el uno de ellos y yo pudimos con la fuga volver al seguro de nuestras naves, y libertarnos de su crueldad, quedándose el otro en poder de Antifates, que le alcanzó é hizo dar muerte á su presencia, y su sangre le tiñó la boca. Aun no contento con esta crueldad, se empeñó Antifates en ir en nuestro alcance; y como ya estuviésemos al seguro de las naves, él y las tropas que habia juntado para ir en nuestro seguimiento, formados en escuadron, arremetieron á nuestras naves, disparando contra ellas gruesas piedras y maderos, con que las destrozaron y sumergieron, y á los que iban á su bordo, y solo pudo salir del puerto y escaparse la en que veníamos Ulises y yo, que quejándonos de la crueldad y mal hospedage de Antifates, y llenos de dolor por la pérdida de nuestros compañeros, llegamos á aquellas tierras que se ven cercanas desde aqui; míralas, y verás que son una isla que yo ya tengo vista. Y tú, hijo de la Diosa,[95] el mas recto y justo de todos los troyanos (pues ya, esclarecido Eneas, estando concluida la guerra, no debo llamarte enemigo ni tenerte por tal), huye de aquella isla; mira que es en la que habita la famosa encantadora Circe.

FÁBULA V.

_LOS COMPAÑEROS DE ULISES TRANSFORMADOS EN PUERCOS._