Metamorfóseos o Transformaciones (4 de 4)

Part 11

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Instruido Numa con estos y otros semejantes documentos, se cuenta que volvió á su patria, y que habiendo sido rogado y solicitado, sucedió á Rómulo, y tomó el gobierno del pueblo y reino latino. Este Rey, por los sabios consejos de Egeria su muger y de las Musas que consultaba, tuvo la felicidad de inspirar á un pueblo feroz, y que solo respiraba guerra, sentimientos de paz, afabilidad y equidad, y de instruirlo en las ceremonias de la religion. Reinó hasta una extrema vejez, y su muerte causó y costó lágrimas á las matronas romanas, al pueblo y á los senadores. Su muger, habiendo dejado á Roma, se retiró á la selva de Aricia, donde interrumpió muchas veces con sus gemidos y quejas los sacrificios que se ofrecian á aquella Diana que Orestes habia llevado alli. ¡Ah! ¡cuántas veces las Ninfas de los bosques y de los lagos la persuadieron que no llorase, procurando consolarla con sus palabras consolatorias! ¡Cuántas veces Hipólito, viéndola bañada en lágrimas, le dijo: „¡Pon fin á tu llanto! No pienses que tu suerte es sola digna de llorarse; reflexiona las desgracias que acaecen á otros, y sufrirás con mas paciencia las tuyas! Mis calamidades bastarán á consolarte, y ¡ojalá que no tuviese yo en mí mismo egemplares que proponerte para templar tu dolor! Pues puedo referirte los sucesos de aquel Hipólito que algunas veces habrá llegado á tus oidos, y que fue víctima de la credulidad de su padre, y de la calumnia y engaño de su madrastra. Te causará admiracion, y con dificultad podré inclinarte á la creencia; pero tengo de ello tales pruebas, como que soy el mismo Hipólito á quien la hija de Pasifae,[172] en despique de que desprecié sus ruegos é instancias amorosas, me acusó á mi padre, fingiendo y suponiendo que yo me habia atrevido contra su honor, y atribuyéndome lo que ella habia intentado y querido, recriminando contra mí su propio delito, ó por recelo de que yo no lo descubriese é hiciese creer á mi padre, ó lo que es mas regular, ofendida y resentida de mi resistencia y desprecio. Aunque yo estaba inocente, mi padre, creyendo con ligereza la calumnia, me desterró de Atenas, y al tiempo de mi partida profirió contra mí las mas horrorosas imprecaciones. Caminaba yo á mi destierro sobre mi carro, dirigiéndome á Trecene á refugiarme de mi abuelo Piteo, que reinaba en ella. Ya llegaba á las playas de Corinto cuando se alborotó el mar, y las aguas formaron una excrescencia que parecia una montaña que por momentos se iba elevando, hasta que precediendo espantosos bramidos, se rompió en lo mas alto aquel cúmulo de aguas, del que salió un terrible becerro marino armado con sus cuernos, y levantado del medio cuerpo arriba sobre las aguas, arrojaba gran porcion de ellas por las narices y boca. Llenáronse de pavor los que me acompañaban; mas yo, á quien solo afligian el cuidado y pena de mi destierro, me mantuve en mi presencia de ánimo. En esto espantándose los feroces caballos que tiraban el carro, volvieron la cabeza y cuello hácia el mar al oir el ruido, y empinadas las orejas, y espantados á la vista del monstruo, dejaron el camino, y echaron á correr, y á arrastrar el carro por asperezas y peñascos. Yo me esforzaba en vano á detenerlos, tirando de las riendas salpicadas de las blancas espumas que arrojaban, y me inclinaba hácia atras para tirar con mas fuerza. Estas diligencias no me hubieran sido inútiles, y yo hubiera conseguido detener el ímpetu y furor de los caballos; pero tuve la desgracia de que una de las ruedas que sostienen el ege se quebró y deshizo por haber tropezado en el tronco de un árbol. Esta casualidad me hizo caer del carro, y como estaba asido á las riendas y enredado en ellas, si lo hubieras presenciado hubieras visto cómo fueron arrastradas mis vivas entrañas, cómo mis nervios y miembros se iban quedando á pedazos prendidos en los troncos y puntas de los peñascos, cómo sonaban mis huesos al tiempo que se rompian y quebraban, y cómo por último exhalé el alma ya debilitada,[173] y en fin hubieras visto que no quedó de todo mi cuerpo miembro alguno que pudieras conocer, porque todos quedaron destrozados, y todo yo era una herida. ¿Puedes ahora, Egeria, ó te atreves á comparar tu desgracia con la mia? Añade tambien que bajé al reino tenebroso; que lavé mis heridas en las aguas inflamadas del Flegeton,[174] y que jamas hubiera vuelto á ver la luz del dia, si el hijo de Apolo[175] por la virtud poderosa de su arte no me hubiese vuelto la vida.[176] Como Pluton estaba indignado del beneficio que acababa de recibir, y que mi presencia pudiera inspirar envidia á las sombras, Diana, al conducirme fuera de los infiernos, me cubrió de densas nubes; y para que estuviese seguro, y pudiera sin daño ser visto, mudó esta Diosa todas mis facciones, me aumentó la edad, y me dejó enteramente desconocido. Estuvo algun tiempo perpleja sobre si me dejaria en la isla de Creta ó en la de Delos. Y por último dejando la una y la otra, y pasando adelante, me trasportó á este pais,[177] y me mudó el nombre para que el de Hipólito no recordase mis desgracias. „Tú te llamas Hipólito, me dijo; en lo sucesivo te llamarás Virbio.[178]” Desde entonces habito en este bosque, y como uno de los Dioses menores vivo aqui oculto bajo la proteccion de Diana, y estoy dedicado y adscrito á su deidad.”

Con todo, las desgracias de Hipólito no fueron bastantes para consolar el llanto de Egeria, la cual, dejándose caer en lo mas bajo de la falda de la montaña, se deshacia en lágrimas; y conmovida Diana de la piedad y cariño conyugal que la tenian en tanta afliccion, hizo de su cuerpo una fuente, y adelgazando sus miembros los redujo á un continuo manantial.

La novedad de esta transformacion admiró á todas las Ninfas de aquel bosque, y el hijo de la Amazona[179] se quedó tan pasmado como aquel labrador de Toscana cuando vió en el campo que araba un terron que primero por sí mismo y sin impulso de otro se movia, y despues dejando la forma de tierra, tomó la de hombre, y empezó á predecir lo por venir. Los naturales del pais le llamaron Tages, y fue el primero que enseñó á los etruscos el arte de adivinar. Tambien se puede comparar la admiracion de Hipólito á la de Rómulo, cuando habiendo arrojado su lanza al monte Palatino, la vió al momento echar raices, y que ya no era lanza, sino árbol, cuya sombra admiró á los que la veian, y nunca esperaron pudiera producirla una lanza.

En fin, la admiracion de Hipólito fue tan grande como la de Cipo,[180] cuando mirándose en las aguas del Tíber, vió que tenia cuernos en su cabeza. Esta maravilla la tuvo al principio por una ilusion; pero habiendo llevado muchas veces las manos á la frente, tocó con ellas lo que acababa de ver. Esta aventura, que le sucedió cuando volvia á Roma despues de haber vencido los enemigos de la patria, le obligó á detenerse; y levantando los ojos y manos al cielo, hizo esta súplica: „¡Ó Dioses! si este prodigio es un feliz presagio, consiento que lo sea para el pueblo romano; si es de mal agüero, que no sea funesto sino á mí solo.” Despues erigió un altar de césped, sobre el cual quemó incienso, derramó vino, y despues que sacrificó dos ovejas, especuló en sus entrañas lo que los Dioses le anunciaban por este extraño caso. El adivino Tirreno,[181] que las examinó al mismo tiempo, percibió que prometian, aunque de un modo oscuro, grandes destinos á Cipo; pero luego que quitó la vista de las fibras de la víctima para levantarla á los cuernos de Cipo: „Salve, le dijo; yo te saludo en calidad de Rey. Lo que te acaba de suceder me anuncia que Roma y cuanto está sujeto á su poder te reconocerán por Soberano. Apresúrate á entrar en la ciudad que te abre sus puertas: asi lo mandan los hados. Luego que llegues á la ciudad serás coronado, y tu reinado será largo y tranquilo.” Á estas palabras Cipo retrocedió, y apartando su desagradable rostro de los muros de la ciudad, dijo: „¡Ah! ¡qué funesto presagio! ¡Arrojen los Dioses lejos tal agüero! Mas bien querré pasar en destierro el resto de mi vida, que entrar en el Capitolio con el nombre de Rey.” Dijo esto, y al punto convoca al senado y al pueblo; y habiendo tenido la precaucion de cubrirse la cabeza con una corona de laurel, se puso sobre una altura hecha por los soldados.[182] Alli, despues de haber rogado á los Dioses segun costumbre antigua, habló en estos términos: „Aqui hay un hombre que será vuestro Rey si no le echais de la ciudad. Quién sea este lo mostraré por una señal, no por el nombre. Cuernos tiene en la frente, y los adivinos le han pronosticado que si entra en Roma será Rey, y os dará leyes. Pudiera haber entrado con ímpetu por las puertas abiertas; pero yo se lo he estorbado, aunque ninguno está mas unido á él que yo. Á vosotros, ó romanos, pertenece ahora estorbarle la entrada, y si lo teneis por causa suficiente para ello, aprisionadle con pesadas cadenas, ó mas bien aseguraos de tal miedo con la muerte del tirano.” Á este discurso siguió un confuso rumor de todo el pueblo, como el que hace un torbellino cuando sopla en los elevados pinares, ó como el de las olas del mar cuando se oyen desde lejos; pero entre lo mucho que confusamente articulaba el pueblo se percibia bien que todos á una voz decian: „¿Quién es ese hombre?” En esto empezaron á buscarle, mirándose y reconociéndose las frentes y cabezas unos á otros, buscando al que tenia la señal de los cuernos, y entonces Cipo, quitándose la guirnalda que los cubria, y enseñando los dos que tenia en sus sienes, les dijo: „Yo soy; miradme: aqui teneis al que buscais.” Todos bajaron la vista, y empezaron á suspirar, no atreviéndose á mirar (¡quién lo creyera!) la cabeza de aquel que tan benemérito era á la patria; y no permitiendo que estuviese mas tiempo desairado con aquella insignia tan indecorosa, se la cubrieron volviéndole á poner la guirnalda.

[Ilustración: (139) Cipo predice al pueblo Romano tendria un Rey, y quitándose la corona, dice, vedle aqui.]

Los senadores, no pudiendo permitir la entrada en la ciudad á un hombre á quien el agüero pronosticaba y destinaba la dignidad real, le concedieron y decretaron fuera de ella otra tanta tierra cuanta pudiese rayar y señalar con el sulco que uncidos al arado hiciesen dos bueyes desde salir el sol hasta ponerse; y para la perpetua memoria de este suceso hicieron esculpir en los postes de bronce de la puerta por donde debia haber entrado Cipo una estupenda figura de un hombre con cuernos.

FÁBULA II.

_ESCULAPIO ES LLEVADO Á ROMA._

Musas, deidades propicias á los poetas (pues lo sabeis, y no se os olvidan las cosas por el transcurso de mucho tiempo), recordadme, para que yo pueda referirlo, de donde fue traido Esculapio á la isla que está rodeada por el Tíber, y admitido entre las deidades romanas. Una cruel peste infestó en otro tiempo todo el aire y la atmósfera de Italia, la cual causaba muchos estragos, y los cuerpos de los enfermos se corrompian, y en lugar de sangre destilaban materia. Afligidos y oprimidos los hombres con tantas muertes, despues de haber intentado en vano los medios humanos, y viendo que nada aprovechaban el arte ni los remedios, recurrieron á implorar el auxilio del cielo, y enviaron á consultar el oráculo de Apolo que estaba en Delfos, suplicándole se dignase socorrer la calamidad, dando una saludable y favorable respuesta, y poniendo fin á los males que afligian á la ciudad. Apenas se habia acabado la súplica de los diputados, cuando á un tiempo temblaron el templo, los laureles y las aljabas que él tiene, y se oyó salir del fondo de la sagrada trípode[183] esta voz, que llenó de admiracion á todos: „Romanos, lo que venis á buscar aqui lo podiais haber hallado en lugar mas cercano que este. No teneis necesidad de mi auxilio, sino del de mi hijo.[184] Id con buen auspicio, y llevad á Roma al hijo de Apolo.”

[Ilustración: (138) Roma, afligida de la peste, envia á Delfos á consultar el Oráculo de Apolo.]

Despues que el prudente senado recibió la celestial respuesta se informó con cuidado del nombre de la ciudad en que existia Esculapio, y cuando lo supo envió comisionados que navegasen á Epidauro para traerle. Luego que la nave llegó, los romanos se presentaron á los principales de la ciudad, que se habian juntado para recibirlos, y les rogaron que les diesen á Esculapio para que su presencia finalizase los crueles males que la Italia padecia, añadiendo que asi lo mandaba el oráculo de Apolo. Hubo sobre este punto muchos y varios pareceres, porque algunos fueron de opinion de que debia concedérseles el socorro que pedian, y otros muchos lo resistieron, fundándose en que no debian desprenderse ni entregar á unos extrangeros una deidad que era suya propia y el apoyo de su salud. Sin haberse resuelto cosa alguna se concluyó el dia, y llegó la temerosa noche, en la cual el Dios Esculapio apareció en sueño al principal de los legados romanos en la misma forma y figura que se le suele ver y venerar en su templo, teniendo un báculo en la mano izquierda, y componiendo su larga barba con la derecha, le dijo con semblante halagüeño: „Deja el temor: iré contigo; pero será bajo otra figura. Mira ahora esta serpiente que se enrosca al rededor de mi báculo: nótala bien con la vista para que puedas conocerla. Me transformaré en ella, aunque seré algo mayor, y pareceré tan grande como deben ser las deidades cuando se transforman.” Con esto desapareció el Dios, y con él el sueño; despertó el embajador, y llegó el dia.

Luego que la Aurora disipó las tinieblas, los próceres se juntaron en el magnífico templo de Esculapio, y le ruegan que muestre con señales en qué lugar quiere ser reverenciado. Apenas habian acabado su súplica cuando este Dios en figura de una reluciente serpiente con empinada cresta anunció su venida con espantosos silbidos. Al llegar y dejarse ver en dicha forma conmovió é hizo temblar la estatua, las aras, las puertas, el pavimento, el techo y todo el templo. En medio de este y en lo mas elevado de un altar se constituyó la serpiente, y erigiéndose del medio cuerpo arriba, empezó á volver á todos lados sus ojos, que centelleaban como fuego. Los circunstantes se llenaron de pavor, y el sacerdote que asistia, adornada su blanca cabeza y cabellera con la venda sacerdotal, conociendo que la deidad se ocultaba bajo la figura de serpiente, gritó diciendo: „Este es el Dios; este es Esculapio: todos los que os hallais presentes alabadle y veneradle, diciendo conmigo: Sea en pública utilidad, ó deidad placidísima, el que te hayas dejado ver en esta figura, y resulte de ello el que socorras á los pueblos que te veneran y celebran tus fiestas.” Todos los que estaban presentes, obedeciendo al sacerdote, veneraron á Esculapio, repitiendo la deprecacion que acababa de hacer aquel, y los romanos hicieron piadosos y religiosos votos y promesas con el ánimo y con la voz.[185] Mostró la deidad que las aceptaba con los ademanes de mover la cresta, y repetir tres silbidos como prendas y señales de su anuencia. Al momento empezó á deslizarse é irse bajando por los vistosos escalones del altar; y volviendo la vista hácia atras, miraba las antiguas aras como despidiéndose de su domicilio y del templo en que habia habitado. Desde alli siguió deslizándose y arrastrando por el suelo, que estaba sembrado de ramos y flores; y atravesando con su movimiento espiral por medio de la ciudad, se dirigió al puerto, donde paró, y con halagüeños ademanes daba á entender que despedia al acompañamiento, y á los que hasta alli le habian seguido, y entró en la nave de los romanos, que se halló sobrecargada con el nuevo peso de la deidad. Los legados se llenaron de gozo; y habiendo sacrificado un toro en la playa, soltaron las amarras de la nave, que tenian adornada con coronas y guirnaldas de flores, y se hicieron á la vela.

El buque navegaba con un suave y próspero viento; y el Dios, que iba en figura de serpiente, subiéndose á la popa, y erigiendo su cerviz, miraba desde alli las cerúleas aguas. Á beneficio del viento atravesó la nave el mar Jonio en seis dias, y llegó á las costas de Italia, por las que continuó su rumbo, dejándose atras el promontorio de Lacinia, famoso por el templo de Juno, el golfo de Esciglo, el de Calabria, y á fuerza de remos se apartó de los peñascos de Anfisa, y caminando á la derecha, pasó á la Ceraunia, el Romechio, Caulona y Naricia.[186] Y venciendo todos los peligros de estos mares, se entró en el estrecho de Peloro, que está en Sicilia, y atravesando las islas Eolias, el Temese, abundante de metales, la Leucosia, el templado Pesto, siempre floreciente por su abundancia de rosales. De alli pasó á la vista de Capri, del promontorio de Minerva y de las colinas de Surrento,[187] tan nombradas por sus buenos vinos; de la ciudad de Hércules, de Stavia y de Nápoles, ciudad deliciosa, que es la mansion de los juegos y placeres; del templo dedicado á la Sibila de Cumas; de las fuentes calientes de Bayas; de Linterno, que lleva muchos lentiscos; del Vulturno, que trae mucha arena debajo de su corriente; de la ciudad de Sinuesa, poblada de palomas blancas; de Minturna, donde el aire es grueso y nocivo; de Cayeta, donde Eneas enterró á su ama de leche; de Formium, donde reinó el cruel Antifates; de Terracina, ciudad rodeada con una laguna; del promontorio de Circe, y de Ancio, que tenia una firme playa, donde los romanos, viendo que el mar empezaba á embravecerse, se vieron obligados á entrar. Luego que tomaron tierra, Esculapio salió de la nave, y caminando con tortuosos arcos y vueltas espirales, llega al templo de Apolo su padre, que estaba en esta playa. Despues que el mar se apaciguó sale de alli, vuelve á la nave, y deslizándose por lo largo del timon, subió á la popa, y se colocó en ella mientras navegaban hácia Castro, de donde pasaron cerca de la ciudad de Lavinio, y de alli entraron en la embocadura del Tíber. Aqui salieron á recibirle todo el pueblo precipitadamente, las matronas, los senadores, y hasta las Vestales, que guardan el fuego de Vesta traido de Troya,[188] saludando todos á la recien venida deidad con una alegre vocería, y acompañando por las riberas á la nave que caminaba por el rio, quemaban incienso en las aras que á trechos y al efecto tenian prevenidas y erigidas. Á una y otra orilla habia voces y aclamaciones, y se ofrecian inciensos y víctimas, y de este modo llegó la nave á la ciudad, que era ya cabeza del orbe. En fin, luego que llegaron á Roma, Esculapio se subió á lo alto del mástil del navío, y busca al rededor lugar aparente para habitar. Dividiéndose el Tíber en dos brazos, forma en este sitio una isla, que dista á igual distancia de sus dos orillas. Aqui se fue el hijo de Apolo despues de haberse revestido de la magestad que le convenia. Puso fin á los llantos, y trajo la salud á la ciudad.

FÁBULA III.

_CÉSAR TRANSFORMADO EN ASTRO._

Esculapio vino de otras regiones á ser venerado en nuestros templos; pero César es deidad propia de Roma su ciudad. Este hombre incomparable, grande en la guerra, grande en la paz, no mereció tanto ocupar un lugar en el cielo y formar en él un nuevo astro por haber triunfado de los enemigos de Roma, por haber arreglado los negocios de la república, y por haberse adquirido una gloria inmortal, como por las virtudes de su sucesor.[189] En efecto, el mayor mérito de César, su mas brillante título es ser padre de Augusto. El haber sujetado á la Gran Bretaña, el haber visto sus naves victoriosas entrar en el Nilo, el haber domado á los rebeldes numidas y vencido á su Rey Juba, el haber reducido bajo el poder de los romanos los pueblos del Ponto, soberbios con las victorias y nombre del gran Mitridates; en una palabra, el haber triunfado algunas veces, y el haber merecido tambien muchas veces los honores del triunfo, son unas acciones menos gloriosas para él, que el haber adoptado á un hombre tan grande. ¡Dioses! haciendo á Augusto el dueño del mundo, habeis atendido bastantemente á nuestra felicidad.

[Ilustración: (140) Asesinado Julio César en el Senado Venus le transforma en cometa.]

Convino pues colocar á César en el número de los Dioses para que Augusto no procediese de sangre mortal. Venus, que conocia la necesidad que habia de hacerlo, y que veia al mismo tiempo las conspiraciones que tramaban contra la vida del Soberano Pontífice,[190] estaba inquieta, y daba parte de sus inquietudes á todos los Dioses que encontraba. „Mirad, les decia, los funestos preparativos que hacen contra mí; mirad con qué furor y con qué crueldad acometen á los dias de un Príncipe, el único que me queda de la sangre de Julio.[191] ¿Por ventura he de ser yo sola siempre egercitada de justos cuidados? Yo no pude en otro tiempo preservarme de los golpes de Diomedes, cuyas flechas fueron teñidas en mi sangre. Yo no pude salvar á Troya, á pesar de los esfuerzos que hice para defenderla. Testigo de los peligros infinitos que corrió Eneas mi hijo, yo le he visto expuesto á las olas, errar de mares en mares, bajar despues á la mansion de las sombras, en fin sostener una larga y peligrosa guerra contra Turno, ó si he de confesar la verdad, con Juno mas bien. ¿Para qué me acuerdo de los daños de mi generacion? La desgracia de hoy no me deja acordar de las cosas primeras: veis que los malvados cuchillos se aguzan contra mí, los cuales os ruego que eviteis; estorbad una gran maldad, y no permitais que el fuego sagrado de Vesta se apague con la muerte del Pontífice.”