Metamorfóseos o Transformaciones (3 de 4)

Part 8

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[Ilustración: (109) Mirra pare á Adonis y es transformada en el árbol de su nombre.]

FÁBULA X.

_NACIMIENTO DE ADONIS._

„El incestuoso feto que Mirra tenia en su vientre antes de su transformacion creció,[173] y se puso despues de ella á punto de salir á luz, para lo cual buscaba camino por donde echarse fuera, y dejar el seno materno. El vientre se entumecia debajo de la corteza, y el peso hacia extender y dilatar al árbol, sin que los dolores pudiesen explicarse por falta de voz, ni en aquel aprieto de la parturienta pudiese ser invocada Lucina. El árbol tomó una postura semejante á la de una muger que hace esfuerzos para el parto, y encorvándose daba continuos gemidos, y se humedecia con las gotas que destilaba á manera de lágrimas. Lucina propicia acudió á los ramos y troncos que tristemente rechinaban, aplicó á ellos sus manos, y pronunció las palabras y cláusulas que sirven para facilitar los partos. Por la eficacia de ellas se abrió el árbol, y por la abertura de su corteza salió vivo un niño, y empezó á llorar. Las Náyades le pusieron sobre la mullida yerba, y le ungieron y bañaron con las gotas que como lágrimas destilaba el árbol. Hasta la misma Envidia alabaria la hermosura de su rostro, pues era tal, que no le excedian los retratos que al vivo se expresan del desnudo Amor; y para que entre estos y aquel no hubiera diferencia con el adorno, pudiera muy bien quitársele á este el carcax,[174] y acomodarse á aquel.”

[Ilustración: (110) Venus aconseja á Adonis que solo caze animales indefensos.]

FÁBULA XI.

_VENUS Y ADONIS._

„El tiempo y la edad corren ocultamente, y no hay cosa mas veloz que los años. Este niño, hijo de su hermana y de su abuelo, que poco antes habia estado oculto en el árbol, y habia nacido de él, llegó, siendo cada vez mas hermoso, desde la infancia á la juventud, y desde esta á la edad varonil,[175] en la que excediéndose á sí mismo en belleza, fue el objeto del amor de la Diosa Venus, y vino á vengar en ella el amor que habia inspirado á su madre: fue pues el caso que el niño Cupido, al tiempo que como hijo se acercó á dar un beso á su madre Venus, sin advertirlo la clavó en el pecho la punta de una de sus flechas.[176] La Diosa sintiéndose herida, arrojó y apartó de sí á su hijo Cupido; y aunque al ir á mirarse la herida le pareció que era pequeña, era mas profunda de lo que parecia. La flecha la encendió en el amor de Adonis (que este era el nombre del hijo de Mirra), y este amor la hizo descuidarse de las playas de Citera, y de frecuentar las islas de Pafos, la de Cnido y la de Amatonta, abundante en metales.[177] Tambien se ausentó del olimpo, al cual preferia á su Adonis. Á este ama, de este no puede apartarse un momento; y la que antes estaba acostumbrada á las delicias de estar á la sombra, y á adornarse para acrecentar su hermosura, ahora, semejante á Diana, con el vestido arregazado y descalza trepa por collados, selvas y ásperos peñascos con su amante, azuzando á los perros, y dando alcance á las veloces liebres, ciervos, gamos, y á los demas animales fáciles de cazar; pero se abstiene de los bravos jabalíes, de los hambrientos lobos, de los osos armados de sus uñas, de los leones hartos con la muerte de los ganados, y amonesta á Adonis tema á unos animales tan peligrosos. „Tú puedes, le decia, seguir con tu valor y denuedo á las bestias que huyen del cazador. La osadía no es segura contra las fieras, á quienes dió armas la naturaleza: no te expongas, querido jóven, temerariamente y con peligro mio: mira que me estará y costará muy cara tu animosidad: ni tu edad, ni tu hermosura, ni cuantas cosas me hicieron inclinarme á tí, serán respetadas, ni detendrán á los leones, á los cerdosos jabalíes, ni templarán la centellante vista ni impetuosidad de las fieras. No olvides nunca que los rayos no son tan temibles como los colmillos de los ásperos jabalíes, y que los rojos leones tienen ímpetu y una grande saña, y estos últimos son para mí muy odiosos.” „¿Cuál es la causa, la pregunta, que te estimula á darme tales consejos?” „Yo te la diré, respondió Venus, y te referiré una monstruosa transformacion, á quien dió causa una culpa que es ya bien antigua.”

FÁBULA XII.

_VENUS Y ADONIS SOBRE EL CESPED._

„Pero ya me siento fatigada del egercicio de la caza, á que no estoy acostumbrada: este blanco álamo nos convida con su fresca y apacible sombra, y la yerba de esta pradera nos ofrece blando lecho, en el que me será de gusto y complacencia el disfrutar contigo, mi amable Adonis, un rato de descanso.” En esto se reclinaron en la pradera; y Venus, apoyada mas sobre aquel que sobre el suelo, dejando caer sobre su pecho la cabeza, é interpolando á cada palabra los mas tiernos ósculos, le refirió el suceso siguiente.”

[Ilustración: (111) Hipomenes vence con ardid en la carrera á Atalanta.]

FÁBULA XIII.

_CARRERA DE HIPOMENES Y ATALANTA._

„Acaso habrás oido hablar de una doncella que llevaba ventajas en la carrera á los hombres mas ligeros. La voz que acerca de esto corrió no fue ciertamente una fábula. Es evidente que los aventajaba, y no era fácil decidir en qué se aventajaba mas, si en la ligereza de sus pies ó en su hermosura. Habiendo esta doncella consultado al oráculo sobre la eleccion de un esposo, le respondió aquel: „Atalanta, no te conviene tener marido. Huye del consorcio; pero no podrás huir, y tendrás la desgracia de carecer, aunque viva, de tí misma,[178] siendo convertida en otra forma.” Amedrentada con la respuesta del oráculo, resolvió vivir soltera, frecuentando las selvas sombrías en el egercicio de la caza.[179] Cuando se veia importunada de la multitud de pretendientes los despedia y excluia con una terrible condicion, diciéndoles: „Si me he de casar con alguno de vosotros, ha de ser con el que me exceda en la carrera: apostad todos á correr conmigo: si yo fuese vencida, será el premio mi mano y mi consorcio; pero si yo venciere, la muerte será el castigo del vencido. Esta ha de ser la ley del certamen.” Ella ciertamente era una condicion cruel; pero la hermosura tiene mucho atractivo y eficacia. Sujetóse á esta dura ley una grande y temeraria multitud de pretendientes. Hipomenes, que habia concurrido movido de la curiosidad de ver el certamen de la carrera, instruido de la dura ley con que se hacia: „¿Es posible, dijo, que haya hombre que solicite á una muger, exponiéndose á tanto riesgo y peligro?” Al tiempo que desaprobaba los excesivos amores de los jóvenes descubrió á Atalanta con el velo quitado,[180] y al ver su hermosura, el aire y gracia de su cuerpo (que era como el mio, ó como el tuyo si fueses muger),[181] se quedó pasmado, y alzando las manos dijo: „Perdonadme, jóvenes amantes, á quienes sin razon poco hace tuve por temerarios, por no estar informado de la calidad del premio á que aspirábais.” Alabando asi á Atalanta, concibe amor por ella; del amor pasa luego á la envidia, y desea que ningun jóven corra mas velozmente que ella. „¿Por qué, dice, no he de probar yo fortuna en esta competencia? Los Dioses favorecen siempre á los atrevidos.” Mientras Hipomenes se decia á sí mismo estas razones vió pasar á Atalanta; y aunque iba con la misma velocidad que una ave ó una saeta de Escitia, no obstante tuvo tiempo de admirar su belleza, que habia tomado incremento con el egercicio de la carrera. El aire con que corria, tremolando los lazos de su calzado, daba nuevo impulso á sus ligeras plantas; tambien hacia ondear sus cabellos sobre las espaldas mas blancas que el marfil, y agitaba las lazadas de las ligas, que se la veian debajo de las rodillas, y el egercicio de la carrera sonroseaba la blancura de su rostro, no de otro modo que cuando la luz, penetrando por un velo ó cortina encarnada, pinta de color encarnado la blancura de la pieza que ilumina. Mientras Hipomenes nota admirado todas estas bellezas llega Atalanta al fin de la carrera, en la que salió vencedora, y mereció se la diese el premio de la corona. Suspiran los vencidos, y padecen el castigo segun las leyes del combate. Poco amedrentado Hipomenes con el suceso de estos jóvenes, se presentó en la palestra, y fijando la vista en Atalanta, la habla de esta manera: „¿Qué gloria puede tributarte la fácil victoria de los cobardes? Contiende conmigo; y si mi fortuna me hiciere vencedor, no te avergonzarás de haber sido vencida por un pretendiente de mi gerarquía, porque mi padre es Megareo, hijo de Onquestio, y nieto de Neptuno, de modo que yo vengo á ser biznieto del Rey de las aguas: mi valor no es menor que mi nobleza; y si yo soy vencido, tendrás un grande y memorable nombre por haber vencido á Hipomenes.” Mientras decia estas cosas Atalanta le miraba con semblante halagüeño,[182] é incierta de si le estaria mejor vencerle ó ser vencida, habló en estos términos: „¿Qué deidad contraria y opuesta á los hombres de gallardía y gentileza se propone perder á este jóven? ¿Quién es el que le inspira á que pretenda mi casamiento con peligro de su amable vida? En mi sentir no me considero acreedora á que por mí se exponga á tanto riesgo; no me mueve á compasion su gallardía, aunque ella es tal que pudiera conmoverme, sino el verle aun tan jóven. No él sino su edad es la que me compadece; y ¿qué diré siendo testigo de su valor, y del desprecio que muestra á la muerte? ¿Qué cuando le contemplo en cuarto grado descendiente de Neptuno? ¿Qué al ver un amor tan fino que estima mi mano mas que su vida, y se resuelve á morir si la dura suerte le negase el vencerme? Ilustre extrangero, le dijo, desiste ahora que estás en tiempo, y abandona la pretension de un enlace que te expone á perder la vida. Mi casamiento es cruel y costoso. Hallarás otras infinitas que apetezcan casarse contigo, pues eres digno de ser amado por cualquiera discreta jóven. Mas ¿por qué, prosiguió, me tomo yo estos cuidados por este jóven, á quien no desanima el egemplar de los muchos que han sufrido la muerte por haber sido vencidos? Allá se las avenga; muera, pues él lo quiere; y sin escarmentar con la desgracia de tantos pretendientes, parece que le desagrada el vivir. Pero ¿será puesto en razon que muera únicamente porque intenta vivir en union conmigo?[183] ¿Será buena recompensa del amor que me manifiesta el que sufra la muerte, que él en verdad no merece? Todo el lauro de mi victoria no podrá mitigar el disgusto y resentimiento que tendré de haberlo vencido; pero en caso de que incurra en esta desgracia, no será culpa mia, sino de su temeridad. ¡Ah, inconsiderado jóven, si te allanaras á desistir de tu empresa! ¡Ah, si ya que eres temerario fueras mas ligero que yo! ¡Qué femenil hermosura se descubre en tu pueril semblante! ¡Ah, infeliz Hipomenes, no querria haber sido vista por tí! Ciertamente eres digno de vivir; y si yo fuese mas feliz, y los importunos y contrarios hados no me prohibiesen el estado conyugal, serias tú el solo con quien yo apeteceria casarme.” Concluyó su razonamiento; y como poco experimentada, y por primera vez acometida del amor, ama sin advertirlo y sin saber lo que hace. El padre de Atalanta y todos los espectadores instaban sobre que se continuase el certamen de la carrera; y estando para principiarla, Hipomenes invocó mi proteccion[184] con el mayor fervor, diciendo: „Ayude y favorezca Venus Citerea[185] mi atrevimiento, y proteja este amor que en mí ha fomentado.” Conmovíme, lo confieso, con esta rendida súplica, que el blando viento hizo llegase á mis oidos; pero como ya iba á empezar la carrera, quedaba muy poco tiempo para usar de arbitrios en su favor. En la isla de Chipre[186] hay un campo, que sus naturales le llaman Tamaseno. Este sitio, que es la mejor parte de la isla, me fue dedicado por los antiguos, y mandaron que se agregase en dote á mi templo. En medio de este campo hay un árbol, cuyas hojas y frutos son de oro. Yo volvia de él en esta sazon, y traia en la mano tres manzanas de oro que habia cogido. Lleguéme á Hipomenes sin que nadie pudiese verme sino él solo, y le enseñé al dárselas el uso que habia de hacer de ellas. Á la señal que hicieron las trompetas el uno y la otra partieron á un tiempo de los señalados límites con la mayor ligereza. Parecia que sus pies apenas tocaban la arena. Al verlos se creeria que podrian correr sobre el mar sin humedecer sus plantas, y sobre las espigas de las secas mieses sin ajarlas.[187] Animaban á Hipomenes las voces y aplausos de los espectadores, que gritaban diciendo: „Ahora, ahora, Hipomenes, es la ocasion de que te esfuerces; corre ligero; usa ahora de todas tus fuerzas; date priesa, que tú alcanzarás la victoria.” No es fácil de decidir á quien de los dos agradaban mas estos aplausos, si á Hipomenes ó á Atalanta. ¡Cuántas veces, pudiendo ella dejarle atras, se detuvo de intento! ¡Y con cuánta dificultad apartaba la vista que en él llevaba clavada! Fatigado Hipomenes de tan larga carrera, respiraba ya un aliento seco y anhelante, y aun faltaba mucho para llegar al término de la carrera. Entonces arrojó una de las tres manzanas. Pasmóse Atalanta al verla, y deseosa de cogerla torció la carrera para alzarla. Entre tanto Hipomenes la cogió ventaja, y empezaron á victorearle los espectadores. Mas ella repara la detencion y el tiempo perdido con la veloz carrera, y deja atras al jóven. Aunque Hipomenes volvió á detenerla arrojando otra manzana, volvió á alcanzarle y á dejársele atras. Ya solo faltaba el último tercio de la carrera cuando Hipomenes me hizo esta súplica: „Asísteme ahora, ó Diosa, y haz que me aproveche este don que benéfica me has hecho.” Al pronunciar estas palabras arrojó con fuerza la tercera manzana hácia un lado para que perdiese la direccion en ir por ella, y volver á la carrera. Pareció que la doncella dudaba si iria ó no á cogerla; pero yo con mi inspiracion la incliné á que se determinase, y al tiempo de cogerla aumenté el peso de la manzana, y la impedí su velocidad con esta detencion y con el mayor peso de aquella. Últimamente porque mi narracion no se extienda mas que aquella carrera, Atalanta quedó vencida, é Hipomenes vencedor obtuvo su premio.”

FÁBULA XIV.

_HIPOMENES CONVERTIDO EN LEON Y ATALANTA EN LEONA._

„Dime ahora, querido Adonis, ¿no era yo digna de que Hipomenes me hubiese rendido gracias y ofrecido el honor del incienso y de los sacrificios por semejante favor? Pues has de saber que ni me las tributó ni me ofreció sacrificios. Me dejé arrebatar de la ira mas violenta; y sintiendo vivamente este desprecio, me indigné contra ambos, é hice en ellos un castigo tal que me asegurase de ulteriores desprecios. Pasaban un dia junto á un templo, que escondido en una espesa selva habia en otro tiempo edificado por voto á la madre de los Dioses el esclarecido Equion.[188] Como se hallaban fatigados del largo camino, se sentaron á la sombra para descansar. Alli asaltó á Hipomenes un intempestivo deseo del uso conyugal, promovido por mí. Cerca del templo habia un lugar retirado de escasa luz, formado naturalmente de las peñas, á manera de una cueva, y que habia sido consagrado desde la mas remota antigüedad, y alli los sacerdotes habian colocado muchos simulacros de madera de los antiguos Dioses. Entraron en este sitio, y le profanaron con una accion tan agena de su santidad. Los Dioses por no ver este sacrilegio volvieron los ojos, y Cibeles dudó si sumergiria á los delincuentes en la laguna Estigia; pero le pareció que este castigo era muy leve para un delito tan enorme. Al punto pues se cubren sus cuellos de rojas crines; sus dedos se encorvan en uñas; los hombros se convierten en espaldas; todo el peso carga sobre los pechos; con la cola barren la superficie de la arena; en el rostro se ve pintada la saña, y en vez de palabras pronuncian un espantoso murmullo, y tienen por tálamo las selvas: en una palabra, fueron transformados en leones, animales temidos de todos, y dóciles para el carro de Cibeles. Tú pues, amado Adonis, huye de estas fieras, y de todas aquellas que en vez de huir y volver la espalda presentan su cuerpo y pecho á los que les acometen. Evita su encuentro, no sea que tu osadía sea perjudicial á tí y á mí, que mas que tú sentiré tu desgracia.” Despues que Venus dió este consejo á Adonis, tomó el camino por los aires en un carro tirado de cisnes. Pero Adonis, dejándose llevar de su valor, no se aprovechó de las advertencias de Venus.”

[Ilustración: (112) Venus llora á su querido Adonis herido por un jabalí.]

FÁBULA XV.

_MUERTE DE ADONIS._

„Los perros de Adonis, que seguian el rastro, echaron del bosque un jabalí, y cuando iba á salir de la selva le hirió de través con una flecha. Al punto el feroz animal sacudió el dardo ensangrentado, y con sus colmillos corvos siguió á Adonis, que temblaba y buscaba donde guarecerse; se los clavó todos debajo de la ingle, y lo arrojó moribundo en la roja arena. Venus, conducida por medio de los aires en su ligero carro, no habia llegado aun á la isla de Chipre, y de lejos oyó los suspiros de su moribundo amante, y volvió hácia alli el ligero carro: luego que desde la alta region le vió desmayado, y que se revolcaba en su misma sangre, bajó; y rasgando sus delgados vestidos, se arranca los cabellos, se hiere el pecho lastimosamente, y quejándose de los hados, les dice: „No han de estar todas las cosas sujetas á vuestro poder. Querido Adonis, quedarán para siempre vestigios de mi llanto y sentimiento por tí, y en memoria de tu muerte se repetirá y celebrará todos los años una fiesta en que se imitará y representará mi llanto y mi dolor. Tu sangre será convertida en flor. Asi como tú, Proserpina, pudiste en otro tiempo convertir á tu rival[189] en olorosa yerbabuena, ¿no podré yo tambien, sin que se me atribuya á mal, convertir á Adonis en otra yerba?”

„Despues que dijo esto roció con néctar oloroso la sangre de Adonis, que hinchándose como aquellas gotas de agua que al caer forman menudas y transparentes ampollas, en menos de una hora salió de la sangre una flor colorada semejante á la de la granada. Esta flor es de corta duracion, porque siendo de poco vigor y de mucha ligereza, la marchitan los vientos, de quienes tomó el nombre de amapola.”

[Ilustración]

LIBRO ONCENO.

_ARGUMENTO._

Despues que las mugeres de Tracia, agitadas del entusiasmo de Baco, despedazaron á Orfeo, se convirtieron en árboles. Baco se retira de la Tracia; y por la restitucion de Sileno remuneró á Midas con la gracia de que convirtiese en oro todo lo que tocase. Y como este don le acarrease mas daño que provecho, se bañó en el rio Pactolo, y trocó en oro sus arenas. Despues, por haber desempeñado mal el papel de juez, Apolo le hizo nacer orejas de asno, y en seguida edificó los muros de Troya, revestido de forma humana. Habiéndose Hércules apoderado de la ciudad, dió á Telamon á Hesione por muger, en suposicion de haberse Peleo casado ya con Tetis despues de sus varias transformaciones; y habiendo ido á verse con Ceix, en parte vió y en parte entendió que Dedalion se habia convertido en alcon, y un lobo en piedra. Alcione, despues de haber visto en un sueño el naufragio de su marido, ella y este se transformaron en aves. Luego que algunos los vieron volar por los aires se acordaron que en otro tiempo Esaco, que entonces vivia, se habia transformado en cuervo marino.

[Ilustración: (113) Las Bacantes de Tracia que mataron á Orfeo son transformadas en árboles.]

FÁBULA PRIMERA.

_ORFEO DESPEDAZADO POR LAS BACANTES._

Mientras Orfeo halagaba y atraia con la dulzura de su canto la ferocidad de los animales, árboles y peñascos, las jóvenes Ciconas,[190] cubiertas con pieles de fieras, lo vieron desde un alto en el monte Rodope, que estaba cantando sus versos al son de la lira. Una de ellas, dejando agitar el cabello á discrecion de los vientos: „He aqui, dice, nuestro capital enemigo.” Y diciendo y haciendo le tiró al rostro el tirso, que como estaba entretejido de pámpanos, solo le hizo una ligera contusion: otra le tiró una piedra, la cual quedó sin efecto en el aire á la armonía de su voz y lira, y se arrojó á sus pies como pidiéndole perdon por su enfurecido atrevimiento: sin embargo se empeñaron las demas en una temeraria pelea, sin observar modo por estar dominadas del mas loco furor. Las armas que le disparaban hubieran perdido sin dificultad su fuerza con la eficacia del canto de Orfeo, si la confusa gritería, los tambores, las flautas y cornetas, las voces y los aullidos de estas mugeres Bacantes no hubieran confundido el son de la lira. En medio de este tumulto fue herido el desgraciado Orfeo con las piedras que le tiraron; y despues que las Ménades[191] dispersaron las aves, serpientes y la multitud de animales, que encantados de sus dulces acentos formaban un cerco al rededor de él, se vuelven con las sangrientas manos contra Orfeo, y le rodean como las aves que ven á la lechuza en medio del dia, ó como los perros al rededor de un ciervo que sueltan por la mañana para diversion del pueblo en el anfiteatro. Ellas le acometen por todas partes, y le tiran los tirsos verdes, que no estaban destinados para este uso. Unas le arrojan terrones, otras ramas arrancadas de los árboles, otras guijarros; y porque no faltasen armas á su loco furor, acaeció que cerca de alli habia unos labradores que barbechaban la tierra, y otros no lejos la cavaban, ganando el preciso sustento con el sudor de su rostro; los cuales, como vieron el escuadron de mugeres, huyeron y dejaron los instrumentos de su penoso trabajo; á saber, pesados rastrillos y azadones. Las Bacantes se apoderaron de estas armas, y aun arrancaron á los bueyes los cuernos, y volvieron á acometer al desgraciado Orfeo, que en vano les tendia las manos para aplacarlas; y esta fue la primera vez que no movió con su voz á los que le oian. En fin ellas le mataron sacrílegamente, y su alma (¡ó Júpiter poderoso!) se exhaló á los vientos[192] por aquella misma boca que articulaba aquellos dulces sones, y que tantas veces oyeron los peñascos y entendieron los animales. Por tí, desgraciado Orfeo, hicieron sentimiento las aves, las fieras, los peñascos; y las mismas selvas, que muchas veces acudieron al son armonioso de tu lira, te lloraron con amargas lágrimas. Los árboles despojados de sus hojas, los rios crecidos con las lágrimas que derramaron, las Náyades y Dríades vestidas de luto y esparcidos los cabellos, tambien fueron sensibles á tu muerte: sus miembros estaban esparcidos por todas partes: su cabeza y lira cayeron en el Hebro;[193] y cuando iban por medio de la corriente (¡cosa maravillosa!) empieza la lira no sé que triste lamento, y su misma lengua, aunque sin vida, unos murmullos lúgubres y lastimosos, que los ecos repetian en las riberas de este rio. Luego que entraron en el mar, y las olas y vientos las arrojaron á las playas de Lesbos, una fiera serpiente acomete á la cabeza de Orfeo, que yacia en la arena extraña, lame sus cabellos mojados con el agua de que estaba bañada, y abre su boca para desfigurar su rostro; pero cuando iba á morderla, Apolo la convirtió en piedra antes que la cerrase, y la dejó en la actitud de una culebra que va á morder. La sombra de Orfeo bajó al infierno, y despues que reconoció todos los lugares que habia visto en otro tiempo, pasó á los campos Elíseos, y encontrando á su amada Eurídice, la abrazó con la mayor ternura. Desde este momento no se separan un punto; unas veces se pasean juntos; otras la deja ir delante, y otras la precede él; pero asegurado siempre de que aunque vuelva el rostro atras para mirarla, no la volverá otra vez á perder.