Metamorfóseos o Transformaciones (3 de 4)
Part 7
„Un dia cuando Titan se hallaba en medio de su carrera, queriendo Apolo y Jacinto jugar al disco, se despojan de las ropas, y se ungen con aceite segun costumbre; Apolo arrojó el primero el disco con tanta fuerza y destreza, que penetrando la region del aire, dividió con su violencia las nubes, y de alli á mucho tiempo empezó á bajar hácia la dura tierra. Viéndolo Jacinto, sin prever el riesgo á que se exponia, y embebido en el juego, echó á correr para coger el disco; pero al tiempo que dió en el suelo saltó de rebote, y dió á Jacinto en el rostro, haciéndole una mortal herida. Quedóse Apolo tan descolorido como el mismo Jacinto; y reuniendo la carne que el golpe habia despedazado, unas veces la unia á la restante, otras enjugaba la sangre que corria de la herida, y otras procuraba contener su ya fugitivo espíritu, aplicándole los remedios y yerbas mas medicinales.[160] Nada aprovechó el arte, porque la herida era incurable. Al modo que las adormideras, los lirios y violetas, quebrantados sus tallos, inclinan su cabeza hácia la tierra, y ya no pueden erguirse, asi se inclinó su rostro al tiempo de espirar, y el cuello y cabeza, faltos de vigor, se abatieron sobre los hombros. Entonces Apolo: „Desfalleces, le dijo, Jacinto, en tu primera edad, y veo que yo tengo la culpa de tu muerte. Tú eres causa de mi dolor, y en tí vino á descargar mi golpe. Mi diestra debe ser marcada con una señal que signifique tu muerte. Sí, yo soy la causa y el autor de ella. Pero ¿en qué está mi culpa? Como no se quiera dar este nombre al juego, y llamarse delito el haberte amado. ¡Ojalá pudiera dar mi vida por la tuya ó morir contigo! Pero puesto que el destino se opone á ello, reinarás siempre en mi memoria; mi canto y mi lira jamas dejarán de publicar tus alabanzas, y convertido en una nueva flor, estarán en tí escritos mis llantos y gemidos. Llegará tambien un tiempo en que el fortísimo Ayax[161] se añada á esta flor, y se lea en sus hojas su nombre.” Mientras Apolo decia estas cosas la sangre de Jacinto, que habia caido y manchado las yerbas, dejó su color, y convirtió en una flor mas resplandeciente que la púrpura de Tiro, y tomó la forma que tiene el lirio, si este no fuera blanco y el jacinto encarnado. No se contenta Apolo con esto; él es el primero que le tributa honores; esculpe en las hojas sus suspiros, conteniendo la triste inscripcion de _ay ay_ con las mismas funestas letras. La ciudad de Esparta no tiene por afrenta el haber sido patria de Jacinto, antes sí por un honor que dura hasta el presente tiempo, en el que se repiten y celebran cada año con mucha pompa unas fiestas y juegos en su honor, siguiendo la costumbre de los mayores.”
FÁBULA VII.
_LOS CERASTES CONVERTIDOS EN TOROS._
„Mas si se pregunta á la ciudad de Amatonta, abundante en metales, si ella tiene por honor el haber sido patria de las Propétides, como Esparta en haberlo sido de Jacinto, responderá que antes bien lo tuvo por afrenta, del mismo modo que el haberlo sido de aquellos que procreó en otro tiempo, los cuales, por tener dos cuernos en la frente, se llamaron Cerastes. Frente de la casa de estos habia un templo y ara dedicada á Júpiter, protector del hospedage, en la que se hacian los mas abominables y tristes sacrificios. Cualquiera extrangero que llegase á verla teñida y salpicada de sangre creeria que en ella se habian sacrificado algunos ternerillos ó algunas ovejas de Chipre, y no era eso, sino que las víctimas que en ella se habian ofrecido eran los huéspedes y extrangeros que alli llegaban. Ofendida Venus de esta abominacion, estaba resuelta á retirarse de sus ciudades y de toda la region é isla de Chipre; pero reflexionándolo mejor, dijo:
[Ilustración: (106) Venus transforma en Toros á los Cerastes que profanaban á Chipre.]
„¿En qué han pecado mis ciudades y estos campos, que me son tan agradables? ¿Qué delito hay en ellos? Mejor es que los delincuentes paguen su pena con el destierro ó con la muerte, ó con otro castigo que venga á ser un medio entre estos dos. Y ¿cuál podrá ser este sino el de transformarlos en otra diversa figura?” Venus vacilante en qué los convertiria, vuelve la vista á los cuernos que tenian en su frente; y ocurriéndola el dejarlos con ellos, los transformó en crueles toros.”
FÁBULA VIII.
_PIGMALION._
„Las Propétides[162] tampoco hicieron honor alguno á su patria, pues ademas de ser obscenas se atrevieron á negar que Venus fuese Diosa, por lo cual airada esta, se dice que las enardeció hasta el extremo de que fuesen el primer egemplar de la prostitucion; y como perdieron el pudor, y se les endureció la sangre en el rostro, poco á poco se fueron convirtiendo en duros peñascos.
„Como antes de su transformacion las viese Pigmalion que pasaban su vida en tan criminal disolucion, espantado de los vicios y desarreglos en que naturalmente incurren las mugeres, las juró aborrecimiento, y vivia en el estado de celibato, en el cual se mantuvo por mucho tiempo. En el intermedio de él hizo felizmente y con mucho arte una estatua de marfil, á la cual dió la forma de una muger tan hermosa, que ni la naturaleza ni el arte llegaron á mas, y viéndola tan bella, se enamoró de su estatua.
[Ilustración: (107) Pigmalion se enamora de la estatua que habia hecho, y Venus la anima.]
„Su semblante era de una verdadera doncella: parecia que estaba viva, y que queria moverse á no prohibírselo la modestia: ¡tan grande era el primor que ocultaba el arte! Maravíllase Pigmalion, y se enciende en su pecho un fuego de amor á la estatua como si estuviese viva. Muchas veces la tocaba con sus manos dudando si era cuerpo viviente, y no se atrevia á decir que fuese marfil: besábala, y le parecia que le retornaba el cariño: la hablaba, la tenia en sus brazos, y se persuadia que sus dedos se imprimian en los miembros como si fuesen flexibles, temiendo que la impresion de ellos no la hiciese algun daño ó contusion. Con la idea de complacerla unas veces la hacia halagos, otras le traia conchas y piedrecillas, dones agradables á las doncellas, diversos pajarillos y flores de mil colores, lirios, bolitas pintadas y granos de ámbar. Tambien la adornaba con vestidos de gala; poníala en los dedos lucidos anillos, y en el cuello largas gargantillas, arracadas de piedras preciosas en sus orejas, y joyas en su pecho. Todas estas cosas le caian muy bien; pero despojada de ellas no estaba menos hermosa. Poníala en su cama llamándola su muger, y como si tuviera sentido la colocaba y reclinaba sobre almohadas de suaves plumas. Llegó el dia y festividad dedicada á Venus, el cual se celebraba en la isla de Chipre con mucha solemnidad.[163] Ofrecíanse sacrificios de blancas novillas, doradas sus extendidas astas, y humeaban en los templos los ofrecidos inciensos. Pigmalion, despues de haber hecho un sacrificio, se puso delante del altar, y con el debido respeto hizo esta deprecacion: „Si podeis, ó Dioses, conceder todo lo que se os pide, os ruego que la muger con quien me case (y no atreviéndose á decir fuese la doncella que habia hecho de marfil, pronunció en lugar de ello) sea semejante á la estatua que he formado.” La refulgente Venus, que asistia á su festividad, conoció lo que queria decir aquella deprecacion, y en señal de que venia bien en darle gusto en lo que suplicaba, por tres veces se encendió por sí misma la llama de una antorcha, y su piramidal punta se elevó por los aires. Pigmalion, contento con este agüero, se volvió á su casa, y al punto que entró en ella se dirigió á la estatua de su querida, y tentándola le pareció que estaba caliente; que el marfil se ablandaba, y que deponiendo su dureza, cedia á los dedos suavemente, á la manera que la cera del monte Himeto[164] se ablanda á los rayos del sol, y se deja manejar con los dedos, tomando varias figuras, y haciéndose mas dócil y blanda con el manejo. Al verlo se pasma Pigmalion; se llena de un gran gozo mezclado con temor, creyendo que se engañaba. Volvió segunda vez á tocar la estatua, y se cercioró que era un cuerpo flexible, y que las venas daban sus pulsaciones al explorarlas con los dedos. Entonces Pigmalion pronunció las palabras mas enérgicas y acomodadas para dar gracias á Venus; estrechó su rostro con el verdadero de su querida, y sintiéndolo esta se llenó de rubor; y alzando su tímida vista, vió á un mismo tiempo al cielo y á su amante. La Diosa Venus felicitó con su asistencia el casamiento que ella misma habia proporcionado, y al cabo de nueve meses la que antes habia sido estatua dió á luz á Epafo, del cual la isla tomó el nombre. Tambien nació de ella y fue fruto de este enlace Ciniras, el cual hubiera podido contarse entre los hombres felices si no hubiera tenido sucesion.[165]
„Me veo en la ocasion de contar cosas obscenas y horrendas. Retírense de aqui las doncellas y sus madres, pues no es razon las oigan: y si el suceso que van á referir mis versos os agradare y entretuviere, tenedlo por una novela, y no lo creais; y si lo creyéreis, creed tambien la pena con que fue castigado. Si es posible y parece creible que se haya cometido una maldad que aborrece la misma naturaleza, doy el parabien á la nacion traciana, á nuestro reino y á nuestras tierras por hallarse tan distantes de aquellas regiones en que sucedió la horrible maldad que voy á referir. Enhorabuena que la Arabia sea abundante en amomo, en cinamomo, en costo, en incienso y en otras flores y perfumes, con tal que sea ella sola donde se crie la mirra, árbol nuevo, que se produjo á costa de tal maldad.”
[Ilustración: (108) Desesperada Mirra se colgó; pero su Nodriza corta el lazo y la libra.]
FÁBULA IX.
_MIRRA CONVERTIDA EN ÁRBOL._
„Abominable Mirra, no tienes disculpa excusándote con el amor, porque este niega y repugna haberte herido sus armas, y se disculpa de que sus incentivos te pudiesen incitar. Solo alguna de las infernales Furias te abrasó con su horrible tea,[166] é inspiró en tí el venenoso hálito de sus hinchadas víboras. Maldad abominable seria el que hubieses aborrecido á tu padre; pero es mas abominable el que te enamorases de él. Puesto que de todas partes concurrian á ser pretendientes tuyos los próceres mas afamados, y la juventud de todo el Oriente se presenta como á competencia á solicitar tus bodas, elige al que quieras de todos ellos, con tal que en ellos no esté ni se cuente uno.[167] Mirra, conociéndose arrebatada de su pasion, resistia cuanto podia á un amor tan abominable, y decia entre sí: „¿Adónde me precipito? ¿Qué es lo que intento? Deidades, piedad y reverencia paternal, sagrados respetos y derechos de los padres, impedid que llegue á egecutarse tal maldad, y oponeos á tan execrable deliro, á llamarse asi lo que intento, porque puede con razon negarse que lo abominen y condenen la piedad y la reverencia, pues vemos que los brutos y animales se enlazan entre sí sin reparos ni respetos: no es torpe ni feo en la novilla el tener por marido al toro su padre, ni al caballo el tener por muger á su propia hija: por el mismo órden se conducen las aves y los demas animales que andan y pacen reunidos en rebaños. Dichosos todos ellos, pues se hallan sin trabas, y les es lícita esta libertad.[168] La invencion de los hombres estableció unas extrañas leyes, que niegan y prohiben envidiosamente lo que la naturaleza permite y dispensa.[169] Con todo eso se cuenta que hay pueblos entre quienes la madre se casa con el hijo, el padre con la hija, y crece la piedad[170] con el amor duplicado. ¡Desgraciada de mí! ¡Que no hubiera tenido la suerte de haber nacido en aquellas regiones, y me perjudicase la costumbre y derecho de mi patria! Pero ¿de qué me sirve cavilar sobre estas cosas? Alejaos de mí, esperanzas prohibidas. Es cierto que Ciniras es digno de ser amado; pero solo como padre. De aqui infiero que si yo no fuese su hija, podria enlazarme con él en lícito casamiento. La proximidad es la que me perjudica; y si fuera extraña, seria mas asequible mi esperanza. El corazon me inspira la resolucion de alejarme de aqui, y abandonar el suelo patrio por evitar tan execrable delito; pero mi loca pasion me detiene, porque presente podré recrearme con la vista de Ciniras, con tocarle, hablarle y besarle, ya que no pueda ser otra cosa mas. Pero ¿qué es esto que digo de mas, impía doncella, puedes esperar alguna otra cosa mas? ¿No conoces el trastorno que causarias en los nombres y en las leyes? Entonces serias una competidora de tu madre, concubina de tu padre, hermana de tu propio hijo, y madre de tu hermano. ¿No temes pues á las implacables Furias, que con la hacha en la mano y los cabellos erizados de serpientes amedrentan sin cesar á los delincuentes? Pero tú, puesto que aun no has cometido la maldad en efecto, no la concibas en el ánimo, ni atropelles con un gusto prohibido las poderosas leyes de la naturaleza. Imagínate que él pueda inclinarse á quererte; pero la cosa no es permitida, y le detendrá su misma piedad, y el acordarse de la prohibicion de la ley. ¡Ay! ¡cuánto desearia yo que él estuviese poseido de un fuego semejante al mio!” Con esto puso fin á su razonamiento; pero Ciniras, á quien la multitud de los pretendientes de su hija le hacia dudar sobre la eleccion, se los nombró todos, preguntándola á ella misma á cual escogia por su marido. Enmudece al principio; y reclinándose como desmayada sobre el rostro de su padre, se abrasa, y humedece sus ojos con un ardiente llanto. Creyendo Ciniras que sus lágrimas y silencio eran efecto de su modestia y pudor virginal, las interrumpe con su mandato, la besa y enjuga sus mejillas. Causaron mucho gozo á Mirra estas demostraciones de la terneza de su padre, y preguntada por este á quien de los pretendientes queria elegir por esposo, le respondió que á uno que en todo se le asemejase. Ciniras aplaudió sin entender la respuesta de su hija, teniéndola por obediencia y subordinacion, y la dijo: „Persevera, hija mia, en ser siempre tan obediente y piadosa.” Mirra, que oyó la palabra piedad que su padre habia pronunciado, bajó el rostro avergonzada de su delito. Á la media noche, cuando todos estan descuidados y entregados al sueño, Mirra desvelada se abrasaba en el fuego de su amor, y resolvia en su imaginacion sus locos deseos. Unas veces desconfia, otras se resuelve á probar fortuna, y á intentar el ponerlos en egecucion. Ya se avergüenza, ya se inflama, y por mas que discurre no halla ni le adapta medio ni modo alguno de egecutar su proyecto; y á la manera que un grande árbol herido con los golpes de la segur, cuando ya resta poco para acabarlo de cortar, no se sabe hácia qué lado podrá caer, y se teme por todas partes, asi el ánimo de Mirra, agitado de tantos y tan varios impulsos, duda entre los medios que debe escoger, y no encuentra medio ni reposo sino en la muerte. Resuélvese á ella, se levanta precipitada con la determinacion de echarse un dogal á la garganta; y teniendo ya para ello atado al techo el cíngulo que al efecto se quitó, dijo: „Á Dios, querido Ciniras, sabe que tu amor es la causa de mi muerte.” Dijo esto, y al momento acomodó el lazo á su descolorido cuello. Se cuenta que su fiel aya, que dormia en la pieza inmediata, oyó el confuso ruido de las voces. Levántase asustada, abre la puerta, y viéndola en la disposicion que estaba, puesto en el cuello el lazo para ahorcarse, empieza á dar voces, se da golpes, se hiere el pecho, la desata y quita el lazo, y le hace pedazos. Despues la estrecha entre sus brazos, derrama un torrente de lágrimas, y la pregunta la causa de su desesperacion. Queda enmudecida la doncella, é inmóvil fija sus ojos en el suelo, sintiendo que su ama la hubiese hallado en aquella accion, y la estorbase darse la muerte. La anciana la insta de nuevo; y descubriendo sus canas y ya arrugados pechos, la ruega con mucho ahinco por la leche que la dió, y por los desvelos que padeció en criarla, que la comunique su dolor, cualquiera que él fuese. Mirra gimiendo con alguna indignacion repelió sus ruegos. La anciana persiste en averiguar la causa, prometiéndola todo su favor. „Dime, hija mia, la decia, ¿qué es lo que te aflige? No me niegues el gusto y consuelo que tendré en aliviarte. No me servirá de estorbo la vejez. Si el amor causa tu mal, tengo yerbas virtuosas y encantos para curarlo: si alguno te ha fascinado, serás purificada con las ceremonias mágicas: últimamente si los Dioses vengadores quieren castigarte, yo sabré aplacarlos con los sacrificios. Yo no puedo atribuir á otra cosa alguna mas que á las referidas la causa de tu desesperacion, porque tus bienes y tu casa no padecen ninguna quiebra ni menoscabo, y viven y estan sanos tu madre y tu padre.” Al oir Mirra la palabra padre arrancó un triste suspiro de lo íntimo de su pecho, y el ama, aunque comprendió que podia proceder de algun amor, no sospechó que pudiese ser de los nefarios y prohibidos. Tenaz en su propósito de averiguarlo, la hace instancias á que la manifieste la causa de su desesperacion, fuese de la clase que fuese; y viendo que no daba otra respuesta que la de deshacerse en lágrimas, la tomó en su regazo, y abrazando estrechamente su cuello con sus débiles brazos, la dijo: „Ya he penetrado lo que ello es: tú estás enamorada; anímate y depon tu temor, y confia en que mi industria y mi eficacia te serán útiles para proporcionarte el logro de tus deseos, sin que jamas lo llegue á entender tu padre.” Mirra se soltó furiosa de los brazos de su ama, y echándose boca abajo sobre la cama y mordiendo la ropa, la dijo: „Apártate de aqui por vida tuya, y déjame ocultar mi vergüenza con el llanto;” y como el ama redoblase las instancias, la respondió: „No seas importuna, vete de aqui, ó deja de preguntarme la causa de mi dolor, porque es una maldad lo que pretendes saber.” Llenóse de horror la vieja; y alargando sus manos trémulas con la edad y con el miedo, se postró rendida á los pies de su alumna; unas veces la acaricia, otras la amedrenta si no la descubre el secreto, amenazándola que descubrirá y publicará el delito que intentaba cometer cuando la halló á punto de quitarse la vida con el dogal al cuello, y por el contrario la aseguraba su ayuda y favor para el logro de su amor si se descubria. Mirra algo animada se incorporó, y echándose al cuello de su ama, la riega el pecho con sus lágrimas. Mil veces intenta descubrir su debilidad, y otras tantas detiene los acentos. En fin, cubriéndose el rostro con su ropa: „¡Ah! dijo suspirando, ¡qué dichosa es mi madre con ser esposa de mi padre!” No dijo mas, y concluyó con un suspiro; pero la aya, que comprendió el sentido de estas palabras, entró en un temblor que la penetró hasta los huesos, se llenó de pavor, y se le erizaron los plateados cabellos. Persuadióla cuanto pudo por si podia apartarla de una pasion tan criminal. Penetra Mirra lo justo de sus persuasiones; pero sin embargo estaba resuelta á morir si no daba satisfaccion á sus deseos. „Vive, la dijo entonces el aya: tú gozarás de tu propio...” y calló, no atreviéndose á decir _padre_, y la asegura con juramento esta promesa. Era tiempo en que las matronas vestidas de blanco celebraban la fiesta de Céres, y la ofrecian como en primicias de sus cosechas guirnaldas de espigas; y era rito de esta solemnidad el que en los nueve dias y noches que duraba las casadas no podian cohabitar con sus maridos, y como Ceneris[171] era una de las que asistian á la fiesta, quedóse solo el Rey Ciniras su marido. Aprovechándose la oficiosa aya de esta coyuntura, se entró en su cámara en ocasion que le halló algo trastornado con el vino, y le propuso bajo un nombre supuesto el amor que le tenia una jóven, alabándole mucho su hermosura. Preguntándola el Rey los años de la doncella, respondió que era de la misma edad de su hija, de lo que informado, mandó se la llevara. Al momento fue al cuarto de Mirra, y abrazándola la dijo: „Alégrate, hija mia, pues ya te tengo proporcionada la victoria y el logro de tus deseos.” Aunque esta noticia no causó sino una alegría imperfecta á Mirra, y que su corazon le presagió alguna cosa funesta, no obstante no dejó de regocijarse: tanta era la perturbacion en que la tenia su pasion. Llegó la media noche, en que todo yacia en silencio profundo, y el carro de Bootes habia ya torcido su direccion. Á esta hora se encaminó Mirra al aposento de su padre á egecutar su torpe deseo. La luna desamparó el cielo, ocultándose debajo del horizonte; las estrellas se cubrieron de nubes negras y espesas, y la noche quedó en una total oscuridad. Icario y Erigone,[172] vosotros que por el amor paternal fuisteis colocados en el cielo, velasteis vuestro rostro por no ser testigos de una accion tan abominable. Mirra tropezó tres veces, y tres veces el fúnebre buho la presagió alguna desgracia con su lúgubre canto. No obstante como la noche y las tinieblas la hacian menos tímida, continuó su camino asida á la mano izquierda de su aya, y de la derecha se servia para atinar el camino por medio de la oscuridad. Llega por último á la entrada del cuarto de su padre. Apenas entró cuando le temblaron las rodillas, vacilando las piernas; mudó de color, y la faltaba el ánimo para proseguir. Cuanto mas se acerca á su delito tanto mas se horroriza y arrepiente de su atrevimiento, y quisiera poder volverse sin ser conocida. La vieja, que la ve detenerse, la conduce é introduce, llevándola asida por la mano, y al tiempo que la entregaba á Ciniras habló de esta manera: „Esta es la persona que te he prometido,” y se retiró, dejándola en el cuarto. Ciniras para acariciarla, alentarla y hacerla deponer el temor es creible que alguna vez la llamase hija, y ella á él padre, y de este modo no faltaron á la maldad los verdaderos nombres. Cometido el incesto, del que fue consecuencia la gravidacion, se repitió por el mismo órden otras noches, hasta que Ciniras, ansioso por ver y conocer á su amante, hizo entrar una luz, á cuyo resplandor vió y comprendió su delito, y que la cómplice era su hija. Callando y sin pronunciar una palabra, porque no se lo permitia su dolor, arremetió á su espada, y la desenvainó. Mirra al verlo echó á huir, y se ocultó y escapó de la muerte favorecida de la oscuridad y de lo tenebroso de la noche, á quienes debió poder escapar del palacio y salir á los dilatados campos, y entregándose por ellos á la fuga, penetró peregrinando hasta la Arabia, abundante en palmas, y se dejó atras las llanuras de Pancaya, y despues de haber andado errante por espacio de nueve meses, hallándose cansada de la fatiga de su viage, y aun mas de la incomodidad de su embarazo, hizo alto en la region Sabea. Entonces sin saber qué hacer, pues le era odiosa la vida, aunque temia la muerte, hizo á los Dioses esta súplica: „Ó Dioses, si favoreceis á los que confiesan su delito, yo me reconozco digna de la mayor pena: no rehuso el merecido castigo. Mas para que yo no sea el oprobio y escándalo de la tierra si vivo en ella, ó la vergüenza y espanto de los muertos si bajo al reino tenebroso, arrojadme de ambos imperios, y mudándome mi forma, negadme la vida y la muerte.” Estos votos y súplicas de Mirra hallaron propicios á los Dioses, pues aun no las habia concluido cuando la tierra empezó á cubrir sus pies, que se volvieron raices retorcidas, capaces de sostener un robusto árbol. Sus huesos, que conservaron su medula, formaron el tronco; su sangre se convirtió en jugo, sus brazos y dedos se trocaron en las ramas, y su piel en dura corteza; la que creciendo poco á poco, habia ya ocultado el elevado é hinchado vientre y el pecho, y se dirigia á cubrir el cuello y cabeza, que era lo que únicamente faltaba: no aguardó á tanto Mirra, sino que impaciente con la tardanza se encogió un poco, y zabulló su rostro en la corteza que venia creciendo. Aunque con la transformacion de su cuerpo perdió Mirra el uso de todos los sentidos, conservó el llanto, pues del tronco se destilan unas cálidas gotas, que corriendo por él á manera de lágrimas, se congelan y forman una preciosa goma, que tiene y conserva el nombre de Mirra, y perpetuarán la memoria y noticia de su transformacion á todas las edades.”