Metamorfóseos o Transformaciones (3 de 4)

Part 4

Chapter 43,972 wordsPublic domain

Aunque tú fueses mayor que los demas dragones, ¿cómo te podrias comparar con la Hidra de Lernea?[73] Era esta fecunda, y se multiplicaba con las heridas, pues de cien cabezas que tenia ninguna le corté sin que al instante le renaciesen en su lugar otras dos. Yo domé á este monstruo, que crecia y se multiplicaba con la mutilacion, y cuyas cabezas se ramificaban con las que renacian en lugar de las cortadas, y por último la vine á dar muerte, y acabé con todas sus cabezas. En comparacion de aquel monstruo ¿qué piensas eres tú, que convertido en una aparente culebra, te vales de armas agenas, y te ocultas en una figura prestada?” Apenas dijo esto cuando me apretó con sus manos y enlazados dedos lo mas estrecho del cuello. Veíame comprimido como si me apretasen la garganta con unas tenazas, y procuraba en vano desasirla de entre sus dedos. Viéndome vencido, y que solo me quedaba el recurso de mudar tercera figura, me transformo de repente en un toro feroz, y en esta forma me pude desprender de mi enemigo. Él me echó sus brazos, y me asió por el lado izquierdo; y aunque yo huia, me seguia sin desprenderse, hasta que cogiéndome por las astas, las abatió hasta el suelo, y me tendió sobre la arena. No paró aqui mi desgracia, sino que con la fuerza que hacia me arrancó una de las astas. Las Náyades la llenaron de frutas y flores olorosas, y la dedicaron á la abundancia, significada en la cornucopia.”[74] Luego que Aqueloo acabó esta relacion se presentó una Ninfa con el cabello esparcido y el vestido arregazado como Diana, la cual traia en esta cornucopia las mas sazonadas frutas del otoño, y cubrió con ellas la mesa para que sirviesen de postres.

[Ilustración: (91) Deyanira es robada por el Centauro Neso.]

FÁBULA II.

_RAPTO DE DEYANIRA._

Llegó el siguiente dia, y al comenzar el sol á dorar las cumbres de los montes partieron Teseo y sus compañeros, sin esperar á que el rio se aplacase y enfrenase su corriente. Aqueloo se metió en el agua para ocultar en ella su cabeza despojada de una asta. Esta pérdida era lo único que le afligia y afeaba, porque en lo demas no padeció menoscabo alguno; sin embargo, la disformidad de su cabeza la reparaba ocultándola con una guirnalda de sauces ó cañas verdes.

Tambien al feroz Centauro Neso le sentó mal su ardiente amor á la bella Deyanira, y le costó el haber perdido la vida á la violencia de una flecha que le disparó Hércules, con la cual le traspasó todo el cuerpo por las espaldas. Fue el caso que regresando Hércules á su patria en compañía de su nueva esposa, llegó á la ribera del rápido Eveno,[75] que engrosado con las aguas del invierno iba mas caudaloso que nunca, y no podia pasarse por sus frecuentes remolinos. Viéndole Neso determinado á pasar, y que le detenia el cuidado de su muger, y la imposibilidad de atravesar con ella el rio, se llegó á él, y jactándose de la valentía de su cuerpo, y de que tenia bien conocidos y experimentados los vados, le dijo: „Yo me encargaré de poner á Deyanira en la otra orilla: tú procura usar de tus fuerzas, y pasar el rio á nado.” Aceptó Hércules, y entregó al Centauro á Deyanira llena de sobresalto, y que se resistia á ello, rezelándose tanto del Centauro como del rio. En seguida asi conforme estaba vestido de su piel de leon, y armado con la aljaba (pues la clava y el arco los habia tirado á la contrapuesta orilla), dijo: „Ya que he empezado la empresa enviando delante á mi esposa, atraviese yo tambien el enfurecido rio.” Sin detenerse mas se arrojó á la corriente sin buscar el vado, ni por donde aquella fuese mas mansa, dejándose llevar del ímpetu de las aguas.

Luego que Hércules llegó á la otra orilla, al tiempo de recoger su clava y arco oyó los gritos que daba su muger, porque el Centauro intentaba robarla. „¿Adónde, exclamó, ó ladron, te arrebata la vana confianza de la ligereza de tus pies?[76] Á tí hablo, Neso, monstruo de dos formas, atiéndeme, y no me robes lo que es mio. Si el respeto que me debes no te mueve, á lo menos la rueda donde tu padre está atado[77] debia contenerte en lo que te está prohibido; pero no te me escaparás, pues aunque confias en la ligereza de tus pies de caballo, te alcanzaré, no con mis pies, sino con mis flechas.” Asi lo verificó, pues al concluir estas últimas palabras disparó una, con la que le atravesó por las espaldas en medio de su carrera. La corva lengüeta penetró hasta el pecho, y salió algo fuera de él. Despues que el Centauro se sacó la flecha, su sangre, mezclada con el veneno de la Hidra[78] de Lernea, saltó con ímpetu por ambas heridas. Procuró recogerla el Centauro; y viéndose ya cercano á espirar, dijo entre sí: „Á lo menos no moriré sin vengarme;” y dió á Deyanira la camisa en que habia empapado su sangre, haciéndola creer que era un regalo, del cual se podria servir contra el olvido de su marido, y para que este siempre la amase.

[Ilustración: (92) Hércules se tiende sobre la pira, y Filoctetes la prende fuego.]

FÁBULA III.

_MUERTE DE HÉRCULES._

Mucho tiempo pasó desde este suceso, y las hazañas del valeroso Hércules se habian ya extendido por todo el mundo, asi como se habia divulgado el odio de Juno; y este héroe vencedor de la Oechalia preparaba á Júpiter un sacrificio para darle gracias por las victorias que habia conseguido, cuando la fama vocinglera, que se complace en confundir lo verdadero con lo falso, y que abultando los objetos, hace monstruos de las cosas mas pequeñas, informó á Deyanira que su marido estaba enamorado de Yole.[79] El amor es crédulo: Deyanira, penetrada de dolor con la nueva, apeló al principio á las lágrimas, y la desdichada disminuia asi su dolor con el llanto. Mas despues reflexionando un poco: „¿De qué me aprovechan, dijo, estas lágrimas inútiles, en que quizá se complacerá la adúltera? Ella llega, y es menester anticiparme, é impedir que ocupe mi tálamo nupcial. ¡Miserable de mí! ¿qué partido he de tomar? ¿Manifestaré mis quejas, ó las guardaré en silencio? ¿Me volveré á Calidonia, ó me detendré en este pais? ¿Saldré de casa, ó ya que no pueda otra cosa la impediré la entrada? ¿Qué habrá que extrañar, ó Meleagro, si al considerar que soy tu hermana me preparas á una accion varonil, y sacrificando á la adúltera, hago ver á la posteridad de qué es capaz una muger ofendida?”

Despues de haber revuelto en su imaginacion mil diferentes ideas, Deyanira con el designio de atraer á su marido, y volver á encender su amor hácia ella, prefirió el medio de enviar la vestidura que estaba empapada con la sangre de Neso,[80] la cual al efecto entregó á Licas, sin prever que lo que enviaba seria la causa de su llanto y su dolor: al darle la vestidura le encargó se la entregase á su marido en su nombre con expresiones y voces llenas de blandura y de cariño. Recibió Hércules la camisa de Deyanira emponzoñada con la sangre de la Hidra de Lernea, y se la vistió para hacer con ella el sacrificio, y al tiempo de quemar el incienso, y de derramar el vino sobre el ara,[81] se avivó con el calor la fuerza del veneno, y encendiéndose en llamas, se difundió por todo su cuerpo. Mientras pudo reprimió con su acostumbrada fortaleza los gemidos; pero despues de vencida la paciencia con el mal, desamparó el altar y sacrificio, é hizo resonar el monte Oeta con sus clamores. Hizo los mayores esfuerzos para rasgar la mortal camisa; pero cuando tiraba de ella rasgaba y se arrancaba la piel, á la que aquella estaba asida fuertemente; y por lo mismo (causa horror el referirlo) con las diligencias de quitarse la camisa descubria sus despedazados miembros, y hasta sus huesos, y la sangre que salia rechinaba á la manera de un hierro encendido cuando se mete en agua fria, y hervia aquella con el calor del veneno. Las voraces llamas le consumian las entrañas: un negro sudor corria por todo el cuerpo: los nervios medio abrasados sonaban, y las medulas se derretian con la oculta podre. Entonces, levantando las manos al cielo, exclama: „Cruel Juno, regocíjate ahora con mis calamidades; regocíjate mirando desde lo alto esta peste que me consume; ceba bien tu fiero corazon, y por último, si se ha de tener misericordia aun de los enemigos (pues yo lo soy tuyo), quítame esta vida aborrecida y destinada á trabajos y sufrimientos, y que no miro ya sino con horror. La muerte será para mí un beneficio, y tal que sea decente y conveniente á una madrastra. ¿No soy pues aquel Hércules que vengó á los Dioses del cruel Busiris,[82] que profanaba sus templos con la sangre de sus huéspedes? ¿No soy yo el que venció al fiero Anteo,[83] á pesar del socorro que le prestaba la Tierra su madre? ¿No soy yo á quien no espantaron el monstruoso Gerion ni el Cancerbero, aquel de tres formas, y este de tres cabezas?[84] ¿Mis brazos no sujetaron las astas de aquel fiero toro que asolaba la Creta?[85] ¿No experimentaron su valor la Elide,[86] el lago de Estinfale[87] y el bosque de Partenia?[88] ¿Mi valor no concluyó la empresa de conquistar y traerme el tahalí[89] bordado de oro de la Reina de las Amazonas, y las manzanas de las Hespérides, guardadas por un dragon que nunca dormia? ¿Pudieron resistirme los Centauros, ni el fiero jabalí que destruia toda la Arcadia, ni aprovechó á la Hidra el aumentar sus fuerzas, ni redoblar para mas daño suyo sus cabezas? Pero ¿qué me aprovecha todo esto, ni el haber acometido á los caballos de Diomedes, mantenidos con sangre y carne humana, cuyos pesebres estaban llenos de destrozados miembros, y haberlos dado muerte, quedando envuelto en la misma desgracia su señor? Á la violencia de estos mis brazos yace vencido y muerto el espantoso leon de Nemea: con mis hombros sostuve el cielo, y defendí á los Dioses.[90] Últimamente la cruel Juno mas pronto se cansó en mandarme imposibles que yo en vencerlos y egecutarlos; pero ahora me veo acometido de una nueva calamidad, á la cual no puede resistir ni mi valor ni mis armas. En lo íntimo de mis pulmones anda errante un fuego consumidor, que se difunde y ceba en todos mis miembros. Con todo esto, y cuando yo me abraso, tiene y goza salud Euristeo:[91] á vista de esto, y de que tal se permite, ¿habrá quien pueda creer que hay Dioses?” Al acabar Hércules de decir esto echó á correr por las alturas del monte Oeta, á la manera que un toro cuando se ve herido llevando clavada la flecha, y ha huido el que le hizo la herida: unas veces se le veia dar gemidos, otras temblando, otras intentando arrancarse todos sus vestidos, otras derribando los árboles é irritándose contra los montes, ó levantando las manos al cielo, é implorando el socorro de su padre. En este estado vió á Licas temblando, que procuraba ocultarse en la concavidad de un peñasco; y como tenia toda su rabia reconcentrada por el gran dolor, le dijo: „¿Eres tú pues, desgraciado, el que me ha traido este fatal don? ¿Eres tú el autor de mi muerte?” Trémulo y pálido Licas, tímidamente se excusaba; pero al tiempo que se disponia á pedir misericordia, Alcides lo coge por medio del cuerpo, sin embargo de que se le resistia, y despues de haberle volteado muchas veces, lo arrojó al mar de Eubea con mas violencia que una piedra disparada de una honda. El cuerpo de este desgraciado se endureció en el aire, como las gotas de agua que el frio Aquilon congela y convierte en nieve ó granizo; y helándose la sangre con el miedo, fue convertido en aquel pequeño peñasco que aun hoy se ve en el mar Eubeo con las señales de figura humana, al cual no se atreven los marineros á pisar, como si lo hubiera de sentir, y le llaman Licas.

Despues de esto, ó Hércules, cortas muchos árboles del monte Oeta, con los que construyes una pira; y dando tu arco, aljaba y flechas á Filoctetes para que las llevase á la guerra de Troya, te vales de su ministerio para que pusiese fuego á la pira, y antes que las voraces llamas llegasen á apoderarse de toda ella, subes á lo mas alto, tiendes la piel del leon de Nemea, y poniendo la clava por cabecera, te recuestas en la hoguera con tanta serenidad y con semblante tan apacible, como un convidado que coronado de una guirnalda de flores se sienta á una mesa abundante de viandas y de vasos llenos de vino.

[Ilustración: (93) Hércules sube al cielo, y Júpiter le coloca entre los Dioses.]

FÁBULA IV.

_APOTEOSIS DE HÉRCULES._

La hoguera estaba ya encendida, y la llama sonaba por todos lados, y abrasaba el cuerpo de Hércules, que la miraba con serenidad, cuando los Dioses temieron por el vengador de la tierra; lo cual viendo Júpiter (que conoció la pena que tenian), les habló con alegre semblante de esta manera: „Ese temor, ó Dioses, es un deleite para mí, y me alegro, porque soy gobernador y padre de un reconocido pueblo, y porque mi hijo tambien está seguro con vuestro favor:[92] pues aunque esto se le da por sus grandes hazañas, no obstante yo os quedo obligado. Pero porque los corazones fieles no teman con vano miedo, ningun cuidado tienen que daros esas llamas del monte Oeta, porque el que todo lo venció tambien saldrá triunfante del fuego, y no le sentirá sino en lo que por parte de madre tiene de mortal, porque lo que tiene de mí es eterno, inmortal é incombustible. Luego que se purifique de lo mortal determino recibirle en el cielo, y confio que esta disposicion mia será agradable á todos vosotros; y si alguno no obstante siente que Hércules sea Dios, y quiere negarle el premio que yo le doy, debe hacerse el cargo de que le tiene merecido, y forzosamente lo aprobará.” Todos los Dioses se conformaron con la resolucion de Júpiter; y la misma Juno al parecer todo lo aprobó menos las últimas palabras, que le parecieron duras, y se la notó que las oyó con algun sentimiento. En tanto habia consumido la llama cuanto Hércules tenia de mortal:[93] no le quedó cosa que pudiese conocérsele de su anterior figura, ni de lo que tenia de la semejanza de su madre; solo conservó aquello en que se parecia á Júpiter, su padre. Al modo que la renovada culebra, dejada la piel, suele remozarse y resplandecer con las nuevas escamas, asi Hércules, despues de haber perdido lo que tenia de terrestre, tomó vigor en su mejor parte, y empezó á parecer mayor, y á hacerse digno de veneracion por su augusta gravedad; al cual arrebatando Júpiter en una carroza tirada de cuatro caballos entre las demas nubes, lo colocó en el número de los Dioses.

[Ilustración: (94) Lucina aterra á Galantis y la transforma en Comadreja.]

FÁBULA V.

_LUCINA RETARDA EL PARTO DE ALCMENA._

Atlante se resintió con el nuevo peso[94] que cargaba en el cielo que sostenia sobre sus hombros. Pero Euristeo aun no habia depuesto su antigua ira, y conservaba en los hijos de Hércules el odio atroz que habia tenido al padre. Mas Alcmena, natural de Argos, entrada ya en años, se hallaba fatigada con continuos cuidados, y solo tenia á Yole para consuelo de su vejez: esta la sufria las impertinencias de su ancianidad, y con ella comunicaba sus desgracias, y la referia los trabajos de su hijo Hércules, públicos y notorios á todo el orbe. Hilo, hijo de Hércules, cumpliendo con lo que le dejó encargado su padre, recibió á Yole por su muger con todo amor y cariño. Llegó el tiempo de que esta se hizo embarazada; y estando cercana al parto, la habló Alcmena de esta manera: „Los Dioses te sean favorables, y te concedan una hora pequeña cuando llegue el caso de que, acometida de los dolores del lance que esperas, invoques á Lucina,[95] auxiliadora de las que paren con timidez, y no te suceda lo que á mí, que la tuve contraria por el odio y precepto de Juno, pues cuando ya se acercaba el dia del nacimiento de Hércules, y habia yo entrado en el décimo mes,[96] el peso me extendia y abultaba el vientre en tal manera, que solo con verle podrias conocer que solamente Júpiter podria ser el autor de una cosa tan grande como la que ocultaba en él. Ya no podia tolerar mas las molestias que me causaba mi embarazo: aun ahora cuando te lo estoy contando se apodera de mis miembros un frio temblor que me hace estremecer, y el acordarme de ello es una reliquia de los dolores que entonces padecí. Siete noches y otros tantos dias estuve luchando con ellos, y ya cansada de padecer, levantando mis brazos al cielo, invocaba á gritos á Lucina para que me socorriese en la dificultad de mi parto. Ella es verdad que vino, pero mal impresionada, pues queria quitarme la vida por complacer á la implacable Juno. Luego que oyó mis lamentos se sentó ante la puerta; y poniendo la rodilla derecha sobre la izquierda, y entrelazando sus dedos unos con otros,[97] pronunció con voz baja algunas palabras mágicas para dilatarme el parto. Yo me esforzaba, y como loca me desahogaba en vanas injurias contra Júpiter, llamándole ingrato: yo deseaba morir, y daba unos gritos y gemidos capaces de mover á las duras peñas. Las matronas tebanas, que habian acudido á mi socorro, hacian por mí inútiles votos, y procuraban consolarme en mi dolor. Galantis, una de mis criadas, de mediana esfera, que tenia el cabello rojo, y era muy pronta en hacer lo que se le mandaba, á quien yo amaba por su buen servicio, entendió no sé qué hacia la contraria Juno;[98] y mientras entra y sale muchas veces de mi aposento, vió á la Diosa sentada en el umbral de la puerta, que tenia los brazos sobre las rodillas, enlazados los dedos. „Tú, quien quiera que seas, la dijo, alégrate, que mi ama acaba de parir, y se han cumplido sus votos.” Levántase espantada la Diosa que preside los partos, y separó las manos, que hasta aquel punto habia tenido juntas y cruzadas, y al instante, quitado este impedimento, se facilitó y verificó mi parto. Aseguran que Galantis se rió por haber engañado á la Diosa. Esta, viéndose asi burlada, asiéndola por los cabellos la arrastró; y al tiempo que queria levantarse de la tierra la convirtió en comadreja. Galantis, bajo esta transformacion, no perdió su antigua agilidad ni color; la cual, por haber favorecido á la parturienta con una mentira, pare por la boca sus hijuelos, y frecuenta como antes las casas.”

[Ilustración: (97) Driope corta unas flores de Lotos, ninfa convertida en árbol, y sufre igual suerte.]

FÁBULA VI.

_DRIOPE CONVERTIDA EN LOTOS._

Concluyó Alcmena su narracion con un suspiro, que la hizo arrancar la memoria de su antigua criada, y su nuera, viéndola afligida, la habló de esta manera: „Cuando te aflige y conmueve, ó madre mia, la transformacion de una persona extraña, ¿qué harias si yo te contase las desgracias de una hermana mia? Habré de referírtelo, aunque las lágrimas y el dolor me embargan el uso de la lengua. Driope, la mas distinguida en Oechalia por su hermosura, fue hermana mia solo de padre, é hija única de distinta madre. Despues que Apolo la privó con violencia de su virginidad, la recibió Andremon por su esposa, y los dos vivian en un consorcio feliz.

„Hay un lago que presenta la figura de una playa cuesta arriba, con una orilla cuesta abajo, cuya cumbre está coronada de mirtos. Vino aqui Driope ignorante de su suerte lastimosa; y para que mas te lastime el suceso, habia venido con la idea de ofrecer coronas de flores á las Ninfas de este sitio. Ella traia en sus brazos un niño, que aun era de pecho, y no habia cumplido un año. No lejos del lago habia un pomposo lotos, cubierto de flores que imitaban el color de la púrpura, y ofrecian esperanza de copioso fruto. Driope habia cortado de él unas flores, que para diversion dió á su hijo; y yo queria hacer lo mismo (porque me hallaba con mi hermana), cuando ví que destilaban gotas de sangre las flores, y que las ramas del árbol se movian con trémulo horror. En fin, segun hoy refiere la ignorante gente del campo, una Ninfa llamada Lotos, huyendo del infame Priapo, fue transformada en este árbol.

„Ignoraba esto mi hermana, la cual, como quisiese atónita volver atras, y retirarse despues de haber venerado á las Ninfas, sintió que sus pies se habian fijado con raices, é intentando arrancarlos, no podia de ninguna manera mover sino lo alto, creciendo la corteza desde abajo, y poco á poco llega á cubrirla las ingles. Luego que esto advirtió quiso arrancarse los cabellos; pero se llenó la mano de hojas, de las cuales estaba ya cubierta su cabeza. Mas el infante Anfiso (á quien su abuelo Eurito le puso este nombre), poniéndose á mamar, advirtió que se habian endurecido los maternos pechos, y que no sacaba leche por mas que chupaba. Yo era testigo del cruel suceso sin poder favorecer á mi hermana; y teniéndola abrazada, retardaba cuanto podia al tronco y las ramas que creciesen. Y confieso que entonces deseé quedar cubierta dentro de la misma corteza.

„Habiendo llegado á este tiempo mi padre y Andremon, me preguntaron por Driope: „Vedla aqui,” les dije, mostrándoles el lotos; besan el tronco, que aun estaba caliente, y se llegan postrados á la raiz de un árbol. Ya nada tenia mi hermana que no fuera árbol sino el rostro, y sus lágrimas corrian por las ramas y hojas que la rodeaban. Como su boca la tenia aun libre, tuvo tiempo de herir nuestros oidos con estas quejas: „Si algun crédito se debe dar á los infelices, juro por las Divinidades que yo no he merecido este castigo: sin culpa padezco esta pena: inocente he vivido; y si miento, produzca secas las hojas de que me veo vestida, y cortada con aguda segur, venga á ser pasto de las llamas. No obstante quitadme allá este niño, y entregadlo á una nodriza; haced que mame muchas veces á la sombra de este árbol, y que juegue debajo de él; y cuando pueda hablar haced que salude á su madre, y con tristes acentos diga: „Mi madre se oculta dentro de este tronco.” Pero no obstante que huya de los lagos, y que no coja flores de ningun árbol; que juzgue que cualquiera oculta debajo de la corteza alguna deidad. Quedaos con Dios, esposo querido, hermana y padre; y si alguna piedad teneis, no permitais que la hacha cortante llegue á las ramas de este árbol, ni que los ganados roan sus hojas; y como ya no me hallo en estado de hacer el menor movimiento para abrazaros, llegaos vosotros mismos á darme esta última prueba de mi amistad, y acercad á mi hijo para que le bese por la última vez. Quedad con Dios, que ya no puedo hablar mas, porque la corteza me llega hasta el cuello, y soy toda árbol hasta la coronilla de la cabeza. No os empeñeis en cerrarme los ojos con vuestras manos.[99] Sin que vosotros hagais conmigo este último oficio, la corteza me los oculta y cierra ya.” Al decir esto dejó á un mismo tiempo de ser y de hablar, y despues de su transformacion los ramos se mantuvieron calientes por mucho tiempo.”

Mientras Yole contaba este desgraciado suceso, Alcmena, llorando igualmente, limpiaba con sus manos las lágrimas que derramaba Yole, y un nuevo suceso les templó toda su tristeza, porque Yolao, hermano de Yole, entró en el cuarto en que estaban casi vuelto niño, á quien apuntaba el bozo en las mejillas, y restituido el rostro al estado en que le habia tenido en sus primeros años.[100]