Metamorfóseos o Transformaciones (2 de 4)
Part 9
„Conociendo todos los contagiados que no habia mas remedio que la muerte, despreciaban los remedios, y se entregaban á satisfacer lo que el ardor del mal les hacia desear: nadie cuida de buscar algun auxîlio, pues ninguno se halla. Cada uno corre á los pozos, á las fuentes y á los rios á apagar la sed que le devoraba: unos mueren antes que puedan extinguir la sed que les abrasa: estos, agoviados, no pueden levantarse de las aguas que les sirven de sepultura: aquellos sin embargo se refrigeran con ellas; y como se ignoraba la causa del mal, aborrecian los infelices la cama; saltaban de ella, y aquellos á quienes faltaban las fuerzas se tendian en el suelo; cada uno huye de su casa, teniéndola por la causa de su muerte. Allí era de ver andar á unos por esas calles ya moribundos, y que apenas podian tenerse en pie; á otros postrados en tierra exhalando lúgubres suspiros, y arqueando sus moribundos ojos, que un momento despues para siempre se cerraban: y mirando de esta forma al cielo exhalaban los últimos suspiros en el mismo sitio donde les cogia la muerte.
„Figúrate, Príncipe, la funesta situacion en que yo me hallaria. ¿Te parece que no aborreceria mi propia vida deseando ser uno de los desgraciados? Á qualquiera parte que tendia la vista, se veian montones de cadáveres, al modo que los forman las manzanas y bellotas que caen quando se sacuden las ramas de los árboles que las producen. ¿No ves enfrente ese exemplo de tanta elevacion dedicado á Júpiter? ¿Quién no ofreció, bien que en vano, inciensos en aquellos altares? ¡Quántas veces vimos al marido que iba á pedir por su muger, al padre por su hijo, perder la vida en los inexôrables altares, y hallarse entre sus manos, despues de muertos, parte del incienso no consumido! ¡Quántas veces mientras el sacerdote decia las oraciones, y derramaba el vino entre las astas,[238] cayeron muertos los toros, conducidos al templo, sin aguardar el golpe! Yo mismo, ofreciendo un sacrificio por mí, por la patria, y por mis tres hijos, la víctima dió crueles bramidos, y cayó á los pies del altar sin recibir el golpe: apenas fue teñido con su sangre el sagrado cuchillo, y las fibras de sus entrañas estaban tan corrompidas con la fuerza del contagio, que no se hallaron en ellas señales algunas que nos dieran á conocer la voluntad de los Dioses.[239] Muchas veces vi cadáveres arrojados delante de los sagrados templos, y aun delante de los venerables altares, para hacer mas aborrecible la muerte: vi otros, que por acabar sus males, habian empleado el dogal fatal, pareciéndoles mas llevadera la muerte, que la aprehension continua que tenian de morir. Los muertos, privados de las honras funerales, se veian á montones cerca de las puertas de la ciudad; como no habia bastante gente para sacarlos fuera de los muros, los dexaban podrir sobre la tierra, ó los quemaban sin ceremonia: tampoco escrupulizaban en quemar un muerto en la pira que estaba preparada para otro. No habia quien llorase la muerte de las personas mas queridas; las almas de los hijos y de las madres, de los jóvenes y de los viejos, descendian á las riberas infernales sin ser lloradas. Ya no habia lugar para las sepulturas, ni leña bastante para las piras.
„En medio de tantas desgracias, sobresaltado, dirigí á Júpiter esta súplica: Gran Dios, si es cierto que en otro tiempo fuiste sensible á las gracias de mi madre, si no te avergüenzas de reconocerme por hijo, padre mio, ó vuélveme mis vasallos, ó haz que yo perezca con ellos. Júpiter oyó mi súplica, y me lo dió á conocer por medio de un relámpago y trueno de buen agüero. Yo acepto este agüero, dixe, y deseo que me sea un testimonio favorable de tu voluntad. Cerca del sitio en que yo me hallaba entonces habia una grande encina consagrada á Júpiter: la bellota que la habia producido se habia cogido en la selva Dodonea.[240] En el tronco de ella vi un rastro de infinidad de hormigas que llevaban las semillas que habian juntado, y hecho calle en su rugosa corteza. ¡Ah quan dichoso seria yo, decia entre mí, si Júpiter me diese para poblar de nuevo mis desoladas ciudades, tantos ciudadanos como hormigas veo aquí! Tembló á estas palabras la alta encina, y las ramas se menearon sin ser agitadas del viento. Á este prodigio empecé á temblar todo sobresaltado, y se me erizan los cabellos. Lleno de no sé qué esperanza besé la tierra y el tronco del árbol sagrado. En el entre tanto vino la noche, y á pesar de mis inquietudes me quedé dormido. Quando yo gozaba de las delicias del sueño, me parecia tener ante los ojos la misma encina con todas sus hojas y ramas cubiertas de hormigas; me parecia tambien que dexaba caer sobre la tierra una multitud de estos pequeños insectos, y los veia extenderse por el anchuroso campo; aun mas, creia verlas crecer de repente, levantarse y tenerse en pie. Ya no veia aquellas hormigas ni tan pequeñas, ni tan negras, ni con tantos pies, y me parecia que ellas vestian los miembros de humana figura. Despierto, y considerando mi sueño como una imaginacion frívola, me quejo de no hallar ningun auxîlio en los Dioses; pero oigo un gran murmullo en mi palacio, y me parecia oir voces de hombres, ya para mí desconocidas; y quando sospechaba que era efecto de la turbacion en que me habia dexado el sueño, llega Telamon apresurado, abre la puerta de mi aposento, y me dice: Vas á ver, padre mio, una cosa increible, y que no se podia esperar: sal con presteza. Salgo inmediatamente de mi aposento, y vi una multitud de hombres, que conocí ser los mismos que habia visto en sueño. Acercáronse á mí, y me saludaron como á su propio Rey. Al momento fui á dar gracias á Júpiter; despues repartí estos nuevos habitantes en la ciudad y campos, y para conservar la memoria de su orígen, les dí el nombre de Mirmidones.[241] Ellos conservan aun las mismas inclinaciones que las hormigas; económicos, laboriosos, aplicados á adquirir bienes, y á guardar con mucho cuidado lo que adquieren. Acabas de verlos; estos soldados, iguales en edad y ánimo, serán los que te acompañarán luego que el Euro, que felizmente te traxo (porque con este viento habia venido) se cambiare en Austro.”[242]
[Ilustración: (80) La Aurora ve á Céfalo, de quien se enamora y le roba.]
FÁBULA VII.
_CÉFALO Y LA AURORA._
En esta y otras conversaciones gastaron casi todo el dia; emplearon la caida de la tarde en un espléndido banquete, y la noche en el sueño. Ya habia asomado Febo por el horizonte, pero aun soplaba el Euro que detenia las naves en que habian de volver. Los hijos de Palante fueron adonde estaba Céfalo, que era el de mas edad, para ir juntos á ver al Rey. Este dormia aun; y como Telamon y Peleo se hallaban entonces ocupados en escoger las tropas para los Atenienses, Foco, el menor de los hijos de Eaco, recibió á los embaxadores á la puerta de palacio, y los conduxo á una sala á esperar que el Rey se levantara. Habiendo observado Foco que Céfalo tenia en la mano un dardo de una madera extraordinaria con la punta de oro, despues de haberle hablado de cosas indiferentes, „soy aficionado, le dice, á los bosques, donde voy freqüentemente á cazar; y no obstante te confieso que nunca he visto madera semejante á la de tu dardo. Si fuera de fresno seria de color rubio; si de cerezo tendria nudos: ignoro de qué madera sea; pero jamas la vieron mis ojos mas hermosa. Si conocieras todas sus qualidades, le replicó entonces uno de los hijos de Palante, te admiraras mucho mas: jamas yerra el tiro; nada le desvia del blanco; y lo que es aun mas de admirar, vuelve despues ensangrentado á la mano del mismo que lo dispara.” Queriendo entonces Foco informarse mas por menor de todas las particularidades de un dardo tan misterioso, satisfizo Céfalo su curiosidad, callando sin embargo lo que era vergonzoso referir, que era cómo y de qué mano le habia venido;[243] y movido á compasion por la memoria de su esposa, le dice, derramando muchas lágrimas: „Este dardo, hijo de la Diosa[244] (quien lo creerá), me hace y me hará llorar mientras viva: por él perdí á mi amada esposa: ¡mejor me estuviera no haber recibido jamas este fatal don! Procris[245] era hermana de la célebre Oritia, si es que este nombre ha llegado á tu noticia. Si hiciese un parangon de la hermosura, del talento y costumbres de estas dos amables personas, Procris debiera tener la preferencia. Quando el amor y el padre de esta Princesa me hicieron su esposo, todos me tuvieron por el hombre mas feliz de la tierra: lo era en efecto, y ahora tambien lo seria, si los Dioses no hubiesen dispuesto lo contrario. Al segundo mes de nuestro himeneo, hallándome tendiendo las redes á los ciervos en el siempre florido monte Himeto, me descubrió la risueña Aurora, y me arrebató contra mi voluntad. Sin ofender á esta Diosa, séame lícito decir la verdad: aunque sea su rostro perfectamente hermoso; aunque ella tenga baxo su mando los confines del dia y de la noche, y aunque se alimente del nectar de los Dioses, no me fue posible olvidar á Procris; jamas cesé de amarla; siempre residia en mi corazon; solo hablaba de ella, y hacia memoria de las delicias que habia gozado con una esposa tan agradable. Concibió por esta causa zelos la Diosa, y me dixo: „Dexa, ingrato, quejas que me ofenden: ve á buscar tu Procris, que si yo no me engaño, te arrepentirás de haberla amado tanto;” y con este discurso me despidió de sí con ira.
FÁBULA VIII.
_CÉFALO Y PROCRIS._
„Á mi vuelta hice algunas reflexîones sobre lo que la Aurora me habia dicho: temí que Procris no hubiese guardado en mi ausencia la lealtad del sagrado consorcio: su hermosura y edad me persuadian á creerlo, pero su virtud me aseguraba y disipaba mis sospechas. Mas no obstante yo habia estado ausente, y la Diosa, á quien acababa de abandonar, era una prueba de lo que podia el amor; pero como los amantes nos recelamos de todo, resolví tantear y averiguar con dones la fidelidad de mi esposa; y la Aurora, mudando las facciones de mi rostro, favoreció mi temor. Con este disfraz voy á Atenas, denominada de Palas,[246] y entro en mi palacio, donde no vi nada que me pudiese causar la menor sospecha.
[Ilustración: (81) Procris muere del flechazo que le tiró Céfalo juzgándola una fiera.]
„Procris estaba cuidadosa de mi ausencia, y su modo juicioso y modesto parecia que solo respiraba virtud. Con mucha dificultad conseguí el entrar en su aposento, pues fue necesario valerme de mil artificios. Cielos ¡quál fue mi sorpresa al verla! Estuve casi resuelto á dexar el fatal designio que habia formado; y en vez de sujetar su virtud á una experiencia tan delicada, quise descubrirme y colgarme de su cuello. Aunque estaba triste y macilenta, ninguna la excedia en hermosura, y ardientemente deseaba ver á su esposo. Considera, Príncipe, qué tal seria su belleza, quando la misma pena la hermoseaba. Para que he de decirte las veces que su honestidad desvaneció mis discursos. ¡Ó quantas veces dixo: yo me conservo para uno solo donde quiera que esté; mi corazon es de mi esposo; para él solo guardo mis placeres! ¿Á quién (á no ser loco) no le satisfaria esta relevante experiencia de su fidelidad? Sin embargo, yo no me contenté, y me obstiné en hacerme desgraciado. La ofrecí grandes riquezas, y la obligué por último á vacilar. ¡Ah! exclamé yo entonces descubriéndome: reconoce á tu esposo en el amante por quien te has mostrado sensible; él mismo ha sido testigo de tu poca virtud. Nada me respondió Procris: su confusion y pudor fueron tan grandes, que salió en el momento del palacio con la resolucion de abandonarme para siempre. Ocupada únicamente en el exercicio de Diana por los montes, concibió un odio irreconciliable á todos los hombres por la injuria que me habia hecho. Su ausencia encendió de nuevo el amor en que yo me habia abrasado por ella: la busqué; la pedí perdon de mi imprudencia, y la confesé que yo mismo hubiera titubeado si me hubiesen hecho tantas ofertas como yo la hice. La confesion de mi debilidad moderó el disgusto que la causaba la memoria de la suya: volvió conmigo, y vivimos muchos años en una perfecta union. Poco contenta con haberme restituido su corazon, me regaló un perro que Diana la habia dado, y que era tan bueno que ninguno le ganaba á correr. Añadió á este presente el dardo que ves tengo en las manos. Desearás saber sin duda la singularidad de este perro, y en efecto te admirará la novedad del raro suceso. Las ingeniosas Náyades explicaron y vulgarizaron las obscuras y hasta entonces no entendidas respuestas del oráculo de Temis,[247] el que desde este punto cayó en desprecio de los Tebanos; é indignada por ello esta Diosa, tomó la venganza de enviar contra ellas una cruel fiera, que quitó la vida á muchos, y se hizo temible á los labradores y ganados. Acudimos los jóvenes de la comarca para cogerla ó matarla, y cercamos los campos, haciendo un grande ojeo; pero todo fue inútil, porque la fiera saltaba con mucha velocidad las redes y sus mas altas cuerdas. Quitamos los collares á los perros; pero no pudieron alcanzarla, porque huia con la ligereza de una ave. Me rogaron por último que soltara á mi Lelapa (este era el nombre del perro que Procris me habia dado), el qual hacia ya tiempo que se esforzaba por romper la cadena que le sujetaba. Apenas se vió libre, quando le perdimos de vista. Solo se veian las huellas de sus pies estampadas en la caliente arena. El dardo que se arroja con la mayor fuerza; la piedra que sale de la honda, y la flecha vibrada por el mas diestro Cretense, no vuelan con mas velocidad que la que él llevaba en la carrera. En medio del campo donde estábamos habia una colina, á la que subí para observar con placer la ligereza con que corria; y desde allí vi que unas veces parecia haber cogido la fiera, y otras que esta se desasia de él, y con rodeos burlaba á su perseguidor, y le cortaba el ímpetu de la carrera. Con todo, Lelapa se esforzaba por alcanzarla, y la seguia tan de cerca, que á cada instante abria la boca para cogerla, pero solo mordia el viento. Eché mano entonces de mi dardo, y mientras me prevenia para arrojarle, aparté la vista; pero qual fue mi sorpresa quando volviendo á fixarla en el mismo lugar, miro en el campo (cosa maravillosa) dos figuras de mármol, la una en actitud de un animal que huye, y la otra en la de un perro que va ladrando tras él. Sin duda algun Dios, si es cierto que les asistió alguno, no queriendo que ninguno de estos animales fuese vencido en la carrera, los transformó en piedras.”[248]
Despues que Céfalo dexó de hablar, preguntóle Foco la causa que habia tenido para quejarse, quando le habló del dardo que tenia en la mano. „¡Ah! le respondió, lo que hoy constituye nuestra felicidad, suele en lo sucesivo ocasionar nuestras desgracias. Para guardar algun órden en lo que voy á referirte, te hablaré primero de mi pasada ventura, cuya memoria me será agradable en todos tiempos. Dichoso en los primeros años de mi union, veia con placer que Procris tomaba parte en mi felicidad. Unidos por el amor mas tierno, teníamos unas mismas inclinaciones. Ni ella me hubiera dexado por Júpiter, ni yo la hubiera abandonado por Venus: en una palabra, nuestro ardor era igual. Como yo entonces era muy jóven, y amaba apasionadamente la caza, apenas el sol doraba las cimas de los montes con los primeros rayos, solia ir á los bosques vecinos, sin criados, caballos, perros ni redes. Iba seguro con el dardo que ves, sin necesidad de otras armas. Quando ya me habia cansado de matar fieras, me acogia al fresco y sombra de los árboles, y al aura que corria de los valles: el aura suave era mi refrigerio en medio del calor, y la tomaba por descanso de mi trabajo. Me acuerdo que cantaba: „Ven, ó dulce aura, consuelo mio, introdúcete en mi pecho, y templa, como sueles, el ardor en que me abraso.” Quizá añadiria otros mil cariños: así lo iba disponiendo mi destino: solia pues decir: „Tú formas mis delicias, tú restituyes y reparas mis débiles fuerzas, tú haces que yo ame los lugares solitarios y los bosques, y se recrea mi boca recibiendo tu respiracion.” Alguno por acaso oyó estas palabras ambiguas, y juzgando que el nombre de _aura_, tantas veces repetido, lo era de una Ninfa, creyó que yo amaba á alguna. Procris fue luego instruida de esta fingida galantería; y como el amor es tan crédulo, se persuadió fácilmente que yo la era infiel. Esta noticia le causó un dolor tan cruel, que cayó desmayada, y estuvo largo tiempo sin sentido, segun me contaron. Luego que volvió en sí empezó á quejarse, diciendo cien veces que era la mas infeliz de las mugeres; que su suerte era desgraciada; que yo no la guardaba la debida fe; y espantada con un imaginado delito, temió lo que era nada, y receló de un nombre que carecia de cuerpo, creyéndole como si fuese una verdadera rival. Con todo algunas veces dudaba de la verdad de la noticia; y no accedia á quantas pruebas la habian dado de mi infidelidad. Como deseaba que la noticia fuese incierta, me hizo la justicia de querer exâminar por sí mi supuesta perfidia antes de condenarme. Al siguiente dia, al rayar la Aurora, me voy á los bosques segun costumbre; y hallándome cansado de la caza, me tiendo sobre la yerba, sin olvidarme de llamar en mi favor á la suave aura. „Ven aura, le decia, á aliviarme despues de tantas fatigas; de tí espero mi consuelo.” Quando yo continuaba este discurso, me pareció oir alguno que suspiraba; mas sin embargo: „Ven, hermosa, dixe;” pero moviéndose algo mas estrepitosamente los árboles, creí que fuera alguna fiera, y disparo mi ligero dardo. Mas ¡ay! era Procris á quien habia atravesado el pecho. Al grito que dió reconozco su voz: precipitado y loco acudo, y la hallo medio muerta bañada en su sangre; me esfuerzo luego á sacar de la herida el dardo fatal que me habia regalado: la abrazo tiernamente: rasgo sus vestidos, y ligo la herida para atajar la sangre que salia; rogándola con lágrimas no abandonase á un esposo, á quien hacia aquel accidente el mas infeliz de los hombres. Próxîma Procris á espirar me habló así: „Yo te ruego, Céfalo, por nuestro himeneo, por todos los Dioses del cielo, por los de los infiernos, donde voy á baxar, por el amor que siempre te he tenido, por este amor fatal que causa mi muerte, que no te cases con la Ninfa Aura que te trae á estos bosques.” Á estas palabras caygo en la cuenta de su error: la desengaño; pero ¡ay de mí! ¿de qué me sirvió haberla desengañado? Ella cae entre mis brazos; y pierde la vida con su sangre. Sin embargo, ínterin podia levantar los ojos moribundos, no los apartó de mí, hasta que por último recibí en mi boca su último suspiro. Así murió la desgraciada Procris, contenta á lo menos con saber que le habia sido fiel.” Céfalo contaba esta triste historia llorando amargamente; y toda la asamblea mostraba tambien con lágrimas acompañarle en su sentimiento, quando Eaco acompañado de sus dos hijos llegó con las tropas alistadas recientemente, y que debian ir á socorrer á los Atenienses, á quienes recibió Céfalo con el mayor regocijo.
NOTAS
[1] Eran unos festivos sacrificios que se hacian á Baco, en los que las mugeres, llamadas Bacantes, iban como furiosas, y cuyos ritos describe el poeta en esta fábula y en otros lugares de sus obras.
[2] Llamaban así á Baco, porque segun la ficcion mitológica fue extraido del vientre de su madre Semele, y colocado en un muslo de su padre Júpiter, donde estuvo hasta el legítimo tiempo de nacer.
[3] Sin duda la deidad fabulosa de Baco se forjó sobre las noticias que los mitológicos hubieron de tener del Patriarca Noe, que fue el primero que plantó la viña, é inventó su cultivo y el uso del vino.
[4] Debe entenderse Sileno, ayo de Baco, á quien los mitológicos pintan embriagado, y que no podia sostenerse sobre su asno.
[5] Es la vara con que heria y dirigia al jumento.
[6] En esto refiere y describe Ovidio las tres partes principales del lanificio, que son hilar, cardar y texer.
[7] De esto se dexa ver que no es moderno, sino uso muy antiguo, el que las mugeres alivien y entretengan sus tareas, contando al compas de ellas cuentos y anécdotas divertidas.
[8] Fue madre de Semíramis; la una fue convertida en pez, y la otra, despues de haber casado con Nino, Rey de Babilonia, y edificador de la famosa ciudad de Nínive, en paloma, segun las ficciones mitológicas.
[9] Los muros de Babilonia se cuentan por una de las siete maravillas del Orbe: fueron edificados por Semíramis, su altura de 200 pies, su ancho de 50; de modo que cruzaban sobre ellos dos carros sin tropezarse el uno al otro: habia en ellos jardines artificiales ó pensiles, y 300 torres, en cuya construccion, dirigida por el arquitecto Sóstrato, se ocuparon 300.000 hombres.
[10] Muy antiguo debe ser el buscar los amantes resquicios por donde comunicarse.
[11] Por causa de sus padres.
[12] Fue hijo de Belo, y marido de Semíramis, segun ya queda notado; y es de observarse la costumbre antigua de hacer los sepulcros fuera de las poblaciones, cuyo uso se renueva en nuestros tiempos por el ilustrado gobierno.
[13] Estas expresiones denotan que en el tiempo de Ovidio estaba abandonada la opinion ó entusiasmo de que era heroicidad el suicidio, en cuyo desacierto habia caido poco antes Caton el Uticense.
[14] Debian ser todas estas las demostraciones de dolor y despecho que se usaban en tiempo de Ovidio.
[15] Debe entenderse de herrería, pues á Vulcano le fingen los mitológicos herrero, que en una cueva del monte Etna trabajaba y forjaba con los Cíclopes los rayos para Júpiter.
[16] Á esta provocaria y la promoveria el Dios que llamaban Momo, que tenia por oficio el vulgarizar y ridiculizar las acciones de los demas Dioses, y de su nombre, con alguna inflexion se llamarian Mimos y Pantomimos los que con gesticulaciones sacaban al público las acciones agenas.
[17] Habla y debe entenderse de Apolo.
[18] Los antiguos, que no conocian los Antípodas, fingian que el sol terminaba su carrera al baxar del horizonte; desuncia sus caballos, que descansaban de noche, y los volvia á uncir á la mañana siguiente quando en el oriente volvia á montar el horizonte.
[19] Llama delirios los eclipses del sol.
[20] Dice esto porque se llenan ordinariamente de terror algunos hombres quando ven algunos eclipses de sol, ó alguna mudanza extraordinaria en los cielos.
[21] Es la isla de Rodas tan famosa por el Coloso ó estatua de Apolo que en ella habia, y que era una de las siete maravillas, toda de bronce, que estando en un estrecho tenia un pie á la una orilla y el otro á la otra, y por debaxo pasaban las embarcaciones con todo su velámen.
[22] Fue el que edificó á Babilonia, y el fundador de la primera famosa Monarquía de los Asirios, la que duró hasta el infame Sardanápalo; despues del qual empezó la de los Medos, á la que siguió el Imperio de los Griegos, erigido por Alexandro, y á este sucedió el de los Romanos que los destruyó á todos.
[23] Era esta la ocupacion mas comun de este sexô, aun hasta en las Princesas y personas de carácter, y en esta ocupacion fue hallada por Tarquino la casta Lucrecia quando entró á hacerla aquella gran violencia, que fue causa de la pérdida de su reyno. Pero hoy las Señoras se desdeñan de un exercicio tan propio de su sexô, y del qual no se desdeñó nuestra Católica Reyna Doña Isabel, que se alababa de que el Rey Don Fernando su marido nunca se puso camisa que no hubiese sido hilada por sus manos.
[24] Todas las naciones procuraron arreglarle al curso del sol, y se entiende por año el tiempo que este Planeta gasta en dar una vuelta entera al zodiaco con su movimiento propio de poniente á oriente, con el que adelanta cada dia un grado de los trescientos sesenta de que consta aquel gran círculo.
[25] Fórmula mitológica del juramento.
[26] Se entiende el Hado, que era un libro que no podian inmutar los Dioses, y ningun poder tenian contra lo escrito en él.
[27] Esto probaria que un cuerpo humano podria subsistir sin alimento nueve dias, y quizas era esta la opinion que corria en tiempo de Ovidio.