Metamorfóseos o Transformaciones (1 de 4)

Part 6

Chapter 64,100 wordsPublic domain

Se te permitirá volver á dar la vida; pero sabe, que aunque lo harás una sola vez[162] contra la voluntad de los Dioses, no se te permitirá otra vez, por el fuego de tu abuelo,[163] que te quitará la vida: despues de haber sido Dios, quedarás un cuerpo muerto; y el que poco ha eras cuerpo, volverás á ser Dios, y renovarás dos veces tus hados. Tú tambien, padre caro, no mortal, sino criado para ser eterno, desearás poder morir, quando te atormente la sangre de la venenosa serpiente, introducida por los miembros heridos. Los Dioses te harán de eterno mortal; y las tres Diosas[164] cortarán el hilo de tu vida.” Aun le quedaba algo que decir sobre el destino de su padre,[165] quando suspira de lo profundo de su pecho, y empieza á derramar copiosas lágrimas diciendo: „El destino se vuelve contra mí; no puedo hablar mas, y se me impide la articulacion de la lengua. No debian haberme sido tan apreciables las artes,[166] que me han acarreado la ira de Dios. ¡Oxalá hubiera ignorado lo futuro! Ya parece que se me quita el semblante humano; ya me agrada la yerba por comida; ya tengo deseo de correr por los dilatados campos; ya me convierto en yegua, y en unos pechos de quienes no degenero.[167] Pero ¿por qué soy mudada toda, puesto que mi padre es de dos formas?” Al decir esto, se le entendian ya muy poco sus últimos lamentos, y se confundiéron sus palabras. No pareció aquel primer sonido de yegua sino del que la imita: á poco tiempo prorumpe en claros relinchos, y aplica sus brazos á la yerba.[168] Entónces se juntan los dedos, y la ligera uña liga las cinco con un eterno casco. Se extiende su rostro y cuello. Se convierte en cola la mayor parte del prolongado manto; y como los sueltos cabellos se tendian por el cuello, se convirtiéron en hermosas crines, y á un mismo tiempo se innovó la voz y semblante, y tomó el nombre de aquel monstruo.

[Ilustración: (33) Apolo guarda los ganados de Admeto en los campos de Mesene.]

FÁBULA X.

_APOLO CONDUCE REBAÑOS._

Lloraba Filerio[169] la pérdida de su hija; y en vano imploraba tu socorro, ¡ó Apolo! porque ni podias inmutar los decretos del poderoso Júpiter, ni te hallabas entónces presente aunque pudieras: habitabas en Eli y campos Misenios; aquel era el tiempo en que vestias la piel pastoril, y en que el báculo de la silvestre oliva servia de peso á tu mano derecha, y á la izquierda la flauta hecha de siete cañas desiguales; y quando el amor es tu cuidado, y la zampoña tus delicias, se dice que se pasáron las vacas por tu descuido á los campos Pilios. Las ve el hijo de Maya[170] y las oculta con su arte[171] en las selvas.

FÁBULA XI.

_BATO TRANSFORMADO EN PIEDRA DE TOQUE._

Nadie supo de este hurto, sino un viejo conocido en aquel campo con el nombre de Bato. Guardaba este pastor los bosques y dehesas abundantes de yerba del rico Neleo, y los rebaños de las excelentes yeguas. Á este teme Mercurio; y llegándose á él disimuladamente le dice: „Huésped,[172] quien quiera que seas, si alguno por casualidad busca estos rebaños, dile que no los has visto, y para que no quedes sin recompensa, toma en premio una blanca vaca.” Se la da, y luego que el huésped la recibe, „ve seguro, le responde: primero publicará tu hurto esta piedra que te muestro.” Marcha el hijo de Júpiter, mas volvió pronto; y mudando de figura y de voz á un mismo tiempo: „villano, le dice, ¿has visto ir por este campo unas vacas? dímelo, y no me ocultes el hurto, que te daré en premio una vaca con su novillo.” El viejo, luego que vió doble la recompensa, „estarán dice, á la falda de aquellos montes;” y en efecto, baxo de ellos estaban.

[Ilustración: (34) Mercurio transforma en piedra de toque al pastor Bato.]

Se rió el nieto de Atlante, y le dice: „Pérfido, ¿me vendes á mí mismo?” y le convirtió en dura peña, que aun ahora se llama la señal, permaneciendo la antigua infamia en el peñasco, que no la merecia.

FÁBULA XII.

_MERCURIO Y HERSE._

Se habia levantado de aquí Mercurio con próspero vuelo, y contemplaba por la region del ayre los Munichîos campos, la tierra agradable á Minerva,[173] y las arboledas del cultivado Licéo.[174] En este dia por casualidad llevaban las vírgenes á los sagrados alcázares de Palas sobre sus inclinadas cabezas (segun su costumbre) puros sacrificios en coronados canastillos. Las ve el alado Dios quando salian del templo, y no sigue su camino, sino que vuela á la redonda sobre aquel sitio. Así como el rapaz Milano, luego que ve las entrañas de las víctimas, temiendo á los Ministros del sacrificio miéntras estan presentes, discurre al rededor, no atreve á retirarse, y halaga su esperanza batiendo las alas: del mismo modo el ágil Cileno[175] inclina su curso á los Áticos alcázares, y rodea los mismos ayres.

[Ilustración: (35) Mercurio, detenido sobre la Ciudad de Atenas, se enamora de Herse.]

Quanto el lucero excede en resplandor á las demas estrellas, y quanto á este la dorada hermana de Febo;[176] tanto aventajaba en hermosura á las demas doncellas, Herse, que era el honor de la pompa y de sus hermanas. Sorprehendió su belleza al hijo de Júpiter, y pendiente del ayre, no se enardeció ménos que la honda Mallorquina quando dispara la bola; vuela, pero con la agitacion mas se enciende, y halla en las nubes el fuego que no tenia. Muda de rumbo, y baxa por fin á la tierra: no quiere usar de disfraces: ¡tanta confianza tenia en su hermosura! la que acrecienta con el cuidado, aunque era muy perfecta: peyna sus cabellos, y se compone el velo, para que cayga bien é igual sobre los dos hombros, y hace que campee la faxa y todo el oro, y la delicada vara que da y quita el sueño luzca en su diestra, y los talares en sus hermosas plantas. Tenia tres aposentos la parte interior del palacio de Cecrope adornados de marfil y concha. Pandrosa, tú habitabas el de la derecha, el de la izquierda Aglaura, y el del medio Herse. Vió venir á Mercurio la primera, la qual tenia el izquierdo; y se atrevió á preguntar á este Dios su nombre, y la causa de su venida. El nieto de Atlante y Pleyone le responde de este modo: „Yo soy el que rompiendo los ayres, llevo á todas partes los mandatos de mi padre, que es el mismo Júpiter. Ni tampoco te ocultaré la causa de mi venida; solo quiero seas fiel á tu hermana, y te contentes con llamarte tia de mis hijos. Por Herse he venido; ayuda, te suplico, á un amante.” Mírale Aglaura con la misma curiosidad con que poco ha habia descubierto los secretos[177] de la roxa Minerva: le pide por la mediacion que iba á hacer mucho oro; y en el ínterin le manda salir de su casa. Puso la vista en ella la guerrera Diosa, é iracunda suspira con tanta fuerza, que conmueve á un mismo tiempo su pecho y el escudo llamado Egida, que trae de él pendiente. Se acuerda que esta profanó con impía mano sus secretos, viendo contra la fe prometida al hijo del habitador de Lemnos criado sin madre, y que seria ingrata á un Dios y á su hermana, queriendo enriquecerse con el oro que codiciosamente habia pedido.

[Ilustración: (36) Palas manda á la Envidia que infunda celos á Aglaura de su hermana Herse.]

FÁBULA XIII.

_LA ENVIDIA SE APODERA DE AGLAURA._

Camina Palas inmediatamente al templo de la Envidia, cubierto de negra podre,[178] que es una casa oculta en lo mas profundo de una gruta, donde habita la tristeza y el frio, á quien es desconocido el fuego, y donde siempre reyna la mayor obscuridad. Luego que llegó á ella esta muger varonil, temible en la guerra, se paró á sus umbrales (porque no le era permitido entrar), y llama á las puertas con la punta de su lanza. Apénas las tocó, quando se abren: ve en su interior á la Envidia comiendo carne de víboras, único alimento de sus vicios; aparta su vista horrorizada de este espectáculo; mas ella se levanta perezosa, y dexando á medio comer los cuerpos de las serpientes, se dirige á Palas con lentos pasos; y viéndola tan hermosa y con tales armas, empezó á gemir, é hizo asomar á su semblante la tristeza que sentia en su interior. Habita en su rostro la palidez; presenta consumido todo su cuerpo; mira siempre de reojo, y tiene los dientes ennegrecidos con el sarro; reverdece con la hiel su pecho; la lengua está inficionada con el veneno. Jamas se rie, sino quando ve el mal ageno; no puede dormir movida de los vigilantes cuidados; ve con horror los prósperos sucesos de los hombres, y viéndolos se consume; de suerte, que á un mismo tiempo daña y es dañada, siendo ella verdugo de sí misma. Tritonia,[179] aunque la aborrecia, la dixo en pocas palabras: „Inficiona con tu veneno á una de las hijas de Cecrope, que así conviene á mis intentos: Aglaura es esta.” Desapareció sin hablar mas; y clavando su lanza en la tierra la hizo temblar. Ella, mirando por encima el hombro á la Diosa en su fuga, murmuró secretamente, pesándole de la prosperidad futura de los sucesos de Minerva: toma su báculo, compuesto de espinosos nudos, y cubierta de negras nubes, destruye los floridos campos por qualquiera parte que pasa: abrasa la yerba, y aniquila los mas altos montes; contamina con su aliento pueblos, ciudades y casas; y por último, mira la ciudad consagrada á Palas, floreciente en ingenios, riquezas, y amable paz. Detiene con dificultad las lágrimas, porque nada ve digno de llanto. Pero luego que entró en el aposento de la hija de Cecrope,[180] pone en execucion las órdenes de la Diosa: toca su pecho con envidiosa mano, y llena sus entrañas de ramosas espinas: le introduce nociva la ponzoña, llena sus huesos del pestífero veneno, y le esparce por sus pulmones. Y para que no tarde en probar su dolor, presenta á su imaginacion á la hermana su feliz casamiento, y al hermoso Dios. Todo se lo propone grande; con cuyos remordimientos, estimulada la hija de Cecrope, se ve atormentada ocultamente, y gime noche y dia llena de sobresaltos. Empieza á consumirse la infeliz, no de otra suerte que se derrite el hielo con la presencia del Sol ardoroso: se abrasa envidiosa de la felicidad de Herse, del mismo modo que las espinosas yerbas quando se les aplica fuego; porque sin levantar llama se queman lentamente. Algunas veces se deseaba la muerte por no presenciar esto, y otras pretendia descubrirlo á su padre como si fuera un delito.

FÁBULA XIV.

_AGLAURA TRANSFORMADA EN PIEDRA._

En fin, viendo Aglaura á Mercurio acercarse, se sentó al frente de la puerta para impedirle la entrada; y al comenzar á hablarle con caricias, súplicas y halagos, „basta, le dice: yo no me he de apartar de aquí sin que te vayas.” Permanezcamos, dixo el ligero Cileno, baxo de este comun acuerdo: abrió las cinceladas puertas con su vara; pero queriendo ella levantarse, no pudo mover aquellas partes de nuestro cuerpo, que se encorvan estando sentados. Forcejea ella por levantarse derecha, pero se le endurecen las junturas de las rodillas; por sus uñas corre el frio, y se ponen pálidas sus venas por la falta de sangre; y así como el cancer, mal incurable, suele dilatarse lentamente, y viciar las partes sanas, del mismo modo se apodera poco á poco de su pecho aquel frio mortal, y le impide los movimientos vitales y respiracion.

[Ilustración: (37) Mercurio entra en el aposento de Herse contra la voluntad de su hermana Aglaura.]

No hizo esfuerzo para hablar; pero aunque lo hiciera no hubiera podido, porque ya el cuello era piedra, su boca se habia endurecido, y sentada parecia una estatua: ni aun la piedra era blanca, porque la habia inficionado su perverso corazon el veneno de la Envidia.

FÁBULA XV.

_EUROPA ROBADA POR UN TORO._

Dexa la tierra, nombrada de Palas,[181] el nieto de Atlante, despues de haber castigado aquellas palabras y ánimo sacrílego, y batiendo sus alas, entra por fin en el cielo. Llámale á parte su padre,[182] y sin confesarle la causa de su amor: „hijo, le dice, fiel ministro de mis órdenes, no te detengas; y baxando con la ligereza que te es propia, camina á la provincia de Sidonia, y conduce á la ribera del mar una torada real, que verás paciendo en los montes.” Dicho esto, inmediatamente conduxo el ganado á las orillas que se le habian prescrito, y en las que acostumbraba divertirse la hija del gran Rey Agenor, acompañada de muchas jóvenes Fenicias. No se concilian bien, ni pueden de ordinario estar en un mismo sugeto la magestad y el amor. Aquel padre y rector de los Dioses, cuya diestra está armada de rayos, y á cuya voluntad se estremece todo, toma la figura de toro, y mezclado con los novillos, berrea, y se pasea hermoso por la tierna yerba.

[Ilustración: (38) Júpiter transformado en toro roba á Europa y la lleva á la Isla de Creta.]

Su color era tan blanco como la nieve, á la que ni ha manchado el duro pie, ni derretido el húmedo austro. El cuello sobresale con los hermosos músculos; cuelga de la garganta la papada: sus cuernos, aunque pequeños, parecian hechos á torno, y mas lucidos que una pura piedra preciosa. Ningun ayre amenazador se observaba en su frente, ni sus ojos eran crueles; la paz habitaba en su semblante. Se admira la hija de Agenor de su hermosura, y de verle tan pacífico y manso; pero temia al principio tocarle, aunque le veia tan dócil: mas ya despues se acerca, y presenta flores á su blanca boca. Se regocija el amante, y esperando el complemento de su voluptuosidad, besa sus manos: ¡ah! ¡ah! ¡con qué dificultad difiere sus intentos! Ya se divierte con su amada, y salta regocijado en la verde yerba: ya se echa de espaldas en la refulgente arena; y perdiendo poco á poco el miedo, unas veces presenta su pecho para que lo palpen aquellas manos virginales, otras los cuernos, para que los entreteja con nuevas guirnaldas. Atrevióse tambien la real doncella, no sabiendo á quien oprimia, á subir á las espaldas del toro; y entónces, dexando el Dios poco á poco la tierra y seca ribera, introduce sus mentidos pies en las aguas. De allí pasa mas adelante, y lleva la presa por medio de las olas. Se llena ella de temor; y viéndose robada, vuelve la vista á la playa que habia dexado, asiéndose con una mano al cuerno, y con la otra á la espalda; y sus vestidos se arrugan tremolados del viento.

LIBRO TERCERO.

_ARGUMENTO._

Agenor manda á Cadmo buscar á su hija; ocupado en buscarla, le sucede que quita la vida á sus compañeros el dragon de Marte, á quien él mató despues, y de sus dientes naciéron algunos hombres, con cuya compañía edificó á Tebas. Tuvo este hombre primeramente la sensible desgracia de ver despedazado á su nieto Acteon por sus propios perros, lo que le ocasionó Juno por el aborrecimiento que tenia á Semele; por cuya causa, acercándose á ella baxo la figura de Beroe, su ama de cria, la aconsejó simuladamente su muerte. Poco despues, disputando Júpiter y Juno qual de los dos sexôs participaba mas de las delicias de Vénus, eligiéron por juez á Tiresias, que habia probado de ámbos. Se vió este privado de la vista, por haber dado la sentencia contra Juno; pero Júpiter le dió la ciencia de adivinar. El primero en quien se viéron realizados sus vaticinios fué en Narciso; pues despues de haber despreciado á todas las muchachas, y entre éstas á Eco, que por la impaciencia de su amor se convirtió en voz, se mudó en flor, consumido por el amor de sí mismo. Sin embargo de esto, Pentéo se reía de este adivino, aunque le habia pronosticado cosas verdaderas; porque quando se celebraban las Orgias de Baco, puso en prision á cierto criado que asistia á los sacrificios de este Dios, despues que supo de él que unos marineros se habian convertido en peces. Últimamente Pentéo fué despedazado por las Bacantes, cosa que grangeó á Tiresias una fama inmortal.

[Ilustración: (39) Agenor manda á Cadmo vaya á buscar á su hermana Europa robada por Júpiter.]

FÁBULA PRIMERA.

_CADMO VA Á BUSCAR Á EUROPA._

Volvióse Júpiter á su antigua figura, deponiendo la forma de toro; y habiendo arribado á la isla de Creta, se habia dado á conocer á Europa. Á este tiempo Agenor, padre sensible é inhumano en un mismo hecho, manda, ignorante del hurto, buscarla á su hijo Cadmo, desterrándole para siempre del suelo patrio si no le devuelve la hija. Despues de haber discurrido Cadmo inútilmente por todo el mundo en busca de su perdida hermana (porque ¿quién será capaz de descubrir los hurtos de Júpiter?) evitó con un destierro voluntario los efectos de la cólera de su padre. Prófugo, y en tierra extraña, ruega al oráculo de Apolo le diga en qué pais podrá fixar su domicilio: „Hallarás, le responde Febo, en los solitarios campos una becerra, que nunca ha experimentado el yugo al cuello, ni tirado el arado; sigue sus pasos, y en el pasto que se pare funda una ciudad, á que llamarás Beocia.” Apénas Cadmo habia salido de la cueva de Apolo, quando vió una novilla, de nadie custodiada, y que caminaba á paso lento: ninguna señal de yugo tenia en su cerviz, y reconociendo á Febo por protector de su viage, la va siguiendo poco á poco. Habia ya atravesado el rio Céfiso y los campos de Panopea, quando se para de repente la becerra, y levantando la cabeza al cielo, llena el ayre de bramidos; pero despues que vió á Cadmo y sus compañeros venir tras sí, se echó en un prado muy hermoso. Cadmo da gracias á Apolo por tan feliz presagio, besa la tierra, saluda á los montes y campos, y queriendo hacer un sacrificio á Júpiter, envia á sus compañeros á buscar agua de fuente perennal para el efecto.

[Ilustración: (40) Cadmo da muerte al Dragon que despedazó á sus Compañeros cerca de la fuente.]

FÁBULA II.

_LOS COMPAÑEROS DE CADMO DEVORADOS POR UN DRAGON._

Habia en las inmediaciones de aquel sitio una antigua selva no tocada del hierro, y en medio de ella una cueva cercada de zarzas y mimbres muy espesos, cuya entrada formaba un humilde arco de piedra, pero muy abundante de agua. Habitaba en medio de estas ondas el dragon de Marte, monstruo horrible, cuya cabeza cubierta de escamas amarillas brillaba como el oro: centelleaban sus inflamados ojos: su cuerpo parecia estar hinchado de veneno: tenia en la boca tres órdenes de dientes en extremo agudos, y tres lenguas, que meneaba con una rapidez increible.

Entráron los compañeros de Cadmo en aquella triste mansion, y metiéron las vasijas en el agua: despierta con el ruido el cerúleo dragon, y sacando la cabeza de la cueva, da grandes y horribles silbidos. Dexan caer los cántaros de las manos, hiélaseles la sangre, y un temor repentino ocupa sus yertos miembros. El dragon se torcia y enroscaba con flexibles nudos, y con los saltos que daba se encorvaba á modo de un arco, y lanzando al ayre la mitad de su cuerpo, registraba el bosque por todas partes. Su cuerpo era de tanta magnitud, quanta, si se echan bien las cuentas, ocupa el dragon que hay entre las dos Osas.[183] Se arroja sin detenerse sobre los desgraciados Fenicios, que ó ya se le preparaban á la defensa ó á la fuga, si bien el miedo de que estaban poseidos no les dexaba hacer ni lo uno ni lo otro: á estos despedaza á bocados, á aquellos con los golpes de su cola, y á otros quita la vida empozoñándoles con su veneno, sin que pudiese escapar ninguno. Poca sombra hacia ya el sol,[184] quando Cadmo, maravillado de la tardanza de sus compañeros, va á buscarlos siguiendo sus huellas. Se arma de una piel de leon, lanza y dardo, que eran sus armas ordinarias; pero lleva consigo su valor, superior á toda arma. Entró en el bosque, y luego que vió aquel espantoso dragon sobre los cuerpos de sus fieles compañeros lamiendo su sangre y heridas: „Cadáveres de mis amigos, les dice, ó yo os he de vengar, ó he de morir aquí con vosotros.” Apénas dixo esto, quando toma una gran piedra, y la arroja con tanta impetuosidad sobre el monstruo, que bastára á derribar las murallas y torres mas fuertes; pero quedó sin herida la serpiente, que defendida con las escamas, como con una cota de malla, y de la dureza de la piel, rechazaba con ella los golpes mas fuertes; mas no pudo su dureza resistir el dardo que le clavó en el espinazo, y que penetró hasta las entrañas. Embravecido el Dragon con el dolor, retuerce la cerviz sobre su espalda, mira la herida, muerde de rabia la lanza que tenia clavada, y se esfuerza á arrancarla; pero solo saca una parte, y el hierro queda en su cuerpo. La reciente herida aumentaba mas su saña natural; las venas de su garganta se hinchan con el veneno que corre en abundancia por ellas; sale de su emponzoñada boca una espuma blanquecina; resuena la tierra con el ruido de sus escamas, y se inficiona el ayre con el aliento que exhalaba. Ya se enrosca con mil vueltas y revueltas: ya extendiéndose se pone mas derecho que una viga; y ya como un rio, engrosado con los continuos aguaceros, cae con impetuosidad derribando los árboles que encuentra. Descansa Cadmo por un rato, sostiene sus ataques con la piel del leon, é impide se le acerque, presentándole la punta de su lanza. Este movimiento redobla la rabia del monstruo; emplea en vano sus crueles mordeduras sobre el hierro, y clava su boca en la punta: inmediatamente empieza á salirle una sangre venenosa que tiñe la tierra; pero aun era muy ligera la herida, pues retirándose y revolviéndose de diversos modos, impedia que le penetrase mas la lanza que tenia clavada en su boca; pero Cadmo, estrechándole cada vez mas, le sigue con mucho valor, hasta que detenido el monstruo por una gruesa encina, fué su fuerza tanta, que le cosió la cerviz en el árbol: encorvóse este, y sintió su tronco ser mil veces azotado con la punta de la cola. Consideraba el héroe la corpulencia enorme de la serpiente que acababa de vencer, quando oye una voz, y sin saber de donde, que le decia: „Hijo de Agenor ¿por qué contemplas así esa serpiente? Pronto te verán baxo la misma figura.” Quedó espantado por algun tiempo; pierde el color y voz, y sus cabellos se erizan. Pero su protectora Palas desciende repentinamente del Olimpo á consolarle, y le manda sembrar los dientes del dragon, asegurándole que naceria de ellos un nuevo pueblo. La obedece Cadmo; descubre el surco con el arado, y esparce en la tierra los dientes, como se le habia mandado, y que eran semillas de hombres. Algun tiempo despues (parece cosa increible) los terrones empiezan á moverse, y aparecen primero sobre la tierra puntas de lanzas, despues almetes adornados de plumas, y seguidamente las espaldas, los pechos y brazos armados de aquellos nuevos hombres: en fin, vió crecer insensiblemente esta extraña cosecha de combatientes. Del mismo modo van saliendo las figuras de una decoracion, que se desplega en un teatro; pues al principio aparecen las cabezas, despues el resto del cuerpo, y por último los pies que tocan en tierra. Espantado Cadmo á la vista de los nuevos enemigos, toma sus armas para defenderse; pero uno de aquellos nuevamente nacidos, sosiégate le dice, y no tomes partido en una guerra civil. Al acabar de oirse estas palabras, atraviesa con una espada á uno de sus hermanos: y él mismo es herido y muerto por un dardo que otro le tira; pero el que le mató no le sobrevivió mucho tiempo; perdió luego una vida que acababa de recibir. Un furor igual empezó entónces á animar toda la tropa, y los desgraciados hermanos se mataron unos á otros, manchando con su sangre la tierra que los habia formado: solo cinco de ellos quedáron con vida. El uno, que decian Equion, dexó las armas por mandado de Palas, y metió paz entre sus hermanos, prometiéndose una mutua fidelidad; y Cadmo los tuvo por compañeros en la construccion de la ciudad, que el oráculo de Apolo le habia mandado fabricar.

Estaba ya edificada la ciudad de Tebas: tu destierro, Cadmo, era el orígen de tu felicidad: tenias por suegros á Marte y Vénus: y ademas de un enlace tan ilustre, tu esposa te habia dado muchos hijos é hijas; y á tu vista florecian tus nietos, todos muy amadas prendas; pero es preciso esperar el último dia de la vida del hombre para juzgar de su felicidad; porque hasta el fin nadie es dichoso.

[Ilustración: (41) Bañándose Diana con sus Ninfas la ve Acteon á quien transforma en Ciervo.]

FÁBULA III.

_DIANA EN EL BAÑO._