Metamorfóseos o Transformaciones (1 de 4)

Part 3

Chapter 34,025 wordsPublic domain

Habia dicho esto Deucalion, y seguian entrambos derramando lágrimas: resolviéronse á implorar el socorro del cielo, y á consultar los oráculos, y nada les detiene. Baxan á las orillas del Céfiso,[47] cuyas aguas, aunque turbias aun, tenian sus conocidas márgenes. Despues que se purificáron, derramando sobre sus cabezas y vestidos agua de este rio,[48] se dirigen al templo; se postráron en tierra, y llenos de temor besáron aquella yerta piedra, y dixéron estas palabras: „Si las Deidades se aplacan con justos ruegos, si los Dioses deponen su ira, te suplicamos Temis,[49] que nos digas de qué modo, ó con qué industria se podrá reparar el daño del género humano: concede generosa tu proteccion al universo sumergido.” Se movió á compasion la Diosa, la qual le responde en estos términos: „Salid del templo, cubrios la cabeza, desplegad vuestras vestiduras, y caminad esparciendo tras las espaldas los huesos de vuestra gran madre.” Admirados de lo que acababan de oir, guardáron un profundo silencio por algun tiempo, el que rompió Pirra la primera diciendo: „Que no debia cumplirse la órden de la Diosa; y con voz temerosa pide que la perdone, y teme turbar el alma de su madre, arrojando de aquel modo sus huesos.” Entre tanto meditan entre sí las palabras del obscuro enigma, que envolvia la respuesta dada, y procuran descubrir su verdadero sentido. Por último Deucalion consuela á Pirra con estas agradables palabras: „Ó yo me engaño, la dice, ó el oráculo de la Diosa está lleno de piedad, y ninguna maldad persuade. La gran madre es la tierra; y juzgo que las piedras son en ella los huesos de su cuerpo, y estos los que se nos mandan arrojar tras las espaldas.” Aunque este discurso inclinó á creerlo al espíritu de Pirra, quedó no obstante dudosa: ¡tan desesperanzados estaban el uno y el otro de los mandatos celestiales! ¿Pero qué daño puede originarse en hacer la experiencia? Con efecto, apartándose del templo, cubren sus cabezas, desplegan sus vestiduras, y arrojan detras de sus huellas las piedras, como Temis lo habia ordenado. Estas[50] (¿quién lo creeria, á no autorizarlo la antigüedad?) empezáron á ablandarse poco á poco, depuesta su natural dureza y rigor, y á tomar una nueva disposicion. Despues que se fuéron aumentando, y se les introduxo una forma mas suave, observóse, aunque confusamente, cierta semejanza de hombres; pero como si se fueran formando de mármol, y muy parecidas á unas toscas estatuas. Sin embargo, las partes humedecidas con algun xugo, y que tenian mas de tierra, se convirtiéron en carne; las mas duras en huesos, y las venas permaneciéron con el mismo nombre. De este modo en poco tiempo, por voluntad de los Dioses, las piedras que arrojó Deucalion tomáron la forma de hombres, y las mugeres se reparáron con las que arrojó Pirra. De aquí proviene la dureza del hombre, y el aguante que tiene en el trabajo, y en esto demostramos el orígen de que nacimos.

La tierra produxo de suyo á las demas especies de animales, despues que los rayos del sol calentáron el humor primero; y se entumeciéron el lodo y las húmedas lagunas con el calor: creciéron tambien las semillas de las cosas criadas formadas de la criadora tierra, como en el vientre de la madre, y con el tiempo empezáron á tener alguna forma. De este modo luego que el Nilo, dexando los húmedos campos, volvió sus corrientes á sus antiguas márgenes, y el sol calentó el cieno reciente, halláron los labradores muchos animales envueltos en los terrones, y entre ellos notáron unas cosas como empezadas al tiempo mismo que nacian, otras imperfectas y defectuosas en sus partes, y muchas veces se advertia que un mismo cuerpo era en parte viviente, y en parte una porcion de tierra crasa.

FÁBULA XII.

_LA SERPIENTE PITON._

Porque despues que la humedad y el calor se atemperáron, concibiéron todas las cosas, puesto que no tienen otro principio que estas dos qualidades; y aunque el fuego sea contrario al agua, sin embargo el fuego, mezclado con el vapor húmedo, cria todas las cosas, y esta encontrada concordia es muy á propósito para la generacion. Calentada la tierra, que estaba cenagosa con el reciente diluvio, con los ardores del sol, produxo innumerables especies: á muchas restituyó su antigua figura, y crió asimismo nuevos monstruos. Á tí tambien te crió contra su voluntad, disforme Piton, que aterrabas á los nuevos pueblos: serpiente nunca vista, ¡quán grande espacio de monte ocupabas! Apolo,[51] Dios insigne por el arco, y que jamas habia usado de tales armas sino contra los gamos y cabras monteses, quitó la vida á esta espantosa serpiente, acribillándola á flechazos, despues de haber gastado casi todas las saetas que llevaba en su aljaba, haciéndola vomitar por ellas el negro veneno.

[Ilustración: (17) La Serpiente Piton muerta á flechazos por Apolo.]

Y porque la antigüedad no pudiese borrar la memoria de un hecho tan admirable, instituyó con célebre certámen los sagrados juegos Pitios, así llamados por el nombre de la serpiente muerta. Qualquiera jóven que vencia en ellos, en la lucha, en la carrera ó en el carro, llevaba una corona de hojas de encina, porque entónces aun no habia laurel, y el mismo Febo adornaba sus sienes con las hojas de qualquier árbol.

FÁBULA XIII.

_DAFNE CONVERTIDA EN LAUREL._

El primer objeto del amor de Apolo fué Dafne, hija del rio Penéo; pasion que no fué efecto del acaso, sino una venganza del amor irritado contra él. Orgulloso Delio[52] por la victoria que acababa de conseguir sobre la serpiente Piton, viendo al hijo[53] de Vénus, que estiraba su arco, le dice: „¿Qué pretendes hacer, jóven afeminado, con esas poderosas armas? Esas insignias son propias de mis hombros, y solo de mí, que puedo dar certeras heridas á las fieras, y dirigir acertados tiros á mis enemigos. Acabo de matar con innumerables heridas á la serpiente Piton, cuyo enorme cuerpo cubria muchas yugadas[54] de tierra. Tú, conténtate con que tus flechas provoquen á un no sé qué de amores; pero no hagas tuyas mis alabanzas.”

[Ilustración: (18) Dafne perseguida de Apolo y convertida en laurel por su padre.]

„Tu arco, Febo, respondió á este el Amor, hiera á quantos te agrade; mas tú no has de poder huir del mio: y así tu gloria es menor que la mia en razon de lo inferiores que son á un Dios los animales que matas.” Esto dixo, y volando ligero surcó batiendo las alas el ayre, y se paró en la umbrosa cumbre del Parnaso. Allí sacó de su carcax dos flechas, cuyos efectos son tan contrarios, que la una enciende el amor, y la otra le apaga. La que enciende el amor es dorada y puntiaguda, y la que le apaga embotada y con la punta de plomo. Con esta tiró Cupido al corazon de Dafne, hija del rio Penéo, y con la otra hirió á Apolo, traspasándole hasta los huesos. Al punto este ama, y aquella huye hasta del nombre del amante; y queriendo imitar á Diana, tiene sus delicias en lo oculto de las selvas, y en las pieles de las fieras que cazaba. Se ataba desaliñadamente los cabellos con una cinta. Muchos la habian pedido por muger; pero ella despreciándoles, pasea impaciente, y libre de marido, los escabrosos bosques, sin cuidarse de qué cosa sean himeneo, amor y casamiento. Su padre repetidas veces la dixo: Hija mia, debes darme un yerno: debes darme algunos nietos. Mas ella, aborreciendo la tea nupcial[55] como un delito, y cubriendo sus mexillas un modesto rubor, se arroja á los brazos de su padre, y le habla de esta manera: „Concédeme, padre mio, guardar perpetua virginidad: esta gracia ha concedido ya ántes Júpiter á Diana.” Otorga su padre la peticion; pero tu hermosura, añade, repugna á tus deseos, y es un obstáculo para verificarlos. Apolo la ve, la ama, y desea poseerla: él lo espera; pero sus oráculos le engañan. Y así como arden las livianas pajas quitadas las aristas, ó se quema un vallado, al que el caminante aplica demasiado la tea, ó la dexa junto á él por descuido al rayar el dia, del mismo modo arde en llamas aquel Dios; así se abrasa el corazon de Febo; y con la esperanza va dando fomento á un amor vano y estéril. Mira los cabellos de la Ninfa, que sin adorno alguno caen por su cuello, y dice: ¿qué seria si estuviesen rizados? Ve sus ojos tan resplandecientes, que se asemejaban á las estrellas: observa su delicada boca; pero no se contenta con verla: alaba sus dedos y manos y los brazos medio desnudos; pero aun le parece mejor lo que oculta. Ella huye mas ligera que el ayre, ni se detiene siquiera á estas palabras que la dirige Apolo. „Espera, la dice, te suplico, bella Ninfa de Penéo, detente; no te sigo como enemigo. Aguarda Ninfa: así huye del lobo la oveja, del leon la cierva, y del águila la sencilla paloma, agitando tímidamente sus alas: todo animal huye de sus enemigos; pero á mí me obliga á seguirte el amor. ¡Ay desdichado de mí! Temo no sea que inclinada caygas sobre las espinas, y estas hieran tus rodillas, que no merecen ser maltratadas, y entónces sea yo la causa de tu dolor. Ásperos son los lugares por donde discurres; te suplico no corras tan precipitadamente, que yo moderaré el ardor con que te sigo. Considera sin embargo á quien ha sorprehendido tu hermosura. No habito yo en el monte; no soy pastor; no guardo aquí desaliñado ganados y rebaños. Ignoras, temeraria, ignoras de quien huyes, y esta es la causa de tu fuga. La tierra de Delfos, de Claros, Ténedos y los Reynos Patareos me rinden los debidos honores. Júpiter es mi padre; por mí se declara lo presente, pasado y venidero; á mí se debe el ingenioso arte de unir la voz al son de la lira; soy diestro en tirar las flechas; pero ¡ah! aquel que con la suya me hirió el corazon, libre de todo amor, es mucho mas que yo: mia es la invencion de la medicina, y el universo me mira como un Dios auxîliador y benéfico: conozco la virtud de las plantas; pero ¡ay de mí! no hay ninguna que pueda curar el amor; y mis inventos, tan favorables á todos, no pueden aprovechar al inventor.” Apolo quisiera hablar mas, quando Dafne, redoblando temerosa su paso, le interrumpe, y le dexa con las palabras á medio pronunciar. Parece mas hermosa con la precipitacion de la fuga. Los vientos descubren su cuerpo,[56] y los soplos contrarios tremolan sus vestidos: el ayre echa sus cabellos con una graciosa descompostura sobre las espaldas, y quanto mas huia, tanto mas se acrecentaba su belleza. Pero el jóven Dios ya no puede sufrir producirse en inútiles cariños; y segun le aconsejaba el amor, sigue sus huellas con precipitados pasos. Y á la manera que el galgo quando ve á la liebre en campo raso solicita la presa, al tiempo que ella su libertad, fiados ámbos en la ligereza de sus pies, y aquel como si estuviera cerca espera ya cogerla, y acelera sus pasos alargando el hocico, y ésta dudando estar cogida escapa de las mordeduras, y dexa burlada la boca que le va á los alcances; del mismo modo corrian Apolo y la hermosa Dafne; aquel ligero con la esperanza, y ésta con el temor. Parece que vuela Apolo animado de las alas del amor; y sin tomar descanso la va ya tan á los alcances, que hace mover con su aliento los cabellos esparcidos sobre los hombros de la fugitiva Ninfa. Fatigada ésta de tan veloz carrera, ve en fin que sus fuerzas la abandonan, y mirando las olas de Penéo con rostro pálido: „Amado padre, le dice, si es cierto que los rios gozan del privilegio de divinidades, socórreme: ó tú, tierra, en donde tanto agradó mi hermosura, recíbeme en tu seno, ó haz que yo pierda esta figura tan encantadora que tanto mal me causa.” Apénas habia concluido la súplica, quando todos los miembros se la entorpecen, sus entrañas se cubren de una tierna corteza: los cabellos se convierten en hojas: los brazos en ramas: los pies, que ántes eran tan ligeros, se transforman en retorcidas raices: ocupa finalmente el rostro la altura, y solo queda en ella la belleza.[57] Este nuevo árbol es no obstante el objeto del amor de Apolo; y puesta su mano derecha en el tronco, advierte que aun palpita el corazon de su amada dentro de la nueva corteza; y abrazando las ramas como miembros de su cariño, besa aquel árbol, que parece rehusa sus ósculos. Por último la dice: „Pues veo que ya no puedes ser mi esposa, á lo ménos serás un árbol consagrado á mi deidad. Mis cabellos, mi lira y mi aljaba se adornarán de laureles. Tú ceñirás las sienes de los alegres Capitanes, quando el alborozo publique su triunfo, y suban hasta el capitolio con los despojos que hayan ganado á sus enemigos. Serás fidelísima guarda de las puertas de los Emperadores, cubriendo con tus ramas la encina que está en medio;[58] y así como mis cabellos se conservan en su estado juvenil, tus hojas permanecerán siempre verdes.” Luego que Apolo dexó de hablar, hizo demostracion el laurel de aceptar la oferta, moviendo sus nuevas ramas; y como si tuviera cabeza, meneó tambien su erguida copa.

[Ilustración: (19) Júpiter cubre la Tierra de nubes para gozar de Iö.]

FÁBULA XIV.

_JÚPITER ENAMORADO DE IÖ._

Hay en Tesalia un bosque llamado Tempe, á quien rodea por todas partes una eminente selva. El Penéo, que nace de las raices del Pindo, se desenvuelve por estos lugares con espumosa corriente. Con su precipitado curso levanta una especie de nubes, que causan ligeras nieblas; con cuyo rocío parece riega las encumbradas selvas, y su ruido se oye hasta en los sitios mas distantes. Esta es la casa, este el asiento, y estos los recintos del gran rio Penéo, que habita en una cueva tajada de peñascos, desde donde gobierna las aguas, y á las Ninfas que veneran las olas. Todos los rios de ménos nombre vecinos se juntáron en este sitio, dudosos de si habian de dar el parabien á Penéo, ó le habian de consolar por la pérdida de su hija. Viene el rio Esperquio, cuyas riberas estan cubiertas de álamos, el inquieto Enipéo, que tiene siempre sus aguas agitadas, el anciano Apidano, el blando Anfriso, el rápido Aeas, y últimamente todos los demas rios, que llevan al mar las aguas golpeadas con los grandes rodeos por donde el ímpetu los arrebata. Solo entre estos falta Inaco, que encerrado en su profunda caverna acrecienta las aguas con sus lágrimas. Este desgraciado padre llora la pérdida de su hija Iö: ignora si es viva ó muerta; pero no hallándola por ningun lado, se persuade que ya en ninguna parte exîste, siempre inclinado á sospechar los sucesos mas desgraciados. Habia visto Júpiter á Iö, que salia del gremio de su padre, y la dice: „Ó doncella, digna de ser amada del mismo Júpiter, y que con tu mano harás feliz á no sé quien de los mortales: busca las sombras ó en estos ó en aquellos bosques (la señalaba las de derecha é izquierda) para evitar el ardor del sol, miéntras está en lo mas alto del cielo;[59] pero si temes entrar sola en los albergues de las fieras, no temas; penetrarás segura hasta lo mas oculto de los bosques, pues te acompaña un Dios, y no de los vulgares, sino el que tiene en su poder el imperio del cielo, y vibra los rayos. Ni huyas de mí (porque ya empezaba á hacerlo).” Habia pasado las majadas de Lerna y los campos Lircéos, poblados de árboles, quando cubriendo Júpiter con una espesa nube la tierra, la hizo obscurecer, detuvo á Iö en su precipitada fuga, y la robó el pudor. Entre tanto dió Juno[60] vuelta á la tierra con su vista, y admirándose de que las nieblas hubiesen convertido en noche la claridad y resplandor del dia, conoció que estas no provenian ni de los rios, ni de las humedades de la tierra. Busca pues á su marido, como que ya sospechaba sus adulterios, en que le habia cogido tantas veces, y no hallándole en el cielo: „Ó yo me engaño, dixo, ó se me hace traycion.” Y baxando á la tierra, mandó retirar las nubes.

FÁBULA XV.

_IÖ CONVERTIDA EN VACA._

Júpiter previó la llegada de su esposa, y al momento transformó á Iö en una blanca becerra; pero aun en esta forma mantenia su hermosura. Juno alaba, aunque con violencia, la belleza de aquella novilla, y pregunta á su marido, como si estuviese ignorante, de qué toro era cria, de dónde habia venido, y á qué vacada pertenecia. Júpiter, para evitar que supiese el dueño de quien era, la respondió que la Tierra la acababa de producir. Entónces Juno se la pide como una fineza. Júpiter no sabe qué partido tomar: desprenderse de su amada le es muy doloroso; negársela á Juno le hace con ella sospechoso: el pudor le mueve á entregársela, y el amor lo reprueba. El amor hubiera vencido al pudor; pero como la solicitud de su hermana y esposa era de tan pequeña entidad como una novilla, podia creer Juno que no lo era, y así aumentarse en ella las sospechas. Entregada la concubina por Júpiter á su esposa, aun no se tranquiliza ésta, y teme de su marido que se la robe: hasta que por último la entrega á Argos, hijo de Arestor, para que la guarde.

[Ilustración: (20) Júpiter transforma á Iö en Vaca para ocultarla á la vigilancia de Juno.]

Adornaban la cabeza de este cien ojos, y de estos, dos descansaban y dormian alternativamente, y los demas velaban y quedaban de centinela. En qualquiera parte que estuviese, jamas perdia de vista á Iö; y aun quando estaba vuelto de espaldas, siempre la tenia delante: de dia la dexaba pacer, y de noche la encerraba, y aherrojaba, lo que ella seguramente no merecia: se alimentaba de las hojas de los árboles y yerbas amargas:[61] la tierra, que no siempre está cubierta,[62] la servia de cama á esta infeliz, y el agua cenagosa era su ordinaria bebida; y quando intentaba suplicar á Argos con los brazos tendidos, veia que la faltaban para hacerlo; y haciendo esfuerzos para quejarse, solo se resolvia su voz en bramidos, cuyo eco la hacia temblar, causándola miedo su propia voz. Llegó tambien á las riberas del rio Inaco su padre, en donde acostumbraba muchas veces explayarse; pero habiendo visto en el agua los nuevos cuernos que tenia, se espantó, y queria huir de sí misma. Las Nayades sus hermanas ignoraban quien era, y aun su padre Inaco no lo sabia; pero ella seguia con docilidad á este y aquellas, de quienes se dexaba tocar, admirándose todos de su docilidad. El anciano Inaco la presentaba yerbas, que cortaba; y ella lamia y besaba sus manos, no pudiendo contener las lágrimas, y si la voz la ayudara,[63] le pediria socorro, le diria su nombre, y contaria sus desgracias: mas para suplir este defecto, le graba en la arena con el pie la triste historia de su transformacion: ¡ay desdichado de mí! exclamó el padre, pendiente de los cuernos y cerviz de la blanca novilla. ¡Ay desdichado de mí! ¿No eres tú, hija, la que he buscado por todas partes? No te hallé quando te buscaba, y te hallo ahora que no te busco: me causas mayor dolor que quando estabas perdida. ¿Por qué callas? ¿Por qué no respondes á mis palabras? Solamente arrancas suspiros de tu profundo pecho, y me contestas con bramidos, que es solo lo que puedes hacer. Yo, ignorando tu desgraciada situacion, te prevenia tálamo y teas, lisonjeándome con la esperanza de tener primero yerno y despues nietos. Pero ya tu marido y tus hijos serán del rebaño en que te hallas.[64] Esta es la ocasion en la que el ser Dios me es perjudicial, pues que siendo inmortal, ninguna esperanza me queda de que mis dolores tengan fin con la muerte; y así se prolongarán por una eternidad mis lágrimas. Quando Inaco se lamentaba de esta suerte con su hija, el estrellado Argos se la arrebata de su presencia, y la lleva á pacer por diversas partes: él ocupa á lo léjos la elevada cumbre de un monte, desde donde podia sentado registrarlo todo.

FÁBULA XVI.

_SIRINGA TRANSFORMADA EN CAÑA._

No podia ya Júpiter sufrir los males á que veia expuesta á Iö; y para remediarlos, llamó á su hijo Mercurio, que es el que tuvo de Maya, y le mandó que diese muerte á Argos. No hubo en esto detencion; inmediatamente puso sus talares[65] en los pies: acomodó á sus sienes el petaso, y á su mano aquella misteriosa vara que tiene la virtud de adormecer. Luego que se acomodó en esta forma, baxó á la tierra desde el alcázar de su padre: en ella se quitó el sombrero, y dexó las alas, quedándose solamente con la vara; y baxo el disfraz de pastor guiaba las congregadas cabras por descaminados campos, tocando la flauta. Admirado Argos del sonido que oía, le habló en estos términos. „Tú, quien quiera que seas, puedes venir á sentarte conmigo en este peñasco, porque no hay un lugar mas fecundo de yerba para el ganado, y ves la sombra, que es tan regalada para los pastores.”

[Ilustración: (21) Siringa, hija del Rio Ladon, perseguida de Pan y convertida en Caña.]

Aceptó el nieto de Atlante[66] la oferta de Argos; y despues de haberle divertido todo el dia con varios discursos, y cantado con el acompañamiento de la flauta, procuró se quedase dormido. Mas él trabaja con todo cuidado para no dexarse vencer del sueño; y aunque unos ojos dormian, no obstante velaban otros; y así pregunta á Mercurio quál era el orígen de aquella flauta que hacia poco tiempo era conocida. Entónces Mercurio le habló de esta manera:

„En los bien frescos montes de la Arcadia hubo entre las Amadriades[67] una Nayade[68] muy celebrada, á quien las Ninfas llamáron Siringa. Muchas veces habia esta burlado á los Sátiros[69] que la perseguian, y despreciado los homenages que la tributaron todas las Deidades que habitan, ó en los umbrosos bosques, ó en la fértil tierra. Veneraba á Diana, y la imitaba en los mismos exercicios de la caza y en su virginidad; de modo que vestida con el trage de aquella, podia engañar á qualquiera, y ser tenida por la misma Diana,[70] si no fuera su arco de cuerno, y el de la Diosa de oro. Pero á pesar de esta diferencia, no dexaban algunas veces de equivocarse. Pan,[71] coronada su cabeza con hojas de pino, la encontró un dia que baxaba del monte Licéo, y la habló en estos términos: cede, bella Ninfa, á los deseos de un Dios que quiere ser tu esposo. Aun le quedaba que referir otras palabras; y la Ninfa, poco sensible á sus discursos, huyó por caminos extraviados hasta llegar al rio Ladon; pero hallándose detenida por las aguas, rogó á las Ninfas, sus hermanas, que la transformasen: tampoco refirió que Pan habia corrido tras ella, y que creyendo tenerla asida, se halló abrazado con unas cañas; y que miéntras él suspiraba, las agitó el viento, resultando un sonido muy parecido á los ayes de quien se queja: que entónces, habiendo quedado suspenso Pan con el nuevo arte y dulzura de aquella voz, dixo: ha de haber sin embargo entre nosotros una estrecha conexîon; y tomando algunas cañas desiguales, las unió con cera, y de ellas formó la flauta que se llama Siringa, conservando en ella el nombre de la Ninfa.”

FÁBULA XVII.

_MERCURIO CORTA LA CABEZA Á ARGOS._

Al ir á referir todo esto Mercurio, observó que todos los ojos de Argos se habian quedado vencidos del sueño: al momento calla; y tocando suavemente los ojos con la vara inficionada, les adormece mas, y sin detenerse divide de su cuello con una corva espada la titubante cabeza, que arrojó bañada en sangre sobre un alto peñasco, contaminándole con la misma sangre. ¡De esta manera yaces Argos! ¡Así se extinguió toda la luz que en tantos ojos tenias! ¡Una sola noche[72] envuelve entre sus sombras tus cien ojos! Entónces Juno, condolida de la muerte de Argos, recoge todas aquellas lumbreras, y las coloca en las alas del Pavo real, ave que le era consagrada, esmaltando su soberbia cola con tan resplandecientes piedras preciosas.

[Ilustración: (22) Argos guarda de lo adormecido por Mercurio que le corta la cabeza.]

[Ilustración: (23) Júpiter ruega á Juno mude la suerte de Iö.]

FÁBULA XVIII.

_JÚPITER APLACA Á JUNO._